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the Psychologist, a fable.Jesús Ángel.

La psicóloga.

Ricky Longstorm tiene problemas. Es un introvertido que tiene dificultades para hablar con las mujeres. De pronto se encuentra a una de ellas en un parque, contra un árbol, ¡y ella le habla!

Este es el punto de partida de la novela del mes de agosto, pues en ese mes de 2016 y el siguiente os la puse para lectura gratuita en esta web, después de haber leído Abuelo y nietoEl pecado del talibán, que espero que os gustasen también.

Este libro se publicó originalmente en inglés y luego estuvo a vuestra disposición para lectura gratuita durante el mes de agosto de 2016 en español  y en Esperanto, pero sigue a vuestra disposición por poco dinero en Amazon, o en papel en la editorial El fantasma de los sueños, aunque si sabéis o queréis aprender el Idioma Unviersal, o sea Esperanto, podéis leer este libro en su totalidad, así como los otros seis que ya he traducido a ese idioma, de modo totalmente gratuito.



El índice es el siguiente:

  1. El hada.
  2. La visita.
  3. La tarea.
  4. La segunda visita.
  5. Encuentro inusual.
  6. Segunda chica.
  7. El problema.
  8. Problema doble.
  9. Mis dos chicas.
  10. Reina de corazones.
  11. Celos.
  12. Vacaciones españolas.
  13. Lucía.
  14. Alex.
  15. Sam ataca de nuevo. 
  16. Aclaro mi vida.
  17. Mi noche escocesa.
  18. Vida en común.
  19. Lectura.
  20. La nueva Marina.
  21. La última tarea.
  22. Mis raíces.
  23. Las hijas pródigas.
  24. La cita final.
  25. ¿El fin? 
    Bibliografía.

© 2014 Jesús Ángel. Esta obra no puede copiarse ni total ni parcialmente sin permiso previo y escrito de los  autores
© 2014 Portada: Shatini Martínez Rodríguez.









5 Encuentro inusual.

Cuidado.Era muy joven. Era una chica muy bonita, morena, bajita, encantadora. Ella tenía todo lo que se puede tener en la vida para ser feliz, pero estaba llorando. Lloraba tanto que no se se dio cuenta de que el semáforo estaba rojo para ella. Ni vio al coche que apareció de pronto. De pronto se vio tumbada cara al suelo con un brazo protector sobre sus hombros. El coche se dio a la fuga, tras haber fallado el golpe contra la cabeza de la chica por un par de centímetros. Debería añadir que el brazo que la protegía y la presionaba contra el suelo era el mío. Le acababa de salvar de una muerte segura.

—¡Oh, Dios mío! ¿Quién eres tú? —me dijo dándose cuenta a medias de lo que acababa de ocurrir.

—¿Estás bien?, —repliqué. —Te pusiste delante de ese coche. Parecía que querías suicidarte, pero en caso de que no fuera así, pensé que yo tenía que hacer algo. Si quieres morirte, hay muchos otros coches entre los que escoger, aunque yo no me voy a quedar a mirar.  Pero si no querías morir, jovencita, aquí tienes tu vida.

La chica escuchó mi charla en silencio, pues estaba tan nerviosa que no sabía qué decir, al parecer. Yo también estaba nervioso  porque yo sabía que podíamos estar muertos los dos. Si lo hubiese pensado, la habría dejado morir. Pero le vi la cara tan triste, la cara de la tristeza misma, que me tocó el corazón, por lo que supe que tenía que hablar con ella. Quizá me diera una cita. Y luego vi el coche.

Me miró en silencio. Y allí estábamos los dos, tumbados en la acera boca abajo, mirándonos, con mi brazo todavía sobre sus hombros. De pronto me di cuenta y lo quité de allí, y los dos estallamos en una carcajada nerviosa, como si estuviéramos locos. No había nadie por allí, pues era la hora de la siesta.

Me comencé a levantar y a ayudarle a ella a hacerlo. Era muy hermosa y delgada, casi anoréxica. Era muy joven y sus ojos eran enormes, brillantes y marrones. Me sonrió y me dijo:

—Gracias. Te debo la vida.

—Bueno, me bastará con una cita, —repliqué sin pensar.

—¿Una cita?

—Mi psicóloga me acaba de decir que tengo que intentar conseguir una cita con una chica bonita. Dice que me hará mucho bien. Algo así como ayudarme en mi problema, el que quiera que sea. Pero... —seguí, —parece que hay problemas mucho peores que el mío, según veo.

—Ajá, —ella asintió. —¿Tú tienes un problema con las mujeres?

