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Jesús Ángel. English Esperanto

       El libro de las crónicas

El libro del año.

Introducción.

       Desde hace unos años ofrezco la lectura gratuita de mis novelas en tres idiomas, una después de otra y capítulo a capítulo, en esta página web. En este año vamos a leer La Federación, el penúltimo libro que he publicado en el momento de escribir esta introducción.

    Como de costumbre, el procedimiento va a ser publicar un nuevo capítulo cada pocos días en español, inglés y Esperanto. Cuando todo el libro esté en la web, lo dejaré para su lectura completa y gratuita unos meses, pero luego comenzaré a subir otro libro. Sin embargo la versión en Esperanto se quedará a vuestra disposición sine die.

   Si puede usted leer la bella Lengua Internacional, podrá leer gratuitamente toda mi obra, a medida que la vaya traduciendo. Si no lo sabe, pero quiere aprenderlo, puede pedir información a la Federación Española de Esperanto. Ellos le podrán indicar la forma de aprenderlo de forma rápida, barata y eficaz.

      Hasta ahora hemos leído:    English Esperanto

  1. Un cuento infantil, o El soldado y la bruja.
  2. El pecado del talibán, o La triste vida de Abdul Saleh.
  3. Amén, o Desde el otro lado, o Lo que nunca os diré.
  4. La psicóloga.
  5. Abuelo y nieto.
  6. El año que fui mujer.
  7. La cronista, o Los amos del tiempo
  8. El libro de las crónicas angélicas y las anécdotas angélicas.


La Federación
por Jesús Ángel

Dedicado a aquellos
que saben que el espacio
es la única realidad que hay.
MMXVII-MMXVIII.

       Copyright

      Este es el índice, que contiene el enlace a cada capítulo:

Sumario: Klaku por esperanta versio. Click for English version.

  1. El suceso.
  2. Contacto.
  3. Polholo.
  4. La nave de hierro.
  5. Mi capitana.
  6. Los aulladores y Aúllo.
  7. La Flota de Hierro.
  8. La fuerza federal.
  9. ¿Tiempo perdido?
  10. Él, robot.
  11. La extraña nave Fnkrich.
  12. Nueva vida, vieja cultura.
  13. Fin.
    Contraportada.
    Bibliografía.


El suceso. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

    Donde Polholo Estoy tranquilo. Así nací, y así permanecí toda mi vida hasta ahora. Pienso seguir así el resto de mi vida. Bueno, o al menos tenía esa intención hasta el momento en que vinieron unos extraños seres a vivir con nosotros. Nunca les invité, pero tuve que aceptarlos, quisiera o no, hasta que decidieran marcharse, debido a que nosotros, los holos, odiamos imponer nuestra voluntad a los demás. Nos gusta la soledad y la individualidad, y justo por eso respetamos mucho el medio ambiente y a todo ser viviente.

      Era un día soleado con pocas nubes cuando aquel objeto bajó del cielo y se posó junto a mí. Acababa de disfrutar yo de una densa lluvia y estaba aprovechando la belleza de un arco iris intenso cuando lo vi descolgarse del arco, y después caer al suelo con mucha lentitud justo al lado de donde yo yacía secándome de la humedad con que el cielo me acababa de bendecir.

      Nosotros, los holos, tenemos mucho tiempo, y una larga memoria. Por eso recuerdo todo lo que dijeron, y cuando por fin pude comprender su idioma, lo recordé y comprendí todo. Por desgracia eso fue demasiado tarde para que nuestro contacto inicial fuese cordial.

      De aquella cosa tan pequeña, que después comprendí que ellos llamaban lanzadera o ascensor, salieron dos seres. Se movían por medio de dos ramas, igual que los simios a veces, pero tenían una cabeza enorme con un solo ojo, y no tenían cuello, al revés que ellos. Comenzaron a parlotear y hacer movimientos extraños. Creí que me iban a saludar, pero ni siquiera se dieron cuenta de que yo estaba allí. Extraño, porque yo era entonces el único ser inteligente en un radio de varios kilómetros. Mis sensores detectaron que estaban muy nerviosos.

      Después pude reconstruir el diálogo que tuvieron en aquel momento:

—Comandante, el aire es respirable.
—¿Hay bacterias o virus en el aire?
—No, comandante. Es seguro respirar aquí.

      Entonces hicieron algo muy extraño: se quitaron parte de la cabeza, la que tenía aquel ojo tan raro. Vi que dentro tenían una cabeza más pequeña seguida de un cuello, pero eran muy bajitos.
—¡Qué bueno, es un placer respirar este aire tan agradable! Fresco y rico.
—Sí, Pol. Parece un paraíso. Por desgracia no hay nadie al que preguntar en este planeta.

      Podría haber contestado, pero en aquel momento yo no sabía de qué hablaban, quiénes era, ni qué querían. Por eso seguí observándolos atentamente.

      Tomaron una piedra y la aproximaron a una maquinita que pendía de su cinturón. —Hierro, —dijo el más alto. —Parece que el hierro abunda en el suelo.
—Sí, por desgracia no se puede cultivar trigo sobre hierro…
—No entiendo que pueda crecer este árbol tan frondoso aquí. ¿Cómo puede crecer con tanto hierro?
—Tampoco lo entiendo, —dijo el más bajito, —Y hay más hierba. Si fuese verde en lugar de gris, se diría que son vegetales…

      Entonces intentaron romperme un hombro, como si yo fuese un objeto, y no pude evitar defenderme:

—¡Comandante! ¿Me oye?

      El pobre Comandante acababa de recibir mi golpe eléctrico, que le había tumbado. No tuve la intención de atacarle, pero mi reacción fue instintiva. No me hizo daño, pero noté su tirón y me defendí automáticamente. Y entonces detecté lo de Pol.

Contacto. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

    Comprendí que por medio de los sentimientos podría comunicarme con ella. De pronto les envié a los dos un rayo de bienestar. Ella miró hacia mí, más allá de mí, por encima de mí, alrededor de mí.

    El planeta Hierro —Pol, —dijo el Comandante, —¿qué ha ocurrido?
—¡Comandante! ¡Está vivo, gracias a Dios!
—Sí, —dijo él poniéndose en pie. —De pronto sentí un calambrazo. En este planeta tan extraño crecen árboles del hierro y hay electricidad natural.
—Sí, pero se siente el bienestar aquí. ¿No se siente usted bien, comandante?
—¡Mejor que nunca! Quizá este sea el paraíso de hierro...

      Pol se rio. Me gustó esa risa. Fresca, elegante, melodiosa... —Por suerte no hay una serpiente de hierro, comandante.

      No comprendo que el nombre de Pol sea tan corto, y el del otro sea cuatro veces más largo, Co-man-dan-te. Pero entonces comprendí que ellos vienen de un lugar del que nunca oí hablar. De su charla deduje que mi mundo no era el universo, sino que en él había otros mundos. Por lo menos el mío y el de ellos, que tenía otro nombre, Tierra. Pero después comprendí que el planeta de Pol no era tampoco la Tierra, y por lo tanto había tres mundos. Al menos el mío y el de cada uno de ellos: la Tierra, Klato y el mío, que aún no tenía nombre. Quizá Comandante y Pol le diesen un nombre, y entonces dejaría de ser El Mundo para mí. También comprendí que los terrestres y los klatanos tenían dos sexos, y que Pol era hembra y Comandante era macho. Después aprendí que el macho y la hembra pueden juntarse con pasión y después nacería una persona pequeña que los dos deberían cuidar durante un tiempo, hasta que pudiese funcionar con eficacia por sí mismo. Pero Comandante y Pol no se juntaban así porque venían de planetas diferentes, y temían que sus especies no fuesen compatibles. Comandante tenía el pelo del color del oro, y el de Pol era negro intenso, corto y denso. Los ojos de Pol eran muy negros y los de Comandante era azules como el cielo.

