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La papisa Puri da imagen a la portada de Los desterrados.

Jesús Delas.

Los desterrados.

En el tercer volumen de Transgresión un grupo de terrícolas se ha desplazado hasta una galaxia lejana y ha colonizado un planeta deshabitado al que llamaron Rodio. Sin embargo, cerca de él, astronómicamente hablando, había otro planeta, Irkil, cuyos habitantes, los irkiles, comían carne hunana y en cuanto los descubrieron, varios milenios después de haber llegado, los consideraron su granja. No obstante, los rodianos tenían a Dios de su parte, y más tarde a una diosa muy particular. Los rodianos estaban muy desunidos, pues formaban ua confederación de repúblicas, mientras que los irkiles estaban todos unidos bajo el mando férreo de El Príncipe Sete. Pero tras la aparición de la primera papisa de una nueva religión el planeta se une espiritualmente y eso le da una nueva dimensión al conflicto.

En esta trilogía ninguno de los tres libros guarda continuidad argumental con los otros dos, aunque el orden lógico coincide con el numérico, pero este último volumen tiene una serie de elementos nuevos que no estaban tan presentes en los dos anteriores: la conquista del espacio profundo, la guerra de dos mundos, la creación de una religión, la Religión Cándida en que los obispos, aquí llamados druidas, son todos hombres, pero ninguno puede ser papa porque esa dignidad corresponde siempre a una mujer y que basa su liturgia en el canto y el baile en iglesia, o sea en común. No es tan extenso como los anteriores, pero creo que el lector se lo va a pasar igual de entretenido con el desarrollo argumental en los ocho capítulos de que consta.

Los desterrados narra también la metamorfosis de Irkilia, el mundo de los irkiles, que se convierten en un modelo de ética y progreso con la ayuda de sus nuevos dioses. También contrapone los inconvenientes y las ventajas de la dictadura (Irkilia) y a democracia (Rodio) en modo cínico, pero carente de maniqueísmos.

Este libro te sumerge en la duda sobre muchos dogmas que nos agobian en el mundo moderno y no nos dejan ver lo que tenemos delante de las narices. Porque el mundo es nuestro, pero sólo cuando nosotros queremos. Cuando acabes de leer este libro, quizá descubras a un rodiano dentro de ti, pero también a un irkil..., aunque no sepas cuál de ellos es más presentable.

El censo de personajes es mucho más reducido que en los dos volúmenes anteriores, pero los protagonistas principales de allí vemos que se han convertido en personajes secundarios aquí. Os los presento a continuación.


Nombres

Aldara: Camarlenga de la papisa de Rodio.
Alejo: Naotaxista de Maria y novio de Puri.
Arsa: Concubina de Sete, Príncipe de Irkilia.
Aurora: Continente más Oriental de Rodio.
Aussie: Primera diosa de Irkilia, hasta que le cede el puesto a Osk.
Barataria: La mayor de las islas de Maria, continente formado por más de diez mil islas.
Caledonia: Ciudad más oriental de Aurora, continente de Rodio.
Cándido: Dios de Rodio.
Elspeth: Latifundista baratariense.
Hesper: Nombre con que los rodianos concían Irkilia.
Knosis: Ciudad y puerto más importante de la isla de Magüi, en Maria.
Irkifobia: Planeta de la Constelación de Pegaso habitado por terráqueos, que lo llaman Rodio.
Irkilia: Planeta de la Constelación de Pegaso habitado por los irkiles, seres peludos y orondos.
La Estaca: Puerto sito en el extremo sur de Barataria.
Maria: Continente de Rodio que consta de más de diez mil islas.
Osk: Tercer dios de Irkilia.
Otranto: Capital de Raquel, continente de Rodio.
Puri: Camarera del hotel Excelsior, de Caledonia, Aurora. Representante de Cándido en Rodio.
Rodio: Irkifobia para los irkófobos, o sea rodianos.
Sheba: Diosa madre de Aussie. Usó otros nombres: Srat y Sahib.
Sete II: Príncipe que rige todo el planeta de Irkilia.
Tegueste: La isla más occidental de Maria.
Tekia: Segunda concubina de Sete.


El fragmento que os voy a presentar es la tercera parte de las seis que forman El triunfo de Dios, capítulo 6 de este libro:

La camarlenga.

