Actualizado el 25 de junio
de 2017 a las 16:44

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La crdonista, la mujer que te llevará de viaje por el tiempo y por el espacio conocidos.Jesús Ángel.

El libro del (mes) año.

[ English. Esperanto.]

Cada mes leemos una novela de las 50 que llevo escritas. Hasta ahora hemos leído Abuelo y nieto, El pecado del talibán, Amén, La psicóloga y El año que fui mujer.

Ahora estamos leyendo La cronista, que es el primer volumen de mi trilogía Transgresión, llamada así porque en el transcurso de este primer volumen se explica cómo se transgrede la materia y entramos en un mundo que el lector quizá nunca h sospechado que existe..., y puede que no exista más que en la imaginación del autor, merced a la libertad literaria, y del lector mediante el pacto con el autor. O quizá sí que exista, porque es algo a lo que no está ajena la mentalidad del lector medio y del ciudadano del siglo 21. 

NÓTESE que por ser este libro tan largo (unas 400 páginas en su edición impresa) y estar aún traduciéndolo del español al inglés y al Esperanto, aparecerá poco a poco a lo largo de este año, por lo que he decidido llamarlo esta vez El libro del año, en lugar de el del mes.

En cualquier caso, y mientras me otorguéis vuestra atención, os voy a guiar por la vuelta al mundo que da un maestro jubilado, Indalecio García, de Cieza, provincia de Murcia, por todo el mundo en su viejo Ford Fiesta, en la que se encuentra a una mujer singular, Vanessa, en un país pleno de magia, la India que ya subyugó a Julio Verne (al que dos veces se le rinde homenaje en este libro), que lo salva de la muerte..., y según vamos viendo durante el libro, también lo salva de la vida, de la vida que pensaba que se le escapaba, y a la que se le puede volver a dar la vuelta una y mil veces, siempre a bordo de su viejo coche, de sus viejos esquemas mentales, y de su corazón de oro, que es lo único que no actualiza, aunque sí  que es cierto que lo potencia mucho, pues nuestro viejo maestro es incapaz de dejar de ayudar a quien lo necesita, como aquel joven delincuente de Birmania, o aquella pobre escolta a la que demuestra que siempre se puede hacer lo que uno quiere, en la medida en que puede. 

Aunque en el libro anterior, El año que fui mujer, cada vez que ponía aquí  un capítulo nuevo del libro borraba el anterior, soy consciente de que este libro La cronista, o Los amos del tiempo, es un poco más difícil de seguir, y por eso he decidido no quitar cada capítulo al añadir el siguiente, de forma que los lectores podáis siempre repasar qué ocurrió en el anterior, hasta la terminación del libro, que dejaré completo en esta web durante unos días para que terminéis de leerlo. Luego borraré tanto esta versión como la versión en inglés, que iré poniendo de forma similar, aunque dejaré la versión en Esperanto, posiblemente para siempre. Si alguien no sabe este bello idioma y quiere aprenderlo, le sugiero que se ponga en contacto con la Federación Española de Esperanto, que presenta cursos para hispanoablantes muy eficaces y asequibles.

Este libro tiene tres partes, y su índice lo presentamos a continuación con los enlaces correspondientes para que podáis seguir la lectura donde la dejasteis, con mayor comodidad:


ÍndiceEntrenamiento. ~ Desarrollo  ~   Transgresión. [ English. Esperanto.]

Censo alfabético de personajes.

Primera parte: Entrenamiento[ English. Esperanto.]


  1. El principio.
  2. La cronista.
  3. El susto.
  4. Segunda lección.
  5. Viaje al futuro.
  6. El mundo de Vns:
    1. El salto.
    2. En casa de Shostris.
    3. El rescate.
  7. Una tarde con Julio.
  8. Haciendo novillos.
    1. Trampeando con el tiempo.
  9. De copas con Edgar.
  10. Experiencia.
  11. Los problemas del Mesías.
  12. El futuro de la humanidad:
    1. Tomás.
    2. Homo salutans.
    3. Pregunta sin respuesta.
    4. El Segundo Paréntesis.
    5. El influjo de la Luna.
    6. Sorpresa agridulce.
  13. Ser padre:
    1. El hexón.
    2. Amor centenario.
    3. Longevidad.
    4. El Primer Paréntesis.
    1. El atentado de Madrás.
    2. Inconveniente de viajar por el tiempo.
    3. Anselmo Selenio.
  1. Birmania y yo.
  2. La Paradoja de Elke:
      1. ¿Qué me pasa, doctor?
      2. La solución.
      3. Escape.
  3. La dama de Rangún:
      1. Mein-kalei.
      2. El demonio de la cárcel.
      3. Khin El Roto.
      4. Fin de la etapa.
      5. Filipinas.
  4. Utol del alma mía:
      1. El caso del inspector mafioso.
      2. Final feliz.
  5. Vuelta a casa:
      1. Mi carrera literaria.
      2. Jubilación.
  6. Regreso al futuro:
      1. Rosa a la fuga.
      2. Vanessa se hace cargo.
  7. Suspiro.

Segunda parte: DesarrolloEntrenamiento.

[ English. Esperanto.]

  1. Rosa de mi jardín.
  2. El adiós de Vanessa:
    1. Las razones de Vanessa.
    2. Exequias.
    3. Entrevista con el asesino.
  3. Cuarenta días y cuarenta noches:
    1. Razones para quedarme.
    2. En el país de la danza del vientre.
    3. El principio de una buena amistad.
    4. El baile de la esclava de Zuma.Srat baila
    5. El doctor de Babilonia.
    6. La residente.
    7. El atropello.
    8. La compra.
    9. Sheba se confiesa.
    10. Odontología.
    11. Médico de fama.
    12. La reclamación.
    13. La despedida.
    14. Saldando una deuda.
  4. Ave, María:
    1. Aprendizaje.
    2. El carpintero de Nazrt.
    3. Mi tercer desposorio.
    4. La anunciación.
    5. Sheba se futuriza.
    6. El hijo del carpintero.
  5. El mundo de Sheba:
    1. La doctora Sheba.
    2. Indalecio se descubre.
  6. Retorno a Tartessos:
    1. Crucifixión.
    2. La misa.
    3. El renacimiento.
    4. En la huerta del Segura.
    5. La paradoja falaz.
  7. Sheba llega al país de las maravillas:
    1. Las alas del ángel.
  8. Se cierra el círculo:
    1. El canto de la diosa.
    2. Aire triste.
    3. Por esto te quiero.
    4. La hija de Sheba.
  9. El tiempo pasa:
    1. Damil el marino.
    2. Anacoreta en Babilonia.
    3. El final de la cuaresma.
  10. Viuda:
    1. La segunda vuelta al mundo.
    2. La tragedia.
    3. Exequias.
    4. Recuerdos.
    5. Aprendiendo geografía.
    6. Crucero fluvial.
  11. La tercera vuelta al mundo:
    1. Preparativos.
    2. Matriculación del Rosa.
    3. En tierras del Minotauro.
    4. Rumbo a Tartessos.
    5. El concierto.
    6. Monada.
    7. El padre Atlántico.
    8. El influjo de la Tierra Plena.
    9. Cobrando sentido.
    10. Europa del norte.
    11. Haciendo el oso.
    12. Los mares del sur.

    Tercera parte: Transgresión. Entrenamiento  ~ Desarrollo 

    [ English. Esperanto.]

    1. Una cuestión filosófica.
    2. Persiguiendo al pensamiento:
      1. El problema.
    3. La metamorfosis:
      1. El Gran Salto.
      2. Salto Mortal.
      3. Más allá de Tánatos.
      4. El despertar de la diosa.
      5. Tú también puedes ser dios.
Índice alfabético.
Contraportada.
Bibliografía.
 
Nota.- La versión en papel tiene 406 páginas.




Contador de visitas y estadísticas



Censo

NOTA.- Este censo se facilita para orientarse, una vez iniciada la lectura, debido a la gran cantidad de personas relevantes en este relato, pero se desaconseja su lectura a priori, ya que puede liar más que aclarar. En lugar de al final se ha puesto aquí para que el lector tenga claro desde el principio de que este índice existe.

Andrea: experta en Historia Antigua. Vive en Atenas.

Alexia: madre de Myrna. Experta en Historia Antigua.

Amytis: esposa de Nabucodonosor. Reina de Babilonia.

Anselmo Selenio: primogénito de Indalecio y Myrna.

Cándido: astrónomo. Vive en Caracas.

Carmen: camarera y escolta birmana. Vive en Rangún.

Conan: experto en sismología y vulcanología, amigo de Lupe. Vive en Hawai.

Damil: médico de la antigua Babilonia.

Edgar Allan Poe: escritor de novelas, cuentos y ensayos.

Eleazar: agente secreto de Nabucodonosor y comercian­te. Amo de Srat y Sarfa. Vive en Babilonia.

Enrique: amigo de Indalecio. Vive en Filipinas.

Ibáñez: policía corrupto. Vive en Manila, Filipinas.

Indalecio: maestro jubilado que se va a dar la vuelta al mundo en coche. Oriundo de Cieza, Murcia.

Isabel: ex-esposa de Enrique. Vive en Manila.

Jesucristo: visionario. Apóstol de la no violencia.

Joaquín y Ana: padres de Miriam. Viven en Galilea.

José de Nazrt: alumno de Yeshúa de Caná. Esposo de Miriam. Vive en Galilea.

Julián: nieto favorito de Indalecio. Vive en Murcia.

Julio Verne: escritor de novelas de ficción científica. Vive en París.

Lizzy: novia de Mario. Vive en Manila.

Lupe: geóloga y geógrafa, amiga de Damil. Vive en Méjico.

Manuel: hijo de Rodolfo, esposo de Alexia, padre de Myrna. Experto en Planetología e Ingeniería Celeste.

Mario: hijo de Enrique. Vive en Filipinas.

Miriam: esposa de José. Vive en Galilea.

Myrna: amiga de Vanessa, segunda esposa del Indalecio. Hija de Manuel y Alexia. Madre de Anselmo y Rosa. Vive en Atenas. Experta en Historia y Restaura­ción antiguas, como su abuelo Rodolfo, cuya labor continúa.

Natán: oficial de la carpintería de Yeshúa de Caná.

Rodolfo: abuelo de Myrna, suegro de Alexia. Experto en Culturas Clásicas y Restauración de monu­mentos.

Román: esposo de Sheba.Vive en Itálica, Tartessos. Padre de Vanessa.

Rosa: hija de Indalecio y Myrna. Cronista.

Sahib de Tutub/Srat: esclava que Eleazar cede a Damil.

Sarfa: madre de Sahib. Vive en Babilonia.

Sheba: médico, acompañante de Damil.

Shostris: escriba del antiguo Egipto. Vive en Tebas.

Tennerian: tutor de Vanessa.

Teresa: Primera esposa de Indalecio. Vive en Murcia.

Tim/Thet: joven asesino birmano. Vive en Rangún.

Vanessa: sirve de guía a Indalecio. Sin ella no habría historia. Vive en Grecia. Es la cronista.

Yeshúa de Caná: maestro carpintero.

Yeshúa de Nazrt: Hijo de Miriam.

Zuma: esposa de Eleazar. Vive en Babilonia.



Primera parte: Entrenamiento [ English. Esperanto.]

El principio.

Madrás es una gran ciudad del sud oriente de La India. Sus puestas de sol son similares a las puestas de sol de otros lugares, pero el Océano Índico tiene una magia especial, una profundidad espacial y temporal, un ensueño que sugiere épocas pasadas y posibles que no he vislumbrado en otras latitudes que he visitado.

En estas reflexiones estaba yo inmerso cuando de repente fui consciente de tu sonrisa, de tu blanca dentadura, a mi juicio tan bien alineada, tan diáfana, cargada de picardía y supuesta complicidad..., si hubiéramos tenido algo en común antes de conocernos. Fue lo primero que te vi, y a pesar de ser imposible, ahora te recuerdo con el gato de Cheshire de Alicia, la del País de las Maravillas...

«¡Hola!», dijiste, «¿Qué tal por Cieza?» Y reíste ante mi cara de asombro, porque no esperaba que una bella desconocida me preguntase en el otro cono del mundo por mi pueblo, el pueblo en que tengo todavía una casa de campo. Un sitio que pocas personas en el mundo saben que aún visito.

―¿Cómo sabes de Cieza?―, chapurreé más que respondí en mi limitado tamil.

―En esta ciudad todos sabemos to­do―, dijiste, ―sobre todo, lo que nos interesa.

―¿Te interesa Cieza?

―Me interesas tú.

―¿Qué puede interesar de un sesentón jubilado a una joven belleza local como tú?―, respondí yo, ya en inglés, que no en vano es el único idioma oficial de aquel gigante país.

Vi una bala que daba vueltas sobre su eje, que apuntaba a mí...

—Si no te asustas, kte lo diré, —dijiste con tu sobrado desparpajo.

Pero entonces las cosas sucedieron con celeridad increíble, y sin embargo las recuerdo como si fuera una película mil veces vista: ante mi atóni­ta mirada, a unos treinta centí­me­tros de mi cara, entre nosotros, apareció de repente una bala que vi girar sobre si mis­ma, alrededor de su eje longi­tu­dinal cada vez mas lentamente hasta que se paró del todo, quedando sus­pen­di­da en el aire. Súbitamente todo cam­bió: la luz ya no era rojiza, sino blanca, y yo no estaba sentado, sino de pie, y tú, mi bella desconocida estabas mirán­do­me y callada, pensando qué decirme pa­ra sacarme de mi estado de shock evi­dente. Estábamos en una habitación pe­queña, pero bien iluminada, con una mesa pequeña y varias sillas.

―¿Qué pasa?

―No te preocupes, Indalecio. No digas nada. Déjame explicarte, pero ten una mentalidad abierta, por favor. No quisiera que te pasara nada. Sobre todo tranquilízate. El peligro ya ha pasado.

«Sé que te gusta escribir y viajar. Sé que has escrito dos libros, y que ahora que tu recién estrenada jubilación te lo va a permitir, proyectas escribir más, en la esperanza de que alguien los lea algún dia, o al menos por la simple diversión de hacerlo.

«Yo tengo otras virtudes, pero no tengo la paciencia para escribir y revisar lo escrito, y por eso necesito un secretario que me haga el trabajo de transcribir las cosas que te quiero contar».

Te interrumpiste, y sonreíste tristemente, antes de añadir: «No, la verdad es que no te puedo pagar, porque no tengo dinero. Pero quizá te pueda pagar en especie, ya que seguramente podré hacer por ti muchas cosas que nadie más podrá darte». Ante mi cara de susto, te apresuraste a decir: «No, no soy de esas, no hablo de cama, sino de otras cosas mucho más excitantes. Pero vayamos por partes:

«Acabamos de dar un salto en el tiempo, no en el espacio. Seguimos en Madrás, pero no en el siglo 21, sino en el 58. Esto ya no es el bar al nivel del mar que conociste, sino un apartamento en un enorme edificio que hace tiempo que está abandonado, pero que me he reservado para presentarte todo lo que tengo que decirte. Aquella bala que viste no te la tiraron a ti, sino a mí, pero con mala puntería. Por error ibas a morir, y por eso di un salto, preparé esta habitación, y luego volvi a buscarte justo antes de que te mataran por accidente. Por si te sirve de algo, tu asesino hace más de treinta y seis siglos que murió».

Era demasiado para asimilar. Así una silla y me senté ante la mesa. Ella sonrió y en un minuto tuve un té con leche ante mí. Bebí un largo sorbo, y reflexioné un instante. Luego la miré largamente, y le supliqué:

―No, escucha tú y contesta a lo que te digo, será mejor.

―Bien.

―¿Cómo te llamas?

―En tu siglo, Vanessa.

―Bien. Supongo que tendrás otro que me dirás alguna vez. Pero de momento me vale, Vanessa. Es bonito, sonoro, y te va bien.

―Me alegro. Gracias,

―¿Eres de La Tierra?

―Sí, claro.

―¿Viajas en el tiempo con la ayuda de alguna máquina?

―No, es una facultad mental.

―¿Mental?

―Claro.

―¿Quiere eso decir que yo también puedo hacerlo?

―No, Indalecio, desgraciadamente no puedes hacerlo, ni podrás hacerlo nunca. Se basa en un órgano que fue desarrollando la especie humana a lo largo de miles de años, y que tú no tienes. Exteriormente no nos diferen­ciamos mucho, pero hay una larga evolución entre tú y yo.

Mi cara de desilusión debía ser evidente, porque enseguida dijiste:

―Pero no te preocupes, te llevaré a donde digas. Y a cuando digas. ¿Qué más quieres saber?

―Me gustaría saber cómo lo haces...

―Bueno, la verdad es que pienso en un momento deter­minado, y allí aparezco. Pero es porque he automatizado el proceso. Cuando estaba aprendiendo tenía que hacer cálculos matemáticos muy complicados que tardaría mucho tiempo en explicarte. Pero con la práctica, eso se hace automáticamente, casi sin pensar en ello. Explicarlo ahora sería muy confuso, porque se basa en leyes físicas que no comprenderías. Ello permite que algunos de mi tiempo no vivan en el momento en que se supone que les ha tocado, sino que están dispersos temporalmente en épocas anteriores. Son más atractivas y en mi tiempo estamos muy solos, la vida no presenta muchas incidencias y, sí, es aburrida. La población estable no llega a diez mil personas.

―¿Sólo?―, dije sobresaltado. ―Eso no garantiza el relevo de generaciones...

―¿Relevo? Me temo, querido Indalecio, que tendría que darte todo un curso sobre mi civilización. En diez millones de años muchas cosas han cambiado, además de los viajes en el tiempo.

―¡Diez millones de años!—, mi silbido le causó una sonrisa condescendiente. —¿Hay más cambios importantes?

―Los hay, Indalecio. Pero son de difícil explicación, así que no me pidas que te explique cómo funcionamos, ni el por qué de cada cosa. Te diré, si te parece bien, algunas cosas que me parezcan imprescindibles, te explicaré lo que pueda, pero no me atosigues a preguntas, porque no voy a poder satisfacerte. Durante muchos años yo misma he tenido que estudiar la teoría en la que se basa.

―Bien. Pero me gustaría saber cómo se garantiza el relevo generacional.

―Mira, Indalecio: quizá te sorprenda saber que no sólo somos pocos, sino que no todos pueden tener descendencia.

―¿Pueden? ¿Tú no puedes?

―No―, negó con la mayor naturalidad. ―A no ser que se me realice una delicada operación quirúrgica y otra no menos importante adaptación psicológica, pero nunca lo consideré necesario. Ni creo que lo haga nunca.

―¿Por qué no puedes?

―Mira, esto nos va a llevar mucho tiempo. Cada pregunta va a llevar a otra o a varias. No es por no contestarte, pero va a ser lento y aburrido. Ya irás viendo mi mundo poco a poco, o incluso, mejor, te llevaré yo. Pero volviendo a tu pregunta, las mujeres de mi tiempo han dejado de tener la capacidad reproductiva, excepto en algunos casos. Las paridoras deben prepararse a lo largo de una serie de años, pero no es una cosa que me interese especialmente, ni a la mayoría de nosotras, las mujeres del futuro. Protegemos, eso sí, todos a todos, niños y adultos, si hace falta, hasta en los más mínimos detalles. Nuestra filantropía es casi genética.

«El tema que te preocupa tanto, el del relevo generacional está soslayado de una forma que quizá te parezca extraña: por nuestra longevidad. Ya no vivimos cien años, como vosotros, sino quinientos, de media, aunque lo que vosotros llamáis muerte natural tampoco existe: cuando cada uno de nosotros considera que ya tuvo bastante, se suicida, o se hace matar en uno de vuestros líos que llamáis guerras, o en un accidente, o en algo parecido. Hace poco una de mis amigas, Jane, se fue a escalar el Everest, y allí quedó congelada. Le sobraban recursos para escapar a la muerte allí, pero prefirió esa muerte romántica y deportiva, que según el periódico local fue la de una turista imprudente. Las enfermedades ya no nos afectan, pues nuestro servicio de salud está en realidad impreso en nuestros genes. No tenemos médicos, sino biogenéticos, y si alguna vez nos aqueja alguna enfermedad nueva, rápidamente dan con el antídoto, además de con el remedio. Aprenden de los males de uno para beneficio de los demás. Sé lo que estás pensando: sí, podríamos vivir siempre, pero eso no es una buena idea. No lo dejamos porque nuestro cuerpo se deteriore, sino por razones más importantes que algún día compren­de­rás».

―Es sorprendente. Si ese es el sistema sanitario, ¿qué sistema de estudios seguís?

―No lo vas a entender, Indalecio. Nuestra formación dura los primeros cien años. En esos años aprendemos todo lo que necesitamos. Primero con nuestros padres, luego en la Biblioteca,...

―¿Biblioteca? Creía que no teníais libros...

―Cierto, no tenemos libros. La Biblioteca es una metáfora que usamos para describir un lugar donde los niños se encuentran una serie de especialistas que se ocupan de disciplinas progresivamente más restrictivas en su ámbito pero más profundas en su estudio, de modo que a medida que uno se adentra en la especialidad es como si fuera ascendiendo por una escalera que le lleva a la cima de lo que quiere hacer en la vida. Es un proceso que dura muchos años, y algún romántico un día le puso de nombre eso, La Biblioteca, porque en realidad es donde se concentra la sabiduría humana de todos los tiempos.

―Es curioso que es a la vez biblioteca, ateneo y centro de investigación.

―Sí, más o menos. Y lo fundamental es que funciona bajo la supervisión de voluntarios. Finalmente, para terminar nuestra educación, tenemos que hacer las prácticas en otras épocas, con supervisión indirecta.

―¿Indirecta? ¿Eso qué es?

―Creo que vosotros lo llamáis trabajo de campo: nos ponen una tarea, y tenemos que ir por ahí, a otros sitios y momentos para documentarnos. Luego volvemos y le contamos a nuestro tutor lo que hemos hecho.

―¿Y os dan un título?

―No, no usamos títulos. Cada uno de nosotros sabe lo que sabe, y hace lo que le apetece. Pero me temo que estamos ya desenhebrando tema tras tema, y así no vamos a acabar nunca, Indalecio.

―Pero siendo tan pocos, viviréis todos en el mismo sitio, ¿verdad?―, dije sin hacerle caso.

―No, Indalecio. La verdad es que tenemos todo un planeta de casi ciento treinta millones de kilómetros cuadrados, y sería un desperdicio, pues tocamos a casi trece mil kilómetros cuadrados por barba.

―¿No vivís en familia?

―La familia, tal cual la conoces tú, no existe en nuestro siglo. Y, la verdad, tampoco la echamos de menos.

―¿Estáis repartidos por todo el planeta, entonces? Me gustaría verlo...

―Sí, es bonito. Lo añoro yo mucho cuando estoy una larga temporada en otras épocas, con tanta gente a mi alrededor.

―Bueno, supongo que lo más parecido a tu mundo será el Tíbet.

―Es lo más tranquilo que tenéis vosotros, pero para nosotros está demasiado atestado. El silencio a veces esconde violencia, la lucha por la vida. En nuestra época hay tranquilidad. Imagínate un mundo sin television, sin carreteras, sin aeropuertos, sin máquinas...

―Jo, se me hace la boca agua.

―Pero no sé si te gustaría, Indalecio. También es un mundo sin libros.

―Sí, claro, ya no escribís, dices. Pero, ¿cómo guardáis el conocimiento?

―En nuestra cabeza.

Ante mi cara de asombro te apresuraste a aclarar:

―No, hombre, yo no me sé todas las cosas que han sucedido ni el por qué de todo. Pero en cada campo hay varios especialistas que sí que se lo saben todo de lo suyo, y ese saber aumenta día a día con sus descubrimientos y sus comunicaciones entre ellos. No obstante, la cultura media en mi tiempo es muy completa. Cada uno de nosotros sabe más que muchos de vuestros especialistas, pero, claro, hemos tenido también más tiempo que ellos para estudiar, muy a menudo con ellos mismos, en nuestra etapa temprana de formación.

―¿Y cuál es tu campo?

―Algo que tú definirías, quizá, como Física Práctica, pero más exactamente son los viajes en el tiempo y su aplicaciones prácticas: soy lo que en mi tiempo se llama cronista. O sea, que soy especialista en el tiempo. Pero también me ocupo de sus implicaciones en el conoci­mien­to de la historia antigua y de las posibles ucronías que se pueden inferir de haber modificado o no una serie de parámetros...

―¿Ucronías?

―Si, ése es un término de tu época, Indalecio: es estudiar lo que habría pasado si se hubiera modificado algo en el pasado. Por ejemplo, si Hitler hubiera conseguido tener la bomba atómica antes del final de la Segunda Guerra mundial, o si la Unión Soviética no se hubiera derrumbado en los años noventa del siglo veinte, sino en los cincuenta. O tres siglos después. En nuestro idioma la u es importante en la terminación del condicional.

―Entiendo―, dije sin entenderlo demasiado, pues mi campo habían sido los idiomas, la geografía e historia,  y la música, mas no la físi­ca ni las matemáticas.

―También―, añadiste, ―me interesan mucho las matemáticas y el conoci­miento en general.

Te miré atentamente y vi algo que no había descubierto hasta entonces: tu apariencia era de jovencita, casi una niña, pero tus ojos y tus palabras emanaban una enorme prudencia, y una experiencia poco común, de hecho no había visto esa clase de experiencia en nadie. Súbitamente te pregunté:

―¿Cuantos años tienes, Vanessa? ¿Noventa?

―Casi: ochenta, Indalecio―me sonreíste levemente. ―Lo vas cap­tan­do.

―Pues eres una octogenaria muy bien conservada, y bastante sexy.

Reíste de mi cumplido, y luego dijiste: «En realidad, comparado a tu tiempo, es como si yo tuviera diecinueve años. Y tú, mi querido ami­go, en el mío aparentas trescientos».

―¡Glub!―, dije. ―¡Qué viejo me siento!

Luego soltaste una carcajada y me contaste más cosas de tu mundo, que es el mío, pero más viejo, aunque en los mundos la edad pasa aún más lentamente, de forma que siempre tienen casi el mismo aspecto, y me quitaste esos pensamientos tan tontos de la cabeza. La verdad es que yo pensaba que los sesenta eran casi el final de mi etapa de formación, y que después de estar toda la vida aprendiendo cosas, era una edad muy buena para poner en orden todos esos conocimientos, y hacer algo productivo con ellos. Pero en eso llega una moza como tú, salida de la nada, y me dice que no, que a partir de cien años de instrucción ya podemos ponernos a trabajar en serio. Y me dio una gran envidia no ser tú, o uno de los tuyos, para poder ejercer durante cuatrocientos años más, al menos, el conocimiento que había llegado a aprehender a lo largo de mi vida. Me sentí como un niño, limitado, y a punto de morir sin haber hecho nada bueno.

Pero me tranquilizaste, y me prometiste guiarme en el campo que yo quisiera, y añadiste que estabas convencida de que nuestra asociación sería muy fructífera para ambas partes. Lo que era muy reconfortante, teniendo en cuenta que me lo decía la chica del futuro, la que podía saberlo sólo con darse un salto a dentro de cuarenta años.

La cronista.

Hoy me ha sucedido algo increíble. He conocido a una mujer joven, bonita e inteligente. Era de fuera, pero también es verdad que la he conocido fuera. En la India misteriosa y exótica. Pero ella era más exótica todavía. Era una chica del futuro.

En su época todo es distinto. Me dijo que vivía en una finca en Grecia, la cuna de la democracia y el debate político. Pero las cosas que me contaba no las entendí muy bien. Quería que escribiera la historia de su vida. Y a cambio me prometió llevarme de excursión a donde yo quisiera.

A veces dudo de que Vanessa exista de verdad. Pero me gustaría que sí, que así fuera.

Yo siempre he pensado que sólo existe el presente. Que toda mi vida anterior al momento de ahora es un mero prólogo que alguien me ha contado, o que he visto como si hubiera sido una película, de la que guardo una especie de resumen crítico. Natu­ralmente, hay cosas de las que me arrepiento y hay otras cosas que me producen mucho pesar no haber realizado. Como las mujeres que han pasado por mi lado y que nunca supieron que me gustaban. O los libros que nunca leí. O los favores que no hice, porque no me los pidieron, o porque no supe cómo realizarlos.

Pero el favor que me pide Vanessa no es tan difícil de realizar. Consiste en acompañarla a una serie de viajes, analizar las cosas que pasan, y poner por escrito mis impresiones.

Y aquí va mi primera impresión: es una chica suave, dulce, con una mirada que acaricia. Es morena, de pelo rabiosamente negro, de uno sesenta de estatura, delgada y de tez muy obscura para ser blanca, o muy clara para ser negra. De hecho, podría pasar por cualquiera de las dos. Pero sin los labios abultados. No entiendo mucho de razas humanas, pero diría que es una india normal, pero con algo especial que le daba un atractivo superior al normal. O tamil. O como se diga: una habitante de La India, toda una india, que no hindú porque, me diría luego, era atea más que agnóstica. ¿Creen en algo los del futuro? No son tan diferentes de nosotros, pero al disponer de un conocimiento más extenso de todo que nosotros, han ido superando el miedo y la ignorancia, que son, decía en una ocasión, el padre y la madre de la religión. Sí, evidentemente creen cosas, pero no con la vehemencia suficiente como para matar a nadie por ellas, ni siquiera como para enemistarse con nadie por no compartir esas opiniones ajenas que a veces se llaman actos de fe. Pero no sea esto un libro de religión.

Vanessa sería un regalo si fuera una chica de esta época. Pero es de una época que está aún por venir, lo cual nos da un eco de esperanza sobre la humanidad. Entre su tiempo y el mío ha estado a punto de desaparecer esta humanidad, pero una serie de sabias medidas lo impidieron. Diez millones de años separan su nacimiento del mío, según me dijo, y desde los setenta años comenzó a realizar sus viajes por el tiempo, y eligió un tema muy complejo para realizar el equivalente a la tesis doctoral de nuestra época, aunque en su tiempo ya no eran necesarias, porque ellos no utilizan títulos para nada. Pero era su proyecto, algo que nunca se había hecho, y que ella quería realizar, aunque no carecía de riesgos. Así y todo, cuando le preguntaba por su tema, me daba largas, y de él sólo me decía cosas concretas, demasiado concretas para hacerme una idea. Prometió decírmelo, sin embargo, cuando lo terminara.




El susto.

Me llevaste a mi hotel, donde me acosté sin cenar..., ¡diablos!, ¿cuánto tiempo llevaba sin comer nada? ¿Cuatro horas?, ¿Tres mil setecientos años? Caramba, no sabía cómo contarlo, porque el té me lo había tomado tres mil setecientos años en el futuro, o sea, que todavía no me lo habia tomado, aunque para mí ya era cosa del pasado, y he de reconocer que estaba bueno, me gustó su suave aroma, su sabor que no se parecía al de ningún té que hubiese tomado hasta entonces. Hecho un lío caí rendido en un sueño no exento de alguna agitación, pues soñé aquella noche con la india más misteriosa de aquel viejo pais, que aún sería más viejo en el futuro...

Cuando desperté, el sol lucía y el mar se veía tranquilo desde mi ventana. Encendí la televisión y sintonicé el canal internacional de TVE, y suspiré con alivio al comprobar que aún estaba en el siglo 21 y que el tiempo en Madrás iba a ser tranquilo y soleado, aunque en el sur de España estaba lloviendo. ¿Habría sido todo un sueño? ¿Habría pasado todo después de acostarme y sumirme en aquel profundo reposo?

Bajé al comedor para desayunar, y luego subí a ducharme. Me acicalé y salí dispuesto a darme otro paseo por aquella bella ciudad. En la recepcion dos ojos negros como el azabache se alzaron a mi llegada y me miraron sobre una suave sonrisa. Me detuve, clavado al suelo, la tez blanca como el papel. Allí, hojeando una revista sin mucho interés, pero con sus pupilas clavadas en las mías, se hallaba la criatura más linda que había visto nunca.

―¿Ya no me recuerdas, Indalecio?―, dijo con tono de burla.

―¡Vanessa!

―¿Quien quieres que sea? Oye, si no te interesa mi proposición, puedo buscar­me a otro.

Me senté a su lado, demudado, y miré al suelo, sin atreverme a acercarme más ni mirarle a ella.

―Es muy fuerte, Vanessa...

Ella tomó mi brazo, y lo apretó. Luego apoyó su cabeza en mi hombro, y me dijo:

―Cierra los ojos, Indalecio.

Obedecí.

―Ahora repite conmigo en voz baja: ommmmmm mmmmmmmm.

Hice lo que me pidió. Aunque parezca mentira, sentí una profunda tranquilidad casi inmediatamente. Y me di cuenta de que aquella chica me había tocado. Era la primera vez que lo hacía, y lo habia hecho con una naturalidad que excluía todo tipo de mensaje subliminal. Era lo que yo necesitaba, y en ese momento me convencí de que ella me daría todo lo que yo necesitara. No sabía exactamente por qué me había elegido a mí, ni qué era lo que esperaba de mí exactamente, puesto que lo que me había dicho el día anterior había sido muy extraño, surrealista, increíble. Pero desde aquel momento aprendí a confiar en ella. La vi legal, de fiar. No sé por qué.

―Déjate llevar, Indalecio. Encontrarás a mucha gente que no quiere apro­ve­char­se de ti. Gente interesante. Gente sobre la que escribirás. Gente cuyo conocimiento será un honor para ti, honor que disfrutarás.

Apoyé mi mejilla en su cabeza, y de repente tuve un impulso algo tonto: giré la cabeza y le besé en la frente. Ella me miró con extrañeza:

―Eres de verdad, Vanessa. No eres un sueño.

―No. Y sí soy de verdad.

―Y tienes ochenta años.

―Sí.

―Un poco duro de creer.

―Bueno, dime si aceptas mi oferta, ahora que ya estás descansado.

―Es una oferta muy tentadora. Pero dime una cosa que no comprendí bien: además de moverte por el tiempo, ¿te mueves a tu antojo por el espacio? ¿Dominas el arte de la teleportación?

―Naturalmente. Si quieres te llevo a donde me digas. Pero te advierto que te puede causar una impresión no deseada la primera vez.

―Si vamos a hacerlo con frecuencia, prefiero empezar ya, y acostumbrarme pronto. Pero no quiero ir a otro momento, sino a otro sitio. Vayamos a mi habitación, y desde allí podemos movernos a otro sitio.

Sonrió, y añadió:

―Me lo esperaba. Venga, vamos.

Subimos a mi habitación, y cuando estuvimos dentro, me cambié de ropa, y le dije:

―Para empezar, me gustaría que me llevaras a Cieza. Ahora.

Me tomó del brazo, y lo que ocurrió entonces fue algo que no me había esperado. Primero me dijo:

―Cierra los ojos.

Al cabo de unos segundos me dijo:

―Ahora ábrelos, pero no digas nada hasta que yo te avise.

Obedecí, y me vi ante mi el mismísimo Museo de Medina Siyasa. Me di la vuelta y observé mi entorno, mientras ella decía:

―Te he traído aquí, a tu pueblo, para que veas que es cierto todo lo que te he dicho. Sé que esto te está afectando, pero hoy ya lo puedes asumir mucho mejor que ayer. Cuando estés tranquilo, dime algo.

Tardé un poco. Lo que acababa de ocurrir era una experiencia mística, algo que nunca nadie había expe­ri­men­tado antes que yo. Me parecía estar en otro mundo, y sin embargo ese otro mundo era mi pueblo. Me había costado un montón de meses ir en coche desde allí hasta Madrás, en la India, y esta chica me había traído de vuelta en menos de un segundo.

―Gracias, Vanessa. Demos un paseo.

Caminamos en silencio. Salimos por la Calle de Santiago, y entramos en la Avenida de Juan Carlos Primero, hasta que llegamos a la Calle de Calderón de la Barca. Al pasar por una librería, entré y compré un libro que me cautivó en mi niñez: La máquina del tiempo, de H.G. Wells. Fuimos andando hasta el centro. Luego le dije a mi cicerone temporal:

―Llévame a Madrás de nuevo. Pero esta vez me gustaría tener los ojos abiertos.

―No te lo aconsejo, pero, bueno, ya eres mayor.

Me tomó del brazo y vi cómo la luz del sol cambiaba, y el paisaje de desdibujaba en un momento, y se convertía en las cuatro paredes de mi habitación del hotel de Madrás. Reconozco que me impactó aún más que la vez anterior.

―Te lo dije―, advirtió ella con tono de madraza.

―No importa, Vanessa. Esto es muy interesante.

―¿Para qué has comprado ese libro?

―Por dos razones importantes: he hablado con Andrés, un librero ciezano que conocía en persona, y ahora tengo aquí algo que no tenía antes. Mañana, cuando despierte, si esto ha sido un sueño, no estará. Y si está, es que todo esto es de verdad.

―Desconfiado―, dijo. ―Pero no me disgusta que lo seas. No te fías de nadie, y por eso estará bien que confíes en mí. Plenamente, ya lo verás.

―¿Me llevarás a otro tiempo?

―Sí, pero antes hay que quemar otras etapas. No estás preparado todavía..., aunque pronto lo estarás. Ahora tengo que dejarte, Indalecio―. Y desapareció delante de mis narices. No es que se disolviera poco a poco, como pasa en las peliculas de efectos especiales. Simplemente dejó de estar allí. Estaba y de repente no estaba. Pensé que debería haber oído el ruido del aire al rellenar el hueco que su cuerpo había ocupado hasta entonces, pero tampoco oí ese ruido. Estaba muy intrigado. Y eso me hizo dudar de que todo fuese un sueño. No podía existir una mujer tan perfecta. Y si existiese, no podría hacer lo que ella había hecho. Y si lo hiciese, yo estaría traumatizado, y no lo estaba.

Me tumbé en la cama, y empecé a hojear mi libro:

El Viajero del Tiempo (pues conviene llamarle así en lo sucesivo) nos exponía un asunto obscuro. Sus ojos grises brillaban y tintineaban, y su cara, normalmente pálida, estaba roja y animada. El fuego brillaba y los rayos suaves de las luces incan­des­cen­tes de las lámparas con forma de lirio de plata cogían las burbujas que re­lam­pa­gueban y desaparecían en nuestros vasos. Nues­tras sillas, que habían sido patentadas por él, nos abrazaban y acariciaban más que sostenernos sumi­sa­men­te, y había una atmósfera lujuriosa de ese mágico momento que sucede a la cena, en la que el pensamiento se desboca libre de las trabas de la precisión. Y nos lo explicó a su aire, marcando los puntos con el índice, mientras que nosotros, sentados, admirábamos su seriedad sobre esta nueva paradoja (así nos lo parecía) y su fecundidad...

Pero me podía el sueño, así que dejé el libro sobre la mesilla de noche y me recosté mejor en la cama, y quedé dormido, profundamente dormido.

Cuando desperté miré el reloj, y vi que eran las seis de la tar­de. Salí a estirar las piernas un rato. Fui al bar en que nos habíamos conocido. No estaba. Me acerqué a la orilla del mar: no estaba. Aún estuve en Madrás otros cinco días, y al cumplirse una semana de mi llegada allí, decidí seguir con mi vuelta al mundo en coche. Tras decidir que todo había sido una alucinación febril de mis ansias noveleras, continué con mi aventura. Aunque H. G. Wells yacía en el maletero de mi coche...


Segunda lección.

Las carreteras de Asia no son demasiado buenas, y particularmente las de la Unión India están sobreutilizadas, pero no por eso mejor cuidadas. Están llenas de baches e incluso agujeros, y no siempre están asfaltadas. En uno de esos agujeros me dejé la rueda delantera derecha.

―¡Rayos!―, dije en el colmo de la exasperación. ―¿De dónde voy a sacar ahora una rueda?―, pero no tendría otra opción que substituirla por la de repuesto. Desde hacía unas décadas, los coches no tenían la rueda de repuesto de igual tamaño y características que las otras tres, por lo que hay que arreglar la rota cuanto antes y volver a substituirla. Por eso abrí los ojos desmesu­radamente por el asombro cuando vi a una belleza indígena haciendo auto-stop ante mí, pero en lugar de estar de pie o enseñando la rodilla, o sentada a la vera del camino, en un mojón de carretera, lo estaba sobre una rueda igual a las de mi coche, pero nueva y lista para montar.

―¿Necesitas ayuda?―, me dijo en tono burlón.

―¿Cómo me has encontrado?

―Tu pregunta la encuentro un poco absurda.

―Y sin embargo genuina, Vanessa. Ya sé que viajas por el espacio y por el tiempo a tu placer. Pero en La India hay mucha gente...

―Ah, claro. Pero cada persona tiene algo peculiar, un aura que lanza bastante a lo lejos, aunque eso todavía no lo hayáis descubierto.

La miré con cara burlona, y le dije:

―No temas, futurita: te guardaré el secreto. Además, me siento más a gusto sabiendo que tengo un ángel de la guarda, que me trae ruedas de repuesto y todo. Por cierto, ¿de dónde la has sacado?

―No creo que la echen en falta en la central de Madrás. Había muchas.

Mientras cambiaba la rueda, seguimos charlando. Dominaba el castellano a la perfección, y a veces me daba la impresión de que sabía lo que yo iba a decir, pues era difícil sorprenderla con algo para lo que no tuviera respuesta. Pero, bueno, ser una chica del futuro, y además mayor que yo, ayudaba a explicarlo casi todo.

Cuando ya tuve la rueda puesta, arrimé la rota a un lado de la carretera, y le dije:

―¿Te llevo a algún sitio?

Sonrió con aire de niña traviesa, y me dijo:

―Claro. Vine para charlar contigo, no sólo para traerte la rueda.

―Si no me hubieras traído la rueda, ¿qué hubiera pasado?

―Se te hubiera pinchado otra vez dentro de veinte kilómetros, y te hubieras quedado tirado hasta que llegaran unos bandoleros y te hubieran atracado.

―¿Me hubieran matado?

―No. Pero bueno, aquí estoy yo para decirte dónde está la botella rota, y además me cuentas lo que llevas escrito.

―Ah, sí..., todavía tengo que poner en orden mis pensamientos. Es mucho lo que tengo que asimilar, Vanessa. Aunque parezca un lugar común, la verdad es que nunca me he encontrado a nadie como tú.

―Claro―, dijo ella con evidente sorna, ―y seguro que ahora me vas a decir que nunca nadie te ha dicho las cosas que yo te he contado.

―No te burles, Vanessa, que la verdad es que lo estoy pasando mal. No sé qué es lo que pasa. Por primera vez en mi vida no lo sé. Estuve trabajando más de cuarenta años de maestro, y ahora, cuando me jubilo, y me decido a darle la vuelta al mundo en coche, apareces tú y me das una dimensión a todo lo que yo creía que no me cabe en la cabeza. Lo tenía todo controlado hasta que apareciste tú. Es para desesperarse.

Ella miraba al frente, ausente, pero no se perdía ni una sola palabra de lo que yo decía.

Seguimos el viaje en silencio, hasta que casi veinte kilómetros más adelan­te, me dijo:

―Indalecio: ten cuidado. Acércate a la derecha de la calzada, salte un poco al arcén.

Obedecí como un autómata, y me aclaró:

―¿Ves eso que brilla a tu izquierda, sobre la carretera? Es un casco roto de botella que algún gracioso ha puesto en un agujero de la carretera. Parece un papel, pero te habría pinchado la rueda.

―¿Y eso como lo sabes?

―Porque fue lo que te pasó.

―¿De verdad? ¿Has cambiado el pasado por mí?

―No. Cuando te traje la rueda era futuro, tonto.

―¿Y por qué haces esto por mí?

―Ya lo irás viendo. Bueno, me tengo que ir. Te veré en Tada. No abandones la nacional 5.

―¡Espera!

Pero ya se había ido. Me quedé con ganas de preguntarle que cómo me pondría en contacto con ella, si la necesitaba. Pero al recordar la rueda, me di cuenta de que en realidad no hacía falta. Curiosa chica, que aparecía y desaparecía a placer, y siempre me dejaba con ganas de saber cosas.

La verdad es que tampoco yo había dado muchas facilida­des para el diálogo. Pero, en realidad, yo sí que necesitaba estar solo y centrar un poco mis pensamientos. Estaba en el otro extremo del mundo, realizando un viaje que siempre había soñado, en coche. Yo solo, conmigo mismo, un viaje en solitario. Mis amigos me habían dicho que estaba loco de atar, me habían advertido sobre los peligros de ponerme enfermo en un país cuya lengua no entiendo bien, o que podría ser víctima de timos, de agresiones, de engaños, o simplemente, de perderme. También me podrían secuestrar, según por donde me moviese. Eso último me había hecho desistir de dar la vuelta a África, que iba a ser mi primera etapa larga. No me inspiraban mucha confianza los países del occidente de ese continente, sobre todo el enlace entre Marruecos y Mauritania, que incluía más de cien kilómetros de pista, o sea, carretera sin asfaltar, pero rodeada por frondosos árboles, donde se podría esconder un ejército de salteadores de caminos. Por eso había escogido atravesar Europa, mi viejo y conocido continente, y desde Francia había atravesado Suiza, Austria y Eslovenia, para entrar en Ucrania, y de allí a Rusia para acercarme a Volgogrado, donde tenía amigos. Luego había atravesado Georgia, y siempre hacia el sur había rodeado parte del Mar Caspio, buscando Irán, por cuya costa proseguí hacia Pakistán y luego la misteriosa India, lugar donde conocí a Vanessa después de haber rodeado su extremo sur y haber enfilado de nuevo el norte, llegando a Madrás.

Viajar solo tiene muchas ventajas. Sobre todo en un país cuya lengua no conoces: tienes que fijarte en todo, te tienes que volver observador a la fuerza. La verdad es que estas largas vacaciones, quizá las últimas de mi vida, eran lo más interesante que había hecho en toda ella.

Pero en Madrás me había encontrado con una nativa que, según decía, no era tan nativa, por lo menos de la India. Me había contado una fábula, y yo no sabía a qué carta quedarme con ella. Me podría haber dicho que era la Reina de las Hadas, y la hubiera creído igualmente, porque la verdad es que lo que yo le había visto hacer era magia pura.

Varias horas más tarde llegué a Tada, cerca del Lago Pulicat, y a la puerta de un restaurante, tomándose un zumo de mango, estaba nuestra amiga, que me saludó efusivamente.

―Hola―, saludé. Mientras terminaba de aparcar, pregunté:

―¿Está bueno?

Mientras asentía ella con la cabeza, desistí de preguntarle que cómo sabía que iba a encontrar aparcamiento justo en aquel sitio. Ella me sonrió, como si me hubiera comprendido. La sintonía con esta chica era total, lo cual me daba hasta un poco de miedo.

―Vanessa, tengo preguntas que hacerte.

―Dispara.

―Veo que eres una chica muy com­pren­siva, apareces cuando me haces fal­ta, cuando me ves agobiado desa­pare­ces, literalmente, y cuando quiero compañía apareces de nuevo. ¿Cómo lo haces?

―Se llama teleportación.

―Bueno, sí, esa es la parte técnica. Te pregunto por la parte humana.

Me miró con curiosidad. Luego, clavando su mirada en el fondo de su zumo, dijo:

―Llevo años observándote, Indalecio. Fui una de las limpiadoras de aquel colegio en que estuviste de interino hace cuarenta años, al comienzo de tu carrera. Bueno, no podría decir que fuese una empleada en realidad, porque sólo fui al colegio los dos primeros días del curso.

Me dio casi miedo preguntar:

―¿En tu tiempo vivido, ¿cuándo fue eso, Vanessa?

Me miró con sorna, y me dijo con un hilo de voz:

―Hace seis meses. También he fisgado en tu vida a lo largo de esos años a saltos. He reunido un dossier sobre ti. Pero no te preocupes, que lo tengo sólo aquí―, y se tocó la frente. ―Recuerda que en mi tiempo ya no escribimos.

―Jo, qué vagos―, dije yo también con un hilo de voz, por decir algo.

Ella aprovechó para llevarse la conversación por otro camino:

―No, hombre, no. Es que tenemos más memoria que vosotros, y en el tiempo en que vosotros escribís un folio, nosotros nos hemos estudiado un libro entero.

―Bueno, vamos a comer algo, y luego habrá que buscar hotel.

―Ya lo he hecho yo. Tienes una habitación en el hotel Chennai, en el centro.

Comimos, y luego me subí a la habitación del hotel. A los cinco minutos llegó ella, sin invitación, claro, pero tampoco me importó mucho. Yo estaba en el baño, y ella se puso a mirar por la ventana.

―Fíjate―, me dijo, ―se ve el mismísimo Lago Pulicat. ¿Quieres que vayamos luego?

No contesté inmediatamente. Cuan­do salí del baño, la miré a los ojos, y le dije con calma:

―La verdad es que estoy molido. Quisiera dormir algo, o por lo menos descansar tumbado en la cama..., pero no, no hace falta que te vayas. Cuéntame cosas, aunque si me duermo no te enfades, ¿vale?

―Bueno―, dijo sin moverse de la ventana. ―¿Sabes? Este lago ya no existe en mi época. Y es una verdadera lástima, con lo bonito que es.

Me acerqué a ella por detrás, y poniéndole una mano sobre cada hombro, le dije suavemente:

―No es tan bonito como tú.

Nos quedamos en silencio observándolo un rato, hasta que mi cuerpo me recordó que estaba cansado, y me dejé caer en la cama.

―¿Cómo son las relaciones entre vosotros, la gente del futuro? No me has contado nada. ¿Tenéis ya un gobierno mundial?

―No tenemos ninguno. Sí, podría decirse que hay sólo un país, pero no hay gobierno, ni policía, ni jueces, ni nada que se le parezca. Imagínate a diez mil personas que se pueden ver en cualquier momento en grupos pequeños o individualmente, que tienen todas sus necesidades cubiertas, y que ninguna de ellas ansía lo que tiene la otra, porque le sería muy fácil tenerlo igual.

―Arcadia.

―Sería un buen nombre, pero no somos pastores, ni es la felicidad nuestra característica más acusada, aunque sí: supongo que todos somos felices, si por felicidad se entiende que no te falte de nada y que puedas hacer lo que quieras.

―No me lo puedo imaginar: un mundo sin carreteras, sin aeropuertos, sin delincuentes, sin policía, sin partidos políticos..., sin sobrepoblación. ¿Me lo enseñarás algún día?

No pude comprender muy bien su respuesta, pues en algún momento de esa última intervención me quedé dormido.

Cuando desperté no estaba. Me levanté, fui al servicio, y eché una larga y copiosa meada, mientras pensaba en qué gusto daba verse libre de todos los compromisos de mi pasada vida de maestro. Recordé a mi esposa, que todavía trabajaba en el colegio en que la conocí, en mis hijos, profesor de instituto el uno y de universidad la otra, cada uno a lo suyo y Dios en lo de todos. Y yo allí, en la India siendo víctima de la alucinación más hermosa que soñarse pudiera. Después de las tres sacudidas de rigor, me lavé las manos, y volví a la ventana que antes me había figurado que había contemplado mi diosa particular. Y en ese momento vi el libro que yacía sobre mi mesita de noche. Tenía algo que no estaba antes. Mis libros, pues para eso los he comprado yo, los marco doblándoles la esquina superior de la página por la que los estoy leyendo. Pero este tenía esa doblez deshecha, y en su lugar tenía algo que yo no usaba: un marcador de libros. Se trataba de una cartulina estrecha y alta intercalada en la página por donde iba yo leyendo. Pero no era un marcador cualquiera: tenía una simpática reprodución de una sirena, y el anagrama de una famosa librería de Murcia, con una simpática dedicatoria del mismo librero: A Vanessa, con afecto, y luego la firma: Antonio González Palencia. Y bajo la firma decía: Murcia, 4 de octubre de 1950.





