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Portada de El putero.Jesús Ángel.

El putero.

Escrita entre 2011 y 2012, esta novela está dedicada A todas las hetairas, geishas, damas de compañía, escoltas y putas que en el mundo han sido, por los autores. Sí, este es el primer libro que hice a medias con otro escritor, Jack Crane, al cual le seguirían otro años más tarde (La redención de Ecolgenia, en tres partes, que publicamos en Amazon y posteriormente también en papel), dos con La Dama (obviamente es un pseudónimo en el que ella prefiere quedarse: La embaucadoraDesencuentros), con  tres autores (Jack Crane, Gema Gimeno Giménez y Anne Lake:  El libro de las crónicas angélicas y las anécdotas diabólicas), otro con cuatro autores diferentes (José Enrique Serrano Expósito, Ángeles Gabaldá Soler, Alexander Copperwhite y María José Moreno: Los obscuros), y finalmente con otros 39 autores (Fábrica de cuentos, antología en diez volúmenes y 113 cuentos, publicada de 2014 a 2016). Este libro es el primero de una trilogía, cuya segunda parte, Oumou, the Ebony Hetaera,  está publicada en inglés, aunque próximamente traduciré al español y al Esperanto. Si se domina el inglés, se puede encontrar algo más de información, y un extracto, en esta misma web. El tercer tomo, El proxeneta feliz, aún está  en fase de redacción.

El putero es una novela corta, en torno a las cien páginas, en que se analizan dos de las caras de la prostitución, la de la esclava y la de quien elige serlo, desde la perspectiva del consumidor de ese servicio, que es el que le da nombre a la novela. El tono de esta novela no es moralista, ni reivindicador de nada, pero defiende los valores de la bonhomía y la solidaridad, la generosidad, y la ayuda mutua, que vemos entre los protagonistas, Olivia y Eduardo, o Carmen, Fina y Pablo. Podéis encontrarla por €0'89 en Amazon en formato electrónico.

Espero que disfrutes de esta historia a cuatro bandas. Si así no ha sido, estudiaré encantado las críticas que tengas a bien enviarme a mi dirección,  o a mi blog.

A continuación os presento el índice y un fragmento con las seis páginas de la segunda de las seis partes del capítulo 2, donde la trama da el primero de sus puntos de inflexión, cuando Mariana recupera su libertad, aunque ya nada va a ser igual:

Índice:

Capítulo uno: Putero y padre en la vida.
Hombre de putas.
La primera vez.
La cara B.
Capítulo dos: El problema.
Olivia.
Mariana.
Málaga la bella.
El club Sotavento.
Historia de Paco.
Puta fina.
Capítulo tres: El encuentro.
La buena samaritana.
Los dos amigos.
La relación de Pablo.
Carmen y Fina.
Vuelta a casa.
Don Prudencio.

Epílogo.

Cuarenta años sin Mariana.


Mariana

Toda su vida se había trastocado totalmente por aquellos miserables. La habían elegido al tuntún, sin un estudio previo. No habrían sido unos macarrillas sin sentimientos si lo hubieran hecho de modo más profesional. Habían detectado que era cobarde, y abusaron de eso. En España la llamaban La Mansa por la misma razón. Había sido una más de las desaparecidas en una época de miseria y hambre en su país, después de la caída del Muro de Berlín, del desplome de la Unión Soviética y sus países satélites. De la noche a la mañana se vio sin su novio, sin su familia, sin sus estudios, sin sus sueños, aunque no tenía muchos: casarse, tener hijos, trabajar en algo relacionado con la historia del arte, quizá en un museo o en un colegio.

El error de aquellos mafiosos fue considerar que era víctima del Síndrome de Estocolmo. Ella no era una mujer vencida. No era una mujer vengativa, ni convertida. Había dejado su vida aparcada de momento, por imperativo de las circunstancias. Aquellos sinvergüenzas confiaron demasiado en las apariencias. Periódicamente trasladaban a las chicas de una a otra ciudad, para obtener mayores beneficios. Era ella, como otras muchas, una verdadera esclava sexual. Habitualmente llevaban a dos chicas escoltadas por dos de ellos, armados con navaja y veces con pistola, aunque normalmente no hacía falta llevar armas porque ellos, verdaderos animales de gimnasio, eran mucho más fuertes que ellas, y estaban acostumbrados a dominarlas con un bofetón. Un cliente había solicitado a una niña muy sumisa, y le encargaron a Iván, un animal ucraniano, que la llevase en coche. Él, un gigante de dos metros de altura, se bastaba para llevarla a ese pueblo que distaba apenas cincuenta kilómetros de su puticlub habitual, sin ningún problema.

A mitad de camino se le acabó el tabaco al animal, que sin dejar de conducir ni de mirar la carretera, ordenó a su presa:

—Tú, abre la guantera y dame un paquete de Ducados.

Mariana obedeció al instante, y tomó el paquete de tabaco y se lo dio al hombre, maquinalmente. Pero cuando fue a cerrar la guantera, sus ojos tropezaron con un objeto que no debería estar allí: un pequeño revólver.

Miró al hombre, y de nuevo a la guantera.

—¿Qué pasa?—, dijo el hombre. —Anda, cierra la guantera.

—Claro—, dijo ella, iniciando la maniobra con la mano izquierda, mientras la derecha se le colaba dentro de la guantera y cogía el revólver.

—¿Qué haces, puta?—, dijo el hombre mirándola directamente a los ojos.