      Durante todo un año estuvieron conmigo, y cuando cambió la estación cinco veces decidieron marcharse. Durante ese año subían y bajaban con su ascensor y cortaban trozos de hierro del suelo e hicieron un vehículo, que llamaron transporte de carga, en que metieron diversas cosas que cogían de mi planeta, entre ellos algunos ejemplares de animales y vegetales. Intenté decirles que los animales morirían si se alejaban del planeta, pero en aquella época todavía no podía hablar con ellos, porque su lengua era totalmente ajena a mí. Poco a poco, sin embargo, fui descodificándola, pero cuando lo conseguí del todo descubrí que no podía hablarles.

      Pol no venía con mucha frecuencia, pero vinieron muchos otros individuos de ambos sexos a realizar diversas funciones en mi terreno. Incluso consiguieron cortarme un brazo; pero se sorprendieron mucho mucho de que casi inmediatamente lo substituyese por otro nuevo. Sí, se dieron cuenta por fin de que yo estaba allí desde el principio, pero no comprendían aún que yo era inteligente.

Polholo. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

    Pol duerme bajo un árbol. Tres días después de de mi mutilación apareció Pol de nuevo. Se diría que deseaba despedirse del planeta. Para entonces ya comenzaba yo a comprender de qué iba todo esto. Y conseguí contactar con ella mientras dormía a la sombra de mi tronco.

    ¡Pol!, le dije en su pacífico sueño, yo te saludo en nombre de mi civilización.

—¡Qué?, —dijo ella dando un bote.
No temas, le dije enviándole un sentimiento de paz.
—No, vale, pero dime: ¿quién habla?
Yo no puedo hablar, Pol. Yo no tengo boca.
—¿Dónde estás tú? ¿Qué eres?
Me estás tocando.
—¿Eh? No, no veo nada. Si estoy soñando, ¿por qué estoy despierta?
No duermes. ¿Comprendes la telepatía?
—Sí. Mi especie, klatana, puede, —dijo ella.
¿Y tus compañeros no pueden?
No, ellos son terráqueos. Sólo saben hablar.

   Ah, ya veo cuál fue mi error. Os vi venir y cuando comprendí que no os ibais, como nuestros otros visitantes, intenté contactar con vosotros, pero no comprendía vuestra lengua, y cuando finalmente lo conseguí, no podía hablaros. Pero no intenté la telepatía contigo antes. Ese fue mi error.

   Bueno, ya ves que no soy peligrosa, y sin embargo todavía no te veo. ¿Por qué no me dices dónde estás, para poder hablar con libertad?

   No hace falta que hables, porque tenemos un pensamiento compatible, que es más rápido que tu palabra.

Ah, ya, dijo Pol, constatando en ese momento que ya llevaba varios minutos sin hablar, sino pensando con este ser, dondequiera que esté. Pero telepatíame tu nombre, por favor.

   No soy hombre ni klatano. Soy holo. De hecho no tengo nombre personal, porque normalmente no nos vemos entre nosotros, y yo hablo telepáticamente con los demás, Aunque, somos individuos, tenemos una consciencia colectiva. Ahora tú me hablas a mí, pero te escucha toda mi especie.

Interesante civilización. ¿Te doy, entonces, un nombre personal? Porque me gusta saber con quién hablo, aunque todos tus conciudadanos me oigan. ¿Los demás también me hablan?

No, Pol. Yo hablo por todos ellos. Somos uno y todos a la vez. Siéntete totalmente libre sobre eso. Dame nombre, por favor. ¿Qué nombre me darás, Pol?

¿Tienes apellido, al menos?

¿Apellido?

Sí, un nombre para designar a toda tu familia: tus padres, tus hermanos, tu esposa...

   Ah, sí, ya comprendo, Pol Kunos de Klato. No, no tenemos familias. Yo procedo de las semillas de mis antepasados, a los que no conozco directamente, sino a través de otros seres que los conocieron. ¿Quién soy yo?

Tú eres holo, pues entonces serás Polholo, porque tú eres el primer amigo que hago yo, Pol, en este planeta. Sea tu nombre símbolo de nuestra amistad.

Polholo. Gracias por tu regalo, Pol. Me honras con este nombre, que llevaré siempre con orgullo. Tú eres mi familia, si eso no te molesta.

Je, claro que no. Es un honor tenerte en mi familia. Incluso aunque no veo de dónde me viene tu pensamiento.

¿Acaso tu espalda se apoya en algo ahora?

Mi espalda se apoya en un árbol.

Bueno, pues te apoyas en mí. Según tú, yo soy un árbol.

¡Un árbol! ¿Hay árboles inteligentes en Hierro?

Interesante nombre para mi planeta. Hasta ahora era El Mundo, en el que vivían los holos, simios, hidrargos y nubos. Pero sí, tienes razón, soy un árbol inteligente.

¿Eres de la especie dominante en el planeta?

Ciertamente. Aunque los otros que he mencionado también son inteligentes e independientes de nosotros, pero nos respetan y a menudo nos piden consejo a nosotros, los holos.

Bueno…, me da vergüenza reconocer que tomamos cosas de vuestro planeta sin permiso. No es nuestra costumbre.

Bueno, no comprendo vuestro sentimiento de poseer, tomar, manipular… El planeta en realidad no es nuestro. Sucede que nacimos aquí y mi planeta madre, Hierro, según vosotros, nos da gratis todo lo que necesitamos. Si algo os es útil, tomadlo.

Me duele recordar que hasta nos llevamos una rama tuya. Ferris hizo eso.

¿Ferris?

El comandante. El Comandante Ferris. Nació en Valencia, una bella ciudad del planeta Tierra, junto al Mar Mediterráneo, en cuya ribera nació la civilización de ellos.

Interesante. Bueno, sentí un momento desagradable, pero volví a hacer una rama nueva inmediatamente.

Sí, eso me dijeron. Pero debo pedirte perdón por eso.

La verdad es que ya no me acuerdo de eso. Pero debo decirte algo importante sobre lo que hacéis.

   ¿Sí?

Los simios y otros animales que os habéis llevado en vuestra nave morirán si no vuelven pronto.

Es verdad que algunos enfermaron, sí, pero ¿por qué?

Hay hidrógeno en el aire, e hierro en el suelo, y ellos deben usar ambos para sus funciones internas.

Oh, entonces no nos los podemos llevar a casa...

Si se tarda poco en llegar a vuestra casa, quizá estén vivos cuando lleguen allí. Pero morirán tras un tiempo no muy largo.

No es lo que pretendemos. Informaré sobre ello enseguida.

   Vi que la mujer tomó algo de su cinturón y habló:

—Comandante, debo hablarle enseguida. Transpórteme ahora. Urgentemente.

   Vi que la mujer desapareció de pronto. Estaba allí, y de pronto ya no estaba.

   Tras una hora vi aparecer a diez personas, y también a veinte animales diversos, que salieron corriendo por la llanura hasta que ya no pude verlos.

—Este es Polholo, comandante Ferris, —dijo Pol señalándome con el dedo.

   El hombre se me acercó y me observó durante bastante tiempo. Me tocó, se colgó de una de mis ramas, y finalmente me dijo:
—Encantado de conocerte, Polholo. Te pido perdón por llevarme a tus seres y objetos. ¿Podré llevarme algo de tu planeta para estudiarlo después?

