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Los crímenes pueden curar.

Jesús Ángel.

Crímenes terapéuticos.


¿Puede un crimen curar? ¿Puede una serie de crímenes curar a alguien?

Los protagonistas de este libro, Gervasio y Helena, piensan que sí. Contado de una forma amena y algo humorística, el protagonista nos cuenta el flechazo que le sucede cuando conoce a Brenda, que para su desdicha ya era la esposa de un hombre al que envidia por disfrutar de los favores de su amor.

Obsesionado, lo sigue, se hace amigo suyo, y lo que descubre de su vida secreta le lleva más allá de sus preocupaciones iniciales, y se plantea una  misión en la vida, misión que es compartida por una joven llamada Helena que tampoco puede permitir que las cosas se queden como están.

Este pequeño libro lo escribimos por una especie de apuesta entre dos amigos, y a pesar de no ser muy extenso, creo que cubrimos una zona obscura de alcance planetario. Si así no ha sido, siempre podréis escribirnos y exponernos vuestras sugerencias, quejas o nuevas ideas para mejorar la obra. Pero creemos, sinceramente, que os hará mucha gracia y querréis leer más obras de ambos autores.

A continuación os ponemos el índice, y debajo uno de los capítulos de esta historia.



Índice:

  1. Introducción.
  2. El principio.
  3. La crisis.
  4. La dómina.
  5. Sesión de noche.
  6. Venganza redonda.
  7. La función va a empezar.
  8. Intervalo.
  9. Mi media naranja.
  10. Crucifixión.
  11. Dos flecos finales.

A continuación os presentamos las tres páginas del capítulo tres
. Esperamos que lo disfrutéis:

3 La crisis.

Durante varios días dudé si sería mejor decírselo a Brenda, o callármelo para mí.  Por una parte, decírselo le haría daño a ella; pero por la otra ella sentía cada vez más remordimientos, se la veía más nerviosa, y mientras quería complacerme a mí por un lado, por el otro se sentía mal, y eso a mí no me gustaba nada. O hacía algo yo, o se iba a acabar nuestra relación; y todo por un hombre que no se la merecía. Ella se sentía desleal a un hombre que trabajaba diez horas todos los días. Yo sabía que sólo trabajaba siete, y que las otras tres las pasaba en otro sitio, quizá trabajando, quizá no. Por eso, antes de que ella tomase una decisión que los dos lamentásemos después, quise decírselo, pero no tan a las claras que me odiase para siempre.

—Brenda, te invito al cine.

—¿Ah, sí? ¿Y qué has pensado que veamos?

Sueños de seductor, ¿la has visto?

—No. Esa es de Woody Allen, ¿no?

—Sí, creo que sí. Me han dicho que es muy divertida.

—¿Dónde la ponen?

—En el Rialto.

La cara se le ensombreció de golpe.

—Eso es cerca de…

—Tu marido aún tardará en salir. Sale a las ocho, ¿no?

—Sí.

—Pues el cine empieza a las seis menos cuarto. Podemos ir incluso algo antes, para que no te preocupes. Además, cuando estemos  llegando allí, yo puedo ir detrás de ti, de modo que parezca que no vamos juntos.

—Bueno, vale. Pero esta situación me estresa un poco.

—Ya, ya me hago cargo. Pero piensa que lo vamos a pasar muy bien. Te reirás con las excentricidades del viejo Woody. Ya solucionaremos los problemas, pero mientras disfrutemos un poco, cariño. Recuerda: Carpe diem!

—Sí, claro. Carpe diem, como dijo el latino, Disfruta de este día, que ya vendrán otros en que disfrutar no puedas…

Y fuimos hacia el cine Rialto, que es uno de los mejores de la ciudad. Dos calles antes de llegar al domicilio de la empresa de Tomás, yo me retrasé progresivamente, hasta que al llegar a la puerta de la fábrica de estilográficas donde trabajaba su marido, ella marchaba veinte metros delante de mí. En ese momento se abrió la puerta y salió Tomás a la calle. Ninguno de ellos se creía lo que estaba viendo.

