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Jesús Ángel. English Esperanto

El libro de las crónicas

El libro del año.

Introducción.

        Desde hace unos años ofrezco la lectura gratuita de mis novelas en tres idiomas, una después de otra y capítulo a capítulo, en esta página web.

   Mi intención sigue siendo traducir todas mis obras, pero la última vez me llevó un año terminar las traducciones al inglés y al Esperanto, por lo que ya no puedo hablar de El libro del mes, sino más bien de El libro del año; por lo que esta sección se llamará así, para poder tomarme con más calma la traducción, y ustedes la lectura, de todas mis obras.

   

      Hasta ahora hemos leído:

  1. Un cuento infantil, o El soldado y la bruja.
  2. El pecado del talibán, o La triste vida de Abdul Saleh.
  3. Amén, o Desde el otro lado, o Lo que nunca os diré.
  4. La psicóloga.
  5. Abuelo y nieto.
  6. El año que fui mujer. Y
  7. La cronista, o Los amos del tiempo

      Además de esta versión en español, también podéis leer la versión en inglés, que igualmente voy poniendo capítulo a capítulo, y otra en Esperanto, que siempre contendrá todo el libro. Si puede usted leer Esperanto, podrá leer gratuitamente toda mi obra, a medida que la vaya traduciendo. Si no lo sabe, pero quiere aprenderlo, puede pedir información a la Federación Española de Esperanto. Ellos le podrán indicar la forma de aprenderlo de forma rápida, barata y eficaz.

     Ahora estamos leyendo cuento a cuento, El libro de las crónicas angélicas y las anécdotas diabólicas, que espero que le guste. Se trata de una serie de cuentos sobre ángeles y demonios que se presentan alternativa, aunque a veces simultáneamente en el mismo cuento.

   Este es el índice, donde iré poniendo sucesivamente el enlace a cada historia:

Contenido Click for English version Klaku por versio en Esperanto

    Introducción.
    Los ángeles.
    Los demonios.
    1. La niñata.
    2. Segunda opinión.
    3. El ángel luminoso .
    4. Mal negocio.
    5. Pobrecillos.
    6. Su demonio particular.
    7. Ángel.
    8. El demonio de las ideas.
    9. Una carta angelical.
    10. La balada de Elvis.
    11. Un cuento inacabado.
    12. Una historia mejicana:
      1. La increíble historia de Aruel.
      2. Las dudas de Fulgencio.
      3. Jaque al rey.
      4. Las alas del ángel.
    13. La pesadilla.
    14. Miguel Ángel.
    15. La apuesta.
    16. Plumas de Ángel:
      1. La elegancia de la calle del Muro..
      2. La redacción.
      3. El negocio de la muerte.
      4. La segunda cara.
      5. Desapego.
      6. Su segunda pluma.
      1. El súcubo y Tomasa.
      2. Charlas con mi padre.
      3. El encuentro.
      4. En concierto.
      5. Reflexión.
      6. Cese de hostilidades.
      7. La cuarta dimensión..
      8. Epílogo.
    17. Escalera al Edén.
    18. Diecinueve.
    19. Renacimiento:
      1. Viaje.
      2. Charla de café.
      3. Cambio de estado.
    Supervivientes.
    Nota bibliográfica.

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Introducción Klaku por esperanta versio. Click for English version.

   Diablo cariñoso Hace un par de años me planteé la creación de un libro de cuentos de temática espiritual, en el que los ángeles y los demonios tuvieran un carácter preponderante. El plan era alternar los cuentos en que intervinieran los ángeles y los demonios de forma alternada o conjunta, y tras el entusiasmo inicial fui postponiendo su terminación hasta completar otros proyectos que también tenía iniciados. Pero hace unos meses me propuse continuar y terminar este volumen, y para obligarme un poco más voy a subirlo ya a Amazón, que permite la ampliación en subsiguientes ampliaciones de la edición inicial. Por eso con este libro innovo en dos cosas: 1 Lo he registrado en SafeCreative, en lugar de en la oficina de la Propiedad Intelectual, como hago siempre, y 2 Es un libro que crecerá con el tiempo, a medida que le vaya añadiendo nuevas historias. Espero que los comentarios y juicios de los lectores me ayuden a conformar un libro mejor.

    Los veinte cuentos que integran, a día de hoy, esta pequeña colección tan peculiar son muy variados en temática y extensión, que va desde la única página de Un ángel luminoso hasta las más de veinte de Una historia mejicana, que consta de cuatro partes, aunque realidad sí es un cuento más corto, pero que se presenta desde cuatro puntos de vista. Su título podría haber sido La magia de Méjico, porque la magia y la metafísica se unen en el concepto, y ambas disciplinas no se explican en la realidad física observable directamente con los instrumentos de medida que tenemos disponibles. Aunque me ha llevado un tiempo y esfuerzo escribir este libro, es cierto que hacerlo me ha permitido percibir la magia de las cosas, la bondad que hay en la gente, y la carencia de ella que hay en otras personas. También me ha hecho reflexionar en las bendiciones de que disfrutamos habitualmente sin darnos cuenta de ellas, hasta que las echamos en falta. Eso es lo que le sucede a Rosa, la protagonista de este cuento, que me ha hecho realizar un auténtico esfuerzo para no convertirlo en una novela, pues su vida es compleja y variada como lo es la novela. Pero creo que ha quedado mejor así, como una historia sencilla contemplada desde cuatro puntos de vista.

    Pluma de Ángel, escrito en seis partes, es un cuento cross border, es decir, que toca varios géneros a la vez, pues hay romance, misterio, situaciones bélicas y se retrata la aventura más insondable que hay, la aventura de escribir, desde dos vertientes diferentes.

    Charlas con mi padre iba a ser un libro por sí mismo, pero su tema es tan parecido a los demás de este conjunto de cuentos, que decidí resumirlo y añadir las cinco partes de que consta en este volumen, sin descartar que en un futuro lo convierta en una novela. Trata de las relaciones del narrador, sexagenario, con su padre muerto a esa edad, aclarando muchas cosas que quedaron pendientes entre ellos cuando se separaron, y celebrando su reunión de una manera muy sencilla y encantadora.

    Los otros cuentos de este libro son mucho más sencillos, como meras anécdotas de la magia o divinidad (según se quiera ver) en los hechos narrados. Es de destacar la colaboración de Jack Crane (La balada de Elvis), que me expresó sus deseos de colaborar con algún cuento, y la de Gema Gimeno Giménez, que cuando vio este libro publicado en Amazon me escribió y me pidió que aceptase como colaboración La apuesta, que había escrito ella el ocho de marzo de 2014, Día de la Mujer Trabajadora, al que cambió el final para que casara con los demás de este libro. Lo incluyo ahora, y es posible que en el futuro otros compañeros de letras se sumen a esta iniciativa y entre todos construyamos El Gran Libro de las crónicas angélicas y anécdotas diabólicas. Igualmente Anne Lake me ha envió poco después su cuento Escalera al Edén, escrito especialmente para esta antología de lo angélico y lo diabólico.

    Quizá el lector se sienta identificado con alguna de las personas o situaciones descritas. Me gustaría añadir que todos los personajes y sucesos narrados son totalmente ficticios..., pero la verdad es que no estoy seguro de ello. Pero sí diré que toda coincidencia con la realidad es ajena a la voluntad e intención de los autores.

Murcia, a 25 de febrero de 2014
(reescrito el 12 de marzo y el 3 de junio)


Los ángeles. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

    ángel Dicen que los ángeles son unos seres etéreos que vuelan y nos traen mensajes del cielo. Nos observan, dicen, y se enteran de todos lo que hacemos y decimos. Pero nadie los ha visto. ¿De qué color tienen las alas? ¿Y el pelo? ¿Tienen alas? ¿Tienen pelo? Pero sabrás que están ahí cuando están contigo, me dicen los entendidos. Quizá. O quizá son un invento de un cerebro enfermo.

