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Jesús Ángel. English Esperanto

       El libro de las crónicas

El libro del año.

Introducción.

              Desde hace unos años ofrezco la lectura gratuita de mis novelas en tres idiomas, una después de otra y capítulo a capítulo, en esta página web.

   Mi intención sigue siendo traducir todas mis obras, pero la última vez me llevó un año terminar las traducciones al inglés y al Esperanto, por lo que ya no puedo hablar de El libro del mes, sino más bien de El libro del año; por lo que esta sección se llamará así, para poder tomarme con más calma la traducción, y ustedes la lectura, de todas mis obras.

         

            Hasta ahora hemos leído:

  1. Un cuento infantil, o El soldado y la bruja.
  2. El pecado del talibán, o La triste vida de Abdul Saleh.
  3. Amén, o Desde el otro lado, o Lo que nunca os diré.
  4. La psicóloga.
  5. Abuelo y nieto.
  6. El año que fui mujer. Y
  7. La cronista, o Los amos del tiempo

            Además de esta versión en español, también podéis leer la versión en inglés, que igualmente voy poniendo capítulo a capítulo, y otra en Esperanto, que siempre contendrá todo el libro. Si puede usted leer Esperanto, podrá leer gratuitamente toda mi obra, a medida que la vaya traduciendo. Si no lo sabe, pero quiere aprenderlo, puede pedir información a la Federación Española de Esperanto. Ellos le podrán indicar la forma de aprenderlo de forma rápida, barata y eficaz.

           Ahora estamos leyendo cuento a cuento, El libro de las crónicas angélicas y las anécdotas diabólicas, que espero que le guste. Se trata de una serie de cuentos sobre ángeles y demonios que se presentan alternativa, aunque a veces simultáneamente en el mismo cuento.

         Este es el índice, donde iré poniendo sucesivamente el enlace a cada historia:

Contenido Click for English version Klaku por versio en Esperanto

    Introducción.
    Los ángeles.
    Los demonios.
    1. La niñata.
    2. Segunda opinión.
    3. El ángel luminoso.
    4. Mal negocio.
    5. Pobrecillos.
    6. Su demonio particular.
    7. Ángel.
    8. El demonio de las ideas.
    9. Una carta angelical.
    10. La balada de Elvis.
    11. Un cuento inacabado.
    12. Una historia mejicana:
      1. La increíble historia de Aruel.
      2. Las dudas de Fulgencio.
      3. Jaque al rey.
      4. Ala de ángel.
    13. La pesadilla.
    14. Miguel Ángel.
    15. La apuesta.
    16. Plumas de Ángel:
      1. La elegancia de la calle del Muro..
      2. La redacción.
      3. El negocio de la muerte.
      4. La segunda cara.
      5. Desapego.
      6. Su segunda pluma.
    17. El súcubo y Tomasa.
    18. Charlas con mi padre:
      1. El encuentro.
      2. En concierto.
      3. Reflexión.
      4. Cese de hostilidades.
      5. La cuarta dimensión..
      6. Epílogo.
    19. Escalera al Edén.
    20. Diecinueve.
    21. Renacimiento:
      1. Viaje.
      2. Charla de café.
      3. Cambio de estado.
    Supervivientes.
    Nota bibliográfica.

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Introducción Klaku por esperanta versio. Click for English version.

         Diablo cariñoso Hace un par de años me planteé la creación de un libro de cuentos de temática espiritual, en el que los ángeles y los demonios tuvieran un carácter preponderante. El plan era alternar los cuentos en que intervinieran los ángeles y los demonios de forma alternada o conjunta, y tras el entusiasmo inicial fui postponiendo su terminación hasta completar otros proyectos que también tenía iniciados. Pero hace unos meses me propuse continuar y terminar este volumen, y para obligarme un poco más voy a subirlo ya a Amazón, que permite la ampliación en subsiguientes ampliaciones de la edición inicial. Por eso con este libro innovo en dos cosas: 1 Lo he registrado en SafeCreative, en lugar de en la oficina de la Propiedad Intelectual, como hago siempre, y 2 Es un libro que crecerá con el tiempo, a medida que le vaya añadiendo nuevas historias. Espero que los comentarios y juicios de los lectores me ayuden a conformar un libro mejor.

          Los veinte cuentos que integran, a día de hoy, esta pequeña colección tan peculiar son muy variados en temática y extensión, que va desde la única página de Un ángel luminoso hasta las más de veinte de Una historia mejicana, que consta de cuatro partes, aunque realidad sí es un cuento más corto, pero que se presenta desde cuatro puntos de vista. Su título podría haber sido La magia de Méjico, porque la magia y la metafísica se unen en el concepto, y ambas disciplinas no se explican en la realidad física observable directamente con los instrumentos de medida que tenemos disponibles. Aunque me ha llevado un tiempo y esfuerzo escribir este libro, es cierto que hacerlo me ha permitido percibir la magia de las cosas, la bondad que hay en la gente, y la carencia de ella que hay en otras personas. También me ha hecho reflexionar en las bendiciones de que disfrutamos habitualmente sin darnos cuenta de ellas, hasta que las echamos en falta. Eso es lo que le sucede a Rosa, la protagonista de este cuento, que me ha hecho realizar un auténtico esfuerzo para no convertirlo en una novela, pues su vida es compleja y variada como lo es la novela. Pero creo que ha quedado mejor así, como una historia sencilla contemplada desde cuatro puntos de vista.

          Pluma de Ángel, escrito en seis partes, es un cuento cross border, es decir, que toca varios géneros a la vez, pues hay romance, misterio, situaciones bélicas y se retrata la aventura más insondable que hay, la aventura de escribir, desde dos vertientes diferentes.

          Charlas con mi padre iba a ser un libro por sí mismo, pero su tema es tan parecido a los demás de este conjunto de cuentos, que decidí resumirlo y añadir las cinco partes de que consta en este volumen, sin descartar que en un futuro lo convierta en una novela. Trata de las relaciones del narrador, sexagenario, con su padre muerto a esa edad, aclarando muchas cosas que quedaron pendientes entre ellos cuando se separaron, y celebrando su reunión de una manera muy sencilla y encantadora.

          Los otros cuentos de este libro son mucho más sencillos, como meras anécdotas de la magia o divinidad (según se quiera ver) en los hechos narrados. Es de destacar la colaboración de Jack Crane (La balada de Elvis), que me expresó sus deseos de colaborar con algún cuento, y la de Gema Gimeno Giménez, que cuando vio este libro publicado en Amazon me escribió y me pidió que aceptase como colaboración La apuesta, que había escrito ella el ocho de marzo de 2014, Día de la Mujer Trabajadora, al que cambió el final para que casara con los demás de este libro. Lo incluyo ahora, y es posible que en el futuro otros compañeros de letras se sumen a esta iniciativa y entre todos construyamos El Gran Libro de las crónicas angélicas y anécdotas diabólicas. Igualmente Anne Lake me ha envió poco después su cuento Escalera al Edén, escrito especialmente para esta antología de lo angélico y lo diabólico.

          Quizá el lector se sienta identificado con alguna de las personas o situaciones descritas. Me gustaría añadir que todos los personajes y sucesos narrados son totalmente ficticios..., pero la verdad es que no estoy seguro de ello. Pero sí diré que toda coincidencia con la realidad es ajena a la voluntad e intención de los autores.

Murcia, a 25 de febrero de 2014
(reescrito el 12 de marzo y el 3 de junio)


Los ángeles. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

          ángel Dicen que los ángeles son unos seres etéreos que vuelan y nos traen mensajes del cielo. Nos observan, dicen, y se enteran de todos lo que hacemos y decimos. Pero nadie los ha visto. ¿De qué color tienen las alas? ¿Y el pelo? ¿Tienen alas? ¿Tienen pelo? Pero sabrás que están ahí cuando están contigo, me dicen los entendidos. Quizá. O quizá son un invento de un cerebro enfermo.

          De todas formas hemos vivido toda la vida considerando que los ángeles son seres de referencia. Cuando una persona es muy buena, cuando nos inspira confianza y buenos deseos, decimos que es un ángel. Cuando una persona es atractiva, tiene algo especial que nos agrada, decimos que tiene ángel o carisma.

          Pero siguen siendo seres etéreos, hechos de aire o de algo aún menos denso, igual que las hadas. Los ángeles, las hadas..., ¿son lo mismo? En el colectivo cultural de occidente no hay una diferenciación clara, ocurrencias de los académicos de la lengua aparte. A pesar de que a las hadas se les supone hacedoras de favores, las hadas madrinas, y a los ángeles que sean acompañantes y emisarios, gente que está ahí o que van a contarle a alguien lo que han visto. Pero, esencialmente, son lo mismo: seres que están, pero no se les ve. Son emisarios, pero no nos cuentan nada. Tienen una gran belleza, pero nadie la puede apreciar. Son seres increíbles que podemos ver sólo con los ojos de la imaginación. ¿O no?


Demonios. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

          Diablillol ¿Los demonios existen de verdad? Hace unos días hablaba yo con un limpiablotas sobre este tema, mientras me limpiaba los zapatos, y el hombre hablaba con mucha pasión sobre Satanás, que nos tienta mucho, nos quiere llevar a la senda del pecado, y el pobre hombre no atendía a las razones que a todos nos enseñaron de pequeños en el catecismo, de que eso ocurriría sólo si nosotros queríamos. Porque los demonios, si es que existen, son criaturas espirituales que no tienen ninguna influencia sobre lo que nosotros hagamos, a no ser que nosotros queramos. Hay quien dice que el demonio es un invento de nosotros, los humanos, para echarle la culpa de todas las cosas que hacemos y que luego lamentamos. No nos gusta que otro nos perjudique, aunque cuando perjudicamos a otro nos suele importar bastante menos. Por eso aquellos de nosotros que tienen un mínimo sentido de la justicia y de la equidad tienden a ponerse en el lugar del otro y comprenden que no estuvo bien lo que hicieron porque les parece mal que la acción de los demás les perjudique haciendo exactamente lo que ellos mismos hicieron antes por descuido o por interés. Los ateos en esto son más razonables: no hagas lo que no quieras que te hagan a ti, que es lo que algunas personas religiosas consideran que es la Tercera Ley de la Creación.

          Pero tanto si los demonios existen como si no, es cierto que son una noción que ha invadido todas las culturas a través de la religión correspondiente, al menos las culturas que controlan las tres religiones monoteístas. Y por lo tanto los demonios pertenecen a la imaginería cristiana, judía y musulmana. Desde el propio Luzbel, Lucifer o Satanás hasta una multitud de demonios cuya única misión es amargarnos la vida y, si es posible, atraernos al camino del mal. No obstante ese camino del mal y la propia existencia empaña un poco la idea de un dios justo y bueno que nos ha creado para que seamos felices, aunque para ello tengamos que alabarle continuamente en esta vida y en la otra.

          Yo he presentado una serie de demonios en estas narraciones que no siempre salen bien parados, aunque en uno de los cuentos múltiples, Una historia mejicana mi fantasía me ha llevado a una misma historia contada cuatro veces de una forma que parecen cuatro cuentos diferentes y sin que esté muy claro si el personaje principal es ángel o demonio, o ninguna de las dos cosas. Si consideramos estas historias desde el prisma bueno-malo está claro que los demonios no han llevado la mejor parte, pero si lo medimos en términos de eficacia, nadie la tuvo más que Elvis y Betsy, precisamente en los cuentos que no son míos, que por suerte he añadido a esta colección de cuentos para compensar mi clara tendencia al lado de lo que llamamos bien.

          Consideramos a los demonios unos seres espirituales cuyo único objetivo es procurar el mal al ser humano, desde una ligera incomodidad hasta su perdición total, como ocurre en Un mal negocio o en Segunda opinión. Los ángeles, en cambio, están ahí para ayudarnos cuando nos haga falta, aunque a veces alguno se extralimita en sus funciones, como el de la primera historia. Espero que el lector o la lectora se lo pase bien leyendo estas historias y me haga llegar su conformidad o disconformidad, su crítica, amable o no, sobre esto que le presento para su lectura, y que es posible que se vea engordado en un futuro con otras redacciones de otros compañeros de oficio que ya me han expresado su interés en colaborar.


La niñata Klaku por esperanta versio. Click for English version.

      El autobús que esperaba Esperaba al autobús, en la parada, paseándose de un lado para otro, nervioso. Acababa de matar a su esposa. Lo había sacado de sus casillas. No sabía lo que hacía. Y ella se reía mientras la estrangulaba. ¿Quién de los dos estaba más loco? Ahora sólo le quedaba una solución: esperar al autobús. Al autobús que cogía todas las mañanas, y arrojarse a sus ruedas, cuando el chófer poco pudiera hacer ya para evitar el desastre.

       Entonces la vio. Una muchacha joven, de quince años, rubia, y pecosa, con dos paletas en el centro de la boca, que le salían de una forma absurda, pero que le daban personalidad a su rostro, hasta hacerlo notable, por no decir atractivo.

—¿Sabe a qué hora llega el autobús?—, preguntó con inesperado desparpajo.
—Tenía que haber llegado hace un rato—, contestó el hombre de mala gana.
—Ah—, dijo ella. —Voy a llegar tarde a clase. Mi profe se va a poner bueno—, añadió como si pensara cada una de las palabras. —Porque yo estudio en el Instituto Galdós, ¿sabe usted? Hago tercero de ESO. Y cuando llegamos tarde, no nos dejan entrar. Pero luego tenemos que aguantar a los profes, en la siguiente clase. Que si no somos responsables, que si a nuestra edad ellos tenían que ir andando no sé cuántos kilómetros hasta el colegio, y que ahora a los señoritos nos da por ir en autobús y no sé cuántas cosas más...

       El hombre no la escuchaba, pero se limitaba a asentir como un tonto, mientras esperaba pacientemente al autobús. Ya no estaba nervioso.
—¿Y qué más te da lo que te diga el profesor?—, le preguntó de pronto.
—Bueno...—, se quedó ella cortada un momento. Pero prosiguió tras una breve pausa: —la verdad es que cuando aprecias a las personas, no te da igual lo que digan. Ni siquiera lo que piensen. Por eso ya no me pongo el piercing en el ombligo, ¿sabe? La verdad es que no me gustaban las miradas desaprobatorias de la profesora de dibujo. Me habla siempre con ese afecto, con esa calma. Parece que supiera lo que estás pensando. Y, claro, si ya no te pones el top tan corto que te deja el vientre al aire, ¿para qué te pones el piercing que de todas formas no se iba a ver?

       El hombre la miró aún con mayor curiosidad. Parecía mentira que una niñata de tan corta edad hablase con tanta cordura.

—Dime, niña, ¿esas cosas que dices te las han enseñado en el instituto, o es cosa de tus padres?
—No, señor, es una cosa lógica. Cuando una persona te cae bien, quieres agradarle.

       Y en ese momento se detuvo el autobús a su espalda. Tan absorto estaba en la conversación que no se dio cuenta de que llegaba el autobús, ni para qué lo esperaba. La niña subió, y él subió con ella, y se sentó a su lado. Siguieron conversando. Hasta que el autobús llegó a la parada en que ella se bajaba. La niñata

      Cuando se despedían, ella le dijo:
—Señor, asómese ahora por la ventana, que le tengo que decir una palabra muy importante para usted. Hasta ahora.

      Intrigado, la siguió con la mirada por todo el pasillo del autobús, la vio bajarse, y retroceder por la acera hasta donde él estaba, mirando por la ventana. Aunque separados por el cristal, a pesar del ruido del autobús al ponerse en marcha otra vez, alcanzó a entender la palabra que se dibujaba en los labios de la chica:
—Despiértese.

       El hombre abrió los ojos, y miró a su derecha. Allí dormía plácidamente la mujer a la que había creído haber estrangulado. Todo se había tratado de un sueño. El hombre se sintió como si acabara de nacer otra vez. Despiértese, le había dicho aquel ángel. Pero..., ¿había sido un sueño? ¿O la chica era un ángel de verdad, con poderes para deshacer lo que él había deshecho, la vida de su esposa? Y lloró. El hombre lloró de gratitud por la segunda oportunidad que aquel ángel de rostro indescriptible le había brindado.

Segunda opinión. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

      Diablo Los humanos cada vez son más tontos. Quieren las cosas sin tener que pagar por ellas. Dicen que se quieren, pero no quieren ce­der para poder vivir juntos. Pero solos no quie­ren vivir. Se aburren. Pero si no están so­los, se agobian.

       Eso le pasaba a Ernesto. Vivía con su mujer desde hacía cuarenta años, y durante casi todos ellos, día sí, día no, había soñado con matarla por alguna razón diferente. Y a ella le pasaba igual. Se querían, pero se odiaban también.

       Nosotros los demonios somos más serios. Nosotros odiamos a la gente. Odiamos a los ángeles. Odiamos a los otros demonios. No nos queremos ni a nosotros mismos. Es divertido hacer que la gente se pegue, que se maten los unos a los otros. Cuanto menos bulto, más claridad. La vida no puede ser un conjunto de ñoñerías y de gente que sale llorando a las primeras de cambio para que les digan que no pasa nada. Porque sí pasa. La vida es una putada. Por lo tanto, todos tenemos que portarnos como lo que somos. Como verdaderos hijos de puta.

       Por eso un día le sugerí a Ernesto que ya estaba bien de hacer siempre lo mismo. Que se fuera de su casa. O que quitara de en medio a su mujer. Luego, con un poco de suerte, le meterían en un asilo gratuitamente por lo que le quedara de vida. A su mujer le sugerí lo mismo. Lo malo es que siempre hay ángeles metepatas por ahí dando por el saco. Los odio. Pero de vez en cuando parece que se van de vacaciones, o se quedan dormidos, o dejan a sus protegidos tranquilos por aquello del libre albedrío, el mejor invento de nosotros, los demonios.

       Rosa tampoco comprendía cómo pudo ca­sar­se con un tío tan aburrido. Cuando lo cono­ció le divertía su forma de interpretar las cosas comunes de la vida. Pero a los pocos años de estar juntos, ya se conocía todos sus chas­carrillos, sus lugares comunes, sus bro­mas inoportunas. Y debajo de esa superficie aparen­temente ocurrente no había más que un repertorio finito de curiosas concep­cio­nes del mundo heredadas todas de su padre, que sí debía haber sido un personaje no­ta­ble. Pero este tío, Ernesto, era un pelma. Y eso es lo peor que se podía ser. Y ser un pel­ma era un delito que se debería castigar con la pena capital. No lo soportaba.

       Él no la soportaba tampoco, con sus ín­fu­las de superioridad, de súper mujer. De ge­nia infravalorada y acomplejada. No perdía la menor oportunidad de dejar claro que él era un hombre mediocre que no la merecía. Un día de estos la estrangularía. Sólo que no tenía valor para ello. Le faltaban co­jo­nes. Y a ella le faltaba decisión. Con lo fácil que era ponerle algo de cianuro en la sopa, y luego darle su postre favorito, la tarta al whiskey, cuando el cianuro ya lo tuviera en el intestino. Moriría sin que luego quedasen restos en la sangre. Pero le faltaba decisión. Ella, la súper mujer, no se decidía. Él, el hombre tranquilo, no tenía lo que hay que tener.

       A ambos les podía ayudar un demonio como yo. Soy malvado, traicionero y cínico. Así que me acerqué a la extraña pareja.

       —¿Me hace el favor, señora? ¿La estación de autobuses está por aquí?

       Ella me observó con algo de descon­fian­za, pero también con agrado: cuando quiero pue­do ser adorable.

       —Está por esa calle, joven, a varios ki­ló­me­tros de aquí.

       —Vaya—, añadí con actitud estudiadamen­te desolada, —¿Y cómo llego yo ahora? Se me escapará el autobús...

       —Bueno, yo voy en esa dirección, señor. Si qui­ere, le acerco—, añadió Rosa solícita. Era evidente que no desconfiaba de mí, un pobre demonio con apariencia des­pis­ta­da y desvalida. Y ni lo uno ni las otras: demonio sí, pero ni pobre, ni despistado, ni desvalido.

       —No quisiera abusar, señora. Además, us­ted tendrá cosas que hacer. Pero se lo agra­dezco.

       —Insisto, joven—, dijo ella, terminante: —hágame el favor de subir—, conminó ella mientras abría la puerta de su coche con energía. —Voy en su misma direc­ción, y no me perdonaría no haberle hecho ese favor.

       Por el camino le fui haciendo con­fi­den­cias, de porqué estaba en la ciudad, a la que ha­bía venido a realizar un importante ne­go­cio, pero no había podido contactar con mis clientes, y ahora me tendría que ir a mi casa para explicar al día siguiente a mi jefe mi fracaso. Más que por las tonterías que le dije, fue el teatro con que adorné mi discurso, y ella se condolió de no poderme ayudar.

       —¡Ay, si yo pudiera, le ayudaría, caballero!

       —No se preocupe, señora. Demasiado tendrá usted con sus propios problemas.

       —Pues sí, la verdad es que tengo un problemilla. Vivo con un hombre al que detesto.

       —Divórciese usted, señora mía.

       —No es tan sencillo: me quedaría sin un du­ro. El ruin de mi marido me obligó a fir­mar separación de bienes antes de ca­sar­nos. Me quedaría en la calle.

       —Vaya, eso es un problema. Si su marido mu­riera, usted no tendría problemas...

       —Sí, pero no me atrevería nunca a hacerle da­ño.

       —Eso es que usted lo quiere todavía.

       —Yo no diría tanto. Pero me falta valor.

       —¿Quie­re usted matarlo?

       —Sí, pero no puedo.

       —Bueno, señora, eso tiene fácil solución. Sé de una persona que puede hacerlo con facilidad, y nunca la relacionarían a usted con él. Pero debo tener la absoluta segu­ri­dad de que usted lo desea.

       —¿Y eso por qué? ¿Por qué me habría usted de ayudar en esto?

       —Esto no es nada en comparación a las co­sas a las que tengo que hacer frente to­dos los días, señora mía. Bastará con que usted firme este impreso, y cuando llegue usted a su casa, su marido estará muerto.

       —¿No me relacionarán con su asesinato?

       —No. Yo testificaría que usted estaba con­migo, que me llevaba a la estación de autobús. Además, mi compañero estará allí también, y testificaría que la vio conmigo a esta hora.

       —Deme, deme el formulario—, dijo apar­cando rápidamente y sacando un bo­lí­gra­fo. Firmó lo siguiente:

Yo, Rosa Emmental Reus, deseo que mi marido fallezca cuanto antes. Rosa E. R.

       Y firmó a continuación. Nada probaba ese documento ante un jurado: sólo que ella deseaba que él muriese. Pero para su conciencia sí que había diferencia. Era como si ella misma lo hubiese matado. Pecado mortal. De esos que sí castiga Dios.

      —Pero esto me va a costar dinero. ¿Verdad?

      —No señora, es mi forma de agradecerle la cortesía que ha tenido usted conmigo. Cuando llegó a su casa, se encontró a su ma­rido sentado en su sillón favorito, le­yen­do el periódico. Antes de entrar en casa ha­bía tenido la suerte de encontrarse con su ami­ga Enriqueta, que le había visto aparcar y habían estado charlando largamente. Luego había ido al estanco a comprar ciga­rrillos, y por fin había entrado en casa.

       —¿Estás bien, cariño?—, interrogó al no oír su habitual Buenas noches, cariño, ¿dón­de has estado? Se acercó a él y vio que el periódico repo­sa­ba sobre sus rodillas, abierto. Su mirada caía sobre él, pero estaba vacía. Lo tocó sua­vemente, y su cabeza cayó contra una de las orejas del sillón: estaba muerto.

      —¡Vaya!—, dijo como para sí. —Resulta que el caballero tenía razón. Ahora sólo me que­da llamar a la policía para que man­den a un médico y certifiquen la hora de la muerte, cuando yo estaba con aquel sim­pático caballero.

       Maquinalmente, se llevó un cigarrillo a la bo­ca, y encendió el mechero. La explosión despertó a todos los vecinos de la calle. El marido no había muerto de un infarto, sino por un escape accidental de gas. Tras el incendio que siguió, apareció chamuscado un papel en que decía:

Yo, Ernesto Brie Chaumont, deseo que mi esposa fallezca cuanto antes. Ernesto B.C.

El ángel luminoso. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

      Página de música. —¿Sabes? Estoy yendo al conservatorio para aprender solfeo. Hago preparatorio siempre me ha gustado la música.

      Pero no pudo terminar sus estudios de música la pobre Elena. Un año más tarde la encontré por la calle. Iba con dos muletas y paseaba con su hermana.

      —Tengo esclerosis múltiple—, me dijo. —Es una enfermedad que va a más. No sé cuánto durará.

      Durará. Duró un año... Me encontré a su hermana un año más tarde, y me dijo que ella acababa de morir. Bendita Elena.

      Hace poco fui a ver a una bruja. En realidad es una médium pero me gusta decirle que es una bruja, y ella se ríe. Me hizo una sesión: me dio una friega con crema de almendras por todo el cuerpo, y yo me quedé frito. De las dos horas que duró la sesión dormí una y media. Cuando desperté me contó la bruja que había visto a un hombre muy mayor que le dijo que me comunicara que yo podía ya estar tranquilo porque él era feliz. Mi padre y yo estábamos enfadados cuando murió. ¿Era ese hombre mi padre? Seguramente.

      Pero me dio otra información: me dijo que había visto a una mujer muy luminosa de veinte a cincuenta años de edad y que proyectaba su luz sobre mí.

—¿Por qué le envías luz?—, le preguntó la bruja.
—Todas las personas tienen luz—, le contestó, —pero él no tiene. Por eso yo le doy luz. Para que él tenga.

      Mi buena Elena, bendita Elena. Estoy seguro de que eres tú mi dama luminosa. Gracias por tu gracia, Elena. ¿Serás tú la que venga a buscarme?

Puerto de Mazarrón, a 25 de julio de 2013.

Mal negocio. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

      Crucero Esta es la historia de un naufragio. Los barcos han sido en el pasado, durante muchos años, el único medio por el que el hombre ha cruzado el mar para ir a otros lugares para comerciar, para encontrar una vida mejor, o incluso para distraerse. Andando el tiempo muchas de esas actividades, sobre todo la última, se han dejado de realizar por mar, y los aviones han tomado el relevo porque son mucho más rápidos, más cómodos y más baratos. Pero hay gente que tiene dinero y tiempo, y además cierto espíritu aventurero, que sigue encontrando placer en hacerse a la mar en largos cruceros, por el ansia de conocer nuevas tierras, o por experimentar el suave movimiento del arrufo y del quebranto, que curvan la quilla del barco hacia arriba y hacia abajo respectivamente. Eso causa un movimiento particular a los que, como Eustaquio, gustaban de permanecer horas tumbado en su camarote, leyendo a la luz del día que le entraba por el ojo de buey, un ventanuco redondo, de su camarote. Allí se aislaba de los ruidos del barco, simplemente evitando oírlos mediante un esfuerzo de voluntad, y se pasaba largas horas sumergido en su lectura.

       Pero al tercer día de su crucero hacia Nueva York levantó la vista de pronto de su libro, una obra menor de Emilio Salgari, El buque maldito, que cuenta las experiencias de Papá Catreme. Tan absorto estaba leyendo, que cuando terminó la lectura, se quedó un rato pensando en ella. Hasta que de pronto fue consciente de que no oía el ruido del motor del barco. Ni a la gente. No oía nada en absoluto. Se puso en pie de un salto, y dejó el libro sobre la cama. Se vistió y salió de su camarote. No se encontró a nadie a bordo. El barco tenía una ligera escora, estaba inclinado hacia babor, o sea, hacia la izquierda, si miraba hacia la punta delantera, la proa. Se acercó a la borda, o sea a la barandilla, y vio muy lejos un grupo de botes con gente dentro. Se volvió hacia donde los había visto colgados, en días anteriores: no estaban. ¿Cómo era posible que se hubiese abandonado el barco y él no se hubiese enterado? ¿La gente no había chillado, no había habido gritos, llantos? Sí, pero él había estado con Emilio Salgari. Más exac­ta­men­te, con Papá Catreme, que le estaba contando historias de sirenas y de desaparecidos en la mar. Quizá había habido gritos, y él no los había oído, en su camarote aislado del ruido de fuera, y sumido en su lectura. Ahora creía recordar haber oído la bocina del barco, pero creyó que se trataba de su imaginación. El barco estaba más inclinado: ahora estaba a quince grados a babor. Miró, desolado, y no encontró nada, ni un bote, ni un salvavidas.