El estampido de la bala al salir del arma la asustó. Nunca había disparado en toda su vida. Su mano salió desplazada hacia arriba, y se hizo daño en el codo contra el cristal de su puerta. El coche quedó sin control, y rozó la mediana de la autovía, desviándose hacia el quitamiedos de la parte derecha. Saltaron chispas de la puerta de Mariana, y el coche cambió de nuevo de dirección. Los otros coches lo evitaron, algunos acelerando y otros frenando. El Ford Fiesta conducido por Iván cambió de dirección de nuevo y volcó. Dio tres vueltas de campana antes de detenerse. Entonces chocó otro coche contra el suyo, y un tercero contra el segundo.

Cuando todo acabó, el coche estaba hecho un acordeón: su chapa estaba arrugada por todas partes, el techo muy rebajado, pero el habitáculo había aguantado. Cuando recobraba la consciencia, lentamente, dos guardias civiles habían roto lo que quedaba del parabrisas y la estaban sacando por delante, pues por suerte el coche había recuperado su posición natural, con lo que quedaba de las ruedas en el suelo. Cuando la habían dejado en el arcén, a diez metros del coche, junto a sus motos, que habían dejado en medio de la calzada para parar el tráfico, el Ford Fiesta finalmente se incendió, oyéndose varias explosiones en su interior cuando el fuego ya había hecho del vehículo una bola incandescente. Los guardias civiles sacaron apresuradamente a los ocupantes del tercer coche, pero no pudieron hacer nada por el ocupante del segundo, pues ardía también. Ya no pudieron hacer otra cosa más que alejarse del siniestro y hacer señales luminosas para que el tráfico se reanudase sólo por el carril externo del otro sentido, por el peligro de combustión, y llamar para que lo cortasen en ambas direcciones hasta que llegasen los bomberos y apagasen el fuego.

Cuando consiguieron cortar la carretera, se volvieron a buscar a la accidentada. Pero Mariana ya no estaba. Los guardias se miraron, y llegaron a dudar si habían sacado a alguien del coche. Era imposible que se hubiera ido.

Pero ella había despertado cuando la estaban sacando del coche. Se había golpeado en la cabeza en una de las vueltas de campana y se había quedado inconsciente. Cuando se había despertado del todo, los guardias la acababan de dejar en el arcén, acostada en el suelo boca arriba, liada en una manta. ¿La habían dado por muerta? Imposible, respiraba. Y entonces los vio intentando acercarse al coche para intentar sacar al hombre que veían allí, al que suponían inconsciente. Pero se darían cuenta de que tenía un tiro en la frente. Encontrarían la pistola. Y la detendrían. Se levantó y cruzó la mediana. Fue una suerte que los coches estuviesen parados. Anduvo en el mismo sentido en el que venía el tráfico. Al cabo de unos cientos de metros, hizo auto stop.

La recogió un camionero simpático.

—¡Ese no corre ya más!—, le dijo comentando lo que había visto desde su alta cabina.

—¿Quién?

—En el otro carril. He visto un accidente. Un coche incendiado.

—Creía que los coches no se incendiaban.

—Cuando van muy deprisa saltan chispas al darse un golpe, o al rozarse con la mediana o los quitamiedos.

—¡Qué horror!

—¿Y tú, de dónde venías?

—Se me averió el coche hace unos kilómetros, y voy en busca de un mecánico en el próximo pueblo.

—Vaya. Hoy en día no se puede estar sin móvil, mujer.

—No hay cuidado. Mi primo es mecánico y me lo va a arreglar. Es un coche viejo y no es la primera vez que me pasa.

En ese momento llegaban al pueblo. Ella se quedó en la estación de servicio. Allí el hombre la invitó a una cerveza y a una tapa. No había comido nada en todo el día. Era un chaval muy simpático, de Lugo. Le dio su dirección y le dijo que fuese a verle si alguna vez iba por allí. Ella prometió hacerlo. Luego el hombre se fue con su camión de aquel pueblo y de su vida.

Estaba sin un duro y sin saber qué hacer. Se fue a la estación del ferrocarril, sin ningún plan preconcebido. Se metió en el primer tren que pasó por aquel pueblo. Al llegar a Madrid, sin tener dinero ni a nadie a quién recurrir, bajó del tren de modo maquinal, y subió a la sala de espera de la estación.

Analizó su situación. No sabía por qué había matado a Iván. Se lo merecía, pero ella no era violenta ni vengativa. Había sido algo maquinal. No se sentía mal. Le daba miedo eso, no sentir remordimiento. ¿Se habría vuelto ella un monstruo, como todos aquellos tipos? ¿Y ahora qué haría? Podía ir a la embajada de Rumanía y hacer que la repatriaran. Pero le daba vergüenza enfrentarse otra vez a su familia, a su novio, a su vida en su país, como si nada hubiera pasado. Porque sí había pasado. Y estaban los mafiosos. Si descubrían que se había escapado, la matarían. No se creerían que guardase silencio. Además, no podría guardar silencio. ¿A cuántas chicas habían secuestrado y obligado a ejercer la prostitución? Pero ella no era una mujer valiente... ¿Qué podría hacer?

Se había hecho de noche. Aún no había salido del andén, pues se había sentado en un banco a reflexionar. En otra vía, algo más lejos, casi fuera de la estación, en realidad debajo de ella, había un tren parado. No había nadie dentro. Tuvo que andar un buen trecho entre las vías de servicio. Encontró una puerta abierta, y se metió dentro. Y, cansada y con el cuerpo molido por todo lo que había vivido ese día, se quedó dormida tumbada cuan larga era en un asiento corrido, a mitad del vagón.






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