De las cinco naves quedaba sólo una. Era el núcleo de la nueva Luna que iluminaba las noches del planeta. Allí decidió Cándido que se establecería la residencia real de la papisa Puri, si bien su residencia oficial estaría en la ciudad más populosa del planeta, Otranto. Allí habían comprado un terreno de un kilómetro cuadrado de extensión, en cuyo centro habían construido una pequeña ermita a la que había adosado una vivienda con dos dormitorios. En uno de ellos hacía vida pública y dormía Puri, y en el otro la única sirviente que tenía, Aldara. Se trataba de una mujer de unos cincuenta años, morena, de pequeña estatura, pero experta en artes marciales. Había tenido una vida agitada, en la que había desarrollado muchas cualidades para defenderse y estar atenta a posibles peligros que podían venir de cualquier parte. Pero también era una mujer cariñosa y que cuidaba de sus amigos. Enseguida le cayó bien a Puri. En una de las primeras reuniones que tuvo con un grupo de mujeres, se introdujo, como tenía por costumbre, en la mente de cada una de ellas, y le encantó lo que vio en la mente de Aldara. Era una persona que estaba siempre alerta, pero no sólo por posibles peligros, sino buscando afecto. Era una mujer que raramente lo expresaba. Pero estaba hambrienta de él. No se le habían acercado más que personas que querían algo de ella. Algo a cambio de nada. Gente aprovechada. Se dejaban engañar por su falso aspecto frágil de mujer pequeña, seria pero ingenua. Y se daban cuenta de su error, sobre todo los hombres, cuando se veían en el suelo con algún golpe de más. Y las mujeres cuando les soltaba un latigazo con su lengua viperina, un latigazo dialéctico del que era difícil recuperarse a tiempo para algo más que disculparse y marcharse. Pero eso le había granjeado la enemistad de casi todo el mundo. Amigos tenía sólo unos pocos, y no la trataban con demasiada frecuencia. Aldara llevaba decenios sin buscar, ni en realidad necesitar, la aprobación de los demás. Pero todo eso cambió cuando conoció a Puri.

La conoció en Bahi, un pueblo de la isla de Magüi, cerca de Puerto Knosis, su capital. Coincidieron en la puerta del salón donde iba a haber una charla sobre la nueva religión. Puri le cedió el paso, como era natural en ella, y Aldara se extrañó de que una mujer hiciera eso con ella. Se quedaron ambas mirándose, pero la deportista quedó cautivada por la sonrisa amplia y sincera que vio en Puri. Por primera vez veía a una mujer que no la miraba con desconfianza. Puri le hizo un gesto con la mano para que pasase ella primero, y ambas entraron en el recinto. No había nadie más, así que se sentaron en el primer banco, a esperar. Se trataba de un amplio salón en el que había una especie de tarima con una mesa y cinco sillas, y frente a la tarima había una serie de bancos de madera, con el asiento corrido, tal como se veía en las antiguas iglesias católicas de La Tierra.

—¿Eres de Bahi?—, preguntó Puri.

—No. Estoy de vacaciones. ¿Y tú?

—He venido por motivos de trabajo.

—Y ¿cómo has oído sobre esta nueva religión?

Puri sonrió con esa sonrisa dulce que le caracterizaba y que le daba ese aire de ingenuidad que le había acompañado toda su vida, a pesar de estar al cabo de la calle en muchas materias. Intimar con desconocidos era una de ellas.

—A través de un amigo que vino a visitarme—, afirmó Puri sin revelar que era un nuevo amigo al que no había visto nunca antes, y que era el artífice de la religión, el mismo dios. —¿Y tú?

—Lo he visto esta tarde por televisión. He pensado que podía ser interesante.

—¿No sabes nada de esta religión?

—Sólo lo que me contó mi amigo. Y, además, lo que pone el catecismo. Mira, este es mi ejemplar, si quieres te lo dejo—, dijo entregándole un ejemplar que sacó de su bolso. Aldara lo tomó en sus manos, y lo ojeó brevemente.

—Parece que tiene las ideas claras.

—Sí, me da la impresión de que está escrito para tontos. Pero luego se va complicando un poco, no creas. Y al final vienen unas cuantas canciones para usar en los oficios religiosos. ¿Te gusta cantar?

—Cuando era pequeña tuve una profesora que nos hacía cantar todos los días, y luego estuve yendo unos años al conservatorio.

—¡Ah, sí? Qué interesante. ¿Y qué aprendiste allí?

—Aprendí a cantar y a tocar la bandurria, la guitarra y el banjo.

—Lees música, claro.

—Pues sí. Bueno, o leía, porque hace muchos años que no practico.

Y poco a poco fue contándole a Puri su vida, cómo de pequeña había sufrido mucho por su pequeña estatura, hasta que se decidió a aprender en serio artes marciales, con la idea de hacerse tragar sus ínfulas a tanto arrogante suelto que iba por ahí intentando pisarla porque ella era más pequeña. Pero en el camino se encontró con que ella misma creció mucho más que los que la rodeaban, en un plano ético y moral, lo que la llevó a crecer intelectualmente, y las artes marciales la convirtieron en la persona mas pacífica que conocía, y la más equilibrada también. De hecho, había utilizado sus conocimientos de defensa personal en contadas ocasiones en que algunos estúpidos, engañados por su falsa sumisión quisieron propasarse con ella, o con alguna persona a la que ella tuvo que socorrer. Esos matoncillos, y matoncillas, que en Rodio de todo había, aguantaban sólo un asalto: cuando se veían en el suelo, o con un cardenal, se iban corriendo porque no querían más.