       Muerto soy, se dijo. Pero se sintió muy mal por no haberse dado cuenta de que dos mil personas habían abandonado el barco. Nadie le había echado en falta. Siempre había vivido solo. Solo con sus personajes de ficción. Son los que menos lata te dan, se dijo mentalmente. Y miró cómo el mar se le iba acercando. De repente, el barco se inclinó hacia atrás, levantando la punta, o sea la proa, hacia el cielo. Y entonces ocurrió una cosa singular: el barco, casi totalmente vertical, se empezó a hundir en el agua. Pero de repente de se detuvo en seco. Él se había agarrado a la barandilla, y estaba casi colgando hacia adentro. Las sillas y otros objetos no fijos al suelo habían caído hacia el mar o hacia adentro del barco. Pero este se había detenido en su caída hacia las profundidades, y ahora, al ir incorporando más agua en su interior, de nuevo se iba enderezando, bajando hacia el fondo, pero horizontalmente. Fue entonces cuando lo vio. Un tiburón, a una discreta distancia, a unos quinientos metros del barco. Parecía que tuviese una cita con él.

       Al menos no moriré lentamente, se dijo. Ahora ya se podía poner en pie.

—¿Qué daría usted por no morir?—, oyó una voz clara y alta.

      Se volvió. Allí, a un metro de donde él estaba, vio a un hombre menudo, calvo, con sombrero de bombín.

—Todo lo que tengo.
—Me conformo con su alma.
—¿Mi alma? ¿Para qué quiere usted mi alma?
—Porque soy coleccionista de almas. Si me da su alma, le pondré a salvo.
—Vale. Nunca he usado mi alma para nada. Suya es si me salva.
—No tan deprisa. Vaya usted a la cubierta inferior. Allí verá un bote pequeño, que usaban para pescar los marineros cuando estaban en puerto. No es de salvamento, y en el fragor del naufragio, nadie se acordó de él.

      Efectivamente, allí estaba. Pero pesaba mucho para que él lo pudiese botar al agua.

—No se preocupe usted—, dijo el hombrecillo como si le hubiera leído el pensamiento. —Libérelo usted de las ataduras que tiene. Utilice el hacha que hay en esa mampara (o sea, en una pared), pues no tiene mucho tiempo, y métase dentro del bote.

      Así lo hizo Eustaquio, y vio cómo a los pocos minutos el mar iba —subiendo” poco a poco hasta alcanzar la cubierta donde él estaba, y lentamente el bote se puso a flotar.

—Ahora reme usted hacia el sol, pues le queda poco tiempo.
—¿Usted no viene?
—No. Yo me quedo aquí a recoger lo que pueda. Pero no se preocupe, hombre. Yo no me ahogaré. Reme usted siempre hacia el sol. Verá un islote a tres millas de aquí.

      Y ya no supo más del hombrecillo. Se afanó en los remos, hasta que pronto se vio más allá de donde había visto al tiburón. Se alejaba del barco sin perderlo de vista. Le habían dicho que al hundirse un barco se producía un remolino que podía atrapar a los objetos flotantes cercanos, como era su bote. Pero el barco no se hundió del todo. Cuando dejó de hundirse, quedó por encima del mar el castillo central. “Castillo” es la parte más sobresaliente del barco, donde suele estar la sala de mando del barco. No hubo, pues, remolino. Varias horas más tarde divisó una tenue forma justo enfrente de él, bajo donde parecía que estaba el sol. Con mucho trabajo llegó a un islote de varios kilómetros de amplitud. Se subió a la parte más alta, y desde allí vio a varios de los botes que habían salido del barco antes que él, pero vagaban a la deriva. Cogió diversos matorrales, y algo de leña, y con un encendedor de yesca hizo un fuego, que fue divisado por los náufragos, que se pusieron a remar hacia el humo. Desgraciadamente, se levantó una tormenta al poco tiempo, y vio cómo los botes subían y bajaban entre las olas, hasta que pronto empezaron a volcar y se dejaron de ver. No quedó nadie. Él era el único superviviente. No se había salvado ni un alma. Porque la suya estaba perdida.

      Pero los demonios no existen, se dijo.Entonces, ¿quién sería aquel pobre demonio que encontré en el barco?

      La respuesta la encontró varios días después, cuando moría de hambre, puesto que no había nada de comida en aquel islote. Oyó ruido de pasos y levantó la vista: allí estaba el hombrecillo.

—Vengo a recoger el alma.
—Pero no me ha salvado usted.
—Claro que sí: usted no se ahogó en el mar. No se lo comió el tiburón.
—Pero he vivido sólo unos días. No me he salvado en realidad.
—Hizo usted un mal negocio. Pero ahora tiene que pagar su parte del trato.

      Y fiando la vista en aquel sujeto tan peculiar, dio su último suspiro.

      Un momento después estaban ambos en el infierno.

Pobrecillos. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

      Dinero Hay una cosa peor que ser un desgraciado. Y es ser pobre. Sí, hombre, no tener un duro. Porque uno puede ser un desgraciado porque la novia no lo quiere, o no encuentra a ninguna mujer que quiera ser su novia, o porque la ha tenido, se ha casado con ella y luego ella se ha ido con otro. O uno puede tener mala suerte en el trabajo, y hacerlo todo mal, o a disgusto del jefe. O uno puede hacerlo todo bien y por eso llevarse mal con los compañeros, chapucerillos ellos. O uno puede tenerlo todo en la vida, fama, dinero, amor, y seguir siendo un desgraciado. O uno puede ser victima de mil y una desgracias de la fortuna y del desamor, pero por mal que le vaya a uno en la vida, siempre habrá una cosa todavía peor: no tener dinero.

       Sí, hombre, ya sé lo que me vas a decir: que tú tampoco tienes dinero. Pero si me has comprado este libro es que sí tienes dinero. Si te has comprado el ordenador donde me estás leyendo esto en plan piratesco pedefero, también tienes dinero, aunque no te lo gastes en mis libros. En tu caso no sufres la desgracia mayor: no tener dinero.

       El que no tiene dinero no sabe qué va comer al día siguiente, a menudo ni siquiera este mismo día. Hay una gloriosa institución centenaria, puede que milenaria, que te puede resolver el problema momentáneamente, aunque no es una solución digna ni definitiva: Se llama Jesús Abandonado. Pero es una vergüenza para el que ha conocido tiempos mejores.

       Los pobres lo son porque no tienen dinero, y a esa condición se llega por varias razones. Una de ellas es no tener trabajo. Otra razón, quizá peor, es por ganar menos de lo que se gasta. Pero si uno gana y gasta, aunque acabe con déficit, al menos maneja dinero. Lo malo es cuando no hay dinero que manejar, pues el tubo digestivo necesita material continuamente, y cuando no se consigue que funcione regularmente puede sobrevenir una cosa que llamamos muerte.

       A medida que va profundizando uno en eso que se llama pobreza, la peor de la cual es la que consiste en no tener dinero, uno va bajando por la escala moral, aceptando trabajos, cuando los encuentre, que otra persona no quiere o no puede hacer. Esa es la oportunidad que explotan más los demonios, y ahí es donde los ángeles tenemos que lucirnos más, donde tenemos que utilizar todas las capacidades que Dios nos dio para sacar a los pobres del pozo en que han caído por avatares de la vida.

       Ese fue el caso de Pancracio, un pobre de solemnidad, de esos que conocen la verdad de su vida y por ello no osan echarle la culpa de su pobreza a la mala suerte: no quiso estudiar cuando pudo, y se puso a trabajar en lo que entonces había. Era un buen peón de albañil. Pero luego vinieron malos tiempos, y perdió el trabajo. Los políticos se echaban la culpa mutuamente, pero todos ellos recibían unos salarios enormes por no hacer nada, mientras que él había perdido su salario y ahora no tenía ni para comer. Su mujer le había dejado, yéndose con otro que la quería menos, pero le daba de comer. Se había llevado a sus hijos, y no había vuelto a ver a ninguno de ellos. Él no se había sentido responsable de ello al principio. Fue luego cuando comprendió que su voto fue uno de los millones de ellos que había dado el poder a aquellos miserables que habían llevado al país a la ruina, recibiendo sueldos de fábula a cambio.

       Pero no les odiaba. Ya no le quedaba ni odio. Rebuscaba todos los días en la basura de otros barrios, porque le daba vergüenza que lo viera alguien conocido. A veces encontraba comida, y podía dormir con algo en el estómago. Había perdido su casa, aquel chalet de fábula que había comprado a plazos cuando ganaba tres mil euros mensuales. Eran otros tiempos. Luego se quedó sin trabajo y no pudo pagar los plazos. El banco le quitó el chalet y le advirtió que le intervendrían la nómina cuando la tuviese para cobrarse el resto del dinero prestado. Sonrió ante ese pensamiento. Eso significaría que volvería a trabajar. Pero no, ya no había trabajo en la construcción. Le pilló demasiado viejo para aprender otro oficio. No se enseñan trucos nuevos a un perro viejo.

       Y entonces lo encontró. Un saco lleno de dinero que alguien había tirado a la basura. ¿Por error? ¿Eran billetes falsos? Haría la prueba. Se lo llevó a su casa. Lo contó: sesenta kilos de billetes de cincuenta. Tres millones de euros. Seguro que eran falsos. Cogió uno y entró en el Banco Popular.

—Vengo a cambiar este billete que me he encontrado ahí fuera.

       La cajera lo miró, lo metió en la máquina anti-fraude y vio que el billete era bueno. Le dio cinco de diez.

       Pancracio no se lo creía: ¡tenía tres millones de euros buenos en su casa! ¿Tendría hada madrina? ¿Existía la providencia? ¿Quién tiraría tres millones de euros a la basura?

       Se fue al kiosko de su barrio, y compró varios cartones de tabaco. Él no fumaba, pero conocía a mucha gente que sí. Se hizo bolsillos interiores en su abrigo, y se los llenó de cajetillas. Se fue al barrio pobre cuyos cubos de la basura conocía tan bien.

—¿Tabaco?—, le dijo a un viandante.
—No, no tengo. Yo iba a comprar, pero llevo prisa.
—No, hombre, que si quiere usted comprar, yo vendo.

       El hombre se le quedó mirando. Aceptó, y aunque notó el precio un poco inflado, sonrió y le pagó.

       Pancracio repitió su gestión muchas veces aquel día. Y vio que cada dos horas sus cincuenta euros se convertían en 70. Cuando ya tenía una clientela fija, habló con otros mendigos que había conocido en la boca de los cubos de basura, y llegó a un acuerdo con ellos: le darían la mitad de las ganancias, y a cambio él les proporcionaría el material. Lo compraba directamente en la fábrica, y le hacían un precio especial porque compraba los cartones de mil en mil. Ni IVA ni VENÍA, ni doble contabilidad, ni nada. Economía sumergida total, sin contabilidades más que la que había en su cabeza. Pronto tuvo 20 mendigos trabajando para él. Era fundamental la pinta: tenían que parecer mendigos. Pero que en lugar de pedir limosna vendían tabaco.

       Al cabo de un año el negocio de Pancracio se extendía por diez ciudades, y trabajaban para él doscientos mendigos. Había ganado tres millones de euros.

       ¿Qué hacer con las ganancias? La verdad es que las tenía en su casa. Ahora tenía cinco millones de euros dentro del colchón. Había invertido un millón en tabaco y había ganado tres. Pero recordó que tenía una deuda con la Providencia. Por eso cogió el viejo saco, reemplazó el millón que había invertido, se lo cargó al hombro, y buscó el cubo de la basura en el que lo encontró. Jamás lo olvidaría.

       Con cuidado, con mimo, con nocturnidad, con alevosía, se lo quitó del hombro y lo dejó caer en el fondo del cubo. Luego cogió varias bolsas que alguien había dejado fuera del cubo, y las puso encima. Satisfecho, sonrió y se fue de allí. Nada ajeno tenía. Su deuda estaba saldada. Y en el otro extremo de la calle yo, el Ángel de lo Esperanza, sonreí y aguardé a ver si venía otro pancracio a resolver su vida terrenal y espiritual.

Mazarrón, 26 de julio de 2013

Su demonio particular. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

      Una iglesia por dentro. Amelia nunca había ido a misa. Sus padres no la habían educado en la religión cristiana, nunca la habían llevado a la catequesis. Por eso desde que trabajaba en aquella oficina, desde hacía tres años, al pasar por la plaza de la iglesia se había fijado en la gente que salía de la misa de las siete de la mañana. Eran casi todo mujeres, que iban a ponerse en paz con Dios antes de irse a trabajar.

       Un día decidió madrugar un poco más y entrar en la iglesia algo antes de las siete de la mañana. Había sólo dos mujeres mayores que rezaban en voz baja. Ella no las oía, pero las veía mover los labios. Poco a poco fueron llegando las demás mujeres y algún que otro hombre. Con disimulo se volvió y contó los que había en la iglesia: más de cien personas. No estaba mal para ser un día de trabajo y a esa hora tan temprana.

       El cura era joven, y les dijo una breve homilía en la que les agradeció que dedicaran a Dios una hora todos los días. En realidad no era una hora, sino algo más de media. A ella no le pareció bien que algo tan importante para los que iban allí lo despachara el cura tan rápido. Cuando acabó la misa ella aún tuvo tiempo para entrar a la sacristía a hablar con el prelado.

       Cuando entró en la habitación, sin hacer ruido, vio que el sacerdote se estaba quitando la casulla y las demás prendas de oficiar que usan los curas. Cuando ya se lo había quitado todo vio que el hombre seguía quitándose el jersey y luego la camisa. Tras quitársela, se volvió y le dijo:

—Muchacha, ¿qué puedo hacer por ti?

       A ella no le parecía nada bien estar allí, hablando con un cura semidesnudo. Él notó el azoramiento de la chica, y sonriendo cogió una camisa nueva y comenzando a ponérsela, le dijo:
—No temas nada, muchacha. Soy hombre, pero de Dios.
—Padre—, le dijo ella, —es la primera vez que entro en una iglesia.
—¿No eres cristiana?
—No, padre.
—¿No estás bautizada?
—No, padre. Que yo sepa, no.
—¿Cómo te llamas?
—Amelia.
—Amelia. Tus padres no te instruyeron en la fe cristiana. ¿Y por qué has venido a mi iglesia, entonces?
—Curiosidad.
—Curiosidad. Quizá has sentido la llamada de Dios.

       Aquel cura le llamaba mucho la atención. Sería un hombre de Dios, pero la atraía. Comprendió que no debería estar allí: el cura se había puesto la camisa, pero no se había abrochado los botones. Le cogió de la mano y se la llevó hasta una ventana en la que había dos asientos. Desde allí ellos podían ver la calle, pero nadie les veía desde afuera, y tampoco desde dentro, aunque irrumpiesen de pronto en la sacristía.
—Mira, hija—, le dijo, —desde aquí podemos ver la calle y la sacristía a la vez, sin ser vistos.
—¿Y qué tenemos que esconder?
—Te sientes atraída por mí, y yo también por ti.

       Ella contuvo la respiración.
—Pero no importa. La carne es débil, pero el espíritu es fuerte. Dime, hija, ¿desde cuándo no te confiesas?
—Nunca me he confesado, padre.
—Pobrecita. El sacramento de la confesión es muy bueno, porque uno se libera de sus culpas aquí.
—Padre, yo no tengo la culpa de nada.

       El cura se le acercó lo que pudo y le metió la mano entre las piernas, abriéndoselas un poco.
—¿Qué notas ahora?
—Que usted no es cura.
—Cierto—, rio él, subiendo la mano hasta llegar a un sitio que le hizo sentir a ella algo más que atracción por este cura tan guapo.

       A continuación la habitación le empezó a dar vueltas, y cuando volvió en sí, varias horas más tarde, se sentía muy confusa, aunque satisfecha. Con una paz de la que no había disfrutado en varios años. Miró el reloj, pero aún quedaban veinte minutos para tener que estar en el trabajo. Pero entonces todo había pasado en...
—Cinco minutos—, dijo el cura. —Tu placer te ha durado cinco minutos.
—Pensé que habían sido horas.
—Y lo fueron, pero hemos hecho trampa—, le dijo el cura.

       Entonces ella se dio cuenta de que la piel de él era más rojiza que antes. Le presionó el pelo por la parte delantera de la cabeza y allí notó...
—Sí. Cuernos, chiquilla. Le has hecho al amor a un demonio.

       Amelia se levantó y, mientras el demonio se reía, salió corriendo de la iglesia, y no paró hasta llegar a su lugar de trabajo. Saludó a Servando, el conserje, y fue directamente a su mesa. Se sentó y notó frío en las posaderas: se había dejado las bragas en la sacristía.

       Al día siguiente volvió a la iglesia a la misma hora, pero estaba cerrada. Al cabo de media hora se abrió la puerta. Un anciano la miró con cara de interrogación.
—¿Vienes a misa?
—Sí, padre.
—Pasa, hija.

       El anciano dijo misa a las siete y media, y a las ocho terminó.
—¿Y el otro padre? ¿Cuándo dice misa?—, interrogó al anciano.
—¿Qué otro padre? Aquí no hay más cura que yo, hija.

       El anciano le explicó que desde hacía cinco años era él quien decía la misa todos los días a las siete y media de la mañana. No, esa iglesia no la había pisado otro cura desde que él estaba allí. Ella debía estar confundida. Y ella había podido comprobar que no eran cien, sino menos de diez personas las que asistían a esa misa, nunca más. No se conocía la asistencia de un centenar de personas en aquella iglesia desde que existía.

          Aquella noche Amelia soñó con su cura joven. Pero tenía los cuernos más visibles. Le hizo el amor en su cama, y cuando le acarició la espalda le notó una protuberancia que le crecía desde el final de su columna vertebral y que movía a voluntad, con la que le acariciaba todo el cuerpo como si se tratase de una tercera mano que acababa en una delicada mata de pelo rojo. Por fin Amelia tenía su demonio particular.

Ángel. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

      La vida fue muy dura para Ángel Toda su vida había llevado un nombre que no le cuadraba en absoluto. La vida de Ángel no había sido fácil: huérfana desde la más tierna edad, había vivido con unos tíos suyos en el campo, hasta que la secuestraron unos bandidos. Sus tíos no sufrieron excesivamente, pues fuera de poner la correspon­diente denuncia en la comisaría de policía de East Dulwich no se preocuparon más. A pesar de contar sólo con diez años, de los que había pasado cuatro con sus tíos sin que le hicieran mucho caso, estaba muy desarrollada y los bandidos querían dedicarla a la prostitución, pero consiguió escaparse de ellos. Sin embargo pronto tuvo que verse abocada a eso, porque no quería volver con sus tíos y el hambre la obligó a vender su cuerpo.

       A la edad de dieciocho años ya había vivido varias décadas, y era una joven resabiada, embrutecida, le faltaban dientes, y la vida no había sido muy buena con ella, y ella había aprendido a no ser buena con nadie. Pero había visto cómo unos bandidos secuestraban a una niña pequeña, casi tanto como ella cuando le había sucedido eso. Y se había lanzado como una posesa contra ellos. Le dio un empujón al que llevaba la voz cantante, había chillado como una loca, y todos en la calle se habían vuelto hacia ella, incluyendo los padres de la criatura, que creían que aún seguía a su lado. Se oyó el silbato de un policía mientras la navaja afilada del bandido seccionaba la aorta de Ángel. Y todo el mundo se apagó.

       Cuando Ángel abrió los ojos se había ido todo el mundo. En su lugar había solo un joven de mirada dulce que le sonreía.
—Muy bien, Ángel. Lo has hecho muy bien.
—¿Se la han llevado?
—No. Se tuvieron que ir corriendo.
—Me alegro. Ya no le pasará lo mismo que a mí.
—No.
—Bueno, me voy. Tengo que buscar algo para poder comer.
—¿Tienes hambre?
—No—, dijo ella sentándose en el suelo. —Y es raro, porque no he comido en todo el día.
—Levanta, Ángel. Ya no vas a tener hambre más.
—¿No? ¿Por qué no?
—Aquí nadie pasa hambre.
—¿Aquí?—, repitió ella, recordando que había sentido un dolor agudo junto al corazón. —¿Estoy muerta?
—Podríamos decir que sí, o algo parecido.
—¿Dónde estoy?
—En ningún sitio y en todos a la vez. Tu cuerpo está en el hospital, y se lucha por salvarlo.
—¿Sobreviviré?
—No.
—¿Y qué va a ser de mí?
—Nada que te preocupe. Ahora estás conmigo.
—¿Y tú quién eres?
—Me llamo Rafael.
—¿Y qué hay después de la vida? ¿Esto es...—, dudó antes de seguir, —... el cielo?
—El cielo es donde siempre has estado tú, Ángel, aunque no lo has visto nunca.
—El infierno es donde he estado, Rafael. Vine al mundo a sufrir.
—No. Fuiste al mundo a aprender. A disfrutar. Dime: ¿intentaste trabajar honradamente alguna vez?
—Sí. Pero me engañaban.
—Ajá. ¿Lo dejaste?
—Sabes que sí.
—Yo sólo sé lo que tú me cuentes.
—¿Y cómo sabes que no te miento?
—Sé que no lo haces. Y si lo haces te dañas sólo a ti misma. Me caes bien sin tener que mentirme. Y nada de lo que me cuentes hará que me caigas mal.
—¿Por qué?
—Diste la vida por una desconocida. Eso te hace merecedora de tu nombre.
—¿Soy un ángel por eso?
—No. Eres un ángel porque siempre lo has sido.
—¿Y ahora qué voy a hacer? ¿Esto es el final? ¿Me voy a disolver en el espacio?
—¿Es eso lo que quieres?
—No. Quiero seguir viviendo.
—¿Por qué? ¿Tan bien te ha ido?
—No. Quiero empezar a vivir. Ser feliz.
—Mírate dentro, Ángel. En lo más profundo de tu vida. Y dime si no has sido feliz.

       Ángel se miró dentro. Cerró los ojos y pensó. Sí, se sentía bien. Pero se dio cuenta de que no era la primera vez en su vida en que se sentía así: había habido muchos momentos perdidos en que se había sentido bien, en paz consigo misma. Incluso mientras estaba trabajando, mientras yacía con las piernas abiertas mientras que alguno de aquellos que le pagaban descargaban dentro de ella. Incluso mientras le practicaban alguno de los abortos que tuvo que hacerse para no traer a otra desgraciada al mundo. Cuatro abortos antes de los 18... Pero su vida no había sido tan desgraciada como ella había pensado. Había tenido momentos de paz como este de ahora. Solía sucederle cuando estaba a punto de quedarse dormida, a cualquier hora del día. Y cuando se estaba despertando. Era como si estuviera en otro mundo. No era ella. Le parecía que era alguien más.

      Rafael y Yuliel —Eras una puta desgraciada—, oyó a una voz desagradable junto a ella. Se volvió y no vio al joven agradable de antes, sino a un individuo de aspecto antipático, mirada libidinosa y maliciosa, que la miraba con inquina.

       —¿Y tú quién eres?
—Eso da igual. Estoy aquí para llevarte al infierno.
—¿Y por qué al infierno?
—Porque has sido una puta desgraciada toda tu vida. No has hecho nada bueno en toda tu vida.
—¿Y por qué no me llevas a tu infierno a la fuerza, demonio?—, dijo ella, enfadándose. —En eso estoy.
—Venga, llévame—, le dijo ella con un aire de chanza, juntando sus muñecas como hacen los criminales cuando los pilla la policía, para que les pongan las esposas.

       Pero el sujeto se quedó parado, muy serio, sin saber qué decir.
—Me das lástima, demonio—, le dijo ella sonriendo. —No me llevas porque no puedes. Me has mentido en todo. Puede que no seas ni siquiera el demonio. Has venido a escoltarme, ¿verdad?
—Si tú lo dices...—, comenzó él. Nunca le había pasado esto. La gente suele caer presa de su propia autodestrucción, de su baja autoestima, y con la mirada gacha se ponía siempre a su disposición. Pero esta joven le desafiaba.
—Mira, demonio, vete, que quiero seguir hablando con Rafael. ¡Rafael! ¿Dónde estás? Quiero que vuelvas.
—Aquí estoy—, respondió desde el otro lado. No me he ido. Sólo has dejado de verme, pero siempre he estado contigo.
—¿Has estado conmigo toda la vida?
—Y lo que llevas de muerta.
—De muerta... ¿Ya me he muerto?
—Sí. En el momento en que apareció Yuliel.
—¿Yuliel?
—Sí, ese que has tomado por el demonio.
—¿No lo es?
—No. Es otro ángel, como tú. —¿Y por qué tiene esa pinta de demonio?
—No la tiene. Se la has visto tú. No te ha sonreído, y por eso has deducido tú que es malo. Y has actuado con mezquindad con él. —¿Dónde está?
—Ahí, a tu izquierda. Que no le veas no significa que no esté contigo. —¿También ha estado toda mi vida conmigo?
—Sí. Y más gente. Muchos de nosotros te hemos acompañado siempre.
—¿Y por qué no me lo habéis dicho? He estado sola mucho tiempo, muchas veces. He llorado mucho.
—Lo sé: lo hemos visto. No te hemos dicho nada porque tú no nos has invitado a estar contigo.
—¿Voy a ir al infierno?
—No. Ya estuviste.
—¿Ya no voy a estar más en el infierno?
—De ti depende. Tu vida será el infierno o el cielo, o algo diferente: será lo que tú quieras.
—Pero ya no tengo vida. Ya me he muerto.
—No. Se ha muerto tu cuerpo. Pero tú eres algo más que un cuerpo.
—¿Y ahora qué tengo que hacer?
¿Me tengo que quedar aquí?
—No.
—¿Qué hago?
—¿Qué quieres hacer?
—Algo.
—Hazlo.
—¿Qué?
—Lo que quieras—, dijo el joven desvaneciéndose.

       Ángel miró para todas partes, y no vio a nadie. Sólo una calle de color gris claro, adoquinada, por donde no pasaba nadie. Había una farola detrás de ella, sobre la acera. —Yuliel...—, llamó tímidamente.
—¿Ya no soy el demonio?
—Me lo pareciste. Lo siento.
—Mentira: aquí no se siente nada. Si quieres hacer algo, pon la mente en blanco y sigue tu impulso.

       Y Yuliel también desapareció. No era tan feo ni tan desagradable el muchacho. ¿O muchacha? No lo tenía claro.

       Al final de la calle vio una plaza. Se acercó, y en un lado de la plaza vio un bar con terraza. En la terraza había un hombre sentado. Estaba muy concentrado, escribiendo en un pequeño cuaderno. Se acercó y se detuvo junto a él.

       —Buenos días—, le saludó.
—Ah, hola. Buenos días. ¿Qué me puedes traer?—, preguntó distraído.

       Le hizo gracia que la confundiera con la camarera.
—¿Qué necesita, señor?
—¡Uf! Buena cosa me preguntas..., una vida nueva. ¿Me puedes traer eso?

       Durante cinco minutos estuvieron charlando de forma desenfadada, hasta que fueron viniendo más clientes a aquel bar, y ellos la confundieron también con la camarera. Ella se sintió incómoda, hasta que pretextó ir a traerle su cerveza negra, y se introdujo en el bar, disolviéndose en la penumbra de su puerta de entrada.

El demonio de las ideas. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

          Las armas las carga el diablo, dice un dicho. La pluma es más peligrosa que la espada, dice otro. ¿Será cierto, pues, que la pluma la carga el diablo?

          Yo os voy a hablar del Demonio de las Ideas. Porque las ideas son lo que arma la frase, por medio de la pluma, y una frase y una idea son lo mismo, como sabemos todos.

      Zapatería     Henry era un zapatero remendón, pero por la noche dedicaba todos los días dos horas a escribir. Decía que su cerebro necesitaba pasarse al menos dos horas al día en la noble tarea de vestir sus pensamientos de letras para que alguien tuviese noticia alguna vez de que él había vivido. Enviaba cartas a los directores de los periódicos de Boston, donde vivía, pero no se enteraba de si se publicaban o no, porque no compraba el periódico. Apenas alguna vez aislada. También escribía un diario, A Shoemaker's Diary (Diario de un zapatero), donde plasmaba los pensamientos que se le ocurrían cuando trabajaba en silencio o cuando hablaba o discutía con algún cliente de los que nunca están contentos con el trabajo realizado.