   Pero no pude hacerme comprender por él. Por eso tras unos segundos Pol dijo:

—Él no puede hablar, comandante. Me ha pedido que le traduzca. Dice que podemos llevarnos minerales y líquidos, excepto el mercurio, que también es aquí un ser sensible e inteligente. Se les conoce entre ellos como hidrargos. De hecho hay un mar de mercurio formado por individuos mezclados, que pueden solidificarse individualmente, aunque cuando hacen eso se enfadan con facilidad, pues se sienten muy mal.
—Oh, ya veo. Por suerte el mercurio es venenoso para los humanos, y por eso nos hemos mantenido alejados de ellos. Dile que no lo sospechábamos. ¿Cuántas otras especies inteligentes hay en el planeta?
—Dice que hay holos (árboles férricos), hidrargos (mercurio líquido), nubos (seres inteligentes gaseosos) y simios, que son los más parecidos a nosotros, aunque los dos últimos no son muy espabilados. Los simios son muy escasos y se agrupan en tribus, que se hacen la guerra entre sí en la mayor parte del planeta.
—Pero ¡no encontramos ninguno en todo el año!
—Sí. Son pocos, sólo unos diez mil en todo el mundo. Y al veros se han escondido, porque son muy tímidos. Por eso se atacan los unos a los otros.
—Bueno, Pol, debemos irnos a casa dentro de unos días. Pregúntale si podemos hablar con esos simios, y si él puede arreglar un encuentro con ellos.
—Je, dice que sí. Sus vecinos los buscarán y les darán los detalles del encuentro. Pide que yo me esconda entre sus ramas, y llamará a los simios. Después te llamará.

   El comandante Ferris y sus compañeros se fueron en la pequeña nave en que Pol había venido, y ella se escondió entre mis ramas. La ayudé a llegar a la más alta. Desde allí ella podía ver todos los alrededores.

   El simio Granj llegó dos horas más tarde. Con él venían su hijo y veinte guerreros.

Saludos, dijo él mirándome.

Saludos, Granj, hijo de Granjel. Debo presentarte a una nueva amistad, que ha venido del cielo.

   ¿Hay gente en el cielo?, dijo con temor. ¿Dónde está él?

   No es macho, sino hembra. ¿Quieres conocerla?

El simio miró hacia todos lados, pero noté que le invadía un gran terror.

No, dijo finalmente. Si es hembra, vendrá mi esposa para hablar con ella. No está bien que un macho hable con una hembra desconocida.

    Él y sus acompañantes se fueron. Tras una hora vinieron dos simias.

Saludos, holo, dijo una de ellas.

¡Saludos! ¿Quién eres?

Yo soy Ruznio, de la tribu P'kol; y esta es mi hermana Kruj. Mi esposo dice que una hembra del cielo quiere hablar.

Sí, pero debo traducir, porque ella no comprende la lengua.

   Ella también tenía miedo, pero también sentía curiosidad. Por eso dije a Pol que podía bajar.

   Ruznio se asustó cuando vio bajar a una hembra vestida de un modo tan extraño.

Hola, dijo Pol.

Hola, dijo Ruznio por medio de mi interpretación.

   Telepatié a las dos de una forma tan rápida que les parecía que hablaban directamente entre ellas. De hecho Pol comenzó a hablar como si conversara directamente con Ruznio, que hizo lo mismo.
—¿De verdad vienes del cielo?
—No exactamente. Vengo de otro planeta.
—¿Planeta? ¿Eso qué es?

Comprende, Pol, incidí yo, que ella vive en la prehistoria. Sólo comprende cielo y suelo.

—Perdón, —dijo Pol. —Sí, vengo de una parte muy lejana del cielo.
—¿Eres amiga?
—Sí, Ruznio. Quiero ser tu amiga.
—¿Y qué quieres de nosotros?
—Información. Quiero comprenderte.
—¿Nos ayudarás a vivir este invierno?
—Claro que sí. Haremos todo lo que podamos.

   El diálogo duró varias horas, y debí advertir a Pol dos veces de que yo no sólo traducía, sino que tenía que interpretar lo que ellas decían, porque el vocabulario y las ideas de los simios eran muy limitados. Finalmente conseguí hacer comprender a Ruznio que el jefe de Pol, un macho, deseaba hablar con el jefe de la tribu P'kol. Se fueron, y uno de mis conciudadanos me hizo saber que Granj estaba de acuerdo, si el cielano era macho. Tras una hora Ferris y Granj se encontraban ante mí.

   Después de las presentaciones formales, los dos machos hablaron libremente a través de mi interpretación y de la de Pol. Su conversación fue mucho más sencilla que entre las hembras, y finalmente llegaron a un acuerdo: los hombres podrían tomar todo del planeta, incluso venirse a vivir sobre él, con la condición de que no molestasen a los simios, y tampoco ocuparan el territorio donde estoy yo, en un radio de cincuenta kilómetros cuadrados. Pero se podían instalar más allá del mar, siempre que no molestaran a los simios que se pudieran encontrar. Los simios no saben lo que hay más allá del mar, pero yo y los de mi raza sabemos hay muchos continentes y océanos, por lo que de hecho los simios les acababan de regalar casi todo el planeta a los terrestres. Yo añadí una condición sin que los simios se dieran cuenta: los hombres no podían cambiar el medio ambiente, y si tenían alguna duda, deberían consultar a los holos.

4 La nave de Hierro. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

    Finalmente llegó el momento del adiós. Ferris y Pol vinieron a despedirse, pero prometieron que volverían pronto.

Aquí estaré, les dije. No me voy a ningún sitio.

¿No envidias a los animales que se mueven en libertad por todo Hierro?

En realidad cuando los animales vienen a descansar a la sombra de mis ramas veo lo que tienen en el cerebro. Aunque no piensen, tienen memoria, y yo puedo ver todo lo que ellos han visto, sentir lo que han sentido. Además, los simios me pueden contar sus impresiones y además puedo ver lo que hay en sus cerebros, pues ellos pueden telepatiar, ya lo sabes.

¿Todo?, quiso saber Pol.

Sí, Pol, pero tranquilízate: tus secretos están a salvo conmigo. Yo nunca cuento a nadie lo que me encuentro por casualidad.

   Ferris la miró detenidamente, luego a mí.

No me mires, Ferris. Tampoco diré qué guardas en tu cabeza.

