Jesús Ángel.



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Desencuentros, portada.

La redención de Ecolgenia

Imaginémonos un ser vivo con una enfermedad que está acabando con él. Con un virus que está destruyendo las posibilidades que ese ser le brinda para su propia subsistencia, del virus. No está claro que ese ser muera cuando ya el virus haya fallecido. Pero otros seres microscópicos, otros microbios, pueden venir y aprovechar lo que quede de ese ser vivo y establecer una nueva relación con él, simbiótica, no nociva para ambos. Eso sería lo mejor para el ser vivo anfitrión, ¿verdad?

Bueno, pues eso es lo que le pasaba a aquel lejano planeta azul, llamado por sus naturales La Tierra: tenía un virus que estaba acabando con su biodiversidad. Ese virus se llamaba Humanidad. Pero antes de que consiguiera acabar con su anfitrión, apareció otro elemento, un ser microscópico que no estaba dispuesto a que el planeta falleciera de modo que no fuera posible la vida para el hombre..., ni para él. Se trata de una nueva raza, la de los ecolios. Ellos cuidarán de La Tierra y la regenerarán. Y le darán un nuevo nombre, Ecolgenia, la que genera una nueva ecología, de modo que todos puedan vivir en ella.

Este es el planteamiento de la primera parte de este libro, en el que he participado. La primera parte se debe a la pluma de Jack Crane, la segunda, a la mía, y la tercera es un compromiso entre las ideologías, los modos de pensar y los conceptos literarios y filosóficos de ambos.

Durante los primeros 26 capítulos de este libro (213 páginas) Jack Crane nos presenta su visión del panorama ecológico de este planeta, y la acción directa y decidida de los ecolios, seres venidos de otra galaxia. Lo narrado es muy duro, innovador y valiente, muy sorprendente a pesar de ser lo más lógico, si se quiere salvar al planeta.Por eso esta parte se llama El embrujo: la humanidad parece hechizada por su propia arrogancia, y por eso necesita que alguien le baje los humos. Vemos las aventuras de Stella Martínez, policía de Nueva York; Joe Mathews, soldado del ejército de Estados Unidos; Vera Popova, administrativa de Krasnoyarsk, Siberia, y Kim, profesora de educación física en un colegio de Pekín, entre muchos otros personajes que van desfilando ante nuestros ojos. Y Hszt y Zjs, la simpática pareja de ecolios que ejerce de cuerpo diplomático entre las dos razas en un principio, hasta que en la segunda parte delegan esa función en uno de los humanos.

La segunda parte es más breve: El sistema consta de 154 páginas organizadas en cinco capítulos que a su vez contienen varios subcapítulos en cada uno de ellos. En esta parte pierden relevancia nuestros protagonistas de la primera, recayendo la acción más en nuestros simpáticos embajadores intergalácticos, que van llevando de la mano a aquellos y nuevos protagonistas humanos, que ya se han repartido por diversos lugares. Esta es la parte en que yo he creado con total libertad los nuevos elementos de la historia de forma que todo case, de que la red se vaya haciendo más lógica y se atisbe la esperanza para este mundo.

La tercera parte, Emancipación es la que nos explica la razón de ser de esta obra, redondeándola y haciendo que todo encaje a la perfección. Esta parte fue consensuada, debatida y creada a cuatro manos. Espero que os guste.

A continuación os pongo un fragmento del capítulo 27,  Europa. El fragmento es el tercero de los cinco que tiene ese capítulo, y espero que os guste, aunque habrá cosas que se os escaparán por no haberos leído la parte que escribió Jack Crane, que es mucho más fuerte que la mía, como juzgaréis por las referencias que hace Vera, la protagonista, que compara ambos mundos, Europa y Ecolgenia, antes llamada La Tierra: 


 
Un encuentro con el pasado

Tres días más tarde Vera se encontraba en la biblioteca de su barrio, aprovechando que era su primera tarde libre. La biblioteca se llamaba León Tolstoy, y al entrar recordó automáticamente el libro que había querido leer durante años y cuya lectura siempre había pospuesto por muchas excusas circunstanciales. Ahora, por fin, no tenía ninguna que le alejara de leerse las desventuras de la pobre mujer casada que se enamoró de quien no debía, de la pobre Anna Karenina, uno de los libros más importantes de Tolstoy. Levantó la vista meditando sobre lo que acababa de leer cuando vio una cara conocida: Boris, su antiguo novio. Parpadeó, y pensó al principio que se trataba de Zajesa, pero recordó al punto que esta le había dicho que no vendría hasta que ella la llamara. Sí, debía ser que su antiguo novio estaba en Europa.