          Pero un buen día vino a verle un cliente muy especial. Dijo llamarse Luzbel, que a Henry le supo a conocido, si bien no sabía de qué. El Sr. Luzbel le traía unos zapatos de color rojo fuego que él nunca había visto. Le dijo que habían perdido el brillo y que él deseaba que el zapatero se los abrillantase y que además le pusiera tapas y herraduras en las puntas. El bueno de Henry hizo lo que pudo, pero aquel material era nuevo para él, y su dureza le impidió clavarle los clavos para sujetar las tapas o las herraduras. Tampoco consiguió abrillantarlos, pues al usar el producto que usaba habitualmente, lo único que consiguió fue que perdieran el poco brillo que aún tenía, e incluso cambiaron de color, pues el rojo fuego se convirtió en color Burdeos.

          Se va poner bueno el cliente cuando venga, se dijo. Pero el dueño de los zapatos no vino en la fecha señalada. Henry no tenía su señas o su teléfono, así que al mes de no venir a por ellos los arrumbó en un recóndito lugar de su zapatería y se dedicó a arreglar los de los demás, que sí que venían a buscarlos.

          Cinco años después, al buscar las botas de una cliente que también se había retrasado en la recogida, se encontró los zapatos de color rojo fuego. No necesitaban tapas ni herraduras, pues la suela estaba en perfecto estado, aunque estaban totalmente cubiertos de polvo. Les pasó un trapo para quitárselo, y su asombro no tuvo límites cuando vio que brillaban más que el Sol. Justo dentro de su campo visual, al mirarlos, caía también el enorme cartel que presidía su lugar de trabajo que decía que los trabajos no recogidos a los tres meses de su fecha de recogida pasaban a propiedad de la empresa, como compensación del trabajo realizado y no cobrado. Así que aquellos zapatos tan extraños y de tanto brillo ya eran suyos. Se los probó, y vio que le estaban tan ajustados como un guante.

          En cuanto se los puso notó unas ganas repentinas de caminar. Recordó el cuento de Las zapatillas rojas, de Hans Christian Andersen, y se los quitó enseguida. Probó a ponérselos y quitárselos, y no tuvo ningún problema para ello. Qué tonto soy, se dijo. Un cuento es sólo un cuento, al fin y al cabo. Cuando se quitó los zapatos ya no tenía ganas de andar, pero sí de escribir. Se sentó y escribió de un tirón un largo ensayo sobre las obras que se iban a hacer en el centro de la ciudad para hacer un inmenso párking subterráneo. Metió el artículo en un sobre y se lo envió a la sección de Cartas al director del Morning Chronicle (Crónica Matutina), y al comprar el periódico del día siguiente no lo vio entre los de la sección que esperaba, la de las cartas al director. Pero se quedó de una pieza cuando lo vio en la página 3 como artículo de opinión. Aquel mismo día le llegó en una carta un cheque de quince dólares junto con una carta del Jefe de redacción, que le pedía más artículos como ese, que le pagarían a razón de 15 dólares cada uno, dejando a su elección el tema de los mismos. No se lo podía creer. Levantando la mirada del cheque, vio los zapatos color fuego, y estableció la relación. Se había sentido tan bien cuando se los puso, que escribió aquel artículo motivado, y por eso les gustó. Decidió ir al banco a cobrar el cheque, y se puso otra vez esos zapatos, pues eran los más bonitos que tenía. Los llamó sus luzbeles, y calzado con ellos se encaminó al banco. En cuanto se los puso notó una comodidad que nunca había sentido. Sus pies estaban totalmente descansados. Parecía que habían sido fabricados a mano especialmente para sus pies con materiales muy caros que él no conocía. Por el camino notó que oía mejor las cosas que le rodeaban, incluso conversaciones muy distantes. Y también su vista era mejor que nunca.

          Al salir del banco vio una terraza muy agradable donde le apetecía tomarse un café. Pero al ir hacia ella tropezó con una papelería, donde compró una pluma de las baratas y un cuaderno por un dólar y medio, el diez por ciento de lo que le habían pagado. Se sentó a una mesa en lugar tranquilo, y mientras el camarero le traía el café comenzó a escribir. Nunca había escrito sobre Boston, la ciudad donde vivía. Pero esta vez redactó un largo artículo sobre la Plaza del Mercado, la historia de la ciudad y su influencia en la forma de ser de sus ciudadanos de hoy en día. Concluyó que era un verdadero privilegio vivir en Boston en el siglo 21. Cuando terminó el artículo se dio cuenta de que lo había hecho con su mejor letra y había usado las 32 páginas del cuaderno. Al volver a casa pasó por Correos, metió el cuaderno en un sobre, y lo mandó a Mr. Thompson, el remitente de la carta del periódico, casi sin pensar en lo que estaba haciendo. Fue una decisión repentina.

          La plaza del mercado de Boston incluye Quincy Market Al día siguiente le sorprendió ver su artículo entero en las cuatro páginas centrales del periódico. Habían incluido varias fotografías de una tal Amanda Soul, fotógrafa de plantilla del periódico. Pero esta vez no hubo carta de correos con cheque dentro.
—¿Es usted el Sr. Henry Smith?—, preguntó aquella rubia.
—El mismo. ¿Qué se le ofrece?
—A mí nada, pero mi jefe me ha pedido que le entregue esto—, le dijo alargándole un sobre. Él lo abrió y vio dentro un billete de cien dólares.
—Debe haber algún error...
—¿Error? No. Yo soy Amanda Soul, la que hace las fotos de tu artículo. Esta mañana me despertó el jefe a las seis para ir a hacerlas. Me sentó mal al principio, pero una foto en la portada y cuatro en las páginas centrales no es algo que consiga todos los días...
—¿Ah, sí? ¿Por qué te lo encargaron a ti?
—Pues no sé. Quizá porque no tenían a otra más a mano, o a lo mejor porque soy de Boston y sabían que me conozco todos los lugares que citas en tu artículo. Por cierto, es muy bueno. Me ha encantado. Escribes bien.
—Yo..., bueno, gracias.

          A partir de aquel día Henry se ponía los zapatos por la mañana, bien temprano, y se iba dando un paseo al centro de la ciudad. Otras veces se iba al puerto a ver los barcos, pero siempre se movía por dentro de la ciudad, cerca del centro. Y cuando volvía a casa escribía siempre un artículo y lo enviaba al periódico, que siempre le contestaba enviándole cien dólares. Ya no se ocupaba de la zapatería, que había cerrado al público y utilizaba sólo para escribir: se sentaba en una silla alta, y se apoyaba en el mostrador para escribir con comodidad. No la traspasó o vendió para no deshacerse del negocio de su padre y de su abuelo, le daba pena hasta de pensarlo. Pero le gustaba mucho más escribir, y a eso se dedicaba todo el día, aparte de darse sus paseos, comer fuera, y charlar con la gente. Porque además de los artículos, estaba escribiendo un libro, El gran libro de Boston, en que se presentaban todos los lugares más pintorescos de la ciudad no sólo a los extraños, sino también a los bostonianos de toda la vida.

          Terminó el texto en dos años, y llamó a Amanda para pedirle fotos de los lugares más recónditos que él había plasmado en su texto. Ella lo llevó a todos esos lugares que él había descrito con tanto detalle y le sacó una foto en cada uno de ellos. El libro fue un gran éxito y se publicó con la ayuda del ayuntamiento de la ciudad, que lo promocionó con tanta eficacia que se vendieron cinco millones de ejemplares en todo el país.

          Pero un buen día, cuando ya no se acordaba de él, apareció Luzbel.
—Creo que tiene usted algo que me pertenece—, le dijo.
—No, señor. Como verá usted en este cartel—, le dijo Henry señalándole el mismo, —los trabajos no recogidos quedan en propiedad de la empresa.
—Sí, eso pone ahí. Ahora falta que eso sea legal. Sobre todo cuando usted no me lo advirtió de forma fehaciente. De todas formas, para evitar pleitos y demandas, le pagaré lo que me pida, pues no he podido venir antes por una grave enfermedad que puedo documentar.
Henry sabía que en realidad los zapatos sí eran de aquel señor. También sabía que los necesitaba él, porque por alguna razón le hacían fijarse en muchos detalles y luego escribirlos.
—Dígame usted cuánto quiere por ellos—, contra ofertó Henry.
—No. Mire usted: yo no los quiero vender.

          Henry miró los pies de aquel individuo y vio que no le vendrían bien.
—A usted le vienen grandes. Mire—, y le señaló sus propios pies, de un número sensiblemente mayor a los del señor Luzbel.
—Sí me vienen. Mire usted—, dijo haciendo ademán de quitárselos. Henry se los quitó él mismo pensando que le iban a quedar sueltos. Pero el hombre se los puso y le estaban justos, como un guante.
—¿Ve usted?—, dijo con aire triunfante. —Me vienen como anillo al dedo.
—¡No puede ser!—, dijo Henry. —¡Yo calzo el 43 y usted no tiene más de un 38!
—Son zapatos mágicos—, dijo aquel señor. —No me diga que no se ha dado cuenta. Se adaptan a todos los pies por igual. Si se los pusiésemos a un bebé, le estarían bien también.
Henry asintió, pues la evidencia era innegable.
—¿Y no hay manera de que me los venda usted?
—Claro que la hay, amigo mío. Pero no sé si usted podrá pagarla.
—Le doy mil dólares.

          El hombre se rio muy a gusto.
—Pero qué hombre más divertido es usted. No, me temo que no va a ser tan barato... Si quiere usted estos zapatos, me ha de entregar su alma.
—¿Es que es usted..?
—Si, caballero. Soy el Diablo de las Ideas, Luzbel. Estos zapatos serán suyos para siempre si me firma usted este contrato.

          Henry leyó el contrato por encima: si firmaba aquello disfrutaría de la creación de muchas obras literarias, y seguiría cobrando más de tres mil dólares al mes por sus artículos... Frente a eso su alma, esa cosa que nunca nadie había visto, cuando muriese se iría con Luzbel al infierno. Henry recordó que cuando él ponía el alma en algo, le salía mejor. Cuando era un pobre zapatero y ponía toda su alma en su trabajo, era feliz, aunque no tuviera tanto dinero como ahora. Y cuando escribía también ponía toda su alma en lo que hacía...
—No hay trato, Sr. Luzbel. Si es usted un diablo no voy a poder quitarle los zapatos, pues supongo que podrá usted impedírmelo. Lléveselos y no vuelva usted nunca más a importunarme.

          Luzbel miró a aquel hombre que estaba renunciando a la inmortalidad literaria. Le miró con respeto, y, agachando la vista, se dirigió a la puerta. Pero antes de salir le dijo:
—Sobre esta silla le dejo mi tarjeta de visita, con mi número de teléfono, por si cambia de idea—. Y salió.

          Diez minutos después estaba Henry aún sin poder pensar con claridad. Pero se repuso poco a poco. Dio un largo suspiro y ordenó su tienda de reparación de calzado. Luego subió las persianas y puso el cartel de Abierto. Se sentó en su banqueta de zapatero y se puso a cepillar unas viejas botas que tenia arrumbadas por allí, pensando que su carrera literaria había estado bien, pero que ya había terminado. En el fondo, no había sido suya, sino de aquellos zapatos. Y los zapatos, todos ellos, seguirían siendo su vida.

          La puerta se abrió y entró una mujer con bufanda, sombrero y gafas de Sol.
—Buenos días. ¿Usted hace zapatos, o sólo los repara?
—También hago, señora.
—Quisiera unas botas hasta la rodilla, de cuero negro.

          Él le indicó que se sentase en una silla para tomarle las medidas. Aquellas piernas las conocía él. Alzó la mirada, y la mujer le sonrió. Se quitó la bufanda, el sombrero y las gafas de sol.
—Hola, Henry. Soy Amanda Soul. Tu ángel de la guarda. Gracias por no venderte al diablo. Eso me habría rescindido el contrato contigo. Me han dejado que me veas una última vez para que te diga que no necesitas esos estúpidos zapatos para escribir. Es un don de Dios, no del diablo. Te he traído un regalo de despedida. Ponle texto.

          Y poniendo un pequeño libro sobre el mostrador, se volvió paulatinamente transparente mientras le decía:
—Recuerda, no necesitas zapatos para escribir, Henry. Sólo una pluma y tu alma. Pon toda tu alma en lo que hagas siempre. Recuérdalo. Y aunque ya no me veas más, estoy aquí, a tu lado, no me voy.

          Cuando se fue Luzbel, antes de ponerse a ordenar su negocio se había puesto unos zapatos viejos que tenía por allí. Esos serían sus zapatos de escribir en adelante.

          Desde ese día Henry adquirió la costumbre de hablar solo. Pero no estaba solo. A su lado estaba un ángel rubio que le escuchaba siempre, aunque sólo le contestaba por la noche, mientras él dormía profundamente. Henry se sentó en su silla de escribir, y puso sobre el papel una larga historia, la historia de su vida que consistía en una larga lista de deseos, el tesón, el placer de relatar sus sueños. Escribió el cuento de su propia vida, que condensó en cinco páginas.

          Al día siguiente fue publicada como cuento en el periódico local, y recibió otros cien dólares por ello. Henry nunca dejó de escribir.

          Cinco años después conoció a Amanda Peters. No era rubia, no era fotógrafa, pero creía en él. Se casaron y tuvieron mellizos. Uno de ellos se dedicó a la escritura, como su padre. El otro mellizo siguió la tradición de su abuelo y de su bisabuelo: se dedicó a hacer zapatos.

Carta angelical. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

Playa de Nares, a 25 de julio de 2013

       Mi querido Vehuiah:

      Vehuiah     Permíteme que me dirija a ti por ese nombre porque me han dicho que eres el que se me ha asignado aunque lo primero que he de hacer en estricta justicia, es preguntarte si, efectivamente, eres tú o en realidad eres otro ángel el que cuida de mí desde hace sesenta y dos años.

          Cuando era un niño te idealicé y pensaba que eres aquella imagen con cara de mujer rubia y sexo indefinido que veía en un cuadro que mi madre tenía en su casa en a Isla de la Palma. Al correr los años pensaba en ti esporádicamente, y mientras fui creyente aprendí a tenerte a mi lado, sentirte, pero nunca se me ocurrió hablar contigo, pedirte consejo, o que me hablaras de tus cosas. Porque vosotros, los ángeles, también tendréis vuestros problemas, ¿no? Quizá nosotros, los que estamos aquí pegados a la Tierra por nuestro peso somos vuestro problema principal. Quizá no nos ponemos a tiro para que nos libréis vuestros mensajes, y en nuestra torpeza no seamos capaces de interpretar los signos que quizá nos dais. O puede ser que hayáis renunciado a darnos signo alguno desde hace tiempo, dado el poco caso que os hacemos nosotros, los supuestos reyes de la supuesta creación.

          Tengo la firme convicción de que estás leyendo esto por encima de mi hombro, y de que a pesar de mi mala letra te estás enterando de todo. Como sé que no eres ningún genio maléfico, sé que no me darás ningún susto pero me intentarás decir algo por algún medio que no alcanzo a imaginar ahora mismo. Siéntete libre de usar el que te venga mejor. Te espero.

          Nada tengo que pedirte, ángel, ni siquiera información. Sé que me darás la que necesito cuando pueda procesarla. Pero no después.

          ¿Sabes? Creo que siempre he sentido tu presencia. No he dejado de sentirme seguro en toda mi vida, salvo en algunas ocasiones puntuales de infausta memoria, cuando era pequeño y me castigaban, o cuando estaba en un entorno hostil. Pero fueron momentos puntuales y escasos, felizmente enterrados en la montaña del olvido. Lo que no se me borrará nunca de la memoria es aquella noche en la Plaza Weyler de Santa Cruz de Tenerife, cuando me sentí bajo techo a pesar de estar al aire libre. La noche en sí, su negrura se me antojó techo protector y me dio un sentimiento de seguridad que no me ha abandonado en toda mi vida. Creo que eres tú. Me sentí protegido por ti. Pero no se me ocurrió hablarte. Durante sesenta y dos años, a siete días de los sesenta y tres, hemos sido compañeros de viaje mudos, por no decir que nos hemos dado la espalda. ¿Eso tiene que seguir así? ¿No te parece que ya está bien? Bueno, sé que si no me dices nada es porque no puedes. Dije que no te iba a pedir nada, y nada te pido. Ni siquiera que me contestes estas preguntas. Algo me dirás cuando puedas, estoy convencido. Ahora, en la parte final de mi vida, después e una infancia y adolescencia de las que no estoy demasiado orgulloso, después de una juventud en que me independicé de mi familia, de mis miedos y de muchas filias y fobias que padecí a partes iguales, tras hacer lo que hacía todo el mundo de mi generación, casarme, tener hijos, aguantarme con muchas cosas que no me gustaban y disfrutar de las que sí, tras crear una familia y haber tenido una carrera profesional por fin tengo tiempo para ti.

          Mi querido ángel de la guarda, quiero decirte que siempre fuiste importante para mí, hasta cuando te ignoraba por descuido o por propia ignorancia o necedad, y lo sigues siendo. No sé si yo he sido ángel de la guardia de alguien o si lo volveré a ser alguna vez, pero quiero que sepas que si alguna vez nos separásemos, cuando yo vuelva a ser sólo espíritu etéreo que ya no va anclado a un cuerpo material, que fue bueno andar contigo estos años.

          Cuando era un niño yo no concebía el mundo fuera de aquella familia en que me tocó nacer. Mi realidad fue cambiando poco a poco y de aquella familia no queda ya nada. Aquel ángel maravilloso que era mi madre falleció hace casi un año, mi hermano y mi padre habían fallecido también, de los seis que formábamos aquella familia quedamos la mitad: dos mujeres y un hombre porque ya no están dos hombres y una mujer. Ignoro qué ocurrirá en el futuro, diez, veinte o treinta años a partir de ahora, si bien no tengo curiosidad alguna por saberlo: ocurrirá lo que yo decida en gran parte, y lo que decida cada uno de los que están a mi lado o cerca de mí, y el conjunto de decisiones se acumulará y producirá la serie de circunstancias que cada uno de nosotros modificará o no. Pero seguiré contando con tu ayuda. Esta carta sirva de presentación, mi querido Vehuiah, para decirte que sé que estás ahí, que siempre has estado y que siempre estarás, al menos hasta que la muerte nos separe.

          Que Dios te bendiga,

NOTA.- Diez minutos más tarde mi mano se vio impelida a escribir esto de forma automática: ¡Jesús! No te doy info. No la necesitas. Gracias. Seguiremos en contacto.

La balada de Elvis, por Jack Crane. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

       El diablo sabe más por viejo que por diablo, dicen. Pero en realidad cuando el diablo sabe algo es cuando deja de ser diablo. También el hombre cuando sabe algo es un diablo, y de los redomados... Porque las malas ideas se aprenden, y mucho tiempo antes de que se plantee el hombre si mereció la pena ya se ha acostumbrado al abuso, acoso y causar el mal, lo que le lleva a la convicción de que ya no puede cambiar, y prefiere morir a acometer los cambios que le convertirían en una buena persona.

       Esta historia ocurrió mucho antes de que el diablo que la protagonizó se convenciera de que el mal es falta de bien, porque creía que era al revés, que los buenos lo eran porque no tenían la valentía suficiente para ser malos. Este diablo, llamémosle Elvis por lo socarrón y moderno que era, era un animal de discoteca. Era muy atractivo, tanto como sólo los diablos pueden serlo. Por eso era especialista en mujeres guapas y atractivas, pues ellas parece que sienten debilidad por los golfos, y cuanto más desaprensivos mejor. Elvis se pasaba todas las noches en la discoteca Paraninfo, su coto privado de caza, desde que abría hasta que cerraba. Total, a un diablo que paga las copas con dinero falso la velada siempre le sale gratis. Y si lo pillaban, los gorilas lo echaban a empujones a la calle. Allí, en el callejón, sin que nadie les viese, él les daba una paliza y luego volvía a entrar con otra forma humana y sin pagar, claro. Luego ellos volvían y no sabían qué autobús los había atropellado. Tras uno de esos escarceos gorilescos se encontró con Marta. Se trataba de una quinceañera que se maquillaba para aparentar más edad y se escapaba de su casa para alternar con los chicos mayores. Y conoció a un chico mayor: Elvis. Pero cedámosle a este la palabra:

       La vi allí, bailando con sus amigas. Me metí en medio y me puse a bailar entre ellas. Marta me miró con ojos golosos, pero cuando vio que me fijaba en ella sintió miedo. Le sonreí y le tomé las manos y le hice dar una vuelta sobre sí misma, sin dejar de bailar. A las chicas les gusta eso, que las lleven de la mano. Cuando pusieron una lenta la tomé por el talle y bailamos muy cerquita. Yo oía su respiración entrecortada, de la muchacha que duda. Y le susurré al oído cosas que ella no podía oír debido a lo fuerte que sonaba la música, pero que la tranquilizaban. Se me da muy bien eso de tranquilizar a las mujeres, siempre lo consigo. Además, ella estaba jugando a ser mayor, y yo le seguí el juego. Para sus quince años su uno sesenta de estatura estaba muy bien, la hacía parecer adulta. Su vestido era parte de la superchería para engañar a los gorilas de la puerta. Esos que lucían los moretones que yo les había hecho..., porque los diablos tenemos muy mala leche.

       —¿Quieres tomarte algo?—, le dije. Ella asintió, y la invité a un whisky.

       Un rato después estábamos sentados en una de aquellas sillas bajas en la penumbra. Mi mano estaba entre sus piernas, y ella las apretó entre sí, no sé si para impedir que alcanzara su feminidad, o para que no la retirase de allí.

       —Vámonos—, le dije.
—¿A dónde?
—Tú sígueme.

       La conduje al servicio de señoras. Nos metimos los dos en un defecatorio, bajé la tapa de la taza y la puse de pie sobre la misma. Con mis malas artes le quité todo menos los zapatos y las medias. Cuando se vio desnuda me sonrió.

       —Pareces una diablesa—, le dije devolviéndole la sonrisa.
—¿Has visto alguna?
—Ahora sí. Tiéntame.

       Ella abrió un poco las piernas, coqueta. Yo le acaricié una cadera y le mordí suavemente una rodilla. Subí por la pierna pasando por la cara externa del muslo, y le mordisqueé el vientre. Cuando la muchacha se vino a dar cuenta, acababa de perder la virginidad.

       —No te sientas culpable—, le dije. —Tu madre y tu abuela pasaron por esto. Si no, tú no estarías aquí. —Pero yo no quiero tener un hijo—, me dijo, alarmada. —Ahora no.
—Y no lo tendrás. Iba a usar un preservativo, pero sólo he usado un dedo. Venga, vístete y vamos a bailar.
—¡Me has desvirgado con un dedo?
—Sí. ¿Cuál es el problema?
—No, ninguno..., supongo. Sólo que pensaba que sería más romántico.
—Te has cargado el romanticismo tú. Anda, vamos a bailar. Te espero en a pista.

       Y me fui.

       Ella tardó cinco minutos en salir. Cuando llegó a la pista no me vio, aunque yo a ella la veía muy bien. Solo que en la pista de baile había una nueva bailarina que tenía un atuendo muy justito, con un top que estaba a un palmo de ser topless. Era muy atractiva y los ojos de todos los machos se iban hacia ella. Era una muñeca diabólica: era yo. Cuando me transformo en mujer me gusta ser una morena escandalosa. Así tiento a los hombres y atormento a las hembras.

       —Tu chico se ha ido—, le dije.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Hace un rato. Se lo ha llevado una rubia.

       La pobre dejó escapar un sollozo de despecho:
—El muy cabrón...
—No te preocupes. Ninguno merece la pena, mujer. ¿Ves aquellos dos? Seguro que nos quieren meter mano. Anda, vamos a acercarnos, a ver si se deciden. O por lo menos que nos inviten.

       Pero ella no tenía ganas de juegos. Se había llevado una decepción muy grande. Le dijo a sus amigas que se iba.

       Sus amigas querían quedarse más tiempo, pero la vieron muy alterada y fueron a pagar su copas para irse, y se sorprendieron de el barman les informase de que ya estaba todo pagado, que lo había hecho un señor, el amigo de la señorita, dijo señalando a Marta, que se había tenido que ir.

       Cuando salían a la calle había un tío apoyado contra la pared, que la saludó:

       —Adiós, primor.

       Ella se volvió y me espetó:
—Tú. Te han visto salir con una rubia.
—Pues te han mentido.
—¿Por qué iban a hacer eso?

       Solté una carcajada que les puso los pelos de punta a todas ellas. Una carcajada de esas diabólicas que tan bien ensayadas tengo. Son uno de mis mejores argumentos:

       —Pues porque hay gente con mucha mala leche. Me salí a fumar un cigarro. Es posible que coincidiera al salir con la rubia que dices, o con un moreno. ¿Y qué? Iba a ir ahora a buscarte para seguir bailando contigo. ¿Me has sido fiel?

       La pobre ahora estaba chafada. Yo sentía su malestar por haber creído a aquella furcia de la minifalda y las tetas casi al aire.

       —Y vosotras, ¿habéis salido a fumar, u os vais?—, pregunté al verlas tan puestas.
—Bueno, yo...
—Venga, Marta—, le dijo una de sus amigas, —¿no tenías que irte ya?
—Espera, Berta...
—Vaya, Marta, Berta. Yo soy Elvis. Encantado. ¿Y tú te llamas..?
—¡Elvis! Bromeas.
—No. Mi mamá era forofa del héroe de East Tupelo. Crecí con sus canciones.
—Marisol, Elvis. Encantada. Bueno—, dijo a Marta, —tenemos que irnos.
—Aquí estaré mañana, si quieres algo. De hecho estoy aquí todos los días.

       Ella se dio la vuelta y se fue con sus amigas, que estaban enfadadas con ella, y con razón: ella las había hecho irse antes de tiempo cuando lo estaban pasando bien, y luego se había puesto a hablar con aquel piojoso de Elvis.

       No se imaginaban que el piojoso no se perdía ni una palabra de lo que decían. Había adoptado la forma de un gato negro y las seguía a corta distancia. Así pude saber qué autobús cogían para ir a su casa. Mientras esperaban en la parada, me volví a transformar en la putona de la discoteca, ahora con un maxiabrigo, y me hice la encontradiza.

       —Hola, chicas—, saludé. —Os he visto en la Paraninfo hace un rato. Erais vosotras, ¿no?
Marta me dio la espalda, pero las otras me contestaron.
—Si, venimos de allí.
—Aquello es un muermo. Me voy a casa.
—Y nosotras. A esta se le han cruzado los cables y nos hemos tenido que venir.
—Seguro que ha sido por un tío. Son una mierda todos ellos.
—¡Serás puta!—, saltó Marta. —¿Por qué me has dicho que se había ido con una rubia?
—Por eso. Porque lo vi salir con una rubia de allí.
—Pues no. Estaba fumando un cigarro cuando salimos.
—Claro. La rubia le habrá dado una hostia y él se habrá quedado allí, por si recogía algo.
Me miró con mucha rabia. Yo, conciliadora, le dije:
—Anda, no te enfades... Si lo sé no te digo nada.
—Hubiera sido mejor.
—Bueno, ahí viene mi autobús. Hasta otra, chicas. Cuidadla bien, que se enfada mucho.

       Pero el autobús era el de ellas también. Sus amigas se quedaron antes, pero yo les dije que la acompañaría a su casa, que se quedaran tranquilas.

       Charlamos mucho durante el camino, tuvimos una charla de chicas y al final conseguí desarrugarle el entrecejo, y hasta le arranqué alguna carcajada. Nos hicimos amigas, sobre todo cuando le conté mis experiencias con tíos como ese de la discoteca.

       En lugar de sus amigas, que ya no querían salir con ella, la fui a buscar yo a su casa la semana siguiente. Además, a ella le venía mejor salir con una chica de diecinueve años como yo que con aquellas niñas de quince, como ella, aunque eso no se lo dije, claro.

       En cuanto llegamos a la discoteca yo me despedí de ella y me puse a ligar con uno de aquellos desgraciados que pululan por allí invitando a las chicas a copas a ver si cae algo. Tras dar un sorbo al Bourbon al que me invitaron pretexté una cierta necesidad y me fui al wáter, pero entré en el de chicos y salí de allí con mi disfraz de Elvis, el chico sexy y ligón al lado del cual ninguno de los otros tenía nada que hacer. Me dirigí a la barra y pedí dos güisquis, y cuando me estaba volviendo para buscarla noté un golpecito en la espalda: era Marta, que sonreía de oreja a oreja.