—Bueno, si no necesitas hablarnos…
—Bien…, dije a través de Pol, —Ferris, vuestros pensamientos humanos los encontré como lo que llamáis un cuadro abstracto. Necesité aprender vuestro idioma para encontrar sentido a lo que pensáis. Nunca dejáis de hablar, con la boca o con el pensamiento. Pero sí, ahora ya comprendo todo.
—Ah, entonces ya sabes sobre toda mi civilización...
—Por supuesto. Y te ayudaré si me lo pides.
—¿Ayudar? Vale, lo tendré en cuenta. Gracias. Pero dime: ¿tú crees que se podrá fundar una colonia humana aquí?
—Sí, es posible. Y también en los planetas vecinos, si los hay. Antes de venir vosotros este planeta era todo el universo para nosotros, los holos. Gracias a vosotros y vuestro saber e investigación, ya sabemos más sobre nuestro planeta, nuestro sistema solar y el verdadero universo mismo. Nos habéis dado mucho más de los que podíamos soñar, y ciertamente lo que nos has prometido o pensabas darnos es sólo una propina, en comparación.
—¿De verdad?, —dijo Pol. —Nunca podría imaginar...
—Mira, mi querida Pol: te podríamos dar sólo un planeta, y ni siquiera eso te hemos dado. Pero vosotros nos habéis dado a nosotros la tecnología para hacer una nave interestelar, la exploración del universo e incluso el porqué de tener que hacerlo.
—¿El porqué? ¿De qué manera puede un árbol moverse por el universo?
—Bueno, Ferris, mira: puedo hacer que los simios refinen el suelo y creen una nave espacial alrededor de mí, por ejemplo. Puedo estar en el centro de la nave. Sobre toda la superficie de esa nave se podrían disponer sensores que puedan informarme de todo, y yo podría gobernar los motores que moverán el todo por el universo sin necesidad de sistema vital, porque yo necesito sólo hierro, nitrógeno y quizá algunos hidrargos que me ayuden a hacer reparaciones, si se estropea algo. Con un buen laboratorio en la nave podría yo vivir indefinidamente siempre que encuentre hierro de vez en cuando, ya que como sabéis el hierro existe en todos los planetas, tanto si vosotros podéis vivir en ellos como si no. Y nuestra nave puede ser de hierro, y por lo tanto mi despensa podría ser toda la nave misma.
—¡Oh, qué interesante!, —dijo Ferris con admiración.
—Sí, comandante, yo podría hacer eso solo, pero también es posible que nuestras dos especies se ayuden entre sí. Si puedes dejar algunas personas aquí, bajo mi guía, podríamos hacer una nave que te alcance antes de que llegues a la Tierra. Pero si no quieres, o no hay voluntarios, los simios lo harán por mí, y dentro de varios años te visitaremos.
—Comandante, —dijo Pol de pronto, —me presento voluntaria, si me da permiso. —Pol, eres muy importante en nuestra nave…
—Comandante, oficialmente soy sólo una observadora. Casi cualquier otra persona puede hacer lo que yo hago en la nave, y si no lo hace nadie, no se notará mucho. Pero será un honor para mí colaborar con los férricos en el desarrollo del viaje espacial por medio de la cooperación interestelar, —dijo con respeto.

   Veía en la mente de Ferris que aunque el oficial de mayor rango, el capitán ayudante de la nave Azulado, era el teniente de más antigüedad, Santos Oliveira, Pol y Ferris siempre estaban juntos porque él valoraba sus puntos de vista y opiniones desde el primer momento en que llegó a bordo, ya que explicar todo a una alienígena le obligaba a volver a considerar las cosas que hacía de modo automático, y así detectaba pequeños fallos y procedimientos absurdos a bordo, y eso le forzaba a mejorar las cosas. Pero él comprendía también que a ella se le presentaba ahora una oportunidad de oro en lo personal y profesional, así como a sus dos planetas para familiarizarse con nuevas especies y formas de ver la vida. Sí, el poder de observación de Pol era excelente, y un tiempo con los holos les podría dar una gran información a los terráqueos y a los klatanos.

—Bueno, Pol, vale. Sólo hace falta que convenzas a algunos de nuestros dos mil tripulantes para que te ayuden...
—Con diez sería suficiente, —aclaré yo. —Más sería complicar el asunto.

   Pero Pol no convenció a diez, sino a cien. De hecho muchos más querían quedarse con ella. Me di cuenta de que la tripulación sentía mucho afecto por la observadora klatana, pues había conectado muy bien con todos los que la habían conocido. Vi que muchos más de diez la seguirían hasta la muerte, y que ellos la veían con tanta ilusión en ayudar a construir una nueva flota espacial que querían estar con ella. Por eso Pol me convenció para admitir a los cien, de modo que el trabajo a realizar se hiciese con mayor rapidez. Ella respondía de ello.

    Ferris volvió solo a su nave, y después dejó nuestro planeta para siempre.

   Los terrestres se sorprendieron al ver cómo se levantaban varias capas de hierro del suelo y formaban paredes que a su vez formaban la nave. Dentro de lo que se estaba construyendo vieron formarse escaleras y habitaciones, y además muebles, todo ello de hierro.

Pero, preguntó Pol, si puedes hacer todo eso tú solo, ¿para qué nos necesitas a nosotros?

Oh, querida, esto es una construcción muy burda. Ahora debéis refinarlo todo. Nosotros no podemos hacer las cosas más delicadas como los sensores y la electrónica, por no mencionar las máquinas de teleportación o replicadores, o los cojines, cortinas y similares. Para eso os necesitamos.

    Construimos un gran hogar para ellos pero también un gran espacio para que pudiesen reposar y distraerse. Después organizamos el trabajo. Me sorprendía que no supieran hacer motores gravitatorios y otros ingenios necesarios para la exploración interestelar, disponiendo ya del conocimiento teórico. No nos fue tan complicado a los holos sumar y mezclar esfuerzos y descubrimientos de campos diversos de investigación humanos y klatos para sacar un provecho óptimo. Nosotros contábamos con una clara ventaja sobre ellos: no éramos tan individualista, y lo de uno era de todos, y viceversa, sobre todo a nivel intelectual.

    La Simio. ;El trabajo les cundió, y aunque al principio lo dudaban, después de sólo dos semanas terminamos de hacer una gran nave de forma esférica. En ella estaba incluida la construcción que hicimos para que ellos durmieran, y también la zona de recreo y otros espacios que ellos ya habían estado usando desde el primer día. La tarea más delicada fue construir los sensores, el sistema de dirección, el sistema de mantenimiento vital y el de transporte. Ciento una personas trabajaron conmigo muy duramente, pero a las dos semanas de trabajo habíamos terminado la mayor nave espacial que ellos habían visto, la primera que yo veía. La construimos alrededor del lugar donde yo vivía, por lo que yo en realidad estaba en casa dentro de la nave. Mi medio ambiente era el centro de la nave. Después añadimos cubierta tras cubierta alrededor de mí, hasta que completamos cuatro kilómetros cúbicos de nave. Eso maravilló a Pol y a todos los tripulantes.

Pero Polholo, me dijo cuando la nave ya estuvo terminada, ¿cómo podremos mover este monstruo?

Con motores.

Pero están dentro de la esfera, de hecho junto a ti, ¡y no hay tubos que proyecten los gases fuera!

Oh, querida, todavía has de aprender algo sobre los motores que Jones y Schultz me ayudaron a diseñar… No empujan físicamente, sino gravitacionalmente. Te lo explicaré antes de irnos, porque una buena capitana debe saber todo sobre su nave.

¿Capitana yo? ¿Por qué yo?

Bueno, querida, los seres más desarrollados de Hierro son los simios, y no me fío de ellos. No saben lo que es un planeta, y no lo sabrán hasta dentro de algunos siglos. Yo no soy navegante, y tú sí lo eres; y además mi fe en ti es absoluta. Por eso te lo pido: ¿me harás el enorme favor de ser mi capitana?

Bueno…, sí, la verdad es que no sé qué decir. Vale, Polholo, seré tu capitana hasta que encuentres otra mejor.

   Durante los siguientes tres días los humanos comprobaron que los sensores y los demás sistemas de nuestra nave estelar funcionaban bien, y tuve la oportunidad de enseñar a Pol cómo funcionaban los motores y los demás sistemas, así como sus ventajas y límites. Después descansé, consulté a mis amigos y recogí memorias que podría echar de menos cuando ya ellos estuviesen lejos.

   Y veinte días después de la marcha del Azulado, la nave espacial terrestre, llegó el momento de despedirme de mi planeta por primera vez en mi vida. Los motores arrancaron y nuestro enorme navío espacial comenzó a moverse lentamente hacia arriba. Poco a poco nos alejamos de Hierro mientras que nuestros tripulantes miraban por los ventanales maravillándose de que el todo se moviese. Dudaban, desde luego, que este artefacto enorme pudiese dejar el suelo. Ya intentaron convencerme al principio de hacer la nave de acero, pero no hay estaño en nuestro planeta, y además les dije que el hierro tiene la suficiente fuerza y aunque pesase más, los motores que diseñamos no tendrían problemas para moverlo.