Viaje al futuro.

La India no parece el lugar más adecuado para realizar un viaje al futuro, pues la miseria e inhabilidad de sus políticos por erradicarla son endémicas y causan un fatalismo y tradicionalismo en las costumbres y hacer diario que no permiten apreciar diferencias significativas de un decenio a otro, fuera del nombre de algún político o autoridad local. El sistema de castas, por ejemplo, ha estado ahí durante miles de años. Pero quizá por eso lo eligió mi introductora en este medio. No fui consciente de ello hasta que se me ocurrió preguntarle, en broma:

―¿Cuándo me vas a llevar a una excursión a través del tiempo?

―Ya has ido.

―No, no me refiero a esa que consiste en ir a veinticuatro horas por día en un solo sentido. Me refiero a ir hacia atrás.

―Ya has ido.

―¡Qué?―, dije dando un bote.

―Ten cuidado, tu corazón no es tan fuerte como crees.

Quizá me estuviera diciendo algo importante, pero la impresión inicial atenazaba toda mi atención, y exigía respuestas.

―Aclara, por favor. ¿Cuándo he viajado yo por el tiempo, hacia atrás?

Ella calló, miró por la ventana, pero eso no disminuía mis nervios. Miró por la ventana hacia el paisaje que se atrasaba, durante unos minutos, y luego me miró con tristeza, al tiempo que me acariciaba el cuello como una madre haría con un niño pequeño:

―Anda, Inda, no te sulfures, que te lo explicaré. Pero mira, para en la próxima población, que se llama Phaung Pyin y te lo explico todo. Te lo prometo. Pero tranquilízate.

En aquel momento yo ya me había acostumbrado a las repentinas desapariciones de mi hada madrina, y a que se fuera de excursión por el espacio y por el tiempo, pero ella. Constatar de pronto que también yo había experi­mentado eso, no me entraba en la cabeza. Había sido consciente de la teleportación cuando me llevó a Cieza, pero la posibilidad de realizar el viaje en el tiempo, y sobre todo que no me hubiera yo dado cuenta, me había sobresaltado, más que impresionado.

Por fin llegamos a Phaung Pyin, y tomándonos un refresco en un bar al aire libre, me contó:

―¿Recuerdas que no encontrabas el paso fronterizo entre La India y Bangladesh el otro día, y que te dije que ya lo habíamos pasado inadvertidamente porque por esta carretera no había barrera?

―Sí.

―Bueno, pues no te dije toda la verdad. En tu época sí que la hay. Es más: no se puede pasar por ella, porque la han cerrado. Por motivos políticos, religiosos y sobre todo de fronteras, porque no hay acuerdo sobre el punto en que debería estar no se puede pasar por allí. La carretera existe, pero no te dejan ni salir de la India ni entrar en Bangladesh. De hecho la única forma de salir del país a este lado es por el Norte, por las montañas del Nepal.

―¿?

―No, no pongas esa cara, hombre. Lo que he hecho yo es hacerte dar a ti y a tu coche un salto temporal de cincuenta años hacia el pasado, cuando la zona todavía pertenecía a los ingleses, que fueron los que construyeron la car­retera. No viste la frontera porque todavía no existía. ¿No recuerdas que adelantamos a un coche muy antiguo el otro día? Hasta hiciste un chiste sobre el mismo, creo que dijiste que de qué museo lo habían sacado.

―Sí, lo recuerdo. Era un Mercedes.

―Bueno, pues no era tan viejo. De hecho era nuevo, un último modelo. Éra­mos nosotros los que no en­cajá­bamos en la foto, no ellos.

―¿Y cómo es que no me había dado cuenta?

―Porque cuando nos desplazamos por el espacio, por mis medios o por los tuyos, siempre hay un cambio de paisaje. Pero cuando nos desplazamos por el tiempo el paisaje se alterna con mucha mayor lentitud, y si hay cambios de color, el cerebro poco acostumbrado lo achaca a cambios de la luz solar, nubes que pasan, o simplemente a que hay menos hierba por donde vamos pasando, si simultá­nea­mente hay cambio de lugar.

―¿Y cuántas veces hemos saltado en el tiempo?

―Desde que nos conocemos, unas cinco veces. Pero ya has visto que no supone problemas para ti. No si no lo sabes.

―Efectivamente.

―Me siento mal explicándote todo esto. No debería.

―¿Por qué? ¿Te lo ha prohibido tu gente?

―No. A mi gente le da lo mismo. Nadie te creería, si lo contaras. Sería tu palabra contra la mía, si yo me molestase en quedarme para negarlo. Pero veo que te puede hacer daño.

―No, mujer, no te preocupes. En el fondo estoy encantado. Siempre me gustaron las experiencias nuevas, y esta me encanta. Lo que lamento es habérmela perdido y por ello disfrutado menos.

―Bueno, mira, la próxima vez te lo diré.

―¿Y cuándo me llevarás a tu tiempo?

―¿Quieres?

―Claro.

―¿De verdad?

―¿Lo dudas?―, dije con cara de asombro.

―No es tan excitante como crees. En realidad es muy aburrido. Imagínate un mundo lleno de selva, con la gente muy repartida, todo lleno de bichos por todas partes. En lugar de estar los animales encerrados en los zoológicos, somos nosotros los que estamos encerrados en nuestras casas...

―¿No tenéis lugares comunes de esparcimiento, gimnasios, cines, clubes?

―No. ¿Para qué?

Era otra mentalidad, desde luego. Muchas cosas no las comprendía por­que era una cultura que no tenía nada que ver con la mía. Estaba más lejos de ella, culturalmente, que de los indios aztecas o de los negros del África Central..., de pronto una idea me sobre­cogió: aquella bella muchacha me era más diferente, más extraña, tenía menos en común conmigo que los hombres de Atapuerca. ¿Podría yo alguna vez llegar a comenzar a comprenderla? Ella debió de entenderlo, porque me dijo lentamente:

―Esta noche te llevaré a mi mundo. Pero no te quejes luego.

―¿Esta noche? ¿Y por qué no me llevas ya?

―Porque te tienes que hacer a la idea. Imagínate un lugar lleno de árboles, de maleza, de verde. Es lo que verás. Y mi casa. Pero no hay muebles. Te puedes sentar en el suelo. Piensas en que estás en una silla, y la silla se materializa bajo tu trasero, y te levanta hasta una distancia cómoda para ti. Lo demás que quieras me lo tienes que pedir.

Asentí ligeramente, a la vez que pensaba si me estaba volviendo loco y aquella mujer existía de verdad, o era una fantasía de mi mente enferma que yo estaba padeciendo mientras mi cuerpo yacía en coma en algún hospital de aquel lejano país... Pero ella seguía allí, mirándome con los ojos abiertos como platos, sus ojos misteriosos escudri­ñándome el fondo del alma, como yo mismo nunca sería capaz de imaginar.

―Venga, demuéstramelo.

―¿Aquí?

Asentí a la vez que le decía:

―Me gustaría tomarme un daikiri.

Al momento se materializó la bebida en su mano.

―¿Tú no quieres?

―No bebo alcohol.

―¿Por qué?

―No me gusta. Soy lo que llamáis bebedora social, o sea, que bebo sólo cuando se espera eso de mí por relaciones sociales, pero a ti no te voy a mentir. Nunca me verás borracha.

―¿Y si te pasas sin darte cuenta? ¿Qué haces?

―Parece mentira que me preguntes esas cosas, Indalecio: en cuanto me doy cuenta me voy a un sitio y momento perdidos y espero a que se me pase, y luego vuelvo al instante siguiente, tras haber eliminado ese alcohol de mi organismo. Pero es una pérdida de tiempo, y tengo muchas cosas que hacer en lugar de perder el tiempo con esos placeres tan vuestros.

―Vaya, vaya, una chica sin vicios. ¿Y con qué cosas disfrutas?

―Son muchas, Indalecio. Pero mira, te voy a decir una, que  no te vas a cre­er: disfruto mucho charlando contigo, a pesar de que veo que sufres en algunos momentos.

Sí que me sorprendió esa salida.

―¿Por qué?

―Por dos cosas: porque me gusta charlar, y porque me gustan las cosas que me dices. Porque me consta que eres muy sincero, a veces sincero hasta la crueldad.

―Vaya, entonces te habrás dado cuenta de que me gustaría acostarme contigo...

―Lo sé.

―¿Y no te molesta?

―No, Indalecio. Y si me estás pidiendo una respuesta, te diré que todo a su debido tiempo. Ya lo irás compren­diendo. Me encanta que a estas alturas ya hayas superado casi todos tus miedos. Hasta el punto de tener algún que otro pensamiento impuro sobre mí. De hecho, me siento halagada.

―Pues yo me siento cada vez con más miedo sobre esta relación que no sé cómo clasificar, Vanessa.

―No la clasifiques, Indalecio: limítate a vivirla, que ya es bastante trabajo―, sonrió al decirlo.

Y aquel día lo hicimos, vivimos el momento lenta, tranquila, yo diría que pacíficamente. Terminamos de beber­nos el refresco, paseamos por el pueblecito como dos turistas más, vimos sus monumentos y otras cosas dignas de verse, y hasta paseamos por sus alrededores. Luego fuimos al hotel que ella me había buscado, cosa que ya no me sorprendía. Me asombraba la naturalidad con que ella hablaba con los naturales del país, y en más de una ocasión me sorprendió comprender de qué estaban hablando.

―Hay que ver, Vanessa, a veces me parece que entiendo esas conver­saciones que tienes con los camareros y el personal del hotel.

―A lo mejor es que vas aprendiendo el idioma, Indalecio―, me dijo con una sonrisa giocondina.

―A lo mejor.

Habíamos llegado a la habitación, me había ido al servicio mientras ella me hablaba, y al salir no me la había encontrado sentada en una silla, ni de pie mirando por la ventana, sino tumbada sobre la cama, tal cual había entrado en la habitación. Me miró, sonrió, y me aclaró:

―Yo también estaba cansada. Anda, ven y túmbate a mi lado.

Vio mi turbación, y añadió: “¿No me prestas un ladito de tu cama?”

Me senté en el borde de la cama, y le pregunté:

―¿Dónde y cuándo duermes? No te he visto nunca dormir.

―No, tú te sueles dormir antes. He velado tu sueño muchas veces. Algunas veces he dormido a tu lado, pero casi siempre me he ido a dormir a mi casa.

Yo estaba muy cansado. Habían sido muchos kilómetros y emociones para un día ¿Qué más me podría pasar? Así que me terminé de acostar sobre la cama. Al momento oí una voz burlona que decía:

―Creí que nunca te decidirías a acostarte conmigo.

―Es cierto, ya me he acostado contigo. Pero estoy tan cansado que no voy a poder hacer gran cosa.

Sin embargo, mi mente no paraba, aunque mi cuerpo estaba para el arrastre...

―Vanessa, satisface una curiosidad que tengo...

―Pregunta.

―¿Naciste en Madrás?

Soltó una carcajada inesperada. Y luego volvió su cara hacia mí y me espetó:

―Pues no, Indalecio. No nací en Madrás. No nací en La India. Nací en un país aún más antiguo, cuando ya era más moderno que este. Nací en Irak. En Babilonia.


El mundo de Vns.

Desperté al día siguiente, o eso fue lo que pensé al principio. Había dormido unas diez o doce horas, despertando totalmente restablecido. Pero no estaba en mi cama del hotel. Todo era exactamente igual, pero había algo que me extrañaba. Me parecía la habitación demasiado nueva, demasiado limpia. Y el hotel estaba sumido en una paz inusitada en la India, donde siempre había alguien yendo a algún sitio, siempre alguien hablando con alguien, discutiendo, o quejándose de algo. Pero al principio no fui plenamente cons­ciente de eso. No hasta que fui al cuarto de baño, a lavarme la cara. El agua del grifo, que siempre estaba fría, resultaba agradablemente templada, a una temperatura cercana a la de mi cuerpo. Había una ventana en el cuarto de baño que no recordaba. Tras haberme aseado, la abrí. Lo que vi me despertó del todo: un océano de hierba verde, de espesa hoja y tupida textura, con algunos animales que se movían. Un gran tigre de Bengala se paseaba tranquilamente, alrededor de una caja de cristal en que acababa un extraño túnel transparente en que vi un dodó. Parecía un sueño. Los dodós se extin­guie­ron en el siglo 18. Pero, claro, mi anfitriona seguro que fue a antes de eso y se trajo alguno. El tigre estaba en vías de desaparición también, pero parecía ser capaz de cuidarse de sí mismo en ese ambiente, y por eso estaba en libertad...

Salí de mi cuarto, y vi que el resto de la casa estaba iluminado con una luz tenue que parecía salir de las propias paredes. Al final de un pasillo se abría una abertura a lo que parecía una sala de estar. Lo que me extrañó fue que se parecía a la de mi casa de Cieza. Su hermana gemela. Pero nueva. Sin un rasguño. Allí estaba Vanessa, que al verme se levantó de su asiento y me saludó.

―¿Has descansado?

―Sí. Creo que he dormido diez millones de años...

―No tanto. Diez horas y media. Te he traído durante tu sueño para que sufrieras menos por el jet lag―, añadió luego con una sonrisa burlona: ―¿Notas algo familiar?

―Veo que has estado en mi casa.

―Un entorno conocido ayuda mucho al cambio de tiempo. No es ninguna tontería. Es muy fácil sufrir un trauma psíquico importante al venir aquí.

―Tampoco he visto mucho. Aunque he de reconocer que   me has preparado muy bien.

―Eso espero. Pero va todo bien, si te afectase, ya lo habría notado yo. Sé algo de psicología. Pero por eso también te elegí. Lo nuevo no te molesta, sino que lo deseas, te gusta.

―Cierto. Nada me disgusta más que hacer todos los días lo mismo. Por eso estoy dando la vuelta al mundo. Por cierto, ¿dónde estamos?

―Cerca de Atenas. ¿Quieres ver el Partenón?

―¿Existe después de tantos años?

Su sonrisa se volvió más diáfana:

―Claro que existe. Los griegos por fin lo terminaron de reconstruir en el siglo 25. Nosotros lo hemos conservado muy bien. Bueno, más que nosotros, fue el abuelo de Myrna quien lo reconstruyó prácticamente de cero cuando se hizo su casa en el monte que lo alberga. Su madre y ella lo conservan como nuevo desde hace casi mil años.

―Me gustaría verlo. Lo vi hace unos meses y estaba hecho una porquería. Tu amiga Myrna tendrá mucho trabajo enseñándolo a los turistas, ¿no?

―Pues no. Tú eres el primero que ha venido por aquí. Esas cosas antiguas no les interesan a nadie ya. Tenemos reproducciones virtuales en cualquiera de nuestras casas de todo lo que ha existido alguna vez. Por eso hay pocos nostálgicos del pasado que quieran verlo. Además, en diez millones de años han pasado cosas más importantes que la construcción de un templo a una supuesta deidad de la sabiduría y el matrimonio...

―¿Por qué supuesta?

―Palas Atenea existió de verdad. Era una pastora que cuidaba ovejas y que, contra la costumbre de aquella época, vivió muchos años. Por eso conoció a mucha gente, y al ser tan observadora, acumuló mucha sabidu­ría para aquel entonces. Por eso en su pueblo la tenían como una persona muy sabia. Cuando murió, pasada la centena, se la idealizó y se la acabó haciendo diosa.

―Casi me da miedo preguntar...: ¿la has conocido? ¿Has hablado con ella?

―Sí. Ya te la presentaré. Pero te vas a llevar una decepción. La misma que con Viriato, Julio César o Cervantes: son todos gente, comparadas con la de tu época, bastante mediocre. Des­ta­caron por comparación con gente mucho más mediocre todavía. Pero te puedo presentar gente de tu futuro, mucho más interesante para ti.

Medité largamente sus palabras, y su ofrecimiento. Ella insistió:

―Si quieres, te puedo presentar a tres figuras de tu pasado. Elige bien: tres, sólo tres. Tienes cinco minutos para decidirte.

―Me sobran cuatro―, dije al minuto―: quiero conocer a Jesucristo, a Julio Verne y a Edgar Allan Poe.

―Extraña combinación: un visionario, un fabulador y un borracho.

―Sí, pero los tres han hecho correr ríos de tinta.

―Cierto. Olvidaba por un momento que eres escritor. Por eso has elegido a dos de ellos. Pero ¿por qué Jesucristo y no Saulo de Tarso, que fue escritor?

―Uf, bueno, se dice que inventó el cristianismo. Quiero saber hasta qué punto Saulo falsificó lo que el Maestro dijo de verdad.

―Bien. Tomo nota. A su debido momento conversarás con Jesucristo.

―Ahora dime: ¿por qué tres solamente?

―Pueden ser todos los que tú quieras. Pero quería saber quiénes eran tus tres personajes históricos favoritos. Me extraña que no hayas dicho Mahoma o los Reyes Católicos...

―Mahoma fue un indeseable opor­tu­nista, y los Reyes Católicos me interesan, pero no tanto. El cuarto hubiera sido Frank Sinatra, el quinto hubiera sido Keops y el sexto posiblemente Moisés. Pero, bueno, me atendré a los tres. Así les sacaré más provecho.

Entonces me ofreció una bebida diferente a todas cuantas he conocido. Me recordaba al mango, pero también a la naranja, y a la menta. No era un cóctel, me dijo, sino el zumo de una fruta desconocida en mi tiempo, la ajenja. Curiosamente producía alcohol de forma natural, pero ella tenía un sistema para eliminarlo de la bebida.

Paseamos por su patio, bastante amplio, de unos dos kilómetros, por lo que pude apreciar, que estaba rodeado por una especie de cerca invisible, cuya existencia constaté cuando volví a ver al tigre de Bengala. Sin duda sintió mi miedo, pues se abalanzó contra mí, siendo detenido en su salto por una pared invisible, que hubiera sido de grueso cristal si hubiera emitido algún reflejo o brillo a la luz del sol.

―¿Es eso un campo de fuerza, o es algo más sólido?

―Es una especie de cristal que todavía no conoceis vosotros, ni lo conocerá la humanidad hasta hace cinco millones de años. ¿Te gusta?

―Me gusta que no sea una fuerza invisible que puede desaparecer si se va la luz.

Sonrió ante mi ignorancia, y de nuevo aclaró:

―La electricidad ya no la utilizamos. Pero esta casa usa una energía dife­rente que es generada a partir de diminutos corpúsculos que vienen con los fotones de luz que nos manda el sol. Su masa es nuestra energía. Y no se acabará hasta que se apague el sol. Pero de todas formas, si mi energía se acabase, esa pared invisible te seguiría defendiendo del asalto de tigre de Bengala.

Oía a lo lejos los rugidos del tigre, y el piar de algunos pajaritos, y otros ruidos de otros animales que desconozco, pero todo fuera del patio. Era como un agujero en mitad de una selva, y sin embargo el agujero parecia estar dotado de luz propia. Llegamos a una mesa de piedra que estaba totalmente montada, con viandas exquisitas que yo no conocía, y con bebidas exóticas que me gustaron. Me mostró la mesa Vanessa con un índice y dijo:

―Permíteme que te invite a comer.

La comida fue en realidad cena, Más íntimo. Más lunar. Por primera vez vi un viaje al futuro, de seis horas... Desde las cuatro de la tarde, hasta las diez. Me mostró Vanessa el firmamento con un gesto. Vi cómo se obscurecia en cuestión de minutos. Vi al sol marcharse hacia el oeste, corriendo a la orden de mi piloto, y luego vi venir a la Luna, hasta que se quedó en el primer cuadrante, quieta aparentemente. Su luz no era tan amarillenta como yo la recordaba, pero era la Luna, evidentemente. La sopa fue intrigante, pero finalmente se me reveló su secreto: caracoles del futuro. No exactamente como los nuestros, sino más sabrosos y de mayor tamaño. De hecho los tomé por gambas, en prin­cipio. El segundo plato era una especie de pollo, pero finalmente se me reveló el componente secreto: dodó. Un plato delicioso. Ya no estaba en peligro de extinción, así que de los miles de ejemplares protegidos por nuestros supra descendientes se podía extraer de vez en cuando algún ejemplar para agasajar a los invitados. Por último, la carne de búfalo, procedente direc­ta­men­te de las pradera americanas precolombinas..., bueno, en realidad rescatada la especie y recriada diez millones de años después. Y, de postre, arroz con ron. Una delicia aún por descubrir por nuestros gourmets. Y un habano de Cuba. Robado directamente del gabinete de Fidel Castro. Al menos eso me aseguró seriamente mi anfi­triona.

―¿Qué quieres de mí esta noche, Vanessa? Si ya lo tienes todo.

―No.

―¿Cómo que no?

―Quiero que estés contento, feliz. Completamente. Sin reservas.

―Eso lo estoy sólo con verte. ¿Es que no lo ves?

―Te falta algo: paz interior.

Dicendo esto, me besó por primera vez. Un beso casto, en la punta de la nariz. Con la sonrisa más bonita que he visto en mi vida. Una sonrisa que me cautivó. Sentí un impulso desbordado, y capturé su cara con las dos manos, y deposité un beso fuerte sobre sus labios, que se abrieron de sorpresa, lo que aproveché para saborear su lengua de miel.

Pocos instantes después yo mismo deshice el momento, murmurando: “no, no es esto, no es esto”.

―Siento estar de acuerdo contigo. Habrá que controlar estos impulsos.

―¿Ya no se hace el amor en esta época?

―Claro. Pero no le damos la importancia que le dais vosotros. Sobre todo los de tu generación. Ni suponemos que por ello deba haber un lazo especial entre dos personas. Ese lazo se va haciendo o deshaciendo poco a poco, hagamos o no el amor, según progrese la relación.

―Es curioso. Haber, va habiendo un lazo entre nosotros dos, sí.

―Más de lo que tú crees.

―¿Cómo?―, dije titubeando, ―..., veo que nos vamos haciendo más amigos, nos vamos acercando cada vez más. No sé exactamente cuánto tiempo llevamos juntos, pero me parece que son años ya,

―Sí y no, Indalecio. Cronológicamente hablando, son casi tres días, si suma­mos todos los minutos que hemos pasado juntos, contando las dos veces que he dormido junto a ti, en el hotel. Pero yo te he visto a ratos durante toda tu vida profesional. Hasta he realizado una incursión en tu infancia. ¿No recuerdas que te caíste y te hiciste mucho daño en una rodilla cuando tenías cinco años? Te llevó tu madre rápidamente al hospital, pero no tenías nada roto. Contaste a tu madre que una señora te había dado una aspirina y se te había quitado el dolor. ¿Recuerdas?

―Vagamente. Mi madre nunca se creyó aquello. Creyó que era una fantasía infantil.

―Sí. Pero el médico no se explicaba la sangre seca sin herida. Eso fue por una pastilla cicatrizante.

―No sé por qué lo pregunto: eras tú.

―Sí. Y durante tu vida profesional he sido limpiadora, inspectora, profesora substituta y madre de alumno. Nunca más de dos días. Y nunca te hablé direc­tamente, aunque cuando fui limpia­dora fuiste tú quien me habló.

―¿Y qué te dije?

―Me pediste que fuera a limpiar en tu aula, porque un alumno habia vomi­tado y había manchado el suelo. De eso te acuerdas, ¿no?

―No exactamente. Pero cuando te vi por primera vez, en este viaje, no me eras enteramente desconocida.

―Y sin embargo, las dos primeras veces que te vi, tú lo sabías todo de mí, y yo no sabía de dónde habías salido tú.

―¿Cómo puede ser eso?

―Jugarretas de trastear con el tiempo. Supe de ti por primera vez gracias a Myrna, la chica que cuida el templo de Atenea y a la que parece que no conoces todavía.

―¿Y cuándo me la presentarás?

―Mañana. Hoy ya has sufrido dema­siadas emociones.

El resto de la velada lo pasamos charlando sobre los animales y las plantas que veíamos desde el patio. Algunos de ellos no los conocía, pero cuando ya me habia dicho ella varios nombres de difícil retentiva, dejé de peguntar más. Pasaron las horas, y cuando ya teníamos la digestión hecha, nos fuimos a la cama.

No me sorprendió mucho ver a Vanessa sentada en un sillón junto a mi cama, al despertarme, observándome.

―Has tenido pesadillas.

―Sí. Soñé que me liaba a tiros con un dinosaurio.

―Pobrecillos. No los quisimos traer. Son demasiado violentos y comen mucho.

―Bueno, ¿cuál es el plan de hoy?

―Ver el Partenón. Y conocer a su cuidadora. Pero tengo que advertirte algo: Myrna todavía no sabe absolutamente nada de ti. Así que no metas la pata.

Y no la metí. Al día siguiente, o sea, tras la cena, el largo paseo y diez horas de sueño, desayuné de nuevo con mi anfitriona, y luego me llevó, ya sabe­mos cómo, a la casa de Myrna, al pie del monte que alberga el Partenón. Yo había visitado Atenas varias veces, la última cuando pasé por allí en mi viaje alrededor del mundo, unos meses atrás. Por eso sentí estupor y lástima al ver que de la gran ciudad, que albergaba diez millones de habitantes sólo dos meses atrás en mi tiempo, ya no quedaba nada. Las innumerables calles y casas habían sido substituidas por muchos árboles, entre los que identifiqué muchos olivos y frutales de esa tierra.

―Los plantó mi abuelo―, dijo Myrna. ―Desbastó parte de la maleza que invadía todo esto, y plantó esas hileras de olivos, como se hacía en la Grecia Antigua. Mi abuelo era un fervoroso admirador de la cultura de los griegos. Igual que yo.

―No me extraña.

―¿Por qué no?

―Porque tu alta estatura y rubios cabellos recuerdan las descripciones que de las dorias hacían los antiguos.

―Sí. Veo que te preocupas de lo clásico―, dijo con aprobación. ―¿Eres historiador?

―Myrna―, dijo Vanessa, ―quizá no sepas que Indalecio no es uno de nosotros. Nació hace más de diez millones de años en un lugar que llamaban España.

―¿España? ¡Qué interesante! Las columnas de Hércules, ¿no?

―Y Tartessos. Pero al norte de Tartessos también era España. Yo vivía en el siglo 21.

―Ajá. ¿Y qué me decías de los dorios antiguos?

―Pues que eran altos y rubios, como tú. Muchos toman a los actuales (bueno, actuales en el siglo 21) griegos como los descendientes de los dorios. No saben, u olvidaron, que los turcos invadieron Grecia y jamás se fueron... Ni siquiera cuando Grecia se independizó de Turquía en el siglo 19.

―¿Y qué te parece el Partenón?

―Pues creo que ni Fidias lo vio mejor que lo que yo veo ahora.

―Ni Pericles. Pero mi abuelo era un perfeccionista. Y aquí tenemos el auténtico templo a la sabiduría.

―¡Qué sorpresa! Presiento que vamos a llevarnos bien.

Algo me decía que esa chica tan guapa e inteligente tenía razón... Le pregunté:

―¿Te gustan las civilizaciones antiguas?

―Me chiflan.

―Supongo que las habrás visitado a menudo...

―No creas. No soy una crononauta, como Vanessa. A mí me gusta más estudiar los documentos antiguos. No olvides que para viajar en el tiempo hace falta una gran preparación, además del viaje mismo: lenguaje, estudio de las costumbres, la psicología de la gente, y varias cosas más. Todas ellas me aburren. Además nuestros cronistas, como Vanessa, nos traen imágenes y documentos fidedignos del pasado, sin grave peligro para nadie, pues ellos están mucho mejor preparados para esos viajes que nosotros, meros aficionados.

Myrna se explicaba muy bien. Eso hizo que nos hiciéramos amigos pronto, como ella habia vaticinado, y también me hizo eso apreciar y respetar mucho más el trabajo y la valentía de Vanessa. Pero me seguían rondando las palabras de esta: Myrna le había hablado a ella sobre mí cuando ella ni siquiera sabía que yo existía...

Pero pronto deseché esas ideas, pues Myrna me decía que por fin había conseguido descifrar la pronunciación del lenguaje de los faraones. Desde el siglo 19 de mi época, o sea apenas un siglo antes de que yo naciese, ya se sabía cómo se escribía y qué significaban los mensajes hallados en escritura jeroglífica, gracias a los trabajos iniciados por el soldado francés Champollion. Pero no se sabía, ni por aproximación, cómo sonaba. Cuando yo mismo estuve en el Museo del Cairo, allá por los años noventa del siglo 20, pregunté al guía que nos servía por la pronunicación, y él me había intentado engañar leyéndome una estela en árabe, pero me di cuenta porque yo tenía rudimentos de ese idioma. Pero ahora Myrna me decía que sabía cuáles eran exactamente los sonidos que pronunciaban los faraones y sus sacerdotes, y que había completado una gramática completa del antiguo egipcio, que incluía una fonética exacta. Ella la guardaba, como se guardaba todo, en su cabeza. Y se ofrecía a enseñarme a hablar en egipcio. A mí, egiptólogo e historiador aficionado. Era un privilegio que hubieran envidiado muchos egiptólogos profesionales que me habían pre­cedi­do. Naturalmente, las fuentes de Myrna habían sido no sólo la Piedra de Rosetta, sino muchas otras que le habían traído Vanessa y otros cronistas que trabajaban con ella. En realidad el equipo no era muy sofisticado: el o la cronista se desplazaba a la época adecuada, se introducía en casa de un escriba o sacerdote, y memorizaba todo lo que veía. Luego, en casa de Myrna, le contaba todo lo que había visto con todo lujo de detalles, y utilizaba un pequeño truquillo para redondear el informe. Este pequeño truquillo se  me hizo evidente en una ocasión en que, por tener la dulce voz de Myrna grabada, utilicé mi pequeño mp3 para grabar su voz, sin que ninguna de ellas dos se diera cuenta. El resultado fue muy desolador:

Vns, crt m n pvos vd vn mrg. Bl l tg. [=Vanesin', certe mi ne povos vidi vin morgaŭ. Eble alian tagon].

―Mrn, n grvs... [=Myrno, ne gravas].

O sea, ruido. Hacían ruido con la voz en lugar de hablar. Tras una escucha atenta, descubrí que no pronunciaban las vocales. Naturalmente, así hablaban mucho más deprisa. En las conversaciones siguientes, yo parecía mucho más abs­traído, casi atontado, participando poco en la conversación, pero porque yo hacía otra cosa: observaba fijamente sus bocas. Y vi que ¡en muchas palabras no las movían! Y sin embargo, yo les oía no sólo las consonantes, sino también las vocales. ¡Esta gente utilizaba la telepatía!

Oí dentro de mi cabeza una doble carcajada, a la vez que las dos me decian a la vez:

―Vaya, por fin te has dado cuenta. Creía que no lo ibas a descubrir nunca.

A partir de entonces, nuestras conversaciones fueron mucho más fluidas y no sólo tenían palabras, sino imágenes. Ya entendía yo por qué había tanta sintonía con Vanessa desde el principio. También sabía por fin su nombre verdadero: Vns.

El resto del mundo de estas mujeres era muy sorprendente, pero lo com­prendí en menos tiempo debido a que mi mente por fin asumió y aprendió a estar cómoda con la telepatía, con la compartición de imágenes y texto instantáneamente con otras mentes. He de decir que mi comprensión aumentó espectacularmente, y ya podía hablar con cualquiera de ellas aunque no estuviesen a la vista. Y Myrna pudo terminar de enseñarme su gramática y fonética del lenguaje fa
raónico en muy poco tiempo, y además vi los documentos que Vanessa se había traído del Antiguo Egipto..., virtual­men­te, en su cabeza. Por eso ya no se utilizaban ordenadores en el futuro. Ni la escritura. Cuando querías saber algo, preguntabas que quién lo sabía, y al­guien te contestaba. Ni siquiera tenías que estar en su presencia, claro: la verdad es que podía estar en cualquier otro lugar de La Tierra. Las imágenes que me llegaban eran claras, por lo que tampoco existía la necesidad de viajar. Y así, poco a poco, me fui integrando en aquella sociedad venerable y adelantada. Más de lo que yo hubiera deseado, pues también tuvo sus efectos indeseados, incluso para alguien tan novelero como yo.

 


El salto.

Un buen día, después de haberme traído Vanessa a lo que había sido la Antigua China, ya de vuelta en Atenas, oí una especie de trueno, y de repente me vi a dos kilómetros del lugar en que había estado un segundo antes. Ni Vns ni Mrn estaban conmigo. Estaba solo y seguía estando solo. No me lo explicaba. Hice un supremo esfuerzo mental, y llamé a la primera de ellas, pues oía en la maleza cosas que no me gustaban. Enseguida apareció mi guía, y tomándome del brazo me llevó a su casa. No se explicaba qué había pasado:

―¿Seguro que no te has ido andando hasta allí?

―No. ¿Cómo iba a franquear esa espesa selva sin machete?

―Hum. Bueno, hay una teoría sobre el efecto chispa, que se ha producido alguna vez entre nuestros niños. Has de saber que la forma de enseñar la teleportación tiene mucho que ver con lo que tú llamarías efecto de contagio, y que en tu época se utiliza para enseñar a nadar: se muestra cómo se hace y luego todos lo hacen de forma innata. Pero en tu caso es preocupante, poque tú no tienes en el cerebro el órgano hxn (hexón), donde radica el músculo de la alteración espacio temporal. Te dejaré con Myrna, y luego iré a ver a Armendáriz, que es un experto biólogo.

Me extrañó que no quisiera llevarme con ella, pero me aclaró luego que me había estado analizando dicho señor desde lo que antes había sido Ciudad de Méjico, y que le había corroborado que yo no tenía ese órgano, efectiva­mente, pero que una parte de mi cerebro podría emularlo de forma defectuosa, por no decir peculiar, y que me debería explicar al menos la parte básica de las teorías físicas que regulan esta actividad para no estar tan expuesto a posibles peligros. Recordé las fauces del tigre de Bengala y me dieron súbitos escalofríos...

Pero mi natural falta de habilidad para las matemáticas y de la física teórica dieron al traste con las buenas intenciones de mis dos amigas y del señor Kntr, experto en matemáticas. Vi innumerables funciones y curvas tridimensionales que habrían sido la felicidad para mi amigo Antonio, allá en el siglo 20, pero yo sentí sólo frustración. Vi, cierto, el peligro en que yo estaba, pues siempre aparecía yo como un punto azul en una especie de red tridimensional que era, no la Tierra, sino el universo extenso. Por él iba vagando nuestro planeta, y bastaría un desajuste de un par de cientos de kilómetros para que yo muriese al instante, si ese desfase fuese hacia arriba, en lugar de hacia un lado, como había sucedido. Quedaron en enseñarme por la vía práctica, siempre de la mano de ellas.


En casa de Shostris.

Pero eso no minimizó mi interés por las sociedades antiguas. Hallándome meditando sobre las claves del Antiguo Egipto, después de haber estado charlando con Myrna un buen rato sobre este tema, aún meditando sobre cómo debería haber sido la vida de un escriba en el Antiguo Egipto, de repente me vi en la casa de uno de ellos.

―¿Cómo has entrado, extranjero?―, me dijo nada más verme.

―Has de perdonarme, escriba―, dije haciendo un amago de reverencia al hombre rojo. ―Me he perdido en esta ciudad, nueva para mí, y al ver tu puerta abierta, he interpretado que era un signo de bienvenida y he entrado a saludarte.

Ante mis palabras, el viejo escriba hizo una reverencia mayor que la mía, y me dijo:

―Sin duda eres señor principal, pues te expresas correctamente en la lengua sagrada. ¿Conoces la demótica?

―Sólo un poco, señor. Mi conocimiento de vuestra lengua es apenas aceptable, pues siempre me expresé en mi griego nativo.

Y así estuvimos departiendo largo rato. Le dije, en nuestra conversación, que era un estudioso griego que había venido a Egipto a estudiar su civilización, y convinimos en que me tomaría como ayudante, con la posibilidad de presentarme a su señor, cuando a él le viniere bien, el dios Ramsés II.

Tres meses después, teniendo la oportunidad de acudir a la construcción de una mastaba, pedí al arquitecto real la gracia de escribir yo mismo en la piedra de la fachada principal una oración a mis dioses, y al obtener semejante licencia, esculpí con un cincel un mensaje bastante claro, a los pies de un ibis.

“Mrn, bvl, año IV mandato Ramses II el divino. Larga vida a nuestro señor. Vnu bldŭ srĉ mn”. Lo puesto en negrita lo puse en geroglífico, tal cual Myrna me había enseñado, y el resto en letras latinas, aún desconocidas en aquella época, pues Roma no era aún ni un villorio, y los fenicios tenían aún su alfabeto en un estado en que no se reconocían esas letras. El mensaje era escueto: Myrna, por favor, ven pronto a buscarme.

Aún no había salido yo de la mastaba, cuando me dice un joven esclavo:

―Amo, te busca el capataz. Me manda que te lleve a su tienda.


El rescate.

Le seguí pensando que me esperaba una buena reprimenda por haberme excedido en el número de los caracteres acordados, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando me encontré a la mismísima Vanessa vestida de sacerdotisa de Anubis y sentada en una rica silla llena de pedrería, y mirándome con atención, como si no me conociera de nunca, lo cual era literalmente cierto, como veremos más adelante.

―Salid todos―, ordenó.

Luego, a solas, me dijo:

―Extranjero, no sé quién eres, pero me han ordenado que te devuelva al siglo 21. Al ocho de agosto de 2010, en Cieza. ¿Representa algo para ti?

―El día de mi cumpleaños. Pero eso ya lo viví. No puedes llevarme a dónde ya estuve.

―Tienes razón, espera.

No duró ni un segundo, y no me pareció siquiera que se hubiera movido, pero en realidad se fue y volvió al mismo instante en que se había ido, pero con nueva información:

―Sí, había habido un error. Te llevaré a Asia, siglo 21, 14 de octubre de 2012, a Phaung Pyin, ciudad de Birmania. Espero que tenga sentido para ti.

“Ĝ hvs, Vns”, telepatié más que dije: Lo tiene, Vanessa. Ella puso cara de gran cons­ternación, pero sin más dilación me tomó por la mano y se desvaneció nuestro entorno para pasar a ser el del hotel del que me había llevado a su mundo cuando ya me conocía.

―Los niños no debéis jugar con fuego―, me dijo justo antes de desaparecer.

 


Una tarde con Julio.

La volví a ver en Pyawbwe, un bello pueblecito de Birmania, a más de setecientos kilómetros y una semana más tarde.

―Me preocupas, Ndlc―, me dijo apareciendo súbitamente a mi lado cuando me acababa de salir de mi vehículo. Volví a desbloquear la puerta y le abrí la suya para que pudiera salir.

―¡Hola, sacerdotisa de Anubis!―, exclamé mientras le besaba la mejilla. ―¿Ya me conoces?

Rio pensando que eso había ocurrido hacía años para ella y sólo unos días para mí.

―Cuidado con lo que piensas, que ahora me puedo enterar de todo―, le advertí guiñándole el ojo.

“No creas”, me telepatió, “podemos bloquear los propios pensamientos y los ajenos. Pero ahora que ya sabes mi secreto ya te puedo hablar claro”.

Pero no me habló, sino que me abrió su mundo, sus impresiones, me explicó todo lo que quise dentro de lo que podía preguntarle con mi nueva facultad. Toda una licenciatura sobre el futuro. Mucho más de lo que las palabras podrían contener. No habría deseado tanto. Pero ese conocimiento era ya mío, y no renunciaría a él.

―¿Se sabe ya cómo acabé en el Antiguo Egipto?

―Se sabe―, medio dijo, ―pero creo que no te va a gustar.

―¿?

―El efecto chispa, del que te hablé, ha aparecido en tu caso en una dimensión nueva, la temporal. Nunca había sucedido, y es muy peligroso para ti. Si no lo controlas, puedes aparecer en mitad de una batalla, o en las fauces de un dinosaurio. Eso nos apenaría a los que te conocemos.

―¿Y qué podemos hacer?

―Podemos intentar controlarlo. Pero para eso tienes que aprender mate­máticas.

―¿Yo?

―Tú. Ahora te va la vida en ello. Mientras yo te llevaba por el tiempo, nada podía ir mal. Pero ahora no sabemos qué fue mal, ni si puedes volver a hacerlo. Por eso es importante que recuerdes qué estabas haciendo cuando sucedió.

―Hablaba con Myrna sobre el Antiguo Egipto.

―¿Más concretamente?

―Hablábamos de cómo sería la vida diaria de un escriba.

―¿Deseaste conscientemente conocer a uno?

―Sí.

―¿A alguno en particular?

―No. Sólo a un escriba.

―Ahora ya lo conoces.

―Sí. Compartí su vida, su casa, su cultura, durante tres meses.

―¿Y por qué no intentaste volver aquí por el mismo medio?

―Me asusté mucho al principio. Luego pensé que no era tan malo conocer la cultura del Egipto Antiguo, aunque tuviera que morir allí, cuatro mil años antes de nacer. Pero a medida que fui conociendo todo aquello, me embargó una ansiedad, una desazón por volver a mi siglo o al tuyo. Pero no me atrevía, porque me podría equivocar de tiempo, y no poder contarlo. Me podrían ejecutar como brujo o diablo antes de que tuviera la opción de explicarme.

―Y decidiste enviarle un mensaje a Myrna.

―Sabría que lo interpretaría correc­tamente. ¿Cuándo te envió?

―Hace diez años. Tuve que aprender demótico para sacarte del lío. Fuiste mi primera misión importante.

―Y no me conocías todavía.

―No.

―¿Y por qué lo hiciste?

―Mi amiga Myrna me dijo que era cuestión de vida o muerte.

―¿Te explicó cómo había llegado yo a aquel lugar y momento?

―Dijo que había habido una singularidad en el espacio­tiempo y que podías causar una anacronía la­men­table.

―No te engañó. Pero hubiera sido involuntaria. Ten en cuenta que no tengo el entrenamiento que tienes tú.

―No, pero el hecho de haber dado ese salto te convierte en objeto de estudio.

―Espero que no me diseccionéis.

―No, pero tengo que ser tu sombra de ahora en adelante. Mis tutores me lo han exigido.

―Espero que eso no te cause proble­mas, Vanessa.

―Tonto. ¿No te has dado cuenta de que por eso te he seguido casi desde que naciste?

―¿Cómo?

―No causas alarma: causas interés científico: ¿cómo un antiguo que no tiene el órgano hexón ha conseguido dar un salto tan largo, aunque haya sido sin querer? Hasta que no lo controles, o sea evidente que no puedes volver a hacerlo, hay que monitorizarte. Pero tu monitor voy a ser yo, así que relájate. Y sí, te llevo monitorizando casi toda tu vida. Hasta me leí aquella novela que publicaste a los veinte años, y tu libro de poesías.

―Vaya, por fin conozco a una de mis pocas lectoras.

―No escribes mal, pero te falló el márqueting.

Hizo una pausa, y luego me presentó una imagen de un barbudo sesentón.Julio Verne, escritor.

―¿No querías ver a Julio?

―¿Verne?

―Sí. Me he permitido presentarme como tu secretaria, la de un modesto editor español que está interesado en traducir y publicar su obra en su país.

―Pero yo no sé francés.

Ça tu penses!―, respondió: Eso es lo que te crees. Y lo curioso es que la comprendí. ―No olvides que ahora tú también sabes telepatiar. No importa lo que digas, él te comprenderá, y tú a él también.

Y mientras seguíamos con nuestro paseo, se dibujó a nuestro alrededor la magia de un boulevard francés del siglo 19.

―Monsier Verne?, —dije al caballero que se había puesto en pie al ver a Vanessa, saludándole con una ama­ble reverencia.

―Ese soy yo, señor. ¿Y usted es don Indalecio García, de España?

―Efectivamente, don Julio.

―Pero siéntense, por favor―, nos dijo señalándonos las dos sillas que había junto a su mesa, donde ya estaba él tomándose su café.

―Gracias, don Julio. Y dígame, ¿se halla usted preparando alguno de sus libros?

―¡Ah, amigo mío, un escritor no descansa jamás. Siempre está observando, y cualquier detalle de la vida cotidiana puede inspirarle alguna situación, alguna anécdota de su próximo libro! Pero no, la verdad es que estaba simplemente disfrutando de este café, tomado al aire libre y disfrutando del canto de los pájaros que pueblan este jardín.

―Ah, es usted poeta, además de un gran literato.

―Favor que usted me hace, señor García. Mis libros se venden, pero la verdad es que me cuesta mucho escribirlos.

―Pero los pule usted de maravilla, don Julio. Pasará usted a la historia como el mejor divulgador de la ciencia de todos los tiempos.

―Calle, hombre, calle. No me ruborice usted. Lo mío es oficio, más que arte.

El resto de la velada fue un co­mentario exhaustivo con el autor de los mejores libros que he leído, teniendo yo mucho cuidado de no meter la pata, en la fecha en que transcurría la entrevista, el seis de octubre de 1888, Verne aún debería componer los mejores de sus libros, como Dueño del mundo o Drama en Livonia, publicados en 1904, y que a pesar de no ser muy citados, son mis favoritos, sobre todo el último, porque en él aparece un personaje en el que se autorretrata el autor en un personaje al que llama Dimitri Nicolef. Por ello le dejé que me comentase sus obras, centrándome yo en Cinco semanas en globo, que me había leído varias veces durante mi juventud, porque sabía que era la primera que había publicado, hacía entonces más de veinte años, en 1863.

Vanessa me había tenido que dar algún que otro codazo o patada discretos para que no hablase demasiado, pero cuando el perspicaz Verne me pedía que le explicase lo que no me entendía, yo me iba por los cerros de Úbeda y le echaba la culpa a algún escritor español, real o imaginario, que él no conocía, como autor de alguna de las nociones que se me escapaban.

―Y dígame, don Julio―, le pregunté hacia el final de la entrevista, ―¿usted es escritor por vocación o por necesidad?

Su respuesta no pudo decepcionarme más:

―Amigo mío: no lo sé. A mí lo que me habría gustado ser en realidad es pin­tor. Pero por avatares de la vida que sería muy largo explicar, no pude aprender a hacerlo bien, y me tuve que ganar la vida de otras maneras diversas, acabando con la literatura, con la que, de todas formas, he podido pintar la realidad que imaginaba por medio de las palabras.

―No le quepa la menor duda, don Julio, que lo hace usted muy bien, y que muchas generaciones de jóvenes lo tendrán a usted muy presente.

Eso me valió otra patadita de mi secretaria, que terció:

―Bueno, don Indalecio, tenemos que irnos, pues hemos de entrevistar a otras personas.

―Sí, claro. Don Julio, ya le escribi­remos para ultimar los detalles de la publicación de sus seis primeros libros en lengua castellana para España y Sudamérica.

―Quedo a su completa disposición, señores―, murmuró suavemente mientras me estrechaba la mano.

Mientras caminábamos hacia el comienzo de aquel hermoso boulevard, ya anocheciendo, se me ocurrió pregun­tar a mi improvisada secretaria:

―¿No hemos creado una anacronía? ¿Qué habrá pensado Verne al ver que nuestra carta no le llegaba?

―Le llegó. Y nos contestó que su editor, Hetzel, no había estado de acuerdo, porque ya había firmado con otra editorial española. Cuestión de comisión, supongo...

 

Haciendo novillos.

Al volver a mi hotel, me sentía incómodo en el siglo 21. Ya me quedaba estrecho. Acababa de hablar con uno de mis héroes de toda mi vida. Había sido una experiencia mística, tierna, inolvidable. Nunca hubiera pensado que la mente que había creado a los capitanes Hatteras y Nemo, o tantos paraísos literarios pudiera perte­necer a una persona tan modesta, que encima sentía pena por no haber sido pintor. Él, que pintaba sus mundos virtuales como nadie. Y deseé ver a Myrna. Lo deseé mucho. Me sentía más cerca de ella que de Vanessa, sin saber por qué.

―¿Porque soy rubia?―, me espetó una voz dentro de mi cabeza.

―¡Myrna! Has venido.

―No. Has venido tú a mí―, dijo materializándose en mi habitación del hotel: ―Puede que esta sea tu habitación, pero no la del hotel, sino la réplica que te hizo Vanessa el primer día. Lo has hecho otra vez. Dime qué has hecho exactamente.

―Eso: dilo―, dijo Vanessa apare­cien­do al lado de su amiga. ―Sé preciso, pues estás haciendo historia. Historia de la mía más que de la tuya.

―¡Glub!―, dije. ―Os prometo que ha sido sin querer.

―Chorradas―, dijeron las dos al uní­so­no.

―No nos interesan tus disculpas, Indalecio―, dijo Vanessa, ―sino tu explicación.

―A ver―, dije sentándome y sujetándome ambas sienes con las manos. ―Estaba nervioso, excitado por haber hablado con Julio Verne en persona, y no me apetecía volver a la India, a mi hotel. Y pensé en ti, Myrna. Y me dieron muchas ganas de verte.

―Gracias. O sea: nervios, excitación y deseo fuerte de trasladarte en el tiempo y en el espacio, pues de París a Atenas hay más de dos mil quinientos kilómetros. Bueno, eso si no te viniste desde la India, donde Vanessa te llevaba.

―No. Se me escapó antes de que le pudiese transportar. Creo que ya puedes viajar solo, Indalecio. Y sin matemáticas. Creo que sigue siendo peligroso. Pero tu componente emocional satura el proceso. Muéstranos cómo lo haces.

―¿Adónde quieres que vaya? Y no creo que os pueda llevar.

―Te seguiremos.

―A ver si puedo ir al Siglo de Pericles. Siempre me gustó ese señor.

Lo deseé fervientemente, pero no lo conseguí. Me concentré en los sabios consejos del legislador de Atenas, pero no pude. Me faltaba algo.

―Has estado a punto, Indalecio. Te he observado, pero no lo has conse­gui­do. Creo que a tu sistema de nave­ga­ción le falta algo. Parece que no funciona más que a los lugares y tiempos en que has estado. Hagamos una prueba: ve al momento y lugar de tu nacimiento.


Me concentré y de repente me vi en la casa de mi madre, en 1950, asistiendo a mi propio parto.

―Rápido―, decía el Dr. Gómez―, déme más toallas, García―, me dijo tomándome por mi propio padre. Me hice a un lado, y de repente, acordándome de lo que me había dicho mi monitora, me evaporé de allí y me fui al día en que conocí a mi mujer. Pero estaba sentado en otra mesa, a unos veinte metros de distancia, detrás de ellos: yo era un melenudo impresentable, que trope­zó con la belleza que era mi mujer entonces, tirándole los libros que llevaba al suelo, y se los recogía balbuciendo mil excusas mientras ella me miraba desconcertada, pero divertida.

―Ya está bien―, dijeron mis dos guardianas del tiempo. ―Corro­boramos. Vámonos.

―Efectivamente: vas a donde ya has estado. No es tan grave como pensá­bamos.

―¿Por qué no es tan grave?―, pre­gunté intrigado a Myrna.

―Porque en tu inexperiencia e inexactitud no acabarás en la órbita de Plutón o en las fauces de un león por error, dado que nunca has estado allí. Ahora mismo estás en igualdad de condiciones que algunos de nuestros niños precoces, que son capaces de vagabundear por momentos y lugares que conocen bien, sin que haya ninguna razón para que lo hagan. Luego, cuando crecen y se les desarrolla el hexón, aprenden a controlarlo de modo natural. El problema es que tú no tienes hexón. Ni llegarás a tenerlo nunca.

―O sea, que estoy haciendo novillos.