    De todas formas hemos vivido toda la vida considerando que los ángeles son seres de referencia. Cuando una persona es muy buena, cuando nos inspira confianza y buenos deseos, decimos que es un ángel. Cuando una persona es atractiva, tiene algo especial que nos agrada, decimos que tiene ángel o carisma.

    Pero siguen siendo seres etéreos, hechos de aire o de algo aún menos denso, igual que las hadas. Los ángeles, las hadas..., ¿son lo mismo? En el colectivo cultural de occidente no hay una diferenciación clara, ocurrencias de los académicos de la lengua aparte. A pesar de que a las hadas se les supone hacedoras de favores, las hadas madrinas, y a los ángeles que sean acompañantes y emisarios, gente que está ahí o que van a contarle a alguien lo que han visto. Pero, esencialmente, son lo mismo: seres que están, pero no se les ve. Son emisarios, pero no nos cuentan nada. Tienen una gran belleza, pero nadie la puede apreciar. Son seres increíbles que podemos ver sólo con los ojos de la imaginación. ¿O no?


Demonios. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

    Diablillol ¿Los demonios existen de verdad? Hace unos días hablaba yo con un limpiablotas sobre este tema, mientras me limpiaba los zapatos, y el hombre hablaba con mucha pasión sobre Satanás, que nos tienta mucho, nos quiere llevar a la senda del pecado, y el pobre hombre no atendía a las razones que a todos nos enseñaron de pequeños en el catecismo, de que eso ocurriría sólo si nosotros queríamos. Porque los demonios, si es que existen, son criaturas espirituales que no tienen ninguna influencia sobre lo que nosotros hagamos, a no ser que nosotros queramos. Hay quien dice que el demonio es un invento de nosotros, los humanos, para echarle la culpa de todas las cosas que hacemos y que luego lamentamos. No nos gusta que otro nos perjudique, aunque cuando perjudicamos a otro nos suele importar bastante menos. Por eso aquellos de nosotros que tienen un mínimo sentido de la justicia y de la equidad tienden a ponerse en el lugar del otro y comprenden que no estuvo bien lo que hicieron porque les parece mal que la acción de los demás les perjudique haciendo exactamente lo que ellos mismos hicieron antes por descuido o por interés. Los ateos en esto son más razonables: no hagas lo que no quieras que te hagan a ti, que es lo que algunas personas religiosas consideran que es la Tercera Ley de la Creación.

    Pero tanto si los demonios existen como si no, es cierto que son una noción que ha invadido todas las culturas a través de la religión correspondiente, al menos las culturas que controlan las tres religiones monoteístas. Y por lo tanto los demonios pertenecen a la imaginería cristiana, judía y musulmana. Desde el propio Luzbel, Lucifer o Satanás hasta una multitud de demonios cuya única misión es amargarnos la vida y, si es posible, atraernos al camino del mal. No obstante ese camino del mal y la propia existencia empaña un poco la idea de un dios justo y bueno que nos ha creado para que seamos felices, aunque para ello tengamos que alabarle continuamente en esta vida y en la otra.

    Yo he presentado una serie de demonios en estas narraciones que no siempre salen bien parados, aunque en uno de los cuentos múltiples, Una historia mejicana mi fantasía me ha llevado a una misma historia contada cuatro veces de una forma que parecen cuatro cuentos diferentes y sin que esté muy claro si el personaje principal es ángel o demonio, o ninguna de las dos cosas. Si consideramos estas historias desde el prisma bueno-malo está claro que los demonios no han llevado la mejor parte, pero si lo medimos en términos de eficacia, nadie la tuvo más que Elvis y Betsy, precisamente en los cuentos que no son míos, que por suerte he añadido a esta colección de cuentos para compensar mi clara tendencia al lado de lo que llamamos bien.

    Consideramos a los demonios unos seres espirituales cuyo único objetivo es procurar el mal al ser humano, desde una ligera incomodidad hasta su perdición total, como ocurre en Un mal negocio o en Segunda opinión. Los ángeles, en cambio, están ahí para ayudarnos cuando nos haga falta, aunque a veces alguno se extralimita en sus funciones, como el de la primera historia. Espero que el lector o la lectora se lo pase bien leyendo estas historias y me haga llegar su conformidad o disconformidad, su crítica, amable o no, sobre esto que le presento para su lectura, y que es posible que se vea engordado en un futuro con otras redacciones de otros compañeros de oficio que ya me han expresado su interés en colaborar.


La niñata Klaku por esperanta versio. Click for English version.

El autobús que esperaba Esperaba al autobús, en la parada, paseándose de un lado para otro, nervioso. Acababa de matar a su esposa. Lo había sacado de sus casillas. No sabía lo que hacía. Y ella se reía mientras la estrangulaba. ¿Quién de los dos estaba más loco? Ahora sólo le quedaba una solución: esperar al autobús. Al autobús que cogía todas las mañanas, y arrojarse a sus ruedas, cuando el chófer poco pudiera hacer ya para evitar el desastre.

Entonces la vio. Una muchacha joven, de quince años, rubia, y pecosa, con dos paletas en el centro de la boca, que le salían de una forma absurda, pero que le daban personalidad a su rostro, hasta hacerlo notable, por no decir atractivo.

—¿Sabe a qué hora llega el autobús?—, preguntó con inesperado desparpajo.
—Tenía que haber llegado hace un rato—, contestó el hombre de mala gana.
—Ah—, dijo ella. —Voy a llegar tarde a clase. Mi profe se va a poner bueno—, añadió como si pensara cada una de las palabras. —Porque yo estudio en el Instituto Galdós, ¿sabe usted? Hago tercero de ESO. Y cuando llegamos tarde, no nos dejan entrar. Pero luego tenemos que aguantar a los profes, en la siguiente clase. Que si no somos responsables, que si a nuestra edad ellos tenían que ir andando no sé cuántos kilómetros hasta el colegio, y que ahora a los señoritos nos da por ir en autobús y no sé cuántas cosas más...

El hombre no la escuchaba, pero se limitaba a asentir como un tonto, mientras esperaba pacientemente al autobús. Ya no estaba nervioso.
—¿Y qué más te da lo que te diga el profesor?—, le preguntó de pronto.
—Bueno...—, se quedó ella cortada un momento. Pero prosiguió tras una breve pausa: —la verdad es que cuando aprecias a las personas, no te da igual lo que digan. Ni siquiera lo que piensen. Por eso ya no me pongo el piercing en el ombligo, ¿sabe? La verdad es que no me gustaban las miradas desaprobatorias de la profesora de dibujo. Me habla siempre con ese afecto, con esa calma. Parece que supiera lo que estás pensando. Y, claro, si ya no te pones el top tan corto que te deja el vientre al aire, ¿para qué te pones el piercing que de todas formas no se iba a ver?

El hombre la miró aún con mayor curiosidad. Parecía mentira que una niñata de tan corta edad hablase con tanta cordura.

—Dime, niña, ¿esas cosas que dices te las han enseñado en el instituto, o es cosa de tus padres?
—No, señor, es una cosa lógica. Cuando una persona te cae bien, quieres agradarle.

Y en ese momento se detuvo el autobús a su espalda. Tan absorto estaba en la conversación que no se dio cuenta de que llegaba el autobús, ni para qué lo esperaba. La niña subió, y él subió con ella, y se sentó a su lado. Siguieron conversando. Hasta que el autobús llegó a la parada en que ella se bajaba. La niñata

Cuando se despedían, ella le dijo:
—Señor, asómese ahora por la ventana, que le tengo que decir una palabra muy importante para usted. Hasta ahora.

Intrigado, la siguió con la mirada por todo el pasillo del autobús, la vio bajarse, y retroceder por la acera hasta donde él estaba, mirando por la ventana. Aunque separados por el cristal, a pesar del ruido del autobús al ponerse en marcha otra vez, alcanzó a entender la palabra que se dibujaba en los labios de la chica:
—Despiértese.