   En realidad eran tres: para las distancias cortas teníamos un motor de gravedad inversa que aprovechaba la fuerza de los cuerpos celestes cercanos para planear entre ellos a velocidades desconocidas por los terráqueos y klatanos, o sea, para mis tripulantes. Para las distancias largas habíamos construido un GAG, o sea, un Generador de Agujeros de Gusano, que nos permitía salirnos del continuo espacio-tiempo en un punto determinado y aparecer en otro previamente elegido, de forma casi inmediata. Nuestro sistema nos permitía memorizar ambos puntos, de modo que pudiésemos volver a ellos de modo instantáneo, si bien la parte más complicada era calcular el punto de vuelta al continuo espacio-tiempo de modo que no colisionásemos con otro cuerpo presente allí. Pero eso lo hacíamos enviando una sonda virtual por delante, de modo que si retornaba sin errores era seguro, y si no retornaba era que había encontrado un cuerpo sólido, en cuyo caso desaparecía sin que el segundo cuerpo se percatase de ello. Y el tercer motor era un controlador de la inercia, que fue la contribución de los de mi especie, dado que las velocidades interplanetarias (o sea, dentro de un sistema estelar) necesarias necesitarían una aceleración y desaceleración que serían incómodas para mí, y mortales para la tripulación simiesca que necesitábamos, y que de momento era humana.

    En nuestro viaje inaugural nuestra velocidad aumentó de modo progresivo, de modo que en sólo dos días vimos el navío terrestre.

—Atención, Azulado, —llamó Pol por radio cuando estábamos sólo a diez mil kilómetros de ellos, —por favor, respondan. Aquí la nave espacial Simio, del planeta Hierro. Pedimos permiso para acercarnos a ustedes.
—Permiso concedido, Pol, —sonó la voz de Ferris. —Acercaos.

   Nos detuvimos a unos pocos centímetros de la nave humana, que parecía enana a nuestro lado, como una lenteja junto a una sandía.

   Ferris quiso venir a nuestra nave, y así fue el primer hombre que probó nuestra máquina de teleportación. Entonces comprendió por qué nuestra nave no tiene puertas.
—Saludos, comandante. Le devuelvo a su tripulación.
—Hola, Polholo. ¡Veo que ya sabes hablar!
—Sí. Ahora hay una máquina que uso para eso en lugar de a tu oficial Pol.
—Bien. ¿Qué más me puedes mostrar?
—He unificado los conocimientos de vuestros expertos, y eso nos permitió construir motores más rápidos y eficaces que los vuestros. Estoy dispuesto a compartir nuestros motores con vosotros, si queréis. Aunque es cierto que vuestros tripulantes ya saben construirlos.

    Mis tripulantes volvieron al Azulado mientras hablábamos. Cuando se vinieron conmigo pensaban que se iban a la guerra, pero lo que tuvieron fue solo un paseo interestelar y un poco de videojuegos.

   Tras una breve pausa, añadí:
—Los echaré de menos, comandante —Añadí mientras Ferris los veía teleportarse a través de una pantalla que activé en todo el panel que había detrás del altavoz desde el que le hablaba. —. ¿Crees que podrías permitir al menos a uno de ellos quedarse conmigo para aconsejarme cómo actuar?
—Je…, me temo que sé de quién se trata…
—Sí, comandante. Te pido a Pol, si ella quiere.
—Pol, —le preguntó, —¿quieres hacerlo?
—Sí y no, comandante. Quizá si me quedara en este navío algo más de tiempo aprendería a utilizar la tecnología de Polholo con mayor eficacia… Y eso podría ser útil para la Flota Estelar Terrestre.
—La tecnología ya la tenéis, Pol. Recuerda que yo no he inventado nada, sino que me he limitado a unificar los diversos conocimientos humanos. Por lo tanto es verdadera tecnología terrestre. Cómo utilizarla es un desafío para nuestras dos especies.
—Polholo, quizá nos quieras acompañar a la Tierra.
—Me gustaría, pero no puedo, comandante. Acabo de saber que mi planeta está siendo atacado.
—¿Cómo lo puedes saber tan lejos de allí?
—Tenemos telepatía de largo alcance. Mis paisanos me han enviado un mensaje mientras hablaba yo con vosotros. Este navío es la única defensa que tienen ahora. Si Pol desea venir a ayudarme, quizá sus observaciones os serán útiles alguna vez.
—O quizá no la veré más, si pierdes la batalla.
—Sí, eso puede ocurrir también. Lamento no poder asegurarte lo contrario. Pero considera que yo no tengo experiencia como guerrero, y en verdad me pesará tomar decisiones que pueden resultar en la muerte de otro ser vivo. Por eso yo necesito a un guerrero con la experiencia de Pol y otros tripulantes vuestros.

5 Mi capitana. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

    El propio Ferris fue el que resolvió el problema. Sí, quizá vio nuestra tecnología en manos de nuestros vencedores, y eso no podría ser bueno para la Tierra. Por eso propuso que Pol viniese a mi guerra como comandante, y el teniente Nihau y la alférez Karin viniesen como observadores bajo el mando directo de Pol.

Mi capitana No podían ser mas diferentes: nativa de Olomuc, una ciudad del centro de Europa, la antigua Repúlica Checa, Karin era una pelirroja bajita, delgada y muy seria y responsable de sus deberes; mientras que Nihau había nacido en Sudamérica de padres chinos que se habían conocido en Buenos Aires. Cantaba muy bien los tangos y siempre estaba de buen humor. Sus chistes eran famosos en todo el navío espacial. Muy alto, moreno, algo entrado en carnes, pero muy buen exolingüista y piloto. No era extraño que Pol le pidiese ese tripulante a Ferris. En cuanto a Karin, Pol sabía que sería una buena capitana en el futuro, pues ya anticipaba que el Simio no iba a ser el único navío espacial de la Flota Espacial Férrica durante mucho tiempo...

—Pero, mi querido comandante Ferris, —dije yo con emoción, —¿Nihau y Karin tienen experiencia de armas?
—No. De hecho su experiencia en la guerra es nula. Para la guerra nos necesitas o a Pol o a mí.
—Te lo agradezco de veras, comandante, que me cedas a Pol, porque mi planeta está en un serio peligro. Os pagaré vuestra generosidad con una nave como esta, si la queréis aceptar.

Ferris pensó durante unos instantes... Él mismo iría a realizar esa tarea, pero su nave no podía volver a la Tierra sin su comandante. Además, si la tecnología fallase, Pol siempre podría contactarme por medio de la telepatía, y él no.
—Vale, —dijo finalmente, —concedo, si tú, Pol, deseas gobernar la máquina de guerra más poderosa que se ha visto nunca. Pero debo comunicárselo a tu planeta también, porque tus servicios fueron una cesión de la Flota Estelar klatana a nuestra nave. Provisionalmente puedo cederlos a los férricos, pero debo comunicarlo para hacer las cosas bien.
—Sí, comandante, tienes razón.
—Teniente Pol, ahora tú eres la capitán provisional del Simio. ¡Enhorabuena!
—Comandante Ferris, —añadí yo, —según mi gobierno, Pol es la capitana definitiva y además la guerrero de mayor rango del Ejército Férrico durante todo el tiempo que ella desee. Nos despedimos con mi pleno agradecimiento por tu comprensión y ayuda. Presenta los saludos y los mejores deseos de Hierro y los holos al planeta amigo, la Tierra.