―Si, es una forma de decirlo―, dijo Vanessa.

―¿Y cómo he podido desarrollar esta capacidad?

―En tu tiempo diríais que es por imitación, por mímesis.

Siguió una verdadera tormenta de ideas, por lo rápido que las fuimos presentando los unos a los otros. La conclusión es que no me sentí tan apesadumbrado como mis monitoras, puesto que para mí no era una desgracia no disfrutar al ciento por ciento de una capacidad que nadie había tenido en toda la historia de la humanidad antes que yo, aunque muchos siglos después se desarrollara mucho más de lo que yo iba a poder disfrutarla. Revivir los momentos felices y volver a ver a personas queridas que ya se habían ido era sobre todo una bendición para mí, aunque era cierto lo que decía Myrna, que tendría que tener mucho cuidado para no hacerle daño a nadie. Además, si me empeñaba en ir a momentos del pasado, podría muy bien encerrarme en ellos y dejar de seguir viviendo mi vida, puesto que no podría ir a dónde o cuándo no había estado nunca... Y llegada a esta conclusión, besé en la mejilla a mis dos amigas, a las que sabía dónde y cuándo encontrar, y me volví a Birmania para seguir dando la vuelta al mundo en coche.

Llegué a la hora del desayuno. Luego hice mi equipaje, pagué la habitación y tomé mi viejo auto y puse rumbo a Letpadán, en pleno Bosque Bago Yoma, una maravilla, en lo que sería un viaje de apenas doscientos  kilómetros, desde Pyawbwe, atravesando un paisaje muy variado y por las ciudades de Natmauk, Minbu, Magwe, Taungdwingyi, Thayet, Pyay y Paungde. Conducir siempre me ha relajado, pero ahora me sentía mucho más seguro con las nuevas habilidades que me habían dado mis nuevas amigas, sobre todo la telepatía. He de decir que disfruté como un enano del viaje, con los incon­ve­nientes de la gente del siglo 21: carretera atestada de otros vehículos, algunos tirados por burros o caballos, mucha gente andando en ambas direcciones, gritos, bocinas de coche, discusiones: ¡estaba vivo! Incluso empezaba a pensar si todo no había sido un sueño de mi mente enferma, y nada de lo que había imaginado había ocurrido en realidad.


Trampeando con el tiempo.

Al llegar a Letpadán, sin los buenos oficios de Vns, tuve problemas para encontrar hotel, pero cuando por fin lo logré, tras la ducha de rigor, me senté de un salto en la cama, donde yacía hasta un momento antes, al ver imágenes de una mastaba que acababan de encontrar, casi intacta, en Egipto. No comprendía lo que decían los comentaristas, pero las imágenes eran claras: yo había estado allí. Incluso mi mensaje a Mrn figuraba en su sitio, donde yo lo había dejado ayer, o sea hace cuatro mil años. De nuevo me invadió una sensación agridulce algo incómoda...

Y decidí quedarme en Letpadán varios días más. Pero, lejos de mis mentoras, quise practicar mis nuevas cualidades. Volví a Ankara con la velocidad del pensa­miento. A Estambul. Al barrio del Harén. A El Cairo, donde había estado en un viaje anterior. A Roma. A La Habana. Al año 1898. Vi partir a la escuadra española. Vi una Habana mucho más nueva que la que yo había conocido: los edificios eran nuevos, pero no había coches ni grandes avenidas. Satisfecho, me volví a mi Letpadán del siglo 21. La verdad es que no vi mucha diferencia con La Habana de 1898, como no fueran los taxis y la gente vocinglera. Y sólo entonces fui consciente de que ya había ido a otro momento en el que no había estado nunca: cincuenta y dos años antes de nacer yo.

Una semana después me dije que ya estaba bien de Letpadán, y me despedí del hotel, y puse rumbo a la capital del país. Cerca de la ciudad de Bago decidí que no me apetecía discutir con los guardias, que estaban desviando a la gente por otro sitio porque se había derrumbado un tramo de carretera por no sé qué razones. Recordé el truco de mi mentora, y deseé fervientemente encontrarme cincuenta años antes en aquel mismo lugar, cuando los indígenas aquellos, o mejor dicho sus abuelos, eran todavía súbditos de su Graciosa Majestad. Antes de que llegara a la conclusión de que una cosa era ir yo y otra muy distinta llevarme el coche, vi que desaparecían la cola de coches y los guardias, y la carretera era mucho más nueva, aunque todavía no estaba asfaltada, y habia un par de carros tirados por bueyes delante de mi coche. Seguí a su paso lento hasta que pude adelantarles en una recta, y luego deseé volver al siglo 21, cuando ya había hecho unos veinte kilómetros de camino. Sobre un mojón encontré de nuevo a Vns:

―¿Qué, trampeando con el tiempo?―, preguntó, algo provocona.

―Te recordé, Vns. La verdad es que creo que estoy superando mi enésima crisis desde que te conozco. ¿A qué se debe tu visita? Creía que ya me habías dejado por imposible.

Sonrió y dijo:

―No, hombre. Aún te hace falta algún que otro consejillo. Mira: en lugar de jugar con el tiempo, podías haber teletransportado tu coche un kilómetro hacia adelante, y hubiera sido más rápido y más fácil. Por otra parte, te hice una promesa, y la mantengo. ¿O te conformas con la primera parte sólo?

―Conocer a don Julio estuvo bien. Pero mira que si me llevas al Baltimore del siglo 19 me vas a abrir una puerta nueva y golosa.

―Creo que a tus sesenta años cumplidos ya eres lo suficiente maduro como para utilizar este juguete nuevo que te ha dado la vida con prudencia. Además, Ndlc, si te he monitorizado toda tu vida sé lo que me hago, aunque tú no lo sepas todavía. Y sé que se puede confiar en ti en estas cosas. Aunque te haya dado tiempo para estar solo y meditar. Por eso mismo me puedo atrever a darte lo que te prometí.

De copas con Edgar.

Edgar A. PoeNo me fue difícil identificarle, a pesar de la escasa calidad de la única foto que había visto, en la contraportada de una edición barata de sus Tales of Mystery and Imagination: delgado, demacrado, borracho, la estampa de la tristeza misma. Parecía mentira que aquel fuese el futuro gran genio que estudiaría tanta gente luego en Filología Inglesa. Allí yacía el padre de la moderna crítica literaria, colgado de su botella, mirando el fondo de su vaso vacío. No me preguntó nada, ni siquiera me miró, cuando me senté a su lado con una botella nueva, y le dije:

―Amigo, me recuerdas a mi difunto hermano. Venga, bebamos a su memoria, donde quiera que esté.
―¡Bebamos! A la salud de ..., ¿cómo se llamaba tu hermano? Israfel.

Dio un bote en su asiento, se me quedó mirando de hito en hito, como si su borrachera se hubiera disipado, y me dijo:
―¿Quién eres, y de qué infierno vienes a atormentarme, diablo descarado?
―¡Ja, ja, ja! La verdad es que nunca me habían llamado eso. Por cierto, me llamo John. ¿y tú cómo te llamas, compañero?
―Hum―, dijo tranquilizándose un poco, ―Edgar, puedes llamarme Edgar, aunque mis amigos me llaman El Fracasado.
―No lo pareces, amigo Edgar. A lo más, un poco borracho. Pero ¿quién no está un poco borracho hoy en día, con lo que está haciendo este gobierno?― La verdad es que no recordaba quién mandaba en EEUU en aquella época, pero meterse con el gobierno siempre da resultado.
―Eso. Gobierno de negros y sinvergüenzas―, dijo mientras apu­ra­ba otro vaso de vino. Yo me apresuré a llenarle el vaso de nuevo.
―Y dime, Edgar, ¿a qué te dedicas? ¿Eres hombre de negocios, pintor, escultor?

Ante mis palabras se echó a reír sin miramientos. Yo, por seguirle la corriente, también reí. Los demás parroquianos nos miraban con cara de pocos amigos, preguntándose de si nos reíamos de ellos.
―¡Escuchad lo que dice el caballero!―, dijo él, ―pregunta que si soy un hombre de negocios.

Ahora la carcajada fue general. Y yo puse cara de sorprendido.

―¿No? Artista, pues. Tienes cara de ser artista, Edgar.
―Casi. Me gusta escribir. Pero no me ha ido bien, no.
―¿Y qué escribes, novelas, cuentos, teatro?
―No, el teatro no me ha tentado nunca. Bastante teatro encontramos ya en la vida. Lo mío son los relatos cortos, y la crítica literaria. ―Jo, eso debe ser muy serio. No te imagino yo así.
―No me imagina mucha gente aquí bebiendo para olvidar la muerte de mi pobre mujer.
―¿Hace mucho que murió?
―Hace años, pero ¡cómo la echo de menos!

Y así, poco a poco fui reconduciendo el diálogo hacia la parte que me interesaba. De la muerte de su mujer pasó a recitarme, de memoria, el poema más bonito que se le ha escrito a una suegra. To mother, lo llamó, pues es sabido que la suegra es en realidad la madre política. Sólo que en el caso de Edgar, también era su tía de él, porque su esposa había sido también su prima. Cuando se le pasó la llorera, me fue explicando sus teorías literarias, cómo planeaba sus cuentos, antes de escribirlos, y por qué no escribía nunca una novela: Hay que interesar al lector desde el principio hasta el final. Hay que poner toda la historia en algo que se pueda leer de una sentada, me dijo muy convencido, recalcando lo de la sentada. Incluso me explicó cómo se componía un poema. Cuando yo le hablé de las musas, se estuvo riendo otro rato. Luego me dijo que las musas no existen, que lo que existe es el trabajo serio y, sobre todo, conti­nua­do. Es como Santa Claus, me dijo muy serio, que todo el mundo habla de él, y los niños se lo creen. Pero todos los mayores sabemos que son los padres los que traen los regalos. Igualmente, todos los escritores sabemos que eso de las musas es una superchería, pero nos callamos el secreto para que la gente iletrada lo siga creyendo. Eso nos da importancia. Pero lo malo es que no nos da dinero, se quejó: Por eso lo he denunciado en mi ensayo Filosofía de la composición.

Así como la entrevista a don Julio Verne me había dejado conmovido e impresionado, la entrevista a Edgar Allan Poe me dejó entristecido. Era un gran hombre, un gran literato, pero no era un borracho. Era un espíritu destrozado, un hombre que amó, que hizo lo que quiso en la vida, pero esta le pasó factura, y sus días de felicidad se le acabaron muy pronto porque no fue capaz de asumir lo que era y lo que la vida le ofrecía, ni tampoco supo reconocer la felicidad cuando la tuvo. De haber vivido otros treinta años nos hubiera dejado un mayor legado literario, aunque quizá no mejor. Pero también fue divertido charlar con él. Cuando me fui, me ofrecí llevarle a su casa, pero declinó el ofrecimiento.

―Esta es mi casa―, me dijo secamente.

Y no insistí. Me fui de allí sabiendo que yo era la última persona que le iba a ver vivo en este mundo. Unos horas más tarde le encontrarían tirado en la calle, totalmente borracho y con una gran hipotermia. Podría yo haberlo evitado, pero no me atreví a cambiar la historia.



Experiencia.

Aún estaba pensando en Edgar cuando oí de nuevo la voz de mi mentora:

―Sabios pensamientos―, me dijo Vns cuando estuve de nuevo en la calle.

―¡Qué lástima me dio el pobre!

―Ya lo vi, Ndlc.

―¿Tú? ¿Estabas allí?

―Claro. Era uno de las cantineros. Pero nadie se dio cuenta de que estaba allí. Ni siquiera tú. Incluso te cambié la botella de vino cuando se os acabó. Por cierto, que también tú te colocaste un poco.

―Supuse que no entrarías en aquel antro.

―¿Y dejarte solo? No me lo hubiera perdido por nada del mundo. A mí también me interesa la literatura inglesa.

―Supongo que has charlado con todos los grandes.

―No fueron tan grandes, Ndlc. Pero luego la historia la cuentan desde un punto de vista idealizado, aunque sea con buena intención. Algún día te contaré mi propia teoría sobre esos literatos sobre los que se ha hecho tanto negocio después de que han muerto, a veces en la miseria.

―Pues ya que has asistido a las dos entrevistas, ¿qué te han parecido? ¿Cuál te ha gustado más?

―No lo sé. Eso has de decidirlo tú, que eres el que las ha pedido.

―Me dijiste que has hablado con otros genios de la literatura. ¿Quiénes y cuál fue tu impresión?

―Bueno, la verdad es que he hablado con muchos. Algunos eran francamente impresentables.

―Vaya. Sí, siempre tendemos a idealizar a la gente. Supongo que Cervantes sería uno de ellos.

―Precisamente ese era un soldado con muy mala leche, máxime cuando se quedó manco. Desde luego, para escribir El Quijote la hay que tener. Pero en el trato era difícil. Me tuve que hacer pasar por un muchacho para poder sacarle algo.

―¿Y de quién me puedes decir algo bueno?

―De todos y de nadie en particular, Ndlc. El propio don Miguel tenía muchas cosas positivas. Y Óscar Wilde, tan atento el hombre, tenía también sus defectillos: era sobre todo muy suspicaz.

―Bueno, yo he disfrutado mucho con mis dos literatos. Ya te diré qué pienso del visionario.

―Vale, ya te llevaré un día de estos, si tú no encuentras la manera de ir por tu cuenta.

―No. Aunque nadie me llevó a ver a Ramsés II...

―¿Seguro? Bueno, lo he estado pensando yo también. Es posible que hayas utilizado a Myrna para conseguir un efecto palanca. No me lo explico de otro modo.

―O bien Myrna me dejó su hexón inadvertidamente.

―Vamos a tener que andarnos con ojo cuando tú estés cerca, Indalecio. No eres de fiar―, rio.

―No, qué va. Te aseguro que sería totalmente inadvertido por mi parte.

―Tampoco es un problema tan serio. Te harías daño a ti mismo, solamente. En cualquier época que no sea la mía, si le dices a alguien que eres del futuro, o del pasado, te pondrían la camisa de fuerza directamente y nunca más se sabría de ti..., hasta que te escaparas en el tiempo o en el espacio. Pero a ver quién te la iba a quitar la camisa, al ver que no eres más que un loco fugado del manicomio...

Estábamos todavía en Baltimore, en el siglo 19. Paseábamos cerca del puerto, al que llegábamos en aquel momento. Daba gusto pasearse entre aquellos venerables barcos de vela, mixtos algunos, y de vapor aún menos. Contrastaba aquel puerto con los que yo conocía, en mi época: sin guardias de seguridad, aunque supongo que en cada barco habría un vigilante, con las olas causando un ruido típico en las embarcaciones de madera, aquí y allí un marinero fumando, acaso otro silbando, o contándole a alguien alguna historia de la mar. Los barcos presentaban hamacas en cubierta, donde algunos marineros dormían. Pero la inmensa mayoría aún estaba en tierra, pues las tabernas todavía no habían cerrado. Me dieron ganas de enrolarme en alguno de ellos, pero al instante deseché la idea, recordando las condiciones tan duras que había en la mar. Me acordé del capitán Grant, el héroe de Verne, y de Ahab, el perseguidor de la Ballena Blanca, Moby Dick,  cuyo precedente en el mundo real acaso atracase alguna vez en este puerto, antes de de que Herman Melville lo plasmara para siempre en el mundo de las ideas, de la literatura, donde vivirán para siempre...

Pero todo lo bueno acaba, y varias horas más tarde, cuando ya el sol apuntaba en el horizonte, a la hora del amanecer, cuando seguramente Edgar ya fuese historia, decidimos volver a casa. Yo volví a mi hotel de Yangon. Había llegado a la capital de Burma haciendo trampas con el tiempo.

Es increíble la cantidad de problemas fronterizos y viarios que hay en Asia. Yo creía que esas cosas sólo habían pasado en Europa, pero en estos países todavía viven en el pasado, con respecto a Europa, y las disputas en los límites territoriales se resuelven cerrando fronteras y carreteras. De todas formas no hay tanta gente que tiene coche, y casi todo el mundo sigue realizando largos viajes a pie. Y para eso no hace falta una carretera: con un sendero basta, y los senderos no necesitan otro mantenimiento que el pateado continuo de sus usuarios. Yo había tenido problemas de visados, pero los había resuelto sacándolos en Madrid y luego yendo a las fronteras abiertas, que no estaban en mi ruta, y obteniendo el papelito en horas en que había poca gente. No estaba bien, seguramente, pero me vino muy bien el poder moverme por el tiempo y sobre todo por el espacio a mi antojo. Y lo bueno es que no experimentaba yo ningún cansancio por ello. Viajar por el tiempo y por el espacio, al menos a saltos cortos, no representaba para mí ningún esfuerzo. Pero noté que mi apetito había aumentado de forma considerable. Siempre había comido más de la cuenta, pero observé que a pesar de que ahora comía mucho más que antes, mi peso disminuía. Quizá el proceso absorbiera más energía de la que yo era consciente. He ahí una buena pregunta para mi mentora, cuando volviese a verla.

Pero cuando volví a verla, me planteó otras cuestiones ella misma:

―¿Estás ya preparado para ir a ver a tu divino maestro?

―¿Preparado? Bueno, sí, me he hecho a la idea...

―Me refiero a si te has estudiado la psicología de aquella gente, cuáles eran sus filias y fobias, para no meter mucho la pata.

―Bueno, en realidad no voy a ver a mucha gente. Si tengo suerte, sólo a uno.

―Bueno, pues allá vamos.

 


Los problemas del mesías.

Me tomó del brazo, como las otras dos veces, y de pronto me vi en un huerto solitario, en plena montaña, en el momento en que el cielo se obscurecía. Al cabo del rato vi que llegaba un hombre, bastante más bajo que yo, con larga barba y pelo sin cortar, pero aún joven, mucho más joven que yo. El pobre no tenía cara de buenos amigos.

―Padre, aparta este cáliz de mí. Pero hágase tu voluntad.

―¿Qué te atormenta, Jesús?―, dije en un impulso bastante imprudente.

―¡Padre! Me siento mal. No creo que tenga fuerzas para lo que me aguarda.

―¿Tan seguro estás de lo que te aguarda?Jesús en Getsemaní.

―Moriré por mis enseñanzas. Pero no puedo hacer otra cosa.

―Siempre has sido coherente con tus pensamientos, con tus deseos, con tu mensaje. Ahora debes tener fuerzas para la hora final.

―Sí, padre. Pero ayúdame. Dame algo a lo que aferrarme. A veces dudo que tenga fuerzas suficientes. Dentro de poco voy a ser otro hombre más al que han seguido unos cuantos, y dentro de unos años nadie se acordará de mí.

―En eso te equivocas, Jesús. Tus enseñanzas se difundirán por los siglos de los siglos, en continentes que aún no se han descubierto. En tu nombre se hará mucho bien, aunque también se intentarán justificar guerras y otras maldades. Pero tu muerte no será en vano. Nadie podrá decir que la humanidad te ha olvidado. Tú harás al hombre mejor de lo que es. De ti habrá dependido que la violencia pierda mucho terreno frente al amor y la paz. Tu idea de que hay que amar al enemigo es la mayor revolución de toda la historia de la humanidad, hijo mío. Estoy orgulloso de ti.

El hombre miró al suelo, meditando. Aproveché para preguntarle:

―Dime, Jesús, ¿qué es lo que lamentas haber hecho?

―Se lo he hecho pasar mal a mi madre más de una vez. Y he sido duro con mis seguidores, más de lo que hubiese querido. Es difícil mantener la compostura cuando ves que no te están entendiendo.

―¿Y omisiones? ¿Qué lamentas no haber hecho?

―No he tenido mucho tiempo. Lamento no haber atendido mejor a María Magdalena, y a otras mujeres que me han atendido con su cariño a menudo. Pero mi tiempo se acababa, padre, tú lo sabes mejor que yo.

―¿Quieres que te lleve de aquí a otro lugar, donde no te puedan hacer daño?

―No, padre. No sabría qué hacer luego, si ahora no soy coherente con la vida que he llevado.

―¿Algún mensaje para tus seguidores?

―No, a mis seguidores todavía no los he dejado. Judas aún tardará un tiempo en volver.

―No tengas miedo, Jesús. Tu ejemplo será imitado por muchos de tus seguidores en el futuro. Durante miles de años tu ejemplo seguirá vivo, y la gente hablará de ti, con lo que tú nunca morirás. Ahora permite que te abrace, y vuelve con tus discípulos, y anímales en esta hora tan amarga. Aún tienes que darles la lección suprema, la de perdonar a tu enemigo.

No pude evitar abrazar a aquel ejemplo de integridad, bondad y coherencia. Luego le vi que se giraba y se dirigía a donde le esperaban sus discipulos. A mi lado noté una nueva presencia, Vanessa, que me dijo:

―¿Sabes lo que has hecho, Indalecio?

―No he podido evitarlo. Durante sesenta años tuve la duda. Ahora lo sé.

―¿Que eres dios? Porque por él te acabas de hacer pasar.

―No. Que los hombres buenos son dios. Que los hombres íntegros son dios. Que los coherentes y valientes se merecen que todo un mundo les adore. Prefiero a un dios del pueblo, como Jesús el Carpintero, a un mala leche como Zeus, patriarcal, aristocrático y falócrata, o irracional, sexista y vengativo como Alá, o pardillo como  los dioses orientales. Un revolucionario que da su vida en lugar de manipular al pueblo en beneficio propio. Ese hombre se merece todo mi respeto. Se merece ser dios.

Ella me miró con los ojos abiertos como platos, sorprendida. Cuando callé seguimos ambos allí, escuchando el viento, la suave brisa que peinaba el huerto de Getsemaní. Tras una pausa de más de diez minutos, ella susurró:

―¿Vamos a ver cómo muere?Las tres cruces.

―Nos vería mucha gente. No podemos ir así.

―Espera.

Al momento apareció vestida con una modesta túnica a la usanza de aquel tiempo, cubriéndose de la cabeza a los pies, y a su lado yacía un equipo completo de centurión romano.

―Póntelo―, me dijo señalándolo.

No había tanta gente en el Gólgota como nos han hecho creer las diversas películas de Hollywood que hemos visto. La gente tenía mucho miedo. La crucifixión es posiblemente el método de ejecución más cruel de todos los tiempos. Allí estaba Jesús, colgando de un madero, aún sangrando por las heridas que tenía en pies y manos, sufriendo como no había visto yo sufrir a ninguna persona o animal en toda mi vida. Cerca vimos a una mujer de cierta edad, y a su lado un joven. Supuse que serían María y Juan. Vanessa y yo estábamos a unos diez metros de él, y junto a su cruz había un soldado romano, de guardia para que nadie se le acercara, pues había órdenes de que sufriera hasta que muriese.

Elí, Elí: lamá sabaktaní?―, dijo con potente voz, inesperada en un hombre en esa posición.

―¡Tu padre nunca te abandonará!―, le telepatié clara­men­te, acercándome a la cruz, en otro impulso inesperado.

Y ante la sorpresa de todos los presentes, le arrebaté la lanza al soldado, y se la tiré con toda el alma con idea de darle en el corazón y así evitarle más sufrimientos inútiles. Pero era la primera vez que cogía una lanza en mi vida. Era más pesada y más rústica de lo que yo esperaba, y en lugar de darle en el corazón, le di en el costado. Eso, sin duda, le abrevió el sufrimiento, pues en lugar de días, su sufrimiento duró sólo unas horas más. Al final de ellas dijo:

―Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Y dando un gran grito, murió.

No pude contener mi admiración, y exclamé sin pensarlo:

Sane, ecce homo vir filius dei erat.

Me di la vuelta y busqué a Vanessa con la mirada. No estaba donde yo la había dejado. Estaba más alejada, mirándome con cara de asombro. Me acerqué a ella y le dije:

―Vámonos, mujer.

Al pasar tras un sicómoro, desa­pa­re­cimos y de nuevo el siglo 21 se dibujó ante nosotros. La capital de Birmania, mi hotel, mi habitación. Allí apare­cimos un centurión romano y una mujer del pueblo de Samaría. Cuando nos quitamos los disfraces, ella se los llevó. No la volvería a ver hasta una semana más tarde.

Mientras, tuve que procesar y asimilar todo lo que había vivido. Ya le conocía de primera mano. Todo lo que se inventó Saulo brillaba por su ausencia. Pero otras cosas que este y los demás autores del Nuevo Testamento no dijeron, o que simplemente no conocieron, sí habían estado allí. Jesús había sido un hombre bueno, que creía sinceramente todo lo que había dicho. Y murió por ello. Veintiún siglos después se le sigue recordando, y a muchos otros se les recuerda sólo porque le conocieron.

El futuro de la humanidad.

No podía dejar de pensar en lo que me había dicho Vanessa: la humanidad había estado a punto de desaparecer dos veces, pero se habían tomado las medi­das adecuadas y se había logrado sobre­vi­vir. Pensé en un desastre nuclear, cla­ro. Pero había otros posibles desastres, como choque contra un asteroide errante, o una epidemia global..., como la Gripe A, pero mortífera de verdad. O muchas otras cosas. Ya se lo pregun­ta­ré, me dije. Pero luego recordé que yo, en mi limitado poder de trasladarme por el tiempo, sin saber cómo ni calcular por dónde iba, sí que podía volver al tiempo en que ya había estado, más o menos. Mi primera visita me había salido más bien mal, y me habían tenido que ir a buscar, pero es cierto que al Antiguo Egipto había ido sólo con los ojos de mi fantasía, y el deseo avivado, quizá multiplicado, por aquella diosa griega que yo conocía como Myrna. Y me concentré un poquito, y de repente me vi de nuevo ante el Partenón, pero el nuevo, el que estaba rodeado por la selva y no por diez millones de turcos disfrazados de griegos.

―¡Glub!―, dije al constatar que aunque no había podido dar un saltito de cuatro mil años hacia el futuro consciente de lo que hacía, acababa de dar otro de diez millones de años, mil años arriba o abajo, de un tirón y sin esfuerzo alguno. Supongo que algo parecido al jet lag1 me aquejaba, pero el sentimiento de lo que acababa de hacer sin ayuda de nadie, sin apoyarme en Myrna, como la primera vez, me hacía sentir a la vez que grande por dentro, horrible por fuera.

Tomás.

Mi mascota Tomás.Pero una criatura terrible me sacó de mi ensimis­mamiento: un tigre enorme me contemplaba fijamente, y quizá por curiosidad, quizá por temor, me obsequió con un rugido que me puso los pelos de punta. Cuando estaba a punto de darme un manotazo con una de sus patas, deseé estar detrás de él, y ¡plop!, allí estaba. Más confiado, me atreví a desear estar subido encima de él, como si fuera mi caballo, y de repente me vi a horcajadas del felino, que se revolvió intentando alcanzarme con sus fauces o con sus patas, de modo infructuoso, pues ya estaba yo en un lugar alejado de ambas. Aterrado, apreté todo lo fuerte que pude mis muslos contra sus flancos, y el bicho, seguramente asustado, se lanzó en una carrera loca hacia adelante. Quiso mi buena fortuna que los árboles no tuviesen ramas bajas, y pronto aquel gato grande me llevó a un descampado. Allí corrió hasta la extenuación, pero yo seguía apretando con mis muslos, y ahora también apretaba un manojo de su pelo con cada una de mis manos, todo lo fuerte que podía, para no caer al suelo por semejante cabalgada. La verdad es que de joven había practicado la equitación, aunque sin sobresalir en esa actividad. La había practicado en un campamento de verano, y ahora me alegraba de haberlo hecho. Después de haber cabalgado varios kilómetros, el tigre se paró, extenuado. Pero, mucho más astuto que el caballo, intentó algo que le podría haber dado resultado, si yo hubiera tenido menos miedo del que tenía: se revolcó por el suelo, intentan­do aplastarme con su peso, para des­pués, supongo, comerme a gusto. Pero tan pronto como vi yo el suelo cerca, di un salto teletrans­portado de diez metros, y me quedé delante del animal, mirándole severamente, a la vez que le telepatiaba: Tigre malo. Así no vamos a ser amigos nunca. ¿No te da vergüenza? Debió entenderme, porque se agazapó en sí mismo, recogió sus extremidades, acercándolas lo que pudo a su cuerpo, y miró hacia el suelo.

―¡Ven aquí!―, le dije señalando un punto indeterminado a un metro de mí con el índice. El gran felino se puso en pie, y lentamente, paso a paso, se fue acercando a mí. Al llegar a donde le señalaba, volvió a arrodillarse con sus patas delanteras, en un claro gesto de sumisión. Me acerqué por su flanco izquierdo, dominando como pude mi miedo, bastante atemperado ya por el enfado que aparentaba contra el animal, y con bastante trabajo levanté una pierna y la puse al otro lado del animal, quedando de nuevo sentado a horcajadas sobre él. Agarré dos puñados, uno a cada lado, de su abundante pelo, y tirando de ambos puños hacia arriba, le dije:

―¡Arriba! ¡Adelante!

Y procuré recordar lo aprendido en el arte ecuestre, aunque no era exactamente lo mismo. No le iba a poner una brida al tigre, claro, pero practiqué diversos pasos, enviándole al animal las imágenes mentales de lo que esperaba de él, y así lo llevé al trote, al paso, al galope, le hice realizar saltos, vadear ríos, y finalmente agazaparse para que yo me bajase de él.

El tigre se va a descansar de su lección de equitación.―Bueno, Tomás―, así se me ocurrió bautizarle en ese momento ―te has portado bien. Cuando oigas este silbido―, y me llevé los dedos a la boca y dije ¡Tomás! en el lenguaje de los silbidos, que había aprendido cuando me destinaron como maestro a La Gomera, Islas Canarias:  ―tienes que venir a donde yo esté. ¿Has comprendido?

―¡Grrrrrrrrrr!― fue la humilde pero sonora respuesta del felino.

―Bien. Ahora ya te puedes marchar.

Y chasqué los dedos, como señal de que el bicho se podía marchar.

Homo salutans.

―¡Plas, plas, plas!―, oí aplaudir a mi espalda. Me volví, y allí estaba mi diosa rubia, Myrna.

―Enhorabuena. Acabas de aprobar tu examen de los diez años, Inda­le­cio.― me dijo con evidente sorna.

―¿Cómo?

―Vencer el miedo a los animales y domar a tu primera mascota es lo que llamaríamos la prueba más difícil de la Enseñanza Primaria en este mundo nuestro. Te pilla con cincuenta años de retraso, sí, pero lo compensas con el hecho de que no sabías que tenías que hacerlo. Ahora ya sabes por qué nuestros animales viven en completa libertad: no nos atacan, y si quisieran hacerlo, no tendrían ninguna posibilidad de tocarnos: con nuestros poderes mentales los podemos dominar, porque su limitado intelecto, que sí que lo tienen, les permite comprender quién es el amo. Te ha faltado sonreírle abiertamente, pero eso ya lo harás la próxima vez. Recuerda: una sonrisa es un premio, y una cara de enfado es un castigo. Pero lo tienes ya en el bolsillo. Por otra parte, un tigre es una buena elección. Me gustan más que los gorilas o los elefantes.

―Voy a tener que nombrarte mi mentora, Myrna. Vanessa me tiene un poco abandonado...

―No. Han sido demasiados cambios para ti en poco tiempo. Acabas de realizar un salto muy grande tú solo, y eso tiene en jaque a más de uno de nuestros especialistas en instrucción, porque eres el primero de tu especie que consigue hacerlo.

―¿Mi especie? ¿Tú no eres de mi especie?

―Sí, cierto. Pero con diez millones de años de diferencia. Podemos hablar de diferencias significativas que nos sitúan en especies diferentes, ¿no crees?

―Claro. Yo pertenezco a la especie homo sapiens. ¿Cuál es la tuya?

―Pues no lo había pensado antes. Pero lo podríamos definir como homo salutans, porque la enfermedad ya no se ceba en nosotros. Tú tienes una serie de microbios en tu interior que te podrían dar un susto dentro de unos años. Pero te lo podemos corregir. De hecho con una transfusión de sangre se podría arreglar, aunque quiero consultarlo antes con un especialista, pues puede que haya otro medio mejor.

Pregunta sin respuesta.

―Hablando de consultas..., hay una cosa que me gustaría que me explicaseis una de vosotras.

―¿Qué es lo que te preocupa?

―Cuando conocí a Vanessa, una bala estuvo a punto de matarme. Me dijo ella entonces que esa bala no era para mí, sino para ella, y que luego ya me lo contaría. Pero por una larga serie de cosas que nos han ocurrido a los dos, nunca ha surgido el tema. ¿Sabes tú a qué se debía esa bala?

Myrna sonrió, miró al suelo, y luego dijo:

―Te lo debería explicar ella. No porque sea secreto, sino porque yo no tengo todos los datos. Sé que estaba realizando un estudio sobre el maltrato en la India en aquella época, bueno, en tu época. Y sé que le costó algún disgusto, pero no sé más. Has de preguntárselo a ella.

―¿Y tú qué, has salido a dar un paseo y me has visto?

―No exactamente. He sentido tu presencia, y he notado que sufrías. Por eso he venido. A lo mejor podía ayudarte.

―Lo has hecho, ciertamente. Ya no me acuerdo del tigre.

―Lo has manejado muy bien, ya te lo he dicho.

―Hay muchas cosas que alguien me debería haber dicho.

―Te equivocas. Algunas cosas te pasan porque tú te complicas la vida. Y otras no las podemos prever. Pero es cierto que tienes muchas pregun­tas sin resolver. Algunas de ellas te las podría resolver yo, en cuanto las puedas formular.

―La verdad es que un poquito de ayuda con el tigre me hubiera venido la mar de bien.

―¿Y hacerte un inútil total? No, hombre, ahora ya sabes resolver tus problemas en un entorno hostil. Y has aprendido a domar a un animal mucho mayor y más fuerte que tú. Pero por si te sirve de algo, te diré que estuve pendiente de ti desde que apareciste aquí. No me perdí ni un momento de tu experiencia con el tigre.

―Me pregunto si este es un lugar seguro... ¿No os puede atacar un animal salvaje por sorpresa?

―Ya te he visto defenderte muy bien. Imagínate lo que hacemos los demás.

—Pero aquel campo de fuerza que vi el primer día...

—Digamos que fue una gentileza de bienvenida.

—¿Quieres decir que no se usa tal campo de fuerza?

—Vanessa lo hizo para ti. Nosotros no lo necesitamos. Y desde ahora tú tampoco lo necesitas. Felicidades, Indalecio.

—Entonces, is una de esas fieras os taca de pronto, ¿qué hacéis?

—¿Tú qué crees?


El Segundo Paréntesis.

―Sí, supongo que los mandáis a la Luna.

―Veo un tono curioso en tu voz. ¿Has estado?

―¿En la Luna?

―Sí.

―No. Y, ahora que lo mencionas, en más de una ocasión me hubiera gustado ir.

―Pues vamos―, me dijo cogiéndome por el bra­zo.

―Espera, que no tenemos...

De repente nos vimos en nuestro satélite.

―... traje de astronauta.

―Ni falta que te hace. Aquí estamos en un observatorio acristalado. ¿No lo ves?

Sí que lo veía. Era una construcción de cristal, con paredes de hormigón que tenía amplios ventanales, desde donde se podía ver nuestro planeta. Azul, blanquecino a trozos por las nubes, impresionante.

―En todo este tiempo los viajes espaciales habrán progresado mucho...

―No. Es algo que no nos interesa.

―¿No os sentís intrigados por contac­tar con otras civilizaciones? ¿Con extraterrestres?

―No. Ya lo hicimos, y no nos gustó mucho.

―¿No? ¿Qué sucedió?

―Nos liquidaron. A todos. Luego la adaptación del planeta a sus necesidades fracasó y murieron ellos también. Fue una mala experiencia.

―Si os liquidaron a todos, ¿de dónde habéis salido vosotros?

―Cierto. No dejaron títere con cabeza en La Tierra. Pero había gente fuera. De hecho hay gente fuera. Hay misiones terrestres fuera, pero en realidad es gente que se aclimató a vivir en otros lugares y no quiere vivir ya en nuestro planeta. Pero son pocos. Cientos, puede que sólo decenas.

―No me has explicado de dónde procedéis los que vivís ahora en nuestro planeta.

―Bueno, no es faćil de entender. Pero digamos que hubo un puñado de personas que no estaban en ese momento en La Tierra. Estaban haciendo experimentos en Ceres, el satélite de Júpiter. Y cuando quisie­ron ver qué había ocurrido, ya no quedaba ninguno de los cien mil millones de seres humanos en que se había convertido la humanidad. Demasiado locuaces, demasiado vocingleros, y no sólo a nivel per­sonal: muchas transmisiones de radio y televisión, durante miles de años. Lógi­camente tenían que atraer a alguien.

―¿Y quién vino?

―Ellos se llamaban algo que tradujimos por irkil. Unos bichos raros y asquerosos. Supongo que esa impresión les daríamos nosotros a ellos. La humanidad estuvo a punto de desaparecer, sí.

Hizo una breve pausa, y siguió con su voz suave, melodiosa y lenta, muy lentamente me terminó de relatar:

―Pero un hombre había estado experimentando con el tiempo y con el espacio. De hecho la misión de Ceres tenía que ver con eso. Eran diez personas, aunque todos hombres. En sus experimentos con respecto al espacio, uno de ellos se plantó en lo que había sido Nueva York y lo vio totalmente vacío, pero lleno de cráteres. Cuando quiso darse cuenta, se le habían echado encima unos seres raros, que intentaron inmovilizarlo.

―¿Y lo consiguieron?

―No. Él dio un salto espacial y se situó a doscientos metros de distan­cia. Luego dio otro salto y se fue a Ceres. Les contó lo que había visto a sus compañeros. Pusieron a punto sus experimentos de saltos temporales, y dos de ellos retroce­dieron doscientos años en el pasado, para avisar a la humanidad.

―No les harían caso.

―No. Les tomaron por locos. Los intentaron meter en un manicomio. Pero se escaparon por el medio que tú sabes. Luego hicieron algo más positivo: seleccionaron un grupo de quinientas personas de todo el mundo, y les explicaron el tema. Los trajeron a la época del exterminio, para que lo vieran por sí mismos, pero para no correr riesgos, habían hecho un observatorio aquí, en la Luna, con instrumentos de amplifi­cación, para que vieran qué había ocurrido. Y les propusieron que se quedaran.

―¿Y se quedaron?

―Relativamente. Los irkil que habían atacado a los exploradores eran de los últimos que quedaban. De hecho era una especie avanzada, pero algo estúpida. Se adaptaron mal a La Tierra, y cuando el agujero de la capa de ozono se abrió, pues se abre cíclicamente, empezaron a morir como moscas. Era como si La Tierra se vengase de ellos.

―¿Por qué dices que se quedaron relativamente?

―Porque en realidad se quedaron, pero diez mil años más tarde. Los ceria­nos enviaron máquinas para resta­blecer el nivel de oxígeno, terrifi­caron de nuevo el planeta, hicieron explotar volcanes y al cabo de diez mil años La Tierra estaba como si nunca hubiera habido irkiles ni humanos: hicieron un planeta virgen, como el que ves. Volvie­ron a traer animales de las épocas pasadas, que pro­cre­a­ron muy rápidamente, contribuyendo a un equilibrio eco­lógico muy intere­sante. Luego aquellos humanos tuvieron una serie de congresos y discusiones durante muchos años. Fruto de los cuales es el sistema más o menos pactado que tenemos ahora: freno al creci­miento de nuestra especie, respeto a las demás, y cada uno se dedica a lo que le gusta.

―¿Y el límite a diez mil personas se acordó también?

―No, la verdad es que nadie habló nunca de una cifra. Pero es lo que resultó de nuestros acuerdos tácitos. Porque, al igual que los británicos y algún que otro pueblo de tu tiempo, no tenemos constitución escrita.

Se rio silenciosamente de su propia broma antes de añadir:

―Bueno, la verdad es que no tenemos nada escrito. Todo está aquí―, y se tocó la frente con una mano, y con la otra el corazón, a la vez. ―Que es donde deben estar todas estas cosas. El papel es cosa muerta, y lo dicho en los libros existe sólo cuando se transvasa a la mente del que lo lee, y con suerte al corazón, que lo siente.

―Vaya, analfabetismo funcional.

―No exactamente. La escritura se inventó para transmitir el conoci­miento. Y nosotros transmitimos el co­no­cimiento por telepatía. Es nues­tra escritura.

―Cierto. Y no requiere materiales externos.

―Pero, ¿no te agota? Al principio, cuando se generalizó el uso de la telepatía, muchas personas la encontraban estresante.

―No, qué va. Es más fácil pensar que hablar. Y más rápido. Pero he observado que los viajes en el tiempo me adelgazan. ¿Existe alguna explicación para eso?

―Eso sí que es raro. Hay transferencia de masa, claro, pero al viajar, se obtiene masa también del entorno, con lo cual se compensa. Como tú lo haces sin matemáticas, quizá haya algo que no hagas bien del todo y por eso pierdes masa.

―¿No hay quien pueda ayudarme en eso?

―Podemos buscar un especialista y preguntarle. Pero la mejor espe­cia­lista que conozco en eso ya la co­no­ces: es Vanessa.

―Me alegro. Ya se lo preguntaré.

El influjo de la Luna.

Nuestro satélite.Hice una pausa, mientras contemplaba el Océano Pacífico y las costas de América y Asia, así como los puntitos pequeños que formaban las islas de Oceanía, muchas de las cuales adivinaba ver, porque no se veían, aunque yo sabía que estaban allí.

―Y pensar que toda esa maravilla no quisieron aprovecharla los irkiles. Si hubieran venido en son de paz les podríamos haber ayudado a aclimatarse.

―Calla, calla, que ya tuvimos bastante sin que se llegaran a aclimatarse. Si lo hubieran conseguido, no hubié­ramos podido recuperar La Tierra para nosotros...

―¿Cuándo fue eso? ¿Conociste tú ese suceso de primera mano?

―Claro. Es un tema obligatorio para nosotros en nuestra educación. Nuestros tutores nos llevan para que veamos las consecuencias de hacer actos colectivos absurdos. Y fue hace mucho tiempo. Ya han pasado dos millones de años.

―¿Y no hubierais podido evitarlo a posteriori, viajando en el tiempo?

―Eran muchos. Y era más seguro volver a empezar. Ten en cuenta que era una humanidad muy primitiva, muy agresiva, y no nos daban otra opción. Por eso tuvimos que hacer una selección muy específica de a quiénes queríamos. De hecho el criterio de selección más importante era el de que quisieran venir de verdad.

―¿Y no han traído a nadie más después?

―¿Me lo estás preguntando en serio?

―Claro.

Ella calló, pero me miró durante largo rato con una expresión que parecía a punto de estallar en una carcajada. Hasta que me di cuenta, y el que se rio sonoramente fui yo.

―Claro: yo. Y mi caso habrá pasado muchas veces.

―Unas cuantas, aunque no muchas. Puede que cincuenta.  Pero todos se volvieron a su tiempo, bastante deprimidos.

—¿Por qué deprimidos?
—No se sentían a gusto aquí, y lo echaban todo de menos.

—¿Y no temisteis que lo contaran todo?
—Eso nos daba igual. ¿Quién les iba a creer?

—Sí, claro, eso es cierto. Pero no entiendo por qué me trajisteis a mí... ¿Por qué yo? ¿Y por qué no cuando yo era más joven, o alguien más idóneo y más joven?
―Bueno, eso son dos preguntas en una, querido: ¿Por qué tú? Mala pregunta: nosotros no te trajimos aquí, sino que tú viniste de buen grado, de hecho te invitaste tú solo, sin que nosotros te buscásemos. Y ¿Por qué no más joven? Porque la juventud es una enfermedad, Indalecio. Casi siempre, mortal. Pero se puede currar con el tiempo, si uno dura lo suficiente, que es mucho, mucho, de verdad. Y te daremos todo el que necesites, o el que quieras: ni te secuestramos ni te echamos. Te ofrecemos lo que tenemos, pero comprenderemos que no lo quieras. 

―¿Bromeas? Esto es estupendo. En cuando a lo de la juventud..., bueno sí, en mi caso no sé si habrán bastado sesenta años...

―Lo estamos viendo, Indalecio.

La miré de nuevo, y la vi más hermosa, más atractiva. Y qué lista que era. Era muy inteligente, pero no me costaba gran trabajo entenderla.

―Ven, vamos a bañarnos bajo las estrellas.

Y desapareció por una puerta, que daba a una estancia que estaba ocupada casi exclusivamente por una piscina. El agua era clarísima, muy limpia, y en el fondo se veía una reproducción de la escena de La creación que Miguel Ángel había pintado en lo alto de la Capilla Sixtina, mientras que el techo era de cristal y permitía ver las estrellas, como había dicho. Ella nadaba lenta­mente, estilo mariposa. Me percaté de que estaba enteramente desnuda.

―Venga, tírate, no seas gallina.

―No tengo bañador, Myrna.

―No seas antiguo, hombre, eso ya no se usa. El agua está a una tempe­ratura muy agradable. Ni las playas de Hawai, esas que quieres conocer, han estado nunca tan bien como esta piscina.

Ni corto ni perezoso, me desnudé y me tiré de cabeza al agua. A medida que me acercaba a ella iba aumentando una sensación muy extraña en mi interior al verme desnudo en una piscina con una joven belleza que era en realidad más vieja que yo, y sin embargo había nacido bastante tiempo después de mí. No, no era un sentimiento sencillo de explicar, por lo que no lo hice. Cambié de tercio cuando estuve en el centro de la piscina, junto a ella:

―¿Hace mucho que existe este observatorio?

―Aproximadamente dos horas. ¿Por qué lo preguntas?

―¿Cómo? ¿Quién lo ha hecho?

―Yo. Pero no preguntes tanto, Indalecio. El poder de la mente es mucho mayor de lo que tú te imaginas. Este observatorio lo he hecho en tu honor. Acepta mi regalo. Cuando ya no nos haga falta, dejaremos que se estropee por los meteoritos que le caigan encima, o lo destruiremos nosotros, pero de momento lo disfrutaremos.

―¿Y si los meteoritos caen ahora?

―No pueden. Hay una capa de fuerza que los desviaría. Pero no entremos en detalles técnicos ahora. A ver si me pillas.

Y salió nadando estilo crawl hacia uno de los extremos de la piscina. No sé si es que ella nadaba peor que yo, pero pronto la alcancé. Luego sospe­charía que se dejó atrapar, pero en ese momento lo atribuí a que su largo pelo rubio le impedía avanzar tanto como a mí, que tengo poco. La atrapé antes de llegar a la esquina, y se me ocurrió decirle:

―He ganado. Ahora quiero un premio.

―¿Qué quieres?

―Un beso.

―No te lo voy a dar. Pero si tú me lo das no me opondré.

La estaba teniendo por los hombros, y supongo que no resistí su mirada burlona y encantadora. Antes de que me diera cuenta, le estaba dando un beso largo y profundo. Pero, en contra de lo que me había ocurrido en mi hotel con Vanessa, no me arrepentí ni le busqué inconvenientes. Estábamos en su casa, aunque fuese su casa de la Luna. Decía que me la había construido, o sea que también era mi casa. Por lo tanto estábamos en nuestra casa de La Luna. En el lugar en que se hace pie en la piscina. Y allí, contra el borde, hicimos el amor. Flotando, suavemente acariciándo­nos. Besándonos y suspi­ran­do de amor el uno y la otra. Cuando acabamos, le hice un par de preguntas cuyas respuestas me dejaron helado:

―¿Has disfrutado?

―Eres el chico de las preguntas de respuesta obvia. Ya has visto que no me he aprovechado de mis capaci­dades para poner espacio por el medio. Un par de planetas, por ejemplo―, rio.

―Pero bueno, tú no puedes ser madre, ¿verdad?

―Pues sí, yo sí. De hecho hace años que me preparé para ello. Y hasta ahora no me había decidido con quién.

―¡Glub!

La miré detenidamente, y sólo se me ocurrió decirle:

―¿Por qué no me lo has dicho? Yo también tendría que tener algo que decir, ¿verdad?

―No sé si me he quedado embarazada, Indalecio. Todavía sigue siendo incierto el momento en que una se queda así. Pero si así fuera, podría remediarlo.

―¿Abortar? No, mujer. Ni tú ni el niño os lo merecéis.

―¿Qué niño? Aún no es nada, si es que existe.

―Bueno, pues no, prefiero que no lo remedies.

―No sabía que fuera tan importante para ti. ¿Qué harías si fueras padre de nuevo?

―Pues eso, ser padre en lo que me quede de vida. Que no sé si es mucho o poco.

―Bueno, eso nunca se sabe. Nosotros tenemos otra forma de ver la longevidad, como sabes.

―Sí.

Estábamos flotando de espaldas sobre el agua de la piscina. La tempe­ratura del aire y del agua era ideal. El techo de la habitación era de cristal, por lo que se veían las estrellas, muchas estrellas, en un cielo negro, sin reflejos. Aquellas estrellas no tililaban, como en La Tierra. Eran como diminutos puntos de luz que estaban clavados en el cielo. Y a mi izquierda, dominándolo todo, estaba El Planeta Azul en su cuarto menguante. Se veía sólo una parte. Y yo me maravillaba de que durante sesenta años hubiera estado allí, sintiendo su peso, que en realidad era el mío, y que en noches estrelladas como esta mía contemplaba el cielo y la Luna, que era el astro que lo dominaba, fría, amarilla, silenciosa. Ahora veía un planeta azul con canas, que eran las nubes, y sabía que debajo había estado durante muchos años, casi toda mi vida, un bullicio infernal.

―Myrna.

―¿Qué?

―Se está bien aquí, contigo. En este paraíso lunar que has construido para mí.

―Eres un romántico, Indalecio. No he hecho nada que ninguno de mis conciudadanos no habría podido hacer.

―Eres una caja de sorpresas. Esto es el cielo. Me gustaría morir en un momento como este. Es el culmen de toda mi vida. Nunca he estado más en lo alto.

―Sí. Trescientos mil kilómetros por encima de Cieza―, rio ella.

―Sí. Esto es vida. Sólo me faltaría poder darme un paseo por la superficie de la Luna.

―Si quieres, puedes. En la otra habitación encontrarás una especie de piedrecita azul. Póntela en el bolsillo de la camisa, y podrás salir.

―¿Tú no puedes?

―No, cariño. Prefiero flotar un poco aquí, en la piscina.

Tierra creciente.Pensaba que me estaba tomando el pelo. Pero por si acaso me dirigí allí, con la idea de volver enseguida. Pero una cosa me retrasó bastante: después de vestirme, me coloqué la piedrecita azul en el bolsillo, y vi que salió una especie de luz azul que me cubrió por completo, como si fuera una burbuja transparente azulada, que me rodeaba totalmente, de forma que yo estaba siempre en el centro, me moviese para donde me moviese. Quise salir, pero, claro, no había puerta. Igualmente salí a mi impulso de estar fuera. Pero no experimenté ninguna descompresión, ni falta de oxígeno. Por lo visto esta piedrecilla creaba una burbuja que mantenía el aire dentro, y no dejaba penetrar nada de fuera, excepto la luz. Anduve, pues, por la sólida superficie lunar. Además, vi con sorpresa que mis pies no estaban en lo alto, sino que estaban en el suelo, puesto que parte de la superficie lunar quedaba siempre dentro de la burbuja, sin que se viera solución de continuidad entre las partes de dentro y fuera. Pude agacharme y tocar la arena, escarbar un poco. Ver que había piedras debajo, e incluso vi un poco de humedad debajo de las piedras que levantaba. Mis conciudadanos hubieran dado mucho por estar en mi lugar, pero me reí: no habían sido muy listos, no, cuando llegaron los irkiles.