—Bueno, no exactamente, —intenté ser optimista, —acabo de tirarme a una.

—¡Oh, qué gracioso!, —dijo ella, nerviosa. Pero luego sonrió y añadió: —Tienes razón. Me tiraste, y te lo agradezco, porque así me salvaste la vida.

—Pero dime: ¿querías de verdad que ese coche acabara con tu vida? A propósito, ¿cómo te llamas?

—Yo soy Marina. ¿Puedo saber el nombre de mi salvador?

—Ah, Rick. Ricky para los amigos.

—Bueno, supongo que esto me convierte en tu amiga, Ricky.

Mientras hablábamos nos poníamos en pie, y cuando ya estábamos de rodillas, aquella chica me abrazó con tanta fuerza como pudo, y luego me besó en la mejilla con mucho ruido.

—Nunca olvides mi beso, Ricky, mi salvador, —dijo.

—Pero todavía no me has contestado, —le dije ayudándola a ponerse en pie del todo.

—Bueno, no me di cuenta de que ese coche iba a por mí, Ricky. Pero no me habría importado que me alcanzase. Todo habría sido más rápido para mí.

—¡Mas rápido! ¿Qué quieres decir con más rápido?

—Vengo de la consulta del médico, Ricky. Me acaba de decir que tengo cáncer.

—¡Cáncer!

—Sí. Cáncer de hueso. Me caí en mi casa la semana pasada y me duele la rodilla. Fui al médico y me han hecho unos análisis. Hoy han salido los resultados y me han dicho que es cáncer. Me dijo que si no me trato duraré un mes, puede que dos.

—Oh, —dije, sin poder decir nada más. La vida no me había preparado para una situación como esta.

—¿Cuántos años tienes, Marina?

—Diecisiete.

—¡Diecisiete! ¡El cáncer debería estar prohibido cuando uno tiene diecisiete!

—Ya lo sé. Pero es lo que hay.

La verdad es que yo no sabía qué hacer. Por eso dije algo realmente estúpido:

—¿Sabes lo que haría yo si fuera tú?

—¿Qué? ¿Suicidarte?

—No. Preguntarle a otro médico. Para ver si es verdad. Ya sabes, la gente se equivoca de vez en cuando, y los médicos son gente también.

Ella me miró asombrada. Luego sonrió con tristeza, y me dijo:

—Gracias, Ricky. Durante unos segundos me convenciste. Te quería creer. Pero los médicos no se toman estas cosas a la ligera. Si me dice que tengo cáncer, el médico tiene que estar seguro. Además, me espera mañana en el hospital apra darme la primera sesión de quimioterapia. A ver como se lo digo a mi madre...

—¡Mañana!, —exclamé. Eso no puede ser. Esta chica llegó a mi vida de repente y no se puede marchar igual de rápido.

Levanté la vista y vi una placa en la pared: «Dr. Jones, Oncólogo».

—Bueno, Marina, te diré lo que haremos: vamos a preguntarle a ese tío de ahí. Si está de acuerdo con su colega, me lo creeré.

—Pero yo no tengo dinero, Rick. Querrá cobrar la visita.

—Oh, no te preocupes. Yo pagaré la visita.

—No sé... Bueno, vale, tú eres mi salvador, así que confiaré en ti una vez más.

Así que tocamos en la puerta y preguntamos que si podíamos ver al doctor. La enfermera nos miró con sorpresa, pero antes de que nos pudiera preguntar que si teniamos cita, yo añadí: —Estamos muy preocupados.

—Veré lo que puedo hacer. El doctor estaba a punto de irse.

Ella se fue a la otra habitación y oímos unas voces. Después de unos minutos, salió.

—El doctor les verá. La visita cuesta £200.

Marina se giró hacia la puerta, pero yo la tome por el codo y la hice mirarme para decirle: —Mira, muñeca: es ahora o nunca. Haz lo que te digo.

Saqué mi cartera y le di a la enfermera las últimas 200 libras que me quedaban.

El doctor era un hombre mayor que tenía la pinta del abuelo bonachón que a todos nos gustaría tener. Era muy amable y escuchó mi resumen de la historia clínica, ya que ella no decía una palabra:

—Bueno, doctor, Marina tiene diecisiete años y fue al médico porque le dolía una rodilla. Le hicieron unos análisis y llegaron a la conclusion de que tiene cáncer de huesos. Pero yo creo que eso no puede ser. Las chicas de diecisiete no tienen cáncer, ¿verdad?

the Psychologist, a fable.