Media hora más tarde aparecieron por allí dos druidas, como se llamaba en la religión cándida a los obispos, que al ver a las dos mujeres se detuvieron, dubitativos. Puri les preguntó que si era allí donde se iba a realizar el oficio, y luego que si eran ellos los que tenían que disponer todo. Así lo hicieron los hombres, y el salón se fue llenando poco a poco.

A la hora prevista aquellos dos hombres se sentaron en la mesa, y en el otro extremo se sentaron otros dos que llegaron después. Entonces Puri que había seguido charlando con Aldara hasta ese momento, le dijo:

—Perdona, Aldara, tengo que trabajar. Pero no te vayas, que después quiero hablar contigo y hacerte una propuesta.

Y para sorpresa de todos, Puri subió a la tarima y se sentó entre aquellos cuatro hombres. Uno de ellos agradeció su presencia a todos los asistentes, y a continuación presentó a la papisa Puri, que se dirigió a todos ellos y realizó una breve pero elocuente exposición de la Religión Cándida, y lo que pretendía realizarse por medio de ella. Les habló de la inmortalidad, de la vida eterna, que era asequible a todos, pero sólo por medio de mucho esfuerzo y preparación, de abnegación y entrega a los demás. Pero podía hacerse, y que incluso los irkiles habían accedido a ella, al menos algunos de ellos. Eso cayó como una bomba entre los asistentes. Los irkiles no eran ya esos seres abyectos de los que había que protegerse porque se querían comer a los humanos. Algunos de ellos eran buenos. Y los rodianos no eran tan buenos. Pero Puri les habló también de las herramientas que proporcionaba la nueva religión para superarse, para trabajar cada vez mejor en su propia persona, para mejorar, para crecer, para llevar una vida buena.

Al terminar la conferencia, hubo algunas preguntas, que Puri contestó de forma clara y contundente. La propia Aldara le hizo una pregunta:

—Si los irkiles ya no suponen un peligro para nosotros, ¿para qué sirve esta religión?

—Sí, esa pregunta me la esperaba, porque es totalmente lógica. Pero que algunos irkiles hayan accedido al estado de la perfección no significa que todos lo vayan a hacer. Muchos no lo conseguirán. Otros no querrán hacerlo. Y todos los irkiles no son buenos, no serán buenos para nosotros. Está previsto que las dos razas trabajen juntas, pero el proceso no será rápido ni indoloro. En Irkilia hay una religión que tiene dos dioses, la diosa Liiva y el dios Osk, y dos altas sacerdotisas, mientras que nosotros tenemos sólo un dios, Cándido, y una papisa, vuestra servidora. Los dioses han pensado darles a los irkiles un poco de lo que a nosotros nos sobra, la diversidad; mientras que a nosotros nos dan lo que a ellos les sobra: la unidad. Si los rodianos se unen en algo, y se ha pensado que lo que más une son las creencias, la religión, y los irkiles divergen un poco, también a través de la religión, es posible que lleguemos a tener metas comunes que hagan el milagro de colaborar en lugar de intentar matarnos. ¿Lo conseguiremos? Eso lo tendrán que decidir los rodianos.

 Al terminar el acto, algunos fueron a hablar con Puri y los druidas, pero Aldara se quedó en su asiento, meditando. Pensando en todo el incidente, en cómo había conocido a esa chica tan maja, que se había ganado su confianza, se habían hecho confidencias que no había hecho ella a ninguna persona en toda su vida, y que luego había resultado que era la papisa, la jefa de la nueva religión. Sí, se dijo con una inesperada alegría, sí, era buena. Era buena sonsacando a la gente, haciendo amistades, y, lo que era aún más increíble, Puri era una buena persona. Sencilla como si no fuera nadie, y resultaba que era en aquel momento la persona más importante de Rodio. La persona que todos los periodistas querían entrevistar, pero que siempre se las arreglaba para que ninguno de ellos diera con ella. Y ahora ella tenía más información de primera mano sobre la papisa que nadie en todo el planeta. Ella misma se lo había contado todo.

—¿Tienes un minuto?—, le dijo de pronto Puri. Se habían ido todos, y los cuatro druidas esperaban a la papisa en la puerta del salón. Pero Puri estaba pendiente sólo de ella ahora.