«Hola», le susurró él. «¿Podemos hablar?», le dijo señalando la puerta de la calle.

Ella le escribió una nota en ruso y se la presentó:

«Dame media hora». Ella quería acabar el capítulo de Anna Karenina, en el que ella se envuelve con el Conde Vronsky.

Media hora más tarde estaba en la calle charlando con su antiguo amor.

«Hola, Boris», le dijo. Él no sabía qué hacer, así que le dio la mano. Habían quedado muy mal: tras una bronca descomunal, él había salido de su casa dando un portazo y no lo había vuelto a ver hasta ahora, a casi ochocientos millones de kilómetros de Krasnoyarsk.

«¿Cómo estás?», le dijo él.

«Adaptándome a Europa».

«¿Te cuesta mucho? A mí me costó dos años. Esto no es como nuestra vieja madre Rusia».

«No. La Tierra ahora tampoco. Rusia ya no existe».

«¿Tú cuánto tiempo llevas en Nova Kartago?»

«Tres días».

«¿Tres días? ¿Dónde estabas antes? ¿En Gades? Allí hay muchos rusos».

«Estaba en Borneo, Boris. En la Tierra».

«¡La Tierra! ¿Conseguiste ocultarte todo este tiempo?»

«No, Boris. Yo elegí quedarme como mascota».

«¡Que suerte! A mí no me lo propusieron».

«Me han ofrecido conocer esto y decidir luego si me quedo o me vuelvo allí».

«Tiene que quererte mucho tu amo…»

«Y tú, ¿qué has hecho aquí en todos estos años, Boris?»

«Trabajo en un centro de datos. Soy informático. Me casé, tuve dos hijos, me divorcié, y ahora tengo otra esposa. ¿Y tú?»

«Yo no me he casado, pero tengo una hija. Se llama Kyra. Está allí, con su padre, en Borneo».

«¿Y no te gustaría estar allí con ella?»

«La familia en Ecolgenia no es como aquí. Los amos son muy buenos, pero implacables y tienen las ideas muy claras».

«Sí, la verdad es que matar a diez mil millones de personas no es de pusilánimes».

«¿A cuántos animales matábamos nosotros al día sólo para comérnoslos?»

«Sí, visto así…»

«Un toro, un gallo, o un perro están más cerca de nosotros que los ecólgenos. Estos son seres amórficos, no se parecen a nosotros ni en la forma ni en el fondo. Pueden adoptar, sin embargo, la forma que quieran. Dominan la materia hasta más allá de la vida y la muerte».

«¿Y eso qué significa?»

«Que te pueden matar con la misma tranquilidad con que tú te rascas la nariz o estornudas, y seguir luego con su vida como si no hubiera pasado nada».

«Sí, eso está claro. Pero te veo demasiado a favor de los ecólgenos. Aquí los odiamos a muerte. Nos robaron nuestro planeta, nuestra casa, y nos echaron a esta roca enfrente del infierno».

«No eres objetivo, Boris. ¿De verdad la Tierra era nuestra, o sucedía que nosotros estábamos allí? ¿Qué necesidad tenían de traernos aquí si ya habían matado a diez mil veces la población de esta roca, como tú la llamas? Si valoras tu vida deberías dar gracias de vivir aunque sea aquí».

«Gracias, Ecolia, por perdonarnos la vida», dijo Boris burlándose.

Ella le miró atenta. Luego le disparó: «¿Hay hambre en Europa?»

«No».

«¿Hay desempleo en este mundo?»

«No».

«¿Hay enfermedades?».

«No».

«Excepto volver a casa, ¿puedes hacer lo que te plazca, cambiar de trabajo, descansar cuando quieras, trabajar todas las horas que quieras..?»

«Sí», dijo Boris acobardado. «Europa es la utopía que todos habíamos soñado alguna vez. Solo que lejos del Sol».

«Ahí tienes a Júpiter», dijo ella señalando hacia arriba, «el padre de todos los dioses».

«Da miedo. Tan grande, parece que se nos va a caer encima, dentro de la ciudad. Yo nunca lo miro».

«Pues a mí me parece fascinante. El mayor planeta del Sistema Solar. Es un privilegio estar a su lado. Piensa que nos libra de todos los pedruscos que le caen a la Tierra y a la Luna. Júpiter se los lleva todos».

«Sí, según eso es como un paraguas de meteoritos…»

«¿Por qué te crees que la superficie de Europa es tan lisa?»

«Vaya, eres la primera persona que me habla bien de Europa y de Júpiter».