Pensando en estas y otras consideraciones, volví al observatorio. Myrna no estaba. Supongo que se cansaría de esperar. Pero vi una nota que me había dejado en la pared de la piscina, en letras verdes que ocupaban casi toda ella, la pared, que decía:

Cuando hayas terminado de pasearte con Selene, ven a verme a mi casa. A continuación hay dos botones: el verde es para que se borre este mensaje. El rojo es para que se destruya este observatorio completamente diez minutos después de haberte ido. Siempre que vengamos aquí, te haré otro igual, si quieres.

Un beso, Myrna.

¿Cómo iba a destruir un regalo tan especial de mi mejor amiga del futuro? La verdad es que dudé entre las dos cosas: ver cómo se destruía, si era cierto, o conservarlo como prueba de amor. Pero venció mi curiosidad científica. Me transporté a un kilómetro de allí, y a bordo de una piedrecita azul, esperé los diez minutos después de haber apretado el botoncillo rojo. Esperaba una gran explosión. Pero no pasó nada de aquello: vi que el observatorio se iba deshaciendo en el espacio, como si fuera una cebolla que se fuera pelando, cada vez más fina, más tenue, hasta que la última capa cayó sobre la superficie lunar. Donde había estado el observatorio pronto no quedó más que un montoncillo de polvo que poco a poco fue homo­ge­nei­zándose, como si se derrumbase sobre sí mismo. Contemplé el lugar ahora, y me parecía haberlo visto por internet. Era el Mar de la Tranquilidad. Por el rabillo del ojo me pareció ver a alguien, pero me volví y vi que no había nadie. Me encogí de hombros y volví a contemplar el lugar donde había estado nuestra casa, de Myrna y mía.

Tengo que preguntarle a Myrna que cómo se hace, pensé.


Sorpresa agridulce.

Cuando llegué al Partenón, le di las gracias por el mejor regalo nupcial que se había hecho jamás, que yo supiera.

―Es una tontería, Indalecio.

―Me has enseñado el camino a La Luna. La culminación del sueño de todos los terrestres de mi época, Myrna. No sabes cuánto significa para mí. Y el observatorio también estuvo bien.

―Ahora ya sabes por qué se superó uno de los dos exterminios de la humani­dad.

―¿Hubo otro?

―Sí. Ya te lo contaré otro día. Ahora tengo que decirte algo más importante: vas a ser padre.

 


Ser padre.

―¿Cómo lo sabes tan pronto?

―Tenemos métodos más avanzados que los vuestros. Lo sé. Eso forma parte de nuestra preparación para la maternidad.

―¿Así que eres especialista en procreación?

―No sólo en eso, pero sí. Mi otro campo lo conoces también: Historia Antigua Restaurativa. Aunque hoy en día no se valora tanto como en tu época. Pero la especialidad no es procreación, sino maternidad.

―Sí. Veo que os lo tomáis más en serio que en mi época. Entonces cualquiera podía ser madre, o padre. Bastaba echar un polvo.

―No nos hizo falta a nosotros mucho más. Pero sí, ahora se exige hacer una especialización. Porque la parte útil empieza a partir del parto.

―Y eso, ¿dónde me coloca a mí?

―¿A ti? Eres el padre de mi hijo. Eso es todo.

―¿Todo? Yo tengo que estar cuando me necesitéis. ¿O es que vas a educarlo tú sola?

―Podría. O con la ayuda de alguien. O con la tuya. Pero tendríamos que verlo.

―¿Tengo que hacer algún curso para ser tu pareja? La verdad es que me lo podrías haber consultado.

―No he hablado de pareja. No ha sido algo planeado, aunque no te lo creas. Surgió, y no me gustaría evitar las con­se­cuencias. Pero en esta época somos muy respon­sables con la descendencia. No queremos que la humanidad vuelva a desaparecer. Eso significa una educación muy completa y sin fallos. Por eso nos preparan a conciencia a los que queremos ser padres. Pero si quieres, te pondré en contacto con Trinidad, mi tutora, para que tomemos las decisiones que creamos conve­nientes. Ten en cuenta que una de ellas, de nuestras posibles decisiones, es deshacer el zigoto para no ser padres. No es una decisión ligera, porque decidamos lo que decidamos, va a ser importante en todos los casos.

Constaté que el debate que había en mi tiempo en muchas sociedades sobre el aborto esta gente lo había resuelto de una forma eminentemente lógica, casi matemática por no decir cínica: el zigoto se convertiría en un ciudadano ejemplar, dotado de una serie de poderes, y especialista en varios campos, que haría progresar algo a la humanidad. O no sería nada. Aún era un ser microscópico que se convertiría en una persona. Pero si había el menor indicio de que iba a ser un ser defectuoso, siquiera socialmente, no llegaría a nacer. Teniendo eso en cuenta, Myrna no lo estaba pasando nada bien tampoco. Había corrido un riesgo, y puede que tuviera que pagar por ello un precio que no quería.

El hexón.

―¿Y sabes ya si va a ser un niño normal?

―Sí. Normal. Aunque aún no sé cuál es su sexo.

―¿Y tendrá hexón?

―Sí. ¿Por qué lo preguntas?

―Porque yo no tengo.

―No importa. Cuando empezamos a tener bebés con hexón, al principio pensamos que era una malformación, pero luego supimos para qué servía. Y constatamos que aunque sólo uno de los padres lo tenía, toda la descendencia lo tenía.

―Tuvo que haber sido muy duro para los primeros hexonianos.

―No creas. La glándula estaba ahí. Pero no supimos cómo funcionaba hasta comprender todas sus implicaciones espacio-temporales y las matemáticas en que se sustentaban.

―Bueno, pero no me has aclarado cuál va a ser mi papel en tu embarazo y en la educación de nuestro hijo.

―¿Quieres?

―Claro que quiero. ¿Qué clase de persona crees que soy?

―Bueno, tienes que aprender cosas. Pero yo te guiaré. Lo mejor sería que te vinieras a vivir conmigo.

―¿Bastarán nueve meses para aprender todo?

Ella rio durante varios segundos, con una carcajada suave y homogénea.

―No, Indalecio. Me temo que la humanidad ha cambiado un poco en diez millones de años. Nuestros embarazos ya no duran nueve meses. Duran tres años. ¿Sorprendido?

―La verdad, Myrna, es que ya nada me sorprende. Pero aunque aparentas tener veinte años..., ¿qué tienes, cien?

―Ciento tres. ¿Cómo lo has calculado?

―Porque te veo ligeramente mayor que a Vanessa. Y ella tiene ochenta. Y aquí hay que contar los años en raro.

Amor centenario.

Rio de mi ocurrencia.

―¿Hay más cosas que quieras saber, papá feliz?

―Claro. ¿En esta época ya no se casa la gente?

―No. ¿Para qué?

―No, claro. Si el niño tiene una mamá que puede hacer casas en La Luna, no necesita tener un padre del siglo 21 que se case con su madre...

―Pero necesitará a su padre, un hombre bueno que le guíe en los momentos amargos que pueda tener. Y al que alegren los momentos buenos y sus éxitos personales.

Me miraba con afecto, y yo me sentí la piel ponérseme de gallina.

―¿Me quieres?

―Te quiero, Indalecio. Desde que te vi por primera vez. Pero tú no tenías ojos para mí.

―No, estaba todavía alucinado por Vanessa y por su cultura.

―Me veías a mí como parte de ella.

―Pues sí. Pero La Luna lo cambió todo.

―Me pasé contigo en La Luna.

―No, mujer. Aunque todavía estoy asimilando eso de que me harás una casa igual que aquella cada vez que vayamos allí...

―Ya lo verás. Pero primero tienes que decirme si quieres venirte a vivir conmigo.

―¿Es que lo dudas? Pues claro, Myrna.

―Tendrás que hacer lo que yo te diga, pues no tenemos mucho tiempo para que aprendas a ser padre.

―Prometido, Myrna. Pero dime, ¿lleváis un registro de los niños que nacen, de las parejas que se hacen, o se deshacen?

―No, tampoco. Ya te he dicho que todo lo llevamos aquí― y se golpeó suavemente la frente. ―Además, no necesitamos control, porque todos deseamos lo mejor para el porvenir de nuestra raza. Ya lo verás cuando sigas el proceso de educación de tu hijo.

―Y si no consigo convertirme en un buen padre, si no completo ese entrenamiento, ¿no podré ser el padre de nuestro hijo?

―Claro que lo completarás.

―Pero tú tardaste muchos años en conseguirlo.

―Yo estudiaba algo teórico. Pero te he visto con el estrés de salir de un problema que se te ha presentado, y lo has conseguido. En el Antiguo Egipto. En La India. En La Luna. Has aprendido a moverte por el espacio y por el tiempo sin tener hexón. Yo creo que ahora, que te enfrentas a la paternidad, podrás aprender en poco tiempo, sobre todo porque no te es ajena del todo: ya has tenido hijos. Pero si no consigues adaptarte a nuestra manera peculiar de ser, yo supliré tus carencias. Y no, no hay academia que expida títulos de padre. Muchos saben en lo que me estoy metiendo y no me lo aconsejan. Pero yo sé que saldremos adelante. Tú y yo. Y nuestro hijo.

―¿Y no tienes miedo de que lo maleduque?

―Si esto no sale bien, nada te retiene a mi lado. Y antes de hacerle daño a tu hijo, te irás, espero. Y si no, me iré con él. Y no nos encontrarás. Pero creo que eso no será necesario.

―No, Myrna. Seguramente moriré de viejo antes de que nuestro hijo comience a estudiar en serio. Y si yo viera que os perjudico a él o a ti, me quitaría de en medio yo mismo.

Longevidad.

―Hablando de viejo y de morirse: he visto a Martín, un especialista en Biología, el tutor de Armendáriz. Me ha dado esto para que te lo tomes.

Y me dio una especie de ampolla con un líquido incoloro.

―¿Cómo me lo tomo?

―Directamente, o con un vaso de agua.

―¿Para qué es?

―Para impedir que se te forme ese cáncer en el cerebro dentro de cinco años. Además tiene una vacuna contra treinta enfermedades. Cree que con eso tendrás por el momento. Pero que tienes que ir a verlo antes de cinco años.

Esto sí que es una seguridad social como Dios manda, pensé. Y abrí la ampolla y me la tomé de un sorbo.

―¿Y todo eso lo ha sabido sin verme?

―Bueno, vio un pelo tuyo que se te cayó mientras hacíamos el amor, y que le llevé. Le bastó.

—Por eso te fuiste de pronto de la Luna.

—Sí. Cuando me lo preguntaste no lo sabía, pero cuando decidí tomarte el pelo sí que me di cuenta de mi estado de gravidez. Y quería que no te perdieras el parto, al menos. No sabía lo de tu cáncer, pero sospechaba que pudieras tener algo, como la Fiebre C..., bueno, una especie de gripe que te llevaría a la tumba en unos meses. Por cierto, no tienes el gen que la produce...

A partir de aquel día mi vida cambió significativamente. La verdad es que al lado de Myrna no me aburrí. Pero lo mejor de todo es que había vuelto a mi primera juventud, cuando fui padre por primera vez. Me sentía joven y fuerte, y lo más curioso es que no me sentía nada culpable por estar casado allá en el siglo 21, donde además estaban mis hijos y mis nietos, y a la vez vivía con otra mujer, de la que esperaba un hijo aquí, en el siglo cien mil veinte y uno. La pócima que me hizo Martín debía ser similar a la que hacía el druida Panorámix, el de la aldea de Astérix el Galo, porque me sentía más fuerte que nunca, y tenía menos canas que antes. Myrna me presentó a mucha gente, a la que visitábamos, o que nos visitaba. Vimos a muchos padres especialistas, y a sus hijos de diversas edades. Yo estaba lleno de dudas y de preguntas, pero gracias al lenguaje telepático se me iban resolviendo casi antes de formularlas. De hecho muchas de mis preguntas nacían de suposiciones que eran ya falsas en ese siglo tan avanzado, y así poco a poco pude ir comprendiendo la esencia de la cultura de mi nueva mujer. Una de las ideas que más me impactó al principio fue que nadie, ni siquiera Myrna, contaba con que mi relación con ella fuera más allá de que fuera el padre de su hijo. Los niños eran educados en realidad por toda la sociedad, aunque estuviera esparcida por todo el planeta. A medida que iban aprendiendo a manejar el lenguaje telepático, iban teniendo conversaciones con otros niños y con adultos de otros lugares, a los que visitarían más tarde, cuando ya estuvieran versados en el arte de la teleportación. Era un mundo muy complejo, pero a la vez era todo muy simple: cada uno debía encontrar su camino, la actividad a la que iba a dedicar sus cuatrocientos años (más en algún caso, pues esa era la media) de su vida madura, cuyo fruto iba a redundar en beneficio de la humanidad toda. Una humanidad que habría cabido en un pueblo de tamaño medio de los de mi época, un pueblo tres veces y media más pequeño que Cieza. No obstante, cada uno vivía solo, o con una o dos personas, si eran padres. El individualismo había triunfado por fin en la humanidad, y por lo tanto la gente emprendedora, que era toda la gente que había, por fin no tenía ningún impedimento para desarrollar su proyecto personal. Y la libertad era absoluta. He aquí el triunfo pleno y absoluto de la mentalidad capitalista. Por otro lado, el dinero estaba totalmente abolido, pues no tenía su razón de ser, al tomar cada uno de la naturaleza todo lo que necesitaba, y si le hacía falta que otra persona le hiciera algún servicio, esta se lo hacía de buena gana y sin pedir pago alguno, pues por una parte ese es deber de todo buen vecino, y además no sabría qué hacer con el dinero: he ahí el triunfo pleno y absoluto de la mentalidad comunista: todo es de todos, todos para todos. Pero en completa libertad.

No era de extrañar que hubiera disciplinas en mi época muy importantes, como la ciencia política o la económica, que ya no tuvieran razón de ser y que fueran estudiadas sólo por gente como Myrna, a quien apasio­naban las culturas antiguas. Al tener la oportunidad de pasar tanto tiempo con una historiadora tan avezada en su campo, tuve la oportunidad de estudiar todas las culturas anteriores a la mía y, lo que es más interesante, posteriores también. Sería muy prolijo detallarlas todas, y también muy aburrido, pero lo más interesante, quizá, sea lo que me contó sobre el Primer Exterminio de la humanidad.

El Primer Paréntesis.

A diferencia del Segundo Exterminio, no fue total, por suerte. Quedaron unos cientos de humanos que, por falta de la tecnología suficiente, y de las ganas de colaborar, tuvieron que retroceder culturalmente casi hasta la Edad Media. El exterminio se debió, en sí, a una extraña enfermedad que se sospechó hubiera propagado de modo deliberado una de las naciones que pretendía la hegemonía mundial en el siglo veinte mil, o sea cuando la humanidad ya había llegado, a trancas y barrancas, a los dos millones de años de edad. El planteamiento le hubiera salido bien a la potencia imperialista, si no hubiera sido porque el virus mutó más allá de lo que tenía previsto, y se cebó no sólo en los otros, sino en ellos mismos también. Al cabo de varios años quedaban sólo algunas personas que resultaron con una inmunidad natural al virus, debido a una serie de causas diferentes en cada lugar. Les costó años y grandes dosis de buena voluntad acercarse entre sí, y puesto que sus culturas, costumbres y lenguajes eran diferentes, poco a poco llegaron a un acuerdo sumamente extraño, el de adoptar un extraño lenguaje del siglo 19 llamado Esperanto, que al no haber sido nunca idioma oficial ni su bandera la de ningún país ni cultura, les acercó a todos ellos: lo de nadie se hizo de todos. También escribieron una Declaración Universal, que explicaba desde pequeños en el colegio a los niños en todo el mundo, y que al cumplir la mayoría de edad prometían o juraban honrar:


Ni, la Popolo de la Mondo,

Konsiderante la kaŭzon de la lasta milito, kiu kaŭzis la preskaŭ tuta ekstermado de homaro,

Ke ni ne scias kial ni mem pluvivis la epidemion artefaritan de estinta registaro de forgesita nacio,

Ke kulturon ni respektos nur se ĝi respektas nin ĉiujn,

Ke sekve homo valoras multe pli ol kulturo, lingvo kaj nacio,

Deklaras, ke ni ĉiuj adoptas Esperanton kiel nian unikan uzeblan lingvon.

Nosotros, el pueblo del mundo,

Considerando que la causa de la última guerra que casi causó la completa extinción de la humanidad,

Que no sabemos por qué nosotros sobrevivimos a la epidemia artificial causada por un gobierno extinguido de una nación desaparecida,

Que la cultura respetaremos sí ella nos respeta a todos nosotros,

Que por lo tanto el hombre vale mucho más que su cultura , lengua o nación,

Declaramos que todos adoptamos el Esperanto como única lengua utilizable.


Poco a poco fueron superando todas sus diferencias, y fueron recuperando la ciencia y tecnología de veinte mil siglos, con lo cual desaparecieron para siempre las barreras entre ellos. Pero no previeron, como nunca se había previsto antes en las naciones ricas, que la falta de pobreza y guerras ocasionaría una explosión demográfica sin precedentes. Aunque el control de natalidad era más efectivo que en épocas pasadas, fue insuficiente para evitar llenar el mundo con cien mil millones de personas, que prácticamente no cabían. Aquella civilización popular, a pesar de todo, tuvo el mérito de durar ochenta mil siglos con una sociedad estable y más o menos justa, aunque todavía tenía muchas de las lacras de siglos pasados, si bien   ya sin pobreza en el mundo, sin miseria ni guerras. Por otro lado, estaba habitado hasta el fondo del mar, había fábricas de oxígeno porque no quedaban lugares para que viviera el suficiente número de plantas para generarlo, y la medicina tenía todavía muchas enfermedades por domesticar. Y en eso llegaron los irkiles, que como ya he contado, ocasionaron el Segundo Exterminio, que sí fue total y en el que la humanidad toda desapareció..., excepto un puñado de científicos que estaban fuera, en una luna de Júpiter. Gracias a ellos se pudo reconstruir la humanidad, en realidad transplantar, y renacerla con unas bases sólidas y duraderas, o al menos eso se pensaba. Hubo diversos exploradores temporales que visitaron el futuro hasta cientos de miles de siglos, y aunque no todos volvieron, los que sí lo hicieron contaron que la humanidad gozaría de buena salud por lo menos otro billón de años.

En cuanto al idioma, a pesar de que algunos puristas propusieron que se mantuviera tal cual estaba en su etapa inicial, al ser el idioma materno de todos, empezó a experimentar cambios, el más significativo de los cuales fue cuando se perdieron las vocales, para ganar velocidad aún a costa de la claridad. Pero, de todas formas, al pasar a utilizarse la telepatía fue irrelevante el dialecto o idioma que se utilizase. Hacía milenios que la gente se había dejado de interesar por el lenguaje en sí, a excepción de algún que otro especialista, romántico de siglos pasados, como Myrna y su familia. Al igual que por la jurisprudencia, economía, ingeniería, arquitectura o cualesquiera de las especialidades que tanta admiración siempre me habían causado en el siglo 21. Lo que sí que se había desarrollado mucho era la música, pues había gente que vivía cantando, componiendo música casi a diario, y produciendo auténticas sinfonías que sonaban en la mente de quien les sintonizaba, y que utilizaban además de la conocida gama de doce semitonos, millones de colores, produciendo algo que en nuestro siglo se hubiera considerado multimedia, pero que ya no estaba limitado a la imagen en sí, puesto que eran colores que no siempre estaban delimitados por un diseño fácil de definir. Desgraciadamente, de todas las artes, y aún siendo mi preferida, la palabra escrita no puede dar una representación clara de su aspecto, aunque sí apuntar al efecto producido en un individuo particular, en este caso yo.

La música se había hecho, por otro lado, tan universal y cotidiana, que en realidad no había compositores: cada uno se hacía su propia música, como cada uno se daba su propio paseo sin seguir las pautas de los demás, de modo que no había ya grandes compositores. Todos oíamos la música de todos, si nos apetecía, pero todos hacían cosas curiosas, maravillosas, pero de estilos tan diferentes, que no siempre sabíamos apreciarlas. Había artistas de la melodía, maniáticos de la armonía, cultivadores de la música del color, es decir, de la forma o de la textura, con o sin música,  pero lo que no había era una escuela que integrara todas las tendencias, o al menos las más comunes o valiosas de ellas. Allí la música se había trivializado demasiado para que alguien la pudiera sistematizar. Quizá fuese tarea para un dios..., sólo que en el futuro ya no cabían dioses.

El atentado de Madrás.

Vanessa nos visitó en cuanto se enteró de la buena nueva, y nos felicitó:

―Veo que ya eres uno de los nuestros―, me dijo.

―No, pero lo parezco―, le repliqué con sorna. ―Me gusta tu siglo más que el mío, y voy a ver si me hacéis un sitio entre todos.

―¿Y qué hay de tu vuelta al mundo, Indalecio? ¿Ya has renunciado a tu sueño?

―No. Pero he encontrado un vehículo mejor que mi viejo coche. A propósito: tengo una duda de nuestro primer encuentro, Vanessa. Aquella bala: ¿por qué querían matarte?

―Ja. Estaba yo realizando una investigación sobre las costumbres antiguas indias para Rocco, un colega de Myrna. Eso incluía prácticas religiosas prohibidas desde hacía muchos años, pero que se seguían practicando. En concreto, enterrar a la esposa del fallecido con el muerto. Una muchacha joven, Usha, fue enterrada con su marido, recién fallecido. Pero algo pasó, y ante las dudas, se abrió la tumba, y ella no estaba allí. No estaba porque yo la había sacado, claro, cuando ellos ya se habían ido. Sospecharon de mí, y me buscaban. A ella no la encontraron, porque la dejé en Londres, con gente que yo conocía de cuando estudié allí. Pero a falta de encontrarla a ella, me buscaron a mí para ejecutarme por blasfema. Yo confiaba demasiado en mis recursos, y cuando te vi y comenzamos a hablar, relajé la guardia. Cuando vi la bala, detuve el tiempo, volví hacia atrás y me situé detrás de los fanáticos, y los atonté de un golpe a los dos. Volví y te saqué de allí, y la bala siguió su curso, sin estar ya tú allí. Se estrelló en el muro. Traje a la policía y se los llevaron. Y esa es toda la historia. Ese es el misterio de la bala perdida.

―Pero tú no me encontraste allí por casualidad.

―¿Bromeas? Te seguí desde que saliste de Cieza. Yo era la policía que te multó por mal aparcamiento el día que te fuiste de allí. Y todo por despedirte de un colega al que no habías visto desde hacía años.

―Vaya, qué graciosa.

―No te preocupes: nunca cursé la multa. Pero te la puse yo para que otro compañero que te había visto, no te pusiera una que sí hubiera cursado. Pero hasta Madrás no me hice notar porque pensaba que te ibas a meter en un lío. Sabía lo del atraco en la carretera, aunque lo de la bala me cogió totalmente desprevenida. En sí fue una chapuza, que te tuviera que contar todo lo que te dije aquel día.

―Bueno, pues gracias a eso he sido padre otra vez, a la vejez, como Abraham.

―Claro―, rio ella. —Abraham García, o el patriarca Indalecio...

―Blasfema―, bromeé yo a mi vez.

―Bueno, Indalecio, no creo que nos veamos mucho de ahora en adelante. Sí, es cierto que vendré a ver a mi ahijado, pero ya no seré tu monitora. Ese puesto le corresponde ahora, con mayor derecho, a tu mujer. Además, ella te vio primero.

―Vanessa, tú no sientes nada por mí.

―Claro que sí, Indalecio. Somos muy buenos amigos.

―Pero no sientes amor.

―No, Indalecio, ni tú tampoco. Cuando me besaste aquel día en el hotel, yo ya sabía lo de tu hijo, aunque no sabía qué hacer.

―¿Me mentiste? ¿Tú también puedes tener hijos?

―No, Indalecio. Yo no puedo. No quiero, nunca me lo he planteado, y es un trabajo muy difícil que no os envidio ni a Myrna ni a ti. Sois tal para cual. Os crecéis con las dificultades. Si me hubieras visto en mi época de estudiante novata: lo tenía que preguntar todo, me tenían que ayudar para todo. Y me daba mucha rabia que un amigo de mi madre siempre me estaba diciendo que yo iba a ser la mejor, teniendo en cuenta mis limitaciones. En ese aspecto, tú has sido un ejemplo tremendo. Un ejemplo que nuestros niños estudiarán en un futuro.

Inconveniente de viajar por el tiempo.

Me sentí muy abrumado, la verdad. Viniendo de la cronista, no pude dejar de sentirme incómodo. Pero una nueva idea me salvó el tipo:

―Vanessa, tengo un problema que me preocupa: cuando hago un viaje en el tiempo, pierdo peso.

―¿Y si es sólo por el espacio?

―No lo sé. Si pierdo, es tan poco que no me doy cuenta.

―Eso debe ser porque violas el Teorema de Kanti de alguna manera cuando te desplazas por el tiempo. Por el espacio también, pero es menos crítico.

―¿Y eso qué es?

―Kanti fue el que sistematizó el trabajo de todos nuestros científicos sobre el viaje en el tiempo. Encontró que la cantidad de masa tenía que permanecer constante al realizar el viaje, pero que había un desgaste por la actividad exagerada de nuestro organismo al realizar ese viaje. Es trabajo del hexón recuperar esa masa mientras viajamos. Lo hace automáticamente y la extrae de los rayos cósmicos, que en contra de lo que han dicho los científicos durante muchos milenios, sí atraviesan todo el espacio conocido, incluyendo el núcleo de La Tierra. Por eso no perdemos peso.

―¿Y por qué yo sí?

―Pues por eso, Indalecio: porque tú no tienes hexón. Tú pierdes peso, pero no tanto como deberías. No es que lo hagas mal: es que lo haces tan rematadamente bien, que no pierdes mucho peso. Por alguna razón que el teorema de Kanti no alcanza a explicar, tú no pierdes el que te correspondería. Si lo perdieras, hubieras muerto en tu primer viaje, el que te llevó a Egipto. Simplemente te hubieras desvanecido, como aquellos viejos soldados, por falta de masa. Tu mente se hubiera visto desprovista de soporte vital. Hubieras sido un fantasma, si eso existiese, o simplemente hubieras dejado de existir sin darte cuenta.

―¿Eso le pasó a alguien alguna vez?

―Sí. Al principio, cuando navegábamos sin saber estas matemáticas, muchos lo hacían mal, y no volvían. De hecho esos que mandamos al futuro remoto, suponemos que no volvieron por defectos de su viaje.

―Entonces qué solución me das para este problema?

―Come. Come mucho. Es todo lo que te puedo decir. Sobre todo legumbres y carne.

Y me quedé de una pieza. Resultaba que la naturaleza me había premiado por hacer las cosas mal. Recordé lo que había leído en un libro de un inglés, hacía un par de años. El libro era El relojero ciego, pero no recordaba el nombre del autor. Según él, a tenor de lo que habían explicado Darwin y Wallace, la naturaleza había progresado gracias a un proceso de adaptación encadenada. Los individuos más acordes con el medio ambiente producían infinidad de mutaciones, y a su vez las que mejor interaccionaban con el medio ambiente eran las que perduraban, y las demás morían. Y yo debía tener algún gen juguetón y pendenciero de esos, que era resistente al tiempo, o a la erosión debida a los viajes por el tiempo. Y mi limitada erosión, me decía la especialista, autoridad mundial en la materia, ¡se quitaba comiendo garbanzos con magra!

Anselmo Selenio.

Cuando pasaron los tres años, Myrna parió un hermoso niño de seis kilos. Dos kilos por año, me dije. Para eso no hacía falta tanta historia. Parió en nuestra casa, y la verdad es que todo fue muy bien. A medida que iba progresando la gestación, ella me iba explicando la evolución del niño. Supe que el hexón se había formado al año de embarazo, pero que aún necesitaría casi veinte años en desarrollarse, por término medio, hasta que se pudiera utilizar. Y menos mal, pensé, porque si no el bebé podría abandonar el seno materno y meterse en cualquier parte. Yo me sentí responsable de él y de su madre desde el principio. Lo que sucede es que no veía yo lo que podía hacer por ella o por él, que ella no supiera hacer mejor que yo. Un día, cuando me había hecho esa recrimina­ción por enésima vez, vi que ella depositaba un pensamiento en esa parte de mi cerebro que yo pensaba que yo sólo conocía:

Nos das tu cariño. Y pronto te necesitaré para controlar todo su potencial. Nadie más que tú podrá hacerlo en todo el mundo. Y él te respetará con veneración toda su vida, amor mío.

Sobresaltado, la miré, y ella me correspondió con una dulce sonrisa, y un asentimiento de cabeza.

A medida que pasaban los días, no observé demasiadas diferencias entre lo que observaba y lo que había visto cuando habían nacido mis otros hijos. El bebé mamaba de la teta de su madre cada cuatro o cinco horas, y luego se dormía. Había nacido algo gordo, sí, pero eso no supuso ningún problema, porque Myrna había sometido su cuerpo a una gimnasia especial para el momento del parto. No hubo que llamar a médico alguno, sino que fui yo mismo quien la ayudó a traer a nuestro hijo al mundo. En los tres años previos yo había aprendido todo lo que tenía que hacer en ese mágico momento, que por cierto no duró más de diez minutos. Corté el cordón umbilical, la limpié por abajo mientras ella sostenía al niño contra su pecho desnudo, y luego bañé al niño en pocos minutos, como había aprendido a hacerlo con el muñeco con el que había estado practicando para ese momento. Cuando ya estuvo limpio intenté hablar con él, pero no recibí nada inteligible, como me había vaticinado su madre. En esa etapa tan temprana, los niños eran exactamente iguales que los nuestros. Y así seguirían hasta aproximadamente los siete años. Ése era el período crítico, desde los siete hasta los diez. Era la edad en que tendríamos la ayuda del primer mentor de nuestro hijo.

Me correspondió ponerle nombre, y yo le puse Anselmo, en recuerdo de mi padre. A mi primera esposa no le gustaba el nombre y por eso no me dejó ponérselo a mi hijo Facundo, pero a Myrna le parecía muy bien todo lo que yo decidía. Con ella no tenía mérito quererla y estar siempre dispuesto a hacer cosas por su bienestar y mayor comodidad. Aparentemente tan sumisa, conseguía que yo quisiese siempre complacerla. Por eso no fui en busca de ayuda cuando nació nuestro hijo. Por eso hice el curso de padres en tres años, bajo su experta dirección, aprendiendo biología, química, a dar masajes para relajar prácticamente todos los mús­culos del cuerpo, gimnasia rítmica, y una serie de otras disciplinas de las que no había oído hablar nunca, aparte de las sempiternas matemáticas. En mi siglo, durante el último tramo de mi vida profesional, se había implantado por decreto una extraña ley de educación que más parecía orientada a mantener a los chiquillos en la escuela y el instituto mientras sus padres tra­baja­ban a que aprendieran algo. En aquel bizarro plan de estudios, los alumnos podían conseguir el título de secundaria sin saber nada de matemá­ticas y otras dos asignaturas. Pero cien mil siglos después, cuando ya no existían ni esa absurda ley ni el país que la sufrió, las matemáticas seguían siendo la base de toda la ciencia. Ahora cualquiera podía construirse una casa, pero antes tenía que haber aprendido muchas matemáticas, tenía que haber aprendido el matematiqués, o sea, lo que los antiguos llamaban el lenguaje matemático. Para todo hacía falta. Y yo estaba pacientemente esperando a que mi hijo me necesitara, porque de momento poco podía hacer, dado que no se utilizaban biberones, pues las madres del futuro dan teta hasta que ya les salen los dientes a los niños, y entonces pasan directamente a las papillas y alguna que otra cosa más dura. Pero en el momento en que lo vi por primera vez, en el momento en que asomó su preciosa cabecita por entre las piernas de su madre, en el momento en que lo tomé en mis manos por primera vez, recordé que había sido engendrado algo más de tres años antes, exactamente mil días, en La Luna. Tenía un hijo extraterrestre. Y me dije que mi padre no se agitaría con indignación en su tumba si le ponía dos nombres, en lugar de uno. Efectiva­mente, decidí en aquel momen­to que mi hijo sería Anselmo Selenio, en honor de la antigua diosa de la Luna, para los romanos. Ignoraba entonces que estaba inaugurando una moda en aquella remota cultura, y que mi hijo sería el primero de una dinastía, la dinastía de los selenios, de los engendrados en La Luna. Mis descen­dien­tes por su vía llevarían a sus esposas, o maridos, a La Luna en viaje de verdadera Luna de Miel, y allí concebirían a su primogénito, su selenio, como desde entonces se conocería a los primogénitos de la familia. No todo el mundo lo haría, lógicamente, pero en mi familia se heredaría el rasgo romántico que me permeaba, y en lo que yo he sabido, durante muchas generaciones se ha trazado el origen de la dinastía a quien esto escribe debido a esa humorada que tuve aquella noche del año diez millones cien mil veinte y uno de la Era de la Parra Quemada, que era como jocosamente se llamaba al año en que los prehistóricos habían por fin inventado la agricultura, que se había conseguido datar con bastante exactitud para entonces.

 


Birmania y yo.

En uno de esos días en que no tenía nada que hacer, me pregunté por cómo estaría Birmania en aquella época del año, que la verdad no sabía cuál era. Me llegó el mensaje de Myrna, cual repentino sms: primavera. Bien, le dije que me iba a dar una vuelta por allí, y ella me pidió que la avisara, si la necesitaba para algo.

La verdad es que mi estancia en aquella parte de Asia no había sido muy larga, pero me dejé caer en el lugar en que muchos siglos antes había estado mi hotel. De él no quedaba nada, claro, pero ya no estaba ocupado el lugar por las selvas que yo conocía, sino por una especie de sabana de verde y corta hierba durante kilómetros y kilómetros.

Me parecía estar en África. Uno de los pocos habitantes que por allí había, notando mi presencia, se acercó a charlar conmigo a la vieja usanza: viéndonos en persona. Le extrañaron algunas de las cosas que yo le decía, aunque estaba al tanto de que había un acronista, o sea una persona de otra época,  en el mundo, el primero que llegaba desde hacía muchos años. Con una exquisitez que me recordaba la de don Julio Verne me explicó diversas características de la flora y fauna locales, y también me hizo notar que el eje de nuestro planeta se había ido desplazando a lo largo de los siglos, de forma que la península en que nos encontrábamos había cambiado de clima por ello.

—En contraste, —añadió, —ahora África es un vergel, como lo es en realidad todo el planeta: habiéndosele dado la oportunidad a la flora, las diversas especies vegetales han librado sus propias batallas, de forma que ahora hay una profusión de bosques y nuevas especies vegetales y animales totalmente autóctonas, pues han procedido libremente en su evolución natural, si bien el hombre ha contribuido algo también, pues no faltan expertos biólogos y zoólogos a quienes apasionan los animales de diseño. No suelen durar mucho, claro, y en la práctica acaban siendo liquidados por los animales tradicionales, pero hay una excepción: especie de lagarto gigante que tiene agilidad felina, que fue bautizado como eslín, en homenaje a un novelista mediocre del siglo veinte cuyas obras, a pesar de sus muchos fallos humanos y litera­rios, presentan un cuadro zoológico muy interesante. Lo curioso es que el eslín no fue un producto de ningún experimento biologico-zoológico, sino de una adaptación de un felino que se las tuvo que ver con uno de esos experimentos, el tigre leonado de un tal Kasper.

Me explicó, a mi pregunta, mi nuevo amigo Gandes, que ellos ya no utilizaban apellidos (de hecho ni mi nueva mujer ni Vanessa ni ninguna otra persona que había conocido en este mundo nuevo para mí me había dicho nunca su nombre y apellido, sino o el uno o el otro), porque siendo tan pocos, no les hacían falta. A veces, siguiendo una arcaica costum­bre, si coincidían en el nombre el padre y el hijo, o el abuelo y el nieto, se les postponía la palabra junior o senior, pero en realidad, al coexistir tan poco tiempo, pues en cuanto se iban la Biblioteca ya los padres dejaban de ver regularmente a los hijos, no se necesitaban esos adjetivos o apellidos, o numerales como II ó III añadidos al nombre, en el pasado (o sea, mi presente, pues no podía renunciar a verme como hombre del siglo 21). Gandes me presentó a su mascota, y me sorprendió ver que se trataba de un tigre. Ya no me dio tanto miedo como cuando conocí al mío, y de hecho me acerqué a él y le acaricié los bigotes y los mofletes. Pero se trataba de un bicho amaestrado que mi amigo, un romántico, montaba todos los días durante varios kilómetros, pues le encantaba la equitación y el paseo. Busqué a Tomás y lo traje de la península helénica con mayor facilidad con que había trasladado mi coche cuando había visto rota la carretera, y cabalgamos juntos por sus dominios, la Birmania del futuro.

Me presentó también varios frutos que yo no conocía, pero que estaban muy sabrosos. Me dijo que contenían gran cantidad de vitaminas. Me pregunté yo si esta gente continuaba con la agricultura, y no me sorprendió que Gandes me replicara que sí pero no. Trabajar el campo era muy agotador, pero sí que habían dispuesto amplias zonas de suelo con nutrientes determina­dos para que unos árboles y no otros prosperasen. Digamos que era una agricultura que se cuidaba a sí misma, totalmente ecológica. Por la misma razón no había incen­dios forestales, pues al ser tan densos los bosques de árboles frutales, raro era el rayo de sol que llegaba al suelo. En la sabana, que preponderaba en la región y daba a las islas que formaban los bosques de árboles frutales un toque mágico y romántico, tampoco solía haber incendios espontáneos porque habían ideado un sistema de lluvias periódicas, que caían al menos cada dos días, debido a la disposición de las mencionadas islas en la región esteparia.

Cuando volví a ver a Myrna nada había cambiado: seguía cuidando de nuestro hijo, que progresaba, la verdad sea dicha, más lentamente que mis otros hijos. Llegué a pensar si no habría habido ninguna complicación por ser yo una persona tan genéticamente atrasada. Pero Myrna me sonrió y compartió conmigo una sensación de paz y de confianza, a la vez que me informaba de que en esta época, la época tan adelantada, los niños progresan más lentamente que miles de siglos antes, en mi época, porque se tienen que preparar para una labor mucho más dura durante mucho más tiempo. Mis genes antiguos reforzarían los que ella había aportado a nuestro hijo, que recibiría lo mejor de los dos progenitores. De hecho, genéticamente hablando, eso no afectaría a su longevidad, que duraría, al igual que en todos sus coetáneos, para siempre, aunque no sabían de nadie que hubiera aguantado tanto, porque siempre es mucho tiempo, mucho más de lo que la psique y la ética de los humanos de entonces habían conseguido soportar. El ser tiene sus limitaciones, decía, sentirse vivo lleva consigo una carga que puede llegar a ser insoportable, si se comprende del todo, o al menos hasta unos niveles insoportables. Por eso, una vez conquistada la longevidad y la enfermedad, ya no tiene sentido eutanasiar a nadie, aunque el suicidio es la causa principal de muerte entre nosotros. Los que no desean suicidarse pero no quieren vivir más, se meten en una situación de peligro, como un frente de combate en una guerra pasada, en un fuego cruzado, donde murió tanto soldado desconocido, o en un barco que saben que va a hundirse, como el Titánic, o en una ciudad que está arrasando un volcán, como Pompeya. Pero nadie se ha quedado entre nosotros más allá de setecientos años.

―Creía que eran quinientos.

―Sí, esa es la media. Pero unos más, otros menos.

―¿Y el tope son sólo 700?―, pregunté yo con el asombro que me permite mi, sabía, efímera vida, en comparación con la de esta gente tan avanzada.

―Podría ser más, pero la gente se suicida. La esencia tiene un tope. Llega un momento en que no estás a gusto contigo mismo. Es como cuando te cansas de un traje, que lo tiras a la basura. Sólo que en este caso el traje eres tú.

―¿También tú te suicidarás?

―Supongo. Pero aún falta mucho. Por lo menos doscientos o trescientos años.

―¡Qué envidia!

―¿Por qué?

―Yo no sé cuándo me voy a morir. Pero sé que moriré pronto, según vuestros estándares.

―No sé. El líquido que te bebiste el otro día significa que dentro de cinco años no te vas a morir de cáncer cerebral. No se te han detectado otras enfermedades.

―Pero envejezco a un ritmo normal en mi tiempo.

―¿No has notado que aún tienes el pelo negro, Indalecio? ¿Y que el pelo, si bien escaso, no lo pierdes nunca del todo?

―Sí, claro.¿Y eso qué tiene que ver?

―La comida. El aire de aquí. Y algunas cosas que te pusimos en lo que te bebiste. Digamos que ahora ya vas a superar los cien años, seguro.

―Pero no seré un chaval de veinte años, como tú.

―No. La ciencia no hace milagros, aunque a veces lo aparente. Tú te vas a quedar anclado en los sesenta años mucho tiempo. No vas a perder fuerza. No vas a sentirte peor. No te vas a poner enfermo de ninguna de las enfermedades conocidas. O sea, que a no ser que se te encuentre una enfermedad nueva, no te vas a poner malo nunca más.

―¿Aunque vuelva a mi siglo 21?

―Aunque vuelvas allí.

―¿Y todo por una copita de esa poción mágica?

―Bueno, ni copita, ni poción, ni mágica. Pero sí. Por el medicamento que se elaboró especialmente para ti, a partir de tu ADN.

La información me dejó de una pieza.

―Naturalmente―, añadió Myrna, ―no te protege de accidentes, ni sobre todo de ti mismo.

―Y ¿cómo sabes que voy a durar cien años..., solamente?

―No lo sabemos, Indalecio. Pero es que nunca se le ha dado esta solución a nadie anteriormente. Hemos detec­tado que envidiabas nuestra longevi­dad, y hemos querido dártela. Lo discutimos Vanessa, Armendáriz, su tutor Martin, y el tutor de este, Tuck, además de mí. Tuck insistía en decírtelo, pero Vanessa y yo estuvimos de acuerdo en que no era necesario, y que tú, en virtud de tus criterios morales, te podías negar a tomártela.

―¿Y por qué no me queríais dejar esa decisión para mí?

―No sé. Supongo que es porque queremos que te quedes con nosotros mucho tiempo. Y que cuando no nos quieras, que te vayas a tu tiempo, pero feliz y contento. Y que hagas todos tus proyectos y seas feliz. Y yo, egoístamente, quiero que seas un buen padre para mi hijo.

―Podría serlo sin tanta longevidad.

―No: te hubieras muerto dentro de cinco años.

―Ah, claro. Pero ahora me has puesto en un brete: yo no creo defendible ni el aborto ni el suicidio. Por eso cuando llegue a esa edad tan exagerada que dices tú, voy a tener que romper vuestros récords.

―Me alegro de saberlo, aunque yo no voy a estar allí para verlo, seguramente.

La Paradoja de Elke.

Las últimas intervenciones habían sido delante de otra presencia. Me volví: allí estaba Vanessa, con la misma sonrisa gatocheshierina y gicondina de la primera vez que la vi.

―Hola, forastero. Sabía que te lo ibas a tomar a mal. Por eso he venido, para recibir el roción que me corresponda.

Me acerqué a ella. La tomé en mis brazos. Y lentamente le deposité un beso en su boca. Era la primera vez que lo hacía delante de Myrna, y de repente me di cuenta de que se podía ofender. Me volví y me enfrenté a su sonrisa:

―No, no soy de tu siglo, antiguo. Yo también quiero a Vanessa. Aunque comprendo por qué la quieres tú. Y me alegro.

Vanessa me sonreía también.

―Vaya un castigo. Pensamos que te ibas a molestar con nosotras. Pero te hubiéramos perdido si te lo hubiéramos dicho.

―Es verdad. No, ya no me molestan tus manejos y manipulaciones Vanessa. Gracias a ellas he estado en la Luna, soy padre nuevamente, y me he encontrado con otro don que la humanidad ha buscado desde siempre. Y me apetece conocer todo lo que estoy disfrutando. En concreto lo de los viajes en el tiempo y la construcción en estos tiempos modernos.

―Ya tienes tiempo para estudiarlo.

―Indalecio―, terció Myrna, ―no obstante veo que te aburres. ¿Qué ha sido de tu viaje a lo largo del mundo?

―He pensado postergarlo para cuando nuestro hijo ya haya crecido un poco y pueda acompañarme.

Vanessa cambió de expresión, como si súbitamente hubiese recordado algo:

―Indalecio, mi tutor quiere verte. Cree que sospecha qué te pasa en lo de los viajes por el tiempo, pero tiene que comprobar una cosa.

―Pues vamos.

¿Qué me pasa, doctor?

Como en tiempos pasados, Vanessa me tomó por el brazo, e inmediatamente me vi en un nuevo escenario. Nos encontrábamos al aire libre, detrás de un hombre de mediana edad, supongo que habría pasado ya de los trescientos años de edad, pero que aparentaba algo menos que yo.

―Gracias por venir―, dijo volviéndose. ―Al llegar he visto que te escapabas de Vanessa, pero ella te ha cogido con fuerza.

―Sí―, dijo ella, ―ya no es como al principio.

―¿Yo? Te aseguro que no me he dado cuenta.

―Bueno, Indalecio. Mi nombre es Tennerian, y he estado analizando los informes que Vanessa me ha traído.

―Vanessa es una gran persona. Siempre he aprendido mucho de ella.

―Y de Myrna. Esa relación ha sido fortuita, y no tenemos nada que decir, aunque nos tememos unas cuantas cosas...―, se interrumpió a sí mismo. Pero al cabo de unos segundos, prosiguió:

―Mira, tu caso no nos lo explicamos, pero tengo una cierta teoría, que debo comprobar. He hecho numerosas comprobaciones, y aunque el Teorema de Kanti nunca había tenido ninguna excepción, quizá lo tuyo no lo sea, sino un corolario, una consecuencia porque alguna circunstancia no coincida. Como no tener hexón, por ejemplo. La verdad es que no sabemos a qué se debe tu facultad de viajar por el espacio y por el tiempo, aunque sea de esa forma tan reducida...

―Sí: voy a donde he estado, voy al tiempo que he visto antes.

―Exactamente. Pero hay una excepción de peso: Egipto.

―Claro. Y La Habana en 1898. También yo quisiera averiguarlo.

―Vanessa, convendría que avisaras a Myrna, que le dijeras que vamos a realizar un experimento de dudoso desenlace. Que si no nos ve dentro de unos días, que venga a este momento y nos desaconseje que lo iniciemos... Que se ponga en contacto con mi tutora, Maximine, que está al tanto del tema.

Y Vanessa desapareció sin decir palabras, mientras Tennerian prosiguió explicándome:

―Mira, vamos a viajar por el espacio y por el tiempo varias veces los tres: Vanessa, tú y yo. Y vamos a observar qué es lo que pasa. Porqué te limitas tanto, de esa forma, si es innato, involuntario o inconscientemente involuntario. El resultado de estos experimentos ayudará mucho al desarrollo de nuestro tema de investigación, de Vanessa y mío.

Hizo una larga pausa. Yo seguí pensando en lo que me estaba transmitiendo, y no sabía qué decir.

―¿Tengo opción?―, dije al cabo de un tiempo.

―Claro, Indalecio. Te puedes negar. Puedes disfrutar de lo que ya tienes, y olvidarte de nosotros.

―No sería justo, Tennerian. Lo que tengo puede que me lo hayáis dado vosotros, puede que os lo haya tomado indebidamente. Pero en cualquier caso os lo debo. Lo menos que puedo hacer es ayudaros a progresar en vuestra investigación, que por lo que veo es vuestra vida. Además, siempre estaré en deuda con Vanessa. Es tu alumna más adelantada, ¿verdad?

―Una de ellas―, dijo Tennerian, como no queriendo darme demasiada información, si bien dejando escapar una leve sonrisa.

A los pocos minutos apareció Vanessa, hermosa como siempre.

―Dice que lo entiende y lo comprende. Que por su parte no hay inconve­niente.

 ―Pero pongo una condición―, dije yo  de pronto: ―si seguimos con esto adelante, quiero volver a ser tutelado por ti, Vanessa, para que me enseñes todo lo que sabes de la cronología y sus usos.

Ambos cronistas se miraron, y luego Vanessa dijo:

―Nunca he dejado de ser tu tutora, Indalecio, aunque te haya dejado en manos de Myrna un tiempo. Pero te he seguido de cerca, y eso no era dejarle la tutoría, sino daros vida privada. Pero ya que lo mencionas, ¿no querrías ser tutelado por Tennerian? Sabe más que yo.

―Prefiero que seas tú.

―Y yo también―, terció el maestro.

―Ya sabes―, dijo Vanessa, ―que tendremos que vernos mucho más que antes, aunque procuraremos compatibilizar tu instrucción con tus deberes de padre.

Tennerian hizo uso de la palabra entonces:

―Pues vayamos, pues. A ver, Indalecio, intenta irte hasta la cima de aquella montaña.

Cuando llegué a la montaña, me vi solo. Una fracción de segundo después aparecieron ellos dos.

―Vaya―, dijo Tennerian.

―¡Guau!―, dijo Vanessa, asombrada.

―¿Cual es el problema?

―Que has llegado antes que nosotros. Tenía que haber sido al revés.

―Además―, dijo Tennerian, ―No has ido con nosotros. Te hemos perdido. Y te hemos reencontrado aquí porque sabíamos que ibas a venir aquí. Te nos escapas...

Eso era muy fuerte para mí. Me preocupó mucho. Por lo visto, si me metía en problemas, no habría nadie que me viniese a ayudar...

―Bueno, hagamos directamente el experimento mayor que pensaba hacer. Vámonos al momento inmediatamente poste­rior a cuando Vanessa te trajo de Egipto. ¿Recuerdas? Es más trayecto, así que podremos medir exactamente el tiempo de desfase que tengamos.

―De acuerdo. Pero si no me sale bien, tendré que estropear otra mastaba...

―No creo, ya lo sabríamos. Sólo alteraste una.

Y dicho y hecho. Pensé en mi amigo Shostris, el escriba, en el campamento de la mastaba, en la obra. Y despojándome de toda la ropa, excepto de mis calzoncillos, me transporté al lugar de aquella obra donde se guardaban los taparrabos de los trabajadores. Al instante me vi allí, y decidí tomar también una túnica parecida a la que había usado yo durante tres meses. Salí de aquel lugar y me encaminé a la tienda de donde me había rescatado Vanessa.

Me encontré con el esclavo que me había avisado:

―¿Ya ha terminado el capataz de hablar contigo? Vaya, no te ha azotado ni nada. ¿Qué has hecho con tu otro traje?

―¿Y por qué habría de azotarme? No he hecho nada malo.

―Bueno, yo me voy a mis quehaceres, que a mí me tienen en peor estima que a ti, noble griego.

Y se fue. Allí, a lo lejos, vi a mi amigo el escriba. Me acerqué a él, y le pregunté que si había visto a la noble dama que me había llamado, pues me había mandado a hacer un recado, pero al volver ya no estaba en la tienda.

La esclava del agua.―¿De verdad? Es raro. Fui yo quien te mandó a buscar, o sea, el capataz de mi parte. Ella insistió que le esperases dentro, así que vuelve.

