Jesús Ángel.

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El año que fui mujer, una fantasía transexual para poner la realidad pasada patas arriba, con una reflexión sobre la actual.

El año que fui mujer

¿Qué ocurriría si un anciano tuviese la oportunidad de convertirse en una mujer joven? ¿De verdad que alguien se resistiría a esa posibilidad? Esta y otras preguntas se responden en esta novela de ficción transexual y crítica con la sociedad y sus dogmas de dos épocas de nuestro país, España.


A lo largo de esta novela nos lo pasaremos bien con las aventuras de Carlos en el cuerpo de Carolina. Pero tras esa fachada de diversión y pasarlo bien hay siempre algo que nos hace pensar sobre la condición y las circunstancias de la mujer en el Siglo 20 Profundo, y cómo las cosas se pueden mejorar cuando se quiere hacerlo de verdad. Y también se enfatiza que algunos son malvados porque no se les ha dado la oportunidad de no serlo, o de dejar de serlo..., a no ser que nunca se hayan atrevido a dejar de serlo.

Esta es la primera novela corta en inglés del autor de cincuenta libros en tres idiomas, en versión española terminada en septiembre de 2016, exactamente dos años después de haberla escrito en aquel idioma. Poco a poco se irán vertiendo estas 50 obras hasta que estén todas en español, inglés y Esperanto. En los dos primeros están a la venta en Amazon y de modo gratuito en el tercer idioma en esta web, aunque si las queréis en papel podéis pedirme información, ya que en principio no lo he contemplado hasta ahora.

A continuación os ofrezco el índice y un fragmento de la historia:


Índice

  1. Charla con un duende.
  2. Mi lado femenino.
  3. Ramón el magnífico. 
  4. Mi vida romántica.
  5. El director.
  6. La catedrática.
  7. Cazador cazado.
  8. Las alegrías de la maternidad.
  9. El precio de ser mujer.
  10. El regateo.
  11. Isabel. 


Este es el segundo capítulo:


 
Mi lado femenino


Cuando me levanté noté algo diferente. Abrí los ojos y no reconocí la mesita de noche. Era más pequeña que de cos­tumbre. El despertador era diferente, analó­gico, y no marcaba las seis, sino las ocho. ¡Oh, Dios mío! Había dormido demasiado. Por la noche no iba a poder dormir bien, pensé.

¿Quien eres?

Me levanté y noté algo diferente en el pe­cho. Lo toqué y descu­brí que tenía dos, dos pechos. Se me pusie­ron los pelos de punta, me sentí horrorizado de pronto. ¡Santa Ma­dre de Dios! ¿Qué me ocurría? Salté de la ca­ma y fui al cuarto de baño. Encendí las luces y no pude creer lo que vi en el espejo: una ru­bia muy parecida a Brenda, la que me gus­taba tanto y había visto en la cafetería donde solía desayunar: aquellos bonitos ojos marrones, la piel pálida, las cejas amarillentas, y el pelo de oro... Me desnudé por completo y observé mi cuerpo durante un rato muy largo: desde luego, yo era una mujer, no había rastro de hombría en mi cuerpo. Tenía muy poco pelo ahí, justo donde mis piernas se juntan. Mi sexo no era muy grande, y mis pechos no eran pequeños, pero tampoco demasiado grandes; digamos que eran de talla media. Yo podría desear a una mujer como la que estaba viendo que me miraba desde el espejo. Moví la mano dere­cha y aquella chica hizo lo mismo. ¿Quién eres?, dije. Pero la única respuesta fue el eco del cuarto de baño, el eco de una voz dulce y aguda. Sonreí, y también sonrió aquella mujer. Me toqué los pechos con las manos y tuve una sensación extraña, tanto en las manos como en ellos. Mi cuerpo era más esbelto que el cuerpo de hombre que había tenido durante tantos años. Este no era gordo ni delgado. Supongo que era lo que las mujeres suelen llamar “unos kilos de más”, pero esa frase es un disparate. Me gustaba mi cuerpo. Lo observé con atención, poco a poco, deseando aprendérmelo de memoria para poder recordarlo cuando me despertase. Porque esto tenía que ser un sueño, un bello sueño..., o una pesadilla. O..., bueno, no podía decidirme: ¿era una pesadilla o un sueño raro? Yo nunca había deseado ser mujer..., ¡vaya, Dios mío! ¡Eso había sido! ¡El duende!

¿Era John Donne un duende, después de todo? ¿Un genio malo que había venido a complicarme la vida? Pero él no era feo ni desagradable..., ¿era un mal espíritu, después de todo? ¿Conque este no le amargaba la vida a la gente? Vaya que sí me la había cambiado... Pero no, tiene que ser un error.

Volví al dormitorio y busqué alguna identificación que pudiera tener. La encontré en lo que supuse que era mi bolso: mi carnet de identidad decía “Carolina Pérez”, y luego mi direccion y fecha y lugar de nacimiento: 7 de julio de 1947, Santa Cruz de Tenerife, Islas Canarias. Encontré mi carnet de conducir, cuya renovación estaba fechada en 1975, las llaves de un coche, y algo de dinero, unas diez mil pesetas..., sí, unos €60. Encontré un periódico, “El Día”, fechado el 14 de abril de 1977. En ese día yo tenía treinta años y una semana de edad, pero era de locos, o bien estaba yo en medio de un sueño imposible.