El hombre abrió los ojos, y miró a su derecha. Allí dormía plácidamente la mujer a la que había creído haber estrangulado. Todo se había tratado de un sueño. El hombre se sintió como si acabara de nacer otra vez. Despiértese, le había dicho aquel ángel. Pero..., ¿había sido un sueño? ¿O la chica era un ángel de verdad, con poderes para deshacer lo que él había deshecho, la vida de su esposa? Y lloró. El hombre lloró de gratitud por la segunda oportunidad que aquel ángel de rostro indescriptible le había brindado.

Segunda opinión. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

Diablo Los humanos cada vez son más tontos. Quieren las cosas sin tener que pagar por ellas. Dicen que se quieren, pero no quieren ce­der para poder vivir juntos. Pero solos no quie­ren vivir. Se aburren. Pero si no están so­los, se agobian.

Eso le pasaba a Ernesto. Vivía con su mujer desde hacía cuarenta años, y durante casi todos ellos, día sí, día no, había soñado con matarla por alguna razón diferente. Y a ella le pasaba igual. Se querían, pero se odiaban también.

Nosotros los demonios somos más serios. Nosotros odiamos a la gente. Odiamos a los ángeles. Odiamos a los otros demonios. No nos queremos ni a nosotros mismos. Es divertido hacer que la gente se pegue, que se maten los unos a los otros. Cuanto menos bulto, más claridad. La vida no puede ser un conjunto de ñoñerías y de gente que sale llorando a las primeras de cambio para que les digan que no pasa nada. Porque sí pasa. La vida es una putada. Por lo tanto, todos tenemos que portarnos como lo que somos. Como verdaderos hijos de puta.

Por eso un día le sugerí a Ernesto que ya estaba bien de hacer siempre lo mismo. Que se fuera de su casa. O que quitara de en medio a su mujer. Luego, con un poco de suerte, le meterían en un asilo gratuitamente por lo que le quedara de vida. A su mujer le sugerí lo mismo. Lo malo es que siempre hay ángeles metepatas por ahí dando por el saco. Los odio. Pero de vez en cuando parece que se van de vacaciones, o se quedan dormidos, o dejan a sus protegidos tranquilos por aquello del libre albedrío, el mejor invento de nosotros, los demonios.

Rosa tampoco comprendía cómo pudo ca­sar­se con un tío tan aburrido. Cuando lo cono­ció le divertía su forma de interpretar las cosas comunes de la vida. Pero a los pocos años de estar juntos, ya se conocía todos sus chas­carrillos, sus lugares comunes, sus bro­mas inoportunas. Y debajo de esa superficie aparen­temente ocurrente no había más que un repertorio finito de curiosas concep­cio­nes del mundo heredadas todas de su padre, que sí debía haber sido un personaje no­ta­ble. Pero este tío, Ernesto, era un pelma. Y eso es lo peor que se podía ser. Y ser un pel­ma era un delito que se debería castigar con la pena capital. No lo soportaba.

Él no la soportaba tampoco, con sus ín­fu­las de superioridad, de súper mujer. De ge­nia infravalorada y acomplejada. No perdía la menor oportunidad de dejar claro que él era un hombre mediocre que no la merecía. Un día de estos la estrangularía. Sólo que no tenía valor para ello. Le faltaban co­jo­nes. Y a ella le faltaba decisión. Con lo fácil que era ponerle algo de cianuro en la sopa, y luego darle su postre favorito, la tarta al whiskey, cuando el cianuro ya lo tuviera en el intestino. Moriría sin que luego quedasen restos en la sangre. Pero le faltaba decisión. Ella, la súper mujer, no se decidía. Él, el hombre tranquilo, no tenía lo que hay que tener.

A ambos les podía ayudar un demonio como yo. Soy malvado, traicionero y cínico. Así que me acerqué a la extraña pareja.

—¿Me hace el favor, señora? ¿La estación de autobuses está por aquí?

Ella me observó con algo de descon­fian­za, pero también con agrado: cuando quiero pue­do ser adorable.

—Está por esa calle, joven, a varios ki­ló­me­tros de aquí.

—Vaya—, añadí con actitud estudiadamen­te desolada, —¿Y cómo llego yo ahora? Se me escapará el autobús...

—Bueno, yo voy en esa dirección, señor. Si qui­ere, le acerco—, añadió Rosa solícita. Era evidente que no desconfiaba de mí, un pobre demonio con apariencia des­pis­ta­da y desvalida. Y ni lo uno ni las otras: demonio sí, pero ni pobre, ni despistado, ni desvalido.

—No quisiera abusar, señora. Además, us­ted tendrá cosas que hacer. Pero se lo agra­dezco.

—Insisto, joven—, dijo ella, terminante: —hágame el favor de subir—, conminó ella mientras abría la puerta de su coche con energía. —Voy en su misma direc­ción, y no me perdonaría no haberle hecho ese favor.

Por el camino le fui haciendo con­fi­den­cias, de porqué estaba en la ciudad, a la que ha­bía venido a realizar un importante ne­go­cio, pero no había podido contactar con mis clientes, y ahora me tendría que ir a mi casa para explicar al día siguiente a mi jefe mi fracaso. Más que por las tonterías que le dije, fue el teatro con que adorné mi discurso, y ella se condolió de no poderme ayudar.

—¡Ay, si yo pudiera, le ayudaría, caballero!

—No se preocupe, señora. Demasiado tendrá usted con sus propios problemas.

—Pues sí, la verdad es que tengo un problemilla. Vivo con un hombre al que detesto.

—Divórciese usted, señora mía.

—No es tan sencillo: me quedaría sin un du­ro. El ruin de mi marido me obligó a fir­mar separación de bienes antes de ca­sar­nos. Me quedaría en la calle.

—Vaya, eso es un problema. Si su marido mu­riera, usted no tendría problemas...

—Sí, pero no me atrevería nunca a hacerle da­ño.

—Eso es que usted lo quiere todavía.

—Yo no diría tanto. Pero me falta valor.

—¿Quie­re usted matarlo?

—Sí, pero no puedo.

—Bueno, señora, eso tiene fácil solución. Sé de una persona que puede hacerlo con facilidad, y nunca la relacionarían a usted con él. Pero debo tener la absoluta segu­ri­dad de que usted lo desea.

—¿Y eso por qué? ¿Por qué me habría usted de ayudar en esto?

—Esto no es nada en comparación a las co­sas a las que tengo que hacer frente to­dos los días, señora mía. Bastará con que usted firme este impreso, y cuando llegue usted a su casa, su marido estará muerto.

—¿No me relacionarán con su asesinato?

—No. Yo testificaría que usted estaba con­migo, que me llevaba a la estación de autobús. Además, mi compañero estará allí también, y testificaría que la vio conmigo a esta hora.

—Deme, deme el formulario—, dijo apar­cando rápidamente y sacando un bo­lí­gra­fo. Firmó lo siguiente:

Yo, Rosa Emmental Reus, deseo que mi marido fallezca cuanto antes. Rosa E. R.

Y firmó a continuación. Nada probaba ese documento ante un jurado: sólo que ella deseaba que él muriese. Pero para su conciencia sí que había diferencia. Era como si ella misma lo hubiese matado. Pecado mortal. De esos que sí castiga Dios.

—Pero esto me va a costar dinero. ¿Verdad?

—No señora, es mi forma de agradecerle la cortesía que ha tenido usted conmigo. Cuando llegó a su casa, se encontró a su ma­rido sentado en su sillón favorito, le­yen­do el periódico. Antes de entrar en casa ha­bía tenido la suerte de encontrarse con su ami­ga Enriqueta, que le había visto aparcar y habían estado charlando largamente. Luego había ido al estanco a comprar ciga­rrillos, y por fin había entrado en casa.

—¿Estás bien, cariño?—, interrogó al no oír su habitual Buenas noches, cariño, ¿dón­de has estado? Se acercó a él y vio que el periódico repo­sa­ba sobre sus rodillas, abierto. Su mirada caía sobre él, pero estaba vacía. Lo tocó sua­vemente, y su cabeza cayó contra una de las orejas del sillón: estaba muerto.