—¡Tú!

—Hola. ¿Qué haces aquí?

—Yo voy al cine.

—¿Sola?

—Sí, a veces voy sola. Pero hoy puedes venir conmigo…, bueno, si no estás trabajando.

—No. Hoy he salido antes porque estoy muy cansado. Ve tú y diviértete. Luego me lo cuentas en casa.

—Anda, ven conmigo. Lo más que puede pasar es que te quedes dormido.

—No, que si ronco te vas a sentir mal. De verdad, vete tú, y ya nos vemos luego en casa. Que disfrute uno de los dos, por lo menos. Yo estaré bien con mi libro y tumbado en el sofá.

Yo no me perdía ni una sola palabra del diálogo, aparentando un inusitado interés por lo que había en el escaparate del bajo del edificio donde trabajaba Tomás, que era en realidad una tienda de plumas estilográficas, cuyo catálogo estaba desplegado ante mi vista. Reflejados en el cristal veía a los dos esposos, y pude contemplar la cara de estupor de la mujer, que estaba dudando si acompañar a su esposo a casa o no. Finalmente cedió

—Bueno, Tomás, que descanses—, le dijo dándole un beso breve. El hombre marchó hacia un lado, y ella hacia el opuesto.

Al otro lado de la esquina, en dirección al cine, ralenticé yo la marcha para que ella me alcanzara.

—¿Qué te parece?

—Sospechoso—, dije yo. —Si quieres, le seguimos.

—Se dará cuenta.

—No creo que se acuerde de mí. Y si se acuerda, le acompañaré a donde vaya. Tú síguenos.

—Bueno.

Pero Tomás no se dio cuenta. Partí tras él, y cuando ya estaba ante la puerta misteriosa y ya había pulsado el portero automático, me lo encontré:

—¡Hombre, Tomás! ¡Cuánto tiempo!

—¡Gervasio! Sí que hace tiempo. Me alegro de verte.

—¿Vives aquí?

—No, hombre. Vengo a ver a unos amigos.

Pero la voz que se oyó en el telefonillo no era de hombre:

—¿Sí?

—Buenas tardes, señora, soy yo.

Tras un segundo, se oyó la puerta, que se abría.

—¿Tu amigo?

—Su esposa.

—¿Y la llamas señora?

—Es que yo soy muy respetuoso con las esposas de mis amigos—, repuso un poco azorado.

—Bueno, Tomás, tengo que irme. Hasta luego. Espero verte pronto y charlar un rato.

—Cuando tú quieras.

Y salí en la dirección en que me esperaba Brenda.

—¿Qué te parece?

—No sé qué creer. ¿Quién contestó al telefonillo?

—Era una voz de mujer. Y él la llamó Señora.

—¿Señora? Qué raro…

Para disiparle el malestar, la convencí para que siguiéramos nuestro plan inicial, pues ya no podía ella volver a casa, si su marido la suponía en el cine. Por lo tanto me adelanté yo, y cuando ella llegó al Rialto ya la esperaba yo con las entradas en la mano. Nos lo pasamos muy bien con las ocurrencias de Woody, al que Humphrey Bogart le daba sabios consejos para seducir a las mujeres que le gustaban, sin mucho éxito por parte del aconsejado…

Pero al día siguiente me leí el periódico entero en el parque donde nos solíamos ver, cuando ella iba a hacer la compra. Algo mosqueado, a medio día fui a su casa, y apostado con un nuevo periódico en el banco de mi parada de autobús favorita, esperé pacientemente, hasta que lo que vi no me gustó nada: ella acababa de salir a regar las macetas, como de costumbre, pero descubrí en ella algo inusual: tenía un ojo morado.

Tomás, eres hombre muerto, me dije para mis adentros.

Por eso, y porque ya no volví a ver a Brenda durante varios meses.

-oOo-


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