«Es que para el que acaba de venir de la Tierra esto es todo un espectáculo».

«Dices eso porque sabes que vas a volver a la Tierra…»

«Pues no, no lo tengo tan claro, Boris. No se está tan mal aquí. En este lugar se te respeta. Se te marcan unas normas y sabes que si las sigues te respetarán todos y podrás seguir con tu vida».

«¿Y en la Tierra no?»

«Aquello ya no es La Tierra, Boris. Aquello es Ecolgenia, el tercer planeta del Sistema Solar. Allí eres una propiedad de alguien que decide todo por ti. A su capricho te tendrás que pelear a muerte con alguien que no conoces, sea más joven o más fuerte que tú o no; y sólo uno de los dos vivirá para contarlo».

«Pero estás en tu planeta, morirás en la tierra que te vio nacer».

«No. Yo nací en Siberia, y seguramente me matarán en Borneo, o en Arabia, o puede que en Estados Unidos, o en el Congo. Pero no en la tierra que me vio nacer. Esa tierra se llamaba Rusia, pero ya no existe».

«Bueno, es tu planeta».

«Lo será si vuelvo».

«Ya echarás de menos todo aquello».

«Es posible. Yo tenía allí una familia bastante extensa: cuatro mujeres, dos hombres y siete niños. No está mal, después de haber sido una mujer independiente durante años. ¿Sabes?, no elegí tener a Kyra. Yo era esclava de un humano al que mi amo ecólgeno me regaló. Un buen día me dijo: Vera, he decidido hacerte un hijo, y entró en mí y me hizo engendrar a mi niña. En el fondo yo tuve suerte, porque es mejor ser de un hombre y no de un ecólgeno porque me daba satisfacciones, era atento conmigo, y sabía que siempre entraría sólo él en mí, bueno, o casi siempre. Porque hubo una época en que me cedía a sus amigos, muchos de los cuales ya están muertos».

«¿Cómo sabes que Kyra es de él?»

«Porque en aquella época sólo él se había ayuntado conmigo. Después de ti, el único varón que conocí fue él, hasta que decidió que yo debía yacer con otros. Y yo no pude hacer otra cosa que intentar cumplir sus deseos con la sonrisa en los labios».

«¿Otros? ¿Con cuántos otros?»

Vera se detuvo a pensar unos segundos, y luego le dijo un número:

«Veinticinco».

«¿Veinticinco hombres diferentes, o veinticinco veces?»

«Diferentes. Con casi todos más de una vez, ocasionalmente durante varios días».

«¿Y no te hacía eso feliz? Parece un mundo sin tabúes».

«Sí. Bueno, el tabú es decirle a tu amo que no. Eso es lo peor que puedes hacer, porque te castigan duramente».

«¿Qué castigos?»

«No sé, nunca desobedecí, ni sé de nadie que lo hiciera».

«¿Y a los hombres también les obligan a ayuntarse?»

«Sí. Los amos deciden a quién quieren cruzar, y las mascotas se cruzan sin protestar. Da igual que tengas compañero o no. Además, los amos saben inmediatamente si estás embarazada o no. También te cambian de pareja a su capricho».

«Bueno, ahora vuelves a ser una mujer independiente. Sólo te falta encontrar un hombre y elegirlo como pareja, si te gusta, te quiere y tú le quieres».

«Aquí os casáis, me has dicho».

«Sí. Te casa el alcalde. Y te divorcia también, si le convences de que es mejor divorciarte que seguir con esa relación».

«El matrimonio no es mucho aquí, entonces».

«No creas: el alcalde se preocupa mucho del bienestar de los niños»

«Pero, ¿no hay jueces en Europa?»

«No. Aquí todos nos portamos bien».

«Me gusta Europa, Boris. Para vosotros es lugar de exilio porque recordáis La Tierra, el planeta de los humanos. Yo recuerdo a Ecolgenia, el lugar de los ecólgenos. Aquello ya no es nuestro. Los humanos son sólo tolerados en Ecolgenia mientras obedezcan ciegamente, aún en contra de sus propios sentimientos, pero somos los dueños absolutos de Europa. Porque los alienígenas nos la han regalado, claro. No tenemos la tecnología para crear estas ciudades ni para mantenerlas, si algo se estropea. Aquí somos amigos de los ecólgenos, allí somos sus esclavos. Llevo tres días en este planeta y ya siento que es mi hogar».

«Eres afortunada. Quizá a los terráqueos nos haga falta pasar unas vacaciones en Ecolgenia para hacernos europeos de verdad. Quizá has equivocado tu profesión, Vera. Deberías ser maestra, o política, e informarnos a todos sobre Ecolgenia y Europa, desde tu punto de vista».