—¡Vaya!—, dijo como para sí. —Resulta que el caballero tenía razón. Ahora sólo me que­da llamar a la policía para que man­den a un médico y certifiquen la hora de la muerte, cuando yo estaba con aquel sim­pático caballero.

Maquinalmente, se llevó un cigarrillo a la bo­ca, y encendió el mechero. La explosión despertó a todos los vecinos de la calle. El marido no había muerto de un infarto, sino por un escape accidental de gas. Tras el incendio que siguió, apareció chamuscado un papel en que decía:

Yo, Ernesto Brie Chaumont, deseo que mi esposa fallezca cuanto antes. Ernesto B.C.

El ángel luminoso. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

Página de música. —¿Sabes? Estoy yendo al conservatorio para aprender solfeo. Hago preparatorio siempre me ha gustado la música.

Pero no pudo terminar sus estudios de música la pobre Elena. Un año más tarde la encontré por la calle. Iba con dos muletas y paseaba con su hermana.

—Tengo esclerosis múltiple—, me dijo. —Es una enfermedad que va a más. No sé cuánto durará.

Durará. Duró un año... Me encontré a su hermana un año más tarde, y me dijo que ella acababa de morir. Bendita Elena.

Hace poco fui a ver a una bruja. En realidad es una médium pero me gusta decirle que es una bruja, y ella se ríe. Me hizo una sesión: me dio una friega con crema de almendras por todo el cuerpo, y yo me quedé frito. De las dos horas que duró la sesión dormí una y media. Cuando desperté me contó la bruja que había visto a un hombre muy mayor que le dijo que me comunicara que yo podía ya estar tranquilo porque él era feliz. Mi padre y yo estábamos enfadados cuando murió. ¿Era ese hombre mi padre? Seguramente.

Pero me dio otra información: me dijo que había visto a una mujer muy luminosa de veinte a cincuenta años de edad y que proyectaba su luz sobre mí.

—¿Por qué le envías luz?—, le preguntó la bruja.
—Todas las personas tienen luz—, le contestó, —pero él no tiene. Por eso yo le doy luz. Para que él tenga.

Mi buena Elena, bendita Elena. Estoy seguro de que eres tú mi dama luminosa. Gracias por tu gracia, Elena. ¿Serás tú la que venga a buscarme?

Puerto de Mazarrón, a 25 de julio de 2013.

Mal negocio. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

Crucero Esta es la historia de un naufragio. Los barcos han sido en el pasado, durante muchos años, el único medio por el que el hombre ha cruzado el mar para ir a otros lugares para comerciar, para encontrar una vida mejor, o incluso para distraerse. Andando el tiempo muchas de esas actividades, sobre todo la última, se han dejado de realizar por mar, y los aviones han tomado el relevo porque son mucho más rápidos, más cómodos y más baratos. Pero hay gente que tiene dinero y tiempo, y además cierto espíritu aventurero, que sigue encontrando placer en hacerse a la mar en largos cruceros, por el ansia de conocer nuevas tierras, o por experimentar el suave movimiento del arrufo y del quebranto, que curvan la quilla del barco hacia arriba y hacia abajo respectivamente. Eso causa un movimiento particular a los que, como Eustaquio, gustaban de permanecer horas tumbado en su camarote, leyendo a la luz del día que le entraba por el ojo de buey, un ventanuco redondo, de su camarote. Allí se aislaba de los ruidos del barco, simplemente evitando oírlos mediante un esfuerzo de voluntad, y se pasaba largas horas sumergido en su lectura.

Pero al tercer día de su crucero hacia Nueva York levantó la vista de pronto de su libro, una obra menor de Emilio Salgari, El buque maldito, que cuenta las experiencias de Papá Catreme. Tan absorto estaba leyendo, que cuando terminó la lectura, se quedó un rato pensando en ella. Hasta que de pronto fue consciente de que no oía el ruido del motor del barco. Ni a la gente. No oía nada en absoluto. Se puso en pie de un salto, y dejó el libro sobre la cama. Se vistió y salió de su camarote. No se encontró a nadie a bordo. El barco tenía una ligera escora, estaba inclinado hacia babor, o sea, hacia la izquierda, si miraba hacia la punta delantera, la proa. Se acercó a la borda, o sea a la barandilla, y vio muy lejos un grupo de botes con gente dentro. Se volvió hacia donde los había visto colgados, en días anteriores: no estaban. ¿Cómo era posible que se hubiese abandonado el barco y él no se hubiese enterado? ¿La gente no había chillado, no había habido gritos, llantos? Sí, pero él había estado con Emilio Salgari. Más exac­ta­men­te, con Papá Catreme, que le estaba contando historias de sirenas y de desaparecidos en la mar. Quizá había habido gritos, y él no los había oído, en su camarote aislado del ruido de fuera, y sumido en su lectura. Ahora creía recordar haber oído la bocina del barco, pero creyó que se trataba de su imaginación. El barco estaba más inclinado: ahora estaba a quince grados a babor. Miró, desolado, y no encontró nada, ni un bote, ni un salvavidas.

Muerto soy, se dijo. Pero se sintió muy mal por no haberse dado cuenta de que dos mil personas habían abandonado el barco. Nadie le había echado en falta. Siempre había vivido solo. Solo con sus personajes de ficción. Son los que menos lata te dan, se dijo mentalmente. Y miró cómo el mar se le iba acercando. De repente, el barco se inclinó hacia atrás, levantando la punta, o sea la proa, hacia el cielo. Y entonces ocurrió una cosa singular: el barco, casi totalmente vertical, se empezó a hundir en el agua. Pero de repente de se detuvo en seco. Él se había agarrado a la barandilla, y estaba casi colgando hacia adentro. Las sillas y otros objetos no fijos al suelo habían caído hacia el mar o hacia adentro del barco. Pero este se había detenido en su caída hacia las profundidades, y ahora, al ir incorporando más agua en su interior, de nuevo se iba enderezando, bajando hacia el fondo, pero horizontalmente. Fue entonces cuando lo vio. Un tiburón, a una discreta distancia, a unos quinientos metros del barco. Parecía que tuviese una cita con él.

Al menos no moriré lentamente, se dijo. Ahora ya se podía poner en pie.

—¿Qué daría usted por no morir?—, oyó una voz clara y alta.

Se volvió. Allí, a un metro de donde él estaba, vio a un hombre menudo, calvo, con sombrero de bombín.

—Todo lo que tengo.
—Me conformo con su alma.
—¿Mi alma? ¿Para qué quiere usted mi alma?
—Porque soy coleccionista de almas. Si me da su alma, le pondré a salvo.
—Vale. Nunca he usado mi alma para nada. Suya es si me salva.
—No tan deprisa. Vaya usted a la cubierta inferior. Allí verá un bote pequeño, que usaban para pescar los marineros cuando estaban en puerto. No es de salvamento, y en el fragor del naufragio, nadie se acordó de él.

Efectivamente, allí estaba. Pero pesaba mucho para que él lo pudiese botar al agua.

—No se preocupe usted—, dijo el hombrecillo como si le hubiera leído el pensamiento. —Libérelo usted de las ataduras que tiene. Utilice el hacha que hay en esa mampara (o sea, en una pared), pues no tiene mucho tiempo, y métase dentro del bote.

Así lo hizo Eustaquio, y vio cómo a los pocos minutos el mar iba —subiendo” poco a poco hasta alcanzar la cubierta donde él estaba, y lentamente el bote se puso a flotar.

—Ahora reme usted hacia el sol, pues le queda poco tiempo.
—¿Usted no viene?
—No. Yo me quedo aquí a recoger lo que pueda. Pero no se preocupe, hombre. Yo no me ahogaré. Reme usted siempre hacia el sol. Verá un islote a tres millas de aquí.