       —Hola, Marta. Te iba a buscar. Toma, esto es para ti—, le dije dándole uno de los vasos.
—Hoy he venido con una amiga. Está por ahí.
—Estará ligando. ¿Está tan buena como tú?
—¡Tonto! ¿Y yo qué sé?
—¿Quieres seguir donde lo dejamos?
—Yo quiero hacerlo contigo, pero no aquí. En este sitio no hay clase.

       Volví a soltar mi risotada diabólica.

       —Vaya con la princesita. Si quieres nos vamos al Hotel Calpurnia, que tiene cinco estrellas.
Ella creyó que era un farol.
—No te atreves.
—¿Que no? ¡Venga, vamos!

       Era chungo que se registrase en el hotel, pues le pedirían el DNI y verían que era menor. Me registré yo solo, y luego le envié un sms con el número de la habitación. Ella subió por el ascensor directamente al piso en cuestión, y yo la esperé justo a la entrada, con las llaves en la mano. Ella las tomó y se me adelantó, y se quedó allí, plantada y con la boca abierta, totalmente seducida por el lujo. Nunca había estado en un cinco estrellas.

       Pero yo no me había tomado tantas molestias sólo para acostarme con una quinceañera. Lo mío era más sofisticado:
—¿No tienes miedo de que tus padres se enteren de que estás con un hombre en un hotel?
—Mis padres no se ocupan de mí. Se creen que estoy durmiendo.
—No, a lo mejor no.
—Pues me da igual.

       En aquel hotel de cinco estrellas estuvimos toda la noche charlando, pero no hubo ninguna otra actividad, ni siquiera cuando ella se desnudó del todo. Los diablos somos seductores, pero no se nos puede seducir. Y menos una niñata como aquella, con el pecho aún a medio formar y con tan poca gracia como ella tenía. No se lo dije, pero se lo di a entender.

       —Si no me vas a follar, ¿para qué me has traído aquí?
—Para charlar.
—¿Y para charlar te has gastado una pasta?
—No.
—¿Cómo que no? ¿Esta habitación te la regalan, por casualidad?
—Podríamos decirlo así...
—¿Cómo?—, dijo ella sin comprender.
—Sí. Los doscientos euros que le he dado a ese de ahí debajo son falsos.
—¡Joder, qué cabrón! ¿Y si te pillan, qué?
—¡Niña, esa boca! Te la voy a tener que lavar con jabón. Pero no me pillarán. Son buenos. —¿Los billetes son buenos, o son falsos?
—Las dos cosas. La falsificación es buena. Mira—, le enseñé dos billetes de 500. —Toma, te los regalo. —No quiero dinero falso.
—Pues es todo lo que te puedo ofrecer: un falso amor, dinero falso, valores falsos..., en mí todo lo que te gusta es falso. ¿O tú vas a la discoteca buscando valores buenos y auténticos de esos que tiene la gente de hoy en día?

       Se enfadó nuevamente, e hizo el ademán de coger su ropa para vestirse y marcharse. Pero esta vez fui más rápido. Nadie sabía que estaba allí conmigo. Le cogí ambas muñecas y le retorcí los brazos, poniéndoselos a la espalda, a la altura de la cintura. La tiré sobre la cama, y le tapé la cabeza con la almohada. Me aseguré de que pudiera respirar, pues estaba boca abajo. Ella chillaba y pataleaba, pero yo sujetaba la almohada con una mano, con la otra le di diez sonoras nalgadas, que la sorprendieron y la dejaron sin poder reaccionar. Seguramente nunca se las habían dado, pero le gustaron, y cuando le quité la almohada de encima, tenía la cabeza vuelta hacia la izquierda, y me miraba con desafío.
—¿Ya está?
—¿Quieres más?
—Sí. Castígame. He sido mala.

       Le di otras diez nalgadas, y ella sonreía. Ahora tenía el culo sonrosado, como el de un niño pequeño. Le di la vuelta, y al ponerla boca arriba me di cuenta de que estaba excitada. Saqué una cuerdecilla de seda de un bolsillo y se la até a la muñeca derecha, y el otro extremo lo fijé al extremo del cabecero. Luego Le até la otra muñeca. Hice igual con sus tobillos. Ahora estaba totalmente expuesta. Saqué un cigarrillo y me lo fumé en silencio, sentado al borde de la cama. Ella me observaba. Quizá pensaba que lo iba a apagar sobre su piel, y eso la excitaba. Cuando acabé de fumar, la miré largamente, pero muy serio, y le dije:
—Has sido mala. Has dicho palabrotas y eso no me gusta. Una señora no las dice, porque eso es vulgar y síntoma de falta de cultura. En lugar de cabrón podías haber dicho estafador, o desaprensivo, sinvergüenza, ladrón, delincuente, o una cualquiera de muchísimas otras palabras en lugar de esa palabra tan socorrida. Tampoco vamos a follar, sino que en todo caso vamos a hacer el amor, o a tener sexo, o a intercambiar fluidos, o a desatar nuestra pasión, o nuestros bajos instintos, o incluso a entrar en erupción. Pero no, muchacha, yo no follo, ni tú vas a follar conmigo. Para que recuerdes todo esto te voy a tener que lavar la boca, Marta. Con jabón. Lo comprendes, ¿verdad?
—Y una mierda.

       Suspirando, con resignación casi cristiana, le di una fuerte bofetada, que la cogió despre­venida. Saqué mi pañuelo de tela perfumada del bolsillo, y lo desplegué. Se lo mostré, y luego hice una bola con él, arrugándolo. Se lo puse ante la nariz y le dije: —Huele bien, ¿verdad?

       Pero antes de que ella tuviera tiempo de contestarme, se lo había metido en la boca tan profundamente que ella no podía escupirlo. Le di otras tres bofetadas fuertes antes de preguntarle:
—¿Comprendes ya por qué tengo que lavarte la boca, Marta?

       Negó con la cabeza y le di otras cuatro bofetadas, más fuertes que las anteriores. Luego le volví a preguntar, y repetí el proceso dos veces más. Cuando tenía la cara totalmente roja y los ojos llenos de lágrimas por fin asintió con la cabeza.
—Entonces será un castigo aceptado. ¿Verdad?—. Ella asintió rápidamente, y yo sonreí, porque ya había aprendido ella la lección. Lo curioso es que ella también sonrió.

       Me fui al cuarto de baño y volví con dos vasos, uno de ellos lleno de agua, y una pastilla de jabón. Procedí a quitarle el pañuelo de la boca, y a meterle la pastilla de jabón. Ella cerró la boca, pero se la restregué por la parte externa de los dientes de arriba y de abajo, y por las encías. Luego le pincé la nariz con dos dedos, y ella tuvo que abrir la boca para respirar, momento que yo aproveché para meterle la pastilla de jabón hasta la mitad.
—Te recomiendo que no la muerdas, pues este jabón es algo indigesto y te va a dar diarrea.

       Ella ya dejó de luchar, y yo le froté el jabón por el filo de los dientes, por la lengua, por la cara interior de las encías, por el paladar, y por la parte inferior de la lengua, donde están las glándulas salivales. Tomé un buche corto de agua, y abriéndole la boca con una mano, me acerqué a ella y puse mis labios sobre los suyos, haciendo ventosa y dejando que el agua pasara de mi boca a la suya.

       —No te lo tragues, espera—, le dije. —Mueve el agua por todos los recovecos de tu boca para quitarte el jabón, pero no te tragues nada.

       Ella, obediente, hizo lo que le indicaba yo. Luego apliqué de nuevo mi boca sobre la suya y le extraje todo el agua, que eché de mi boca en el vaso vacío. Realicé esa operación cuatro o cinco veces más, hasta que todo el agua había pasado de uno a otro vaso. Luego le sequé la boca por dentro con la toalla, y luego por fuera. Fue un poco desagradable para ella que le secara los dientes, pero eso no me detuvo. Cuando gemía, le di un cachete a la vez que le decía ¡Calla, quejica!

       —Ahora vuelvo—, la informé. Me fui al cuarto de baño a dejar los útiles de limpieza. Luego me senté de nuevo en el borde de la cama. Me acerqué de nuevo a ella y le di un beso con lengua.
—Es el beso más limpio que me han dado en toda mi vida—, le dije con mucho cinismo.

       Saqué otro cigarrillo y me lo fumé en silencio, observándola. Ella me miraba, sonriente, y preguntándose qué vendría a continuación. Se veía que la experiencia le estaba gustando.

       —Eres un diablo—, me dijo sonriendo. Se la veía excitada.
—No lo sabes tú bien—, le dije. —Ni las cosas que tengo pensadas para hacer contigo.
—Pues venga.

       Le di un cachete cariñoso en la cara y le pellizqué el vientre.
—Jugaremos con cigarrillos, pero después.

       Hice una pausa, terminé el cigarrillo, que esta vez tampoco apagué sobre su piel. Me puse en pie y le dije:
—Espera, no te vayas.

       Me levanté, cogí su ropa, la colgué de una percha dentro del armario, abrí la puerta, la cerré por fuera tras dejar colgado el cartel de “No molestar” y me fui. Dos horas después se abrió la puerta y aparecieron sus amigas Berta y Marisol. Yo les había dejado las llaves de la habitación y el teléfono móvil de Marta en el buzón de la casa de la primera, y luego les envié un sms diciéndoles que su amiga estaba en la habitación 713 del hotel Calpurnia y las necesitaba. Que fueran inmediatamente. Cuando entraron no se esperaban que el problema de su amiga fuera ese. Se había quedado dormida esperándome. Les intentó explicar lo que había pasado, pero ni ella acertó a hacerlo coherentemente, ni ellas lo entendieron. Le dijeron que tenía que ir a la policía a denunciar a ese pervertido.

       —¿Y que mis padres me echen de mi casa? No. Si le veo le araño, pero no puedo dejar que nadie se entere de esto. Por lo menos os llamó y no he salido en los periódicos: Menor aparece atada desnuda en una cama del Calpurnia. No, gracias.

       Pero yo sabía que no me odiaba.

       El viernes siguiente a medio día la esperé en medio del parque que ella atravesaba para ir a su casa desde el instituto. Estaba graciosa con su traje de falda y peto gris, y su camisa blanca de manga larga. Cuando me vio se detuvo, asombrada, y sin decir nada:

       —¡De rodillas!—, ordené.

       Tardó décimas de segundo en obedecer. Le quité la mochila y la camisa y las puse al lado de ella. Le di dos sonoras bofetadas. Luego, sin decir ni una palabra, desaparecí de su vista. Desde entonces han pasado tres años, en los que la he encontrado en los lugares más dispares, y la he ido domando poco a poco. Ahora disfruta de su masoquismo y su alma es mía. Está pensando cómo me entrega a sus amigas Berta y Marisol, a las que ya ha conseguido hacer hablar sin decir palabrotas. Pero esa es otra historia.


Un cuento inacabado. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

    Siempre me ha interesado la Sinfonía Inacabada de Franz Schubert, la número 8. Si la oímos nos damos cuenta de que no le falta nada, pues aunque una sinfonía normal consta de cuatro movimientos o partes, las dos que forman esta dan la sensación de formar una obra completa, pues no parece que le falte nada. De la misma forma a este cuento tampoco le falta nada, a pesar de que el planteamiento, nudo y solución, que vemos en todas las historias, aquí están tan seguidos, sin solución de continuidad, que parece que son una cosa sola... Pues bien, sin más preámbulos paso a contároslo:

      el pastor toca la flauta Al igual que a Schubert, a Pepe Manzano le gustaba la música, pero él no tocaba el piano sino la flauta, la flauta de pico. Él se pasaba la vida en el campo con su rebaño de ovejas, porque él era pastor. Su cometido era ir al aprisco antes de que amaneciera, sacar las ovejas a pastar en un campo a cinco kilómetros de allí, y luego volver por la tarde. Se pasaba el día con las ovejas y no tenia grandes cosas que hacer.

       Cuando tenía hambre comía fruta de los árboles que encontraba por allí y bebía directamente de las ubres de las ovejas. Para matar el tiempo se hacía flautas con cañas que cortaba y a las que ponía un trozo cortado dentro para que silbase. Llegaba a darse conciertos de danzas en suite, o sea en serie, durante horas. Un buen día se encontró con un ser bellísimo en medio del campo:


—Hola, Pepe. Es bonito lo que tocas.
—Hola. ¿Quién eres?
—Yo soy Galadriel.
—¿ Eres mujer?
—Si tú quieres...
—¿ Y tú qué quieres?
—Que te vengas conmigo.
—¿ Y las ovejas?
—No sufras por ellas. A donde vamos no pueden venir.
—Pobrecitas.
—No. Te darán otro rebaño para que lo cuides. Y una flauta nueva, para que nos deleites con tu dulce son.
—¿ A quiénes?
—A mí, a tu ángel guardián, a los que fueron buenos cuando vivieron en la Tierra, a la Santa Virgen, a Dios...
—¿ Me estoy muriendo?
—No. Ya estás en la otra vida. Tu música ha gustado a este lado de la creación.

       Y desde aquel día Pepe deleitó a Galadriel y a los demás ángeles del Cielo con el toque mágico de su flauta.

    Desde el cielo Pepe sigue tocando la flauta


Una historia mejicana. Klaku por esperanta versio. Click for English version.
  1. La increíble historia de Aruel. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

       Espíritu y cuerpo Esta es otra historia. Quizá de un pobre diablo. Porque los diablos..., ¿existen? ¿Acaso existe El Diablo? ¿Qué son los demonios? ¿Son seres desgraciados? ¿Somos nosotros los diablos? ¿Tienen entidad propia? ¿Son seres que no han conseguido evolucionar todavía? Eso nos lleva a una pregunta más importante todavía:

        ¿El mal existe? Quizá cuando empezamos a existir somos seres sin evolución alguna, que tenemos que aprender todo desde cero, y entre las cosas que no sabemos están dominar nuestra envidia, nuestra ira, nuestro desmedido querer las cosas que no hemos trabajado lo suficiente para poder tener y nos da rabia ver que otros sí las tienen, pero eso sólo significa que no tenemos aún el suficiente bien en nosotros. Por eso somos diablos y lo seremos mientras no aprendamos que existen cosas mejores que ser unos pobres diablos.

        Eso es lo que le pasó al pobre Aruel. No estaba, y de repente empezó a ser. A su alrededor vio que había más gente, todos más altos, más bonitos y más listos que él. Y le dio sentimiento no ser como los demás. Ese sentimiento era de rabia. Mucha. Y ella no le dejó ver que no había dos demás iguales.

    —No nos envidies: cópianos—, le dijo una voz.
    —¿Tú quién eres?
    —Un pobre diablo, como tú. Pero ya he aprendido a no enfadarme.

        Y así, poco a poco, comenzó a aguantarse la ira que le embargaba, pero cayó en la depresión, pues seguía siendo el último de sus iguales.

        Hasta que se encontró con Afel. Este era mucho menos brillante que él, pero pasaba de todo los demás. Se limitaba a estar.

    —¿No te importa ser el último, Afel?
    —No. ¿Por qué? Alguien tiene que ser el último. No me importa ser yo.
    —Pues a mí me molestaba mucho ser el último.
    —¿Quieres ser el primero?
    —Sí.
    —Pues a mí no en gusta eso. Es más fácil seguirte a ti a dondequiera que vayamos que decidir a dónde vamos todos. ¿Tú a dónde me llevas?
    —Yo te llevo..., no sé, a donde me lleva este.

        Y de repente Aruel se dio cuenta de que Afel ya no estaba debajo de él, sino encima. Ahora “este” era Afel, y él volvía a ser el último.
    —Jo, ahora yo soy el que te lleva a ti—, dijo Afel con algo de contrariedad. —Anda, ponte tú delante, que lo haces mejor que yo.

        Pero no debía de hacerlo peor, porque diciendo esto, Afel se separó más de Aruel, que volvió a quedarse solo allí, viendo como su nuevo amigo desaparecía hacia adelante, hasta que lo único que quedó de él fue un vago recuerdo.

        ¡Pero si Afel no hacía nada!, se quejó absorto y meditabundo.

        En esto cayó dentro de una especie de lenteja que daba vueltas sobre sí misma.

        ¡Brrr!, ¡qué triste me siento!, dijo Aruel descubriendo lo que esa sensación significa. Esto es un mundo inhóspito.

        Y los vio. Vio a dos seres que se estaban pegando. No sabía por qué ni le importaba. Uno de ellos cogió un arma del suelo, pero tenía miedo de usarla. Dudaba.

    —¡Mátalo!—, le dijo Aruel.

        Y aquel ser disparó. Aruel se maravilló de que aquel ser le oyese. Pero se alegró del poder que veía que tenía sobre él.
    —¡Soy un asesino!—, dijo aquel ser.
    —No—, le replicó Aruel. —mejor tú que él. ¿Está muerto?

        Aquel ser, que se llamaba Alfonso, se agachó y le pulsó con un dedo una de las venas del cuello, una carótida: nada, no le latía. Aquel individuo ya estaba muerto, tanto como las piedras que les circundaban.

        Aruel vio venir a un ser lleno de luz con unas tijeras, y que en cuanto salió el ser interno del fallecido, le cortó un hilo gris claro y brillante que lo unía al cuerpo que estaba en el suelo. Luego ambos lo miraron a él, a Aruel, con lástima, y el de las tijeras le dijo:
    —Aruel, aunque estés en el pozo todavía, recuerda que Dios te quiere. Cuando hayas aprendido a quererte tú también, lo comprenderás.
    —¡Maldito tú y el Dios que me dio el ser!
    El otro ser le miró y le dijo:
    —Soy Manuel. Nos veremos, Aruel. Yo también era malo—. Y ambos seres desaparecieron.

        Aruel miró en el interior del asesino. El fallecido era su amigo Manuel. Habían discutido porque el muerto había descubierto que su amigo tenía algo que ver con su mujer, aunque no sabía hasta qué punto. Se habían insultado y llegado a las manos, hasta que a Manuel se le había caído la pistola al suelo. Cuando estuvo enterrado su amigo, aparejó Alfonso la tierra, y la revolvió con los pies un poco para que no desentonara del resto del suelo.

        Aruel disfrutó del poder que sentía sobre aquellos seres, humanos, y anduvo entre ellos aconsejándoles que siguieran sus malas tendencias, que robasen, mataran, maltrataran... Y cuando alguien moría, venía aquel ser tan luminoso con sus tijeras y cortaba el lazo de unión de los humanos con la parte que ya no les servía.

    —¿Quién eres?—, le preguntó en una ocasión.
    —Soy el Ángel de la Misericordia.
    —¿Y por qué no tienes misericordia de mí?
    —Porque no te dejas. Sólo te puedo tener lástima.
    —¿Por qué no me impides hacer el mal?
    —Porque eso sólo lo puedes hacer tú.
    —¿No te dan pena estos seres que mueren por mi culpa?
    —Claro que siento pena por ellos. Por eso vengo y me los llevo a donde tú no les podrás hacer más daño.
    —Pero ellos mueren...
    —Sí. Al hacer que mueran, tú les haces un favor.

        Y Muriel, el Ángel de la Misericordia, desapareció. Lo único que se le quedó grabado en el recuerdo fue su sonrisa. ¿Por qué sonreía Muriel? De los humanos había aprendido que a la muerte se le tenía miedo, pues la muerte es el final de todo. Pero eso a Muriel le producía risa. Le divertía.

        Así que la muerte no era mala. No era el esqueleto ambulante cubierto con una caperuza fea y que portaba una guadaña con la que cortaba el lazo entre el alma y el cuerpo, sino una amable visión luminosa de un hermoso ser asexuado que cortaba con tijeras mágicas el hilo de plata que une el alma con el cuerpo...

        Y Aruel se sitió muy mal. Se sintió utilizado. Y sintiendo mucha más ira, maldijo a Dios y a todos los seres de luz, una vez más. Porque él no tenía luz. Él era un ser obscuro. Un demonio. Un pobre diablo. El rey de los torpes seres humanos. Pero sólo mientras llevaban aquella vida animal. Porque en cuanto morían aparecía Muriel y se lo llevaba con él. O con ella.

        Voy a tener que hacer algo para joder a Dios, se dijo. Hacerle daño. Tanto como él me está haciendo a mí, y a toda su corte celestial.

        Y anduvo por todos los caminos y lugares de la Tierra como el alma en pena que era, meditando sus planes de venganza. Provocó volcanes, terremotos, maremotos, hasta hizo reventar una central nuclear en Japón. Y luego se fue al centro de la Tierra, allí donde el magma está más caliente, y se dio cuenta de que nada de aquello le calentaba, pues él era un ser espiritual.
    —Como nosotros—, oyó una voz en su mente.
    —¿Quién eres?
    —Zaak. Soy un diablo, como tú, y esto es el inframundo.
    —¿Sois muchos?
    —Apenas una docena.
    —¿Y qué hacéis?
    —Nada. Estamos aquí pensando qué hacer con los de ahí arriba. De vez en cuando montamos una guerra. Es divertido.
    Aruel miró a aquel ser y se dio cuenta de que ya no era el último en la escala de valores de seres etéreos. No, aquel era mucho más tonto que él.
    —¿Y para qué sirve la guerra?
    —Se matan entre ellos. Es divertido.
    —Así sólo conseguís que se lo lleve Muriel.
    —¿Quién es esa?
    —Es uno que tiene unas tijeras y les corta a los humanos lo que les hace ser animales. Y se los lleva a donde ya no los podemos ver nosotros.
    —¿Y eso es bueno para ellos?
    —Pues sí: ya no sufren más.

        Se les habían ido acercando los demás diablos que poblaban aquel inframundo, el Centro de la Tierra, el lugar más caliente, a varios miles de grados de temperatura, que a ellos les daba igual porque ellos eran espíritus y no se calentaban.

    —Pues entonces no nos sirve ya este juego. Ya no es divertido.
    —¿No se os ocurre nada mejor?
    —Pues...—, dudó Zaak, —la verdad es que no. Siempre pensamos que la muerte era lo peor. Todos los humanos se agarran a la vida con desesperación, y lo harían aunque fuese un clavo ardiendo.
    —Porque son unos ignorantes. Si supieran lo que sabemos nosotros no la evitarían con tanto ahínco.
    —Pues esto de ser diablo ya no es divertido. Eres un aguafiestas, Aruel.
    —Bueno, hay algo que podemos hacer.
    —¿Va a ser divertido?
    —Sí, mucho: organicemos la paz. Que no haya más guerras en el mundo. Así el hombre tendrá una larga vida llena de enfermedades, preocupaciones, de dura lucha por la vida, de atracos, acosos, canalladas...
    —Suena bien.

        Y los diablos salieron en tropel a la superficie. Aruel se vio acosado por preguntas y peticiones de instrucciones por parte de sus ahora subordinados. Todos aquellos diablos le prestaron promesa de lealtad y obediencia de forma poco protocolaria, pero efectiva, la primera vez que le pidieron consejo y le preguntaron que qué hacían a continuación; y ese juramento lo renovaban cada vez que le seguían preguntando, como si fuera su maestro, o al menos el niño más listo de la clase. Aruel se sentía el Rey del Mundo.

        Descubrió que aquellos seres humanos dejados a su propio arbitrio, sobre todo cuando tenían poder sobre otros, eran mucho más malvados que él. Por eso los diablos crearon la democracia, y la Organización de las Naciones Unidas, con el objeto de impedir las guerras e intentar detener las que había en progreso, aunque a veces para lo que servían las disposiciones de la ONU era para que las guerras durasen más tiempo e hicieran más daño. Los diablos estaban exultantes de gozo, pero Aruel sabía que darle trabajo a Muriel era, en el fondo, hacer felices a los humanos, y eso no le hacía nada feliz a él. Aquellos miserables insectos, aquellas torpes bestias, los humanos, iban a donde él no podría ir jamás. Y recorrió toda la Tierra, desesperado, de nuevo. Por todas partes veía a Muriel, que ya no le decía nada, sino le sonreía, pero ya no con lástima, sino con simpatía. Y eso le molestaba aún más. ¿Pueden llorar los espíritus? Así se sentía Aruel: muy triste. Que podría hacer él? Era el espíritu de la envidia.

        Y de repente se le ocurrió una idea: no podía ir a donde iban aquellos seres porque él no era humano.., pues bien, ¡se haría humano!

        Y dicho y hecho: intentó introducirse dentro de un humano por las buenas, juntar su espíritu al cuerpo de una de aquellas bestias. Lo malo es que ya aquel cuerpo estaba ocupado:
    —¡Fuera!—, oyó mientras sentía un empujón que le hizo daño de verdad.

        Pero Aruel fue perseverante, lo intentó más de mil veces; pero todas esas veces fue expulsado con cajas destempladas, y no sabía por qué, pero no se podía quedar dentro del cuerpo, ni compartirlo, ni siquiera hablar con el irascible inquilino. Siempre acababa apaleado. Vaya con los humanos... Toda su ira, toda su fuerza, de nada sirvieron contra la unión que ya había entre los cuerpos y sus espíritus. Incluso intentó entrar en un cuerpo cuyo morador se acababa de marchar con Muriel, pero vio que no funcionaba: no podía activar la unión con él: el cordón de plata no se prendía de su espíritu, ya no servía. De pronto intuyó la solución a todos sus problemas:

        Sobre el campo yacía una humana, y sobre ella se hallaba un humano que entraba en ella. Bueno, en realidad sólo entraba una parte de él, una muy pequeña, en relación al todo. Aquel hombre la estaba fecundando. Cuando terminaron se vistieron y él la acompañó a su casa en su coche. Aruel los siguió y supo que ella había concebido. Antes que se le adelantase otro, se introdujo dentro de aquella vida que estaba formándose en aquel momento, y vio que, efectivamente, aún no se había introducido nadie allí. Tomó el minúsculo hilo de plata, que se mecía, indolente, y se lo clavó en el centro de su ser. Y sintió dolor, mucho dolor: ¡ya estaba vivo!

    —¡Por fin!—, chilló de gozo.

       

       Justo a tiempo, pues vio que otro ser obscuro aparecía en escena. Pero él tomó el cordón de plata y le dio un fuerte golpe con él, y el otro ser se fue rápido, con su celestial cuerpo dolorido y sabiendo que allí no tenía que volver más, como había aprendido él mil veces antes.

       La mujer se detuvo, se apoyó en una pared, y vomitó.

    23 de febrero de 2014
  2. Las dudas de Fulgencio. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

        El niño había venido al mundo en una tormentosa noche de diciembre. Su madre, Tina, era casi una niña: tenía quince años. Cuando sus abuelos supieron que su madre iba a tener un niño la echaron de casa sin contemplaciones. Quince días después reflexionaron, y la buscaron, pero tardaron mucho en encontrarla. Dos años, para ser exactos.

       El padre Amalio —No, papá, no puedo volver con vosotros. Cuando me echasteis de casa sufrí mucho. Dormí en la casa de Jesús Abandonado. Las monjitas se portaron muy bien conmigo. Después vino el capellán, el Padre Amalio, que me ayudó mucho. Me colocó de criada en casa de unos amigos suyos, y luego, cuando la suya se tuvo que volver a su pueblo, un año después, me propuso que me fuera a servirle a él. Mi niño ya había venido al mundo, y él me da casa para los dos, comida y un sueldo. A cambio yo tengo que cuidarlo, y lo hago. Pero no puedo dejar su casa. Aquí estoy bien. Él me cuidó cuando me hizo falta a mí. Ahora no lo puedo dejar solo. Se ha portado conmigo como un padre. Es todo un hombre de Dios. Yo cuido de él y de mi niño, Fulgencio, y don Amalio nos cuida a los dos. Iré a visitaros, pero yo a mis diecisiete años ya tengo mi vida hecha, papá.

        Los padres de la chica perdieron la oportunidad de ser abuelos del pequeño Fulgencio, al que verían siempre de visita. El abuelo de verdad, que también ejercía de padre del niño, era don Amalio, el sacerdote.

        El niño creció en un ambiente sano, quizá demasiado santurrón, entre rosarios, misas, homilías y oraciones. Cuando tuvo la edad, fue monaguillo, y para él no había otro padre que don Amalio, al que todos también llamaban padre. Un día su madre le sacó de su error: no, no todos eran hermanos suyos. Don Amalio no era en realidad su padre, sino que a los curas todo el mundo los llama padre, porque son padres espirituales. Les hablan de parte de Dios Padre, y les dan consejos sobre sus problemas y esperanzas de una vida mejor en el Cielo, cuando mueran tras una larga vida. El padre de verdad del pequeño Fulgencio se llamaba Bartolo, y era cartero. O al menos lo era la última vez que su madre lo había visto, el día en que le dijo que iba a ser padre. Bartolo no había estado a la altura de las circunstancias, y había desaparecido del pueblo.