—Oh, joven, —dijo el doctor, —hasta los niños de ocho años pueden tener cáncer hoy en día. Sean chicos o chicas.

—Pero podemos hacer algo, ¿no?

—Bueno, dejemos que hable ella, para empezar, amigo mío, —me dijo con una sonrisa.

—Bueno..., yo..., —dijo ella.

—¿Cómo te llamas jovencita?

—Marina. Me llamo Marina Williams.

—Bien, Marina. ¿Tienes los informes del hospital?

—Sí, doctor. Venía de allí cuando tropecé con Ricky. —No caí entonces en lo irónico de su frase.

—Permíteme verlos, por favor.

El doctor los estudió con calma mientras su frente se arrugaba aún más de lo que ya estaba antes. Luego estudió las placas de rayos X y miró las piernas de Marina. Ella llevaba minifalda, por lo que pudo verlas bien, y luego sonrió.

—Bien, Marina, por favor, siéntate ahí, —dijo señalando una camilla situada en alto, que tenía allí para examinar a sus pacientes.

—¿Me salgo fuera, doctor?, —dije.

—Oh, no, amigo mío. Usted puede verlo todo, no se preocupe.

—¿Me tumbo?, —preguntó ella.

—Oh, no, no hace falta. Siéntate ahí y cruza las piernas. Deja la rodilla que te duele encima de la otra. Son tus rodillas lo que quiero ver.

Así lo hizo y sus dos pies estaban en el aire, porque la camilla estaba alta.

—Así que esta es tu rodilla delicada, Marina, ¿verdad?, —dijo señalando su pierna derecha, que estaba sobre la otra.

—Eso es, doctor.

La presionó con la palma de la mano, y luego con la punta de los dedos. Luego sacó un martillito de caucho y metal y le dijo:

—Vamos a imaginarnos que esta pierna no es tuya, Marina. Mírame a los ojos y dime qué sientes.

Mientras ella le miraba, él le golpeó con suavidad con el martillito en la rodilla. El pie subió unos centímetros en el aire tras cada toque.

—¿Duele?

—No, doctor.

—¿Qué sientes?

—Absolutamente nada, doctor.

Frunció el ceño, y luego le dio bastante fuerte.

—¡Ay!, — se quejó.

—Pensaba que no sentías nada, —dijo sonriendo. —Debo decir que cualquiera hubiera sentido el dolor, Marina, pero algunos no tienen sensibilidad. Por eso te di tan fuerte.

—No pasa nada, doctor.

—Bueno, esto no es tan malo como yo pensaba al principio. No vayas mañana a la quimioterapia. En su lugar te voy a pedir unos análisis, algunos de los que ya te han hecho, y otros nuevos, más especializados.

—Pero, doctor...

—¿Sí?

—Yo no tengo dinero. Por eso fui al Hospital de San Patricio. Pertenece a la Seguridad Social.

—Ah, ya veo... Bueno, los jueves yo paso consulta en el Hospital de San Pablo, que también pertenece a la Seguridad Social. Ven mañana a las ocho en punto. No desayunes. Ven a mi consulta y dile a la enfermera que me pregunte. Dile que yo te di la cita en persona, que te llamas Marina Williams... A propósito, ¿esta B qué significa?

—¿B? ¿Qué B?

—Aquí dice Marina B. Williams.

—El nombre de soltera demi madre era Bates. Me pregnto cómo se han enterado. Yo nunca lo uso.

—Listos que son en San Patricio, —dijo el Doctor Jones con una mueca.

Luego me miró y añadió: —Asegúrate que esté allí a las ocho en punto de la mañana. No la dejes ir más a San Patricio, por favor.

—Allí estaremos, doctor, —le dije.

Pronto estuvimos fuera de la consulta, andando hacia su casa.

—Bueno, no sé cómo te voy a devolver el dinero, Ricky. Yo no tengo dinero propio, y mis padres tampoco.

—No te preocupes, Marina. Él es buena persona. Se encargará de ti. Mañana estaré aquí a las siete y media. Estaré a tu lado. Luego, cuando terminen de hacerte los análisis, te invitaré a  desayunar en algún sitio.

Al día siguiente los análisis fueron sencillos y rápidos. Después de terminar de hacérselos, fuimos a desayunar.

—¿Tú no trabajas?, —me preguntó.

—Bueno, sucede que estoy de vacaciones ahora, —contesté. —Pero vuelvo al trabajo dentro de dos días.

—¿Qué haces en vacaciones?