Y ya no supo más del hombrecillo. Se afanó en los remos, hasta que pronto se vio más allá de donde había visto al tiburón. Se alejaba del barco sin perderlo de vista. Le habían dicho que al hundirse un barco se producía un remolino que podía atrapar a los objetos flotantes cercanos, como era su bote. Pero el barco no se hundió del todo. Cuando dejó de hundirse, quedó por encima del mar el castillo central. “Castillo” es la parte más sobresaliente del barco, donde suele estar la sala de mando del barco. No hubo, pues, remolino. Varias horas más tarde divisó una tenue forma justo enfrente de él, bajo donde parecía que estaba el sol. Con mucho trabajo llegó a un islote de varios kilómetros de amplitud. Se subió a la parte más alta, y desde allí vio a varios de los botes que habían salido del barco antes que él, pero vagaban a la deriva. Cogió diversos matorrales, y algo de leña, y con un encendedor de yesca hizo un fuego, que fue divisado por los náufragos, que se pusieron a remar hacia el humo. Desgraciadamente, se levantó una tormenta al poco tiempo, y vio cómo los botes subían y bajaban entre las olas, hasta que pronto empezaron a volcar y se dejaron de ver. No quedó nadie. Él era el único superviviente. No se había salvado ni un alma. Porque la suya estaba perdida.

Pero los demonios no existen, se dijo.Entonces, ¿quién sería aquel pobre demonio que encontré en el barco?

La respuesta la encontró varios días después, cuando moría de hambre, puesto que no había nada de comida en aquel islote. Oyó ruido de pasos y levantó la vista: allí estaba el hombrecillo.

—Vengo a recoger el alma.
—Pero no me ha salvado usted.
—Claro que sí: usted no se ahogó en el mar. No se lo comió el tiburón.
—Pero he vivido sólo unos días. No me he salvado en realidad.
—Hizo usted un mal negocio. Pero ahora tiene que pagar su parte del trato.

Y fiando la vista en aquel sujeto tan peculiar, dio su último suspiro.

Un momento después estaban ambos en el infierno.

Pobrecillos. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

Dinero Hay una cosa peor que ser un desgraciado. Y es ser pobre. Sí, hombre, no tener un duro. Porque uno puede ser un desgraciado porque la novia no lo quiere, o no encuentra a ninguna mujer que quiera ser su novia, o porque la ha tenido, se ha casado con ella y luego ella se ha ido con otro. O uno puede tener mala suerte en el trabajo, y hacerlo todo mal, o a disgusto del jefe. O uno puede hacerlo todo bien y por eso llevarse mal con los compañeros, chapucerillos ellos. O uno puede tenerlo todo en la vida, fama, dinero, amor, y seguir siendo un desgraciado. O uno puede ser victima de mil y una desgracias de la fortuna y del desamor, pero por mal que le vaya a uno en la vida, siempre habrá una cosa todavía peor: no tener dinero.

Sí, hombre, ya sé lo que me vas a decir: que tú tampoco tienes dinero. Pero si me has comprado este libro es que sí tienes dinero. Si te has comprado el ordenador donde me estás leyendo esto en plan piratesco pedefero, también tienes dinero, aunque no te lo gastes en mis libros. En tu caso no sufres la desgracia mayor: no tener dinero.

El que no tiene dinero no sabe qué va comer al día siguiente, a menudo ni siquiera este mismo día. Hay una gloriosa institución centenaria, puede que milenaria, que te puede resolver el problema momentáneamente, aunque no es una solución digna ni definitiva: Se llama Jesús Abandonado. Pero es una vergüenza para el que ha conocido tiempos mejores.

Los pobres lo son porque no tienen dinero, y a esa condición se llega por varias razones. Una de ellas es no tener trabajo. Otra razón, quizá peor, es por ganar menos de lo que se gasta. Pero si uno gana y gasta, aunque acabe con déficit, al menos maneja dinero. Lo malo es cuando no hay dinero que manejar, pues el tubo digestivo necesita material continuamente, y cuando no se consigue que funcione regularmente puede sobrevenir una cosa que llamamos muerte.

A medida que va profundizando uno en eso que se llama pobreza, la peor de la cual es la que consiste en no tener dinero, uno va bajando por la escala moral, aceptando trabajos, cuando los encuentre, que otra persona no quiere o no puede hacer. Esa es la oportunidad que explotan más los demonios, y ahí es donde los ángeles tenemos que lucirnos más, donde tenemos que utilizar todas las capacidades que Dios nos dio para sacar a los pobres del pozo en que han caído por avatares de la vida.

Ese fue el caso de Pancracio, un pobre de solemnidad, de esos que conocen la verdad de su vida y por ello no osan echarle la culpa de su pobreza a la mala suerte: no quiso estudiar cuando pudo, y se puso a trabajar en lo que entonces había. Era un buen peón de albañil. Pero luego vinieron malos tiempos, y perdió el trabajo. Los políticos se echaban la culpa mutuamente, pero todos ellos recibían unos salarios enormes por no hacer nada, mientras que él había perdido su salario y ahora no tenía ni para comer. Su mujer le había dejado, yéndose con otro que la quería menos, pero le daba de comer. Se había llevado a sus hijos, y no había vuelto a ver a ninguno de ellos. Él no se había sentido responsable de ello al principio. Fue luego cuando comprendió que su voto fue uno de los millones de ellos que había dado el poder a aquellos miserables que habían llevado al país a la ruina, recibiendo sueldos de fábula a cambio.

Pero no les odiaba. Ya no le quedaba ni odio. Rebuscaba todos los días en la basura de otros barrios, porque le daba vergüenza que lo viera alguien conocido. A veces encontraba comida, y podía dormir con algo en el estómago. Había perdido su casa, aquel chalet de fábula que había comprado a plazos cuando ganaba tres mil euros mensuales. Eran otros tiempos. Luego se quedó sin trabajo y no pudo pagar los plazos. El banco le quitó el chalet y le advirtió que le intervendrían la nómina cuando la tuviese para cobrarse el resto del dinero prestado. Sonrió ante ese pensamiento. Eso significaría que volvería a trabajar. Pero no, ya no había trabajo en la construcción. Le pilló demasiado viejo para aprender otro oficio. No se enseñan trucos nuevos a un perro viejo.

Y entonces lo encontró. Un saco lleno de dinero que alguien había tirado a la basura. ¿Por error? ¿Eran billetes falsos? Haría la prueba. Se lo llevó a su casa. Lo contó: sesenta kilos de billetes de cincuenta. Tres millones de euros. Seguro que eran falsos. Cogió uno y entró en el Banco Popular.

—Vengo a cambiar este billete que me he encontrado ahí fuera.

La cajera lo miró, lo metió en la máquina anti-fraude y vio que el billete era bueno. Le dio cinco de diez.

Pancracio no se lo creía: ¡tenía tres millones de euros buenos en su casa! ¿Tendría hada madrina? ¿Existía la providencia? ¿Quién tiraría tres millones de euros a la basura?

Se fue al kiosko de su barrio, y compró varios cartones de tabaco. Él no fumaba, pero conocía a mucha gente que sí. Se hizo bolsillos interiores en su abrigo, y se los llenó de cajetillas. Se fue al barrio pobre cuyos cubos de la basura conocía tan bien.

—¿Tabaco?—, le dijo a un viandante.
—No, no tengo. Yo iba a comprar, pero llevo prisa.
—No, hombre, que si quiere usted comprar, yo vendo.

El hombre se le quedó mirando. Aceptó, y aunque notó el precio un poco inflado, sonrió y le pagó.

Pancracio repitió su gestión muchas veces aquel día. Y vio que cada dos horas sus cincuenta euros se convertían en 70. Cuando ya tenía una clientela fija, habló con otros mendigos que había conocido en la boca de los cubos de basura, y llegó a un acuerdo con ellos: le darían la mitad de las ganancias, y a cambio él les proporcionaría el material. Lo compraba directamente en la fábrica, y le hacían un precio especial porque compraba los cartones de mil en mil. Ni IVA ni VENÍA, ni doble contabilidad, ni nada. Economía sumergida total, sin contabilidades más que la que había en su cabeza. Pronto tuvo 20 mendigos trabajando para él. Era fundamental la pinta: tenían que parecer mendigos. Pero que en lugar de pedir limosna vendían tabaco.