        Así, el pequeño Chencho, como le llamaban en casa, creció y se acostumbró a vivir sin más padre que aquel viejo cura que tanto cariño les dio siempre a él y a su madre. Por eso cuando cumplió diez años le dijo a don Amalio que él quería ser un hombre bueno como él, quería ser cura también. Don Amalio se alegró mucho y al día siguiente fue a ver al señor obispo, que le procuró una beca para que aquel hijo de la iglesia fuera acogido en su santo seno y educado conforme a los preceptos de la misma. Porque el señor Obispo no se creía que el niño no fuera hijo del prelado. De haber sucedido esta historia en el siglo 21 se le podría haber hecho la prueba del ADN, pero en aquellos años, a mediados del siglo diecinueve, no se estilaban esas cosas, y el Obispo se había sentido responsable de aquel vástago, quizá hijo de la pasión invernal más que otoñal del bueno de don Amalio, del que todos sus feligreses hablaban tan bien porque tenía un corazón de oro. Quizá fuese sincero al negar la paternidad del niño. De ser así, el obispo concluyó, el párroco era un santo.

       Fulgencio Y otros diez años después, cuando Chencho tenía veinte, se convirtió en el Padre Fulgencio. Su primer destino fue en la misma iglesia donde su supuesto padre ejercía de párroco, y así fue a él a quien le cupo el honor y la gloria de instruirle sobre todos los trucos del oficio de sacerdote, aunque al igual que las otras profesiones que necesitan una vocación especial, como la de maestro o médico, también requería además un oficio, un saber hacer para poder triunfar en la profesión.

        Y así, dos años más tarde el Obispo se acordó de él y lo nombró párroco, pues quería que las enseñanzas del bueno de don Amalio sirvieran también en un pueblecito remoto de casi quinientos habitantes. Lo nombró cura párroco para que aprendiera a tener la responsabilidad de la guía espiritual de todo un pueblo y así, tras su experiencia y aprendizaje allí, pudiese substituir a don Amalio cuando este muriera o se jubilara.

        Al llegar al pueblo, Fulgencio se encontró con una población en la que los feligreses eran casi todos mujeres, pues la mayoría de los hombres no parecían muy dispuestos a pisar la iglesia, y los pocos que lo hacían era por acompañar a sus esposas e hijas. Pero poco a poco se los fue ganando por la bondad de su corazón. Siempre estaba dispuesto, día y noche, cuando alguno de sus feligreses lo necesitaba. Por ejemplo, cuando los padres de Marina la echaron de casa al saber que estaba embarazada y ella no quiso decir de quién. Ella fue a ver al cura, y este le dio de cenar y luego le dijo que se acostara en la habitación de invitados, que él tenía que hacer. Se puso la capa y el sombrero y se fue a ver a los padres de Marina. Les contó cómo sus abuelos habían echado a su madre de su casa porque no había querido deshacerse del hijo ilegítimo que iba a tener. Su madre había cambiado su vida por la de su hijo, y allí estaba él, hombre de Dios, llevando consuelo a la gente y advirtiéndoles que no diesen ese paso, que no perdiesen a su hija y a su nieto.

        Y se realizó el milagro: al día siguiente Marina pudo volver a su casa, y meses después dio a luz a un niño, al que llamó Manuel Fulgencio: Manuel por su padre, y Fulgencio por el sacerdote que había salvado del desastre a toda su familia.

        El cura, el maestro, el juez y el médico, junto con el alcalde, formaban la élite intelectual de aquel pueblo mejicano de finales del siglo 19. Era una época de mucha agitación social, y ya los padres de Marina habían tenido que esconder al pobre padre Fulgencio en alguna ocasión en el sótano de su casa, cuando los milicianos habían ido a buscarlo para ejecutarlo por estar al servicio de una potencia extranjera, el Papa de Roma. Pero luego la situación se tranquilizó.

        Uno de los feligreses más asiduos era Rosa, la esposa del Alcalde. Tenían una hija de 15 años muy bonita. Ella misma, la madre, lo era también, y si él no hubiera sido un hombre de Dios quizá hubiera tenido un problema con el alcalde. Ella era una mujer muy inteligente, y le planteaba siempre cuestiones interesantes en las reuniones en que coincidían los notables del pueblo:

    —Padre, si Dios es tan bueno, ¿por qué permite que maten a tanta gente?
    —Hija, Dios tiene razones que nosotros no entendemos.
    —Sí, padre, pero nos las podría explicar, si somos sus hijos.
    —Sí, hija, pero tú ten confianza. Dios es tu padre y te protegerá en este mundo y en el otro.

        La verdad es que entre los dos se generó una corriente de simpatía un poco aconvencional para la época. Doña Rosa, la alcaldesa, comenzó a confesarse con relativa frecuencia, y aprovechaba para contarle a don Fulgencio todo lo que había en su alma y en aquella cabecita de burguesa aburrida. Le contó que su matrimonio no iba todo lo bien que ella había previsto porque su marido era algo mayor y de ideas anticuadas. A ella le iban los hombres más jóvenes y dinámicos. Y quería, le dijo, probar nuevas cosas que despertaran su interés sexual, su morbo.

        A pesar de ser un hombre de Dios, Fulgencio sintió la pulsión sexual en cada una de las cosas que ella le contaba. Bajo secreto de confesión le contó todas las actividades que hacía dentro del sagrado vínculo del matrimonio, y el pobre cura no se atrevía a interrumpirla, porque ella le preguntaba si él creía que pecaba, pues había concupiscencia en sus relaciones con su marido. Cuando él le daba su mano a besar, recibía una descarga de libido que le recorría todo el cuerpo, y otra persona más experta en el amor habría visto que ella estaba dispuesta a llegar a donde hiciera falta para demostrarle su amor, pero el pobre cura dudaba. Quería creer que ella iba de buena fe.

        Hasta que todo se le fue de las manos. Un día estaba él a solas en la sacristía leyendo su breviario, y al alzar la mirada la vio allí, delante de él. No la había oído llegar, pero seguramente eso había sido porque él estaba absorto en la lectura.

    —Padre, le amo—, le dijo ella sin ambages.

        Él no supo qué hacer ni qué decir. En el seminario no los preparaban para estas situaciones: el sexto es No fornicarás ni cometerás actos impuros, y no se le daba mayor tratamiento al problema: no es no. Pero sus preceptores nunca habían tenido a una mujer del atractivo de Rosa en su sacristía ofreciéndoseles.

        El no dijo ni hizo nada, pero ella sí: ante la pasividad del sacerdote, ella se sentó sobre él con una pierna a cada lado de las suyas.

    —Tómeme, padre—, suplicó.

        Él introdujo una mano entre las piernas de ella y vio que debajo de su falda de amplio vuelo no llevaba nada. Ella actuó sobre los botones de su sotana y de su pantalón y pronto tuvo el órgano del sacerdote en contacto con ella. Fue ella quien le besó y se le empaló. Después de unos minutos en que él se quedó atónito, sin salir de su asombro, ella finalmente se vino en un orgasmo voluptuoso, animal, intenso. Y él, por fin, la cubrió de besos.

        Cuando todo acabó, ella se puso en pie y se ajustó el vestido mientras él observó que ella estaba roja, muy roja.

        El lector puede preguntarse cómo este hombre virtuoso de Dios podía hacer una cosa así. Nunca había entrado en su cerebro que esta piadosa mujer le considerase como pareja sexual, pero cuando ella estaba teniendo relaciones sexuales con él, el pobre prelado entró en un estado de denegación de la realidad: él quería comprender que esto no estaba sucediendo, no a él, no de ella. Pero tan pronto como ella alcanzó su orgasmo él vio que ella era consciente del pecado que había cometido y que se sentía muy mal, y él sintió una pena infinita por ella no por sí mismo. Después de todo él había sido un mero objeto utilizado por ella, y la responsabilidad del acto había sido enteramente de Rosa. Y el gran sentido de la caridad y el amor a Dios y sus criaturas en el que el prelado había sido educado ganó en su corazón una vez más, y trató de darle un poco de consuelo. Se daba cuenta de lo infeliz que era esta mujer, y trató de consolarla. Así que la batalla dentro del corazón del sacerdote fue breve y fue el amor, el amor de Dios el que venció, y él se dijo que esta chica sólo había sido puesta bajo su protección por el mismo Dios y por eso él, su humilde servidor, no tenía más remedio que obedecerle dentro de las posibilidades que las luces limitadas que su santo padre le había proporcionado le permitieran.

    —¿Te da vergüenza?—, preguntó al fin el prelado.
    —Sí, padre, mucha. No debía haberlo hecho. Ahora tendrá usted que confesarme.
    —Rosa—, dijo él apeando el tratamiento formal entre párroco y feligresa, —ha sido mágico. Yo no me avergüenzo de lo que hemos hecho. Se llama amor.
    —Pero, padre..., yo soy casada, y usted está casado con la iglesia.
    —Dios es amor, hija. Dios no puede condenar esto.
    —Me siento culpable.
    —Si te arrepientes, podemos llegar a creer que esto nunca ha ocurrido, y no dejar que ocurra otra vez nunca más.

        Ella se le quedó mirándole, tapándose la boca con una mano, para no hablar. Luego le puso a él la otra mano sobre la suya para que no hablase. Y así estuvieron un rato, hasta que ella se quitó la mano de la boca y se la puso a él en el cuello, acariciándoselo.
    —No, no digas eso—, le dijo apeándole ella el tratamiento también. —Quiero volver a hacerlo. Muchas veces. El infierno contigo es el paraíso al lado de la santa relación que tengo con mi esposo.
    —¿Por qué le desprecias tanto?
    —Fue un matrimonio de conveniencia.
    —¿Estabas embarazada?
    —Sí.
    —¿De tu marido?
    —No. De un novio secreto que tenía.
    —¿Lo sabían tus padres?
    —Sí. Se lo dije yo.
    —Pero tu marido no tiene la culpa de nada. Él cree que Amparo es hija suya, ¿verdad?
    —Sí. Mis padres habían arreglado el matrimonio previamente, y consiguieron adelantarlo unos meses.
    —¿Nunca pensaste decirle a él la verdad?
    —No, Fulgencio... ¿Cuándo te parece bien que nos veamos?—, dijo ella dejando claro que no quería seguir hablando del tema.
    —Hoy es martes..., bueno, ven a confesarte el jueves—, respondió el prelado. —A esta hora nunca hay nadie. Te confesaré en la sacristía.

        A partir de aquel día Rosa iba a la iglesia todos los martes y jueves a confesarse, y todos los días a misa de siete, a comulgar. Su marido y su hija le acompañaban. La chiquilla miraba con fijeza al cura, porque también se había enamorado de él. Pero era comprensible, porque era una adolescente y él un hombre joven.

        Fulgencio y Rosa fueron muy discretos y nadie en el pueblo sospechó nunca nada.

        Pero un buen día tuvieron un fallo. El alcalde se tenía que ir periódicamente a la capital del estado a una reunión oficial, y tardaba uno o dos días en volver. Pero ese día se había sentido enfermo a poco de iniciar el viaje, y un arriero le había traído desde el pueblo vecino de Magdalena Apasco hasta su casa. Cuando llegó subió como pudo hasta su dormitorio para tumbarse y descansar, pero lo que vio le quitó el malestar físico que traía, substituyéndoselo por otro malestar mucho peor: el del alma: sobre el de su mujer había el cuerpo de un hombre. En su propia cama. Ella no se percató de que su marido estaba en casa hasta que notó el fuerte golpe en la cabeza del amante de dos puños a la vez que le rompieron el cuello, muriendo el pobre hombre en el acto. Rosa le miró presa del pánico, sin saber qué hacer, ni qué decir. Él la agarró por el pelo y tiró de ella, sacándola de la cama y poniéndola de pie. Le tiró sus vestidos encima, y le dijo ¡Vístete! Luego se volvió hacia el armario, y le sacó una maleta y se la tiró ante ella, a sus pies:
    —Rosa, márchate. Sal de mi vida y de la de tu hija. Si vuelves a este pueblo, te mataré.

        Y abandonó la habitación. Se fue al comedor, y se sirvió un vaso de coñac hasta el borde. Quería poner en orden sus pensamientos. Su mujer acababa de morir para él. Mientras se tomaba la copa de coñac, miró por la ventana sin pensar en nada, sin sentir nada, oyendo el cantar de los pájaros y el ulular del viento. A lo lejos se oía a la gente que paseaba por la calle, iba a comprar, discutía...

        Media hora más tarde pasaba Rosa por detrás de él y salía por última vez por la puerta de su casa. Él oyó cómo se cerraba la puerta, y entonces subió de nuevo a su dormitorio. Al entrar, volteó aquel cuerpo para saber quién había profanado el sagrado sacramento del matrimonio, quién le había quitado la vida. Al verle la cara, el asombro le quitó el color del cuerpo: era el bueno de don Fulgencio. Acababa de matar al Hombre de Dios. Lejos quedaba ya su honor manchado y lavado por la muerte del ofensor. Él se supo maldito.

    —No sufras, hijo mío. Has sido presa de la ira, pero Dios te quiere. Y yo te perdono. Perdóname tú a mí.
    —No puede oírte—, le dijo una voz conocida.

        Fulgencio se volvió y exclamó:
    —¡Muriel!
    —Sí—, contestó el Ángel de la Misericordia cortándole el hilo de plata que le unía a aquel cuerpo averiado, que ya no funcionaba. —Anda, ven, Aruel, que te voy a llevar a donde llevo a los humanos. Por fin, sí. En esta corta vida, a tus veintitrés años has progresado más como humano que en diez mil años como ángel. Hoy verás a Dios.

    Murcia, a 23 de febrero de 2014.
  3. Jaque al rey. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

       Yo nunca había escrito un cuento en un sobre de cartas. Voy a aprovechar que este es de los grandes para comenzar esta tradición, la del cuento sobrado.

        Esta historia le ocurrió al Padre Andrés. Era un cura joven que acababa de llegar a la Parroquia de la Candelaria, en Huitzo, también llamada San Pablo. Como era su primer destino, el obispo no le nombró párroco, sino que fue allí como coadjutor. Pero no podía coadjutar nada, porque allí no había titular, sólo él, un mero ayudante. Era un pueblo muy pequeño, de unos mil habitantes, y la suya era la única iglesia en todo el pueblo.

       Ajedrez En cuanto llegó fue a ver al alcalde, porque quería que le informara sobre el sitio que le había tocado. Pero el alcalde era un ateo descreído y le dijo que lo mejor que podía hacer por el pueblo y por él mismo era irse por donde había venido, porque allí no hacía falta ningún cura.

    —¿Y quién le va a ganar al ajedrez a usted?—, le preguntó el cura.
    —¿Es que usted sabe?
    —Veo que usted se hace trampas a sí mismo, pero van a ganar las blancas en dos jugadas—, dijo señalando al tablero.

        El alcalde se picó e invitó al cura a continuar la partida. Diez minutos después, ocho de los cuales el alcalde los invirtió en pensar su siguiente jugada, el cura le daba jaque mate de una forma que el pobre síndico no había previsto.
    —Padre, me dará usted la revancha, espero.
    —Eso será mañana, alcalde. Ahora tengo que buscar ayuda para arreglar la iglesia.
    —Le mandaré al barrendero mañana por la mañana.

        Al día siguiente un hombre muy corpulento, pero con aspecto de ser un poco retrasado golpeaba fuertemente la puerta de la casa del cura a las cinco de la mañana. No le despertó porque a esa hora Andrés se solía levantar para hacer sus ejercicios físicos y espirituales. Salía del cuarto de baño cuando oyó los golpes, así que abrió la puerta enseguida.

    —Tú debes ser Juan—, le dijo.
    —Sí, padre.
    —Pues pasa, hombre. ¿Has desayunado ya?—, indagó el prelado.
    —Sí, padre.

       La vida es sueño Mientras Andrés desayunaba su café con leche y tres galletas, Juan se entretuvo en observar la casa del cura: aquella salita tenía un crucifijo en el centro de la pared más ancha, dos sillas y una mesa. También había un aparador con diez libros encima.

    —Padre..., ¿puedo?—, dijo señalando los libros.
    —Claro, hijo. Aprovecha. La lectura es buena.

        Juan ojeó la limitada biblioteca del cura con curiosidad: un misal; una Biblia; La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca; Cinco semanas en globo, de Julio Verne; El divino Narciso, de Sor Juana Inés de la Cruz; un libro de poemas de José Martí; un diccionario de español y otro de Latín; un libro escrito en ese idioma por un tal Cátulo; y el más raro de todos ellos: un tratado de retórica escrito por un hombre llamado Aristóteles, del que no entendía ni el título, a pesar de estar en castellano.

       Retórica —Padre, usted es un hombre muy culto.
    —No, Juan, qué va—, respondió humildemente. —Todo es relativo, pero cuanto más lees, más ignorante te sientes.
    —Padre, eso no es lógico. Aunque ya sabe que la verdadera sabiduría no está en los libros. Está en la vida—, sentenció el barrendero.

        Andrés sonrió ante la ingenuidad del hombre.
    —Entonces, Juan, si esa frase, que es sabia, la ponemos en un libro y lo publicamos, ya no es sabia...

        El hombre miró al cura con asombro y luego sonrió diciendo:
    —Padre, qué tío más listo es usted. Pero aunque usted sepa más que yo, no me va a convencer de eso—. Luego, como para sí, añadió: —Claro, por eso estuvo todos esos años en el seminario...
    —Venga, Juan—, dijo Andrés poniéndose en pie, —vamos a la iglesia, que tenemos trabajo que hacer.

        Al entrar en la iglesia se la encontraron llena de escombros y ratas, que habían anidado allí. Con dos palos dando golpes y haciendo mucho ruido consiguieron echarlas. Arrumbaron los bancos que estaban rotos, y los sacaron fuera. Luego los cortaron para hacer leña para el invierno que se aproximaba. Redistribuyeron los que estaban en buenas condiciones, y al separarlos un poco ocuparon el mismo sitio que antes ocupaban todos. Espero que haya más gente que sitio disponible, pensó el padre, preocupado.

        Aquella tarde, a a las siete, cuando todos habían salido del trabajo, se oyeron las campanas de la iglesia por primera vez en mucho tiempo. El cura tenía cierto sentido del ritmo, pues las dos campanas sonaban un poco a contratiempo: clan, clan, clanclanclán, clan, clan... Después del concierto de percusión campanil de diez minutos había medio pueblo congregado en la plaza de la iglesia.

    —La misa va a comenzar ya—, dijo el padre Andrés, debidamente ataviado para la ceremonia religiosa, desde la puerta del templo. Luego se dio la vuelta y entró. Amparo, la hija del alcalde, le siguió. Le siguieron sus amigas, y las madres de sus amigas. Y a estas les siguieron sus maridos. Y los demás que había allí se miraron, y entraron a ver.

        Desde el altar Andrés vio que los bancos, efectivamente, no bastaban. La misa fue sentida, bonita. Durante la homilía Andrés les pidió ayuda a todos para mejorar la iglesia, y aunque no se recaudó mucho dinero, al día siguiente había cincuenta hombres en la puerta de la iglesia preguntando al cura que qué había que hacer, y entre todos arreglaron la iglesia por dentro y construyeron los bancos que faltaban.

        La misa se celebraba todos los días a las siete de la tarde. Había sólo una persona que no iba nunca: el Señor Alcalde.

        El padre Andrés se dirigía siempre a todo el pueblo, sin mencionar nunca que faltaba uno. A ese uno lo seguía viendo todos los días a las tres de la tarde, la hora de la partida de ajedrez. Después de comer le visitaba, y su hija Amparo les servía el café a los dos. Ella le contaba alguna cosa mientras su padre terminaba de asearse. Era una muchacha triste, aunque nunca le dijo a qué se debía su tristeza.

        Durante las partidas de ajedrez se contaban su vida, aunque la mayor parte del tiempo estaban callados, concentrados, porque ambos eran muy buenos jugadores, aunque aficionados. Así, unidos por ese interés común de la estrategia y el juego, se fueron haciendo amigos. Hasta que un buen día el alcalde le contó algo extraño, muy extraño:

    —¡Jaque al rey!—, le dijo triunfante, por tercera vez desde que se conocían. Las otras dos veces el cura había revertido la situación y convertido en mate en tres y dos jugadas, respectivamente. Ahora le costará darme mate en una jugada, que es lo que le toca, pensó el alcalde con ironía.
    —Hoy está usted inspirado, Señor Alcalde—, le dijo el cura con sorna.
    —No siempre voy a salir perdiendo con los curas...
    —¿Perdiendo? ¿Ha hecho usted algún mal negocio con alguno de mis colegas?
    —Demasiado—, dijo el alcalde poniéndose muy serio.
    —Parece usted tener mucho dolor en el cuerpo, Adrián—, dijo el sacerdote recostándose sobre el respaldo de su asiento. Era la primera vez que el cura usaba el nombre de pila del alcalde.
    —¿Dolor ha dicho? Aún me cuesta dormir por la noche.
    —Su mujer...
    —¿Cómo sabe usted que se trata de mi mujer?
    —Es lógico. Su hija le cuida, pero ella le mira con reproche, y usted no le devuelve la mirada. Quizá ella le culpe por la muerte de su madre...
    —¿Muerte? Ojalá. Pero no, padre. Con un crimen ya agoté mi cupo. A ella la eché del pueblo.
    —¿Mató usted a su amante?
    —Sí, Andrés. Era un cerdo. Se llevó lo mejor de mi vida...
    —¿Cómo lo mató?
    —Los sorprendí en mi cama. Le di un golpe en la cabeza a aquel desgraciado con los dos puños y le rompí el cuello.
    —¿Y tu esposa, hijo mío?
    —Yacía debajo de él. Me miró con el pánico en el rostro. La vi como a una extraña. La agarré por el pelo y la arrastré fuera de la cama, la puse en pie y le tiré su ropa encima; le puse una maleta delante y le dije: ¡Fuera del pueblo! Si te vuelvo a ver, te mataré.
    —Y se fue.
    —Sí. No habría soportado verla de nuevo.
    —¿Y quién era el amante de tu mujer, Adrián?—, dijo el cura con toda la dulzura de que era capaz.
    —Su predecesor, padre.
    —¡El Padre Fulgencio!
    —El mismo. Pobrecillo. Me volví loco, padre. Ahora ya sabe usted por qué no voy a misa. Maté a un hombre de Dios, y por eso Dios no me quiere a su lado. Si voy a ir al infierno, ¿para qué molestarme en ir a la iglesia?
    —Hijo, Dios no te condena. Dios te quiere.
    —No, padre, maté a su hombre, y por eso este pueblo ha estado tanto tiempo dejado de su mano. Cinco años.
    —Pero me ha mandado a mí. Dime, ¿cómo es que no se supo tu crimen, hijo?
    —Esperé a la noche y me llevé el cuerpo a la piara de Cristóbal, a dos kilómetros del pueblo. Cristóbal va por allí sólo dos o tres veces por semana, y siempre de día. Tuve tiempo de cortar el cuerpo a hachazos e írselo dando a los cerdos, que se lo comieron entero. Luego quemé su ropa y tiré las cenizas en la propia pocilga, donde se mezclaron con el resto de la porquería.
    —¿Nadie preguntó por el cura?
    —Nadie se lo explicaba. Cuando me preguntaron, dije que sabía lo mismo que los demás. Nadie relacionó eso con la ausencia de mi mujer, que dije que había ido a cuidar a su madre, que estaba muy enferma.
    —¿Y era verdad?
    —No. Sus padres habían muerto, pero eso no lo sabía nadie. Ahora lo sabe usted, y supongo que su conciencia le obligará a dar parte a las autoridades.
    —No, hijo mío: sabes que no puedo contarle esto a nadie. Entendí que te estabas confesando conmigo, y esto ya es secreto de confesión. Te puedo aconsejar que te entregues a la justicia, pero no denunciarte. Pero creo que ya has pagado demasiado tu pecado. Si yo te denunciara, el que iría al infierno sería yo.
    —¿Cómo es eso? No ha dicho usted esas cosas raras que dicen los curas al confesar.
    —No quería que te espantases... Ya dije mentalmente Ave María purísima; hijo, ¿de qué te acusas? Y tú te acusaste de todo eso.

        El alcalde se quedó mirando al cura fijamente. Al final exclamó:

        —¡Bueno, ya da igual! Por fin se lo he podido contar a alguien. Me siento mejor.
    —Ego te absolvo pecatus tuis in nómine Patrem, et Filiius et Spiritu Sancto. Amen1, dijo Andrés haciendo la señal de la cruz.
    —¿Qué?—, dijo el alcalde.
    —Que Dios te ha perdonado, hijo. Yo tengo ese poder, el de perdonar de parte de Dios. Tu arrepentimiento es sincero y ya has pagado con tu penitencia.
    —¿No me va a poner nada más de penitencia?
    —Sí: que vengas a misa esta tarde a las siete y comulgues. Te hará bien, hijo mío.
    —El pobre Padre Fulgencio...
    —Era un hombre de Dios, aunque pecase. También él te ha perdonado.
    —¿Seguro?
    —Claro. Ahora sólo te falta tu perdón.
    —¿Quién más me tiene que perdonar?
    —Tú, hijo mío. Tú te tienes que perdonar. Sí, pecaste gravemente, pero no es el fin del mundo. Tú no eres el centro del universo.
    —Padre...., eso..., eso no lo había pensado nunca.
    —Te has castigado demasiado, sin ser quién ni tener por qué.
    —Pero, padre, quité una vida...
    —Tres. La de Fulgencio, la tuya, y la de tu mujer, que no sabemos si vive. Pero no importa: Dios ya te ha perdonado, hijo. Tampoco yo te juzgo. Vete y no peques más—, dijo Andrés levantándose. Miró el reloj y agregó: —O mejor me voy yo, que ya es tarde. Nos vemos en misa.

        Aquella tarde a las siete todos se extrañaron al ver que aparecía el alcalde por la puerta de la iglesia. Normalmente se descubría al pasar por delante de la puerta, a cualquier hora del día, hubiese oficio religioso o no. Pero esta vez se descubrió y penetró en el templo con el sombrero en la mano, se adentró hasta la primera fila de bancos, y se sentó en el asiento que daba al pasillo, en silencio. En su homilía el cura no hizo referencia al alcalde ni tampoco dijo ya estamos todos ni nada parecido, sino que habló de la Parábola del Sembrador. Luego dijo que había recibido una comunicación de sus superiores llamándole a la capital, y que no sabía cuándo iba a volver, aunque era posible que enviaran un substituto hasta que él volviera.

        Cuando todos habían comulgado, mientras oraba cada uno en su asiento, el Padre Andrés hizo una reflexión en voz alta sobre los caminos insondables que llevaban a Dios. Cuando dio por terminada la misa y cruzó la puerta de la sacristía, todos se fueron. Menos uno. Cuando Andrés iba a apagar las luces, vio al Alcalde allí, sentado en la primera fila, aparentemente meditando.

    —¿Se encuentra bien, Señor Alcalde?—, le dijo tocándole el hombro. Pero se dio cuenta enseguida de que su mirada estaba fija mirando hacia adelante, sin vida. El pobre hombre había muerto.

        El Padre Andrés se encaminó a la sacristía y tocó la campana a duelo.

        El pueblo entero acudió, y prepararon al Alcalde para su último viaje, y le acompañaron hasta el cementerio del pueblo, cerca del lugar donde había desaparecido el cuerpo del pobre don Fulgencio, la piara de Cristóbal.

        Al día siguiente el Padre Andrés dijo su última misa, de difuntos por el alma del Alcalde, y recordó que ese mismo día se ausentaría del pueblo, y que esperaba que tratasen a su substituto con tanto cariño como a él mismo.

        Pero no mandaron a ningún substituto: dos días después de faltar Andrés, apareció el Padre Anselmo, párroco titular, excusándose por haber tardado una semana en llegar.

    —Es una lástima, padre. Ahora entendemos por qué el Padre Andrés decía que él no era párroco, sino coadjutor. Era su ayudante—, le dijo el alcalde accidental, Cristóbal el de la piara.
    —¿Mi ayudante? Nadie me informó que iba a tener un ayudante...

       Todo el mundo le hablaba maravillas del excelente Padre Andrés, un ser que no parecía de este mundo... Hasta había conseguido convertir al hombre más ateo del pueblo, y justo a tiempo, el día mismo en que murió de un infarto repentino. Y luego se había ido hacía sólo unos días, pero le echaban tanto de menos que parecían años los que ya faltaba de allí.