—Oh, no mucho, en realidad. No tengo dinero para ir a ningún sitio. Pero es bueno estar aquí sin trabajar mientras todo el mundo trabaja. Me paseo, voy a la biblioteca pública, al cine, hasta a la sala de conciertos... Ya ves, hay mucho que hacer aquí, en Londres. No hace falta irse a ningún otro sitio para pasáselo bien.

—Oh, ya veo. Es una pena que yo no pueda hacer eso.

—No pienses eso, Marina. Todo va a ir bien. Ya lo verás.

—Ojalá. Dios te oiga.

Dos días más tarde fuimos a ver al médico otra vez.

—¡Es lo que yo pensaba, jovencita!, —comenzó el doctor. —Cuando te di con el martillo donde se suponía que estaba tu cáncer, no soltaste un aullido, por lo que sospeché inmediatamente de un error médico; pero también estaba la posibilidad de que tu cáncer fuese incipiente, por lo que te mandé los análisis otra vez. Estos nuevos dicen que tienes un chichón de varios días en un hueso que está justo debajo de tu rodilla derecha, a consecuencia de tu caída, pero que no hay cáncer que valga. Ya se lo he dicho a tu médico de San Patricio, porque tiene que haber alguien de nombre similar al tuyo que tiene cáncer y no lo sabe. Pero en cuanto a ti, tienes un estado de salud que para mí lo quisiera.

Marina empezó a llorar cuando oyó eso.

—¡Oh, doctor! ¿Está usted seguro?

—Estoy tan seguro como que es de día ahora, jovencita. Tienes una vida maravillosa ante ti, quizá cincuenta, sesenta años o más para vivir. Aprovecha cada segundo de ellos, sería mi recomendación.

Cuando salíamos de la habitación, Marina me apretaba el brazo con mucho afecto. La enfermera nos sorprendió de nuevo:

—Dice el doctor que no les cobre por esta visita. Por desgracia no damos estas noticias todos los días, y estamos contentos nosotros también, —dijo mientras nos abría la puerta para que saliéramos.

Cuando estábamos fuera, Marina dijo:

—Ricky, me has salvado la vida otra vez. Te quiero.

Yo no sabía qué decir. De hecho no sabía por qué había insistido tanto en que ella viera a otro médico, ni tampoco por qué me había gastado las doscientas libras en la primera visita. Pero me sentía unido a aquella muchacha.

—Bueno, Marina, —dije al final, —estás agradecida, eso es todo. No me conoces, y yo no te conozco. Pero todo lo que yo quiero es una cita. O, bueno, dame dos.

—Tonto.

Toda mi vida había odiado esa palabra, pero en sus labios sonaba como la música.

—Lo sé, Marina. Yo también estoy contento. Vamos a tu casa a decírselo a tus padres. Estás vivita y coleando.

—Bueno, no les llegué a decir que me iba a morir. No todavía. Se lo iba a decir el día en que te conocí, pero no lo hice porque fuimos a este médico, y por eso ellos no están preocupados. Nunca lo estuvieron porque no lo supieron.

—Bien, entonces. Vamos a tomarnos un helado.

Nos sentamos en una heladería al aire libre y estuvimos charlando durante horas. Luego la acompañé a su casa, y al día siguiente tuvimos nuestra primera cita formal. La primera de mi vida.

—Pero esa no fue una cita normal, —me dijo Sam, mi psicóloga, en mi siguiente visita. —¿Has intentado quedar con otra chica?

—No..., bueno..., si estoy con Marina no puedo estar con otra chica.

—¿Tienes una relación formal con ella?

—Bueno, no quiero arriesgar lo que tengo.

—Ya veo, —dijo Sam mientras escribía en el cuaderno. Luego añadió: —¿Qué tienes?

—Bueno, no lo sé. Me gusta ella, a ella le gusto yo... ¿Qué más tiene que haber?

—Sí, tienes razón. Pero escucha, —dijo ella lentamente, —a esa chica le has salvado la vida dos veces. Ella está agradecida, y eso puede ser todo. Puede haber otro chico más joven del que se enamore. Y eso os hará daño a los dos, mucho más que si lo dejáis ahora. Pero puedes seguir siendo su amigo. Creo que tú necesitas otra chica, aunque sigas viendo a Marina.

—Bueno, podría hacer eso. Pero no quiero hacerle daño de ninguna manera.

—Eso es un gesto muy bonito por tu parte. Pero necesitas conocer a otra chica, también. Una a la que no le hayas salvado la vida.

—Supongo..., —dije, comprendiendo su punto de vista.

—¿Qué hiciste en tu primera cita con Marina?