Al cabo de un año el negocio de Pancracio se extendía por diez ciudades, y trabajaban para él doscientos mendigos. Había ganado tres millones de euros.

¿Qué hacer con las ganancias? La verdad es que las tenía en su casa. Ahora tenía cinco millones de euros dentro del colchón. Había invertido un millón en tabaco y había ganado tres. Pero recordó que tenía una deuda con la Providencia. Por eso cogió el viejo saco, reemplazó el millón que había invertido, se lo cargó al hombro, y buscó el cubo de la basura en el que lo encontró. Jamás lo olvidaría.

Con cuidado, con mimo, con nocturnidad, con alevosía, se lo quitó del hombro y lo dejó caer en el fondo del cubo. Luego cogió varias bolsas que alguien había dejado fuera del cubo, y las puso encima. Satisfecho, sonrió y se fue de allí. Nada ajeno tenía. Su deuda estaba saldada. Y en el otro extremo de la calle yo, el Ángel de lo Esperanza, sonreí y aguardé a ver si venía otro pancracio a resolver su vida terrenal y espiritual.

Mazarrón, 26 de julio de 2013

Su demonio particular. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

Una iglesia por dentro. Amelia nunca había ido a misa. Sus padres no la habían educado en la religión cristiana, nunca la habían llevado a la catequesis. Por eso desde que trabajaba en aquella oficina, desde hacía tres años, al pasar por la plaza de la iglesia se había fijado en la gente que salía de la misa de las siete de la mañana. Eran casi todo mujeres, que iban a ponerse en paz con Dios antes de irse a trabajar.

Un día decidió madrugar un poco más y entrar en la iglesia algo antes de las siete de la mañana. Había sólo dos mujeres mayores que rezaban en voz baja. Ella no las oía, pero las veía mover los labios. Poco a poco fueron llegando las demás mujeres y algún que otro hombre. Con disimulo se volvió y contó los que había en la iglesia: más de cien personas. No estaba mal para ser un día de trabajo y a esa hora tan temprana.

El cura era joven, y les dijo una breve homilía en la que les agradeció que dedicaran a Dios una hora todos los días. En realidad no era una hora, sino algo más de media. A ella no le pareció bien que algo tan importante para los que iban allí lo despachara el cura tan rápido. Cuando acabó la misa ella aún tuvo tiempo para entrar a la sacristía a hablar con el prelado.

Cuando entró en la habitación, sin hacer ruido, vio que el sacerdote se estaba quitando la casulla y las demás prendas de oficiar que usan los curas. Cuando ya se lo había quitado todo vio que el hombre seguía quitándose el jersey y luego la camisa. Tras quitársela, se volvió y le dijo:

—Muchacha, ¿qué puedo hacer por ti?

A ella no le parecía nada bien estar allí, hablando con un cura semidesnudo. Él notó el azoramiento de la chica, y sonriendo cogió una camisa nueva y comenzando a ponérsela, le dijo:
—No temas nada, muchacha. Soy hombre, pero de Dios.
—Padre—, le dijo ella, —es la primera vez que entro en una iglesia.
—¿No eres cristiana?
—No, padre.
—¿No estás bautizada?
—No, padre. Que yo sepa, no.
—¿Cómo te llamas?
—Amelia.
—Amelia. Tus padres no te instruyeron en la fe cristiana. ¿Y por qué has venido a mi iglesia, entonces?
—Curiosidad.
—Curiosidad. Quizá has sentido la llamada de Dios.

Aquel cura le llamaba mucho la atención. Sería un hombre de Dios, pero la atraía. Comprendió que no debería estar allí: el cura se había puesto la camisa, pero no se había abrochado los botones. Le cogió de la mano y se la llevó hasta una ventana en la que había dos asientos. Desde allí ellos podían ver la calle, pero nadie les veía desde afuera, y tampoco desde dentro, aunque irrumpiesen de pronto en la sacristía.
—Mira, hija—, le dijo, —desde aquí podemos ver la calle y la sacristía a la vez, sin ser vistos.
—¿Y qué tenemos que esconder?
—Te sientes atraída por mí, y yo también por ti.

Ella contuvo la respiración.
—Pero no importa. La carne es débil, pero el espíritu es fuerte. Dime, hija, ¿desde cuándo no te confiesas?
—Nunca me he confesado, padre.
—Pobrecita. El sacramento de la confesión es muy bueno, porque uno se libera de sus culpas aquí.
—Padre, yo no tengo la culpa de nada.

El cura se le acercó lo que pudo y le metió la mano entre las piernas, abriéndoselas un poco.
—¿Qué notas ahora?
—Que usted no es cura.
—Cierto—, rio él, subiendo la mano hasta llegar a un sitio que le hizo sentir a ella algo más que atracción por este cura tan guapo.

A continuación la habitación le empezó a dar vueltas, y cuando volvió en sí, varias horas más tarde, se sentía muy confusa, aunque satisfecha. Con una paz de la que no había disfrutado en varios años. Miró el reloj, pero aún quedaban veinte minutos para tener que estar en el trabajo. Pero entonces todo había pasado en...
—Cinco minutos—, dijo el cura. —Tu placer te ha durado cinco minutos.
—Pensé que habían sido horas.
—Y lo fueron, pero hemos hecho trampa—, le dijo el cura.

Entonces ella se dio cuenta de que la piel de él era más rojiza que antes. Le presionó el pelo por la parte delantera de la cabeza y allí notó...
—Sí. Cuernos, chiquilla. Le has hecho al amor a un demonio.

Amelia se levantó y, mientras el demonio se reía, salió corriendo de la iglesia, y no paró hasta llegar a su lugar de trabajo. Saludó a Servando, el conserje, y fue directamente a su mesa. Se sentó y notó frío en las posaderas: se había dejado las bragas en la sacristía.

Al día siguiente volvió a la iglesia a la misma hora, pero estaba cerrada. Al cabo de media hora se abrió la puerta. Un anciano la miró con cara de interrogación.
—¿Vienes a misa?
—Sí, padre.
—Pasa, hija.

El anciano dijo misa a las siete y media, y a las ocho terminó.
—¿Y el otro padre? ¿Cuándo dice misa?—, interrogó al anciano.
—¿Qué otro padre? Aquí no hay más cura que yo, hija.

El anciano le explicó que desde hacía cinco años era él quien decía la misa todos los días a las siete y media de la mañana. No, esa iglesia no la había pisado otro cura desde que él estaba allí. Ella debía estar confundida. Y ella había podido comprobar que no eran cien, sino menos de diez personas las que asistían a esa misa, nunca más. No se conocía la asistencia de un centenar de personas en aquella iglesia desde que existía.

Aquella noche Amelia soñó con su cura joven. Pero tenía los cuernos más visibles. Le hizo el amor en su cama, y cuando le acarició la espalda le notó una protuberancia que le crecía desde el final de su columna vertebral y que movía a voluntad, con la que le acariciaba todo el cuerpo como si se tratase de una tercera mano que acababa en una delicada mata de pelo rojo. Por fin Amelia tenía su demonio particular.

Ángel. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

La vida fue muy dura para Ángel Toda su vida había llevado un nombre que no le cuadraba en absoluto. La vida de Ángel no había sido fácil: huérfana desde la más tierna edad, había vivido con unos tíos suyos en el campo, hasta que la secuestraron unos bandidos. Sus tíos no sufrieron excesivamente, pues fuera de poner la correspon­diente denuncia en la comisaría de policía de East Dulwich no se preocuparon más. A pesar de contar sólo con diez años, de los que había pasado cuatro con sus tíos sin que le hicieran mucho caso, estaba muy desarrollada y los bandidos querían dedicarla a la prostitución, pero consiguió escaparse de ellos. Sin embargo pronto tuvo que verse abocada a eso, porque no quería volver con sus tíos y el hambre la obligó a vender su cuerpo.