       Por fin el Padre Anselmo recibió un comunicado del obispado de Oaxaca sobre su predecesor, al que quería preguntar algunas cosas de su feligresía. Pero el escueto mensaje llenó de estupor al prelado:

    En esta diócesis no figura, y nunca ha figurado, ningún Padre Andrés. Ha de haber algún error.

    Murcia, a 19 de febrero de 2014
  4. Ala de ángel. Klaku por esperanta versio. Click for English version.
  5.    Ala de ángel —¡Pero yo no puedo ver a Dios!
    —¿Me ves a mí con la luz deslumbrante del primer día, Aruel?
    —No.
    —¿Sabes por qué?
    —No. Pero esa no es la cuestión.
    —Sí que lo es. Mira: tú no me ves a mí con la luz deslumbrante del primer día, porque ya no eres un ser obscuro. Has sufrido, durante muchos años sufriste porque no sabías quién era tu padre. Luego te separaste de tu madre por amor a Dios. Y fuiste un buen sacerdote, de los que hablan con Dios de verdad todos los días. ¿Acaso crees que Dios no te escuchaba? No te ha quitado el ojo de encima durante toda tu vida. Y hoy lo verás.
    —Pero es que yo no soy digno...
    —Mucho has cambiado desde que eras El Rey del Mundo, ¿te acuerdas?
    —Por eso…, por eso…
    —Ya sé: fue hace dos vidas. Un segundo para nosotros.

        Cuando Aruel vio a Dios se quedó sin habla. Tampoco Dios le habló. Pero lo notó. Notó mucho amor.

        Amó mucho. Cuando volvió se encontró con Muriel, que le presento a Uriel y se despidió de él:
    —Sé bueno, Aruel. Piensa que todo sucede para que progreses adecuadamente.
    —Sí, Muriel. Te veré más tarde, espero.
    —Los ángeles nos vemos siempre, Aruel. Basta que pienses en mí para que yo esté contigo. Y Dios con todos nosotros. Porque ya lo has visto, ¿verdad?
    —Sí.
    —No se come a nadie.
    —Ha sido maravilloso. ¿Y sabes lo mejor? Ya lo había visto.
    —Claro que sí. Porque está con nosotros siempre. En todas partes. Allí donde hay amor, está Dios. Y el amor impregna todo el universo.

        Cuando ya Muriel no estaba con ellos, Uriel le explicó que ahora tenía una misión:
    —¿Ves aquella mujer?
    —¿La que anda con dificultad?
    —Sí.
    —Pobrecita. Está muy embarazada.
    —Tu misión es cuidar al ser que lleva dentro. Nacerá dentro de unas horas.
    —¿Y qué tengo que hacer?
    —Lo sabrás en cada momento. Ante la duda, ora. Dios te sugerirá lo que quiere que hagas con ella. Eres el Ángel de la Guardia de la niña que va a nacer.
    —¿Y..?

        Pero ya Uriel no estaba con él. Lo había vuelto a traer a aquel mundo, el que estaba en la periferia de aquella galaxia en forma de lenteja.

        Junto a aquella mujer, que se llamaba Ana, había un ser como él.

    —¿Hace mucho que eres ángel de la guardia?
    —No sabría decirte. Los ángeles no tenemos edad. Tú debes ser nuevo.
    —Sí, se me nota, ¿verdad?
    —Me llamo Yunel, y me asignaron a este ser cuando nació, hace veintitrés años.
    Veintitrés, pensó Aruel, esa era mi edad cuando me mataron...
    —Te encarnaste...
    —Sí. Me llamo Aruel. Fui cura párroco.
    —No todos tenemos esa suerte. He visto a esta mujer hacer tantas tonterías que me he dicho que si yo estuviera en su lugar no haría ninguna.
    —Las harías igual. Yo incumplí todos mis buenos propósitos. Pero tienes razón, al ser humanos progresamos mucho, porque son tan torpes que no serlo del todo ya es mérito nuestro.
    —Pues si has sido humano podrás guiar a tu niña mucho mejor que yo, que nunca lo he sido.
    Diez horas después Ana entró en parto. Su marido llamó al médico, y pronto había varias personas alrededor de la cama. Con mucho esfuerzo la mujer trajo al mundo a su niña, una criatura llorona, rosada, pequeña.

        Aquella familia no tuvo más hijos. La niña creció como niña única, siendo mimada por todos, y haciéndose su santa voluntad. Su padre tenía negocios y estaba siempre fuera, pero el tiempo que pasaba en casa estaba jugando con su niña, y se le caía la baba con ella. Hasta los dieciséis años de edad se la sentaba sobre las rodillas, pero a esa edad ella sintió que la atracción por los hombres no tenía nada que ver con el cariño de hija hacia su padre y empezó a sentarse sobre las rodillas de otros con otra finalidad.

        Cuando conoció a Robustiano la cosa llegó un poco a más, y la coquetería con que dominaba y controlaba a sus amigos masculinos la colocó en una situación que le llevó a perder la virginidad. Aquello la trastornó durante unos días, hasta que se dijo que así era la vida, y siguió con sus escarceos amorosos con Robustiano, el chófer de la familia, tan apuesto, tan guapo y tan sexy.

        Por aquella época había un pretendiente a su mano, que les gustaba a sus padres porque tenía mucho dinero, y una hacienda a cuarenta kilómetros de allí, cerca de San Pablo Huitzo, donde tenía su residencia. Los padres dudaban, porque le doblaba la edad a su hija, que aún no tenía los dieciocho años. Pero cuando la vieron tontear con el chófer, la paciencia de los padres llegó a su límite: despidieron al empleado, y luego, al saber que se le había retirado el periodo, decidieron casarla con su pretendiente. En el término de un mes estaba traspasada la muchacha con el paquete que llevaba dentro.

        Adrián Salobre recibió la noticia encantado. No se planteó el cambio de planes, porque en realidad nunca fue consciente de tal cambio: le dijeron que lo habían estado pensando, y finalmente habían comprendido que era mejor que su hija estuviera recogida con un hombre de bien que ya tenía su posición consolidada. Él también estaba deseando casarse, pues a los cuarenta años ya estaba bien de vivir solo, y habiendo visto a esta muchacha en una fiesta a la que fue invitado por un amigo, había hecho que se la presentaran, le pidió permiso a sus padres para bailar con ella y le había gustado su forma de moverse y de hablar. Y el tacto de su mano. Cuando les había pedido formalmente su mano, el padre le había dado largas, quizá esperando casarla con algún partido mejor. Pero finalmente le había enviado una carta comunicándole que habiéndose informado de que se trataba de un hombre bondadoso y trabajador, tanto su esposa como él bendecían su unión con su hija, y le invitaban a visitarles para concertar la fecha del enlace, toda vez que su hija ya estaba en condiciones de casarse y ser una buena ama de casa hacendosa y cariñosa.

        Adrián tenía mucha experiencia con mujeres: prostitutas y alguna que otra viuda, así como dos o tres novias, hacía mucho tiempo, con las que no llegó la relación nunca a buen puerto. Pero quiso sentar cabeza con esta muchacha tan bonita, rabiosamente morena y sin embargo con la piel tan blanca. Desde el principio ella fue muy cariñosa y obediente, como debía ser una buena esposa católica y tradicional, bien educada. Ella sólo tenía la experiencia de Robustiano, pues todo lo anterior había sido simples coqueteos sin ninguna importancia. Adrián la trataba con cariño y delicadeza, y cuando estaba con ella lo hacía suavemente y sin prisa, no como el canalla del chófer, que le había causado dolor la primera vez, dolor que ella recordó cada una de las otras veces, pues él iba a su satisfacción personal sin preocuparse por ella. Pero Adrián invertía gran cantidad de tiempo en la previa, y la miraba, la besaba y le hablaba con mucho cariño. Ella lo recibía de tal forma que no era penoso el acto, pues cuando se salía de ella era cuando de verdad notaba que había estado dentro y le había dado placer. Un mes después de la boda le informó de que no le habia venido el periodo y que sospechaba que estaba embarazada, lo que se corroboró cuando al mes siguiente tampoco lo tuvo. Y así, siete meses después vino al mundo Amparo, que recibió el nombre de su abuela paterna.

        Desde que era pequeña Rosa, Aruel había estado pendiente de ella día y noche. Por alguna extraña razón su pupila le recordaba a alguien. La acompañó durante todos sus años de colegio sin perderla de vista ni un minuto. Cuando ya era una señorita seguía con ella observándola de día y hablándole de noche, aunque ella conservaba sólo un vago recuerdo de las cosas que le decía. Él la intentaba influir en sus sueños, pero ella era muy novelera y le gustaba probar todo lo nuevo. Por eso aquel sinvergüenza de Robustiano pudo engañarla para hacerle el amor y dejarle su semilla dentro, quizá con la idea de hacerle el hijo y que sus padres la obligaran a casarse con él, idea a la que ella sí estaba dispuesta, pero no así sus padres. Los primeros no sabían que a los segundos les había hecho una propuesta un rico hacendado de un pueblo cercano, Adrián Salobre, que había entrado en escena y sería el que se la llevar a San Pablo de Huitzo, un viejo pueblo de la Sierra.

        En ese pequeño pueblo había mucha historia, pues databa de varios siglos anteriores a la llegada de los europeos al continente, pero había muy poco que hacer. A Rosa le gustaba la equitación, la lectura y la escritura, actividades estas dos últimas en las que invertía mucho tiempo, ya que pronto tuvo que renunciar a la primera por su estado de buena esperanza. También era una gran conversadora, de esas que no dicen nada pero a las que se les entiende todo. Aunque no todos.

        Pues ocurrió que cuando ya su hija Amparo tenía quince años, y por lo tanto su madre contaba treinta y cuatro, llegó al pueblo un curita joven, el Padre Fulgencio, que estaba aún despertando a la vida a sus veintitrés años. Amparo se enamoró de él a primera vista, lo cual es comprensible porque ella era apenas una adolescente, y él el hombre más joven de toda la comarca. Rosa, a su vez, se interesó por el cura, viendo en él a un hombre más que al Siervo que Dios les enviaba para la cura de sus almas aburridas y quizá pervertidas.

        En el pueblo había un pequeño ateneo donde se daban conferencias, a veces por parte de algún invitado de fuera, que podía ser un político, un literato o cualquier otra personalidad; pero otras veces se ofrecía alguien de la propia localidad, como el maestro o el médico. Por eso cuando don Fulgencio llegó al pueblo, lo más natural fue invitarlo a hablar sobre la Teoría de la Evolución de Charles Darwin, que tanto estaba dando que hablar por aquellos años entre las clases cultas del país.

        La charla de este cura joven y aparentemente inexperto causó sensación, pues en lugar de dar una larga perorata condenatoria basándose en el primer libro de la Biblia, el Génesis, dio una breve exposición de lo que la teoría del sabio británico decía, recalcando que era una teoría que merecía la pena discutir desde la razón y desde la fe, que no estaban necesariamente en desacuerdo porque, en el fondo, eran lo mismo. Su charla duró veinte minutos, al final de los cuales afirmó que no era una charla, sino una introducción al problema para recordar la teoría, y que lo interesante sería el debate que invitaba a los asistentes a mantener en el resto del tiempo asignado a la conferencia. El médico, que recientemente había dado una charla prolija y detallada sobre ese mismo tema un mes antes, y por lo tanto había sido pesado y la gente se había quedado casi sin entender nada, fue el primero en preguntar. El maestro también le preguntó algunos aspectos didácticos de esa teoría, pero sobre todo el Señor Alcalde fue el que se interesó por el tema, en calidad, según dijo, de ateo practicante. La reacción del cura joven fue al menos chocante cuando Adrián le desafió directamente:

    —Dígame, Padre: ¿Cómo puede usted hablar de Dios como si lo hubiera visto? ¿Le ha visto usted de verdad? Recuerde que uno de sus mandamientos prohíbe mentir...
    —Pues no, don Adrián. Le voy a contestar a la inversa, lo último se lo diré primero: No, mi religión no me prohíbe mentir.

        El público asistente inició un revuelo de cuchicheos, como si lo que acababa de decir el pobre cura fuera una auténtica herejía, hasta para los ateos del lugar, para alegría de Adrián. ¿Este cura era imbécil?

    —Ejem..., perdonen ustedes: como les decía, la Religión Católica no prohíbe mentir, ni matar, ni robar, ni usar el nombre de Dios en vano, como tampoco prohíbe desear a la mujer ajena. Sería absurdo prohibir un deseo, porque en el corazón no se puede mandar. En esas frases de futuro negativo no se ha de ver prohibición alguna, sino lo que es: futuro. No matarás, por ejemplo, porque aunque uno de ustedes saque una pistola y me mate en este momento no me matará a mí, sino a este cuerpo. Significaría sólo que Dios me llama consigo, y ha decidido que este pueblo ya no se merece que un sacerdote se preocupe de velar por sus almas. Si uno de ustedes se apodera de lo que no es suyo, en realidad no puede tenerlo y disfrutarlo, aunque puede hacer mal uso de ello. Porque la verdadera riqueza no está en el dinero ni en las cosas materiales, sino en lo que hay en el corazón de cada uno de nosotros. Y eso, bueno o malo, sólo podemos dejar de tenerlo o acrecentarlo cada uno de nosotros por voluntad propia. Nos podrán quitar todo, pero sólo las cosas materiales. Las cosas que de verdad nos llevaremos a la otra vida cuando vayamos, nuestra virtud, nuestra culpa, nuestra satisfacción, nuestro remordimiento, nuestro gozo, nuestro dolor, todo eso es lo que de verdad es nuestro y nadie, ni siquiera Dios, nos lo puede quitar. Por eso Dios nos pide cosas, pero no nos las quita ni nos obliga. Los bienes materiales son algo que nos encontramos cuando nos tomamos el trabajo de ir a buscarlos… Las usamos, pero no las poseemos aunque diga eso en un pedazo de papel.

        El Padre Fulgencio hizo una pausa para tomar agua. Todos estaban pendientes de sus palabras y se habría oído el vuelo de una mosca si la hubiera habido allí, pues en aquella sala atestada de gente nadie se movía ni para toser.

    —Y llegamos a la pregunta principal, don Adrián. Me alegro de que me la haya hecho, pues no pensaba yo hoy hablar de Dios en mi primera intervención fuera de la iglesia. Pero está de Él que hable de lo poco que yo le conozco. Me pregunta usted que si le he visto, que por qué hablo de Él con tanta familiaridad. Pues sí, señor, le he visto. No sólo le he visto, sino que lo estoy viendo en todos ustedes ahora mismo. No olviden que él los hizo a ustedes a su imagen y semejanza. Aunque no iguales. Dios no tiene el miedo a la muerte que tienen ustedes. Dios no tiene ansia de valores materiales (dos palabras que no van bien juntas). Dios no es cruel. Pero todos y cada uno de ustedes pueden llegar a Dios. Él no les va a despojar a ustedes de nada, pero sí les pide que se despojen ustedes de sus miedos, de sus ansias por el poder y la riqueza, pues la riqueza de verdad, el poder de verdad, es algo que sólo les puede dar él a ustedes. Lo tomen ahora, o lo tomen después. Cuanto antes aprendan ustedes a confiar en Dios, despojándose de todo lo que les separa de Él, antes disfrutarán ustedes de Él.

        »Ah, y se cuestionaba usted sobre la mentira: No mentirás. Bueno, usted puede mentir, pero si usted miente los demás acabarán sabiendo la verdad, y no le van a creer más, y se cumplirá lo que Dios le dijo a Moisés: No mentirás. No mentirás porque no será posible. Es como si le hubiera dicho: No volarás, o No te irás nadando desde Méjico hasta España. Son cosas que son simple y puramente imposibles de realizar. Pero sí hay una cosa que todos ustedes pueden hacer: ver a Dios. Aprendan a verlo en cada uno de sus semejantes.

    —Entonces, Padre—, intervino Rosa, —Si usted puede ver a Dios, ¿qué aspecto tiene? ¿Nos lo puede describir?

        El cura reparó por primera vez en la bella Rosa, pero la miró con lástima.

    —Doña Rosa. ¿de qué color es la nota Re? ¿Qué clase de ruido hace el color rojo? ¿Es capaz usted de decirme en qué se diferencia el sabor de una bella escultura del de un trozo de piedra cualquiera? Cada sentido tiene una información diferente, y por eso Dios no tiene una forma que yo le pueda describir. Dios está en el aire que inunda su cuerpo y en el de cada uno de ustedes. No todos podemos percibirlo, al igual que un sordo no puede oír música, ni un ciego puede interpretar una pintura. Yo no lo veo siempre, aunque ahora yo veo que su luz de usted, doña Rosa, es amarilla, el color del Sol. Su aura, esa luz que rodea su figura y que sale de dentro de ella, es del color de nuestra estrella, y eso me informa que sus intenciones son hermosas. Otras auras me indican otros sentimientos, otros colores, otras intenciones...

        Don Fulgencio hizo una pausa, y continuó:

    —Por eso yo sé que Dios está aquí. Dios está en todas partes, pero lo siento aquí hoy de un modo particular. Y me dice que pronto va a ocurrir algo importante en esta población. Algo que quizá sólo vean dos o tres de ustedes, pero que será importante en la historia de este pueblo. No, no puedo mostrarles una fotografía de Dios, pero en cada cosa buena que hagan ustedes, o vean hacer a otros, se ve a Dios. Igual que yo les puedo decir: Miren ustedes qué lápiz tan hermoso tengo aquí—, les dijo mostrando un pequeño lápiz que siempre llevaba consigo, —y ustedes ven con el mismo sentido que yo este lápiz que les muestro, ustedes pueden sentir a Dios con el mismo otro sentido que yo, pueden ustedes sentir a Dios con el corazón, tal como yo les invito a sentirlo.

        Calló el cura y las preguntas que le siguieron fueron las clásicas de que Si Dios es tan bueno, ¿por qué permite el hambre y la injusticia en el mundo?, y otras similares que evidenciaban que lo que las hacían no habían estado muy atentos a las respuestas anteriores, ni a la propia charla inicial del cura, que había versado sobre la aparición del hombre en el mundo y de la lucha por la vida, quedando siempre los más aptos para este mundo, habiéndose tenido que ir los que no lo eran, continuando aquellos su andadura sobre el planeta sin haber hecho ninguna referencia a Dios en toda su breve introducción, hasta que Adrián Salobre le había hecho esa primera pregunta arriesgada.

        Finalmente, dos horas y media después se dio por finalizado el acto, aunque antes de despedirse Doña Rosa le invitó a visitarles a ellos a su casa, especialmente a ella, que quería hacer una confesión general. El cura le dijo que estaría encantado en visitarles al día siguiente.

        Confesó a la pequeña Amparo primero, que en realidad no tenía más pecados que una imaginación desbocada típica de jovencita quinceañera. Adrián no estaba, y además no se hubiera confesado, pues estaba convencido de que Dios era una patraña inventada por los curas para hacer negocio. Y Doña Rosa tuvo una larga Confesión General en que le dijo al cura cosas importantes, pero que él escuchó y pronto olvidó, porque él sí creía que el que estaba allí no era él, sino Dios.

        Lo que Doña Rosa le estaba contando era un cuadro distorsionado de una historia bonita: la muchacha aburrida que no asume que es la feliz esposa de un hombre bueno que la quiere, que es la dueña de las mejores y mayores tierras de la provincia, que tiene una hija maravillosa que pronto le hará preocuparse de con quién se casa, de si es feliz, si lo va a ser con el marido que sus padres le busquen, o si la dejarán que se la lleve el primer Robustiano que la quiera. A Rosa le daban miedo dos cosas: que su hija fuese infeliz como ella o que fuera pobre y miserable, aunque feliz.

        Don Fulgencio la escuchó con atención, pero lo que le contestó no le gustó mucho a la rica aburrida: ¿Por qué no lo deja todo en manos de Dios? Lo que tenga que ser, será, y su hija será lo más feliz que pueda serlo según las decisiones que tome.

        Eso no le gustó porque a ella le parecía que su vida había llegado a ser tan aburrida por culpa de las decisiones que habían tomado por ella: Robustiano la había desvirgado, y sus padres la habían casado con alguien a quien ella no quería.

    —Hija, quizá un nuevo hijo pondría las cosas en su sitio.
    —Quizá, Padre, pero Dios no me lo da. Y lo intentamos todas las noches.
    —¿Lo intentáis los dos, o sólo él?
    —Él, Padre. Yo no quiero parir otra vez.

        Pero en realidad Rosa no le confesó pecado alguno: ella protestaba mucho, pero luego era obediente, cumplidora, responsable. El Padre Fulgencio le dio la absolución a todos los pecados confesados y a los olvidados, pues la sabía dispuesta a enmendarse en cuanto se acordase de ellos, si es que tenía alguno que recordar.

        El Padre Fulgencio visitaba a la familia con regularidad, confesaba a las mujeres y obtenía limosna del hombre con la que podía ayudar a los necesitados de la parroquia. Todas las semanas recibían alimentos y palabras de consuelo del párroco, que también les conseguía trabajo ocasionalmente.

        Las tareas de su apostolado le absorbían cada vez más, hasta el punto de que ya no podía acudir él a casa de sus feligreses, y eran estos lo que tenían que ir a verle a la iglesia.

        El cura los recibía en la sacristía, donde podía entrar cualquiera sin anunciarse, pero la gente de aquel pueblo era tan respetuosa que si oía voces dentro no entraba hasta que el causante de ellas salía. En una de esas visitas Rosa descubrió sus cartas:

    —Padre: ¡lo quiero!

        Eso cogió de sopetón al Padre Fulgencio, tanto que se quedó atónito, sin poder reaccionar. Ella tomó esa pasividad como aceptación y se le sentó encima. Pero él estaba pensando que aquella hermosa mujer tenía doce años más que él, y podría ser si no su madre, al menos una tía suya, y que no estaba nada bien estar allí, debajo de ella. Además ella tenía marido, y una hija más en edad de ser su amante que ella. Y metió la mano bajo su falda para rechazarla, pero ella gimió al notar que él le tocaba el muslo. Ella le desabotonó la sotana y el pantalón y asió su hombría, que despertó como un torrente en cuanto ella la absorbió con su sexo goloso. Antes de que se diera cuenta, ya había esparcido su semilla en el vientre de aquella mujer. ¿Sería un sacrilegio haberlo hecho en la sacristía, lugar sagrado, por parte de un siervo de Dios en el seno de una señora casada por la iglesia que acaso podría ser su madre? Cuando llegó él a su culmen y ya no podía aguantarlo más, ella se le abrazó y le dijo: ¡Ay, Fulgencio, me has llevado al Cielo! Te quiero, te quiero, te quiero.

        Él se sorprendió a sí mismo diciendo:

    —Rosa: te quiero.

        Ella le miró con agradecimiento y arrobo, como nadie lo había mirado nunca, y no encontró nada malo en ello. Ella parecía feliz, nunca la había visto tan feliz.

        En los días que siguieron ella lo visitaba dos veces por semana, en las que primero hacían el amor y luego la confesaba. Él no tenía ningún problema porque sabía que lo que estaban haciendo era en nombre del amor, y Dios es amor. Por eso el amor de ellos no era pecado.

        Cuando el esposo, que nunca comprendería la dimensión del amor que se le escapaba a su esposa, salía de viaje, el Padre Fulgencio visitaba a su feligresa mientras su hija estaba en el liceo. Y así ocurrió durante tres meses, hasta que un día don Adrián volvió inopinadamente a casa de un viaje abortado por una indisposición repentina que le sobrevino. Al encontrar a su esposa desnuda en su cama debajo de un hombre que no era él, le dio un ataque de locura y golpeó a aquel desaprensivo con ambos puños en el occipucio, con tan mala suerte que le rompió el cuello. Preso de ira expulsó a Rosa de la cama, de su casa, del pueblo y de su vida para siempre, con la amenaza de que si la volvía a ver, la mataría.

        Aruel tuvo la impresión de que aquello era un deja vu. Acompañó a Rosa, que entró el comedor con lágrimas en los ojos, con su maleta, y sin decir nada pasó junto a su marido, que le daba la espalda. Y cerrando la puerta con suavidad, salió de la casa con la certeza de que era la última vez que lo hacía.

        Allí arriba, mientras Rosa salía del pueblo sin que nadie la viera, Adrián le daba la vuelta al cadáver y descubría la identidad de la persona a la que había asesinado minutos antes en un rapto de ira, y se imaginó dejado ya de la mano de Dios, al reconocer la cara de su representante. En ese momento Aruel volvió de un salto a la habitación del asesinato para intentar consolar a aquel hijo de Dios. Pero se encontró con Yuniel, el guardián de Adrián, que le dijo:

    —Hermano, tu sitio no está aquí. Ya te has ido con Mu­riel y ahora tu misión es Rosa, no Adrián. Yo estoy aquí con él. ¡No la dejes sola, por Dios!

        De un salto volvió a don­de había dejado a la mujer. Estaba ella en el borde de un desnivel de terreno de cuatro metros, con la maleta pendiente de su mano, considerando si saltaba o no. La detenía sólo el pensamiento de que la vida que llevaba dentro no tenía la culpa de nada...

        ¡Ni se te ocurra!, le suspiró al oído mientras ella dejaba su mente en blanco. El padre de tu hijo vivirá mientras el niño viva y tú le recuerdes a él. No los mates a los dos. Y tú aun puedes ser feliz. Tu marido puede que te perdone. O puedes hallar la felicidad con otro hombre. O siendo la madre feliz y dedicada del hijo de Fulgencio. Venga, no seas tonta, date la vuelta y regresa a Oaxaca, a la casa de tus padres. Mira, por la carretera se acerca una diligencia. Te acercará a la capital sin preguntas, pues viene vacía.

        Rosa suspiró, soltó una carcajada llena de lágrimas. Dejó la maleta en el suelo, sacó un pañuelo del bolso, se secó las lágrimas y se sonó sonoramente. Después se lo guardó, cogió su maleta y anduvo con paso resuelto hacia la carretera. Allí se sentó sobre su maleta de madera, y esperó sin pensar en nada, totalmente quieta, como si fuera una roca más del paisaje. Diez minutos más tarde Antonio, el conductor de la diligencia, frenó al verla.

    —¿Va usted a Oaxaca, señora?
    —Sí, por favor. ¿Me puede usted llevar?
    —Claro. Voy vacío. No le cobraré nada, señora. Suba.

        Ella abrió la puerta y subió. Llegó a su casa, que había heredado de sus padres hacía unos años, a media tarde. No había comido, pero tampoco tenía hambre.

        Al día siguiente fue al banco de su padre, a ver si le podían ayudar, o dar un trabajo, pues su padre siempre estaba hablando de Mi banco, en el que tenía todos sus ahorros. Seguramente el director le echaría una mano para vender la casa y así poder vivir unos años al menos, o bien a organizarse para el resto de su vida. Pero se llevó una sorpresa al comprobar que cuando su padre hablaba de su banco estaba hablando con la mayor propiedad del mundo: el banco era suyo, de su propiedad, y sí, tenía casi todo su dinero allí, dentro de su propio banco. Y el de casi toda la población de Oaxaca y comarca. Viéndose dueña de su casa y de un banco, dejó que todo fluyera su curso y se dedicó a llevar bien su embarazo, con la ayuda de María Andrea, una sirvienta que le recomendaron en la parroquia más cercana. Decidió romper con la tradición: su hijo llevaría sus dos apellidos, y no el de su marido. Si era niña se llamaría Jazmín, y si era niño, Jacinto, para que así su casa fuera un jardín de bondad y buen ambiente. Cuando llego el momento, Andrea hizo venir al doctor Martín y a su enfermera, y el pequeño Jacinto vino al mundo en la intimidad del hogar. Sin problemas económicos, la vida de Rosa discurrió sin muchos incidentes, fuera de la repentina muerte de su aún esposo Adrián Balsalobre, cinco años después. Avisada con urgencia, aún llegó a tiempo de enterrarlo y echar una lágrima y una oración por su alma. Al llegar a la iglesia se encontró con una hermosa mujer de veinte años llorando a Adrián. Era su hija, Amparo, que recibió a su madre con amor, sin reproches, y las dos lloraron juntas por tantas cosas que no necesitaban mencionar...

    —Mamá, ¿quién es esta señora? ¿Por qué estás llorando?
    —Hijo, esta es tu hermana Amparo. Hija, este es tu hermano Jacinto.