—Sí, claro. Perdona, debo haberme quedado dormida con los ojos abiertos.

—Estabas—, dijo Puri con la sonrisa más bondadosa que Aldara había visto en toda su vida, —tan absorta en tus pensamientos que no te has dado cuenta de que todos se han ido. Pero no te podías ir. Estás intrigada por mi propuesta.

—Así es. ¿Cómo lo has sabido?

—Me lo dice tu mirada, Aldara. La verdad es que tienes una mirada muy elocuente.

—Nunca me habían dicho eso.

—Porque no han sabido mirarte, Aldara. Bueno, ahora no tienes trabajo, ¿verdad?

—No. Me he tomado un año sabático. Hago turismo, hablo con la gente, me dedico a leer y a poco más.

—Tengo un trabajo para ti. Me has dicho que eres deportista y entiendes artes marciales. Una chica como tú me vendría muy bien. Pero el trabajo entraña una gran responsabilidad.

—Tú dirás.

—Escolta.

—¿Cómo?

—Serás mi guardia personal. Irás a dónde vaya yo, entrarás dónde yo entre, y supervisarás mi seguridad. No dejarás que nadie me haga daño físicamente. ¿Crees que podrás hacerlo?

—¿Tendré otros guardias a mis órdenes?

—No, Aldara: tú serás toda mi seguridad.

La chica se le quedó mirando. Ignoraba los peligros a los que se podría enfrentar una papisa, pero cuando en el pasado había trabajado en la seguridad de algún personaje, había habido al menos una treintena de hombres muy preparados para la tarea. Y esta era la persona más popular del planeta en este momento.

—No creo que sea suficiente una sola persona.

—¿Por qué no probamos? Si pasado un mes ves que hay que contratar a más gente, te encargarás tú de eso.

—Un mes me parece mucho. Una semana.

—De acuerdo. ¿Cuánto quieres de sueldo?

—Es una gran responsabilidad.

—¿Diez mil cañas?

—¿Al año?

—Al mes.

Aldara tragó saliva, nerviosa. Eso era lo que le pagaban al año en su último trabajo. Acababa de multiplicar su salario por diez.

—Hecho.

—Sólo te pido que seas invisible, Aldara. Si ves algo raro, me lo indicas con unas breves palabras, y nos protegemos. Pero no quiero que empujes a nadie, ni que la gente se dé cuenta de que tengo agente de seguridad.

—Va a ser difícil.

—Bueno, mira, hoy quiero que estés conmigo y no hagas nada. Sólo fíjate en la gente. Yo no te presentaré a nadie, pero con un gesto haré ver que vienes conmigo—, y diciendo esto la tomó por el brazo y la atrajo un poco hacia sí, soltándola luego. —Al final del día hablaremos.

—Pero mi horario laboral ¿será muy largo?

—Bueno, en realidad serás mi señorita de compañía. Además de mi escolta, serás mi doncella de cámara. Mi camarlenga. Estarás a mi disposición por si te necesito día y noche. Más adelante, cuando ya domines todos los deberes de tu nueva profesión, podremos contratar a otra que te substituya parte del día. Pero de momento quiero sólo a una persona. Por supuesto, Aldara, vivirás conmigo.

—¿Dónde?

—Buena pregunta, Aldara. Aún lo estamos decidiendo. Pero será en la ciudad más populosa del planeta, Otranto, la capital de Raquel. ¿La conoces?

—Una vez trabajé de escolta allí, para uno de sus ministros. Pero fue hace tiempo.

—Pues ahora serás vecina de allí.


Este libro  tiene un  cambio de clave, como acabas de comprobar en el fragmento que acabas de leer. Es el más breve de los tres que forman la trilogía, y sin embargo tiene tantos elementos nuevos como los otros, y su planteamiento moral y filosófico es completamente antimaniqueísta: los malos malones, los irkiles, resulta que ya no lo son tanto. Y los rodianos, los buenos buenotes, resulta que necesitaban un hervor final. Pero todo está cementado por la pasta formada por los personajes secundarios, que protagonizaron los dos primeros volúmenes de la trilogía y que están presentes a lo largo de este volumen de una u otra manera.

Mi intención es que este libro aparezca también en papel, pero de momento la única manera de leerlo es en el formato digital, pero se puede conseguir por menos de un euro.

Espero que te haya gustado este fragmento y que te haya motivado a comprar el libro. Si así lo haces, estaré encantado de leer y aprovechar las críticas que tengas a bien enviarme a mi dirección,  o a mi blog.




Si quieres leer el libro completo, lo puedes compara en Amazon por tan sólo €6'05. Quizá lo publique en papel algún día, o bien solo o la trilogía completa, pero en ambos casos el precio será sensiblemente mayor.

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