Pol ya comenzó a hablar como capitana, al hacer la siguiente observación:
—Pero para levar esta nave tan grande a la guerra necesito más tripulantes, comandante. No basta con dos oficiales. Necesito algunos tripulantes más. Imagínese que se consigue invadir la nave..., ¿qué podríamos hacer sólo tres oficiales? —De acuerdo. Ordena a Nihau y a Karin que elijan cada uno a veinte tripulantes entre nuestros dos mil, para la guerra. Hay que advertirles que van a la guerra, no a una misión de exploración. —Muchas gracias, comandante. Mi deuda contigo crece, —añadí yo. —Y la amistad entre la Tierra e Hierro también crece.

Mientras los dos oficiales mencionados elegían a los veinte soldados más duros entre los quinientos que se presentaron voluntarios para ir a la guerra, yo conferencié con Pol por medios telepáticos:

Mira, capitana, yo soy civil. Soy pacífico y nunca se me ocurrió quitar la vida a otro ser. Tus órdenes serán leyes para mí y obedeceré tan ciegamente que mi posible responsabilidad sobre lo que ocurra descansará sobre tus hombros en su totalidad. Para mí tu juicio será ley inapelable. ¿Estás dispuesta a aceptar toda la responsabilidad? A tiempo estás de volverte a tu nave. No es tu guerra. ¿Alguna vez mataste a alguien?

No temas, Polholo. Sí, he matado muchas veces, más de las que habría deseado, pero esas muertes fueron necesarias y no me arrepiento de ninguna de ellas. Esta no es la primera guerra en que participo. Pero creo que ya no voy a matar a nadie con mis propias manos, como hice en el pasado. Al ser tú tan pacífico te ahorraré la pesadumbre de oír cómo endurecí mi corazón. Pero bástete saber que tienes a una guerrera muy dura, a pesar de que por mi aspecto físico no lo parezca.

La vuelta al Planeta Hierro fue instantánea, merced a nuestro motor GAG. Ferris todavía necesitaría viajar casi un año para llegar a su planeta, pero yo tenía verdadera urgencia porque temía por la seguridad, e incluso por la propia existencia de mi planeta, mis amigos, y mi universo todo.

Antes de iniciar ninguna acción, Pol y yo resolvimos el gobierno interno de la nave y la vida a bordo. Como convinimos, la última palabra siempre la tendría Pol, pero yo podía pedir las tareas necesarias y también la ayuda de Nihau y Karin antes de la decisión final de la capitana.

Durante la última hora de viaje, Pol y sus dos oficiales se reunieron a solas, y luego me llamaron:
—Polholo, ya casi estamos en nuestro destino. ¿Qué situación nos vamos a encontrar?
—Me han informado que han masacrado a los simios. Quedan sólo mil que se han refugiado en una cueva. En cuanto a mi especie, los atacantes la han ignorado hasta ahora.
—¿Los simios tiene víveres?
—Suficientes sólo para unos días más.

Mientras hablábamos, Karin y Nihau habían probado nuestras armas en una gran sala con maniquíes. A sus reglamentarias pistolas láser añadimos bombas que no necesitaban aire u oxígeno para explotar porque en realidad no causaban explosión, sino colapso de los átomos que estuvieran en un radio de diez metros. Claro que eran armas muy peligrosas, y por eso iban firmadas, es decir, que sólo un individuo podía hacerlas funcionar, de modo que otra persona nunca podría hacerlo. La propia nave tenía veinte cañones de rayos que podía destruir todo en un radio de un año luz. Pero nuestra mayor fortaleza estaba en un escudo virtual que podía evitar que todo objeto, rayo u onda alcanzase nuestro casco (es decir, el cuerpo de nuestra nave). Consecuencia de ello era que podíamos escondernos de la luz normal y también de otros tipos de radiaciones que podrían, al menos en teoría, capacitar a nuestra nave alojarse en el interior de una estrella. Pol y los terrestres no sabían que ya tenían la tecnología para fabricar esas armas. Hacía falta que viniese alguien de otro planeta lejano, como yo, a armonizar hechos y hallazgos humanos en un solo objetivo.

—Pol, —le dije, —tenemos que hablar de armas.

Conferenciamos por telepatía largo rato, y le mostré cómo manipular todas las armas y los recursos militares de que disponíamos.

Si tú puedes utilizar todo eso, dijo ella, ¿para qué me necesitas a mí?

Pol, repetí, yo nunca maté a nadie. Creo que no puedo. Ninguno de mi especie hizo nada semejante. Por eso necesito, si hay que matar a alguien, que lo haga otro. Que la responsabilidad sea tuya, aunque sea para defender mi propia vida. ¿Me defenderás tú?

Claro que sí, mi querido Polholo. Aunque sea a costa de la mía. Es lo que se espera de un buen jefe.

Sí, mi relación con Pol era de amor, en realidad. Sus ideas sobre estrategia eran muy acertadas, y ella propuso que yo les mostrase a mis congéneres cómo encarcelar a los invasores por medio de paneles de hierro, que deberían levantar a su alrededor mientras durmiesen. Lo hicieron, y cuando los atacantes consiguieron hacer un agujero en una de las paredes, los holos reaccionaron añadiendo otra capa más gruesa sobre la primera, de modo que cuando llegamos ellos ya estaban todos encarcelados en tres grandes celdas de hierro, que a su vez estaba dentro de otra mayor.

Así pues, nuestra guerra fue rápida y sin sangre. Sólo nos quedaba remolcar esa enorme celda de hierro y dejarla en otro planeta.

—¿Qué queríais hacer en Hierro?, —preguntó Pol al jefe de la fuerza invasora. —¡Quienes sois vosotros?
—Somos la plana mayor de Hierro, nuestro planeta. ¿Por qué habéis atacado a mi gente?
—Yo soy Rask, comandante en jefe de la expedición aulladora, que descubrió vuestro planeta y que exige su propiedad.
—Este planeta lo descubrieron primero los terráqueos. Pero también descubrieron que hay cuatro especies inteligentes en él, y por lo tanto anularon su reclamación. Por eso la vuestra carece de valor.
—¿Bajo qué autoridad?
—La mía, Pol Kunos de Hierro, Comandante en Jefe del ejército de Hierro y Almirante de su Flota Espacial. Si no cumples nuestras exigencias podemos destruir tus naves y matar a tus soldados, y después atacar tu planeta, que posiblemente podremos destruir totalmente, si tenemos que hacerlo.
—Bien, retiro mi reclamación, pero yo puedo hablar en nombre de nuestra expedición, no de mi planeta.
—De acuerdo. Mira, llevaremos a tus soldados a tu planeta, y después verás la destrucción de tu flota.

¿Eso es necesario, Pol?

Sí, Polholo. Esos aulladores respetan sólo la Ley del Más Fuerte.