        Amparo miró a su madre, y luego cogió al pequeño en brazos, lo besó y se lo llevó afuera, donde los dos hermanos se pusieron a hablar de sus cosas. Ella se apoyó en el ataúd aún abierto, y lloró. Lloró por no haber sido más valiente, por no haber venido a ver a su marido, a su hija, a su familia, a pesar de la amenaza de muerte. Aquel hombre ya no mataría ni a una mosca, a pesar de las cosas que decía.

        Diez minutos después regresaron los dos hermanos, cogidos de la mano, pues la misa iba a comenzar.

        Por fin te veo, marido. No me mataste, y tú solo te moriste, pensó Rosa tan fuerte que los seres inmateriales la oyeron con toda claridad.

    —Rosa, perdóname—, oyó Aruel que decía una voz conocida.
    —No te oye—, le dijo Aruel. —A los muertos no nos oyen.
    —Esa voz... Yo te conozco.
    —Me mataste hace cinco años.
    —¡Tu eres el Padre Fulgencio! Y ahora has venido a vengarte.
    —Lo ultimo que hice en aquella vida—, dijo el ángel, —fue perdonarte, Adrián. Y pedirte perdón a ti. Ahora tienes que irte.
    —¿Adónde?
    —Adonde Muriel te quería llevar.
    —No.
    —¿Por qué no?
    —Porque me da miedo.
    —Mírala, Adrián, qué bonita es. Ella cree que ese niño es del Padre Fulgencio, pobrecita.
    —¿Y no lo es?
    —Adrián, ese niño es tuyo. Se llama Jacinto. Y es tu retrato clavado al niño que tú eras cuando tenías cinco años.
    Adrián se le acercó y estuvo de acuerdo:

    —¡Es verdad! Pobrecita. Mira cómo sufre.
    —Ella te quiere, Adrián. Por eso se siente muy culpable, y ahora está rezando para que Dios te ilumine. Hazle caso.
    —¿Cómo?
    —Yéndote con Muriel.
    —¿Dónde está?
    —Si me prometes que te vas con él, lo llamo.
    —Claro que sí, Padre Fulgencio. Se lo debo.
    —Ya no soy cura, Adrián. Ahora soy Aruel.
    —Pues llévame a donde está Muriel.
    —Espera.

        Aruel se concentró unos segundos, y en aquella iglesia, mientras el Padre Andrés le daba la comunión a Rosa, aparecieron dos ángeles.

    —Hola—, dijo uno de ellos. —Soy Yuniel. Ven, Zeniel—, dijo acercándose a Adrián. —Ya ha terminado tu etapa en este mundo.

        Le dio la mano, y los dos desaparecieron.

    —Nos vemos de nuevo, Aruel—, dijo Muriel. —¿Has aprendido algo?
    —Sí, Muriel. De todo ello lo más importante es que no la puedo dejar sola ni un segundo.
    —Dices bien. Casi muere.
    —No me lo perdonaré nunca.
    —Descansa, muchacho, aquí el que perdona es Dios. Nosotros sólo miramos. No te agobies. Pero sí, tienes razón: no bajes la guardia. Si Dios te hubiese querido castigar, te hubiese substituido por otro ángel mejor que tú para cuidar a Rosa. Pero creo que no lo hay, y por eso sigues tú.

        San Pablo de Huitzo, Méjico Muriel calló y miró al Padre Andrés, que en ese momento decía: Ite, missa est! Muriel le sonrió, y el cura le devolvió la sonrisa.

    —Pero...—, dijo Aruel, asombrado, —¿... él nos..?
    —Sí—, dijo Muriel. —Andrés es uno de los nuestros. Alguien de quien todos tenemos mucho que aprender. Te presento a Rafael, el Arcángel de la Curación.

    Murcia, a 25 de febrero de 2014

La pesadilla Klaku por esperanta versio. Click for English version.

    Efrén, el humilde limpiabotas. Los cuentos más bonitos son los que nos dejan un buen sabor de boca. No son necesariamente los más felices, pero sí los más tranquilos. Este cuento trata de un hombre muy tranquilo que se ve metido de lleno en un problema, sin haber hecho nada para merecerlo.

    Nuestro héroe era un modesto limpiabotas que se ganaba la vida con su modesto oficio por las calles de una ciudad de provincias. Vivía con apenas lo justo y, como muchos españoles, cada semana echaba una quiniela, y de vez en cuando compraba la lotería, allá por los años 40 del siglo pasado.

    Quiso la fatalidad que nuestro amigo Efrén, pues así se llamaba, fuese el único acertante de una quiniela de catorce resultados y le tocasen doscientas mil pesetas. Ustedes dirán que mil doscientos euros ahora son una porquería de premio que apenas da para llegar a fin de mes, pero en aquella época eso eran muchos sueldos juntos. Así, pues, don Efrén (cuando tienes dinero ya te llaman de usted en todas partes) dejó de trabajar y se decidió a viajar, a conocer a gente interesante, a leer libros que no entendía para poder decir que los había leído, a ir a conciertos donde se quedaba dormido, y a obras de teatro en que aplaudía cuando veía que los demás lo hacían.

    Sí, la vida había sido dura para Efrén, que apenas había aprendido a leer y escribir, y las cuatro reglas, literalmente: sumar, restar, multiplicar y dividir. ¿Para qué más?, se decía. Todo se reduce a eso. No obstante, él siempre sería incapaz de saber por qué no se cae un puente o qué es un soneto. Pero eso no hace falta para limpiar botas ni para ganarse la vida dignamente.

    Cuando volvió Efrén de su vuelta al mundo había visto cosas que no entendía (¿Por qué la gente no habla para que se la entienda?, se decía) pero no cabe duda de que había aprendido mucho. Y se había dado cuenta de que en todas partes la gente es parecida: hay buena gente que te ayuda si puede, y otros van a aprovecharse de ti.

    El dinero se va agotando cuando se saca del saco, pero no se repone. Y cuando vio Efrén que ya no le quedaba ni la cuarta parte de su premio, decidió que sus vacaciones habían terminado. Recuperó su caja de limpiabotas del rincón olvidado donde la había dejado, y volvió a su recorrido habitual. Aunque ya no era lo mismo: ya había disfrutado del lujo de la despreocupación de poder no saber qué iba a hacer al día siguiente. Pero había algo que le faltaba en esa vida de rico: saber que lo que hacía era importante para otras personas a las que él apreciaba.

    Por eso decidió guardar las cuarenta y cinco mil pesetas que le quedaban para pagarse un buen entierro cuando le llegara la hora. Con parte de ese dinero compró una fosa en el cementerio municipal, y luego nombró a don Andrés Segurado, uno de sus clientes más apreciados, albacea para que se encargase de cumplir con sus últimas voluntades, que dejó en una notaría de la ciudad, dándole una copia a varios de sus amigos, además de al propio albacea.

—Pero eso no te hace falta, Efrén. ¿Qué más te da lo que suceda a la envoltura material de tu persona?—, le sorprendió una voz en una ocasión, cuando estaba a punto de dormirse.

    Bueno, cuando me despierte lo pensaré, se dijo el pobre Efrén, cuando caía víctima del gran cansancio que le había causado el duro trabajo de aquel día. Ya no era el de antes, y los años le pasaban factura...

—Ven, Efrén—, le dijo días más tarde aquel ser de luz. —Ya no limpiarás más botas. Ven, te diré lo que puedes hacer.

    Porque Efrén acababa de despertar de aquella pesadilla que siempre había llamado vida.

Miguel Ángel Klaku por esperanta versio. Click for English version.

   Los dos amigos Desde que nacemos vemos que son más los ratos que se pasa mal que en los que uno disfruta. Sin embargo no hay nadie que diga que esto de vivir es una putada y que hay que largarse de aquí lo antes posible. Todos parece que celebran la vida de boquilla, pero nadie hace nada para vivirla un poco mejor, ni de modo pleno. Cada uno se pasa el rato hablando mal de los demás, como si le diese rabia que les vaya mejor que a ellos.

   Pero eso no le pasaba a mi amigo Félix. Haciendo honor a su nombre, mi amigo sí que era feliz. Siempre encontraba motivos para hablar bien de los demás, y procuraba ser tolerante y amable, y reírse con él era la norma, no lo extraordinario, como sucede con el resto del común de los mortales. No parecía de este país de envidiosos y embusteros.

    Desde que era pequeñito se fijaba en lo que hacían los demás, y les copiaba en lo que le gustaba de lo que ellos hacían. Le gustaba hablar de su amigos invisibles, hasta que un día uno de sus amigos visibles, de su colegio, le dijo que eso de los amigos invisibles era una mentira de los mayores, y no existían de verdad, sino que era como los Reyes Magos o Papá Noel, o el Ratoncito Pérez, que eran fantasías para entretener a los niños. Y entonces el dejó de hablar de su amigo invisible. Pero no de verlo ni de hablar con él cuando no había nadie más. Se llama Miguel, como su padre.

—¿Por qué tú tienes tantos amigos que riman con tu nombre?—, le preguntó un día.

    Se refería a Rafael, Nataniel, Daniel, Galadriel, Ezequiel, Uriel, Azrael, Zaniel, Afel, Abel... Pero un día lo descubrió. Fue cuando le preguntó Pedrito que por qué hablaba tanto cuando estaba solo. Que lo demás niños no querían hablar con él porque decían que estaba loco. Porque todos los locos hablan solos. Bueno, menos los que no hablan.

—Nadie te ve, Miguel—, le dijo un día, —y me pregunto por qué—. Pero antes de que le pudiera contestar, agregó: —Por cierto, todos deriváis de Él, ¿verdad?
—Sí.
—¿Y no ibas a decírmelo?
—No. Eso es algo que tú tenías que averiguar por ti mismo.
—¿Eres un ángel?
—Claro.
—Como todos los que suenan a Él.
—Sí. Pero hay otros que no riman, como Vehuiah, Malik, Metatron...
—¿Y yo lo soy?
—Lo fuiste, y lo serás otra vez.
—¿Cuándo?
—Cuando hayas hecho lo que viniste a hacer aquí.
—¿Y eso qué es?
—Yo no te lo puedo decir. Cuando vuelvas con nosotros sabrás si lo has descubierto y lo has podido hacer o no.
—¿Y tú, Miguel, lo conseguiste la última vez?
—No, no llegué a saber para qué nací.
—¿Y entonces qué te ha ocurrido? ¿Te han castigado?
—No, claro que no. No ha ocurrido nada. Me han puesto al lado de uno que siempre ha sabido lo que tiene que hacer.

    Félix cumplía al día siguiente dieciséis años. No volvió a ver a su amigo Miguel el ángel hasta que cumplió cuarenta. Para entonces ya había inventado otra vez el motor de agua, pero esta vez lo había explotado y difundido.

—Me temo, —le dijo a Miguel, seguro de que andaba por allí y le escuchaba, —que no he venido a este mundo a inventar nada.
—Así es.
—En realidad vine al mundo para descubrirlo. Para hacer que los demás hombres pudieran beneficiarse de lo que yo he vuelto a descubrir.
—Así es—, repitió el ángel.
—Eso es más difícil que inventarlo.
—Sí. Has dado en el clavo. ¿Cómo sabías que yo estaba aquí?
—Siempre has estado conmigo. Como buen compañero te callas hasta que te hablo. Porque es mi vida, no la tuya.
—Así es.
—Y además no me quieres contar nada de lo que llevamos vivido tú y yo.
—Así es. Más de una vez.
—Sí, ya lo sé. Pero no te gusta hablar de ello.
—No.
—A veces pienso, Miguel, que sólo uno de nosotros dos existe.
—Eso es lo que dicen los demás.
—Pero no estoy seguro de cuál de los dos es el que existe.
—¿Crisis de identidad?

    Felix no contestó. La conversación había llegado a un punto muerto, como si hubiera languidecido de pronto. Ninguno de los dos dijo nada durante mucho tiempo. Félix se quedó mirando el estanque en que se reflejaba su imagen. Se volvió y vio a Miguel, que no dejaba reflejo en el agua.

—¿Sabes una cosa? Esta vez no me casé. No tuve hijos, y mi vida social fue escasa. Pero tuve muchos amigos, aunque muchos más enemigos que de costumbre. Fundé una corporación para hacer coches y aviones con los motores nuevos. Usaban muy poco keroseno o gas oil. Para cuando averiguaron que no usaban ninguno, sino que lo quemaban para fingir que sí lo consumían ya era demasiado tarde: todos tenían ya un coche de agua y las compañías aéreas tenían sólo aviones de los míos. Yo sabía que eso sería la ruina de los demás fabricantes, pero era lo que se merecían. Creo que ahora ya he hecho lo que había venido a hacer aquí. El resto depende de ellos.

    Se volvió de nuevo hacia el agua. Lentamente, Miguel se le acercó por detrás, lo abrazó y se fundió con él en una sola persona.

—Era más divertido cuando éramos dos—, suspiró Miguel, el Ángel Feliz, recuperando la consciencia totalmente. Desplegó las alas, y subió al Cielo.

   Subió al cielo

La apuesta, por Gema Gimeno Giménez. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

    La única Elizabeth... Elizabeth era una mujer muy práctica. En su vida no había lugar para Dios. En realidad sólo había lugar para un valor: el dinero. Ella pensaba que todo podía comprarse y venderse.

Todos tenemos un precio, le dijo en una ocasión a su amigo James.

—¿Seguro? ¿Tú también?
—Claro. Y tú también.
—No, yo no.
—¿Probamos?
—Depende. Bueno, si es para que te conceda mis favores, te los doy gratis.
—Tonto. Eso no demostraría nada, porque es lo que estás deseando. Pero lo demostraría si conseguimos que cualquier persona que haya en este local ahora mismo, elegida al azar, estuviese dispuesta a hacer durante veinticuatro horas todo lo que uno de nosotros le dijera. Como el escéptico eres tú, lo que tú le dijeras.
—Hum. Parece una apuesta interesante. ¿Qué nos apostamos?
—Ya que tanto quieres acostarte conmigo, si ganas lo conseguirás.
—¿Y si pierdo?
—Te subastaré entre mis amigas. Durante un día tú harás todo lo que la ganadora te mande.
—No tan rápido. Si yo gano tú harás todo lo que yo quiera durante veinticuatro horas también.

    Ella sonrió. Le miró un instante y luego añadió:
—Vale. Vas a perder, así que ¿qué más me da? Si pierdo, si no encontramos a una persona en este local que acceda a todos tus deseos durante veinticuatro horas, seré yo la que lo haga. ¿Contento? Además, la minúscula posibilidad de que tú ganes la apuesta me da casi tanto morbo como lo que me cuente luego aquella de mis amigas que gane la subasta.
—Bueno, bueno, dime: ¿cómo lo hacemos?
—Dime cuál de las personas que hay aquí en este momento deseas comprar, James.
—Bueno, hay un problemilla: yo no dispongo de mucho dinero. ¿Tiene que ser con lo que yo tengo?
—Vaya, tu tacañería te va a perder, James. Yo tengo más dinero del que crees. Te puedo dejar hasta dos mil dólares. Bueno, mira: estoy tan segura de que voy a ganar que yo pondré el dinero con que compres a esa persona. Así, si pierdo, te habré financiado mi entrega de un día. ¿Eso te da más morbo?
—Claro, Elizabeth. Esto no puede estar pasando... Pero bueno, mientras dure el sueño voy a disfrutarlo. Espera, que lo decido con calma.

   El entorno de James y Elizabeth. James observó su entorno con cuidado. Allí había varios grupos de amigos, algunas personas sueltas, una bonita chica de ojos verdes que quizá esperaba a su novio, o marido, o amigos... La posibilidad de levantársela por un día le atrajo, pero al fondo, cerca de la puerta, vio un grupo de tres mujeres hermosas, una de las cuales le atrajo de modo especial. Era una pelirroja de un metro setenta, calculado a ojo de buen cubero, con las carnes justas, ni muchas ni pocas, algo coqueta, pues vestía un traje de una pieza de una tela muy suave, aparentemente seda, de color rosa claro, que se ceñía muy bien a su cuerpo, y que parecía no llevar sujetador. Su pelo le llegaba por los hombros y era muy rizado, y su tez era muy blanca, tanto que parecía una muñeca. Se preguntó si llevaba maquillaje. Bueno, sí, le parecía muy sexy desde esta distancia. Si tenía que elegir entre ella y la rubia que había a su derecha o la castaña que tenia enfrente, que también le gustaban, se quedaba con esta. Elizabeth reparó en que se fijaba más tiempo en ella que en ninguna otra persona de las que había en aquella atestada cafetería.

—¿La pelirroja, pues?
—Sí, Elizabeth. Me gustaría aquella pelirroja. No creo que me la consiguiera ligar sin pasta, y menos si va acompañada de dos compañeras.
—Bueno, ahí es donde entro yo.

    Ella se levantó y se dirigió a la mesa donde estaban aquellas tres mujeres. James vio que iniciaba un diálogo con la pelirroja en el que ella tomó un gran interés y que sus compañeras seguían con atención también. Al cabo de unos minutos Elizabeth volvió a su mesa, seguida por la pelirroja.
—James, te presento a Kath. Kath, este es James.
—Por favor, siéntate,
—dijo James, educado.
—Encantada, James. Elizabeth dice que tienes una proposición de negocios que hacerme.

    Esta chica va al grano, se dijo James.
—Sí, claro, Kath..., ¿Katherine?
—Kathleen. Pero mis amigos me dicen Kath.
—Bien, Kath. Mi amiga y yo hablábamos de que todos tenemos un precio.
—Interesante conversación.
—Elegimos a una persona al azar, y nos fijamos en ti. Por eso tengo que hacerte una pregunta: ¿tú tienes un precio?
—Depende de para qué. Si me das un trabajo, ahora que voy a perder mi empleo, y las condiciones son interesantes, te vendería mi fuerza de trabajo.
—Bueno, digamos que el trabajo es pasar veinticuatro horas conmigo y acceder a todo lo que yo te diga.

    La chica rio de buena gana. Luego respondió:
—Me temía que ibas a decir algo de eso, no sé por qué. ¿Eso incluye sexo?
—Sí, claro.
—¿Acaso te crees que soy una puta?, —dijo haciendo amago de levantarse.
—Te doy trescientos dólares.
—Vete a la mierda, —dijo levantándose, airada.
—Quinientos.

    Ella se revolvió hacia él, colérica aún, pero menos que antes, detalle que no se les escapó a ninguno de los otros dos.
—Seiscientos, —insistió James sin contemplaciones.
—No.
—Dijo ya más tranquila, pero sin marcharse.
—Setecientos.
—¿Eso incluye sado?
—Sí. Todo es todo.
—¿Puedo elegir el día?
—No. Pero lo podemos consensuar. Además, nadie tiene que saberlo.
—No es la clase de cosa que yo le contaría a nadie, y menos a mi marido. Los dos amigos se miraron. Ahora comprendían las reticencias de Kath, y su indignación.
—Me lo pensaré, —dijo Kath alejándose de la mesa.

    Elizabeth le dio una patada a James por debajo de la mesa a la vez que le deslizaba cinco Franklins en la mano, con disimulo: Te daré otros cinco mañana, pero no dejes que se vaya, que está en el bote ahora.

—Mil, —dijo James. —Pero decídelo ya. Lo tomas o lo dejas.

    Ella se volvió a sentar, y con cara de asombro, les dijo:
—Estáis locos. Y necesito el dinero... Bueno, os pongo una condición.
—Tú dirás. Pero son mil dólares.
—Mis amigas.Tienen que estar al tanto, conocer todos los detalles, saber dónde estoy y me podrán llamar al móvil en cualquier momento.
—Concedido, —dijo Elizabeth, para asombro de James. —Yo estaré al tanto, pues no quiero que él me haga trampa con la apuesta, así que tus amigas pueden estar conmigo, si quieren. James, es lo justo, ¿no?

    Atrapado en su propia telaraña, James tuvo que estar de acuerdo:
—Claro, cómo no. Al fin y al cabo no me conoces de nada.
—Otra cosa: quiero la mitad ahora. La otra mitad cuando acabemos.
—No, Kath. Tú no pones condiciones. Las pongo yo. Lo tomas o lo dejas.

    Ella le miró con cara dolida.
—Vale, Jefe. Temprano empiezas a mandar.

    Aquello le hizo gracia a James, que, apiadado, concedió:
—Toma, te doy doscientos dólares para que veas mi buena voluntad.

    Le estrechó la mano a la mujer, depositándole en la palma desde la suya dos franklins con disimulo. Era la primera vez que tocaba a aquella mujer, y le gustó el tacto de su mano. También había comprobado, a lo largo de la entrevista, que no tenía maquillaje alguno. Debía ser muy joven.

—Os presentaré a mis amigas.

    Se encaminó a su mesa, y enseguida la acompañaron ellas a la de nuestra extraña pareja. Ellas dos habían seguido la conversación desde lejos, y aunque no podían oírles, habían visto con extrañeza las reacciones de Kath, sus rápidos cambios de humor, que se levantara y se volviese a sentar, que pasara de la ira a la tristeza, y que desde que aquel guapo muchacho le diese la mano recobrase la alegría.

    Tras una interesante conversación en que las pusieron al corriente, se acordó que al sábado siguiente James llevaría a Kath a un lugar que conocerían las otras mujeres, y desde las 00:00 horas hasta las 24:00 ella accedería a todos los deseos de James. Antes de despedirse, una de las amigas de Kath, la rubia, le dio a entender que estaba libre para otra actividad similar, aunque fuera por menos dinero, lo que hizo sonreír a Elizabeth con una sonrisa de complicidad por la que le decía a James ¿Lo ves? Ya te lo dije. Todos tenemos un precio.

—Aún no has ganado, —le dijo cuando quedaron solos de nuevo.
—En ese caso me tendrás a mí, bribón. Y sólo me habrá costado doscientos dólares. Pero ¿por qué dices eso? ¿Crees que ella no vendrá?
—Vendrá porque necesita el dinero. Pero puede que no aguante las veinticuatro horas, y eso sí forma parte del trato. No se lo voy a poner fácil. No será sexo normal.
—Sí, —concedió ella, —puedes hacer lo que quieras con ella, y si no aguanta el tirón no le pagarás, y yo habré perdido la apuesta, porque habrás demostrado que al menos hay una persona que no es capaz de todo por dinero. Quizá deberíamos haber puesto otra prueba, que consistiera en que matara a alguien..., pero no me vuelvo atrás. Si pierdo seré tu esclava durante un día, y verás que soy buena perdedora.
—Si eres mi esclava un día ya no querrás que te deje, preciosa.

    Ahora fue Elizabeth la que rio de buena gana:
—Infeliz. No sabrías dónde te ibas a meter. Bajo esta fachada de ángel vive una diablesa que te volvería loco.
—En realidad corremos el mismo peligro. No sé si me capturaría esa de tus amigas que tendría más interés que las demás en comprar mi noche.

    De pronto él se sintió mal. Si perdía, estaría a merced de una mujer por primera vez en su vida. Si ganaba, habría conseguido lo que tanto tiempo había deseado, pero gracias a un ardid muy complicado, aunque en realidad no se le había ocurrido a él. Se sintió muy manipulado por esta rubia de ojos azules oriunda de Irlanda. ¿Sería una bruja?

    Pero el viernes siguiente, a la hora acordada, estaba Kath en el hotel donde le había citado James. Elizabeth también tenía habitación en aquel hotel, para seguir su apuesta con mayor comodidad. Sus amigas llamaron a Kath varias veces a lo largo del día, y se aseguraron de que todo iba bien. A las 24.00 horas del sábado apareció James con Kath por la cafetería. Ella estaba radiante, él algo menos.

—¿No se ha portado Kath bien, James?, —quiso saber Elizabeth. —¿Puedo darle el dinero?
—Claro, Elizabeth, puedes darle el dinero. Lo ha hecho muy bien.

Kath recibió un sobre con dinero dentro.
—Cuéntalo, Kath. A ver si me he equivocado, —dijo Elizabeth. La muchacha contó ocho billetes de a cien sin necesidad de sacarlos del sobre.
—No, está bien, —dijo sonriendo.

    Luego añadió, con la mejor de sus sonrisas:

—Tengo que deciros que James ha sido un verdadero caballero y que siempre que lo desee volveré a repetir esto, aunque no me pague. Ha sido muy gratificante.
—Huy, huy, huy, —dijo Prudence, la rubia que se había insinuado a James,
—¿tenemos romance a la vista?

    Pero los dos implicados se miraron, sonrieron y no dijeron nada.

    Al día siguiente Elizabeth fue muy concisa al teléfono:
—Hola, James. La subasta será el viernes a las diecinueve horas en la habitación 527 del mismo hotel donde estuviste con Kath. No te retrases. Ni llegues antes de la hora.
—Tenemos que vernos.
—Bien. —Y colgó.

    Subasta Dos días después, cuando aún faltaban tres para la subasta, se vieron para comer juntos.
—Elizabeth...
—No admitiré que te eches atrás. Una apuesta perdida es una deuda de honor, James.
—No, no es eso. Es por el dinero. No tengo los mil dólares que le diste a Kath.
—Tonto. Eso no es dinero para mí. Además, —dijo dulcificando el tono de su voz, —tú vales mucho más para mí. Ya lo verás en la subasta.

    Y le explicó cómo sería dicha subasta. Él tenía que ir preparado para que sus amigas lo inspeccionaran debidamente antes de decidirse a pujar. Para ello debería depilarse todo el cuerpo, excepto la cabeza y las cejas. Él no había pensado en eso, pero había perdido la apuesta, y se dijo que tenía que cumplir con los deseos de ella. Además, como fiel admirador suyo que era, haría lo que ella le pidiera incondicionalmente. Por eso le dijo:
—Cuenta con ello, Elizabeth. Iré recién duchado y perfumado. ¿Hay algún perfume que prefieras tú? Al fin y al cabo soy tu trofeo.
—Eso te da morbo, ¿eh?
—Pues la verdad es que sí.
—Tu perfume habitual está bien. Pero bueno, te voy a regalar uno para que te lo pongas. Sí, quiero que te bañes a conciencia justo antes de ir a vernos el viernes a las siete, y que te perfumes con profusión con mi colonia preferida para hombres. Échatela por todo el cuerpo. Así sabremos los dos que eres mío y que por eso te vendo, aunque la venta sea sólo durante 24 horas.
—¿Cuál es tu perfume preferido, ese que me vas a regalar?
—Es una sorpresa.

    Pero la sorpresa llegó al día siguiente. Recibió un paquete por mensajero con un frasco del perfume Million, de Paco Rabanne. No era excesivamente caro, pero olía a rosa y canela, y quizá a otras cosas que él no alcanzaba a identificar.

    El viernes entró en la bañera a las cinco de la tarde, y casi una hora más tarde salió totalmente perfumado. Esa mañana había ido a una peluquería especializada y le habían quitado todo vello y pelo del cuerpo, con excepción de los de la cabeza y la cara. Se puso su mejor traje, un elegante Windsor de color gris claro, camisa azul claro y corbata azul obscuro, con zapatos del mismo color, y un elegante clip de oro en la corbata.

    A las siete en punto estaba en la puerta de la habitación 527 tocando discretamente con los nudillos. No había visto a Elizabeth desde el día de la comida, tres días antes. Estaba un poco nervioso, pues nunca se había visto en una situación como esta, ni conocía a nadie que lo hubiera estado, hombre o mujer.

    Le abrió una belleza rubia con ojos azules algo rellenita y bastante bajita, de apenas un metro y medio, quizá uno cincuenta y cinco.
—Hola, —, le saludó ella. —Tú debes ser James, ¿no?
—Sí, buenas tardes...
—Lena. Lena Wright. Encantada de conocerte, James. Pasa.

    Se colgó de su brazo y lo condujo al hall que tenía aquella elegante y cara habitación del mejor hotel de la ciudad, y al llegar allí presentó:
—Chicas, ha llegado nuestro hombre. Como veis es puntual. James, te presento a Olga, Karen y Betsy. Una de estas será tu dueña esta noche, aunque prefiero serlo yo, —dijo dándole una nalgada de complicidad.