Volví a la tienda, y allí no había nadie. Abrí la puerta, y le pedí a una esclava nubia que me trajese algo de agua. Cuando me la trajo, nos quedamos en la puerta de la tienda charlando, y me contó cómo había sido su infancia, por qué había sido esclavizada, aún habiendo nacido libre, pero que en el fondo no estaba tan mal, puesto que en lugar de tener un trabajo penoso, había estado prácticamente toda su vida de aguadora en diversas obras constructoras, y eso era un trabajo bastante agradable, teniendo en cuenta los otros que había visto. De vez en cuando yo miraba hacia dentro de la tienda, y seguía sin ver a nadie. Pronto fui consciente, a pesar de la verborrea de aquella esclava, de supuesta belleza, pues tenía una gruesa capa de polvo y cochambre, típica de la gente que trabajaba al aire libre y en las canteras, de que el tiempo pasaba, y ni Tennerian ni Vanessa aparecían. Estuve a punto de volver al punto de partida, pero me contuve, pues eso quitaría validez a la prueba.

Tres horas después, cuando ya había caído el sol y mi esclava aguadora se acababa de ir a sus quehaceres para que su jefa no la castigase, vi aparecer a mi tutora y al suyo.

―¿Qué!―, dijeron los dos al unísono.

―Sí que habéis tardado. Pensé que se os habían acabado las pilas.

―¿Cuánto tiempo llevas esperándonos, Indalecio?―, dijo el mayor de los tutores.

―Aproximadamente siete horas.

―¿Cómo puede ser eso posible?―, preguntó Vanessa. ―Somos los más rápidos de nuestra época. Sobre todo mi tutor.

Éste se quedó callado, pensando. Al cabo de cierto tiempo, dijo:

―Veamos, nosotros hemos tardado casi una hora por millón de años, aunque, Vanessa, nuestra percepción es de que lo hemos hecho instantáneamente. La de Indalecio es que él lo ha hecho instantáneamente, pero ha constatado que hemos tardado horas. Eso tiene sentido, sólo si convenimos en que no viajamos por el mismo camino. Como si él, sabiendo el punto de llegada, hubiera tomado un atajo. Una opción nueva en el espacio-tiempo.

―Pero eso sería algo revolucionario. Y además sin hexón.

Me emocionaba ver que charlaban de mí, en el Antiguo Egipto, dos genios de la teleportación espacio-temporal, en tercera persona, obviando el hecho de que yo estaba allí. No osé mover ni un pelo, a ver si no se daban cuenta de que estaba allí, y conseguía yo enterarme de algo, aunque no entendiera las matemáticas que sacasen.

―A ver, Vanessa: sabemos que nosotros utilizamos la gravedad como constante para nuestros despla­zamientos. O sea, que navegamos por el continuo espacio-tiempo a bordo de nuestro planeta hacia adelante o hacia atrás. Esto quiere decir que en realidad nosotros hacemos millones de años luz por segundo, mientras que él―, y me señalaba con el dedo, como si yo fuera un pájaro que pasaba por allí, hablando progresivamente más despacio, como con asombro: ―parece que da un salto instantáneo de un punto del espacio-tiempo hasta otro punto...― Y se interrumpió, y la cara se le iluminó progresivamente, como si fuera viendo la solución de un problema. De repente saltó:

―¡Ya está! ¡Kanti no tenía razón!

―¿Qué?

―Hace algunos milenios hubo otra pensadora y cronista, Elke, que planteó la hipótesis según la cual el teorema de Kanti nos limitaba demasiado, y propuso buscar otra manera de realizar los saltos. Y se desechó esa apreciación por poco realista, dado que cuando no se seguían las matemáticas de Kanti, había accidentes espacio-temporales y la gente desaparecía, o sea, que no volvía.

―Pero Indalecio siempre vuelve.

―Claro. Porque no se lanza a la aventura. Siempre va a donde ha estado. La solución es tan simple, que da vértigo comprenderla.

―¿Y cómo podemos explicarla?

―Ah, esa es la parte difícil. A ver, Indalecio: ―de pronto había vuelto a la realidad de aquellos dos genios, ―dinos: ¿tú crees que podrías llevarnos a nosotros contigo, o al menos a uno de nosotros en un viaje, digamos al día de tu licenciatura en Ciencias de la Educación?

―Lo intentaré. Pero me da cosa. ¿Por qué no pruebo con uno de vosotros? Así, si me equivoco y rompo algo, el otro podría venir a rescatarnos a ambos.

―Tiene sentido. Venga, Vanessa, vayámonos los tres al Gádir actual, puesto que te costará menos de un segundo llegar.

Llegamos a una ciudad muy pequeña, y totalmente diferente de lo que yo me imaginaba. He estado en Cádiz varias veces, pero no me imaginaba que el centro estuviera tan lejos del mar. Había un puerto, ciertamente, pero no al lado del centro de la ciudad. Ni el ayuntamiento ni el Novelty (bar emblemático del siglo 20 que desapareció a principios del 21) estaban aún, ni los gaditanos que yo recordaba estaban por allí. Sólo algunos pescadores de rostro cetrino y muy bajitos había en el puerto. En la ciudad nos ocultamos en una casa aparentemente abandonada. Allí Vanessa tomó prestados unos vestidos femeninos de aquella época, por si alguien la descubría mientras íbamos y veníamos, pero se quedó a la espera de acontecimientos. Porque el primer viaje en que el alumno de la alumna del maestro iba a llevar al maestro cogido de la mano, iba a ser a sólo diez años antes. Me hubiera gustado más que la cosa fuera en Cieza, lugar que conocía, pero el maestro Tennerian había previsto eso, y no quería familiaridad en el destino. Por eso quería Cádiz de entrada. Luego, nos iríamos a la Asturias de la época de don Pelayo, y finalmente saltaríamos por el espacio y el tiempo a la vez a Gádir, donde nos esperaba Vanessa.

Cuando Tennerian estuvo preparado, le tomé yo a él por el brazo, y pensé en Gádir en diez años antes, y ¡Plop!, allí me vi sujetando un trozo de aire, el vacío allí donde antes había estado el brazo del maestro. Cinco segundos después llegó Tennerian, con rostro demudado.

―Ya hemos terminado los experimentos, Indalecio. Vámonos a ver a Vanessa, y luego a Myrna. Pero no me toques, por favor.

La solución.

Mucho me extrañó su petición. Pero cuando llegué solo a Gádir, antes de poderle explicar nada a la asombrada Vanessa, apareció Tennerian, que dijo:

―Nos vamos a nuestra época, Vanessa. Indalecio, no hagas nada hasta que lleguemos. Lo que tenemos que decirte a ti le afecta a ella también.

―Oigo y obedezco―, dije yo, desapareciendo cual genio de la botella, e inmediatamente aparecien­do al lado de mi amada Myrna.

―¿Ya no hay que ir a buscaros?―, me dijo besándome. ―¿Y dónde están ellos?

―Me han dicho que no te lo cuente, pero bueno, la verdad es que hemos estado en un par de sitios donde yo nunca había estado antes, y ellos tardarán siete horas en llegar.

En eso me equivoqué, pues el maestro lo era bastante, y ya había hecho algunas correcciones de rumbo y llegó sólo media hora más tarde.

Cuando le vimos, nos sentamos en el suelo, en una verde zona junto a la colina del Partenón, la antigua acrópolis griega. El maestro Tennerian tomó la palabra:

―Cuando Indalecio me llevó a diez años antes del momento en que estábamos en Gádir, me tuve que escapar de su mano, por suerte no apretaba demasiado, porque no utiliza nuestro mismo camino para moverse por el tiempo. Supongo que por el espacio tampoco. Indalecio, podrías ir a cualquier sitio que quisieras, aunque no hayas estado allí antes, y a cualquier época. Pero no lo haces porque tu inconsciente vela por ti. Tú no sigues el camino de nuestro planeta hacia adelante o hacia atrás por el espacio-tiempo. Tú sigues una excepción al Teorema de Kanti. Algo que podríamos llamar desde ahora La Paradoja de Elke, en honor a la cronista cuyas teorías se desecharon injustamente. Tú das un salto al azar y sin saber por dónde llegas a tu destino. Pero en el proceso pierdes masa. Me tuve que zafar de tu mano porque me vi en peligro. No sé qué me habría pasado. Noté un peso tremendo dentro de la cabeza, como si mi hexón se desbordara, y vi que mis pies no estaban en la línea gravitatoria de la Tierra. Di un salto hacia el instante en que habíamos estado con Vanessa, pero yo, a mis años y pese a mi experiencia, erré en veinte años en el futuro. Cuando me cansé de buscaros, me di cuenta de mi error, y volví al momento en que teníamos que haber llegado. Tú ya estabas, claro. Pero mi teoría es esta: tú no viajas por la luz, sino por la sombra. La luz tarda en viajar, pero la sombra no va a ningún sitio, sino que está en todas partes a la vez. Por eso tú llegas instantáneamente a donde ya has estado y a cuando ya has estado. Podrías hacerlo a otro momento y época, si bien no te podemos garantizar el resultado. Podrías morir. Podrías causar un problema a otros. Sólo te pediría que antes de ir a algún sitio o momento nuevos, nos lo dijeras previamente a Vanessa o a mí. Pero me gustaría hacerte una serie de pruebas en mi casa, si no te importa.

Escape.

Quedamos en ir al día siguiente, cuando yo ya hubiera descansado de tantas emociones. Myrna se portó bien, me dio un masaje en la espalda y en los pies, después de haber estado en un baño con sales veinte minutos, al menos. Tenía que poner en orden mis pensamientos. Mientras estaba en el baño, pensé en lo que me había dicho Tennerian: viajar por la luz, viajar por la sombra. En realidad no era viajar por la luz, sino cabalgando la luz, puesto que se hacían millones de años luz en un segundo. Imaginaba las vueltas que daba la Tierra alrededor del Sol, imaginaba las vueltas que daba el Sol alrededor del agujero negro que hay en el centro de nuestra galaxia, imaginaba un movimiento complicadísimo de tirabuzón de nuestro planeta persiguiendo a su estrella, pero que a su vez era un tirabuzón circular..., era de locos. Y Vanessa cabalgando el tirabuzón circular, y Tennerian enseñándole a hacerlo correctamente para no pasarse, o no quedarse corta. ¡Dios, la de matemáticas que habría que saber, los cálculos planetario-estelar-galácticos que habría que hacer, basándose en un eje de coordenadas virtual que cualquiera sabe dónde habría que ponerlo! Y en el fondo de todo eso estaba el viaje a La Luna, en que si bien no fue temporal, sí que tendría que ser fuera del suelo terrestre, aunque a lo mejor sería desde el mismo, o sea, tomándolo igual­men­te como referencia. ¿O se tomaba el propio centro de la Tierra como referencia? He aquí un problema para don Julio Verne. Lástima que no pudiera ir a preguntárselo, puesto que llamaría a los loqueros... Se lo podría preguntar, después de un par de botellas de vino, quizá, al bueno de Edgar. Pero se lo tomaría a cuchufleta, y no me aportaría nada. ¿Y mi tercer compadre temporal, Jesús, ¿me podría haber ayudado en eso? No sé, confundirme con su padre me demostró muchas cosas, pero no que me pudiera aconsejar sobre el funcionamiento celeste de mis viajes... Pero una cosa estaba clara: el maestro de maestros, el tutor de mi tutora, se había asustado mucho de lo que yo hacía, se vio en peligro de muerte. Quizá no tener hexón era una ventaja. ¿Se le podría quitar a mi hijo? ¿De verdad lo tendría? Era algo que yo no sabía, quizá fuese el único que no lo sabía en un planeta donde los rayos X eran una reliquia del pasado de la que nadie se acordaba ya... O quizá el hexón se podría no desarrollar, o no educar en su uso, en beneficio de los viajes por la sombra, o según el bueno de Tennerian, en la sombra. De repente me acordé de Churchill y de los parlamentarios de la oposición de su graciosa majestad británica, del Shadow Cabinet, o gobierno en la sombra, la oposición. ¿Sería yo el contrapunto a los cronistas de esta época? ¿Qué había roto yo en sus extrañas matemáticas? ¿Por qué no había muerto yo en el intento? Quizá esta gente ya no guardase el instinto de supervivencia, quizá por eso Myrna se había quedado embarazada a la primera, quizá por eso había evitado seguir el camino largo mi yo más esencial, y antes de poder siquiera empezar a sentir el vacío interespacial llegaba a mi destino, salvo y sano, conservado en toda mi integridad por la simple fuerza de la inercia entre las fuerzas que mantienen a mi cuerpo unido, como formando un todo...

Aún seguía yo con estas cavilaciones, cuando de nuevo sentí la presencia de Vanessa próxima a mí.

―No te oí llegar, preciosa.

―No, porque no he llegado. Hemos sintonizado. Es muy interesante lo que estás pensando. Lástima que no se te den las matemáticas.

―¿Estás en tu casa?

―No. Estoy en la tuya. Estoy en lo que fue Cieza un día. Pero me llegas alto y claro. Estoy aquí recogiendo datos sobre ti. He estado en tu nacimiento. La verdad es que tu médico era un poco despistado. No sabe quién le llevaba tantas toallas calientes. Pero fuiste un bebé normal. No, no hay rayos x porque son peligrosos, y porque no hacen falta. Te he visto por dentro, y no tienes nada, ni bueno ni malo. Un bebé normal. He recorrido tu vida de nuevo, y no veo nada raro. No te diferencias en nada de tus semejantes. No hay nada en Cieza que te dé nada diferente a tus conciudadanos, ni tú tienes nada que no tengan los míos. No nos explicamos qué te ha ocurrido. Pero cada vez estamos más seguros de que es algo que has hecho. No sabemos si has atravesado alguna estrella de neutrones, o algo parecido, pero lo cierto es que viajar por la sombra te convierte en algo único. Es como si fueras un demonio en medio de un montón de ángeles. Aunque sé que eres buena persona. Pero has hecho lo que nadie había hecho antes: te has cargado nuestras mate­má­ticas más sólidas, que sin embargo siguen valiendo para todo el mundo..., menos para ti. Quizá tu nulidad para las matemáticas no sea accidental.

―Pues no me dejas más tranquilo, no. No sé si voy a perecer en un accidente astral, no sé si es seguro lo que hago. En fin, lo que hacía antes de forma inconsciente, voy a tener cuidado de hacerlo de forma consciente. Me voy a ir de vacaciones a donde me encontraste, Vanessa. Me voy a ir a dar la vuelta al mundo en mi viejo Ford. Si te necesito, ya te llamaré. Pero intentaré no utilizar estos poderes recién adquiridos que tanta preocupación me están dando...

Le expuse mi nueva decisión a Myrna, que se encogió de hombros:

―Sé que para mí volverás mañana. Ve, Indalecio, da la vuelta a tu mundo, y cuando hayas visto que en todas partes existe la misma porquería, vuelve aquí para que te lave de toda ella tu solícita mujercita. Tu hijo y yo te esperamos para irnos de excursión a lo que en estos tiempos queda del Antiguo Egipto.

La dama de Rangún.

Y pensando en el hotelito de Rangún en que aún no había dormido, en la capital de Myanmar, según los ameri­canos, Birmania, y los ingleses Burma, de pronto me vi en mi cuarto. No recordaba el número de habitación, pero volví al momento en que acababa de dejar las maletas y había salido a tomar café. Seguramente mientras tomaba café estaba de nuevo descansando en mi cama, pensando en lo bien que me había sentado el baño y el masaje en los pies en el siglo cien mil y pico, y me asomé al balcón para oír la bulla de una civilización que lo tenía todo en común conmigo, mucho más que la asepsia de un mundo embotellado en la selva y la sabana del futuro. Un mundo feliz, un mundo perfecto que nunca conocería ninguno de los que se afanaban allí debajo, quizá por un pedazo de pan que les alejara un poquito más de la tumba, aunque fuese una forma de hablar, pues los pobres no tienen privilegios de tumba en ninguna de las civilizaciones tan caducas de nuestro pobre siglo 21... No me sentía superior a ellos, no, pero me daban pena. Y empezaba a sentir algo que no había sentido nunca..., lo que Milán Kundera me había intentado contar una vez, la insoportable levedad del ser. Sólo que no era levedad. Sino gravedad. ¿Habría sido Milán otro cronista? ¿Habría conocido a alguno? Son cuestiones interesantes..., pero ahora sentía yo eso. Sentía el ser. Y empezaba a ver de lejos lo que Myrna me había tratado de explicar. La liberación del ser por el suicidio. Aunque yo todavía era demasiado joven para eso. Ni Myrna ni Vanessa lo habían sentido todavía. Y ellas eran más viejas que yo, aunque, según mis estándares, yo estaba mucho más cerca del hoyo que ellas. Pero, claro, ¿hasta qué punto mis estándares son los que eran? ¿Querría recuperarlos? ¿Mis instintos de mono amaestrado me lo iban a permitir? Estaba convencido de que una bala dirigida hacia mí ya no me encontraría, pues aunque no la viese venir, en el momento en que mi piel la identificara, yo dejaría de estar allí, o entonces. Ni siquiera la belleza del lago Inya, plenamente visible desde la ventana de mi habitación, me sacaba del estado de enorme tristeza en que me encontraba.

Mein-kalei.

Harto de disquisiciones metafísicas y fundamentales, me fui al bar del hotel. Allí conocí a Maung, en realidad Maung Kyaw Thi Ha, porque nació en lunes, según me dijo luego. Yo le llamaba Mon, porque me recordaba a un alumno que tuve hace años, Ramón, al que todos llamaban Mon. Me explicó diversas cosas de su mundo, que yo acababa de descubrir que era el mío, y por lo tanto me sumergí en sus cosas de forma tan evidente, que absorbía lo que el bueno de Mon, un muchacho de apenas veinte años, me estaba contando.  Muy triste me vio porque me insinuó que si quería me mandaba una mein-kalei a mi habitación, para que me consolase un poco. Pero no, le dije que no me hacía falta una muchacha, sino estar allí charlando con él, tomando copas, y quizá embor­racharme, pero si me prometía que se aseguraría de que me llevaran a mi habitación sin robarme por el camino. Aquel día hice un amigo, un buen amigo en aquel hotel. Me presentó, de todas formas, a una camarera, de la etnia karen, de nombre tan difícil de retener para mí, que le pedí permiso para llamarla Carmen. Le hizo gracia tener un nombre tan exótico y sin embargo tan familiar para mí. Era una auténtica belleza, aunque allí pasaba bastante desapercibida. Me dio a entender que subiría a mi habitación si yo quería, y curiosamente le dije que sí. Y no porque estuviera borracho, pues aún no llevaba más de dos cubatas, sino porque me llamó la atención el candor de su mirada. Pero para el día siguiente, cuando me dijo que estaría libre de servicio. A las diez de la mañana.

El resto de la tarde lo invertí en pasear por Rangún. Cogí una calesa tirada por un mulo, y me hice una buena idea de la ciudad, con sus altos edificios del centro, pero también con sus parques hermosos, como el Kandawgyi, a orillas del lago del mismo nombre. Saqué innumerables fotos con mi vieja cámara, aunque ya había aprendido a grabar en mi memoria las imágenes que me interesaban más. Después, tras pagar al conductor de la calesa, volví caminando por las tortuosas calles de la ciudad hasta mi hotel.

Al día siguiente, supongo que porque tenía llave, al abrir los ojos, me encontré con mi Carmen birmana.

―Hola, Señor―, me saludó.

―¿Qué hora es?

―Van a dar las diez. ¿Quiere que le traigan el desayuno?

―No, no te preocupes. Espera, me ducho y nos vamos a alguna parte.

Tras la ducha, me la encontré a ella en la cama, totalmente desnuda.

Sonreí. Ella me devolvió la sonrisa. En su mente vi imágenes que no me gustaron nada. Vi imágenes de las veces que anteriormente había hecho sexo sin haber hecho el amor. Vi una vida de carencias, de inseguridad, de familia rota que seguía viviendo en el mismo domicilio, de violencia doméstica, de pobreza. Ella debía llevar una cantidad mínima a su casa todas las semanas, o habría problemas. El mayor de ellos era que no habría comida. Pero era muy buena en lo suyo, y los clientes siempre le dejaban buenas propinas. Cogí mi cartera y le dije:

―Carmen, te voy a dar dos mil dólares. Pero hoy tienes que hacer todo lo que yo te diga.

―Lo esperaba Señor. Aunque no tanto dinero.

Le entregué el dinero.

―Lo que te voy a pedir es que me hables. Que me contestes a todas las preguntas que te haga con sinceri­dad. Que no me ocultes nada.

Se incorporó a medias en la cama, mostrando sus bellos senos, juveniles y temblorosos.

―¿No quiere hacer el amor conmigo, Señor?

―Por dinero no. Sé que no eres una puta. Pero sé que en este país hay mucha necesidad. Sin embargo, lo que yo quiero es algo que no le has dado a ningún hombre antes: quiero que me hables de tus sueños.

Se sentó en la cama con la espalda totalmente erguida y las piernas cruza­das, lo que dejaba a la vista su sexo. Era una postura inocente, a pesar de mostrar los pechos y el sexo, con los brazos apoyados en los muslos y las manos entrelazadas. Y se dispuso a contarme la historia de su vida. Historia que yo acababa de ver en imágenes de un vistazo. Era una chica que pensaba con mucha rapidez.

―Dime, Carmen, ¿te gustaría estudiar en Europa?

―¿Europa? Necesitaría mucho dinero. Y tengo que trabajar.

―Se puede arreglar.

―Mi sueño ha sido siempre haber estudiado en Londres. Pero tuve que ponerme a trabajar y tengo apenas la enseñanza secundaria. Pero la universidad es un sueño para mí. Señor, sin duda se burla de mí.

―No te puedo prometer Londres. Pero puedo dejarte una casa que tengo en Murcia, y matricularte en su universidad. No es una gran ciudad, no tiene una universidad prestigiosa, no es una gran casa, pero estarás bien. Y aprenderás todo lo que se puede aprender de lo que tú desees. ¿Qué te gustaría hacer?

―Me gustaría ser profesora. Me gustaría enseñar a los niños.

―¿Enseñarles a leer?

―Sí. Y enseñarles idiomas. Aquí los idiomas son muy importantes. Pero no sé español.

―Una chica despierta como tú lo aprenderá enseguida. Además, ya sabes palabras en español. Es cuestión de que las relaciones.

La verdad es que mis habilidades telepáticas me permitían, en cierta medida, manipular las mentes del siglo 21. Poniendo palabras y conceptos en español en la mente de aquella chiquilla pude constatar que le hice creer que se trataba de palabras que ella había oído antes. Le expliqué oralmente los fundamentos de nuestra gramática, y a lo largo del día, en el flujo de nuestra conversación, acabó hablando en español con la poca pericia que podría haberlo hecho una joven birmana a lo largo de un año de estancia en España.

Antes de que se fuera, le di otros mil dólares. Por supuesto, no forniqué con ella, cosa que no comprendió jamás. Ni lo que sucedió a continuación. Me fui a la universidad de Murcia, al mes de mayo, y eché los papeles para matricularla en Filología Inglesa. Los papeles de convalidación, incluyendo la selectividad, los saqué en Madrid, facilitándomelos un funcionario que se creyó que los papeles en blanco que yo le mostraba eran certificados de educación birmanos, más una orden del Ministerio de Exteriores y otra de Educación de que se hiciese lo que yo le pedía. Naturalmente, esos papeles se extraviaron en el fondo de mi bolsillo luego, y supongo que el funcionario luego daría carpetazo a ese expediente sin que se diera cuenta nadie de ello. Tuve cuidado en que el funcionario olvidase todo luego. Con esos papeles la matriculé en septiembre; abrí una cuenta en Cajamurcia con doscientos cuarenta mil euros, de la que cada mes se transferirían dos mil a otra cuenta a nombre de ella, hasta nueva orden, y alquilé un piso con opción a compra justo al lado de una parada del Rayo, ese pequeño autobús que va y viene a la universidad con tanta frecuencia. Luego me fui a  Rangún y busqué a Carmen otra vez. Estaba trabajando. Le dije que se viniese conmigo, porque ya no trabajaba allí. Me la llevé al aeropuerto, y allí compré dos billetes Rangún-Londres-Madrid-Alicante. Camino al aeropuerto ya habíamos dado el saltito de varios meses hasta octubre, y mientras hacíamos el largo viaje en avión le fui dando un cursillo acelerado sobre las costumbres españolas, nuestra historia, y peculiariedades. Fueron veinte horas tan bien aprove­cha­das, que al llegar a Alicante ella ya era una española por los cuatro costados..., excepto por su físico, pues nadie podría negar que era asiática. Cuando me convencí de que se desenvolvería adecuadamente en su nueva vida, volví a Birmania. El momento de la despedida fue muy emotivo. Se me abrazó, y me dijo que no sabía por qué hacía eso, pero que siempre quedaría en deuda conmigo. Bueno, pensaba muchas más cosas, pero me cerré totalmente a sus pensamientos. En aquel momento no me gustaban. Estaba triste porque sabía que no me iba a ver más. Tenía razón. Pero tres años más tarde se cumplió su sueño: le dieron una Beca Erasmus para estudiar en la Universidad de Londres.

El demonio de la cárcel.

Una vez que volví a Rangún, tuve que lidiar con un fleco que no había previsto: dos policías me esperaban en el hall del hotel. Me hicieron preguntas sobre Carmen, ya que su familia había denunciado su desaparición, y se la había visto conmigo por última vez. Me hice el loco. Me advirtieron que no saliera de la ciudad hasta que aquello se aclarara. Yo me puse muy en mi papel de turista pobre, y les dije que me tendrían que facilitar una vivienda, pues no podría pagar el hotel durante mucho tiempo, pero me sugirieron una celda en su comisaría y no me atrajo mucho, no. Luego, en mi habitación, me dije que por qué no. Siempre me había parecido un privilegio toda nueva experiencia, y pedí la cuenta del hotel, pagué y me encaminé a la comisaría a la que me dijeron que acudiera si sabía algo de Carmen. Me presenté al oficial de guardia y le pregunté por los dos policías que me habían entrevistado. Les dije que no sabía nada de Carmen, pero que se me estaba acabando el dinero, y hasta el mes siguiente, junio, no cobraría la pensión otra vez, y no podría pagarme un hotel. Les dije que había reconsiderado su amable invita­ción, y que no me importaría quedarme allí con ellos, aunque no creía que me pudieran detener, pero que, bueno, eso era algo que tendrían que determinar ellos. Los policías se miraron el uno al otro, visiblemente molestos. Luego me dijeron que tendría que convivir con canallas de la peor especie en una celda pequeña y maloliente, y les dije que por mí no se cortaran.

―Bueno―, sentenció el de mayor edad, ―podemos darle celda y comida hasta que esto se aclare―. Y sin más ceremonia, me metieron en una celda pequeña, en comisaría.

 Allí, efectivamente, conocí a gente que estaba detenida por violar, por robar, por asesinar. Fue muy instructivo leer las mentes de aquellas personas, aunque no todas eran muy atractivas. Una de las que sí que atrajo mi atención pronto fue la de un pequeño asesino, Tim, que había matado a un compañero de robos, porque había querido abusar sexualmente de él. Tenía su lógica: se dedicaba a una actividad delictiva peligrosa porque le daba asco prosti­tuirse. Y no había dado los golpes que había dado contra turistas y pequeños comerciantes para ser el querido de un imbécil tarado que se creía que bastaba ser más fuerte y tener la cara llena de cicatrices para imponer su voluntad a los más débiles. Le había bastado clavarle un casco de botella roto en la garganta. Lo malo es que habían dado con él al poco tiempo, y le habían detenido porque no había tenido encima dinero suficiente para comprar a los policías que lo detuvieron. Me interesé por él, aunque al principio me miró con bastante desconfianza.

―Si no estuvieras aquí, ¿dónde te gustaría estar?

―No sé. No tengo a nadie.

―¿A nadie en todo el mundo? ¿Ni siquiera a un tío, a un abuelo, en alguna parte remota, algún pueble­cito?

―Tengo una abuela, muy anciana, en el sur. En Dawei, la capital de Tanintharvi.

―¿Y si te fueras allí, qué harías? ¿Le ayudarías?

―Bueno, sí, pero seguro que me meten en la cárcel por matar a ese rata.

―¿Tú crees en los demonios?

Me miró alarmado, pues esta gente es muy supersticiosa, sobre todo las clases bajas.

―Los demonios siempre han estado en mi contra. No estaría en la cárcel a los quince años si no fuera por ellos.

―Hay demonios buenos. Yo soy uno de ellos, Tim. He venido a darte una segunda oportunidad. Pero tienes que prometerme ser valiente. Cierra los ojos.

Al volver a abrirlos, nos encontrá­bamos ambos en el centro de esa pe­que­ña ciudad de Asia, de ciento y pico mil habitantes, Dawei.

―Tim, ahora te llamas Thet, la calma. Ve al aeropuerto mañana a las diez, y di que te han citado para el puesto de guarda de seguridad.

Le presenté una cartulina oficial de identidad, y le saqué la huella dactilar.

―Pide tu identificación, que estará allí con tus otros papeles. Pero tienes que prometerme que buscarás a tu abuela y le dirás que ahora tienes una nueva vida, y que vivirás con ella. Si no lo haces, volveré y te meteré otra vez en la cárcel para que pagues por la muerte de tu rata.

Y antes de que pudiera decirme nada, desaparecí de su vista, y realicé el papeleo oportuno, en las desiertas oficinas del censo y del aeropuerto, a donde llevé su identificación, con foto incluida, de Thet, de diecinueve años de edad, natural de Yangon. Luego me volví a la comisaría para ver la cara de estupor de los guardias al notar la falta de Tim. Pero me equivoqué: ni se dieron cuenta. A la semana, llegó un uniformado buscándolo para llevarlo al juicio, pero al no encontrarlo, se encogió de hombros y se llevó a otro pobre diablo que estaba allí por otra cosa parecida.

De vez en cuando, si el caso lo requería, me llevaba de allí a algún que otro chaval para que enderezara su vida. Pero nada que merezca la pena recordar. Llevé con sus padres algunas de las prostitutas jóvenes que ellos mismos habían vendido para esos menesteres, pero desistí al ver que se resistían a volver a casa, o que volvían a ese estilo de vida, pues no conocían otro. Una pena. Me dieron ganas de matar a los responsables de esa situación, pero en realidad los que les substituyeran iban a hacer lo mismo, y además no me veía yo como redentor.

Khin El Roto.

Cuando pasaron los tres meses de desfase entre el viaje con Carmen a Alicante y el tiempo real, la pudieron localizar a ella. No porque la policía birmana fuera espe­cial­mente eficiente, sino porque habían dado la orden de búsqueda a la Interpol, por puro protocolo, y la Guardia Civil la había localizado en Murcia. Ella explicó que estaba allí disfrutando de una beca de la Unión Europea, y que volvería a su país al término de sus estudios, y se cursó una orden inmediata de mi puesta en libertad, puesto que mis dos amigos policías, para cubrirse las espaldas, sin mi conocimiento me habían acusado de la desaparición de la joven, pero se las habían arreglado para retrasar el juicio en tanto no se les ocurriera algo mejor. Nos habíamos hecho amigos, pues habitualmente venían a visitarme, al principio para ver si me podían sonsacar algo, pero luego porque les gustaba charlar conmigo. Decían que mi birmanés era muy bueno. Pobrecillos, si se les hubiera ocurrido grabarme, habrían registrado muchas palabras curiosas en otras lenguas, pero no en la suya. Los interrogatorios no habían sido en una sala especial con espejos y cristales transparentes, como en las películas, sino que tenían más de inocentes paseos por los alrededores de la comisaría, sobre todo cuando se dieron cuenta de que yo me había tragado lo de la amable hospitalidad del estado birmano. Pero se descubrieron cuando vinieron contentos a comunicarme que me ponían en libertad. Les descubrí el juego con las mismas armas que ellos mismos me daban, con sus pensamientos, sus miedos..., y les recom­pensé con un encuentro fortuito con uno de los criminales más buscados de toda Myanmar: Khin el Roto, así llamado por una cicatriz que le cruzaba la cara. Estaba reclamado por asesinato de varias personas. Pero se paseaba con bastante impunidad por la capital, pues nadie le había visto nunca la cara de cerca. Me fue fácil identificarlo y luego poner en la cabeza de mis amables policías-captores la convicción de que se trataba de él. Nada más verle, le encañonaron con sus armas de reglamento, y se lo llevaron a la comisaría, donde le encerraron y luego comunicaron a sus superiores su brillante servicio. Les guiñé un ojo, y luego me fui tranquilamente, desapareciendo para siempre de sus vidas.

Fin de la etapa.

De Yangon fui por las carreteras nacionales números 1, 8 y 85 hasta Myawaddy, a unos trescientos kilómetros de la capital, atravesando la selva. Al llegar a la frontera, me encontré con las imposibilidades de costumbre. Recordando la idea de mi mentora, me costó algo menos de un parpadeo verme de pronto en Mae Sot, en plena Thailandia, el país de los templos. Los lugareños contemplaron mi destartalado coche con un mohín de hastío, pensando sin duda que se trataba de otro guiri despistado que había ido a parar allí. Lo que no sabrían nunca es que no paraba, sino iniciaba mi singladura por tierras thailandesas por allí. Pero a poco de comenzar mi periplo de la Península de Indochina, me planteé que no tenía sentido continuar una vuelta al mundo en coche, si para hacerlo tenía que hacer trampa, y dar saltos en el espacio o en el tiempo. Pero, me dije, ya que he llegado aquí, terminaré. Y continué por la península, pasando a Camboya y Vietnam, pasando luego a China y replanteándome de nuevo mi periplo. De todas formas, ya que he llegado hasta aquí, veré al menos Filipinas.

Filipinas.

Y dejando el coche al cuidado de un chinito llamado Li, de Dong Yamg, cerca de Hong Kong, al que di una propinilla y prometí otra más substan­ciosa a mi vuelta, me embarqué en un viaje por Filipinas. A pie, por supuesto. Llegué en un suspiro al pueblecito de Sánchez-Mira, partido judicial de unos veinticuatro mil habitantes, y allí conseguí un guía local que me explicó las bellezas naturales del pueblo, al parecer fundado por los españoles hacía varios siglos. Algunos de los lugareños chapurreaban el español. Me hizo gracia el nombre de la provincia, Cagayán, seguramente una corrupción de dos palabras españolas de aquella época. 

De allí me fui a Manila, la capital del archipiélago bautizado en honor del rey más famoso de España. En el Hotel Linden Suites, cuyo único defecto era que estaba a tres kilómetros del mar, volví a encontrarme con Enrique, un compañero de fatigas cuando había estado estudiando inglés en Inglaterra en los años setenta. Habíamos tenido bastante amistad, y recuerdo que me llamaba utol, porque yo era español y me había conocido en un ambiente totalmente hostil, el inglés, donde nada nos era familiar ni a él ni a mí. Era sesentón, como yo, pero al no haber tenido la enorme suerte de encontrarse la jubilación LOGSE, como yo, se veía obligado a seguir trabajando para ganarse el sustento de cada día.

 


Utol del alma mía.

Enrique había cambiado poco. Pero había medrado mucho. A sus sesenta años ya no era el estudiante de enfermería que había conocido en Inglaterra, sino que era el director del Hotel donde yo me hospedé varios días. Me llevó a conocer la ciudad, y me habló mucho de Filipinas. Se había casado varias veces, pero se había divorciado otras tantas. No hay que fiarse de lo que digan las mujeres, me dijo sentenciosamente, pero hay que fijarse en lo que hacen. Así puedes tener una pista de lo que pretenden. Pobre amigo mío, antes tan cándido, y ahora tan cínico.

Me presentó a su primera mujer, con la que había tenido dos hijos y a la única que había seguido frecuentando, de forma bastante alejada, por causa de las visitas a sus hijos. Era una muchacha menuda, morena y bastante guapa todavía, a sus cincuenta años bastante bien llevados. A los diez minutos de conocerla ya me había enterado de toda su vida, y también de por qué se habían divorciado. Y era una pena, porque además de tener tantas cosas en común con Enrique, era evidente que todavía se querían. Pero habían discutido mucho cuando estaban casados, y se dijeron algunas cosas que jamás se tenían que haber dicho. La conocí en el hotel de forma bastante extraordinaria: uno de los hijos de ambos había sido detenido por posesión ilegal de drogas. Les acompañé a ambos a la comisaría, a pesar de que me dijeron que no me querían apesadumbrar con sus pro­ble­mas. Pero les dije que estaba dando la vuelta al mundo para conocer otras culturas, y además Enrique era mi amigo, y si podía ayudarles, estaría encantado de  hacerlo. No insistieron porque tenían urgencia en llegar a la comisaría.

El caso del inspector mafioso.

El inspector Ibáñez nos dijo que se le había intervenido un kilo de marihuana cuando se le había detenido en un control policial, y que no se podía hacer nada hasta que el juez dictaminase su entrada en prisión o la fianza a pagar, hasta la celebración del juicio. El inspector era un señor de unos cuarenta años, bastante desagradable y con mal humor. Los padres se quedaron anonadados, sin saber qué decir. Yo me presenté como el abogado de la familia, lo que admiró aún más a mi amigo Enrique, que creía que yo no me sabía expresar en tagalog. En ese bello idioma le pregunté que si se le habían leído sus derechos, si se le había coaccionado para abrir su coche, si se le había informado de que podía exigir que yo, su abogado defensor, tenía que estar presente en su primer interrogatorio, y que si se habían tomado las huellas de la bolsa que contenía la droga que se le había encontrado en su maletero. El policía me miró con evidente susto, preguntándose, evidentemente para mí, si había hablado con el detenido, y me dijo que naturalmente que se había realizado todo eso.

―¿Y las huellas eran de mi defendido?―, pregunté con tono calculadamente desabrido, ―¿o simplemente le van a cargar ustedes el muerto porque tienen miedo de lo que pueden encontrar si hurgan demasiado?

―¡Oiga, tenga cuidado con lo que dice!

―¿O si no qué? ¿Me va  usted a torturar como ha torturado a Mario? Mire usted, Ibáñez, si no me deja usted satis­fecho, voy a exigir en el juzgado de guardia una prueba forense del estado de salud de mi defendido inme­diata­mente, me detenga usted o no. Los policías como usted sobran en las comisarías, donde debería haber servidores públicos, y no ratas matoniles.

Se hizo un silencio de muerte en la comisaría. El muy imbécil nos había recibido allí, de cualquier manera, en una sala atestada de mesas donde trabajaban otros policías y funcionarios, en lugar de en una sala privada, como habría sido de rigor en estos casos.

Antes de que Ibáñez saliera de su estado de palidez inhabitual, se abrió una puerta, y salió el capitán jefe de la comisaría, que nos pidió por favor que entrásemos en su despacho.

―Explíquese, Ibáñez―, le dijo al comisario.

―Capitán, este muchacho fue detenido por llevar un kilo de marihuana en el coche. Se ha informado al chico de sus derechos, pero aún no tenemos el resultado del laboratorio sobre las huellas digitales.

―Porque no las han pedido todavía, Ibáñez―, dije. —No nos va a servir que busque usted en la basura la bolsa y la mande ahora. Además, que no nos constaría que fuese la misma bolsa.

―¿Qué dice usted?

―¿Afirma usted que envió la bolsa a laboratorio? A ver, presénteme usted el albarán que le dieron allí.

El pobre comisario sudaba ahora.

El capitán llamó por teléfono al laboratorio, y le confirmaron que, efectivamente, no habían recibido la bolsa.

―Ibáñez, creo que ha tenido usted un grave desliz.

―No me extrañaría, capitán―, dije yo, ―que esa bolsa no estuviera en el maletero de mi defendido cuando lo inspeccionaron los policías. No hay constancia de que no se haya roto la cadena de custodia de la droga.

El capitán observó a los padres de Mario, y se dio cuenta de que no entendían nada. Pero me miró a mí, y pensó: Este tipo es peligroso. Ibáñez ha metido la pata y me va a salpicar la mierda a mí. Cogió el teléfono y dijo:

―Martínez, ponga usted en libertad inmediatamente a Mario Fernández―. Luego, volviéndose a nosotros, añadió:

―Lo siento mucho, señores. Espero que acepten mis más sinceras excusas. Ibáñez, está usted suspendido de empleo y sueldo un mes.

Cuando salíamos con Mario de la comisaría, sentí una oleada de odio de Ibáñez, ante la que me volví, me acerqué a él, y cuando constaté que nadie más nos podía oír, le dije: No se lo tome usted tan a mal, Ibáñez. Sé que Mario ha dejado embarazada a su hija Lizzy. Si yo se lo contara a alguien de asuntos internos, su carrera de policía acabaría ipso facto. Pero no se preocupe, hombre, si usted se olvida del chico, yo me olvidaré de usted. Pero si sigue usted por ese camino, puede perder algo más que el empleo. Usted falla tres de cada diez disparos. Yo fallo uno de cada noventa. Y no faroleo. Luego, ante su mudez, añadí: Pero no se le ocurra hacer abortar a su hija. Si lo hace, me enteraré, y si yo me entero, se entrará su capitán.

Final feliz.

Cuando salimos de allí, mi amigo Enrique me dijo:

―¿De verdad eres abogado?

―No. En realidad soy policía. Pero estoy retirado. Hace años estuve en un curso antiterrorista y coincidí con varios policías de tu país, que me enseñaron muchos trucos sucios de aquí. He utilizado varios de ellos a la vez. Ibáñez es un policía corrupto, como hay tantos en tu país y en el mío, puede que en todos. Y utilizaba su cargo para obtener un beneficio personal.

―¿Y dónde has aprendido a hablar tan bien el tagalog?

―Bueno, después de conocerte, he estado varias veces en Filipinas, y lo aprendí con buena gente. Hasta tuve una novia filipina, allí en España. Ella era de Manila.

―Pero eso no explica que conocieras el expediente de mi hijo, ni cómo podías ayudarle.

―Bueno, tengo buena vista y algo de memoria. El idiota de Ibáñez lo tenía abierto de par en par sobre su mesa cuando llegamos. Y además le estaba haciendo modificaciones, el muy lerdo. Por cierto, Mario―, dije volviéndome hacia el chico, ―eso de acostarte con su hija no ha estado bien. Y dejarla preñada, menos. ¿No vas a atender a tus deberes de padre cuando venga lo que sea?

―Bueno―, dijo el chiquillo, ―yo sí quería, pero el padre no quería que nos viéramos, y me amenazó con tomar represalias si me acercaba a su hija. Ignoraba que estaba embarazada. ¿Cómo se enteró usted?

―Lo supuse. Una cosa es darte un susto, con una multa de tráfico, o con una paliza, pero tanta saña sólo podía obedecer a algo que de verdad le irritara, y a un tío machista y matonil como este, lo peor es dejar embarazada a su hija. A la que adora hasta el punto de tener su foto sobre su mesa, con una dedicatoria: Lizzy to daddy.

Enrique y su esposa seguían este diálogo con estupor e interés evidentes. Les impactaba que un desconocido supiera en pocos minutos mucho más de su hijo que ellos mismos en toda su vida. Por desgracia no estaba yo en posición de explicarles la verdad, de cómo me había enterado de todo. Al final mi amigo terció:

―Utol, siempre estaremos en deuda contigo. Esta noche te vienes a cenar con nosotros.

Aquella noche cenamos los cuatro en la mejor suite del hotel, y tras una larga conversación con el antiguo matrimonio, ellos llegaron a la conclu­sión de que se habían enemistado por auténticas tonterías, y a mi nada inocen­te pregunta de que si tuvieran otra opor­tu­nidad, si no la aprovecharían, ambos sintieron que sí, que no sólo la aprove­charían, sino que se la iban a dar otra vez.

―¿Y qué  vas a hacer con Henrietta?―, le preguntó Isabel.

―Lo hemos dejado. Hace dos días que presentamos la demanda de divorcio.

 A una hora prudente Mario y yo nos marchamos.

 


Vuelta a casa.

Aquí tiene Indalecio su Sancta Sanctórum.―¡Mamá, mira quién ha venido!

La sorpresa de mi nieto Julián era ge­nuina. No me esperaban en lo que que­daba de año. Ni, posiblemente, el si­guiente.

―Hola, hija. Te hacía en tu casa.

―Ya podías haber avisado, ¿no? Te hacíamos en Honolulú―, dijo mi mujer, saliendo de la cocina.

―Quería darte la sorpresa, Teresa. ¿No te alegras de verme?― dije dándole un beso. ―Ahora me voy a dedicar a escribir mis libros en la casa de Cieza. Por cierto, ¿te vienes?

Torció el gesto, antes de soltar el consabido Ya veremos...

De todos, el que más celebraba mi vuelta era Julián, mi nieto más pequeño, porque era a quien más le gustaban las cosas que yo les contaba. Me hacía muchas preguntas, que tuve que contestar como pude, soslayando algunas explicaciones, pues no quería que pensaran que estaba loco. Le hablé de Vanessa, sí, como de la india que conocí en su país y que me  hizo mucha gracia. Les hablé también de la Dama de Rangún, pero no les dije que estaba en Murcia, ni su nombre verdadero, claro. Cabía dentro de lo posible que me la encontrara en Murcia por casualidad, pero tuve la suerte de que no fuera así.

Como hacía después de casi cada viaje, seleccioné las cincuenta mejores fotos, y luego com­puse con ellas una presentación multimedia, que proyecté en la pared des­pués de comer. Me hicieron algunas pre­guntas, pero como ya he dicho, a mi nie­to Julián se le escapaban pocas cosas. Por ejemplo, en la frontera de La India con Bangladesh, había un cartel de No admittance en la frontera, y me preguntó que cómo había conseguido pasar por allí. Me cogió desprevenido, y no se me ocurrió otra cosa que decirle que allí eran muy tranquilos, y que habían dejado el cartel desde la última guerra que tuvieron, pero que un poco más abajo, a menos de un kilómetro, estaba la frontera de verdad. Pero yo sabía que descubriría la verdad algún día, al menos la verdad de que no se podía pasar por allí, así que la próxima vez que me preguntó algo similar, le dije que había sobornado al guardia.

Mi carrera literaria.

¿Cómo ocultar al mundo que yo tenía un tigre para mi?Mi vida con mi familia del siglo 21 fue de lo más normalita. Se maravillaba mi gente, eso sí, de cómo podía escribir yo tan deprisa, pero por eso me iba a escribir a mi casa de Cieza, cuando todos ellos vivían en Murcia capital: allí yo ya no tecleaba, sino que había diseñado, aprove­chando algunas nocio­nes sobre la física y tecnología del futuro que había conseguido importar en mi primitivo cerebro de homo sapiens: un relé psicocinético, que convertía mis pensamientos en texto correctamente escrito, con su puntuación, e incluso gráficos. Nada que ver con los OCR que todavía era tecnología punta en esta, mi época.

Así pude terminar varias novelas, un libro de poemas, y mi libro de viajes, con fotos incluidas, aunque es cierto que tuve que volver a determinados lugares con mi vieja máquina fotográfica de 25 megapixels a sacar, entre otras cosas, el anochecer de Madrás y el amanecer de Cagayán, desde un mirador cercano a donde había  dormido en mi hotel, ya que no quería poner ninguna de las maravillosas puestas de sol de esos u otros lugares que aún conservaba en mi imaginación de cuando los había visita­do en el futuro lejano. Lo que sí que no me resistí a añadir fue una foto de Tomás, mi tigre personal, con cara rugiente, pues dije que lo había adaptado como avatar.

Pero así y todo, cinco libros en un mes les parecieron demasiado, hasta teniendo en cuenta que ya tenía yo todo el material y que yo rendía mucho cuando estaba solo, sin nadie que me estorbase ni para traerme la comida. Mi método de trabajo era muy simple: escribir, escribir y escribir, como ya he dicho, sin teclear. Si antes, tecleando, llegaba a los 500 caracteres por minuto, ahora que quien tecleaba era mi mente llegaba a los cinco mil con mucha facilidad. Pero el trabajo duro de verdad era el de edición: no me gustaba tal párrafo, lo cambiaba, pero entonces era el capítulo lo que estaba cojo o no me gustaba, y entonces tenía que ubicarlo en otro sitio, lo cual me llevaba a eliminarlo, resumiendo o ampliando dicho capítulo o los adyacentes, o incluso cambiar la estructura general del  libro... En fin, un lío que forma parte de la vida diaria de un escritor y del que es totalmente ajeno el lector, al que ya llega el trabajo terminado, para bien o para mal.

En una ocasión, habiendo pasado ya cinco años de mi vuelta, a los sesenta y cinco años oficiales de edad, me hizo una reflexión, medio en serio, medio en broma, mi esposa, que me sobresaltó:

NOvela sobre las historias de El Diablo.―Indalecio, parece que hubieras hecho un pacto con el diablo.

―¿Yo? ¿A qué te refieres?

―Te veo más joven, sin canas, más guapo.

―Hombre, gracias. Pero no, no sé de ningún diablo―, aunque en realidad sí que recordaba a dos diablesas del futuro... ―Uno hace lo que puede. A lo mejor se trata de lo que trabajo en mis novelas.

La verdad es que fue una buena esposa. Nuestro matrimonio duró setenta años largos, pues ella llegó casi a centenaria: en 2050 su cuerpo ya no pudo más y se rindió. Yo llevaba años envejeciéndome artificialmente, como hacen los actores en las películas, pero con menor fortuna que ellos, puesto que  pintarme canas era fácil, pero arrugarme la piel ya no estaba tanto en mis posibilidades. Mis  hijos estaban un poco moscas conmigo por no haber heredado ese gen que me alisaba la  piel, y llegó una época en que ellos parecían mis padres, no mis hijos. Pero eso era algo que notaban muy de tarde en tarde, porque cuando se vive en contacto todos los días, los cambios de apariencia son tan lentos que no se notan de un día para otro. Sobre todo cuando esos cambios no se daban en mí.

Naturalmente, yo realizaba incur­siones entre mis dos épocas, y parti­cipaba de los eventos principales de mis dos familias. De vez en cuando daba un salto, teniendo cuidado de no cruzarme, es decir, no volver a antes de haberme ido. Pero eso, que me preocupaba tanto al principio, se convirtió en una costum­bre inconsciente, de modo que al igual que no caía nunca a mitad de camino entre la Tierra y la Luna, ya no caía en­tre dos momentos injustificables. Tam­bién aprovechaba mis nuevas facultades adquiridas en el futuro para moverme y hablar con mucha gente del mundo editorial para intentar colocar alguno de mis libros. Un editor de la República Argentina estuvo de acuerdo en publicar mis Cartas a mi tataranieta, porque le pareció una idea original y de gran sentido del humor. Para que no tuviese dudas, mi tataranieta era Vanessa, y le contaba, eliminando todos los detalles técnicos y silenciando todo lo relativo a sus viajes por el tiempo, mis impre­siones sobre el mundo que le iba a dejar para su disfrute, y advirtiéndole sobre los peligros que iban a acechar a la hu­manidad entre mi época y la suya. El libro estaba escrito en clave de humor, y en él un abuelete de setenta años, al sen­tir próximo el fin de sus días, no se diri­gía a sus hijos o a sus nietos, que sabía que iban a poder ser tan felices como quisieran, sino a una hipotética tata­ranieta, que se suponía que viviría dos siglos después de su muerte, contándole cómo era el mundo que él había cono­cido en sus viajes y charlas con gente de todo el mundo. Fue un éxito en Sudamérica, donde ese tipo de lectura fanta­siosa le gusta a la gente. Se vendieron tan­tos libros, que una editorial española quiso publicarlo en nuestro país, pero aquí la cosa no se vendió tan bien, por­que no tenía morbo, no había escenas de sexo, aunque sí de violencia estructural e individual, pero al ser todo un su­puesto, a la gente no le gustó mucho.