«Es posible, pero quizá haga algo mejor, Boris. ¿Tenéis periódicos?»

«Sí, claro».

«Pues intentaré hacerme periodista. Así llegaré a más gente».

Al día siguiente le sacó el tema al alcalde:

«Buenos días, Señor Alcalde.., Petro, he visto que la gente no está contenta de vivir en Europa».

«Perspicaz. ¿Quién querría vivir en esta cárcel?»

«¿Cárcel? Yo vivía en una ciudad cuya temperatura media anual estaba bajo cero, y las pocas veces que pisaba la calle iba debajo de varias capas de ropa coronadas por un abrigo de piel de oso. Cuando no nevaba, llovía o hacía viento y no apetecía salir. Esta cárcel tiene doscientos kilómetros de radio, y en toda su superficie se disfruta de unos mágicos veinticuatro grados todo el año. Nunca en la Tierra nadie vivió tan a gusto como se vive aquí: sin hambre, sin guerras, sin que nadie te imponga nada…»

«Todo eso es verdad, Vera. Pero olvidas una diferencia fundamental entre tú y los europeos».

«¿No soy yo europea?»

«No, tú eres terrícola. Y si algún día decides hacerte europea, será tu propia decisión, no una imposición de una raza superior».

«Pues así tendrían que ser todos los europeos: orgullosos de vivir aquí, lejos de esas cosas que os echaron de casa, y trabajar como comunidad para demostrarles que somos capaces de colonizar todas las lunas de Júpiter y el resto de sistema. Marte, por ejemplo, que ha sido la asignatura pendiente desde que el hombre pisó la Luna».

«No olvides Venus. Tiene que tener unas posibilidades energéticas únicas en el sistema. Allí siempre es de día, allí siempre hace calor».

«Sí, pero de momento no tenemos la tecnología de los ecólgenos. Debemos ser sus amigos para que la quieran compartir. Y, además, compartir su ética. La ética de los ecólgenos es muy profunda para nosotros: no tienen inconveniente en eliminar a la mayor parte de de la humanidad porque está dañando su hábitat. ¿Es más importante el hábitat que el animal al que sustenta? Nos preguntaron si queríamos vivir o no, y si queremos, en qué condiciones…»

«Extrañas preguntas me haces, muchacha. Llevas tres días con nosotros y ya pareces más europea que todos nosotros juntos. Se te llena la boca de Europa y parece que el corazón también cuando hablas de ella. Cuando haya muchos europeos como tú habrá Europa…»

«El problema de Europa, en lo que yo conozco, es que padece el Síndrome del exiliado: la gente está aquí porque no puede estar en otro lugar que prefiere y que aún considera su casa, la Tierra. Pero no tenemos la posibilidad de regresar allí, como no sea como esclavos, y eso con suerte. Vale, no nos dieron esa opción. Pues juguemos la carta de Europa: nunca vamos a estar como en la Tierra. Pero aquí tenemos cosas que no teníamos allí: pleno empleo, solidaridad, calidad de vida, no nos falta de nada, ya no hay hambre en el mundo, ni ricos ni pobres, ni desigualdades sociales, porque no hay dinero. Cada cual hace lo que puede y lo que quiere. ¿Cuándo tuvimos eso en la Tierra? Sí, si de nuevo tuviéramos nuestro planeta, quizá haríamos las cosas de otra manera. O quizá no. En Europa no tenemos grandes desafíos, pues nos han puesto en enormes peceras que llamamos ciudades y que, de momento, ni siquiera hacemos las labores de mantenimiento. ¿Hasta qué punto eso es digno? ¿Somos agradecidos con los ecólgenos por mantenernos con vida? El ser humano parece que sigue siendo tan inútil como siempre. Si viene otra raza más poderosa que los ecólgenos y les interesan los satélites jupiterinos, nos echarán de aquí. Deberíamos adaptarnos a este medio cuanto antes, aprender a vivir en el exterior, a ver a Júpiter sobre nosotros, o las estrellas, para aceptar este satélite y sentirlo nuestro. Sólo así tendremos una posibilidad de supervivencia como especie. De lo contrario, a la primera fisura en las cúpulas de nuestras ciudades se acabó la humanidad».

El alcalde había guardado silencio ante la larga arenga de Vera. Le había impactado lo segura que estaba Vera cuando decía esas cosas. Ni que llevara toda la vida en Europa.

«¿Repetirías todo eso en una conferencia ante un grupo de personas reunidas en un teatro?», le preguntó con seriedad.



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