—Fuimos al cine.

—¿Qué visteis?

—Una comedia tonta llamada Crash.

—¿Os lo pasasteis bien?

—Sí, nos reímos mucho.

—¿Y luego?

—Después del cine paseamos por el parque y hablamos de sus problemas. Ella está en el último año del instituto, pero con todo este asunto ha perdido la concentración y algunas clases, y tiene miedo de no aprobar sus exámenes.

—Entonces ¿qué va a hacer?

—No hay mucho que pueda hacer, supongo. Tendrá que hacerlos de nuevo el año que viene.

Samanta anotó todo lo que yo decía. Luego me miró de nuevo y me dijo: —Sigo pensando que necesitas otra cita. Alguien de tu edad, o más cerca de la tuya cerca que de la de Marina.

—Muy bien. Lo intentaré.

—Mira, no puedes proyectar el papel de tu madre en una niña de diecisiete años.

—No, no lo hago.

—Tampoco puedes ser la madre protectora de esa muchacha.

—Lo sé.

—Por eso tienes que cambiar a otro papel. Ir a sitios, hablar con gente. Encuentra otras chicas. Y cuando las conozcas, decide a cuál eliges.

—Sí, Sam.

—Eso es todo por hoy. Tu tarea para los próximos dos meses será tener otras citas, conocer y escoger.

—Muy bien.



Si te ha gustado este fragmento puedes acceder a toda la historia por menos de un euro en Amazon, o gratuitamente, si lees Esperanto, en esta misma web. La versión original fue escrita en inglés, y también puede obtenerse en Amazon por el precio de €2'99.







Bibliografía.

Si le ha gustado este libro, puede leer otros del mismo autor, cuya referencia encontrará en http://www.obracompleta.com:

  1. El amo de casa: escrito entre 2005 y 2008, de inminente aparición.Mis obras.
  2. La versión de Tirolino, o El servidor de Roma.
  3. ¡Viva la República!
  4.  Amén.
  5. Viaje final.
  6. Transgresion:
    1. El putero.
    2. Oumou, the Ebony Hetaera.
    3. The Happy Pimp / El proxeneta feliz.
  7. Abuelo y nieto.
  8. Oficial y bailarina.
  9. Cuando los marcianos conquistaron La Tierra.
  10. Historias de El Diablo.
  11. Cuéntotelo: 28 cuentos variados.
  12. Transgresión:
    1. La cronista, o los amos del tiempo,
    2. Tricronía, o El otro lado de la creación,
    3. Los desterrados, o El cielo es humano.
  13.  Cuento en 3 idiomas:
    1. El soldado y la bruja.
    2. The Soldier & the Witch.
    3. La soldato kaj la sorĉistino (kompleta).
  14. Un proyecto singular.
  15. The Singer's Complaint.
  16. El pecado del talibán, o La triste vida de Abdul Saleh.
  17. Una prehistoria de amor, o El niño que no quería ser Jefe.
  18. Los obscuros.
  19. La embaucadora, con La Dama.
  20. Desencuentros, con La Dama.
  21. La redención de Ecolgenia.
  22. El libro de las crónicas angélicas y las anécdotas diabólicas.
  23. Crímenes Terapéuticos.
  24. Los siete pecados capitales. Pendiente de publicación. Con otros 6 autores.
  25. Una historia sagrada.
  26. A ver si lo entiendo.
  27. El libro de los haikus golfos.
  28. Escuela de escritores.
  29. La saga del Padre Nuestro.
  30. Escúchame.
  31. The Year I Was a Woman. La jaron, kiam mi estis virino.
  32. The Psychologist. La psicóloga. La Psikologistino.
  33. Jack Daniels' Strange Death.
  34. The Misfortunes of Don Juan.
  35. The Baby Scare.
  36. Cuentos marineros.
  37. Fábrica de cuentos: En colaboración con otros autores:
    1. Tema libre, 21 autores.
    2. Tema libre, 19 autores.
    3. Románticos, 12 autores.
    4. Ciudades, 10 autores.
    5. Fantasía, once autores.
    6. Terror, 9 autores.
    7. Históricos, 7 autores.
    8. Ficción científica, 9 autores.
    9. Humor, 8 autores.
    10. Biografía. Aparecerá en octubre de 2016.
  38. Sueños para una noche. Cuatro historias de terror de cuatro autores diferentes.


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Si os gusta la historia, podéis decírmelo. En caso de que no os guste, me lo podéis decir también.
En ambos casos, pronto veréis el resto del segundo capítulo y parte del tercero.


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