Mia eljŝatata nepo, Ĥuljano, daŭrigis mian tutan vivon. PNi povas legi pri ĝi en ĉi tiu linko.Mis libros de viajes, en cambio, sí que se vendieron mucho. Comprobé cómo se vendería en un futuro, y vi que mi nieto Julián le pudo legar una gran fortuna a sus hijos, cuando murió, con todo lo recaudado por derechos de autor de mis libros, y de los que él mismo escribió, pues salió a su abuelo en sus inclinaciones literarias, hasta que se cumplieron los ochenta años de mi muerte oficial, es decir, de cuando desaparecí como Indalecio García Cre­villente, cuando ya mi esposa y todos mis hijos habían llegado al final de sus días. No me parecía bien empezar a pin­tarme el pelo de blanco, así que asumí diversas identidades de gente que desa­parecía y que no tenía familiares, para seguir viviendo en mi tiempo, que después de 2100 ya no era el siglo 21, sino el 22. Nadie se habría creído que yo ya contaba para entonces con ciento cin­cuenta años de edad, y no me apetecía ir dando explicaciones. Pero practicaba mucho el apretamiento de mi tiempo oficial. Es decir, que cuando me tiraba meses trabajando en mis libros, allí en mi retiro ciezano al que tenía vedado el acceso todo miembro de mi familia, incluyendo a mi esposa, luego volvía  a mi casa de Murcia al día siguiente de haberme ido. Mi método de trabajo incluía no comer más que cuando tenía hambre, o cuando me veía próximo a caerme al suelo por debilidad. Estaba bastante delgado, y eso lo atribuían todos a que trabajaba mucho. En realidad era porque comía poco. Había días en que no comía nada, otros casi no dormía, porque cuando veía clara una idea, no descansaba hasta haberla plasmado en el papel virtual de la pantalla de mi ordenador. Pero una vez constatado mi estado de debilidad, me personaba en un bar cercano y comía como si fuera la primera vez en mi vida que lo hacía, y luego volvía a mi tra­bajo.

Por medio de todas esas trampas, pude batir el récord de libros publicados por un escritor en toda su vida. Al principio quise emular a don Julio Verne, que había escrito 66, si bien eran todos de corte muy similar. Me costó un año igualar ese récord, pero lo cierto es que hice trampa, pues comprimí  el tiempo de la forma en que he dicho antes. Cuando llegué a los diez mil libros escritos, de temas dispares y diversos, salí en el libro Guiness de los récords, y me vi en la necesidad de parar un poco, porque me sentía estar sentando un precedente muy difícil de superar, y no me parecía ético en absoluto. Además, cada libro me salía mejor que los anteriores, y los primeros que había escrito ya no me parecían tan buenos como cuando los publiqué. Así que cuando ya había escrito mi libro décimo milésimo, que era un conjunto de cinco obras de teatro y un poemario fi­nal, decidí reeditar todo lo que había escrito anteriormente. Pulí cada uno de los párrafos de todos mis libros, y publiqué, en lo que sería mi centésimo quinto aniversario, un año después de la muerte de mi primera esposa, toda mi obra completa, con mis propios medios, reservándome por lo tanto el 100% de los beneficios, pues yo mismo me erigí en editorial, al frente de la cual puse a mi nieto Julián, que ya tenía casi sesenta años de edad.

Jubilación.

Para celebrarlo, di una gran fiesta fa­miliar, a la que asistieron mis octo­genarios hijos, sus cincuento-sesentones hijos, treintañeros nietos, bisnietos y algún que otro tataranieto. Al final de la fiesta, en la que hubo comida y baile, manifesté mi deseo de jubilarme de la literatura, y que les dejaba mi herencia literaria para que la disfrutaran ellos y las generaciones venideras. En lo suce­sivo, les dije, no iba a verles más porque me iba a un asilo de ancianos para disfrutar con tranquilidad de los pocos años que Dios tenga a bien concederme todavía. Si necesitáis algo de este pobre anciano, podéis hacér­melo llegar a través de Julián, que será el único sabedor de mi paradero. La verdad es que era yo el que iba a moni­torizar a mi nieto favorito, más que al revés.

Mi asilo en realidad era otra persona­lidad supuesta, de otro sesentón que acababa de morir solo y miserable, en una esquina de Nueva York, atracado por unos gamberros. Me deshice del cadáver, apañé la documentación, y me fui al otro extremo de aquel gran país, Estados Unidos,  donde me dediqué a lo que mejor había hecho durante toda mi vida, escribir. Sólo que en inglés. Stephen London acababa de nacer. Tres mil libros más tarde me asaltaron dudas de tipo ético, y decidí matarle para no crear a ningún otro literato. Creé, sin embargo, a una musa, pero eso os lo contaré otro día.

 


Regreso al futuro.

En todo este tiempo también asistí al crecimiento y educación de mi hijo Anselmo Selenio. Le llamábamos An­selmo, pero de vez en cuando le recor­daba yo también su condición de Sele­nio, única en el mundo en toda la histo­ria de la humanidad. Para conseguírsela tuvo que tener un padre con el ingenio del siglo 21 y los adelantos técnicos del 100.021.

Mi hijo creció con normalidad, como he dicho antes, hasta los siete años. En esa edad empezó a dar saltitos en el espacio. Ya estaba preparado, y tenía un especialista pendiente de él. Agapito era un teleportista novato, y uno de sus pri­meros cometidos era precisamente la su­pervisión del aprendizaje de ese arte por parte de Anselmo. Yo podía cuidar de él, al igual que su madre, e ir a buscarlo si se metía en líos, pero ninguno de los dos comprendía de verdad todos los vericuetos científicos del arte de la tele­portación. Y eso es lo que Agapito tenía que explicar a Anselmo, por vía de ejemplos y juegos. Yo asistí a muchas de esas clases y la verdad es que aprendí los rudimentos.

Pero la educación de mi hijo, en la que yo había participado tanto, pues en realidad estaba pendiente de él desde que se levantaba hasta que se acostaba, se volvía más compleja casi por días. Cuando cumplió los diez años ya tuvo que irse de nuestra casa, a un campa­mento en el que estuvo varios años aprendiendo cosas, si bien lo podíamos visitar todas las semanas. Pero quedaba en nuestra casa su hermanita, que había nacido cuando Anselmo tenía cinco años. Le pusimos Rosa de nombre, pues es un nombre muy bonito y muy espa­ñol. Era la única Rosa en aquel mundo, así que no importó mucho que ella no fuera selenia. De hecho no la encar­gamos en la Luna, sino en el jardín de nuestra casa.

Rosa a la fuga.

Rosa la huidiza.Al igual que la de su hermano, su educa­ción no se nos fue de las manos hasta que no cumplió los diez años. Pero ella fue bastante más precoz que él en algunos aspectos, como el lenguaje telepático. De hecho aprendió a hablar con la mente antes que con la voz. ¿Para qué tengo que aprender a hablar?, decía, ¿si me entendéis sin hacerlo, con lo cansado que es?, nos preguntaba a su madre y a mí. Pero no queríamos que se supiera, por un sentido quizá atávico del pudor. E insistimos en que aprendiera a hablar. De hecho yo le enseñé a pronunciar todos los fonemas del idioma del futuro y del español, insistiéndole hasta que me convenció de que los dominaba. Pero era un poco más traviesa que su hermano, sobre todo desde que aprendió a controlar la tele­portación, porque me seguía a todas partes, cuando estaba en aquel mundo. Y, como es lógico, un día me planteó, cuando ya tenía siete años, que tenía mucha angustia, que sentía que se había quedado sin padre cada vez que no me podía localizar en niguna parte del mundo. Incluso saltó a La Luna en mi búsqueda, lo que le pudo haber costado un disgusto, puesto que todavía no estaba preparada para hacer esas cosas.

Le tuve que explicar que yo no era de su siglo, que yo tenía otra vida en el siglo 21, y que no tenía sólo un herma­no, sino cinco. Y tanto me insistió, que al final, sin que lo supiera nadie, sin que todavía ella supiera nada de la nave­gación temporal,  me la llevé a la inauguración de Disneylandia, en Anaheim, cerca de Los Ángeles, Cali­fornia, el 18 de julio de 1955. Después de los discursos de rigor, cuando ya se había abierto el parque al público, Rosita y yo nos las ingeniamos para encon­trarnos al famoso creador de Mickey y el Pato Dónald, el mismísimo Walt Disney. Le saludé efusivamente y le  presenté a mi benja­mi­na como una de sus más fervientes admiradoras. El genio de la fantasía infantil respondió a las preguntas de Rosita, a la que inme­diatamente unió una corriente de sim­patía y entendimiento. La invitó a visi­tarle en sus estudios, y a tal fin le dio una pequeña nota de su puño y letra para que la hicieran llegar a donde él se encontrase cuando viniese a verle.

Caí en la cuenta de que mi hija era tan sociable como su padre, pero tan encantadora como su madre, y eso podía ser una combinación explosiva. La prueba estaba en Walt Disney, que se había quedado con la boca abierta cuando la había conocido. Le había encantado la excursión al siglo 20, y me empezó a dar la lata para que que la trajera más veces, y ante la disyuntiva de que me chantajeara emocionalmente, o que se viera impelida a buscar el viaje por el tiempo por su cuenta, y por lo tanto se me escapara más allá de mis posibilidades de encontrarla, decidí consultar a mi mentora, a la mayor experta del mundo, en aquel momento, en los viajes temporales: Vanessa.

Vanessa se hace cargo.

VAnessa se hace cargo, y se crea un enlace tierno.Una vez que le informé de cuál era el problema, se hizo cargo. Empezó a visitarnos con más asiduidad, y se llevó a la niña de excursión en muchas ocasiones, por lo alto y lo ancho del mundo. Y una vez analizado el problema, se entrevistó con su madre y conmigo, y nos lo explicó: la niña no utilizaba su hexón porque no quería. No obstante, ya estaba reali­zando viajes por el tiempo, aunque controlados y super­visados por ella, Vanessa, que hasta entonces había ido con ella siempre. La niña podía ir por la luz y por la sombra, a voluntad, pero sin utilizar su hexón, y sobre todo sin perder ni un gramo de masa. O sea, que la solución a mi problema era mi hija.

―No he conseguido que utilice su hexón―, se lamentó, ―pero no ha tenido problemas para desplazarse por el tiempo conmigo. ¿Los tuvo contigo?―, me preguntó mirándome.

―No, la verdad es que estaba muy contenta, aunque al principio le pasó lo que a mí: no era consciente de que el traslado era temporal, en lugar de espacial.

―¿Y qué pasó cuando lo supo?

―Nada. Al revés: se puso muy conten­ta. Tenías que haber visto su cara cuando conoció a Walt Disney.

―La vi. Vosotros no me visteis a mí, pero allí estaba.

―No, eres la espía perfecta―, dije yo.

―Un padre y su hija disfrutando del na­cimiento de un parque temático para niños. Del primero de la historia. ¿Cómo ibais a verme entre la multi­tud allí congregada?

―Sí, claro. Y tú, supongo, nos viste perfectamente.

―Claro. Estaba en la primera fila. Una rubia bajita con gafas de sol y pañue­lo en la cabeza.

―Bueno, el problema es qué hacemos con Rosa.

―Sí―, dijo Myrna, que había estado callada hasta entonces, ―me preo­cupa mucho mi hija.

―Bueno, el problema no es tan grave como parece.

―¿Cómo?―, dijimos a la vez los dos.

―Pues sí, mirad: la niña se inició en los viajes temporales de la mano de su padre, y lo hizo sin utilizar el hexón. Pero lo tenía. O sea, que no sufrió lo que sufrió Tennerian: ni dolor, ni tirón hacia arriba, ni ninguna otra clase de trauma. De hecho lo encontró de lo más natural del mundo. Ella pensaba, lógicamente, que se trataba de un desplazamiento temporal típico.

―Eso es.

―Bueno, pues ya sabemos que el hexón y el viaje por la sombra no son incompatibles. Un hexón sin trabajar no sufre. Cuando lo trabajemos, podrá seguir viajando por la línea del tiempo apoyándose en la gravedad terrestre, o bien dando un salto espacial simultáneo, que es lo que haces tú, Indalecio.

―Sí―, dije yo, asintiendo a la vez que Myrna.

―Por todo ello no debes preocuparte.

―¿Y si ella se va a algún sitio que no conozca?

―No, eso es imposible. Para ir a un sitio nuevo hay que hacer cálculos matemáticos previos, y graduar el hexón. Por eso tú no podías ir a donde no habías estado.

―No te olvides de Ramsés II.

―No. Pero allí ya habías estado, al menos de corazón. Te la habías imaginado y ansiaste muy fervien­te­mente estar allí. Sin embargo no pudiste volver.

―Por instinto de conservación.

―Tu hija lo tiene, y muy acentuado.

―¿Cómo lo sabes?

―Me la llevé a ver a tu Tomás, y cuando este le gruñó suavemente, le dio miedo y volvió de un tirón a tu casa. La encontré por intuición.

―Eso me lleva a otra pregunta: ¿qué pasa si se va a un sitio o época en que tú no la puedas localizar?

―Eso no creo que pase, Indalecio―, me dijo con su voz más suave: ―el enlace afectivo entre tu hija y yo se ha acentuado, y ella confía plena­mente en mí. No se separaría de mí. Puedes preguntárselo.

―¿Qué le has prometido?

―Nada. Sabe que conmigo irá a mu­chos sitios interesantes. Y que sin mí se perdería. Por eso el enlace en­tre nosotras es fuerte.

―...

―Pero no te preocupes, Indalecio. Creo que ya sé lo que pasa―, añadió Vanessa. ―Lo llamamos sintonización.

―¿Y eso qué es?

―Es otra de las teorías de Elke, la de la famosa paradoja: los hexones pueden sintonizarse entre sí, de modo que uno puede saber dónde está otro siempre, a pesar de los saltos en el espacio y en el tiempo.

―¿Cómo puede ser eso?

―Aún no sé cómo funciona pero sí sus efectos. He jugado al escondite con Rosa dando saltos en el tiempo y en el  espacio. Hasta ahora siempre me ha encontrado, en sitios tan dispares como la antigua Fenicia, el siglo 25 de los tuyos, en el Segundo Eclipse, y en la Prehistoria. En lugares como El Valle de la Muerte y en la Falla Mongólica, donde nunca había estado. Haber viajado mucho en el espacio y en el tiempo con Rosa en exclusiva nos ha sintonizado de forma automática. Aún estoy estudiando el tema para describirlo en beneficio de los viajeros espacio-temporales del futuro.

Suspiro.

Mi hogar, el globo terráqueo.Aquí pongo fin a la primera parte de mi historia. He de coger fuerzas y sobre todo aire para relajarme y descansar del esfuerzo de recordar aquella vieja vida que tuve, mi primera etapa, en la que siendo un hombre normal, tirando a mediocre, se me ofreció la oportunidad de evolucionar más rápida y profundamente que a cualquier otro ser humano desde Adán.

Habiendo conseguido por fin llegar a mi ansiada jubila­ción en un razonablemente buen estado de salud, sobre todo mental, me había echado a la carretera para devorar kilómetros hasta que, peinando toda una circunferencia terrestre, volviese al punto de partida sin dar la vuelta ni una sola vez. Pero a mitad de camino me encontré con la muchacha más maravillosa que existiera: una verdadera hada madrina que me abrió su corazón y su mundo. Una bruja que me encantó con sus hechizos y me llevó a su bosque particular, que me presentó en el Monte Cecropio a la otra bruja, a la rubia, que me robaría el corazón y me sacaría dos hijos del alma, Anselmo y Rosa.

Pero queda lo mejor, lector o lectora que me sigues. Queda la verdadera revolución espiritual y psicológica que sufrí como consecuencia de mi adaptación curricular al mundo del mañana, a ese mundo que tendrás que esperar diez millones de años para conocer..., o venirte conmigo en un salto temporal.

¿Te has preparado ya psicológica y espiritualmente para ese gran salto al futuro? Pues ven, dame tu mano, o préstame tu codo, y sin miedo, cierra los ojos, y demos un salto a la página siguiente, que ya comenzamos a mo­ver­nos.



Fin de la Primera Parte.
Aeropuerto de Barajas,
a 18 de febrero de 2011.
 


Segunda parte: Desarrollo

Rosa de mi jardín.

Desde el año tres mil las cosas ocurren de forma extraña para los hombres del año dos mil. He ido cambiando poco  a poco, es cierto, y las metas que me tracé hace ya más de mil años se me antojan superficiales y carentes de fundamento. Mis amigos han venido y se han ido, y ya no queda nadie de los que conocí. Toda época tiene sus dogmas y sus tradiciones, y si bien en mi más temprana juventud yo decía que pasaba de arquetipos y atavismos, en el fondo no era así. Porque hay cosas que se maman de pequeño y que jamás nos dejan. Una de esas cosas era el apego a la vida. Cuando yo era joven estaba dispuesto a morir por mil causas, por hacer un mundo más justo, por un amor, por mi patria, oponerme al estado que nos devoraba, por defenderlo de los nacionalistas, y por miles de otras cosas que ahora se me antojan superficiales y quebradizas.

Cuando accedí al mundo de Vanessa, a la plena longevidad, a una sociedad mucho más avanzada, a sus atavismos, convencionalismos, tradiciones y dogmas, estuve durante cientos de años fascinado por todo lo nuevo, por todo lo que aquella gente, incluyendo mis hijos, me enseñaban nuevo cada día. Cada minuto que pasaba en su compañía era como una fiesta para mí. Hasta que toqué fondo. Cuando yo contaba alrededor de cuatrocientos años de edad, Myrna, la luz de mis ojos, el amor de mi vida, decidió dejarme. Su carácter, siempre tan equilibrado y cariñoso, se empezó a agriar. Decía que estaba cansada de siempre ver lo mismo. De no encontrar nada nuevo sobre el pasado que tanto le había fascinado en otros tiempos, de que todo lo nuevo le fastidiaba, pero lo viejo ya no le agradaba tanto. Yo la consolaba, le decía palabras de amor, le reconvenía cariñosamente de la poca importancia que le daba a las cosas... Me la llevé al Egipto faraónico para animarla, pero eso fue peor. Cometía anacronías deliberadamente, que luego tenía que corregir yo con dificultad, hasta que dejamos de realizar esas excursiones temporales. Las hicimos espaciales, y recorrimos miles de planetas terriformes, pero tampoco le decían nada. Porque su corazón tenía una grave enfermedad de la que ninguno de mis futuritas estaba a salvo: el hastío. Lo habían tenido todo durante quinientos años, y al llegar a esa edad les pesaba el ser. Y querían no ser nada. Volver a la nada. A la paz. Al cese definitivo de hostilidades consigo mismos. Y eso era algo que yo no podía entender. Había tenido cuatrocientos años para aprenderlo. Pero se ve que soy lento. A mis cuatrocientos años de edad yo seguía pensando que cada vez que el sol se levantaba por el Este era como un regalo que nos encontrábamos, algo que deberíamos de agradecer a alguien, si no a un dios que quizá no existiese, al menos a nosotros mismos, y si no agradecer, por lo menos felicitarnos por eso.

Por ello no entendía que esta gente, que había nacido con tanto hecho y con tanto por lo que dar las gracias, eligiese un buen día cortar con todo ello y huir del único sitio del que no lo habían hecho nunca: de sí mismos. Y así, un buen día me dijo mi bienamada Myrna, mi segunda esposa:

―Cariño, me voy.

―No te vayas, amor. ¿Qué haré sin ti?

―Lo que quieras, Indalecio: lo que te dé la gana.

―¿Y no sientes dejar a tus hijos?

―Mis hijos me dejaron hace tiempo, precioso.

―No te han dejado. Están contigo. Estarán contigo mientras ellos vivan. Esa ha sido mi lección.

―Aquí estamos, madre―, dijo Rosa de pronto, apareciendo junto a mi lado.

―Y yo, madre―, dijo Anselmo, tomándole la mano.

―Hijos, explicadle a vuestro padre que necesito irme.

Ellos asintieron, mirándome.

―Esposo, no es falta de cariño. Es que he de irme. Tú también te irás algún día.

―Lo dudo, Myrna. Pero descansa en paz, si es esa tu voluntad. Durante todos los siglos que me quedan de vida te echaré de menos, y reviviré los buenos momentos que he pasado contigo. Vivirás eternamente en mi corazón.

Ella me miró con su cara bondadosa, y recibiendo mi último beso, expiró mediante la parada cardiaca voluntaria. Fue una muerte dulce: estaba, y de repente ya no estaba. Yo pensaba que los muertos por parada cardiaca morían con un rictus de dolor, pero al haber decidido ella misma la parada, no había habido obstrucción del corazón, sino que, simplemente, había dejado de funcionar, como si se le hubiera acabado la cuerda. Su cara apacible nunca la olvidaré. Mis hijos nunca entendieron mi dolor, mis lágrimas, mi pregunta adecuada, ¿Por qué me has tenido que dejar, Myrna, por qué?

―Ya vale, papá―, me dijo Rosa. ―Respeta su voluntad por favor.

―Con lo que yo la quería. Y ahora, ¿qué vamos a hacer? No dejó últimas voluntades, no dijo qué hacer con sus restos.

En realidad no había últimas voluntades en aquella sociedad. Cuando uno se mataba, se quedaba donde estaba, y pasaba al medio ecológico poco a poco, o por vía aérea, o por un animal que se comiese el cadáver reciente. Pero yo era de otra pasta, era de otra civilización, en la que aún había culto a los muertos.

―Papá, no hay que hacer nada. Vámonos.

―No, idos vosotros, hijos. Yo aún tengo que hacer algo por vuestra madre. Pero despedíos antes, como buenos hijos que sois.

Mis hijos besaron por turno a su madre, y le dijeron unas palabras, pues suponíamos que todavía oía.

―Adiós madre―, dijo Rosa. ―Siempre te quise. Serás un referente para mí en toda mi vida.

―Madre querida―, dijo mi Anselmo, ―siempre te llevaré en el corazón. Te quiero y te respeto.

Tras eso, se alejaron unos metros, pues aún no querían despedirse de mí, y supongo que estaban intrigados por lo que yo iba a hacer. Nunca habían visto ceremonias fúnebres, pues en aquella sociedad no se hacían, aunque sí que las habían visto en épocas pasadas. Pero era algo nuevo en aquel mundo.

Habíamos tenido una vida plena en aquella tierra fascinante, Grecia, la base del Partenón. Allí, en la verde campiña griega hice una pira con madera seca, y situé con cariño su cuerpo sobre ella. Me subí yo mismo a la pira, e incluso consideré la costumbre india de arder con mi cónyuge. Pero algo en mí se rebeló a ese impulso y casi me caí de la pira. Me agarré a ella, y le di el último beso:

Adiós, amor,
te vas y me dejas solo
con mi dolor.

Como salida de ningún sitio, los tres oímos la suave voz de Myrna cantando:Lamento de Myrna.

Es el viento
un lamento
que yo siento
cuando ya no estás.
Y yo siento
ese momento
de aislamiento
dentro de mí, dentro. Adiós, mis tres tesoros.

Bajé de la pira, y con un gesto que me encogía el corazón prendí fuego. La pira ardió inmediatamente, y al cabo de unos minutos el magnífico cuerpo de la que había sido la mujer que yo más había querido en toda mi vida se vio reducido a cenizas. Con cariño las recogí y las metí en una cajita de mármol, que enterré frente a un olivo, al pie del monte Cecropio, la Acrópolis de la antigua Atenas. Hice su tumba con cuatro láminas de mármol que apoyé en una quinta, que hizo de fondo. Tapé el conjunto con una sexta lápida en que hice constar en caracteres latinos:

Requiescat in pace
Myrna García
10.000.002.120-10.000.002.640
Tu desconsolado esposo
Indalecio y tus hijos
Anselmo y Rosa
no te olvidan


―Aquí podréis venir cuando queráis estar con vuestra madre―, dije a mis hijos, que sentía a mis espaldas.

―Sí, padre―, oí el pensamiento de Rosa y de Anselmo.

Me volví hacia ellos y los abracé, llorando durante un buen rato. Ellos estaban consternados, pero aún más asombrados. Lo que estaban viendo no era lo que ellos conocían. Se les había dicho desde siempre que la muerte era una transición a algo que no se sabía muy bien qué era, aunque no todos lo creían, pero que asumían. Y sin embargo su padre no lo acataba. No lo iba a aceptar nunca.

Pasamos el resto del día juntos, recordando viejos tiempos, siglos atrás, cuando Rosa era niña y empezaba sus viajes por el espacio y el tiempo de forma precoz. De los sustos que nos hizo tomarnos a su madre y a mí, y a su tutora, Vanessa, que seguía siendo su tutora trescientos años después.

―Tampoco era para tanto, padre―, decía Rosa, ―porque yo al principio era tu sombra. Tenía demasiado miedo para ir sola a ningún sitio. Y luego me convertí en la sombra de Vanessa.

―Eso fue cuando ya te perdimos la pista por completo, hija. Estuviste mucho tiempo sin venir a vernos.

―Sí. Es que siempre estaba en sitios nuevos con Vanessa. Sitios muy chulos. Y aprendí mucho en aquella época.

―¿A qué edad domaste a tu primera mascota?

―A los ocho años, padre. Fue un orangután. Antón, le puse de nombre.

―Supongo que habrá muerto.

―Sí, padre, hace tiempo. Luego he domado a otros.

―Y tú, Anselmo, ¿en qué te has especializado?

―Yo soy ingeniero, padre. Ingeniero celeste.

―Te gustan los planetas.

―Sí, padre. Los planetas, las estrellas, los cuásares. Es un área muy interesante.

―En mi época eso se llamaba astronomía.

―Sí, pero la astronomía es pasiva, se limita a estudiar lo que existe. De hecho en mi profesión la astronomía es muy importante. Pero la ingeniería celeste consiste en modificar lo que existe, crear sistemas solares, terrificar planetas, hacer todo tipo de experimentos que aseguren la continuación de la humanidad en un futuro posible en que nuestro planeta muera.

―Eso ha sido una constante en nuestra historia. En mi época, en el siglo 21, había ya mucha literatura expre­sando esa preocupación.

―Pues ya no hay de qué preocuparse, padre: hay miles de planetas con condiciones similares a las de este, al cual se podría trasladar quien quiera, de hecho ya hay algunos colonizados por algunas decenas de los más noveleros de entre los nuestros, de modo que el virus humano no se extinga con este planeta―, dijo Anselmo sonriendo.

―El virus―, dije yo tristemente. Ese día era todo triste para mí. ―Y dime, Anselmo: ¿tú crees de verdad que somos un virus que le ha salido a este planeta y que está infectando otros? ¿Deberían los planetas vírgenes tomar medidas contra nosotros?

―Padre, era una metáfora. El impacto del hombre sobre el planeta es mínimo. Un solo piojo le hace mucho más daño a cualquier animal que el que el hombre ha hecho a su planeta en toda su historia. De vez en cuando, aún en la época de mayor población humana, el planeta se encogía de hombros y mataba a mucha gente en un solo terremoto. Y los terremotos no eran causados por el impacto del hombre sobre la Tierra. Ni los volcanes. De hecho cuando por fin tuvimos la tecnología para influir de verdad a escala planetaria, dejamos de hacerlo porque ya éramos demasiado pocos y no merecía la pena.

Sonreí ante la sapiencia de mi primogénito.

―Gracias por la lección de historia, señor ingeniero celeste. Y tú, Rosa―, dije volviéndome a mi benjamina, ―¿en qué andas metida ahora?

―En nada en particular. Hago encargos de especialistas de diversas disciplinas, sobre todo historiadores.

―¿Vas sola?

―Es como mejor se trabaja, padre. Deberías saberlo.

―Sí, claro.

Entonces recordé algo:

―¿Has estado en Egipto?

―Sí, claro. Hace un par de años.

―¿Te disfrazaste de aguadora?

Ahora puso cara de haber sido pillada en falta.

―Creía que no te ibas a dar cuenta nunca, padre.

―Si algo tengo es memoria, hija. Vaya, entonces no te conocía, no habías nacido todavía. Y ya me contaste una patraña sobre tu supuesta esclavización y el trabajo que hacías en aquella construcción.

―Bueno, sí. La verdad es que fue una travesura ideada a medias con Vanessa.

Vanessa, la buena de Vanessa, mi ángel de la guarda desde hacía cuatrocientos años. Es increíble lo que se puede hacer con el tiempo. Te puedes encontrar con tu hija adulta cuando todavía no ha nacido en el curso de tu propia vida. Le enseñé a viajar por el tiempo, y sin embargo la primera vez que la vi, ella dominaba ese arte, y yo no tenía ni idea de cómo funcionaba, a pesar de haber dado un salto por casualidad...

―Vanessa, mi tutora y la tuya. ¡Qué gran persona! Tan sencilla y a la vez tan profunda.

―La quieres mucho, ¿verdad?

―Sí, claro. Y ella nos quiere mucho también.

Aquella tarde comimos juntos,  y reflexionamos sobre la vida con su madre y sin ella desde que se independizaron de nosotros, a la temprana edad de cien años. Habían sido 290 años en que nos habíamos visto sólo de visita, pero sabiendo siempre dónde estábamos y que era muy sencillo vernos si queríamos. Lo malo es que cada uno de nosotros estaba siempre muy ocupado con sus proyectos personales. La humanidad había progresado mucho, sí, y progresaba mucho más cada día. Pero había un aspecto en el que seguíamos igual que hacía miles de años: no sabíamos que hacer con nosotros. Cuando el ser humano llegaba a una consciencia plena de sí mismo, no le gustaba y quería dejar de ser consciente, quería difuminarse en el cosmos a través de la muerte. Bueno, casi todos. De hecho yo no había tenido nunca ni siquiera ese pensamiento.

Más duro fue despedirme de la propia Vanessa, tres siglos después.

 


El adiós de Vanessa.

Aqauella bala buscaba su destino...

―¿Recuerdas, Indalecio? Aquí nos vimos por primera vez.

Estábamos otra vez en La India, en Madrás, en el año 2012. Ocupábamos la misma mesa que entonces, y ella estaba igual de radiante. Me miraba con una sonrisa triste, y me contaba una anécdota a la que ninguno de los dos prestaba demasiada atención, pues ambos sabíamos por qué estábamos allí.

―¿Recuerdas, Indalecio? Aquí nos vimos por primera vez.

Estábamos otra vez en La India, en Madrás, en el año 2012. Ocupábamos la misma mesa que entonces, y ella estaba igual de radiante. Me miraba con una sonrisa triste, y me contaba una anécdota a la que ninguno de los dos prestaba demasiada atención, pues ambos sabíamos por qué estábamos allí. Según el cómputo de la Era Cristiana, era el día siguiente al que nos habíamos conocido, pero en el curso de nuestras vidas habían pasado seiscientos años. Doscientos años desde que me había quedado viudo por segunda vez. Y ella había querido hacerme partícipe de su adiós. Me había hecho prometerle que yo no intervendría, que ella lo había dispuesto todo. Tendría una muerte romántica. Moriría por defender los derechos de la mujer en un país víctima de una cultura atrasada y patriarcal. Pero me había hecho una petición un tanto extraña: quería que la incinerara, sí, como había hecho con Myrna, pero no en una pira, sino que una vez que hubiese muerto, quería  que la proyectara sobre el Sol. Así se volatizaría en un micro­se­gun­do, irradiando luz sobre nuestro planeta, durante un nanosegundo, integrándose así en nuestro ecosistema solar...

Las razones de Vanessa.

Sabíamos exactamente el momento en que los fanáticos religiosos, amigos del detenido por ella en nuestro remoto pasado, la habrían localizado por fin. Pero aún faltaba tiempo. Y sosteníamos una conversación aparentemente desenfadada:

―¿Estás segura de que es lo que quieres, Vanessa?

―Claro, Indalecio. No entiendo que me preguntes eso. ¿Tú no sientes lo mismo que yo?

―No, Vanessa. Siento que me vas a dejar. Primero fue Myrna, ahora tú. A veces no duermo, pensando que mis hijos me dejarán también, si no lo han hecho ya.

―Yo te he dado doscientos años más, Indalecio. Los he pasado casi exclusivamente contigo.

―Y no creas que no te lo agradezco, Vanessa. Por eso voy a sentir más que nadie tu partida. Por cierto..., el día que me llevaste a tu casa me dijiste que me dirías cuál era tu proyecto. No te mueras sin decírmelo.

―Mi proyecto eras tú. Descubrimos que alguien había utilizado nuestro lenguaje en el Antiguo Egipto y eso era algo tan atípico, que violaba tantas de nuestras leyes, que  había que investigarlo a fondo. Y me enviaron a mí. Había otros cronistas más expertos que yo, con más poderes, pero tenía que ser una mujer por las características de aquella época. Luego me exigieron un informe exhaustivo sobe el problema y cómo evitarlo. Por eso tuvo que intervenir mi tutor. Lo de que escribieras mi vida―, aquí sonrió como quien cuenta algo que estuvo mal, ―no fue más que un truco para acercarme a ti. Estuvimos desde el principio tan cerca que te cogí mucho cariño. Te quiero, Indalecio, te he querido más que a nadie, pero ni un cariño como el tuyo me compensa del enorme peso que siento por dentro. Bueno, por dentro y por fuera.

―Mi dulce ángel guardián. Qué no daría yo por compartir contigo el instinto de conservación que tengo, la impronta a evitar la muerte, el deseo de seguir descubriendo cosas, o ayudando a los demás a descubrirlas.

―Eres el ser humano más antiguo que queda, Indalecio...―, y aquí pareció que se interrumpía en algo que iba a decir, algo de más importancia, pero me di cuenta de que se interrumpía― O lo serás cuando yo muera, dentro de unos minutos. Pero no te pongas triste. Estoy segura de que algún día lo comprenderás, y te refugiarás en la nada, como yo. Sé que lo comprenderás, y aún en el caso de que no lo compartas, aprenderás a respetar este tipo de decisiones: tu mujer, yo, muchos de nuestros amigos se han ido, luego tus hijos, el resto de tus amigos se te irá yendo, Indalecio. Hasta que llegue el día en que tú te veas solo en la vida, sin nadie para quien representes algo, y te quieras venir con nosotros, al país de los muertos. Allí te estaremos esperando. Hasta entonces me despido de ti, cariño.

Exequias.

Era la primera vez en los seiscientos años en que la conocía que me había dicho esa palabra, cariño, y me había dicho que me quería. Era el amor sacro personificado. Desde mis primeros momentos en la tierra futurita no le había dado un beso. Nos habíamos besado, si acaso, con la mirada, en muchas ocasiones. No nos habíamos dicho que nos queríamos, pero ambos lo sabíamos. Nos habíamos querido tanto que hasta el único  beso que le di, cuando me llevó a su casa, me supo a mal, porque no era nada, y fue como saltar una barrera prohibida, a un terreno donde estaban las demás mujeres. Y ella no era como las demás mujeres. Ni como los demás seres humanos. Nos habíamos hecho jugarretas el uno al otro durante siglos. Pero siempre había complicidad y deportividad en ello. Y nos habíamos reído los dos. La primera vez que yo la vi, ella lo sabía todo de mí. La primera vez que ella me vio, yo sabía todo de ella, pues para ella yo era sólo una misión, el rescate de un desconocido desventurado. Para mí había sido como un hada madrina que hacía magia. Y ahora se acababa de despedir de mí. Vi cómo la bala describía una trayectoria desde detrás de mí, pasaba casi rozándome un hombro, e impactaba en su corazón directamente. Ella me sonrió, y esbozó apenas un beso con los labios, se desplomó hacia atrás, y rebotando contra el respaldo, cayó hacia adelante, recogiendo yo su cuerpo ya sin vida. Hubo gritos, histeria, y silbatos de policía. Localizaron al asesino, pero consiguió huir. Yo me quedé con mi amiga, o con lo que quedaba de ella, y me aseguré que se cumpliera el rito tan extraño que me había pedido. Me llevé su cuerpo al monte Cecropio, y desde allí, la levanté en vilo con la fuerza de mi pensamiento, y rígida como estaba, con los brazos cruzados sobre su pecho, desnuda como vino al mundo, con el pelo cubriéndole el cuerpo en espiral hasta la cintura, con una rosa roja de sangre por la que se le había escapado la vida, y la lancé hacia nuestro astro rey. Dentro de una piedra azul su cuerpo, y yo dentro de otro, nos proyecté hasta las cercanías del Sol. Allí yo quedé en un punto determinado, sin acercame ni alejarme de la estrella, pero la esfera azul con su preciosa carga entró en una órbita cuyo radio se acortaría progresivamente, de modo que al cabo de dos o tres meses caería hacia el centro del astro. No sentía yo el calor, y todo era muy blanco, no se podía ver nada. Pero dentro de esa blancura  veía yo a una Vanessa azulada de la que apenas se adivinaban los contornos, dando vueltas en medio de todo aquel infierno nuclear. Hasta que volví a mi planeta. La piedra azul tenía un límite en el tiempo, yo lo sabía. Quizá fueran minutos, quizá fueran años. Pero perdería sus propiedades y entonces la barrera esférica de protección desaparecería y el cuerpo de mi amada Vanessa desaparecería para siempre, en un destello nanosegúndico que nos iluminaría a todos los que la habíamos querido... Mi alma estaba herida, y lloraba sin lágrimas. Intensamente. Dolorosamente.

 Desde que la bala le había impactado hasta su órbita alrededor del Sol habían pasado apenas dos minutos. Medio minuto después yo estaba ya en mi casa, y Vanessa era sólo un fantasma, un fantasma sagrado en mi memoria. No se puede estar más triste de lo que yo estaba en aquel momento.

Entrevista con el asesino.

Volví a la India, y busqué al asesino de mi querida mentora. Comprendía yo ya muchas cosas que me llevaban más allá de la venganza. Le quería explicar algunas.

El joven Salman me miró con cara hosca.

―Tú eres el que estaba con la joven robacuerpos.

―Sí. ¿Me vas a matar a mí también?

―¿Cómo sabes que fui yo? Estabas de espaldas.

―A lo mejor no fuiste tú. Pero no te voy a denunciar. Sólo quiero que comprendas que no mataste a una inocente. Ella sabía que ibas a dispararle. Ella era la mejor persona que has visto en tu vida.

―¿Y por qué estaba allí, si sabía que la buscaba?

―Una mujer―, le dije sin hacerle caso, ―es un ser maravilloso. Y ella era una maravilla entre todas las mujeres que he conocido. Una mujer es la puerta de entrada al mundo de hasta gente tan ruin como tú, o como yo.

―¿Tú también has matado a gente?

―Sí. Cuando me ha hecho falta. Con gestos como este―, dije retorciéndole una muñeca y extrayéndole de un bolsillo interior su navaja y su pistola, y luego tiré ambas al mar. ―Y ahora, teniendo a mi víctima como te tengo a ti, con un golpe de conejo como el que te podría dar ahora mismo, me he desembarazado para siempre del individuo que me estorbaba. Pero no te voy a matar a ti― , le dije soltándolo.

Mientras se masajeaba el cuello y la muñeca que le había oprimido, continué mi perorata: ―Lo que pretendo, Salman, es darte un mensaje de Vanessa, tu víctima: no te sientas culpable, porque eres tú la primera víctima de tu propia estupidez y de tu fe. Tu fe no te va a llevar a ningún sitio, como no sea la cárcel. Espabila, hombre, evoluciona, madura, y sé hombre de una vez. Tu país necesita de gente de provecho, de gente que haga progresar a sus conciudadanos y aprender a vivir.

Y le dije muchas cosas más. Le hablé claro y con el corazón en la mano, como le había hablado a aquel joven birmano, Thet, años atrás. Y le convencí. Ignoro lo que habrá hecho con su vida, pero estoy convencido de que  cambió aquella noche, y ha hecho algo de provecho. Lo leí en su mirada. Le desaconsejé su primer impulso, cuando se echó mano al bolsillo interior. No está, le dije. Por eso te quité la pistola, hombre. No quiero que te mates. No pagas con tu vida ni con las de todos los de tu pueblo la vida que acabas de quitar. Pero puedes compensar a la humanidad ayudando a tus correligionarios, a tus conciudadanos, si los ilustras, si los convences de que están en un error. Y si te matan en el proceso, no pasa nada, hombre. Al fin y al cabo algún día morirás, como moriremos todos. Pero más vale que sea por una causa noble que por una causa pervertida como la que te ha llevado a asesinar a la mejor persona que has visto en tu vida. Ella te estaba esperando, y se ha despedido de ti con una sonrisa en los labios.

 


Cuarenta días y cuarenta noches.

Razones para quedarme.

Me sentía viejo. Enormemente viejo.  Y la verdad es que no tenía más que seiscientos años. Diez veces más que cuando conocí a Vanessa. ¿Eran muchos años? Había tenido muchas vivencias, sí. Mi familia del siglo 21 se había apagado como una breve brasa en comparación a mi otra familia, la del año diez millones y pico, que me había durado más. Diez veces más. Pero ya no estaba tampoco. Ellos decían que no soportaban la gravedad del ser. Yo había aprendido a soportarlo, obligado por mi instinto de super­vivencia, algo que la humanidad se había dejado por el camino hacia el progreso de diez millones de años. Sí, yo era un ser atávico. Tenía prejuicios. Uno de ellos, quizá el más fuerte, es el de que la vida siempre es preferible a su alternativa. El de que más vale pájaro en mano que ciento volando. El de que más vale malo conocido que bueno por conocer. El de más vale pasarlo mal que no pasarlo en absoluto. Y por eso me había quedado. Y me quedaría mientras pudiera. Mi cuerpo estaba aparentemente joven y sano. Pero mi alma no podía decir lo mismo: era vieja, vieja como las montañas, más vieja que algunas de ellas. Pero no importaba. Todos los seres que había querido se habían ido. Pero todos estaban en mí.

En el país de la danza del vientre.

Y, pasaron trescientos años más. Aparte de pasear y conservar lo que mi esposa había conservado sobre el Monte Cecropio, el Partenón, también me ocupé del Museo de Atenas, que había sido obra de mi esposa, Myrna, a lo largo de sus dos últimos siglos: había investigado y reconstruido el famoso museo donde había recreado todos los tesoros artísticos que una vez contuvo, así como los que como frutos de guerras se llevaron las grandes potencias occidentales a los museos de París y de Londres, lugares que ya no existían. Pero todo aquello me parecía vacío sin ella.

Indalecio tuvo la fortuna de hablar y convivir con el maestro de los maestros.Poco a poco había ido conociendo a mucha gente, hasta que prácticamente yo era el abuelo del pueblo, o sea, la per­so­na más antigua de La Tierra. Eso no era tan extraordinario, si se tiene en cuenta que toda la humanidad era la tercera parte de la población de mi Cieza natal. Algunos venían a consultarme cosas que estaban inves­tigando, y aunque al principio yo les daba las respuestas, pronto me cansé de servir de diccionario o enciclopedia ambulante, así que exigí a quien quisiera un dato, que viniese a verme en persona a discutir el asunto. Y les hacía preguntas sobre su tema, una detrás de otra, hasta que ellos mismos vislumbraban la respuesta que habían perseguido desde hacía tanto tiempo. Era el método socrático, creado por el más insigne de los ciudadanos que me habían precedido en aquella ciudad en que yo vivía ahora, de la que era yo su único ciudadano. El único habitante de Atenas, la ciudad donde empezó todo occi­den­te. Me sobrecogió el pensamiento. Y ansiando aliviarme, visité a Sócrates.

Me fui en un instante al siglo V antes de Cristo y me camuflé como uno más de sus discípulos. Conocí a un joven Platón que lo apuntaba todo y hablaba poco. Lo mejor de mi estancia en aquella época, que  cubrió toda la vida de Sócrates, fue que llegué a hablar el griego clásico como uno de ellos y como uno de ellos siempre fui tratado. Vivir en Atenas en el Siglo de Oro fue un lujo, pero no influí en nadie, pues de todos escuchaba y de todos extraía ejemplo y enseñanza. Yo fui uno de los que le conminó a no beberse el veneno:

—No te mates, Sócrates. Te necesitamos.

—No hay lugar para un justo en una sociedad injusta. Sin embargo el ciudadano debe cumplir la ley siempre, aunque sea injusta, pues es esta lo único que nos diferencia de la barbarie.

Cuando el maestro tomó la cicuta, me apenó tanto, que me volví a mi época, ya en las postrimerías del siglo ciento veinte y nueve mil.

Para entonces yo ya contaba genuinamente con mil doscientos cincuenta años de edad, un cuarto más que Matusalén. Y estaba cansado de este futuro perfecto, en que no sólo conocía a todo el mundo, sino que todo el mundo me consultaba cosas, pues me había hecho especialista en todos los campos que me interesaban, como la historia, la cronía, incluso la ingeniería celeste, en honor de mi amado hijo Anselmo Selenio. Por eso decidí emigrar a épocas pasadas, ya que el futuro tenía tan poco que ofrecerme. Y me fui al Oriente Medio. A Babilonia. En el año seiscientos antes de Cristo.

Se trataba de una civilización bárbara. Eran muy violentos. La ciudad era un enorme conglomerado de casas de barro, construidas con ladrillos de barro cocido y paja. Pero había barrios muy bulliciosos. Al principio hube de adap­tarme. Entendía lo que querían decir, pero no com­pren­día por qué lo decían.  Llegué en época festiva, pues el rey Nabucodonosor acababa de hacer unos jardines colgantes para regalárselos a su muy amada esposa Amytis. Pero me di cuenta de que Estrabón nos había mentido: no se trataba de jar­di­nes colgantes, sino escalonados, pues estaban situados en terrazas de diferentes alturas, con un sistema muy original de regadío que hacía que el excedente de agua de una ter­ra­za cayese sobre la siguiente, de forma que fuese sencillo de re­gar todo el conjunto, y se ahorrase agua, a pesar de tener dos ríos importantes cerca, el Tigris y el Éufrates.

Después de haber realizado esa maniobra miles de veces, me seguía pareciendo mágico lo que sucedía al llegar al momento y lugar de destino: mi entorno se difuminaba rápida pero gradualmente, y se dibujaba con igual rapidez y suavidad el nuevo. La verde campiña griega del futuro, a donde había ido a dejar todo en orden y dispuesto para una larga ausencia,  se convirtió, así, en el áspero paisaje de la Babilonia del siglo 6 antes de Cristo, el ciento y pico después de la fundación de Roma. Aún no habían nacido Catón, ni Escipión el Africano, ni probablemente Tarquino el Soberbio, último de sus reyes, y ya estaba yo allí disfrutando del mayor imperio de la época. Aparecí delante de un árbol callejero, sobre el que me recosté un poco mientras admiraba aquella maravilla del mundo antiguo.

El principio de una buena amistad.

Una de las siete maravillas del mundo antiguo.―Hermosa, ¿verdad?―, me llegó de repente un pen­sa­mien­to claro y diáfano. Me volví, sorprendido, y me encontré con un hombre algo barrigón, de apenas metro y medio de estatura, pero que admiraba, arrobado, lo mismo que yo.

―Sí―, contesté, ―toda una maravilla. Dudo que exista en el mundo algo más bello.

―¿Eres asirio, señor?―, preguntó afable mi interlocutor.

―Si lo dices por mis extrañas vestiduras, la verdad es que acabo de llegar de un largo viaje por el extranjero, y aún no he llegado a mi casa.

―Extraño viaje, señor, que no tiene alforjas ni criados, ni séquito, y sin embargo hablas como la gente importante de este país.

Tarjeta roja, me dije, o al menos muy amarilla. No todos los antiguos son tontos. Repliqué rápidamente:

―Fui víctima de un asalto a las puertas de la ciudad, pero estoy contento de haber salido con vida, amigo. Pude salir corriendo mientras mis servidores y los bandidos discutían con la espada. Pero la vida es el mejor don, y por lo tanto no me quejo excesivamente. Y lo que más vale lo llevo aquí―, dije tocándome la frente.

―Veamos a los hombres del rey, señor, y denuncia el suceso.

―No sabría qué decirles, buen hombre...

―Eleazar, me llamo Eleazar.

―Y yo soy Damil, hijo de Damil, de la ciudad de Ur. Pero te decía que no vi a los asaltantes. Los soldados que había contratado de escolta me dijeron ¡Huye, señor!, y no me lo pensé, pues yo no soy en extremo valiente, y he considerado siempre que una retirada a tiempo es el germen de muchas victorias en el futuro.

―Me complace mucho tu descripción, Damil. Yo también soy comerciante, y comprendo que aún en estos tiempos de bonanza tenemos que ayudarnos entre nosotros. ¿Con qué comercias tú?

No recordaba haber mencionado mi profesión, pero desbarré un poco por seguirle la corriente:

―Un poco de todo, amigo Eleazar: telas, libros, incluso armas.

―¡Armas! No debes decir eso a desconocidos, Damil. En Babilonia está prohibido comerciar con armas. Esta es la ciudad de la paz, de la felicidad y de la bonanza. La guerra está prohibida en nuestra sociedad local.

El consejo de Eleazar era genuino. Me atusé mi inexistente barba, y caí en la cuenta de que mi nuevo amigo en realidad me quería sonsacar, porque sin duda era un confidente de la policía babilonia, acaso era un agente secreto... Inspeccioné su mente con disimulo y vi que mis sospechas eran ciertas.

―Pero dime, amigo―, continuó, ―¿dónde está tu casa?

―Amigo Eleazar, he de manifestarte algo importante: en realidad no tengo casa en Babilonia. Pensaba estable­cerme aquí, ciertamente. Y no, no soy comerciante, en realidad. Soy médico. Pero hoy en día no sabe uno a quién se va a encontrar por la calle. Me han asaltado en muchas ocasiones, y ahora, al llegar a esta floreciente ciudad, donde iba a hacerme de un cierto renombre y fortuna, veo que lo primero que me sucede cuando llego es que me atracan.

―Tus soldados, ¿eran babilonios?

―No, señor. Los contraté en Ur, pero a medida que me iba quedando sin ellos, por problemas con los bandidos por el camino o porque me abandonaban, los fui reemplazando. De hecho sólo me quedaban dos de Ur. El resto eran de por aquí cerca, de Rapiqum y Sippar.

―Hum―, carraspeó Eleazar. ―Es posible que tus guardias personales hayan sido cómplices de los supuestos bandidos.

―Vaya, Eleazar. Entonces, ¿qué hacéis los comerciantes babilonios? ¿Cómo organizáis vuestras caravanas?

―Con gente de confianza, Damil. En tu caso yo me hubiera vuelto a Ur antes que contratar a nuevos soldados por el camino.

Al ver que mi fantasía se iba complicando por momentos, decidí cambiar de tema.

―Es cierto, amigo. Bueno, ahora tengo el problema de dónde voy a quedarme a dormir hasta que pueda organizarme y alquilar una casa para poner mi consulta. Dime, Eleazar, ¿en qué zona de esta ciudad me aconsejas que me establezca, cuando pueda?

―Me siento un poco responsable, extranjero. Marduk nunca me perdonaría que no te compensase un poco por el malhacer de mis conciudadanos, así que te ofrezco mi hospitalidad hasta que sepas qué vas a hacer, y si puedo, te ofreceré mi ayuda..., digamos que por un módico interés―. Comerciante al fin y al cabo, me dije.

―Agradezco de veras tu hospitalidad, Eleazar. Creo que eres sincero, y en cuanto pueda te pagaré tu ayuda con liberalidad. Es promesa de gente de Ur.