Llevamos a los 600 aulladores a la cubierta más exterior de nuestra nave, desde cuyos ventanales pudieron observar cómo sus tres grandes naves y sus cien pequeñas desaparecían una después de la otra como si fuera una demostración de fuegos artificiales en una cadena lenta de explosiones brillantes. Después se dieron cuenta de que no quedaban restos, sino que las naves se disolvieron en un polvo brillante que también desapareció poco a poco, como si fuera una niebla que se aclara.
—¿Y ahora nos mataréis?, —preguntó el jefe aullador a Pol cuando los visitó para asegurarse de que todo estaba en orden. Los aulladores.
—No. Preferimos hacer amigos de los enemigos, para que nos podamos defender contra terceros. Como muestra de amistad os llevaremos a todos a vuestro planeta y propondremos un pacto de paz con vuestro gobierno.
—¿Y cómo sé que no haréis desaparecer a mi planeta igual que habéis hecho desaparecer a nuestra flota? No, no os diré dónde está nuestro planeta. Prefiero que nos mates a todos.
—Vale, no necesitamos tu información, Rask. Sabemos que tu mundo está en la Constelación del Cisne, estrella 34, que llamáis Kuni, planeta 236, para vosotros Aúllo. Está muy lejos, pero llegaremos pronto. Por el camino tú y tus compañeros podréis pasear libremente por esta cubierta en que estáis ahora. Tiene doce kilómetros, así que tenéis sitio para pasear… No obstante, no tendréis tiempo de aburriros, porque el viaje durará sólo unos segundos.
—¡Segundos! Tuvimos que viajar durante años para llegar aquí.
—Sí, vosotros. Pero espera. Tú y tus compañeros podéis pasear en libertad, como te he dicho, por esta cubierta, pero no intentéis ir a otra, porque se os arrestará. Hay una sala de entretenimiento y una piscina para vosotros. Tú controla a los aulladores, y yo controlaré a todos los demás.
—La verdad es que eres idiota, Pol. No nos desarmaste. Ahora yo exijo el puesto de mando de tu nave, o te mataremos —dijo Rask señalándola con su pistola.
—¿De verdad quieres hacer esto?. —preguntó Pol con una sonrisa. —Dispara si tienes que hacerlo, porque nunca tendrás esta nave.

El aullador disparó y todos se asombraron de ver cómo el rayo láser atravesaba el cuerpo de Pol y carbonizaba una cortina y parte de la mampara de hierro mientras Pol seguía sonriendo. Tras unos segundos, ella dijo:
—Vale, Rask, ya tuviste tu diversión, ahora estas son las reglas para ti: podéis mataros a tiros entre vosotros, o podéis divertiros hasta que lleguemos a tu planeta. Ahora me voy hasta que decida decirte algo más. Pero considera que esta nave puede expulsar al espacio toda la cubierta exterior donde estáis ahora. En cuanto queramos estaréis muertos. Pero no lo haremos, a pesar de me acabas de intentar asesinar.

Y entonces Pol desapareció de la vista de pronto. Miraron una y otra vez el lugar en el que había estado hasta entonces su fantasma holográfico para hablar con ellos.
—¿Y ahora qué nos pasará?, —se preguntaban entre sí y a su jefe.
—Nada, —dijo una voz metálica desde la pared. —Ya no nos influís para nada. Dentro de unos momentos se os dejará en vuestro planeta. Disfrutad del vuelo.

¿Sabías que me iba a disparar?, me preguntó Pol.

Era probable, mi pensamiento respondió al suyo, que te atacaran. Por eso te hice esta copia holográfica para parlamentar con ellos.

Deben creer que estoy sola en la nave.

Bien, después les puedo mostrar cuántos túes puedes ser.

Pero pueden comprender que se trata de holografías.

No exactamente. Puedo hacer holografías sólidas, ya lo verás.

Pol notó un ruidito detrás de ella y se volvió automáticamente. ¡Vio al Comandante Ferris!
—¡Comandante!
—No, Pol. Soy sólo una copia holográfica cabalgada por mí, Polholo. Mira:
El Comandante hizo un gesto a su alrededor y Pol vio a veinte copias del Comandante Ferris. Uno de ellos tomó una silla y la tiró contra el suelo, y se oyó un ruido: la silla rebotó dos veces hasta que se paró, rota.

¡Siempre me sorprendes, Polholo!

Bueno, Pol, ya puedo hacer un ejército sólo contigo, aunque no sé cómo tomar decisiones básicas de la guerra. Para eso te necesito a ti y a tus compañeros. Tienes soldados perfectos que no mueren, y si se estropean se pueden substituir con facilidad, pero tú debes pensar en modo bélico y ganar la guerra para mí.

6 Los aulladores y Aúllo. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

Como hemos dicho, poco después llegamos al planeta Aúllo. Podíamos haberlo hecho inmediatamente, pero queríamos observar antes a nuestros enemigos. Caímos en su órbita a cuatrocientos kilómetros sobre su superficie para que si los aulladores mirasen atentamente al cielo viesen una estrella nueva, pues el Simio se movía a la vez que el planeta. Enviamos sondas al planeta, y mientras caían nos informaron de la calidad del aire, el agua y el suelo, cuando finalmente llegaron a él. Vimos que había ocho continentes, y la mitad del planeta era agua más salada que la del Mediterráneo, en la Tierra.

Junto con otras especies no inteligentes, allí viven mil millones de aulladores muy similares al ser humano, pero tienen un cuello largo, tres ojos, brazos cortos y manos con seis dedos.

Cuando nuestros aulladores vieron su planeta buscaron una salida, pero no la encontraron porque no existía. Uno de ellos encontró un agujero hacia la cubierta inferior, pero inmediatamente fue arrestado por dos policías holográficos y se informó a Rask, que aseguró que eso no ocurriría de nuevo. Inmediatamente después nuestros dos policías se evaporaron ante sus ojos temerosos.
—Bueno, Rask, —dijo el Pol holográfico (aunque esta vez sólido), —ese es tu planeta. Llévame a tus jefes.

Cuando Rask y sus 600 compañeros fueron teleportados al Palacio de la Conquista, en el centro de la capital, de nuevo le dispararon a Pol. De nuevo ella sonrió, se llevó la mano al vientre y le dio seis balas a Rask, diciendo: —Toma, creo que esto es tuyo. Todavía no vamos a destruir Aúllo. No antes de hablar con tus gobernantes. La suerte de un planeta no la decide un idiota.

Temblando de miedo, Rask llevó a Pol ante su jefe, el General Boj.
—Saludos, General. ¿Es usted el gobernante más importante del planeta?
—No, señora. No hay unidad en nuestro planeta. El General Entebbe es el jefe de nuestro gobierno, pero hay parlamentos en otros continentes, y también hay reyes en dos de ellos.
—Bien. ¿Puede usted organizar una reunión con todos ellos? —Lo intentaré.
—Tenemos que hablar todos.

Le tocó el brazo al General Entebbe, y súbitamente se vio en la sala de conferencias del Simio. Allí le esperaba la verdadera Pol, con Nihau, Karin y diez tripulantes armados.

Diez minutos después llegaron los otros dirigentes del planeta. Diez personas en total.
—Parece que ya están todos, —dijo Pol. —¿Saben ustedes por qué están aquí?
—¿Dónde estamos?, —dijo el Primer Ministro de Áurea, el continente más pequeño. —¿Por qué me han traído aquí sin mi permiso?
—Bienvenidos, dirigentes de Aúllo: soy Pol, el Comandante del Ejército Espacial de Hierro, y debo informales de asuntos importantes que han hecho ustedes, o que al menos se han hecho en nombre de su planeta. Esperaba discutir el asunto con un gobierno único del planeta, pero veo que no existe. Pero primero les presentaré a mi subcomandante Nihau y a la teniente Karin, que le sigue en el mando.

Miraron a los férricos con admiración. ¿Por qué tenían sólo dos ojos? Esos ojoschicos eran algo diferentes: el ojos azules tiene largo pelo color de oro, mientras que el otro tiene dos ojos negros y pelo muy largo.
—Hace unos días los navíos espaciales de ustedes atacaron mi mundo sin provocación previa, y asesinaron a miles de nuestros ciudadanos. ¿Por qué? El jefe de su expedición, el General Rask, dice que el planeta les pertenece a ustedes porque nadie lo vio antes. Ahora veo que ni siquiera poseen ustedes su propio planeta.
—¡Eso no lo sabíamos, —Protestó el Rey de Aksa, el continente mayor de todos.
—¿Las otras autoridades tampoco lo sabían?

