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Jesús Ángel.

Amén.

Amén

Todos nos habremos planteado alguna vez cuál es el sentido de la vida, para qué venimos a este mundo, cuánto tiempo estaremos aquí, y a dónde nos iremos cuando nuestra vida se acabe. Don Ángel, el protagonista de la primera novela que publiqué en Amazon, no se había planteado estas preguntas tan importantes, sino que se había dedicado a vivir la vida mientras durase, haciéndola lo mejor y más divertida posible. Pero a la edad de noventa años muere de pronto, y siendo totalmente consciente de qué le ha ocurrido, pues ve su cuerpo destrozado por el accidente, le cuesta creerse lo que va descubriendo, llegando a la conclusión de que la vida empieza después de la muerte. Le van pasando una serie de cosas increíbles, una de las cuales sucede en el capítulo 6, de diez, cuyas dieciséis páginas os pongo a continuación a modo de fragmento:

 

La vidente

Pero a la larga sí iba a ver a otros espectros. Lo que ocurre es que todos desaparecían a los pocos días. Y no me podían decir nada, a dónde iban ni porqué, porque en realidad yo era más antiguo como espectro que ninguno de los que me encontraba. Un día, para mi sorpresa, me encontré con una persona que me sacó del mar de dudas en que me estaba ahogando. No era, como se podría pensar, un espectro. Era una chica viva que, sin embargo, tenía un extraño don: podía ver a los muertos. Tenía una extraña teoría sobre nosotros. Creía que teníamos sentimientos. Y que un sentimiento de culpa no me dejaba a mí marcharme. No me dijo nunca a dónde. Pero dijo que todos se marchaban. 

La conocí en La Plaza de España de Sevilla. Me gusta Sevilla. Allí descubrí los coches de caballos, con mi tío Prudencio. Ahora que podía ir a donde quisiese, iba con frecuencia allí. Están representadas todas las provincias de España. Un día en que andaba reflexionando sobre lo complejo de la vida y la longitud de la muerte, vi que una muchacha joven se sentaba frente a mí, en un banco. Me sonrió. Asombrado, le pregunté:

La verdad es que no me esperaba esa respuesta.

Algo desafiantemente, le dije:

Ahora reí yo de su impaciencia. Y con una sonrisa lo más amigable posible, le dije:

Su sonrisa se congeló.

Aquí pensaba yo que era la última vez que veía a la bruja Maribel. Me equivocaba.

Se dirigió a su casa. Simultáneamente, recordé que una de las calles más hermosas de Sevilla es la Calle de la Sierpe, donde hacía muchos años había una tienda de música, la Casa Damas, en que compraba partituras para guitarra, en los primeros años de mi primera juventud, cuando pasaba algún que otro verano en casa de mi tío Prudencio. Quise pasearme por aquella calle, y allí me encaminé. Cuando llegué a un extremo, vi que por el otro, más cercano a la Plaza de España, entraba Maribel. Le seguían dos personas que le hablaban sin parar, aunque ella no les hacía ningún caso, y me di cuenta de que andaba cejijunta. “¿Qué le pasará?”, me pregunté. Entonces vi de soslayo que un niño pasaba casi corriendo por entre esas dos personas que le hablaban. “Vaya”, me dije, “así que esos son los espectros a los que se refería ella”. Y pegándome a la margen contraria a por la que ellos venían, me situé detrás de ellos, y entonces me acerqué con disimulo. Puse cara de estar en otras cosas, en mis pensamientos, para que creyeran que yo aún pertenecía al mundo de los vivos. Pero me iba enterando de todo.

Pronto me di cuenta de que aquellos espectros clamaban venganza contra alguien. Vi que Maribel estaba muy cabreada, pero que no se atrevía a contestarles porque en una calle atestada de gente no era muy prudente que te vieran hablando solo. Pero a mí no me verían. Así que cuando ya me hice cargo de la situación, les dije de pronto:

Los dos me miraron, y al principio creyeron que yo era brujo, como Maribel.

Nunca había estado en casa de una bruja. Aunque la invitación era tentadora, iba a declinarla. Pero cuando iba a decirle que no, al abrir la boca para denegar tan generosa invitación, vi que abría un poco más los ojos, como si le asombrara algo. Me volví y me encontré con un niño de unos doce años. A pesar de que estaba en la sombra, de que era de noche, lo vi perfectamente.

Llegué al Cuarto D cuando ella estaba abriendo la puerta.

En ese momento fui consciente de que mi apariencia no era la de un abuelete de noventa años. Los espectros seguramente no tenían el aspecto, para los que los pudieran ver, que tenían cuando se murió el cuerpo que los sustentaba. Me imaginé con sesenta, y repetí la pregunta:

Volví a mi aspecto anterior. La verdad es que mentalmente me consideraba así, treintón, porque entonces disfrutaba de buena salud, no me había operado de nada todavía, pero ya tenía la suficiente madurez para saber que no lo sabía todo, que no me lo merecía todo, que aún estaba lo mejor por venir, pero conservaba aún la ingenuidad y el talante positivo para disfrutarlo, cuando me viniese.