Mi nuevo amigo me acompañó hasta su propia casa, en el barrio de los tejedores. Él mismo no era tejedor, pero compraba y vendía telas, tanto en una tienda que tenía en el centro de Babilonia como a distancia, por medio de las caravanas que periódicamente seguían el curso del Éufrates hacia el norte, el oeste y el este. Era una tapadera perfecta, que le permitía conocer a mucha gente e incluso visitarla en su casa, pero además el negocio le gustaba, y por eso podía pasar por un comerciante más, ya que le gustaba importar seda, que no era muy conocida aún en aquella tierra, aunque en realidad compraba y vendía de todo. Esa es la historia que me contó, al menos. La realidad es que era un agente de los muchos que tenía el equivalente al ministro del interior en aquella época, y su misión era controlar a la población, como se ha hecho desde que el mundo es mundo. Eleazar sabía que había algo raro en mí, y yo tenía como misión prioritaria conseguir que dejase de pensar en ello, porque en  realidad sí que había un problema de orden público en la ciudad, y había demasiadas muertes callejeras que desmentían el estado de felicidad del que presumen tanto los babilonios.

―¿Conoces bien nuestras costumbres, hombre de Ur?―, me dijo cuando estábamos llegando a su casa.

―No todo lo que quisiera―, respondí yo para ocultar el hecho de que no las conocía en absoluto. En el instituto había estudiado que Nínive y Babilonia eran dos lugares citados en la Biblia, que la última había sido capital de un imperio, y que junto con Asiria había sido muy importante en la antigüedad. Pero jamás sospeché que iba a estar yo allí, casi tres mil años antes de haber nacido...

―Honramos a muchos dioses, pero el principal es Marduk. Y también a Ishtar, la diosa del amor.

―Me parece bien. ¿Marduk es el padre de los dioses, o es un dios con alguna especialidad?

―No lo sé exactamente, Damil. De tener alguna sería la de la guerra, pues en la guerra que hubo entre los dioses, él fue el vencedor. Al derrotar a todos los demás dioses, se apoderó de las Tabletas del Destino, y desde entonces lo que él escribe en ellas se cumple, tanto en el mundo de los dioses como en el de los hombres.

―Interesante.

―Te lo preguntaba porque no sé si conoces nuestro Rito de la Prostitución Sagrada.

La mujer diosa nos ha llegado siepmre en toda cultura. De Ishtar a la Virgen María.―Algo he oído.

―Quizá te atraería la posibilidad de disfrutar de esa bella costumbre nuestra. Pero no creas que se trata de prostitu­tas. En realidad toda babilonia debe ofrecerse al menos una vez en su vida a un extranjero por dinero, en el templo de Ishtar. Ninguna mujer se puede negar, incluso las nobles, e incluso la propia Reina Amytis lo hizo hace unos años.

Mil doscientos de mis años antes la perspectiva me hubiera agradado, e incluso hubiera fantaseado con ella. Pero ahora me veía viejo e inapetente en esos lances. No obstante, la idea encendió un viejo rescoldo en mi inteligencia, en mi curiosidad, más que en mi corazón o en mi vientre. No habían sido tantas las mujeres con las que yo había yacido, y con la mejor de las que conocí no llegué a yacer nunca, por elección propia, pero a través de todas las culturas que había conocido, jamás había encontrado nada parecido, ni de lejos, a esta curiosa tradición de los babilonios.

―Sí―, respondí al cabo a mi anfitrión, ―no me importaría disfrutar de esa prerrogativa que los babilonios nos ofrecéis a los extranjeros. Pero antes déjame descansar en tu casa, amigo Eleazar, y oriéntame en las costumbres babilonias al respecto.

Ya habíamos llegado a su casa, que a pesar de la tosquedad de sus materiales de construcción, adobe cocido en ladrillos, se notaba que era la casa de un rico, digamos de un pequeño burgués que intentaba disimular su condición acaudalada, pues si por fuera no se distinguía en mucho de las casas circundantes, por dentro había muchos detalles lujosos, como columnas de escayola imitando marfil, arcos caprichosos en los techos, y toda una planta excavada debajo de la planta principal, o planta baja, donde mi amigo tenía grandes salas en que pasaba mucho tiempo en compañía de buenos amigos, tomando vino fresco y entregado al noble arte de la disputa y conversación, así como contemplación de bellas bailarinas y expertos instrumentistas. Pero eso lo vería más adelante, claro. Su esposa, Zuma, era una persona encantadora, con una sonrisa dulce, rubia y más pequeñita que él. Supongo que les debí de parecer yo un gigante. Me recibió con agrado, pues había entrado en casa con su marido.

Precisamente ella sería la que me explicase esa ceremonia de la prostitución, a la que toda mujer de Babilonia debía entregarse al menos una vez en la vida. Ella lo había hecho con dieciséis años, y según me iba explicando, y en virtud de mis dotes telepáticas había revivido para mí durante la conversación, vi que todo cobraba sentido en mi cerebro.

El baile de la esclava de Zuma.        [English ~ Esperanto]

 Esta gente lo veía como lo más natural del mundo, y yo comprendí en ese momento que era una forma estupenda de mezclar los genes de los naturales de la ciudad con los de otras gentes venidas de lejos, como era mi caso. Zuma había participado de esa costumbre tres veces en su vida, la última hacía sólo dos años, estando ya casada con Eleazar, a quien no sólo no molestó esa iniciativa de su mujer (pues era algo totalmente voluntario en quien ya la había realizado una vez), sino que se sentía honrado con ello. Fruto de esa última vez era un niño de color más obscuro de lo normal en la ciudad, aunque siempre habría la duda de si era hijo de Eleazar o del extranjero, un sudanés, al que se había entregado en aquella ocasión. Zuma hablaba con un candor especial en la voz, y de no estar su marido presente, habría pensado que quería coquetear conmigo. Para mí la amistad siempre ha sido sagrada, y no me permití ni el más mínimo pensamiento lascivo sobre ella, a pesar de ser una  mujer joven, culta y bella. Creo que me comprendió, pues tras una larga conversación llena de insinuaciones y matices, llamó a una de sus esclavas y le dio una extraña orden:

―Srat, llama a los músicos, y baila para nuestro invitado.

La danza de la esclava de Zuma.

La esclava era una mujer algo maś alta de que era normal en aquellas tierras, pues medía algo más de cinco pies, con la piel morena, sin ser negra, aunque su pelo lacio sí que era muy negro, al igual que sus ojos. Me recordaba en algo a Vanessa, aunque era imposible que tuvieran nada que ver. Descarté la idea, pensando que veía a mi antigua tutora por todas partes, pues no en vano me había causado más impacto que ninguna otra mujer que había conocido. La mujer saludó con deferencia, y salió de la habitación. A los diez minutos llegaron los músicos: un tañedor de una especie de chirimía que yo no conocía, otro de un instrumento de cuerda parecido al laúd, pero con el mango algo más arqueado, y un tercer hombre que tocaba varios tambores y platillos: en suma, era una orquestina que nada tenía que ver con lo que yo había visto hasta entonces.  El último de estos músicos empezó a tocar: primero un redoble con ambas manos en el mayor de sus tambores, y luego en dos más pequeños, uno con cada mano, alternando una de ellas con el tercer y mayor tambor. Era un ritmo reiterativo, como de movimiento perpetuo, y los demás instrumentos iban entrando y saliendo de la obra sucesivamente, improvisando variaciones. Siempre me ha gustado la música, y memoricé lo que oía para reproducirlo algún día, si por fin sacaba una guitarra de algún lado.  La esclava vestía una serie de pañuelos que la tapaban enteramente, y se adelantó al primer sonido del tambor y saludó, comenzando el baile con suavidad. Este era el leit-motiv, o frase musical que se repetía ad infinitum:

Drums

A continuación, sin dejar el tamborilero de tocar su movimiento perpetuo, entró el chirimista con un canto más variado:

Dulce son de chirimía.

La esclava seguía la melodía con el movimiento de su cuerpo y hasta con la mirada, como si fuera un pájaro. El chirimista calló, y tras un par de compases en que Srat siguió haciendo gala de que pisaba fuerte y sensualmente, sin apartar los ojos de mí, supongo que por ser el invitado, entró a tocar el tañedor de aquel extraño instrumento, sin duda antepasado tanto del ud árabe como de la vihuela española y de la guitarra occidental, mientras la esclava se desprendía del velo que le tapaba la cabeza y parte de la cara, haciendo molinetes con los brazos. El intérprete de aquella especie de guitarra comenzó a tocar suavemente, pero fue incrementando el sonido de su cantilena a lo largo del resto del baile de la esclava de Zuma. Esto es lo que oímos:

the LUte part

El viejo laúd tocaba estoEste último mú­si­co en entrar no de­jó de tocar, sino que repitió su par­te una y otra vez, al igual que el percusionista, pero el chirimista entraba y callaba una y otra vez, hasta hacerlo un total de tres veces espaciándolas tanto, que tardaba lo mismo en interpretar su parte como en volver a interpretarla completamente. Deduje de ello que era el que dirigía el pequeño grupo, pues no perdía de vista a la danzarina, que sucesivamente alzaba y dejaba caer sus caderas, alternativamente, y describía el número ocho en vertical y en horizontal con el extremo de cada cadera, hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo, hacia adentro y hacia afuera, todo en secuencia aleatoria, y acompasa­damente movía los hombros de una forma pausada, pero luego cada vez más acelerada, de forma que sus senos se movían a gran velocidad. También daba pasos hacia adelante y hacia atrás, describiendo semicírculos con cada pie, alternativamente, mientras que con los brazos y las manos hacía movimientos muy sinuosos que imitaban el movimiento de las serpientes, en el que participaban la cabeza y el cuello de forma especial. Aquellas serpientes subían y bajaban por encima de su cabeza, oscilando de uno a otro lado por arriba, y lentamente iban bajando hasta situarse cada una detrás de uno de los glúteos de la danzarina, como haciéndolos resaltar, pero sin tocarlos. Como tenía gasas de diferentes colores en las manos, el movimiento serpentino se acusaba mucho más. Todos mirábamos con atención, libando vino en silencio, y ocasionalmente comiendo algún dátil o almendra. O alguno de los postres que había hecho Zuma, aunque sospecho que le ayudarían sus esclavas. Además de en silencio, yo estaba fascinado por aquella belleza que tan bien movía las caderas, los muslos y los senos en aquel baile tan sensual, mágico, brujo de su cuerpo perfectamente afinado. A medida que iba avanzando en su baile, cada vez más frenético y sensual, se iba desprendiendo de los velos semi transparentes con los que iba vestida, hasta quitarse todos ellos, excepto los que tenía anudados a las muñecas, uno verde y otro rojo. Finalmente, cuando ya estaba totalmente desnuda y me miraba con desafío, le hizo una ligera seña con la cabeza al flautista, que a su vez hizo un gesto a los otros dos, y dejaron de tocar todos a la vez, quedando Srat, que había evolucionado en su danza a un modo cada vez más insinuante, de rodillas pero inclinada con el cuerpo formando con el suelo un angulo de treinta grados hacia atrás, con las puntas de los pies tocándose, empeines contra el suelo, y con las rodillas muy separadas, formando un ángulo de sesenta grados entre sí y apoyada en el suelo únicamente con el codo izquierdo, justo debajo de su espalda, a la vez que su otra mano, que tenía un pañuelo de gasa semitransparente de color rojo, me apuntaba, y no dejaba de mirarme, con cara burlona y la boca entreabierta, como si besase el aire que había entre nosotros. El silencio era tan grande que sólo se oían los suaves jadeos de la hermosa danzarina, al fin descansando de los salvajes movimientos que acababa de realizar, si bien estaba en posición algo incómoda. Me gustó mucho el baile, y me prometí volver a casa de mi amigo Eleazar tantas veces como pudiera, pues veía que aquí sí que entendían la hospitalidad como es debido, lamentando sólo no poder corresponder como se merecían mis anfitriones... Aunque no pude menos que sospechar que todo había sido un ardid de Zuma, pues en estas sociedades antiguas yacer con una esclava era como hacerlo con su dueña. Quizá mi anfitriona albergara deseos lascivos o de progenie conmigo, y al declinar yo educadamente sus progresos en ese sentido, quizá me estuviese ofreciendo a una de sus esclavas... Pero yo intentaba leer en la cara inexpresiva de Eleazar de qué iba todo aquello, y no encontrándolo en su faz, indagué en su mente, y me consternó descubrir que ¡a él no le importaría que yo yaciese con su señora!

―Damil, si la quieres, es tuya―, dijo Zuma. Aclarando a continuación: ―esta noche es tuya―. Observé atenta­mente a las dos mujeres, primero a una, luego a la otra, y luego a mi amigo Eleazar, que asintió levemente y con una sonrisa algo pícara. Supuse que sería un insulto para ellos que no la aceptara, y yo también asentí, con más vigor que Eleazar: no insultaría a mis anfitriones despre­ciando su ofrecimiento, aunque no haría más de lo que pudiera, claro. Al fin y al cabo llevaba siglos sin yacer con mujer alguna.

Mi amigo dio dos palmadas, y los músicos abandonaron la habitación. Luego ellos mismos pretextaron cansancio, y se retiraron a sus habitaciones. Y allí quedé yo solo, aún con mi copa de vino en la mano, mirando a esta extraña esclava que había bailado para mí y que aún me miraba con su boca semiabierta, expectante, con las piernas aún abiertas en mi dirección, con un pañuelo atado a cada muñeca por toda vestidura.

―Acércate, Srat―, le dije.

Ella se irguió, pero aún de rodillas, se acercó a mí. Cuando estaba a dos pasos, se inclinó hacia adelante, hasta apoyarse sobre las manos, de modo que estaba a cuatro pies.

―Aquí está tu esclava, amo.

La observé y vi que era bella. Sí, la mirada fija, algo insolente, pero no insultante, aquellos ojos negros como el carbón que había visto sólo en una cara anteriormente, milenios hacia el futuro, el pelo largo, cayéndole por su izquierda hasta casi tocar el suelo, los senos, algo pequeños, que apuntaban al suelo por su posición, la espalda arqueada... Le acaricié la mejilla, tiré de ella por su barbilla, y le dije:

―Ven.

Caminó hacia mí con las manos y los pies, y atrapé su cabeza entre mis manos, y la besé en los labios. Fue un beso mágico. No me recordaba al beso de Vanessa. En realidad no me recordaba al beso de ninguna mujer que había conocido antes. Era una muchacha candente, fogosa. Al momento comenzó a gemir suavemente, y era sólo un beso. La acaricié por la espalda, su hermosa espalda en la  que noté una dureza: miré y se trataba de una cicatriz, probablemente de un latigazo de más. La derribé sobre los cojines donde hasta hacía poco tiempo habían estado mis amigos y los músicos, y la tomé con furia, con violencia, mientras ella reía y gemía. Hasta que varias horas después, estando ambos sudorosos, ella me dio las gracias.  Se levan­tó y salió de la habitación,  volviendo al poco tiempo con una bebida caliente, con hierbas extrañas para mí, pero muy dulce. Se arrodilló ante mí mientras yo lo bebía, en silencio y con calma, mientras contemplaba a placer a la esclava babilonia con la que acababa de yacer. Cuando terminé, le devolví el cuenco, y entonces ella me pidió permiso para retirarse. Le pregunté que si sabía cuál era mi habitación, y a su asentimiento le dije que me esperase allí. Aún me quedé en aquella habitación un rato largo,  pensando en la hospitalidad de los antiguos babilonios, la mejor del mundo. También pensé que Zuma ya tenía lo que quería. Zuma, Zuma, quizá en otra ocasión sería ella la que bailase para mí. Y en esa ocasión quizá ya habría vencido yo mis escrúpulos.

Aquella noche, había dicho Zuma, la esclava era mía. Tal la hice dos veces más a lo largo de la noche, que pasó conmigo. Al amanecer se fue a sus quehaceres habituales, pero me agradeció haberle dejado descansar en mi cama, mucho más cómoda y mayor que el camastro donde dormía ella habitualmente. Y para mí fue mágico que me apeteciera dormir con una mujer, simplemente dormir, extender una mano y tocarla, y notar que respiraba al lado mío. Seguía queriendo a Myrna, pero había superado el síndrome del viudo. Novecientos años después.

El doctor de Babilonia.        [English ~ Esperanto]

En Babilonia los médicos llevaban un vestido diferente.A los pocos días de mi estancia en casa de Eleazar ya había diseñado mi línea de actuación en aquella sociedad, y aferrándome a mi última historia, la del médico de Ur, arrendé una casa que estaba abandonada, pero que tenía fácil restauración. Estaba a dos calles más hacia el centro de la ciudad que la casa de mi amigo, y esperaba conseguir pronto una clientela que hiciera creíble el dinero que se suponía que había invertido en su reparación. Estaba en la calle de la Maza, y por un siclo de plata al mes me aseguré un lugar para mi consulta de médico. Una vez que me vi dentro de la casa, de dos plantas de noventa metros cuadrados cada una, procedí a limpiarla y a reparar los muros que estaban semiderruidos. Naturalmente, lo hice en muy poco tiempo, aunque en mucho más de lo que Myrna había levantado una casa mucho mayor en La Luna cuando nos conocimos, pero eso tendría yo que mantenerlo en secreto, para no levantar las suspicacias de mi anfitrión. Cuando consideré oportuno, más de una semana después, le comu­niqué que mis obreros ya habían terminado el trabajo y que estaba en condiciones de presentarle mi humilde morada. Naturalmente, había alquilado los servicios de algunos obreros y otros desocupados que encontré, por un precio módico. Ninguno de ellos era consciente de lo que hacían los demás, por lo que seguramente cada uno atribuía al superior celo de los demás la culminación de la obra en tan poco tiempo, máxime cuando los había contratado en varios turnos, de modo que allí siempre había gente trabajando, día y noche.. Así, por la comida y unos siclos de cobre tuve la casa dispuesta para proceder a la inauguración más o menos solemne.

Y cuando tuve la casa preparada, llegó el momento emocionante de la inauguración. Eleazar y su esposa asistieron en calidad de invitados especiales. Aún no tenía clientes, y no tenía más servidores que Srat, que me había cedido mi amigo provisionalmente. Era una especie de alquiler con opción a compra. Como ya he dicho al describir su baile, ella era una mujer casi joven, para aquella época, pues contaba alrededor de los treinta años de edad, y además de bailar sabía cocinar, que era lo que yo le pedía, además de limpiar. Desde que estaba a mi servicio me había empeñado yo en enseñarle a leer, y poco a poco la muchacha iba haciendo progresos. Nuestra fiesta, pues, fue muy modesta: Eleazar, su esposa Zuma y sus hijos Thack y Thet, así como yo mismo. En los diez días que llevaba en aquella ciudad no había hecho más amigos, y sin embargo estaba a punto de conocer a mucha gente. No hubo baile, porque no había músicos. Pero hubo cuentos. Nos contamos historias de los antiguos tiempos, y me asombró ver que ya ellos conocían algunos cuentos de los que figuran en Las mil y una noches, que no en vano proceden de aquella zona. Aquella noche de inauguración cenamos el estofado de res y la macedonia de frutas que nos había hecho mi sirviente, y luego procedimos a descubrir la placa que había realizado en medio relieve en la fachada:

Damil de Ur'
Médico

Estuvimos charlando hasta la madrugada. Como la temperatura era agradable,  nos salimos a la terraza de la casa, en la planta baja, y en aquella tranquila noche de Babilonia apreciamos el limpio cielo, sin nubes, que podíamos contemplar. Eleazar me contó varios mitos babilónicos, y yo para no ser menos, le conté una historia sobre la constelación de Orión, con espectros y brujas incluidos. Luego, mi amigo se fue con sus parientes en su carruaje hasta su casa, y yo dormí solo por primera vez desde que estaba en aquella tierra, si hacemos excepción de mi esclava Srat, que dormía en su cuarto, en la planta baja, mientras yo lo hacía en la superior.

Pensaba ir al centro de la ciudad al día siguiente a buscar clientes, pues dudaba mucho de la preocupación de los babilonios por su salud, pero la fortuna salió a mi encuentro, pues a medianoche me despertaron los gritos alarmados de un hombre. Mi esclava abrió la puerta y subió al punto a buscarme:

―Amo, te buscan.

Bajé, y enseguida me hice cargo: la esposa del inoportuno visitante tenía dificultades para dar a luz. Por suerte vivían una calle más allá, en la calle del Martillo. Insté a mi sirviente a que me acompañase, y tomando gasas, fórceps y aguardiente, partimos rápidamente. Al llegar mandé a los criados de la casa que trajesen tantas cántaras de agua como pudieran, pero que las trajesen del río, no del pozo de la casa, pues era importante que fuese agua corriente. La pobre mujer, Asha, estaba gritando de dolor, pero sobre todo de miedo. Mandé salir de la habitación a todo el mundo, excepto a mi sirviente y al marido de Asha. A esta le tomé una mano, y le dije muy serio:

―Asha, mírame―. Así lo hizo la pobre, y añadí rápida­mente: ―Asha, ya está todo bajo control. Mírame y repite: todo está bien. Estoy tranquila. Nada malo me va a pasar. El médico se ocupa de todo. Marduk está con nosotros.

Así lo hizo la pobre, y poco a poco, me fui ganando su confianza. No era lo que decía, no lo que yo le decía, sino que mi mirada la sedujo, me introduje en su mente, y le convencí de que se relajara, de que dejase de quejarse, y sobre todo de que dilatase los músculos de su pelvis. Poco a poco dilató lo suficiente para que la cabeza del bebé fuese apareciendo. No hizo falta utilizar los fórceps, y pronto salió el bebé, y rompió a llorar. Le entregué el niño a su padre, y le dije, Protege a tu hijo. Tenlo. Y mientras él lo tenía, subyugado, yo procedí a extraer lo que quedaba de placenta, corté el cordón umbilical, y luego, tomando el niño de manos de su padre, lo deposité sobre el pecho de su madre, mientras daba órdenes a los criados de que entrasen con la tinaja de agua caliente y otra de agua fría. En una palangana grande mezclé ambas, y cuando juzgué que estaba el agua a la temperatura del cuerpo del bebé, procedí a bañarlo. Luego procedí a lavar con agua y desinfectar las heridas de la madre con el aguardiente que llevábamos, y le hice tomar un par de vasos, para que se tranquilizase un poco más. A continuación le di consejos al padre, Set, sobre los cuidados que debería procurarle a la madre y a la criatura, y le dije que me lo tenía que llevar a mi consulta al cabo de una semana, para pesarlo de nuevo y ver qué tal progresaba.

El hombre lloraba de emoción al ver que todo había ido bien, que no había perdido a su esposa ni a su hijo, como se había temido. Con los nervios del momento, ni a él se le ocurrió pagarme, ni a mí cobrarle mis honorarios. Era mi primer acto médico en la ciudad, aunque no era la primera vez que ayudaba a un niño a venir al mundo, y a pesar de saber mucho más de medicina que los médicos de aquella época, no me había identificado todavía con mi nueva profesión.

Fue al día siguiente cuando vino el bueno de Set a verme:  me quería dar un siclo de oro por mis servicios. Le dije que era demasiado, y que no quería yo sentar la base de que era un médico caro, así que después de mucho discutir, accedió a entregarme diez siclos de cobre..., y uno de plata como propina, para expresar su agradecimiento.

La noticia corrió por el barrio, y muchos se alegraron de tener un médico tan al alcance de la mano, aunque en realidad no hubo las colas que yo esperaba. En aquella cultura los pobres no tenían médico, y los que no se morían, llegaban a mayores, eso sí, bastante fuertes y robustos.

La residente.        [English ~ Esperanto]

Eso me dio tiempo para repasar el tema con mi fiel Srat, y le fui instruyendo en el arte de traer niños al mundo. Ella era lista, y le pregunté que si sería capaz de repetir todo lo que yo había hecho. Me relató lo que había visto, y efectivamente no se le había escapado detalle. Me preguntó por qué le había untado con aguardiente sus partes más íntimas a la madre, y le dije que fue una suerte que ella no se quejara, porque tenía que habérselas adormecido con un ungüento que fabricaba con ciertas plantas que ya le diría para que esa zona no fuese tan sensible durante unos minutos, de forma  que pudiese desinfectarla, porque era una herida por donde podían entrar enfermedades y la maldición de los malos espíritus, pero al sembrar el camino con aguardiente los espíritus se embriagarían y saldrían fuera, con la ayuda de Marduk.

No obstante, después de comer lo que ella me preparó, nos fuimos al campo a recoger flores y plantas diversas. Una de ellas, la amapola, me permitió obtener un polvo blanco después de molerla concienzudamente, y tras mezclarlo con un poco de miel obtuve una pasta adormecedora para esos casos. Con otras plantas obtuve otros preparados que calmaban el dolor de cabeza, la hipertensión e incluso obtuve un brebaje que eliminaba el exceso de alcohol del cuerpo. Naturalmente, le dije que todo esto eran fórmulas secretas, y que a nadie le podía decir nunca su composición. A ella se lo decía porque era de mi propiedad, al menos de momento, y me debía lealtad y secreto profesional. También le hablé de Hipócrates y de nuestro sagrado juramento de salvar vidas y nunca ponerlas en peligro.

El atropello.        [English ~ Esperanto]

Pero más sonado fue el caso del atropellado. A los tres días de establecerme atropellaron a un joven justo frente a mi casa. Un carro lanzado a la carrera pasó por encima de un joven que, despreocupado, iba cruzando la calle sin fijarse si venía alguien. Por suerte para él, vi yo el suceso, así que pasando por encima de los curiosos que enseguida de arremolinaron alrededor de él, me abrí paso al grito de ¡Dejad paso! ¡Soy médico! Con dos lanzas de unos soldados que se habían detenido a ver qué pasaba y una pieza de tela que me ofreció un comerciante de la zona improvisé una camilla, y situé al herido en ella, pidiendo a los dos soldados que lo portasen hasta mi casa. Sólo permití entrar a ellos dos y a mi fiel sirviente y aprendiza, que me ayudó en las maniobras que siguieron: primero hicimos beber al pobre joven un vaso de aguardiente en el que había disuelto un poco del alucinógeno extraído de las amapolas, y luego le corté la especie de pantalón que llevaba, hasta dejar su maltrecha pierna al aire: tenía el fémur derecho roto por tres partes: por donde había pasado la rueda del carro y por otros dos debido a las irregularidades del suelo. Oyendo un suave gemido del mozo inconsciente, procedí a inmo­vilizarle la pierna entre tres fragmentos de madera, y luego con una larga cuerda rodeé el conjunto, haciendo un todo bastante sólido. Tenía una fea herida en un brazo, pero los huesos del mismo no estaban rotos, así que habiendo desgarrado su camisa, procedí a coserle las heridas con hilo de bramante que me había procurado para esos casos. Los soldados miraban con cara de aprobación: por lo visto era la clase de cosas que habían visto en la guerra. Luego le di un poco más de narcótico al joven, de modo que cuando despertó, tres días después, ya no le dolían tanto ni sus heridas ni las operaciones practicadas.

Mi fiel Srat iba memorizando todas las cosas que veía.

Habiendo mandado noticia del joven a su familia, apareció por allí un criado de una persona principal, que no nos quiso decir su nombre. Preguntó que si el herido podía ser trasladado a su casa, y que si requeriría cuidados espe­ciales. Le dije que en realidad ahora sólo quedaba dejar que la sabia naturaleza velase por él. Que necesitaría comer abundantemente, y algo de ejercicio a partir de un mes después del accidente. El criado me respondió que en ese caso se lo llevaría, y que vendría otra persona a pagarme por mis servicios.

Y así fue. Al cabo de unos días vino otro sirviente de ese señor tan principal y me entregó cinco siclos de oro. Esta vez no discutí, sino que me deshice en muestras de agradecimiento. El criado me comunicó que su amo vendría a verme pronto, o que mandaría a buscarme.

Inmediatamente puse un cartel colgado en mi puerta en el que se podía leer en perfectos caracteres cuneiformes: Cerrado. Atendiendo una urgencia a domicilio. Volveré Tan pronto como pueda. Y me fui con Srat a ver a su amo.

La compra.    [English ~ Esperanto]

Eleazar me recibió con evidentes muestras de alegría:

―¡Amigo Damil! ¿Cómo te van los negocios?

―No me puedo quejar, Eleazar. De hecho he venido a proponerte un trato.

―Tú dirás.

―Es sobre tu esclava Srat.

―¿Se porta bien?―, preguntó mirándola severamente.

 Ella, que permanecía de pie detrás de mí, mientras su amo y yo degustábamos un vaso del excelente vino de Babi­lonia, miró al suelo, muy colorada. Era una chica prudente y no hablaba más que si se le pedía.

―No tengo queja, Eleazar. Es más: te la quiero comprar, pues me será de mucha utilidad en mi negocio.

―Ajá―, dijo pensativamente mi amigo. ―A mí también me hacía objeto aquí, en mi casa. Pero dime, amigo mío, ¿hasta cuánto me ofreces?

―Bueno, Eleazar, es más propio que me digas tú cuánto dinero quieres por ella. Y si puedo, te la compraré.

―Hum..., bueno, me costó dos siclos de plata...―, dijo mientras yo descubría una imagen furtiva en su mente de cuando su padre la compró, junto con su madre, Sarfa, por sólo uno.

―Vaya, hazme una rebaja, Eleazar...

―Mira, en honor de nuestra amistad, no te voy a subir el precio. Si me das dos siclos de plata es tuya, no quiero ganar dinero a costa de un amigo.

Miré a la esclava, que me sonrió tímidamente. Suspiré, y le dije a mi amigo:

―De acuerdo, Eleazar. Dame el documento de propiedad, y te entregaré el dinero.

Rápidamente llamó a un escribano, que consignó en una tableta el nombre y origen de la esclava, Srat, originalmente Sahil de Tutub, hija de Sarfa, comprada en el mercado de Babilonia veinticinco años antes por su padre, también llamado Eleazar, junto con su madre, llamada Sarfa, hija de Dalia, esclavas ambas, y a continuación la descripción completa de la mujer, haciendo constar su estatura: tres codos y medio, peso: un talento y cuarenta minas comunes, y marcas personales, que incluían un lunar en el pubis y una cicatriz en la espalda, que hubo de mostrarnos para identificarla correctamente, a pesar de que ya lo habíamos visto durante su baile, porque el escribano tenía que dar fe de todo ello. Asimismo tuvo que entregar el brazalete de bronce que llevaba en el brazo izquierdo con el símbolo de Eleazar, una flor parecida a la margarita, pero se hizo constar que la ropa que llevaba puesta formaba parte del lote que yo compraba. A continuación el escribano nos dejó para ir a cocer la tableta, regresando media hora más tarde con dos copias, una para Eleazar y otra para mí, informándonos de que una tercera copia quedaba ya en el templo de Ishtar para futura referencia, en el caso de que se nos extraviara o rompiese a alguno de nosotros dos. En ese momento le debía entregar yo los dos siclos de plata a mi amigo, pero no llevaba cambio, así que le entregué uno de oro, que hizo que los ojos de mi amigo expresasen su admiración, y luego me diese el cambio: ocho siclos de plata. Tras todo eso, le confié a Srat el título de propiedad de ella, y procedí a ponerle un collar de piedras rojas que había comprado yo previamente, del que pendía mi símbolo: un círculo plateado con una D en el centro.

―Amigo Damil, no has sabido negociar. Estaba dispuesto a dártela por un siclo y medio.

―Amigo Eleazar: tú sabes que mi esclava Srat vale mucho más.

―¿Cuánto más?

―Eleazar, por ella estaba dispuesto a entregarte el siclo de oro que me has cambiado. Pero veo que eres hombre generoso y mejor amigo.

El comerciante disimuló su malestar con una amplia sonrisa, y por el rabillo del ojo vi que mi nueva esclava se había contagiado de la sonrisa, pues si antes no se habría atrevido a hacerlo ante su amo, ahora se la veía contenta al saberse de un amo que la trataba bien.

―Toma―, dije a Eleazar, dándole más dinero, ―aquí tienes el siclo de plata que me prestaste para estable­cerme, y aquí tienes los dos siclos de cobre del interés. Y mis más sinceras gracias por haberme ayudado.

Sheba se confiesa. [English ~ Esperanto]

Durante el camino de vuelta a nuestra casa, la interrogué:

―Dime, Srat: ¿por qué tan seria cuando eras de Eleazar?

―Amo, no obtuve nunca del señor Eleazar más que palos y riñas. No le gustaba nada de lo que hacía, todo lo que me mandaba hacer lo hacía mal, según él. No es como tú.

―¿Como yo? ¿Cómo soy yo, preciosa niña?

―¿Ves? Él nunca me hubiera llamado preciosa. Tú eres amable con los sirvientes, y si te molesta algo de mí no dudas en decírmelo, pero sin que me sienta mal por ello. Me di cuenta de ello la noche que pasamos juntos, amo.

―No sé por qué lo dices, Srat.

―No me has insultado nunca, amo. Tu trato es amable. A una le da gusto estar contigo.

―Ah, sí. Oye, te voy a decir algo que me molesta, ya que hablamos del tema: no quiero que me llames amo.

―¿No?―, dijo sorprendida. ―Soy tuya, eso es lo que digo cuando te llamo amo. ¿Cómo quieres que te llame?

―Llámame Damil, que es mi nombre.

―No puedo, señor. Eso significaría que yo soy libre, y no lo soy. O que tú eres un esclavo, y no quiera Marduk que lo seas nunca, amo.

―Bueno, a ver: ¿te molestaría llamarme maestro?

―No, claro, maestro. Será un honor llamarte maestro.

―Suena mejor. Y me gusta mucho más. ¿Y sabes por qué?

―No.

―En mi país eso es lo que era al principio: maestro. Pero además te voy a enseñar todo mi arte, Srat. Cuando lo hayas aprendido todo, tú también serás médico. Y serás libre. Te lo prometo.

La pobre muchacha no estaba preparada para la noticia. Se hincó de rodillas en el suelo ante mí, y me abrazó las piernas, mientras decía:

―Maestro, no hagas eso: ¿a dónde voy a ir si no te tengo a ti? Prométeme que nunca te desharás de mí.

―Levanta, Srat. Y nada temas. Te prometo que nunca estarás peor que conmigo.

―Ni mejor, amo―, me dijo apeándome el tratamiento de maestro, ―quiero estar contigo. Soy tuya. No quiero ser otra vez de Eleazar, o de otro como él.

―¿Y qué te aterra tanto de tu amo anterior?

―Ya te he dicho que me pegaba, y nunca estaba contento conmigo.

―Bueno, bueno, no sufras más, muchacha. No te voy a vender ni a regalar. Ni tampoco te voy a pegar.

―Amo, pégame siempre que te desagrade lo que haga o no haga yo, pues sólo así sabré cuál es tu voluntad y nunca perderé de vista cuál es mi sitio.

Esto era peor de lo que me temía. Pero era otra cultura, mucho más atrasada que la mía, por mucho que se la hubiera querido alabar en la escuela, donde se me habló de ella por primera vez.

La cogí por los hombros, y tiré de ella hacia arriba, hasta que la puse totalmente de pie. Le sonreí, y ella me sonrió a través de sus lágrimas.

―Además, maestro―, añadió con una sonrisa de picardía, ―hay otra cosa que me gusta de ti: eres más alto que yo.

Reímos juntos de su ocurrencia. Sí, ya se me había ocurrido que toda la inquina de Eleazar contra esta pobre mujer podría deberse a que él era más pequeñito que ella, y le daba complejo. Aunque eso no explicaba por qué se había hecho tan amigo mío..., al fin y al cabo yo era mucho más alto que ella.

Seguimos andando y al poco rato llegamos a casa, donde entramos en silencio. Otra de mis rarezas, me dijo luego Srat, era que en lugar de encerrarla en casa, le confiaba las llaves y me fiaba de que ella entrase y saliese. Nunca nadie había confiado tanto en ella, y estaba muy reconocida.

―¿Y a dónde irías si te escaparas, Srat?

―Mientras era de Eleazar pensé más de una vez en marcharme. Pero ahora que soy tuya, tienes razón, amo: en ningún sitio voy a estar mejor que en tu casa.

Me conmovió tanta devoción y medité sobre el asunto. Desde luego, Srat era una esclava muy bien educada, pues no osó decir nada que yo no le preguntase específicamente. Nunca hablaba sin permiso, excepto cuando era en cumplimiento de alguna orden u obligación suya, como por ejemplo cuando me preguntaba que qué me apetecía comer al día siguiente.

Cuando llegamos a casa, me di cuenta de pronto de que no me gustaba el nombre de mi esclava: Srat es una palabra desagradable a mi oído, así que le dije:

―Esclava, no me gusta tu nombre. ¿Siempre te llamaste Srat?

―No, amo. Me lo han cambiado varias veces. Mi nombre de niña era Sahil, pero Eleazar me lo cambió por  última vez a Srat porque de niño tuvo una nodriza que se llamaba así, y me dijo que yo me parecía un poco a ella.

―Se debían llevar mal, a juzgar por cómo te trataba. ¿La cicatriz de tu espalda te la hizo él?

―Sí, amo. Con un látigo.

―Ajá. Bueno, te voy a cambiar el nombre. Quiero llamarte con algo más sonoro y más bonito. Desde ahora te llamarás Sheba.

―Como quieras, maestro―, me dijo sonriéndome. ―Pero recuerda que debes hacer una escritura para consignar el cambio, como si me vendieras de nuevo a ti mismo, con el cambio de nombre, y dejar una copia en el templo de Ishtar.

Cuando el escribano abandonó mi casa, al día siguiente, le entregué a Sheba el documento para que lo guardara: una preciosa tableta de barro cocido en que se podía leer un texto muy parecido al de su compra, pero en el que faltaba el nombre del comprador. Era como una declaración jurada en el que se decía que la esclava Srat, y cuya descripción física figuraba a continuación, desde el día de la fecha pasaba a denominarse Sheba por elección de su amo, Damil de Ur. Desde su prudencia, ella nunca me preguntó por qué Sheba y no otro nombre, lo cual me evitó darle una explicación que quizá no comprendería: por su porte, por la seguridad en su forma de andar y de hablar me recordaba a una actriz que había visto en una ocasión en una película haciendo de Reina de Saba, o Sheba en el idioma original. Sólo que aquella actriz no bailaba ni la mitad de bien que mi nueva esclava.

Odontología. [English ~ Esperanto]

Sacando el dolor de raíz.Pero seguíamos sin tener clientes, así que tuve que salir a buscarlos a la calle. En aquella sociedad había gente enfer­ma y había accidentes. Lo que sucedía es que los pobres no tenían dinero para pagarse un médico,  se morían en su mi­seria, o se curaban solos, mientras que los ricos tenían mé­dicos particulares, que vivían con ellos. Pero no hizo falta andar mucho para encontrar quienes necesitaban de mis servicios. En una casa vecina había alguien dando verdade­ros alaridos. Toqué en la puerta y pregunté al sirviente que abrió que si ocurría alguna desgracia, y me informó de que se trataba del dueño de la casa, que tenía un fuerte dolor de muelas. Le pedí que le informase de que el doctor Damil, de visita en la ciudad, le podía quitar el dolor, y al momento me hizo pasar.

Por señas me pidió que me acercara, y al abrir la boca para que yo pudiese ver qué le ocurría, vi que tenía tres caries que le habían destrozado otros tantos dientes. Le eché en cada uno unas gotas de calmante, y al momento se sintió aliviado, y agradecido. Lo suficiente para hablar.

―Damil, ¿ya no me va a doler más?

―Te dolerá dentro de unas horas, si no te quito los dientes.

―¡Quitármelos! ¡Qué barbaridad! Eso me va a doler mucho más...

―No te va a doler. Ya lo verás. Si te duele, no me pagues.

El hombre calculó con astucia, y se planteó que quizá un rato de dolor bien valdría no tener más dolores, y quizá le saliera gratis la operación.

―De acuerdo. Empieza.

Puse un poco más de calmante, y le horadé un poco la encía con un pequeño berbiquí que me había hecho con materiales de la época. Le añadí un poco más de opio, para que las perrerías que le iba a hacer no le importunaran demasiado. Mi fiel Sheba no perdía detalle.

―Pásame las gasas, Sheba. Mira: estas muelas están muy mal. Habrá que extraerlas. Fíjate, se trata de un ligero juego de muñeca―, y diciendo esto torcí la mano repentinamente, de modo que las tenacillas que sujetaban la muela sacaron la misma de cuajo, de un solo tirón. Las otras dos muelas estaban aún más debilitadas, por lo que salieron aún más fácilmente.

―¿Vas a tardar mucho en sacarme las muelas?

Sheba sonrió, pero no dijo nada.

―Dame la gasa impregnada en aguardiente, Sheba.

Así lo hizo, y tras limpiar la herida, procedí a coserla con un par de puntos. Luego, añadí más aguardiente, y le ofrecí un vaso al paciente, a la par que le dije:

―Mira: he aquí tus tres muelas. Hace cinco minutos que te las quité. Ahora tómate este vaso de licor, y no comas nada hasta mañana. Ven a verme a mi casa antes del mediodía, y ya te diré lo que tienes que hacer, y lo que me tienes que pagar.

El pobre hombre no daba crédito a sus oídos.

―¡No me ha dolido nada! Eres un gran médico.

Aquel día vimos a varios enfermos más, en sus casas. Después de haber curado varias enfermedades comunes, y una vez que se supo que no era demasiado caro, pues cobraba apenas unas monedas de cobre, mi clientela fue agrandándose. De forma que cuando llegué a mi casa, ya había gente esperándome.

Médico de fama. [English ~ Esperanto]

Los problemas de salud de aquella gente se debían a una alimentación inadecuada, pero sobre todo escasa. No era un pueblo que tuviera mucho que agradecer a sus gobernantes, y eran más pobres de lo que yo había deducido en principio: no todos tenían dinero para pagarme, y pronto empezaron a hacerlo en especie, por lo que mi corral empezó a crecer. Comíamos carne casi todos los días, y los agradecidos pacientes me traían de lo que tenían para su propio consumo. Me parecía un abuso obligarles a pagar con dinero, por lo que desistí casi al principio.

Lo malo fue que mi fama creció más de lo debido, y pronto me llamaron de palacio.

Nunca daba un paso sin mi fiel esclava. Ambos nos quedamos de una pieza cuando vimos que quien nos había llamado era la propia reina Amytis. Nos hizo una pregunta que yo no me esperaba, pero a la que le tuve que dar una respuesta bastante inexacta:

―Dime, Damil: ¿conoces un remedio para obtener la eterna juventud?

Me cogió de sopetón. Sheba y yo nos miramos. Y al cabo de unos segundos le hice un amago de reverencia a la vez que le decía:

―Mi señora, esos misterios me son desconocidos. Creo que hay magos que proporcionan el modo de tener un aspecto juvenil, pero el interior de las personas se agota con el tiempo, y al final sobreviene la muerte. Es labor de los médicos hacer que ese tiempo entre nuestro nacimiento y la muerte sea lo menos penoso posible, pero lamento decirte que prolongar nuestra fecha de terminación está más allá de mis poderes.

―Entonces no me sirves, Damil. Me habían dicho maravillas sobre ti, pero no son lo que yo esperaba.

―Majestad, lamento que te hayan mentido sobre mí. Si te aqueja algún mal de salud, es posible que yo pueda contribuir a aliviarlo con mis limitados conocimientos de medicina. Pero prolongar la vida es algo que yo también ansío. Desgraciadamente, no es posible.

―La base de una vida larga es una buena salud―, dijo como hablando para sí. ―¿Puedes tú procurar un remedio para todas las enfermedades, médico de Ur?

―Puedo procurar remediar los males comunes, majestad. ¿Qué os aqueja?

―No, en realidad nada. Me aqueja el sentimiento de que todo esto que disfruto ahora, hasta esos hermosos jardines que mi esposo ha creado para mí, algún día lo perderé porque me iré de este mundo.

―Es el sino del hombre, señora. La vida no es sino una parada efímera en nuestro camino.

―Eres sabio, Damil. Tus palabras son motivo de pensa­miento, y tu forma de expresarlas me tranquiliza. Ahora entiendo por qué te has convertido en médico popular: tu voz es cálida y da paz a tus pacientes. No todo es medicina.

No supe qué contestar a semejante lisonja proveniente de una dama tan importante del país, y saludé con una media reverencia.

La reina nos despidió, no sin antes gratificarnos con dos minas de oro. Había sido una visita muy interesante, sin embargo. El palacio de la reina estaba lleno de arte: tenía grandes tapices colgados en la pared, y alfombras lujosas en el suelo. El palacio mismo tenía grandes paneles de mármol, y rodeaba a un gran jardín donde se apreciaban flores de muchos colores. Musio era el nombre del soldado que nos hizo de cicerone por el palacio, desde que llegamos hasta recibir audiencia de la reina, y luego desde los aposentos de ella hasta la calle, donde nos despidió con simpatía.

Sheba iba adquiriendo sabiduría y experiencia en el arte de la medicina, y pronto supo todo lo que un médico de aquella época debería saber.

No obstante, no me había planteado yo estar demasiado tiempo allí, en la antigua Mesopotamia. Le enseñé a Sheba cómo curar las afecciones más comunes de aquella gente, pero le enseñé también algo más valioso: cuándo no se debía insistir, cuándo la muerte era inevitable, y cómo hacer que el enfermo tuviera un buen morir, y que sus familiares lo aceptaran con resignación, o al menos sin desesperación. Creo que eso es una de las labores más importantes de un buen médico. Por eso en Egipto la medicina se estudia en La Casa de la Muerte.

La reclamación.     [English ~ Esperanto]

De mis primeras quince noches en Babilonia, la última de ellas tuvo especial relieve. Mi esclava, Sheba, me hizo una leve insinuación:

―Maestro: me has enseñado muchas cosas, y ya las cosas que te veo hacer no me sorprenden ya tanto, porque veo lógicas tus decisiones. Incluso ya me dejas curar a  algunos pacientes. Me tratas bien, pero no he hecho yo mucho por ti.

―Mujer, me haces la comida, me llevas bien la casa, me llevas las cuentas...

―Sí, maestro. Me has enseñado a escribir, pero no me has tomado, como los amos suelen tomar a sus esclavas.

―¿Eleazar te tomaba también?

―No, él no porque su esposa, Zuma, es celosa y estaba siempre en medio. Pero los amos en esta tierra sí lo hacen porque es su derecho y una forma de afirmar su propiedad sobre la esclava. Tú me tomaste sólo cuando bailé para ti, cuando era de Zuma. 

―¿Es eso acaso obligatorio en esta ciudad?―, pregunté enarcando las cejas, ―¿Si no te tomo, no eres mi esclava?

―No, no es obligatorio―, se apresuró a decir, apurada, la pobre Sheba, ―pero me gustaría saber si es porque no te gusto.

Ajá, me dije, se trata de despecho de mujer. Reflexioné un rato, y para no herir susceptibilidades, la cogí por los hombros, la estreché contra mi pecho, y le dije:

―Sheba, Sheba, te puse el nombre de una gran reina, un nombre bonito que me gusta. Eso debe ser suficiente prueba de posesión para ti y para los demás. Pero no quiero que cuando me vaya de tu vida sufras por mi ausencia, y por eso no te he tomado. Eres una mujer muy guapa, muy atractiva, muy dulce. Y tomarte es un premio. Otros amos pueden haber gozado de tu cuerpo, pero yo he gozado de tu mente y de tu alma, que tienen mucho más valor―. Y diciendo esto le besé en la mejilla.

―También puedes gozar de mi cuerpo de nuevo, amo.

La miré y pensé: ¿Cómo convencerla de que no me disgusta, pero que eso no es una buena idea? Pero luego pensé que cuando la dejase podría recordarme como el amo que la rechazó en la cama. Y me sentí obligado a hacer algo al respecto.

―Quítate la ropa―, le dije sonriendo. Ella obedeció enseguida, y pronto se quedó totalmente desnuda. Su cuerpo era moreno, sin ser negro, menudo, sin ser enano, delgado, sin ser esquelético. Como ya había apreciado en las dos ocasiones en que la había visto desnuda, mantenía la pelvis y las axilas perfectamente rasuradas, y tenía un lunar en el lado izquierdo del pubis, lo que le daba un toque muy sexy a su cuerpo.

―Ve, prepárame la cama, esclava, que esta noche dormirás conmigo.

Salí a la calle, y contemplé el cielo. Hacia el centro de la ciudad vi los puentes colgantes y el Zigurat Mayor, de más de ciento cincuenta codos2 de altura. Allí se estarían haciendo en aquel momento cálculos astronómicos en que basar sus predicciones los maestros astrológicos. Me senté en una mecedora que tenía en mi porche, a la vez que libaba un vaso del excelente vino de Mesopotamia. Luego, con mis pensamientos en orden, me acosté.

Mi esclava estaba casi dormida.

―Amo, has tardado mucho―. Ya me había acostumbrado a esa palabra, amo, y puesto que a ella le gustaba tanto, no le seguí riñendo por utilizarla en ciertas ocasiones.

―Esclava, no te quejes. Entras en mi cama y lo primero que haces es reñirme.

―Perdona a esta esclava estúpida, amo. Es que estoy nerviosa...―, dijo totalmente despierta. ―Es que me había quedado casi dormida.

―No te preocupes, corazón―, le dije,  ―porque en el fondo tienes algo de razón: he tardado mucho en venir a dormir. Pero tienes que comprender que no voy a cambiar mis costumbres porque tú estés en mi cama alguna vez, y yo me acostumbraré a que no todas tus quejas son una protesta. Sé que tus palabras proceden más del afecto que de querer reformarme.

Ella me miraba asintiendo a cada palabra que yo le decía.

―Sheba, no te compré como esclava sexual, ni te voy a utilizar para eso. En el sitio de donde yo vengo no existen las esclavas―, aquí ella puso cara de estupor, ―y por lo tanto yo he aprendido a vivir sin ellas. Así que si te cuesta trabajo acostumbrarte a mí, es bueno que sepas que también a mí me cuesta trabajo acostumbrarme a vivir con una esclava.

―Amo, entonces ¿quién hace el trabajo en Ur?

―Bueno, en Ur hay esclavos, sí. Yo vivía antes en Ur, pero yo no soy de Ur. Yo soy de un pueblo mucho más lejano, hacia el Occidente. De lo que los griegos llaman Las columnas de Hércules. Nunca has oído hablar de ellas, ¿verdad?―, añadí yo pensando si los griegos ya las habrían llamado así o no. Posiblemente ella tampoco supiera qué demonios era eso de los griegos.

Ella negó con la cabeza, por lo que yo proseguí:

―Bueno, los griegos son un pueblo muy culto que vive al noroeste de aquí. También has de saber que el Sol sale por oriente, y se pone en occidente, ¿verdad?―, pregunté gesticulando con las manos en ambas direcciones.

Nuevamente ella asintió con la cabeza.

―Bien, pues si siguiéramos viajando con el Sol hacia el oeste, veríamos que después del horizonte no está el fin del mundo, sino que sigue habiendo tierra y mar durante muchos miles de varas, hasta que se llega a un sitio en que deja de haber tierra, y hay sólo mar. ¿Has comprendido?

Aunque con los ojos abiertos de par en par, ella asintió de nuevo.

―Bien, pues yo nací en ese lugar en que el Sol abandona la tierra, porque ya no hay nada más, sólo mar.

―¿Y allí no hay esclavos?

―No, Sheba. Allí no hay esclavos. Hay muchas tribus que se hacen la guerra de vez en cuando, pero habitualmente se llevan bien, y no toman esclavos los unos de los otros, porque son vecinos―, mentí como un bellaco a quien no tenía forma de saberlo. Porque ¿cómo le explicaba yo a ella que en mi Cieza no había esclavos porque ya estábamos tres mil años después del momento presente? Pero tenía que explicarle de alguna manera mi repug­nancia al sistema social de Babilonia, de cuya civilización me gustaban, sin embargo, otras cosas, como la gas­tro­nomía, la arquitectura, la música y sobre todo la danza.