A la edad de dieciocho años ya había vivido varias décadas, y era una joven resabiada, embrutecida, le faltaban dientes, y la vida no había sido muy buena con ella, y ella había aprendido a no ser buena con nadie. Pero había visto cómo unos bandidos secuestraban a una niña pequeña, casi tanto como ella cuando le había sucedido eso. Y se había lanzado como una posesa contra ellos. Le dio un empujón al que llevaba la voz cantante, había chillado como una loca, y todos en la calle se habían vuelto hacia ella, incluyendo los padres de la criatura, que creían que aún seguía a su lado. Se oyó el silbato de un policía mientras la navaja afilada del bandido seccionaba la aorta de Ángel. Y todo el mundo se apagó.

Cuando Ángel abrió los ojos se había ido todo el mundo. En su lugar había solo un joven de mirada dulce que le sonreía.
—Muy bien, Ángel. Lo has hecho muy bien.
—¿Se la han llevado?
—No. Se tuvieron que ir corriendo.
—Me alegro. Ya no le pasará lo mismo que a mí.
—No.
—Bueno, me voy. Tengo que buscar algo para poder comer.
—¿Tienes hambre?
—No—, dijo ella sentándose en el suelo. —Y es raro, porque no he comido en todo el día.
—Levanta, Ángel. Ya no vas a tener hambre más.
—¿No? ¿Por qué no?
—Aquí nadie pasa hambre.
—¿Aquí?—, repitió ella, recordando que había sentido un dolor agudo junto al corazón. —¿Estoy muerta?
—Podríamos decir que sí, o algo parecido.
—¿Dónde estoy?
—En ningún sitio y en todos a la vez. Tu cuerpo está en el hospital, y se lucha por salvarlo.
—¿Sobreviviré?
—No.
—¿Y qué va a ser de mí?
—Nada que te preocupe. Ahora estás conmigo.
—¿Y tú quién eres?
—Me llamo Rafael.
—¿Y qué hay después de la vida? ¿Esto es...—, dudó antes de seguir, —... el cielo?
—El cielo es donde siempre has estado tú, Ángel, aunque no lo has visto nunca.
—El infierno es donde he estado, Rafael. Vine al mundo a sufrir.
—No. Fuiste al mundo a aprender. A disfrutar. Dime: ¿intentaste trabajar honradamente alguna vez?
—Sí. Pero me engañaban.
—Ajá. ¿Lo dejaste?
—Sabes que sí.
—Yo sólo sé lo que tú me cuentes.
—¿Y cómo sabes que no te miento?
—Sé que no lo haces. Y si lo haces te dañas sólo a ti misma. Me caes bien sin tener que mentirme. Y nada de lo que me cuentes hará que me caigas mal.
—¿Por qué?
—Diste la vida por una desconocida. Eso te hace merecedora de tu nombre.
—¿Soy un ángel por eso?
—No. Eres un ángel porque siempre lo has sido.
—¿Y ahora qué voy a hacer? ¿Esto es el final? ¿Me voy a disolver en el espacio?
—¿Es eso lo que quieres?
—No. Quiero seguir viviendo.
—¿Por qué? ¿Tan bien te ha ido?
—No. Quiero empezar a vivir. Ser feliz.
—Mírate dentro, Ángel. En lo más profundo de tu vida. Y dime si no has sido feliz.

Ángel se miró dentro. Cerró los ojos y pensó. Sí, se sentía bien. Pero se dio cuenta de que no era la primera vez en su vida en que se sentía así: había habido muchos momentos perdidos en que se había sentido bien, en paz consigo misma. Incluso mientras estaba trabajando, mientras yacía con las piernas abiertas mientras que alguno de aquellos que le pagaban descargaban dentro de ella. Incluso mientras le practicaban alguno de los abortos que tuvo que hacerse para no traer a otra desgraciada al mundo. Cuatro abortos antes de los 18... Pero su vida no había sido tan desgraciada como ella había pensado. Había tenido momentos de paz como este de ahora. Solía sucederle cuando estaba a punto de quedarse dormida, a cualquier hora del día. Y cuando se estaba despertando. Era como si estuviera en otro mundo. No era ella. Le parecía que era alguien más.

Rafael y Yuliel —Eras una puta desgraciada—, oyó a una voz desagradable junto a ella. Se volvió y no vio al joven agradable de antes, sino a un individuo de aspecto antipático, mirada libidinosa y maliciosa, que la miraba con inquina.

—¿Y tú quién eres?
—Eso da igual. Estoy aquí para llevarte al infierno.
—¿Y por qué al infierno?
—Porque has sido una puta desgraciada toda tu vida. No has hecho nada bueno en toda tu vida.
—¿Y por qué no me llevas a tu infierno a la fuerza, demonio?—, dijo ella, enfadándose. —En eso estoy.
—Venga, llévame—, le dijo ella con un aire de chanza, juntando sus muñecas como hacen los criminales cuando los pilla la policía, para que les pongan las esposas.

Pero el sujeto se quedó parado, muy serio, sin saber qué decir.
—Me das lástima, demonio—, le dijo ella sonriendo. —No me llevas porque no puedes. Me has mentido en todo. Puede que no seas ni siquiera el demonio. Has venido a escoltarme, ¿verdad?
—Si tú lo dices...—, comenzó él. Nunca le había pasado esto. La gente suele caer presa de su propia autodestrucción, de su baja autoestima, y con la mirada gacha se ponía siempre a su disposición. Pero esta joven le desafiaba.
—Mira, demonio, vete, que quiero seguir hablando con Rafael. ¡Rafael! ¿Dónde estás? Quiero que vuelvas.
—Aquí estoy—, respondió desde el otro lado. No me he ido. Sólo has dejado de verme, pero siempre he estado contigo.
—¿Has estado conmigo toda la vida?
—Y lo que llevas de muerta.
—De muerta... ¿Ya me he muerto?
—Sí. En el momento en que apareció Yuliel.
—¿Yuliel?
—Sí, ese que has tomado por el demonio.
—¿No lo es?
—No. Es otro ángel, como tú. —¿Y por qué tiene esa pinta de demonio?
—No la tiene. Se la has visto tú. No te ha sonreído, y por eso has deducido tú que es malo. Y has actuado con mezquindad con él. —¿Dónde está?
—Ahí, a tu izquierda. Que no le veas no significa que no esté contigo. —¿También ha estado toda mi vida conmigo?
—Sí. Y más gente. Muchos de nosotros te hemos acompañado siempre.
—¿Y por qué no me lo habéis dicho? He estado sola mucho tiempo, muchas veces. He llorado mucho.
—Lo sé: lo hemos visto. No te hemos dicho nada porque tú no nos has invitado a estar contigo.
—¿Voy a ir al infierno?
—No. Ya estuviste.
—¿Ya no voy a estar más en el infierno?
—De ti depende. Tu vida será el infierno o el cielo, o algo diferente: será lo que tú quieras.
—Pero ya no tengo vida. Ya me he muerto.
—No. Se ha muerto tu cuerpo. Pero tú eres algo más que un cuerpo.
—¿Y ahora qué tengo que hacer?
¿Me tengo que quedar aquí?
—No.
—¿Qué hago?
—¿Qué quieres hacer?
—Algo.
—Hazlo.
—¿Qué?
—Lo que quieras—, dijo el joven desvaneciéndose.

Ángel miró para todas partes, y no vio a nadie. Sólo una calle de color gris claro, adoquinada, por donde no pasaba nadie. Había una farola detrás de ella, sobre la acera. —Yuliel...—, llamó tímidamente.
—¿Ya no soy el demonio?
—Me lo pareciste. Lo siento.
—Mentira: aquí no se siente nada. Si quieres hacer algo, pon la mente en blanco y sigue tu impulso.

Y Yuliel también desapareció. No era tan feo ni tan desagradable el muchacho. ¿O muchacha? No lo tenía claro.

Al final de la calle vio una plaza. Se acercó, y en un lado de la plaza vio un bar con terraza. En la terraza había un hombre sentado. Estaba muy concentrado, escribiendo en un pequeño cuaderno. Se acercó y se detuvo junto a él.