Todos lo negaron, pero le dije a Pol que sólo el General Entebbe mentía. Por lo tanto Pol se volvió hacia él y le dijo con severidad:
—¡General Entebbe! Sabemos que usted sí lo sabía, y usted envió esa flota espacial contra nosotros. Si los demás lo hubieran sabido también, tomaría todo su planeta bajo mi mando, o lo destruiría. Sin embargo, —dijo mirando a los demás dirigentes, —me limitaré a pedirles que firmen este pacto de no agresión entre todos ustedes y Hierro, y resolveré el asunto con el General Entebbe después.

Los aulladores se miraron, y finalmente el presidente de Aksa pidió:
—Quiero ver el tratado, y después de leerlo lo firmaré.

Lo leyó con atención. Era claro y corto:

Por este pacto el pueblo de Aksa y el Planeta Hierro tendrán una relación de paz, o ninguna.

Pidió la pluma y firmó. Después fue trasladado de nuevo a su palacio junto con una copia del tratado firmado también por Pol. Poco a poco los demás gobernantes desaparecieron con su copia del pacto hasta que quedó sólo el General Entebbe.
—Bueno, General, ¿firmará usted también?
—¡Claro, por supuesto que sí!
—Parece que usted ya me mintió. ¿Por qué voy a creerle ahora?
—Tengo un hijo. Puede usted tomarlo como rehén de mi buena voluntad y cumplimiento del pacto.

Mi aclaración a Pol fue tan rápida, que ella dijo inmediatamente:
—General Entebbe, sé que usted no se habla desde hace tiempo con su hijo Riken, pero usted adora a Dorina, su hija. La tomaremos como garantía. Sepa usted que si aparece una nave suya de nuevo, será fusilada sin contemplaciones.
—¡No! ¡Mi hija no!
—Oh, ¡tiene usted la intención de no cumplir el Tratado?
—Sí, lo cumpliré, pero no puedo vivir sin ella.
—La podrá visitar de vez en cuando. Pero ella se quedará con nosotros.
El pobre aullador tuvo que aceptar porque sabía que podíamos borrar su continente de la superficie de Aúllo.
—No temas, papi, —dijo ella de pronto. —Estaré bien. Karin y yo ya nos hemos hecho buenas amigas. Dice que me enseñará todo. ¡Incluso podré dirigir la nave espacial!

Los tripulantes pasaron la semana de vacaciones en Aúllo. Los habitantes no eran como sus gobernantes. Vimos que no había libertad de pensamiento o política en ese continente, pero Pol decidió que no habíamos ido allí a arreglar los problemas sociales de aquellos individuos semi civilizados. Recogieron toda la literatura y música del planeta y así nuestros biblioteca y museo comenzaron a coleccionar los tesoros culturales que encontrásemos, iniciando así nuestra misión principal desde entonces.

Dorina se convirtió en toda una tripulante nuestra, y Pol la nombró alférez. Tenía sólo dieciocho años, pero como prueba de confianza, la comandante le encargó el timón de la nave. Eso significaba tener que hacer cálculos sobre nuestro curso y guiar ella misma los motores y la dirección por medio del timón. De hecho ese timón me daba el rumbo deseado y yo realizaba las funciones necesarias para arribar allí. También existía la posibilidad de que el timón gobernase los motores directamente, aunque yo podría siempre anular eso, si fuese necesario. Pero tanto Pol como yo decidimos fiarle ese papel tan importante y Pol nombró a Dorina timonel y navegante de nuestra nave. Sólo Pol sabía la verdad, y por consiguiente ni Nihau ni Karin, ni por supuesto Dorina ni los otros veinte tripulantes sabían nada de mí. Se referían a mí como el ordenador central, por lo que cuando necesitaban que el ordenador hiciera algo, creían que ellos lo ordenaban, pero Pol y yo sabíamos que se trataba siempre de una petición. También sabían que había un consejero holo a bordo, Polholo, pero nadie lo había visto todavía.

La veintena de tripulantes sin tareas específicas eran soldados, y por eso tenían que practicar en el uso de sus armas personales. Karin, como teniente, era el jefe directo de Pench y Filip, que eran los alféreces que respondían de nueve soldados cada uno. Pero su tarea principal era controlar las copias holosólidas de sí mismos, de forma que si hiciese falta todos pudieran utilizarlas del modo más eficaz y sin miedo a morir sus propias vidas. Eso no eso gustaba nada, pero por suerte Karin era muy estricta y autoritaria, por lo que todo funcionaba como un reloj. Nuestra fuerza militar podría ser de diez mil inmortales, si hiciera falta. Dorina se convirtió en una de los nuestros desde el principio.

Continuará...

Bibliografía.

Se encontrará siempre la lista actualizada de mis obras en mi página web, Obra completa. No obstante, os recuerdo las narraciones que hemos compartido en esta página:
  1. Un cuento infantil, o El soldado y la bruja: tiene dos partes, una para niños y la segunda para adultos. Escribí el cuento para celebrar el Día Internacional del Niño, el 2 de abril de 2012. También creé las versiones esperanta e inglesa de mi narración más corta
  2. El pecado del talibán: un creyente ferviente propicia una lapidación y luego lo lamenta el resto de su vida. No obstante, Dios es compasivo y puede corregir eso..., pero no sin costo.
  3. Amén: Fantasía sobre lo que ocurre después de la muerte.
  4. La psicóloga: el protagonista conoce a una mujer que nadie más puede ver, junto a un árbol en el parque. Cree que se ha vuelto loco, y por eso visita a la psicóloga mejor de de su ciudad, que le soprende de varias maneras. Escribí este cuento en febrero de 2015 en inglés, y luego lo traduje al español y al Esperanto. Si lo prefieres leer en alguno de esos idiomas puedes pulsar los enlaces correspondientes.
  5. Abuelo y nieto: Se me ocurrió la idea central de este libro cuando nació mi nieto, y por eso se lo dico a él. No obstante, no hay nada biográfico en este relato. Es un libro muy breve, de apenas cuarenta páginas en tamaño A5, y el argumento trata de la literatura como puente que une al abuelo y al nieto. En opinión de los lectores el cuento es divertido, y nadie se ha quejado del tiempo que le han dedicado a leerlo. Como mis otros relatos, se puede leer gratuitamente y sin resumir en su versión esperanta.La publiqué en esta web el 15 de agosto de 2016.
  6. El año que fui mujer. Un anciano se convierte en mujer joven. Es mi primera novela escrita originalmente en inglés Ahora se puede leer en Esperanto. Publicada en versión digital en Amazon en inglés, y luego en español. Pero aquí se puede leer en Esperanto.
  7. La Cronista, o Los amos del tiempo: un maestro nacional jubilado decide dar la vuelta al mundo. En Chennai (también llamada Madrás), India, encuentra a una muchacha extraña: una viajera del tiempo que le explica su mundo. Durante más de 400 páginas compartimos las aventuras de Indalecio y Vanessa en el pasado y el futuro. hasta que finalmente asistimos a la transgresión de la materia, que da lugar a la trilogía: Transgresión, de la que este libro es el primer volumen, al que siguen Tricronía y Los desterrados, en que los protagonistas adoptan papeles menos importantes, y aparecen nuevos protagonistas, para nuestra diversión.
  8. El libro de las crónicas angélicas y las anécdotas diabólicas. Veintiún cuentos en que ángeles o demonios adoptan papeles de diversa imporancia. Tres de los cuentos son de mis compañeros Ann Lake, Gema Gimeno y Jack Crane. Este libro fue El Libro del año hasta el 31 de diciembre de 2018.




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