Durante toda esta conversación me había ido desvistiendo y me había acostado en mi cama, junto a ella. La veía asombrada, y me miraba como si yo fuera un extraterrestre, o sea un dios, según su civilización. Y yo entonces me sentí aún más obligado a demostrarle que era un hombre como los demás. Ella estaba desnuda, y ambos estábamos debajo de la sábana y el cobertor. Le tomé una mano, y le acaricié la mejilla. La besé con delicadeza, y luego le hice el amor con suavidad, pero en el momento de la verdad hice la maniobra de la marcha atrás, que quizá ya los romanos llamaban coitus interruptus.

―Amo, ¿por qué has hecho eso?―, quiso saber ella.

―Es complicado de explicar ahora, Sheba. Pero no quiero que tengas un hijo mío. No quiero que ningún hijo mío sea esclavo. Y menos en esta sociedad tan clasista.

Ella sonrió tristemente, y me respondió un lacónico Sí, amo, claro. Le tuve que aclarar:

―No, Sheba, no es por ti. Es por él.

―Si mi padre hubiera hecho eso, yo no estaría aquí.

—¿Estás contenta de ser esclava?

—Estoy viva, amo. Y eso es lo que importa.

Reconozco que su argumento tumbó mis buenas intenciones, y me hicieron sentirme muy miserable.

―Bueno, Sheba, no quiero molestarte. Déjame que lo piense. Pero en cualquier caso, no voy a hacerte un hijo. Cuando eras de Zuma no me importó excesivamente, porque yo no me habría enterado, pero ahora es distinto: ahora eres mía y yo te protegeré y velaré por ti. Y si tienes un hijo, tendría que velar por él. Y no me gustaría que un hijo mío fuera esclavo.

―Como desees, amo.

―Además, voy a convertirte en el mejor médico de Babilonia.

―Nunca se vio una mujer médico, amo.

―Pues ya es hora de que la vayan viendo, Sheba. La doctora Sheba, no suena tan mal, ¿verdad?

Aquella noche dormimos juntos, después de haberle hecho el amor otras dos veces. Me prodigó de caricias, y me amó como ninguna otra mujer me había amado nunca. Se ve que el imperio babilónico tenía más secretos de los que nos ha legado la historia...

Al día siguiente, en un momento en que ella había salido a comprar algunas cosas que yo le había encargado, bajé a su dormitorio, y me tumbé en su cama, para comprobar su comodidad. Vi que, efectivamente, la mía era mucho más cómoda. Por eso fui a ver al carpintero más cercano, y le compré una cama de mayores dimensiones que la que tenía, y también mucho más cómoda. Al caer la tarde me la trajo, y le ayudé a subirla y a montarla, llevándose él la cama vieja.

Sheba había visto todo con extrañeza, pero yo le aclaré que ella iba a seguir durmiendo sola, en su cuarto. Y que en lugar de venir ella al mío, cuando a mí me apeteciera sería yo el que iría a su alcoba para dormir con ella. Lo malo fue que me acostumbré a visitarla, y aunque no siempre hacíamos el coito, todos los días hablábamos mucho en mis visitas a su cuarto, recapitulábamos cómo nos había  ido el día, discutíamos los casos que habíamos tratado, y pensá­ba­mos en tratamientos alternativos para ellos. Al final éramos más dos colegas que compartían cama que amo y esclava. Para no ofenderla, procuraba yo que cuando fornicábamos coincidiese siempre en los días que el método Ogino-Knaus aconsejaba, y la cosa salió bastante bien. Pero siempre, fornicásemos o no, ella dormía con su cabeza sobre mi hombro, y yo abrazando su flanco más alejado de mí, protegiéndola de los malos espíritus, como ella me dijo en una ocasión. Si durante la noche nos movíamos y deshacíamos la posición, inconscientemente volvíamos a ella, aunque a la mañana siguiente cada uno estuviese en el lado contrario al que había tomado al acostarse.

La despedida.   [English ~ Esperanto]

La esposa de Nabucodonosor, el arquitecto de los Jardines Colgantes.Y un buen día comprendí que habían pasado ya cuarenta días desde mi llegada a Babilonia. Y cuarenta noches, la mayor parte de las cuales había pasado con mi esclava, Sheba. En ese tiempo le había enseñado todo lo que yo sabía de medicina, que era mucho más de lo que se sabía en aquella época. Con materiales bastante inadecuados habí­a­mos hecho hasta trepanaciones, en intentos desespe­rados de salvar a pacientes a los que habíamos detectado tumores en el cerebro, y  a los que no siempre habíamos conseguido salvar. Habíamos quitado dientes, habíamos quitado tapo­nes de cera de los oídos, habíamos realizado operaciones de­li­cadas con las herramientas que teníamos en aquella épo­ca, pero cuidando siempre de que no hubiese infec­ciones posteriores, habíamos salvado a muchos niños y a sus madres cuando había habido complicaciones en el parto, y nos habíamos hecho un cierto renombre en la ciudad. Y llegó el momento de la despedida, un soleado día, en la hora de la siesta, un largo rato después de comer..

―Sheba, he de irme. Lo que quería ver de Babilonia ya lo he visto. Esta mañana he comprado esta casa, y la he puesto a tu nombre. También te he liberado―, y le entregué dos tabletas de barro cocido, una con la escritura de la casa, y la otra con su libertad―. Sigue ejerciendo la medicina como yo te he enseñado. Nunca dejes a nadie sin curar, aunque no te pueda pagar. Me voy, pero volveré a visitarte, te lo prometo.

―Amo, no te vayas. Yo quiero estar contigo. Si te vas, me voy contigo. Y no quiero la libertad. Quiero ser tu esclava siempre.

 Me afectó la fidelidad de la muchacha. Pero no transigí:

―Aunque rompas la tablilla, pequeña, esta es sólo una copia. La original está en el Templo de Ishtar. Obedéceme en esta orden final, Sheba: eres libre, y médico. Ejerce los conocimientos que te he dado en mi nombre. Haz que me sienta orgulloso de ti. Te visitaré, te lo prometo. Vendré a verte varias veces, te lo prometo. Estos días que he pasado contigo han sido un descanso, de verdad. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto. Y me voy con mucha información de los babilonios, información que valoro mucho. Llegué a Babilonia herido de muerte, y me voy siendo un hombre nuevo. Y en gran parte te lo debo a ti. No te olvidaré nunca, y vendré a verte.

Fui a despedirme también del bueno de Eleazar, a quien le confié que ayudase a la nueva liberta Sheba. Le encargué de que velara porque no le faltara nada, y que le ayudara en lo posible, pues yo sabía de sus conexiones con el gobierno. Él se sorprendió mucho de que me hubiese enterado, pero le aseguré que Sheba no sabía nada. Él y ella eran mis  dos mejores amigos en la ciudad, aparte de la reina Amytis, de la que me iba a despedir a continuación, y eso le dio más fuerza a mi petición. Ante su insistencia, le dejé que me acompañase a visitarla, y allí fuimos los dos, como dos buenos amigos.

―Majestad, perdona que te moleste, pero vengo a despedirme. Mis negocios me reclaman en Tartessos, de donde soy oriundo, y tardaré años en volver por aquí. Espero que aún tu augusto esposo esté en el trono, y que te pueda saludar de nuevo. Mientras no vuelva, se queda encargada de todos mis asuntos mi antigua esclava Sheba, a la que he dado la libertad.

―Esto no va a ser lo mismo sin ti, médico. Pero espero que resuelvas pronto tus negocios en tu patria y vuelvas a vernos.

―Así será, majestad. Creo que conoces a mi amigo Eleazar―, ella le miró y sonrió un poco, asintiendo con la cabeza, ―al que siento dejar también.

Esta vez no nos acompañó ningún soldado, porque Eleazar era como de la casa. Se despidió de mí en la puerta del palacio y me deseó buena suerte, mejor que cuando llegué a Babilonia. Vio cómo después de abrazarlo, me di la vuelta y me fui andando hacia mi casa. Pero al doblar la esquina simplemente desaparecí de allí. Eleazar tardaría al menos una hora en llegar a su casa, dada la distancia del palacio del rey. Y yo tenía que despedirme de alguien más.

Saldando una deuda.    [English ~ Esperanto]

Zuma de Babilonia.Zuma estaba en su habitación, junto a la ventana, leyendo una tableta de barro cocido. De repente levantó la mirada, y me vio, en la penumbra. De las dos sensaciones que la invadieron, triunfó la alegría sobre la sorpresa:

―¡Damil! Me alegro de verte. ¿Cómo has entrado?

―Zuma―, dije sin hacer caso a su pregunta, ―vengo a despedirme de ti.

―¿Te vas?

―Me voy a mi tierra. Pero tengo algo que pedirte.

―Dímelo para que pueda hacerlo.

―Srat. Bueno, le he cambiado el nombre, ahora es Sheba. Quiero que estés al tanto de ella, que la ayudes si fuera necesario. Creo que es ahora una mujer totalmente independiente. Le he dado la libertad, pero puede que una mujer sola en esta cultura tenga problemas. Prométeme que harás que tu marido la proteja desinteresadamente.

―Cuenta con ello. Srat era mi esclava favorita. Y la sigo apreciando.

―Sé que te costó entregármela. Y sé por qué lo hiciste, Zuma.

Zuma se sonrojó un poco, como pillada en falta.

―No, no me parece mal, Zuma. Quizá yo tenía que haberte comprendido aquel día. En mi cultura es una ofensa grave yacer con la mujer de un amigo, pero esto es Babilonia. Hoy sí que te habría tomado, pues sé que tu esposo no me habría odiado por eso.

Ella me sonrió. Me acerqué a ella y la besé. Lo que sucedió en la hora siguiente no fue como con Sheba, pero le dejé mi simiente en su cuerpo, tres veces, y al final la vi sobre su cama, desnuda, sudorosa y contenta, con el cuerpo encendido aún, mirándome con agradecimiento.

―Aquel día, cuando tomé a Srat en tu salón, Zuma, tú me espiabas.

―Y Eleazar también. Nos agradó que al menos en nuestra esclava te solazaras y acaso nos dejaras tu simiente extranjera.

―No se la dejé, Zuma. Srat no tiene hijos míos. Pero es posible que tú sí lo tengas.

―Eso espero, —dijo ella acariciándose el vientre lentamente.

La contemplé de nuevo. Era una mujer más pequeña que Sheba, de piel más pálida, de cabello rubio, del color del trigo, una mujer noble en aquella sociedad, culta, bien preparada para la vida social. Y una amante excepcional. Pero no me decía mucho. Me embargaba la sensación de haber correspondido a su hospitalidad. Ni más ni menos. Quizá pesase en mi ánimo la diferencia de edad entre nosotros, pues ella contaba apenas diecinueve años, lo que junto con su escasa altura, apenas un metro y medio, me daba la impresión de haber yacido con una niña. No era menor de edad ni siquiera por los estándares del siglo 21, pero la verdad es que yo ya era milenario, en el sentido más estricto de la palabra.

―Si acaso tuvieras un hijo, Zuma, te recuerdo que la doctora Sheba es la mejor médico partera de la ciudad. Cuenta con ella.

Ella me sonrió. Me vestí lentamente, mientras le comentaba algunas de las cosas que había aprendido en Babilonia, la ciudad que había marcado un antes y un después en mi vida, si bien no le dije por qué. Luego la besé por última vez, y le pedí que no contara a nadie los pormenores de nuestro encuentro, ni siquiera a su marido, como favor especial. Así me lo prometió. Me sonrió mientras le tomaba una mano y se la besaba, como harían miles de caballeros después de mí ante las mujeres  a las que deseaban mostrar su respeto, y salí de la habitación. Cerré la puerta sin ruido, y desaparecí.

Me materialicé en un lugar perdido de la antigua Judea, seiscientos años más tarde.



Ave María.    [English ~ Esperanto]

El pueblo, de apenas quinientos habitantes, se llamaba Nazrt. Siempre había tenido yo curiosidad por la forma de vida de los galileos de aquella época en que tantas cosas importantes para la humanidad se gestaron. Decidí que no sería médico, pues en una ciudad como Babilonia se podría pasar desapercibido aunque uno hiciera cosas notorias, pero para un pueblecito tan pequeño, elegí una profesión más modesta... Cuando busqué hospedería, me preguntaron que a qué me dedicaba. Y respondí que pensaba quedarme un tiempo en el pueblo, y que era carpintero.

―¿Cómo te llamas, carpintero?―, me preguntó el dueño de la hospedería.

―José―, dije sin pensarlo dos veces. Era un nombre corriente en aquella zona, y lo que yo quería era ver cómo era la sociedad en los pueblos pequeños de la época en que nació Jesucristo, más o menos.

Al principio me defraudó un poco, pues el cambio de época y paisaje supuso para mí sólo que el sol cambiase ligeramente de posición: había abandonado Babilonia a mediodía, y llegué a Nazrt a la misma hora, lo cual podría considerarse un salto exacto. Sin embargo la diferencia de seiscientos años hacia el futuro hacía que La Tierra no ocupase el mismo lugar con respecto al Sol por efecto del movimiento de precesión de los equinoccios, y de ahí la diferencia que yo había observado, a pesar de tratarse de la misma hora solar. Yo quería entrar en contacto con la carpintería más cercana enseguida, para que me aseso­raran..., y descubrí que en aquel pueblo no había ninguna.

Aprendizaje.    [English ~ Esperanto]

Había esperado encontrar, al menos, al propio futuro San José para que me echara una mano al principio, además de para conocerle, en los asuntos tocantes a la profesión. Por eso había adoptado su mismo nombre al llegar a este pueblo, para caerle quizá un poco mejor. Pero al no haber ninguna carpintería y no entender yo mucho de este arte, y no querer introducir ningún anacronismo, hice una investigación en los pueblos de alrededor para ver dónde había un carpintero competente que me pusiera al día en su profesión. Estuve en varios pueblos de los alrededores, pues, y en ninguno encontré nada digno de mención. Pero en Caná, a algo más de nueve kilómetros de Nazrt, encontré a Yeshúa. Era un hombre de edad madura, bastante afable, que me preguntó si deseaba algo cuando entré en su carpintería. Tenía dos operarios, y él mismo era el tercer hombre de su empresa. Le manifesté que era extranjero, y que quería establecerme en el pueblo unos meses, al menos, pero que queriendo cambiar de profesión le rogaba me dejase trabajar en su carpintería en calidad de pinche. El hombre me miró un poco sorprendido por mi propuesta, pues nunca se la habían hecho. Yo era demasiado mayor para ser aprendiz, y no podía pagar un tercer sueldo. Yo le pedí que me dejara hacer las tareas más humildes, y que me pagase en función de lo que le hiciera ganar yo, que me pagase a comisión de mis productos, si conseguía hacer alguno, pero que en realidad lo que yo quería era ponerme al día y aprender el oficio, que con eso ya me daba por suficientemente pagado. Le hizo gracia al carpintero mi propuesta, y me encargó que fuese con el más joven de sus hombres a buscar madera a un bosque cercano, pues se le estaba acabando el material, y hasta el mes siguiente no le llegaría un pedido que había hecho a unos leñadores que habían ido a otro bosque, más lejano.

Natán, pues así se llamaba el muchacho, me hizo llevar la carretilla hasta el bosque que llamaba Shalom, pues allí se respiraba paz, sobre todo cuando no ibas a aquel lugar a tra­ba­jar, que estaba a unos dos kilómetros hacia el sudeste. Una vez allí, procedimos a cortar un arbusto, desbrozamos sus ramas, y las cargamos en la carretilla, junto con el tronco principal, que cortamos en dos o tres piezas. A pesar de haber sido sólo un árbol pequeño, la carretilla iba muy cargada, por lo que tuvimos que alternarnos en tirar de ella, y en algunos tramos tuvimos que hacerlo los dos a la vez.

El maestro se alegró mucho al vernos, porque normalmente Natán no trabajaba tanto. Me contrató de inmediato, y en los próximos tres meses aprendí la forma en que aquellos hombres trabajaban la madera, así como a utilizar las herramientas que tenían. A las dos semanas ya me atrevía a fabricar algunos muebles yo solo, y al mes ya sabía convertir un tronco de un árbol en un mueble convenientemente lacado  y barnizado. De todas formas, eran muebles para gente modesta, así que no era un gran grado de sofisticación el que se requería. Así y todo, le insistí al maestro Yeshúa para que me dejase ayudarle a él en persona a producir los muebles que le encargaban los ricos, que eran los que más tiempo exigían en su confección. Por eso el bueno de Yeshúa accedió a contarme todos los secretos de su profesión. Es digno de recordar que yo, por mis conocimientos telepáticos, podía seguir las explicaciones con mucha más concentración que las personas normales, y lo que el maestro me mencionaba una sola vez se quedaba grabado en mi mente, pues no sólo escuchaba sus palabras, sino que veía las imágenes que ellas invocaban en el cerebro del maestro. Por eso a los tres meses di por terminada mi instrucción sobre el noble arte de la carpintería de pueblo en la sociedad judía del siglo I a-d. C,  y con las monedas que mi maestro me dio por los trabajos a cuya realización había contribuido, más mi parte por los que había producido yo solo, me fui de nuevo a Nazrt para montar mi carpintería, en caso de no poder localizar a José el Carpintero y ofrecerle mis servicios como oficial de carpintería en su negocio. O..., bueno, si fuese él quien viniese al pueblo después, quizá fuese él el que pudiese trabajar en mi carpintería...

El carpintero de Nazrt. [English ~ Esperanto]

La casa de José.Pero el bueno del futuro San José seguía sin aparecer, por lo que en un cruce entre dos calles que me parecieron importantes alquilé una casa no tan espaciosa como la que tenía, o había tenido, en Babilonia, pero igualmente de dos plantas. Tenía unos cincuenta metros cuadrados de planta, y accedía al piso superior por una pequeña escalera de madera, que partiendo de un extremo de la planta baja se apoyaba en el extremo izquierdo de un agujero rectangular que había en el suelo del piso superior. Estaba rematada la casa por un tejado de paja que permitía una abertura para un postigo desde el que se veía la calle. Arriba había una cama de ochenta por ciento sesenta centímetros, con colchón de paja, una mesa pequeña, varias sillas y una mesa más grande, que se podría utilizar para comer. Pero vi que había demasiado espacio para una sola habitación, así que decidí transformar la casa, de modo que hubiera otra habitación en la parte superior, para lo cual decidí abrir varias ventanas, de forma que la casa fuese mucho más luminosa de lo que había sido nunca. En la planta inferior es donde habían vivido los inquilinos anteriores, que dedicaban la superior a almacén, y por eso lo tenían tan desatendido. Yo invertí las funciones de la casa, puesto que la planta baja la quería dedicar a mi negocio. Tuve que negociar con el dueño los cambios, y al no permitirme derribar ninguno de los muros interiores, le hice una oferta de alquiler con opción a compra. El hombre no sabía lo que era eso, pero al ver que yo estaba de acuerdo en pagarle un alquiler bastante superior a los inquilinos anteriores, no tuvo inconveniente en firmar un documento en el que se comprometía a venderme la propiedad en un futuro por el precio que un perito cualificado aconsejase, descontándome del mismo todo lo que yo le hubiese pagado en concepto de alquiler. Igualmente constaba en el documento que yo podía transformar el interior de la casa en la forma en que necesitase, pero sólo si me comprometía a devolverle la casa al dueño en las mismas condiciones en que se la había alquilado, corriendo los gastos de rehabilitación por mi cuenta, si no era así. De esta manera estábamos las dos partes contentas. Por lo tanto me armé de una poderosa maza, y yo mismo derrumbé los muros de las tres habitaciones inferiores, una vez que comprobé que no había ninguna piedra angular ni ninguna columna o pilar maestros en ninguna de ellas. Vi, con placer, que la casa seguía en pie. Mi reconstrucción no era un proceso casi instantáneo, como el que había realizado con la casa que Myrna hizo para mí en la Luna, pero disfruté haciéndolo con las manos. Amplié la casa un poco a costa  del corral y del huerto que tenía detrás de la misma. En el piso superior hice un saliente que se proyectaba sobre el corral, y allí hice un wáter fabricando un murete de piedra con un agujero en el centro. Ese agujero daba a una especie de canalón que acababa en un depósito de metal que se podía quitar con facilidad de su alojamiento, de forma que cuando fuese al bosque a por madera, podría llevarme el depósito en el carro y dejar los detritus humanos allí, como abono, y luego traerlo convenientemente lavado en el río. Así tuve el primer wáter de la región.

Cuando las obras estuvieron terminadas, disponía de un extenso taller de carpintería en la planta baja, y de mi humilde morada en la parte superior. En la puerta puse un cartel grande, en el que se podía leer en perfecto hebreo:

ג'וס? יאסאף נגר

En el exterior de mi carpintería, dentro aún de mi propiedad, puse una mesa de comedor y seis sillas, con una nota con el precio: 15 dracmas (חמשה עשר ג.ר.ד). Estimé que era barato, y así lo debieron estimar varios vecinos, porque el conjunto voló a la media hora. Muchos otros vinieron y me encargaron muebles similares. Pero donde yo hacía más dinero era con las reparaciones de muebles, pues aquella gente no era muy pudiente. Pronto conocí a todos los habitantes del pueblo, y de algunos otros pueblos de los alrededores. A la semana de mi estancia allí, aparecieron dos carpinteros de esos pueblos vecinos que me hablaron llenos de cólera, y me hicieron saber que les estaba robando clientes, que no se podía fabricar tan barato, y un largo etcétera causado en realidad por su mala competencia, aunque era evidente que ellos me responsabilizaban de ello. Sin embargo yo les propuse un trato: les propuse reunirnos todos los carpinteros de la zona, y llegar a un acuerdo en los precios. Sin embargo, teníamos que hacer cosas de calidad y ajustar los precios, de forma que tuviéramos para vivir e incluso para mejorar nuestro negocio, pero sin aprove­char­nos de la gente. Al final los convencí, y mis clientes vieron que yo subía los precios. Les tuve que convencer de que yo también tenía que comer, y que mi política había sido comenzar con precios de risa para darme a conocer, pero que ya tenía que pensar en mí mismo también, que ya no era tan joven, y que además quería establecerme, casarme y tener familia.

Mi tercer desposorio.

Eso sucedió mucho antes de lo que yo pensaba: en una ocasión en que, desocupado, iba yo dando un paseo por los alrededores del pueblo, oí a una joven sollozar. Se trataba Miriam, una hermosa muchacha de dieciséis años hija de uno de mis mejores clientes, Joachim. Estaba tirada en el suelo, llorando. Le pregunté que qué le ocurría, pero, roja de vergüenza, se negó a decirme por qué lloraba tanto. La observé con gravedad y leí en su semblante, y en su pensamiento, que unos desalmados la habían forzado. Me dio lástima la pobre chiquilla, pues apenas contaría unos dieciséis años. En aquella sociedad falócrata y atrasada, si eso se conocía, ella se quedaría soltera toda su vida, además de ser la vergüenza del pueblo. La consolé como pude. Le dije que me describiera lo que había pasado, pero no hizo falta, porque mis dotes telepáticas me permitieron ver quiénes habían sido y qué había pasado exactamente. Eran dos soldados romanos, con los cuales trataría más adelante. Le hice prometer que no se lo contase a nadie, ni siquiera a sus padres, que yo lo resolvería todo. Fui bastante convincente, pues cuando llegó a su casa se había arreglado la túnica de forma que pareciera que sólo se le había manchado un poco, y se retiró a orar, como hacía todos los días. Me miró agradecida, porque con mi cháchara durante el camino de vuelta la había hecho reír en varias ocasiones, de forma que se había olvidado de su desgracia. Le encomendé que pidiese a Dios guía y consuelo espiritual, que de lo material me ocuparía yo. Me sonrió con tristeza y entró en su cuarto.

Joaquín estaba en casa, charlando con su mujer, Ana. Tras pedir permiso para entrar en su morada, les planteé el motivo de mi visita:

―Amigo Joaquín, estimada Ana, como sabéis llevo ya varias semanas en vuestro pueblo. La verdad es que me gusta, es bonito, y la gente es encantadora. Y he pensado que me gustaría formar una familia.

―Gracias por comunicarnos tu proyecto, José. Pero ¿en qué te podemos ayudar?

―En mucho, Ana, en mucho. Como sabéis, mis negocios van bien, y ya voy teniendo algo que ofrecer a una mujer: una casa propia, que lo será pronto, unos ingresos regulares con los que se garantiza más que suficien­temente la alimentación de la pareja y de lo que venga, si viene...

―¿Y?

―Y, amigo Joaquín, que ahí es donde entráis vosotros: tenéis una hija joven y guapa con la que me gustaría desposarme. Ignoro si entre vosotros existe la costumbre de mi tierra, que consiste en pedir permiso a los padres para cortejar a la muchacha, o si, como hacen los celtas, basta un acuerdo verbal con los padres para que la boda se celebre. En cualquier caso, he de contar con vosotros. Si me decís que no, no insistiré, aunque creo que no iba a tener mejores suegros que vosotros...

Fue mi amigo Joaquín el que habló, como le correspondía en un caso como este, en el que se dirimía el futuro de una de sus hijas:

―Amigo José, honras a esta casa expresando tu intención de pertenecer a ella. Por mi parte no hay inconveniente en que te cases con mi hija―, y, volviéndose a su esposa, añadió: ―Y tú, esposa, ¿tienes algo que decir?

―Marido, lo que tú digas estará bien. Me complace entregársela a una persona instruida como tú, José, en lugar de a un mozo analfabeto de este pueblo, o de otro de los alrededores.

―Os agradezco la confianza. No le he dicho nada a Miriam hasta no saber vuestra disposición, pero ahora ya me siento libre de hacerle la propuesta. Pero decidme: ¿debo pedírselo, hacerle la corte, o con vuestra bendición es suficiente?

―Mi palabra vale tanto o más que la de mi hija, José. Por cortesía se lo puedes pedir a Miriam, pero es aún una niña de dieciséis años, y hará lo que su padre le mande. Y le mando que se case contigo.

La encontré aún orando en su retiro, y situándome detrás de ella, carraspeé para atraer su atención. Cuando se volvió y me miró me di cuenta de lo bella que era, de la mirada tan dulce que tenía, y de la inmensa tristeza que despedían sus ojos, lo cual realzaba su belleza mucho más.

―Miriam, he hablado con tus padres. Les he pedido tu mano. Pero quiero hablarte antes, y pedirte permiso a ti también para casarme contigo.

Ella me miró con ojos de asombro, por lo que le aclaré:

―Miriam, ya sé que no te gustaría casarte con un viejo. Yo soy viejo, más de lo que tú te crees, pero me gustas mucho. Creo que eres una persona excepcional. Y que no te mereces que se sepa en el pueblo lo que te sucedió en el bosque, así que si te casas conmigo, todo ocurrirá dentro del santo matrimonio. Yo ya no estoy para ciertos trotes, y seré un esposo casto mientras tú no accedas a que yo te requiera. Pero quiero protegerte, Miriam, del oprobio, de la vergüenza, y de la penuria económica a la muerte de tus padres, que ya son mayores. ¿Qué me contestas?

―Señor José, no sé qué decir. No creo que pueda recibir nunca a un hombre, aunque sea mi esposo, porque aún me  dura el miedo y la vergüenza que he pasado. Pero creo que usted es un hombre bueno, y algo me dice que puedo confiar en usted. Si me promete que me respetará, le creo. Así que le doy mi permiso para que usted me despose. No me importa que tenga usted cuarenta años, aunque los lleva muy bien.

Me asombró la entereza de aquella niña que aún tenía reciente la agresión sufrida en el bosque, y viendo que era sincera e incapaz de doblez alguna, me acerqué a ella y le besé en la frente, diciéndole Que dios te bendiga, Miriam.

Volví a donde sus padres, y les dije que todo estaba arreglado, que Miriam accedía de buena gana a ser mi esposa, y que sólo faltaba acordar la boda para cuando a ellos les pareciera bien. Acordamos que sería quince días después, pues yo ya tenía ganas de terminar de establecerme. Aproveché aquellos quince días para comprarle mi morada y taller al dueño, que me la vendió gustoso al comprobar que no tenía que rebajarme del precio total más que una mensualidad. Así que le di un denario y él me dio un pergamino en que figuraba la compra venta con su firma y la de dos testigos y un escribano. Cada uno recibió una copia, y se envió otra al Templo de Jerusalén. Ya tenía un techo que ofrecerle a mi esposa.

A las bodas, como se decía en el pueblo, acudieron los principales de Nazrt, y durante la ceremonia, oficiada por un rabino, tomó la palabra el propio Joaquín, que nos bendijo y nos instó a que pronto le diéramos un nieto, aunque vi las miradas y sonrisas de complacencia de algunos jovenzuelos del lugar, que sin duda envidiarían estar en mi puesto..., seguramente porque no podían sospechar la existencia del extraño acuerdo de mi ya esposa y yo.

Al final de la ceremonia hubo una comida en la que se invitó a todos los amigos de la familia y yo, no teniendo parientes, invité a mi antiguo patrón, Yeshúa, y sus dos oficiales de carpintería, que vinieron de Caná expresamente a mi ceremonia. Nos regalaron un comedor expresamente concebido y fabricado para nosotros, en cada una de cuyas sillas habían escrito, en letras hebreas bellamente repujadas, este mensaje:

יוסף ומרי
הקולגות שלך ואף על פי כן ידידים
יאסאף, נאטאן, ודניאל

Tras varias horas de celebración, en que el vino no escaseó, ni los manjares cocinados por Ana y Miriam con ayuda de sus criadas Sara y Rebeca, dado que los judíos, al revés que otros pueblos de aquella época, no tenían esclavos, sino sirvientes a los que se pagaba un sueldo, finalmente llegó el momento de despedirnos de los invitados. Ellos nos acompañaron a nuestra morada, pues todo había ocurrido en la de mis ya suegros. Al llegar al dintel, hice gala de una costumbre romana: cogí en brazos a mi esposa, y crucé el umbral de la puerta de nuestra casa con ella, cerrando la puerta después para simbolizar que aquel era nuestro nido, nuestra fortaleza, y que allí no recibía­mos visitas en el resto del día.

En cuanto cerré la puerta, me volví a mi joven esposa, y ante su mirada huidiza clavada en el suelo, le tomé de una mano y le dije:

―Esposa, José el Carpintero tiene sólo una palabra. Te acompañaré a tu habitación, que será distinta de la mía mientras así lo desees, y te mostraré cuál es la mía, por si necesitas mi ayuda para algo.

Y la conduje arriba, hasta el segundo dormitorio que había realizado, utilizando la escalera cuyos peldaños había agrandado y además había puesto un pasamanos en la parte exterior, para aumentar la seguridad al subir y sobre todo al bajar. En el piso superior había dispuesto la mejor de las camas de la casa, guarnecida con sábanas bellamente decoradas y un cobertor, además de una cómoda almohada que, al igual que el colchón, no estaba rellena de paja, sino de plumas de ave. Nuevamente la besé en la frente, y nuevamente invoqué la bendición de Dios para una muchacha tan buena. Hecho lo cual bajé a mi taller, y terminé de barnizar varios muebles que me habían encargado. Pasaron dos horas, y estaba yo tan embebido en mi tarea, que no la oí llegar, hasta que sentí sus brazos alrededor de mi cuello, y posando sus labios en mi mejilla, me besó y me dijo:

―Esposo, tu nueva esposa te ha preparado la cena. Comamos y déjame que te agradezca lo que estás haciendo por mí.

En realidad era una infusión de camomila, que me vino muy bien para mi reseca garganta, y un poco de conversación, pues una muchacha tan graciosa como ella podía hablar de muchas cosas y hacerte reír sólo por la forma en que tenía de expresarse. Al cabo de un par de horas ya se había hecho de noche, y ella se subió a su cuarto, y yo al mío, y dormimos castamente, el uno en la habitación de al lado de la del otro. Así dormimos una y otra noche, durante muchos años. Pero he aquí que a los cuatro meses el vientre de mi tercera esposa se empezó a abombar.

La anunciación

Yo reflexioné sobre el suceso que había movido mi piedad a realizar la pantomima de matrimonio con esta muchacha, y le comenté un día, cuando llevaba apenas cinco meses de embarazo:

―Me sorprende, Miriam, lo bien que llevas tu embarazo. Ambos sabemos cómo se gestó, y las muchachas en tu situación que he conocido siempre tenían problemas para conciliar el sueño, estaban nerviosas, eran intratables. Y tú has sido todo lo contrario. Me has tratado con respeto y dignidad, además de con cariño y lealtad. Y no te he visto una palabra inadecuada ni un gesto indebido.

―Marido, estoy tranquila por lo que me dijo el ángel.

―¿El ángel? ¿Qué ángel?

―No te lo comenté antes, José, porque no estaba segura de que había ocurrido, pero luego me convencí de que era verdad.

―¿Cuándo recibiste la visita del ángel?

―El día en que tuve el encuentro del bosque, marido. Justo antes de que tú me propusieras matrimonio.

Impresionado más que intrigado, salí de la estancia y di un salto temporal a aquel día, pues yo también quería ver al ángel. Lo que vi desde el dintel de la puerta, me dejó petrificado: el supuesto ángel era nada menos que mi antigua esclava de seiscientos años atrás, Sheba, vestida con una blanquísima túnica de seda que reflejaba la luz del sol que le daba de lleno a través de la ventana junto a la cual estaba Miriam orando. Le estaba diciendo algo a Miriam, y llegué a tiempo de oír:

―... que será la salvación de todas las generaciones.―. Tras aquellas palabras, el supuesto ángel me miró, y salió por la otra puerta de la habitación. Eché a correr detrás de ella, pero había desaparecido. ¡Rayos!, me dije, ¿Quién le ha enseñado a saltar por el tiempo? Y sólo entonces reparé en algo notorio en lo que no había caído antes, pero que me había hecho familiar las facciones de Sheba desde el mismo momento en que la había conocido en Babilonia: había una conexión entre aquella muchacha y mi mentora, entre Sheba y Vanessa. El tiempo, me dije, me dará la razón. 

Volví inmediatamente a cinco meses después de mi boda, justo al momento siguiente a cuando había dejado a mi esposa, y le pregunté:

―Y dime, mujer: ¿qué te dijo exactamente el ángel? ¿Puedes recordarlo?

―Me dijo algo muy extraño, pero que tuvo el poder de superar mis problemas tan terribles de aquel día. Claro que puedo recordarlo. Nunca se me olvidarán aquellas palabras:

Dios te salve, Miriam.
Llena eres de gracia,
pues el señor es contigo.
Bendita tú eres entre todas las mujeres
Y bendito es el fruto de vientre. Porque vas a dar a luz a un hijo que será la salvación de todas las generaciones.

―¡San Gabriel!―, dije en una exclamación salvaje.

―¿Le conoces?

―Sí, bueno, no le he visto nunca, pero sé que es San Gabriel, uno de los arcángeles. Los ángeles los utiliza Dios para enviar mensajes, pero los muy importantes los manda con los jefes de los ángeles, que son arcángeles, o sea, más que ángeles.

―Además de las palabras que me dijo, ¿tú crees que todas ellas significan algo?

―Significan que tu hijo será famoso en todo el mundo durante miles de años, Miriam. Y su nombre será bendecido en todas las lenguas y en todas las naciones. Y  será Yeshúa.

―Como tú mandes, marido. Además, el ángel me dijo que ese sería su nombre. Es casualidad que tú hayas decidido lo mismo sin saberlo.

―Sí, Miriam―, dije saboreando su ingenuidad y el encanto del momento, ―es una casualidad divina. Te dejo, esposa, voy a resolver una cuestión con un cliente.

Y dejándola con sus quehaceres, me moví de nuevo al remoto pasado, a seiscientos años antes, a ver a mi esclava Sheba, que todavía no sabía que iba a ser un ángel de anunciación. Antes de despedirme de ella, me había dicho que haría todo lo que yo le dijera. Y yo le había dicho que volvería a visitarla.  Llegué a diez años después de mi partida.

―¡Amo! ¡Has vuelto!―, me dijo una Sheba un poco más gordita y con alguna arruga más que cuando la había dejado.

―No podía estar mucho tiempo sin ti, Sheba. Anda, cuéntame qué has hecho en este tiempo.

Me contó que había seguido curando a la gente, que se le habían muerto algunos pacientes, pero que eran los que estaban ya muy mal. Por lo que me contó, eran enfermedades incurables en aquella época, como el cáncer, la tuberculosis y otras parecidas. Pero la gente de Babilonia la apreciaba, y hasta el propio rey le había llamado en alguna ocasión en que tuvo alguna afección. Ella les daba consejos para que su salud mejorase, pero no siempre le hacían caso.

―¿No te has casado, Sheba?

―No, amo. ¿Dónde iba a encontrar a otro hombre como tú?

―No te enamores, Sheba. No te enamores de alguien como yo, que tan pronto está aquí como desparece. Necesitas un hombre bueno que te quiera y te cuide.

―Bueno, pues cuando aparezca ya te lo presentaré, si sigues con nosotros, o si vienes a vernos, amo.

―No soy tu amo, Sheba. No uses esa palabra conmigo, mujer.

―Perdona, pero no me sale llamarte por tu nombre, maestro.

―Pues haz el esfuerzo, por favor.

La observé con atención y la vi aún joven, bella, muy atractiva para los cuarenta años que tenía. En aquella sociedad ella debería ser una anciana, y sin embargo apenas estaba un poco más vieja que cuando la conocí. Quizá el ser baja y delgada, y su cara aniñada le conferían el aire de juventud apreciable que aparentaba. Y su vida era muy sana. Por fin conocía a un médico cuya salud le sirve de propaganda a sus buenos servicios.

Le pregunté por mis amigos Eleazar y Zuma. Ella sonrió con un deje de tristeza, antes de decirme:

―Están estupendamente. Después de irte tú, Zuma tuvo mellizos.

―¿Mellizos? ¿Cuándo nacieron exactamente?

―Se cumplieron nueve meses después de irte tú, maestro―. No pude dejar de notar un matiz de amargura en su voz.

―Sé lo que te entristece, Sheba, pero no te preocupes, que tú también tendrás hijos―, dije medio encajando la última pieza del puzzle Sheba-Vanessa.

―No, Damil―, me sorprendió usando mi nombre, ―fue bueno controlar clínicamente a tus hijos, Eleazar y Dami­la. Al verlos me hacía la idea de que eras tú cuando eras niño. Y por partida doble―. Ahora su sonrisa era sincera. Había tenido diez años para asimilar que lo que le había negado a ella, se lo había dado a Zuma, quizá porque ella era una mujer libre.

―No lo sabía, Sheba. No sabía nada de esto, de verdad. Pero aunque lo hubiese sabido, no habría venido por ellos. No sé si voy a tener tiempo para ir a conocerlos. Pero he venido por ti. A verte, a saber cómo te va, y además, por otra razón muy especial.

―¿Cuál?

―Sheba, necesito que me hagas un favor.

―Estaré encantada, maestro.

La llevé a una tienda de ropa, y le compré una túnica blanca, extremadamente blanca, de seda, que reflejaba mucho la luz. Una vez en casa de nuevo, le propuse lo siguiente:

―Te voy a llevar a un lugar para que le digas un texto a una joven que lo está pasando mal. Quiero que la animes. Pero es un poco rara, y quiero que le digas exactamente esto―. Y le presenté una tablilla de barro cocido en la que con caracteres cuneiformes había una transcripción fonética de un mensaje en hebreo. Ella no comprendía nada, pero le dije que se trataba de una muchacha extranjera, y que era importante que dijera exactamente eso. ¿Podría me­mo­rizar­lo? Me dijo que ya lo había memorizado, y me lo repitió sin mirar la tablilla.

Vistió su nueva túnica, y tomándola de un codo, me la llevé hacia otra habitación, de modo que al cruzar el dintel de la puerta entre ambas saltamos los dos a un dintel similar en casa de mi amigo Joaquín. Encontramos a Miriam rezando, de rodillas, hacia una ventana. Yo me oculté detrás de la puerta, y vi cómo Sheba decía en perfecto hebreo:

―¡Dios te salve, Miriam!

La chica hebrea dio un brinco, abriendo los ojos, y oyó, sobrecogida lo que Sheba decía:

―Llena eres de gracia. El señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Porque vas a dar a luz a un hijo, Yeshúa, que será la salvación de muchas generaciones.

La pobre Miriam, al ver a ese ser vestido con esa ropa tan brillante que había surgido de la nada, se quedó mirando con la boca abierta, como si no comprendiese. Sheba miró hacia la otra puerta, me vio donde no debería estar yo, pero se giró y salió por donde había entrado, y en cuando estuvo a mi alcance la tomé por el codo y volvimos a su casa, seiscientos años en el pasado y más de mil kilómetros hacia el este.

Sheba se futuriza.

―Maestro, ¿quién era esa mujer?

―Pobrecita, la han violado, y tú la has ayudado a pasar el bache.

―¿Qué le he dicho?

―Le has dicho que tenga confianza, que todo va a salir bien.

Pero mi discípula no era tonta. Volvió a la habitación de al lado, y no había allí ninguna mujer, ni hebrea ni babilónica.

―Maestro, dime la verdad. Y ¿por qué estabas en el otro lafdo de la habitación? Me pareció que estabas en dos sitios a la vez.

[Continuará].



NOTAS.- Este libro tiene casi 60 notas a pie de página, que ya iré desglosando.

  1. Este censo se facilita para orientarse, una vez iniciada la lectura, debido a la gran cantidad de personas relevantes en este relato, pero se desaconseja su lectura a priori, ya que puede liar más que aclarar. En lugar de al final se ha puesto aquí para que el lector tenga claro desde el principio de que este índice existe. Seguir leyendo.
  2. Alicia en el país de las maravillas, novela de Lewis Carroll. Seguir leyendo.
  3. Traducción propia, a partir del texto facilitado por el Proyecto Gutenberg de The Time Machine, de H. G. Wells. Seguir leyendo.
  4. Obviamente Indalecio no se acuerda de lo acaecido en la página 11. Seguir leyendo.
  5. Stress causado por la diferencia horaria. Seguir leyendo.
  6. Se verá más adelante. Seguir leyendo.
  7. Sinónimo de cronista, es el que viaja por el tiempo. Seguir leyendo.
  8. Más tarde comprendería este idioma: "Vanessa, ciertamente mañana no podré verte. Otro día pronto". Y ella contestó: "Myrna, no importa". Seguir leyendo.
  9.  Mirno, bonvolu, venu baldaŭ serĉi min. Seguir leyendo.
  10. Esta es la primera vez que Vanessa ve a Indalecio. Compárese a la primera vez que él la ve a ella... Seguir leyendo.
  11. Cuentos de misterio e imaginación. Seguir leyendo.
  12. Israfel es el nombre de un ángel malvado de uno de los poemas del Sr. Poe. Seguir leyendo.
  13. ¡Dios mío, dios mío, por qué me has abandonado? Seguir leyendo.
  14. Verdaderamente, este hombre era hijo de dios. Seguir leyendo.
  15. Ambos obvian el hecho de que aún siendo de la misma especie, Indalecio es muy anterior a ella, y por lo tanto él es el primero de la raza humana que lo consigue. Seguir leyendo.
  16. The Blind Watchmaker, de Richard Dawkins. Seguir leyendo.
  17. La vía de Myrna, claro, pues tenía otros descendientes, por la vía de Teresa, mi primera esposa. Seguir leyendo.
  18. Una persona de otra época. Seguir leyendo.
  19. John Norman, autor de La saga de Gor, una serie de 26 libros sobre un supuesto planeta que gira en una órbita diametralmente opuesta a la nuestra alrededor del Sol. Seguir leyendo.
  20. Destacaba su sonrisa sobre toda su figura, pero no era exagerada, sino en realidad media sonrisa, como la que plasmó Leonardo da Vinci en su famoso cuadro La Gioconda. Seguir leyendo.
  21. Rangún es el nombre occidental. Los oriundos prefieren llamar Yangon a la capital de Birmania, o sea, de Myanmar, en birmano. Seguir leyendo.
  22.   Una muchacha. Seguir leyendo.
  23. En tagalog, idioma local, utol significa hermano. Seguir leyendo.
  24. Un avatar es una especie de símbolo que se utiliza en algunos contextos, como Internet, en lugar de la foto real de un individuo, por motivos de seguridad. Antes de iniciar mi vuelta al mundo yo tenía la cara de Popeye como avatar, porque para mí siempre ha sido un personaje entrañable y símbolo de no dejarse amilanar por nada. Seguir leyendo.
  25. Cada página tenía por término medio mil caracteres, por lo que mi ratio eran cinco páginas por minuto, lo cual me forzaba a pensar muy rápido cuando creaba. Pero pensar rápido era algo que había conseguido mediante el lenguaje telepático en el lejano futuro... Seguir leyendo.
  26. El último poema de mi Traca final comenzaba: Volviendo la vista atrás/ hice literatura, no más... Seguir leyendo.
  27.   Véase el segundo volumen de esta trilogía: Tricronía. Seguir leyendo.
  28. Las dos desapariciones de la humanidad, la parcial y la total, se conocen eufemisticamente como "Eclipses". Seguir leyendo.
  29. En el trigésimo milenio de la Era Agrícola (vulgarmente conocida como De la Parra Quemada) hubo un cataclismo impresionante que volcó la meseta del Tíbet y dejó una enorme fisura o falla donde hasta entonces había estado Mongolia. Seguir leyendo.
  30. Véase la conversación con la esclava aguadora en ¿Qué me pasa, doctor? Seguir leyendo.
  31.  Recordemos que en todo el mundo había sólo diez mil personas, lo que representa la población de un pueblo pequeño, a pesar de estar repartidos por todo el globo terráqueo. Indalecio ya era una institución, pues se negaba a suicidarse, por lo que sus más de mil años de edad habían roto todos los récords de aquella sociedad, y por eso todos querían conocerlo. Seguir leyendo.
  32. Cronía es el nombre técnico de la ciencia que estudia los viajes por el tiempo. Seguir leyendo.
  33. La elección de este oficio me vino a la mente debido al extenso entrenamiento como padre previo al nacimiento de mi hijo Anselmo, que incluía un conocimiento del cuerpo humano muy superior al que los médicos de aquella época tenían. Seguir leyendo.
  34. En nuestras medidas, le calculaba yo un metro sesenta. Seguir leyendo.
  35.  La chirimía que se toca en las chirigotas en mis Andalucía y Levante es una especie de trompetilla de metal que no tiene artificio para producir sonido, sino que se limita a aumentar el ruido de la voz o de los labios del ejecutante. Seguir leyendo.
  36. Evidentemente, se trata de opio. Seguir leyendo.
  37. Un codo equivalía a 45 centímetros, por lo tanto Srat medía 1'60 metros.  Seguir leyendo.
  38. Un talento equivalía a treinta kilos de peso, y una mina común a medio. Por lo tanto Srat pesaba cincuenta kilos. Seguir leyendo.
  39.   Pronúnciese ∫eba, con la s de she en inglés. Seguir leyendo.
  40.   Cuando bailó en casa de Eleazar y cuando la compré. Seguir leyendo.
  41. Una vara era algo menos de medio metro de longitud. Seguir leyendo.
  42. O sea, que no quería introducir ningún elemento de épocas más recientes que el siglo I de nuestra era en los objetos que, como carpintero, tuviese que producir. Seguir leyendo.
  43. Yeshúa, pronunciado ie∫úa, era un nombre muy frecuente entonces, que se ha traducido al español como Jesús. Seguir leyendo.
  44. A-d.C. Significa antes y después de Cristo, puesto que Jesús nació en un siglo ya definido, el 8º de la fundación de Roma, que empezó antes del siglo I d.C., pero terminó, obviamente, después de su muerte. Seguir leyendo.
  45. En realidad había tenido. ¿Existiría todavía? ¿Existirían los descendientes de Sheba? Me propuse averiguarlo cuando ya estuviese establecido. Seguir leyendo.
  46. José (hijo) de Yeshúa, carpintero.  Seguir leyendo.
  47. No obstante, cuando me personé en el destacamento romano de la zona, haciéndome pasar por questor (enviado especial del Senado Romano) para investigar las relaciones con los locales, se evidenció que los soldados que yo había visto en la mente de Miriam no existían, ni habían estado allí nunca. Seguir leyendo.
  48. José y Miriam.
    Tus colegas y sin embargo amigos.
    Yeshúa, Natán y Daniel. Seguir leyendo.
  49. Yeshúa es el nombre hebreo para el nombre español Jesús. Seguir leyendo.


 Índice




    Contraportada:

    Explicación final.







    Bibliografía.Mis obras.

    Si le ha gustado este libro, puede leer otros del mismo autor, cuya referencia encontrará en http://www.obracompleta.com:

    1. El amo de casa: escrito entre 2005 y 2008, de inminente aparición.
    2. La versión de Tirolino, o El servidor de Roma.
    3. ¡Viva la República!
    4.  Amén.
    5. Viaje final.
    6. Transgresion:
      1. El putero.
      2. Oumou, the Ebony Hetaera.
      3. The Happy Pimp / El proxeneta feliz.
    7. Abuelo y nieto: libro del mes en agosto de 2016.
    8. Oficial y bailarina.
    9. Cuando los marcianos conquistaron La Tierra.
    10. Historias de El Diablo.
    11. Cuéntotelo: 28 cuentos variados.
    12. Transgresión:
      1. La cronista, o los amos del tiempo,
      2. Tricronía, o El otro lado de la creación,
      3. Los desterrados, o El cielo es humano.
    13.  Cuento en 3 idiomas:
      1. El soldado y la bruja.
      2. The Soldier & the Witch.
      3. La soldato kaj la sorĉistino (kompleta).
    14. Un proyecto singular.
    15. The Singer's Complaint.
    16. El pecado del talibán, o La triste vida de Abdul Saleh: Libro del mes en julio de 2016.
    17. Una prehistoria de amor, o El niño que no quería ser Jefe.
    18. Los obscuros.
    19. La embaucadora, con La Dama.
    20. Desencuentros, con La Dama.
    21. La redención de Ecolgenia.
    22. El libro de las crónicas angélicas y las anécdotas diabólicas.
    23. Crímenes Terapéuticos.
    24. Los siete pecados capitales. Pendiente de publicación. Con otros 6 autores.
    25. Una historia sagrada.
    26. A ver si lo entiendo.
    27. El libro de los haikus golfos.
    28. Escuela de escritores.
    29. La saga del Padre Nuestro.
    30. Escúchame.
    31. The Year I Was a Woman. La jaron, kiam mi estis virino. El año que fui mujer: libro del mes de septiembre-octubre 2016.
    32. The Psychologist. La psicóloga. La Psikologistino: Libro del mes en agosto-septiembre de 2016.
    33. Jack Daniels' Strange Death.
    34. The Misfortunes of Don Juan.
    35. The Baby Scare.
    36. Cuentos marineros.
    37. Fábrica de cuentos: En colaboración con otros autores:
      1. Tema libre, 21 autores.
      2. Tema libre, 19 autores.
      3. Románticos, 12 autores.
      4. Ciudades, 10 autores.
      5. Fantasía, once autores.
      6. Terror, 9 autores.
      7. Históricos, 7 autores.
      8. Ficción científica, 9 autores.
      9. Humor, 8 autores.
      10. Biografía. 11 autores nos cuenta la vida de su preferencia. Aparecerá dentro de unos días.
    38. Sueños para una noche. Cuatro historias de terror de cuatro autores diferentes.


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    Si os gusta la historia, podéis decírmelo. En caso de que no os guste, me lo podéis decir también.
    En ambos casos, pronto veréis el resto del segundo capítulo y parte del tercero.



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