—Buenos días—, le saludó.
—Ah, hola. Buenos días. ¿Qué me puedes traer?—, preguntó distraído.

Le hizo gracia que la confundiera con la camarera.
—¿Qué necesita, señor?
—¡Uf! Buena cosa me preguntas..., una vida nueva. ¿Me puedes traer eso?

Durante cinco minutos estuvieron charlando de forma desenfadada, hasta que fueron viniendo más clientes a aquel bar, y ellos la confundieron también con la camarera. Ella se sintió incómoda, hasta que pretextó ir a traerle su cerveza negra, y se introdujo en el bar, disolviéndose en la penumbra de su puerta de entrada.

El demonio de las ideas. Klaku por esperanta versio. Click for English version.


NOTAS.-
  1. Nota.- Si ese es tu caso, no sigas leyendo. Al autor hay que mimarle, porque si no ¿qué demonios ibais a leer los lectores? Seguir.
  2. En Wattpad se presenta esta escena desde el punto de vista del cliente. Se puede leer gratuitamente.
    Seguir.

Bibliografía. Esperanto English

   Si le ha gustado este libro, puede leer otros del mismo autor, cuya referencia encontrará en http://www.obracompleta.com:

Mis obras.
  1. El amo de casa: escrito entre 2005 y 2008, publicado por Editorial Dédalo en 2017.
  2. La versión de Tirolino, o El servidor de Roma: novela histrórica.
  3. ¡Viva la República!: ensayo novelado histórico político, con cierta carga didáctica.
  4.  Amén: reflexión sobre el más allá, la vida y el amor.
  5. Viaje final: los mayas no tenían razón..., pero ¿y si la huberan tenido?
  6. Transgresión: esta trilogía:
    1. La cronista: es este libro.
    2. Tricronía: la madre de la Diosa de la Música nace en un lugar apartado.
    3. Los desterrados: sus antepasados buscaron su sitio en el universo. Ahora ellos pagan las consecuencias.
  7. Prostitución, una trilogía:
    1. El putero: no todo es lo que parece.
    2. Oumou, the Ebony Hetaera: está sólo en inglés por el momento: desventuras de una joven africana en este mundo civilizado.
    3. The Happy Pimp / El proxeneta feliz: aún por terminar. Fin de la trilogía, en que no todo es lo que parece.
  8. Abuelo y nieto: (libro del mes en agosto de 2016): la maravillosa coincidencia de abuelo y nieto en el mundo de la literatura.
  9. Oficial y bailarina: el oficial y la bailarina no tienen nada que ver..., ¿o sí?.
  10. Cuando los marcianos conquistaron La Tierra: pesimista reflexión doble sobre el lugar del hombre en La Tierra.
  11. Historias de El Diablo: divertida historia de Tonya, una guiri sin trabajo en la España actual que se busca el mejor padrino que se pueda encontrar.
  12. Cuéntotelo: 28 cuentos variados.
  13. Un cuento infantil, o El soldado y la bruja: mi primera historia trilingüe:
    1. El soldado y la bruja.
    2. The Soldier & the Witch.
    3. La soldato kaj la sorĉistino (kompleta).
  14. Un proyecto singular: historia sobre la redacción de una novela entre cuatro escritores.
  15. The Singer's Complaint: fantasía sobre la muerte de un cantante y su impostura por otro.
  16. El pecado del talibán, o La triste vida de Abdul Saleh: (Libro del mes en julio de 2016): el pecado de cumplir con tus preceptos sagrados, corregido y aumentado.
  17. Una prehistoria de amor, o El niño que no quería ser Jefe: en la Prehistoria la gente comía, vivía, y sentía. Pero no eran como nosotros... ¿o sí?
  18. Los obscuros: novela escrita por cuatro escritores sobre un mundo alternativo.
  19. La embaucadora: ella lo intenta embaucar a él. ¿Lo conseguirá? Escrito a medias con La Dama.
  20. Desencuentros, tambien escrito con La Dama: la vida presenta quiebros y puntos de inflexión que hacen que todo parezca imposible.
  21. La redención de Ecolgenia. Escrito a medias con Jack Crane: fantasía ecológica. Nuestra obra más larga.
  22. El libro de las crónicas angélicas y las anécdotas diabólicas: 20 cuentos sobre los buenos y los malos, en la que han participado otros tres escritores.
  23. Crímenes Terapéuticos: ¿pueden curar los crímenes? Depende de quiénes sean los pacientes...
  24. Los siete pecados capitales. Pendiente de publicación. Con otros 6 autores. Un cuento por cada pecado.
  25. Una historia sagrada: proyecto inacabado, pero publicado en parte en Wattpad: un cuento por cada uno de los libros de La Sagrada Biblia.
  26. A ver si lo entiendo: ensayos sobre la actualidad.
  27. El libro de los haikus golfos: serie de poemas breves sobre temas aconvencionales.
  28. Escuela de escritores: consejos para los que empiezan a escribir, de uno que ya tiene cierta andadura.
  29. La saga del Padre Nuestro: un cuento por cada verso de la oración más célebre del mundo.
  30. Escucha mi contar: cuentos variados.
  31. The Year I Was a Woman: escrita originalmente en inglés, se publicó en inglés y en Esperanto en septiembre y octubre de 2016: La jaron, kiam mi estis virino. El año que fui mujer: libro del mes de septiembre-octubre 2016.
  32. The Psychologist. La psicóloga. La Psikologistino: Libro del mes en agosto-septiembre de 2016.
  33. Jack Daniels' Strange Death; originalmente escrito en inglés, pendiente de traducir al español y al Esperanto.
  34. The Misfortunes of Don Juan: íbidem.
  35. The Baby Scare: íbidem.
  36. Cuentos marineros: 17 cuentos para los que les gusta la radio o el mar.
  37. Fábrica de cuentos: 113 cuentos escritos por 39 autores en diez volúmenes:
    1. Tema libre, 21 autores.
    2. Tema libre, 19 autores.
    3. Románticos, 12 autores.
    4. Ciudades, 10 autores.
    5. Fantasía, once autores.
    6. Terror, 9 autores.
    7. Históricos, 7 autores.
    8. Ficción científica, 9 autores.
    9. Humor, 8 autores.
    10. Biografía. 11 autores nos cuentan la vida del personaje de su preferencia.
  38. Sueños para una noche. Cuatro historias de terror de cuatro autores diferentes.

Pero sigo con otros proyectos en mente, que voy simultaneando con mi traducción de las obras anteriores, y que algún día terminaré:

  1. La balada de la Reina Elba: una gran reina detras de la conquista de un continente. Situado en una tierra extraña, que nos parecerá conocida a todos.
  2. La Federación. Al igual que el anterior, está casi terminado. Próximamente pondré una introducción al mismo, aunque lo estoy escribiendo en Esperanto.
  3. Las desventuras del agente Bélmez: un agente de la ley por vocación, cuyos valores y habilidades le llevan a dejar en mejor lugar a sus compañeros que a sí mismo... Esta novela nace con la intención de convertirse en serie...
  4. Cuando el infierno se hizo cielo: Clemens viene de turismo a España, país que quería conocer desde hacía muchos años. Pero las cosas se le empiezan a complicar cuando empieza a conocer a los naturales del país y la revolución social y cultural que han llevado a cabo poco a poco, sin que nadie se diera cuenta más que de los aspectos más superficiales... Ya no volverá a ser el mismo, hasta el punto de plantearse si quiere ser inglés, español o esa cosa rara que llaman Spanglish.
  5. La buena ama de casa: En realidad es la segunda parte de mi ópera prima, El amo de casa, terminada en 2008. Si allí reivindicaba el papel de ama de casa para los hombres, aquí reivindico el derecho de las amas de casa a sentirse orgullosas de trabajar sólo para su esposo e hijos, y no ser menos importantes que si trabajaran, además, fuera de casa.

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Si os gusta la historia, podéis decírmelo. En caso de que no os guste, me lo podéis decir también.
En ambos casos, pronto veréis el resto del segundo capítulo y parte del tercero.
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