Se volvió. Se miro en el espejo de la entrada. Se pintó un poco los labios, se atusó un poco el pelo, y volvió a salir. Llegó a la cabina que había a cien metros de su casa, y sin quitarse los guantes, cogió el teléfono y me preguntó: 

El chaval se lo cantó. Y luego, cuando descolgaron, ella dijo:

Nos miró a los dos, y añadió: —Espero que sepáis lo que estoy haciendo. Ya me lo contarás. Ahora os dejo, que tendréis cosas que hacer. —Y se volvió a ir a su casa.

 Me daba lástima el zagal. Me miró con cara de no comprender. Y luego miró al suelo, resignado, y me dijo:

 El niño miró al cielo y calló durante un largo rato. Al final me volvió a mirar, y no lloró porque los espectros no lloran. Pero parecía triste:

 El niño parecía que me creía. Pobrecillo.

 El chico miró hacia el suelo. Y cuando por fin me miró de nuevo, me sonrió dulcemente, como supongo que sonríen los querubines, y me dijo con alegría:

 Y se iluminó su cara. Se iluminó toda su aura, y de repente, ¡plop!, desapareció.

Y lo puso. Cuando se lo tomó me estaba contando su niñez, sobre cómo descubrió los poderes que tenía. Al principio le parecía ver sombras. Pero con el tiempo se fijó, y lo que habían sido sombras fugaces, se convirtieron en personas.

Ella ya se había terminado su whiskey, y en un momento de distracción había dejado su copa y había cogido la mía. No sé si la había conseguido inducir a hacerlo inconscientemente, o la inconsciencia la puso ella misma. Al final, con las dos copas dentro, se puso un poco alegre, y se fue a la cama.

Y ni corta ni perezosa, se empezó a desnudar. Con bastante naturalidad, como si yo no estuviera allí. La verdad era que tenía un cuerpo menudo, pero bonito. Se quitó todo lentamente, y cuando estuvo tan desnuda como Eva, se metió en la cama.

No le dije que los espectros vemos sin luz, porque aprovechamos los rayos infrarrojos y ultravioletas que el ojo humano no es capaz de ver.

Estuvo hablando hasta que se quedó dormida. Yo la escuchaba. Eso era una costumbre de las personas que viven solas: que nunca tienen con quien hablar, pero cuando cogen a alguien, le sueltan una letanía increíble. Por suerte para ella, a mí me interesaba todo lo que me contaba, y comprendía a la gente solitaria. Yo lo había sido durante mi vida, a pesar de haber estado siempre rodeado de gente. De mucha gente que no me comprendía. De gente que quería trabajar poco y ganar mucha pasta, y no comprendía que el trabajo en sí puede ser una ocupación apetecible, de forma que se puede ir haciendo cada vez mejor, indepen­diente­mente de que te paguen más o menos: el trabajo mismo puede ser tu propia recompensa. A eso lo llaman trabajo­patía o alguna cosa aún peor sonante, pero a mí el trabajo me mantenía ocupada la mente y el cuerpo astral que me quedaba, y me enseñaba cosas.

Me quedé velando su sueño, y a eso de las cuatro de la madrugada, vi acercarse a su cama a un sujeto de mala catadura, que se quedó petrificado cuando oyó una voz en su oído, cuando estaba a punto de despertar a mi bruja:

Vuelto al instante hacia mí, preguntó:

El sujeto se me quedó mirando, y me dijo, avergonzado: —Es que tengo una cuenta sin saldar.

El incauto cayó en la trampa, pues mientras miraba a nuestro alrededor a ver dónde estaban los otros dos, me acerqué a él, lo cogí por un brazo, y pensé en un lugar lejano, la cima del Pico del Teide. Allí era una hora menos, claro.

El pobre se sentó en el suelo, y miró a lo lejos. Se veían las luces tenues de las poblaciones de las otras islas, a lo lejos. Estuvimos toda la noche tratando sus quejas, sus problemas. Era un matón, de esos que trabajan a sueldo para mafiosos. Y tenía un par de trabajillos pendientes. Se lo habían cargado en un rifi-rafe, y quería venganza y darle información a su jefe para que se cargaran a no sé quién.

El hombre bajó la vista, y reconoció:

A medida que le iba soltando toda esta retahíla, su cara se iba iluminando con una sonrisa, tímida al principio, pero al final le iba de oreja a oreja. Cuando terminé de hablarle, vi que detrás de él se veía un paisaje maravilloso: el mar, y más lejos se veía la isla de Gran Canaria, pues estaba amaneciendo. Atribuí la iluminación de su rostro al amanecer. No obstante, los rayos del sol eran entonces rojizos, pero su cara tenía una luz más blanca. Musitó un Gracias, ángel, y ¡plop!, desapareció. Y allí me vi yo en el punto más alto de España, hablando solo como un perfecto imbécil, mirando la belleza natural de las Islas Canarias, y sin moverme.

De pronto volví a la realidad: “¡Cielos, el curro de Maribel!”

El plan de la obra es el siguiente:

Índice

  1. La gente que quise.
  2. Mi muerte.
  3. Viaje a China.
  4. Vuelta al colegio.
  5. Ángela.
  6. La vidente.
  7. Buscando trabajo.
  8. Una historia de espías.
  9. La virgen Macarena.
  10. La decisión
  11. Fin.

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Ya verás cómo te gusta esta historia, y si acaso no fuera así, estaré encantado en conocer tus críticas, sean positivas o sobre todo negativas
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