Busqué mi móvil, pero luego recordé que en los años setenta aún no los teníamos. Volví al cuarto de baño, me duché y luego abrí el armario y vi un montón de vestidos bonitos que no sabía cómo se ponían. Por eso fui a lo fácil: elegí unas bragas blancas, un sujetador blanco, una camisa roja y unos vaqueros azules. Luego me puse un par de calcetines rojos y seleccioné un par de deportivas azules, y cuando me las estaba poniendo me di cuenta de que ¡mi talla de zapato había bajado del 46 al 35! También me pareció raro ponerme unos pantalones vaqueros sin bragueta, y mucho más ajustados a mi cuerpo que los que yo había usado toda la vida. ¿Me quedaban bien? Me sorprendí mirándome en el espejo, cosa que yo nunca había hecho nunca. Me miré desde varios puntos de vista, para ver si me quedaba bien la ropa. Cuando ya estaba lista para salir sonó el teléfono.

—¿Sí?

—¿Carolina? Hola, soy Cristina. Te llamo para decirte que llegaré tarde para comer contigo en Cónsul. Llegaré a la una y media en lugar de a la una, ¿vale?

—De acuerdo, Cristina. Estaré allí antes que tú, entonces.

Elegí un bolso pequeño deportivo y le metí dentro mi DNI y las llaves, así como algo de dinero. Antes de salir volví a observarme en el espejo de la entrada: ¿me estaba bien la ropa? Me extrañó que me preocupara tanto de lo que llevaba puesto, cosa que nunca había hecho. Siempre pensé que eso eran cosas de mujeres. Justo lo que yo era ahora.

Recordé que hacía treinta años que no estaba en las Canarias..., bueno, en los años setenta yo ya hacía diez años que me había ido de allí, pero había vivido allí casi veinte, en esa misma ciudad, cuando ya me fui para siempre, en 1967. Sí que tenía buenos recuerdos del lugar, y ahora, gracias al duende, estaba teniendo un sueño agradable y pacífico en los lugares por los que solía pasear cuando yo era niño y luego joven. Le di gracias a Dios por eso, y salí a la calle. Me encontré en la Rambla Pulido, uno de los mejores lugares de la ciudad. Me di un largo paseo hasta el puerto, y cuando llegué al final, volví y entré en el edificio de Correos, que había visitado yo tantas veces cuando era muchacho, cuando comencé a escribir a mis amigas de pluma, como nos llamábamos los corresponsales, de Inglaterra y otros países. Me di una vuelta por aquellos mismos sitios que había conocido de chico..., pero ahora me di cuenta de la diferencia si eres una joven que pasea sola: algunos hombres son tan estúpidos que te dicen cosas desagradables para mostrarte que les gustas. Decir un piropo a una desconocida es, cuando menos, extraño e inconveniente. Pero si el piropo, que en teoría busca expresar aprobación y que al piropeante le gustas, en realidad es torpe y feo, puede ser molesto. Yo sabía que algunos hombres lo hacen siempre: quieren decirte que les gustas. Pero yo no necesitaba gustarle a esos idiotas. De hecho me sentí acosada y molesta por esos imbéciles. Algunos de ellos incluso me hablaban directamente y me preguntaban que si yo me quería ir con ellos. Ahora comprendía lo que se siente cuando te mandan mensajes que no te gustan, esa especie de spam callejero. Así que lo mejor que yo pude hacer fue ignorarles, aunque estaba alerta por si tenía que darle una patada en los cojones a alguno de ellos. También me hice una nota mental de llevar un calcetín lleno de monedas en el bolso para el caso de que tuviera que darle con él a alguno de aquellos mierdas en toda la bocaza. Sin embargo, no permití que eso me impidiera disfrutar de los sonidos de las campanas de la torre del Cabildo Insular, justo frente al edificio de Correos. Después volví a casa, pero en lugar de volver a mi piso, me subí en la guagua y me fui a La Laguna, la ciudad en cuya universidad había estudiado. Visité el edificio, pero no fui a la Facultad de Filologia Inglesa, sino a la de Química. De pronto me sentí mucho más cómoda allí. Sí, vi a gente cuya cara me era muy familiar. Algunos de ellos incluso me saludaban con un gesto, sin palabras, como si me conocieran de antiguo, aunque yo no recordara cómo se llamaba ninguno de ellos.

Tras pasearme por la ciudad más antigua de las Islas Canarias, volví a la parada del autobús y volví a la Plaza de España a comer con Cristina, de forma que ella me pudiera informar sobre mi nueva vida.



Si te gustaría leer el resto de la historia, puedes bajártela de Amazon por un euro.
Esta historia fue  El libro del mes de septiembre a octubre de 2016 en mi web, donde siempre hay una de mis obras publicándose capítulo a capítulo, hasta su fin, siendo entonces substituida por otra.




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