    Ellas saludaron con la cabeza a medida que Lena decía sus nombres, y él hizo una pequeña inclinación ante cada nombre. Tres de ellas estaban sentadas en un sofá, y Lena se sentó en un sillón. Elizabeth estaba sentada en el otro, el que estaba más cerca de James, que estaba en el centro, ante aquellas cinco mujeres de edad diversa. Él las contempló sin saber qué hacer ni donde poner las manos por primera vez en su vida. Allí no había ninguna silla para él, y por fin se resignó a permanecer de pie con las manos en los bolsillos ante ellas, observándolas de una en una mientras cada una de ellas decía algo de sí misma. Lena era una rubia de pelo corto, embutida en un vestido de raso muy ajustado, y no aparentaba más de veinticinco años. En el sofá estaba Olga, la mayor de todas, de quizá sesenta años, teñida de rubio platino, con algunas arrugas en la cara, pero bien llevadas, con mirada inteligente y algo gruesa, pero fuerte. Si le hubiera dicho que se ganaba la vida cargando camiones, se lo creería. Sus brazos desnudos dejaban entrever músculos, y a pesar de su sonrisa, su carácter se adivinaba fuerte. No le gustaría que fuera ella quien ganara la subasta. Karen era funcionaria, francamente gorda, aunque sin ser obesa, parecía una mujer feliz. Le había guiñado el ojo. Tenía un vestido elegante, blanco, y llevaba pendientes de oro muy discretos, y un anillo con un sello, quizá recuerdo de familia. Betsy era pelirroja, del mismo tono de pelo que aquella muchacha cuyos favores había comprado, Kath. Pero era mucho más delgada y más alta, quizá entre uno ochenta y uno noventa. Era abogado y se la veía con carácter muy duro. De las cuatro que iban a pujar la prefería aún menos que a Olga, la mayor de ellas. Quizá por ser mayor fuese más comprensiva, o más sensible. Pero sería mucho mejor que ganase Lena, la maestra de escuela. Le daban ganas de irse de allí, pero le detenía la sonrisa de Elizabeth, que estaba disfrutando del momento. Se la veía dueña de la situación, y él nunca le arruinaría la tarde a su admirada Elizabeth, de la que estaba secretamente enamorado.

    Fue Betsy la primera que habló:
—Yo quiero ver el material que voy a comprar, para ver si me decido a pujar o no. Con derecho de tanteo.

    Elizabeth la miró enarcando las cejas. Y luego, mirando a James con aire divertido, le dijo:
—James: procede.
—¿Qué?
—Desnúdate.

    Con desgana se empezó a quitar la chaqueta.
—¡Oh, James!,
—dijo Lena
— Ponle más entusiasmo, hombre, no sea que nos desanimemos todas. Si te veo forzado me iré y no pujaré por ti.

    Eso le animó, y sonriendo siguió quitándose la corbata, la camisa, los pantalones, con mucho más ritmo y parsimonia. Cuando se quitó la camiseta y quedó en tanga aquellas mujeres lo miraron golosamente. Prosiguió y se quitó el tanga con movimientos lentos y rítmicos, como había visto hacer a tantas strippers en los locales que frecuentaba.

    Cuando quedó desnudo del todo, sin zapatos ni calcetines siquiera, tuvo sentimientos encontrados. Por un lado la situación de estar desnudo él ante cinco mujeres correctamente vestidas le daba mucho morbo, pero por otro lado sentía mucha vergüenza. Tanta que se sintió ruborizado. A ellas les hizo gracia que el rubor del hombre no sólo se notara en la cara, sino también en el cuello y en parte del pecho, de su pecho depilado, pero amplio y musculoso. Karen se le acercó y dio varias vueltas a su alrededor. Le dio una suave nalgada, y le acarició el torso. Le abrió los labios y le metió el pulgar, que él lamió. Luego ella le dio un beso en ellos y se sentó, satisfecha.

    Betsy también se acercó a él y tomó entre dos dedos su hombría, que reaccionó de inmediato. —No está demasiado bien dotado, —dijo, —pero servirá.

    Luego le levantó la barbilla un poco, pues ella era más alta que él, y le dio un beso más profundo que el de Karen. Se situó a la espalda de James, y le dio un pequeño empujón, que no lo movió de su sitio.
—Es fuerte, —añadió. Y se sentó.

—¿Alguna más quiere inspeccionar la mercancía de cerca?, —dijo Elizabeth, a punto de echarse a reír ante la indefensión del prepotente James.
—Sí, yo, —dijo Lena. Se acercó al hombre, le acarició una mejilla, le metió los dedos por el frondoso pelo del hombre, y le dijo casi al oído:
—No te preocupes, James. Te compraré yo. Y te enamorarás de mí, ya lo verás. —Le dio un beso en la punta de la nariz y se sentó en su sitio.
—¿Olga?, —dijo Elizabeth.
—Oh, no, —dijo Olga sosegadamente. —No será necesario. Bueno, sí, James: Date la vuelta.

    El hombre obedeció. Se dio la vuelta lentamente, rotando 360 grados, mientras pensaba que no sabía si le gustaba ser un pedazo de carne para aquellas damas o no. Una de ellas lo iba a disfrutar durante todo un día como él había disfrutado de la dulce Kath. No conocía a ninguna de ellas, como Kath no lo había conocido a él antes de conocer su propuesta. Le parecía justo. Su duda era si Elizabeth participaría en la subasta o no, pero entonces recordó que ella quería recuperar sus mil dólares, así que eso la descartaba.
—Quiero aclarar una cosa, para irme o no, Elizabeth, —dijo Olga. —Esto incluye sado, ¿verdad?

    James miró a Elizabeth, impactado por sus palabras. No habían hablado de eso. Pero hubo sado con Kath... Por eso Elizabeth dijo casi automáticamente:
—Claro que sí, Olga. Es lo justo, como cuando él compró a Kath. Sólo que no le podéis dejar marcas ni daño permanente.

    Él la miró con sorpresa. No lo había pensado, pero era lo justo. Temblaba pensando que aquella mujer con tanta experiencia ganase la subasta. La voz de Elizabeth le sacó de sus pensamientos.
—Bien, chicas, las condiciones de la subasta serán las siguientes: El precio de salida son mil dólares. Si nadie puja, iré bajando la oferta hasta que decida anular la subasta, James habrá cumplido su parte, y vosotras os habréis quedado sin vuestro premio por tacañas. Pero si pujáis, bastará que hagáis un signo o digáis una palabra para que se considere que asumís la última puja con el incremento anterior, a no ser que la pujadora especifique lo contrario. ¿Habéis comprendido?
—Sí, —dijeron las cuatro mujeres consecutivamente, empezando por Lena y terminando por Betsy. Las cuatro miraban a James como si cada una lo considerase ya suyo. Por lo visto estaban dispuestas a pujar en serio.
—Bueno, señoras, esta noche tenemos un macho de excepción para subastar. Lo que recibirá cada una de ustedes es la oportunidad de pujar por él en igualdad de condiciones y con ello la sensación de ser su dueña hasta que otra puja supere la suya. La ganadora dispondrá de él por completo durante veinticuatro horas, desde las cero horas de mañana sábado hasta las veinticuatro horas. Ahora, —dijo tras una breve pausa que hizo para tomar un vaso de agua, —que venza la mejor. Pero antes de empezar, ¿tenéis alguna pregunta que hacer?
—Yo sí, —dijo Lena. —James: ¿estás seguro de que quieres hacer esto?

    El aludido miró a Elizabeth, que asintió con cara de pícara.
—Sí, claro, Lena. No estaría aquí desnudo ante vosotras si no lo tuviera claro.
—No sé las demás, —insistió Lena, —pero si gano yo voy a ser muy mala contigo.
—Me parece justo. Es tu dinero.
—¿Qué se siente al ser objeto de deseo, muchacho?, —interpeló Olga. —Yo tampoco voy a ser dulce contigo, y es posible que te disfrutemos entre mi hija y yo, —dijo señalando a Lena. —Seguro que nadie te ha hecho ni la mitad de las cosas que te vamos a hacer las dos.

    James notó que se ponía colorado de nuevo. Por alguna extraña razón aquella sexagenaria lo excitaba más que las demás. Quizá fuese cosa de la experiencia, o estuviese él descubriendo algo de su sexualidad que ignoraba hasta ese momento.
—A su pregunta, señora, —contestó él con mucha formalidad, como si la mujer ya lo hubiera ganado, —le diré que es una sensación que nunca tuve antes. Siento miedo y placer a la vez.
—Bien contestado, James, —dijo Elizabeth. —Te lo iba a decir antes. Una de estas señoras te comprará por un día, y como no sabes cuál es, has de dirigirte a todas ellas con respeto.
—Sí, señora, —contestó a su amiga Elizabeth.

    En la comida que habían tenido ella le había querido explicar eso, pero lo dio por sentado. No obstante, ahora comprendía que habría tenido que precisarlo. Él ahora veía que no había llegado llegado hasta aquí sólo por acostarse con ella, porque se sentía ahora prisionero de sus propios sentimientos contradictorios, y la mezcla le agradaba.
—Bueno, señoras, —continuó Elizabeth, —continuemos. La puja inicial es de mil dólares. ¿Quién da más?

    Las cuatro se miraron, y James se maravilló. Era en serio que precio de salida fuera alto. Por lo visto Elizabeth quería recuperar su inversión a toda costa. Pero ninguna pujó. Ni hicieron ningún gesto ni dijeron nada.
—¿No puja nadie? Bien, la puja se rebaja a novecientos dólares. Pujen, señoras. Seguían sin pujar:
—Ochocientos.

    Ahora Lena sonrió a James. Seguramente ella pujaría ahora, aunque estaba esperando a ver si Elizabeth bajaba la puja inicial.
—Setecientos.

    Ahora también sonrió Karen. Que dos de aquellas mujeres dieran setecientos dólares por uno de sus días con su noche le halagaba mucho.

—Seiscientos. Parece que no están interesadas las señoras. Les advierto que este macho cautivó recientemente a una amiga mía durante 24 horas, y las podrá cautivar a cualquiera de ustedes. Pero ellas seguían aguantando el órdago.
—Quinientos. —Concedió a regañadientes Elizabeth, empezando a pensar en cancelar la subasta. No malvendería a su amigo. —Es mi última oferta.
—Acepto la puja, —dijo Karen. La más gorda y joven de las mujeres obtendría las gracias de James si las demás no superaban su oferta.
—Cincuenta, —dijo Lena.
—Seiscientos, —pujó Betsy.
—Cincuenta, —repitió Lena.
—Setenta y cinco, —intervino Karen.
—Setecientos, —ofertó Betsy.
—Cincuenta, —repitió Lena.
—Mil, —tronó Betsy. Aquella bruja pelirroja no parecía dispuesta a que la angelical Lena le disputase su presa.
—Dos mil, —se oyó una nueva voz: Olga había hablado por fin. Las otras se la quedaban mirando, sin comprender que aquella anciana estuviese dispuesta a pagar tanto. ¿Había dicho de verdad dos mil dólares?
—Cincuenta, —dijo Karen.
—Tres mil, —, dijo Betsy con igual determinación que antes.
—Cincuenta, —dijo Olga.
—Cuatro mil doscientos cuarenta y ocho, —dijo Karen con voz suplicante. —Es todo lo que tengo ahorrado.

    Las demás se miraron con incredulidad. ¿Daría todos sus ahorros por pasar una noche con aquel maromo?
—Cuatro mil doscientos cuarenta y ocho dólares a la una... —comenzó Elizabeth al notar el silencio opresivo que se había creado tras la oferta de Karen.
—Cinco mil, —dijo Betsy.
—Seis mil, —remachó Olga.
—Diez mil, —dijo Betsy. Pareció que las otras dos ya habían renunciado cuando Lena dijo:
—Cincuenta. Entonces clamó Betsy:
—Once mil.
—Cien, —dijo Olga, más relajada.
—Quinientos. —dijo Betsy mirando a James con ojos golosos.
—Veinte mil. —dijo Olga.
—Veinticinco mil. —dijo Betsy automáticamente.

    Olga y Lena se miraron: ni entre las dos podrían reunir esa suma. Y si la tuvieran no la invertirían en comprar un día de ese hombre. Ni por cualquier otro. Era un disparate. Esta Betsy estaba loca.

—¿Alguien da más?, —preguntó Elizabeth por pura fórmula, pero ya estaba claro, por las caras de desvalimiento de Karen y de enfado de Lena y Olga, que había una clara ganadora.

    Por eso dijo tras varios minutos.
—Veinticinco mil dólares a la una, veinticinco mil dólares a las dos, veinticinco mil dólares a las tres. ¡Vendido a Betsy por veinticinco mil dólares!
—Enhorabuena, Betsy, —dijo Lena con desconsuelo.

    Las otras mujeres también la felicitaron, pero Elizabeth se limitó a extender la mano hacia ella.

    Betsy sonrió, y abrió su bolso. Sacó un fajo de billetes y contó veinticinco, y se los entregó a Elizabeth. Esta se sorprendió al ver billetes de mil dólares por primera vez en su vida. No sólo valían lo que decían, sino que entre los numismáticos les sacaría tres veces ese valor, ya que hacía muchos años que los billetes de mil no se fabricaban en Estados Unidos, y no circulaban porque estaban en manos de coleccionistas.

    La magia del momento la rompió James, diciendo:
—Aún no son las doce de la noche. Aún es viernes, así que de momento soy mío. Y se vistió de nuevo.
—Claro, James. Tenía que haberte dicho que te vistieras. Betsy miró el reloj. Efectivamente, eran apenas las ocho. Sonrió a aquel hombre cuyos favores acababa de comprar por un día.
—Para celebrar mi triunfo, —dijo con su voz más melosa, —os quiero invitar a cenar a los cinco, si me lo aceptáis. No tenemos por qué dejar de ser amigas, ¿no?

    James pensó que esta mujer debía ser muy rica. Por eso la subasta había sido injusta, aunque eso a él no le importó excesivamente. Aquella mujer le había dado a Elizabeth veinticinco veces lo que ella había invertido en su día con Kath. Y todo por una noche de placer. Quizá debería usar más la cabeza y proponerle a Elizabeth que organizara más subastas de estas, e ir al cincuenta por ciento. Ignoraba cómo era esta Betsy en realidad, y lo que le pediría. Pero parecía una mujer sin mucha experiencia, y llena de complejos. Su misma agresividad lo daba a entender. Y su físico, sin ser desagradable, no era tan atractivo como el de las demás, incluyendo a Karen, la más rellenita. Pensó que sería muy fácil encontrarle el punto, como él se lo había encontrado a Kath, y hacer que se enamorara de él. Quizá conseguiría que se enamorara de él, como Kath. Pero había algo que le preocupaba, en este asunto: ¿Perder su libertad por devoción a Elizabeth merecería la pena? Bueno, se concentró en Betsy. Durante la cena la iría conociendo.

    Durante la misma, la vencedora estuvo ocurrente y graciosa. Se veía que estaba contenta de haber vencido a las demás, y que no le preocupaban nada los miles de dólares que había tenido que soltar. Llevaba muchos más en el bolso. Quizá aquella mujer estaba dispuesta a pagar mucho más por él. En el transcurso de la cena, él le preguntó.
—Betsy, ¿cuál era el límite que estabas dispuesta a pagar por mí?
—Bueno, si me admitían un cheque, no había límite.
—¿Y si no?
—Bueno, tenía cien Clevelands y dos Groves. No habría podido pagar más sin ir al banco.
—¿Llevabas ciento diez mil dólares en el bolso?
—Sí. Pero ahora llevo menos: ochenta Clevelands y un Grove.
—No sabía que fueras tan buena abogada, —le dijo Elizabeth.
—Bueno, no soy tan mala. Pero mi tío Óscar murió el mes pasado y me dejó su pozo de petróleo en Nevada. Todavía no sé qué hacer con el dinero. Pero esta noche he empezado a darme caprichos que antes no podía.

    Ahora lo comprendían todo. Betsy le empezó a caer mejor a James.

    Después de cenar se tomaron unas copas en la cafetería del hotel. Había una música muy suave, y a James se le ocurrió hacerle una extraña propuesta a su amiga Elizabeth:
—Diablesa, ya que has sido mi perdición, ¿quieres bailar conmigo por última vez antes de que yo sea de otra mujer?

    A ella le hizo gracia la petición, y accedió encantada.
—¿De verdad te parezco una diablesa? ¿Por qué has dicho eso?, —le preguntó cuando bailaban tan juntos aquella pieza tan lenta.
—Me he metido en esto por ti. No te fallaría, y por eso me has subastado. Si hubiera hecho la apuesta con otra persona, habría roto la amistad antes de cumplir mi parte.
—Eres marrullero.
—Sí, pero contigo no puedo, cielo.
—Ya sé que estás enamorado de mí secretamente.
—Sí, es evidente. Pero tú ni me evitas, ni me lo quitas de la cabeza, ni tampoco me das esperanzas.
—Esta historia me ha hecho pensar. Cuando acabes con Betsy búscame. Te daré la oportunidad de conquistarme, marrullero, —le dijo besándole brevemente en los labios aprovechando que la pieza terminaba, y ella se sentaba.
—Ahora quisiera yo bailar contigo, James, —le dijo Lena. —Así tendré cierta idea de lo que me voy a perder.
—Con mucho gusto, Lena.

    Mientras bailaban, James le dijo que la semana siguiente la llamaría por teléfono, si ella quería, y podían ir a tomar algo. Que lo de esa noche no significaba nada más que un juego para una niña rica que a los dos días se habría olvidado de él. De hecho pensaba visitar también a las otras tres, fascinado por la idea de que cada una de aquellas mujeres estuviesen dispuestas a pagar tanto por una noche con él. Eso merecía regalarles una noche a cada una.

    Durante la siguiente hora bailó con todas ellas, excepto con Betsy, pues esta le dijo que ya bailarían después, cuando no estuvieran las demás, que mientras pudiera aprovechara sus últimos minutos de libertad para bailar con quien él quisiera. Algo más tarde, sin embargo, ella se puso de pie y les dijo:
—Chicas, parece que la Carroza de Blancanieves se aproxima y no nos la queremos perder ni mi príncipe ni yo. Nos subimos a la habitación. Os podéis quedar por aquí, pero no se os ocurra pagar, porque tanto la cena como las copas van a cargo de mi habitación. Elizabeth, gracias por llamarme. Espero que lo sigas haciendo en lo sucesivo.

    Y tras darle un beso a las cuatro mujeres, cogió a su príncipe por la mano y se lo subió a la habitación 527. Cuando entraban daban exactamente las doce de la noche.
—Ya es sábado, perro. Me gustabas más desnudo.

    Sin decir nada, él se volvió a desnudar. Su dueña por una noche le pidió:
—Lo primero que te voy a pedir es fácil. Tráeme un Gin Tónic.

    Cuando se lo trajo, ella lo tomó de sus manos, y le dijo:
—Es la primera vez que estás a merced de una mujer, ¿verdad?
—Sí, señora.
—De rodillas.

    Se agachó y puso las rodillas en el suelo, irguiéndose sobre ellas. La situación era nueva para él. No sabía exactamente qué era lo que sentía.
—Toma, ten esto, —le dijo poniéndole un pie sobre cada hombro. Ella llevaba una minifalda blanca, y desde su perspectiva, él le vio las bragas blancas.
—Esto es algo que siempre quise hacer. Esta noche lo quiero todo, Jimmy. ¿Vas a ser un buen perrito para tu dueña?
—¿Quiere usted que le haga el amor, mi dueña?, —le dijo con el aire más dócil de que fue capaz. Betty soltó una estentórea carcajada.
—¿El amor? Eso no existe, hombre. Son cuentos de viejas. En su nombre se ha abusado, violado, robado..., se ha hecho de todo. Yo quiero tu alma, James, —dijo con un tono que le puso a él los pelos de punta. Ya no parecía la niña pija que acababa de heredar un pozo de petróleo en Nevada.
—No tengas miedo, hombre. Ya verás cómo me vas a querer mucho después de esta noche.
—Sí, señora.
—Quiero tu corazón, tu mente, tu voluntad, tu alma... Porque nos vamos de viaje.
—¿Sí? ¿Me dejará vestirme para ese viaje?
—No. Tengo otros planes para ti. ¿Te da vergüenza que te vean desnudo y con una cadena al cuello de la que te lleva tu ama?

    Se puso en pie y lo alzó a él tirándole del pelo. Le dio un beso lascivo y prolongado. El hombre estaba muy excitado, y ella lo retuvo por su hombría hasta que la tuvo a punto de orgasmo. En ese momento lo soltó. Lo tiró sobre el sofá de un empujón, y separándole las piernas le hizo un fisting. James sintió un profundo dolor al sentir dentro de sí la mano de la mujer, sobre todo sus aceradas uñas. Esa mezcla de dolor y placer hizo que se disparara su larga y espesa eyaculación sobre el sofá.
—Sigue, sigue. Ya lo limpiaremos luego, —dijo ella dándole palmadas con la otra mano en la espalda y en los glúteos.

    Cuando él ya no podía más, cuando daba alaridos de placer y dolor, se lo llevó al cuarto de baño. Allí hizo que la desnudara y se ducharon juntos. Tras enjabonarse mutuamente los dos, se besaron apasionadamente, tanto que él no notaba cómo el agua con jabón se llevaba la capa de piel externa de la mujer, hasta dejarla roja como la piel de los pobladores primitivos de América. La acarició con suavidad, y notó algo raro en el extremo de su columna vertebral. Se retiró de ella unos centímetros y la observó. A ambos lado de su frente tenía unas protuberancias córneas que antes no estaban, pero su pelo seguía siendo rojo, y sus ojos más lascivos que nunca. Ella lo tenía con los brazos, uno a cada lado del cuerpo, y también con otra extremidad que perforaba su ano. La que salía de su columna vertebral y tocaba la del hombre.
—Me perteneces.
—Sí, señora.
—Lo sabes, ¿verdad? Me perteneces de verdad. Para siempre.
—Sí, señora, —dijo él de corazón.
—Siempre es más allá de la muerte.
—Sí, señora. Es usted dueña de mi corazón, de mi alma y de mi espíritu. Siempre le serviré. Haré todo lo que me mande.
—¿Aunque te ordene asesinar a Elizabeth?
—¿Elizabeth? ¿Quién es esa Elizabeth, mi dueña?

    Betsy sonrió. No había sido tan difícil como pensaba. Con los humanos todo era siempre cuestión de dinero, de lujuria, o de ambos.

    La diablesa hizo un gesto extraño en el aire a la vez que decía una palabra rarísima que le sonaba algo así como qapí, qapí, qai, y al momento apareció el dintel de una puerta de fuego. Ella salió de la ducha, y se dirigió hacia allí. Antes de entrar, se volvió hacia el hombre, y le dijo:
—Ven, James. Ven conmigo. ¿Quieres?
—Claro que sí, señora, quiero.

   Él salió de la ducha y tomó la mano que ella le tendía. Y ella, sin soltársela, se lo llevó derecho al Infierno. Por el camino, él le preguntó:
—Señora..., ¿Elizabeth es..?
—No, James. Aún no es de los nuestros, pero está haciendo méritos. No es diablesa todavía, pero lo será cuando tú me la traigas. Primero tengo que adiestrarte, y cuando seas un buen diablo, ella será tu primera misión.

   

Torrox, Málaga,
a 8 de marzo de 2014.
Día de la Mujer Trabajadora.

La puerta al infierno

Las plumas del ángel. Klaku por esperanta versio. Click for English version.

  1. La elegancia de la calle del Muro.
  2. La redacción.
  3. El negocio de la muerte.
  4. La segunda cara.
  5. Desapego.
  6. Su segunda pluma.

NOTAS.-
  1. Nota.- Si ese es tu caso, no sigas leyendo. Al autor hay que mimarle, porque si no ¿qué demonios ibais a leer los lectores? Seguir.
  2. En Wattpad se presenta esta escena desde el punto de vista del cliente. Se puede leer gratuitamente. Seguir.
  3. En latín: Idos, la misa ha terminado. Seguir.
  4. Algo menos de €300. Seguir.
  5. Abreviatura de Eloim, uno de los nombres de Dios Seguir.
  6. Felix en Latin significa feliz. Seguir.
  7. El billete de cien dólares lleva el rostro del inventor, pensador y político americano Benjamín Franklin. Seguir.
  8. Billete de mil dólares. Seguir.
  9. Billete de cinco mil dólares. Seguir.

Bibliografía. Esperanto English

         Si le ha gustado este libro, puede leer otros del mismo autor, cuya referencia encontrará en http://www.obracompleta.com. Destaquemos los siguientes:

Mis obras.
  1. ¡Viva la República!: ensayo novelado histórico político, con cierta carga didáctica.
  2.  Amén: reflexión sobre el más allá, la vida y el amor.
  3. Viaje final: los mayas no tenían razón..., pero ¿y si la huberan tenido?
  4. La cronista: un maestro jubilado emprende un viaje por el mundo que le llevará más allá del espacio y del tiempo. Pimer volumen de mi primera trilogía, Transgresión, continuada con Tricronía y rematada con Los desterrados.
  5. El putero, primer volumen de mi segunda trilogía, continuada en inglés por Oumou, the Ebony Hetaera, y que terminare algún día con The Happy Pimp / El proxeneta feliz / La feliĉa putinmastro.
  6. Abuelo y nieto: (libro del mes en agosto de 2016): la maravillosa coincidencia de abuelo y nieto en el mundo de la literatura.
  7. Oficial y bailarina: el oficial y la bailarina no tienen nada que ver..., ¿o sí?.
  8. Historias de El Diablo: novela de veinte capítulos que forman una trama formada por las historias de varios personajes que figuran en casi trescientas páginas en que el Ser Maligno tiene un papel importante, o activo o contextual.
  9. Un cuento infantil, o El soldado y la bruja: mi primera historia trilingüe.
  10. Un proyecto singular: historia sobre la redacción de una novela entre cuatro escritores.
  11. El pecado del talibán, o La triste vida de Abdul Saleh: (Libro del mes en julio de 2016): el pecado de cumplir con tus preceptos sagrados, corregido y aumentado.
  12. La redención de Ecolgenia.Mi obra más larga, es una fantasía ecológica escrita a medias con Jack Crane.
  13. El libro de las crónicas angélicas y las anécdotas diabólicas: 20 cuentos sobre los buenos y los malos, en la que han participado otros tres escritores. Libro del año 2018.
  14. Crímenes Terapéuticos: ¿pueden curar los crímenes? Depende de quiénes sean los pacientes...
  15. El libro de los haikus golfos: serie de poemas breves sobre temas aconvencionales.
  16. Escuela de escritores: consejos para los que empiezan a escribir, de uno que ya tiene cierta andadura.
  17. The Year I Was a Woman: escrita originalmente en inglés, se publicó en inglés y en Esperanto en septiembre y octubre de 2016: La jaron, kiam mi estis virino. El año que fui mujer: libro del mes de septiembre-octubre 2016.
  18. The Psychologist. La psicóloga. La Psikologistino: Ricky aprende cómo vencer el miedo a las mujeres (Libro del mes en agosto-septiembre de 2016).
  19. Cuentos marineros: 17 cuentos para los que les gusta la radio o el mar.
  20. Fábrica de cuentos: 113 cuentos escritos por 39 autores en diez volúmenes:
    1. Tema libre, 21 autores.
    2. Tema libre, 19 autores.
    3. Románticos, 12 autores.
    4. Ciudades, 10 autores.
    5. Fantasía, once autores.
    6. Terror, 9 autores.
    7. Históricos, 7 autores.
    8. Ficción científica, 9 autores.
    9. Humor, 8 autores.
    10. Biografía. 11 autores nos cuentan la vida del personaje de su preferencia.
  21. La balada de la Reina Elba: una gran reina detras de la conquista de un continente. Situado en una tierra extraña, que nos parecerá conocida a todos.
  22. Siempre estuve cerca de ti: Del amor y del cariño, de la manipulación, del egoísmo y del arte literario.
  23. Pero sigo con otros proyectos en mente, que voy simultaneando con mi traducción de las obras anteriores, y que algún día terminaré:

  24. Las desventuras del agente Bélmez: un agente de la ley por vocación, cuyos valores y habilidades le llevan a dejar en mejor lugar a sus compañeros que a sí mismo... Esta novela nace con la intención de convertirse en serie...
  25. Cuando el infierno se hizo cielo: Clemens viene de turismo a España, país que quería conocer desde hacía muchos años. Pero las cosas se le empiezan a complicar cuando empieza a conocer a los naturales del país y la revolución social y cultural que han llevado a cabo poco a poco, sin que nadie se diera cuenta más que de los aspectos más superficiales... Ya no volverá a ser el mismo, hasta el punto de plantearse si quiere ser inglés, español o esa cosa rara que llaman Spanglish.
  26. La buena ama de casa: En realidad es la segunda parte de mi ópera prima, El amo de casa, terminada en 2008. Si allí reivindicaba el papel de ama de casa para los hombres, aquí reivindico el derecho de las amas de casa a sentirse orgullosas de trabajar sólo para su esposo e hijos, y no ser menos importantes que si trabajaran, además, fuera de casa.

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