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Portada de Fábrica de cuentos: Los cuentos fantásticos.Jesús Ángel.

Fábrica de cuentos, quinto volumen: Cuentos fantásticos.

En esta quinta parte de nuestra antología del cuento en diez volúmenes nos sumergimos en el mundo de la fantasía con doce cuentos de doce autores diferentes. Viviremos los mundos de las hadas, de los sueños y de la magia que hay en cada uno de los actos que vemos cada día y que descubriríamos con sólo mirarlos de un modo diferente, como hacen nuestros autores. Porque la fantasía está en cada uno de nosotros, al igual que la felicidad y la bondad. Sólo tenemos que buscarla y sacarla de dentro, como hacen estos escritores, cada uno a su aire.

Este es el el índice:


Índice
Introducción.
  1. ¿Tienen alas las hadas?
    1.  Mi muerte.
    2. Andrés.
    3. Esencia de hada.
  2. Los Elementos.
  3. Reparación.
  4. Alas de lección.
  5. Magia y amor.
  6. Lily.
  7. Las sandalias de San Pedro:
    1. Colonia Subacuática.
    2. Colonia de Superficie.
    3. Colonia Aérea .
  8. Ecos del Canto Primigenio.
  9. Aroma letal.
  10. El día que Paloma ascendió.
  11. Para el pequeño Ricardo.
  12. Elegidos.


¿Tienen alas las hadas?

por Jesús Ángel

Las hadas son mujeres hechas de aire que a duras penas las puedes ver. Son la antítesis de las brujas, que son gordas, sebáceas, repugnantes, con granos en la nariz y aliento fétido. Las hadas huelen a rosas, a veces a violetas, y raramente a menta.

Una de estas con olor a menta, ojos verdes y pelo blanco me visitó el mes pasado. Me dijo que todo me iba a ir bien desde ahora, porque ella ya se ocupaba de mí. Y entonces me desperté. Lástima. Era tan bonito que tenía que ser un sueño.

Lo malo es que yo soy un hombre obtuso, tenaz y orgulloso. De esos que nunca hacen promesas, pero que si alguna vez se les ocurre hacer alguna, son capaces de parar el mundo e invertir su marcha para que se cumpla lo prometido. Porque lo prometido es deuda y un hombre paga las deudas. Por eso espero lo mismo de los demás: a un hombre se le pagan las deudas. Así que ese sueño se me debía. Y la busqué por todas partes. Por arriba y por abajo. Indagué y me dijeron que el País de las Hadas estaba lejos, muy lejos, pero nadie sabía en qué dirección estaba. Yo le pregunté a Google Maps, y me dijo que estaba lejos, pero cuando estaba calculando la distancia se me colgó el ordenador y me quedé sin enterarme a qué distancia estaba. Eso me mosqueó mucho.

La noche siguiente me visitó de nuevo. No le vi las alas, pero debía tenerlas, porque la vi posarse en el centro de mi habitación. Creía que dormía, y se me acercó y me besó en la frente.

—Para que no tengas malos pensamientos—, me dijo.

Respiró dos veces, me tiró un poco de su polvo mágico soplando desde su mano y se fue de nuevo volando.

—¡No te vayas!, —supliqué. —Dime al menos cómo te llamas.
—Me llamo como tú quieras, —me dijo desde detrás de la puerta que debía haber atravesado, pues ni la abrió ni la cerró.
—Ven, —solicité.

Pero ella ya no respondió. Sólo el ulular del viento, puede que en mi imaginación, el viento y nada más.

Me toqué la frente: estaba caliente. Y yo me sentí diferente. Mi hada tenía alas amarillas..., o no las tenía, pero volaba. Mi hada tenía medio metro de altura, pero era muy bonita. De pelo rubio platino (o sea, blanco brillante) con mechas grises. Y un traje vaporoso que no dejaba ver nada.

Y ya no soñé con ella hasta seis días más tarde.

—Pequeña, te llamas Pequeña…, —murmuré mientras caía otra vez en mi sueño de la sexta noche.
—Puedo adoptar el tamaño que quiera, pequeño, —me dijo desde sus tres metros de altura.
Intrigado, me bajé de la cama y me dirigí a ella, aunque me sorprendió ver que mi cuerpo se quedaba allí, tumbado en el lecho, durmiendo plácidamente, con un suave ronquido, yo que no ronco nunca, mientras sonreía de felicidad. Me volví hacia mi hada, que no tenía alas a la vista, pero sí una sonrisa mágica mientras acoplaba su tamaño al mío, mis humildes ciento sesenta centímetros de estatura. De eso sí que me di cuenta.
—Dime, Pequeña, —musité para no asustarla, —¿A qué se debe este misterio? ¿Por qué no estamos juntos en un bar cercano tomándonos algo a la vez que me lo explicas todo?
—Ah, Facundo, —dijo al verme preocupado, —A mí nadie me ha tocado.
—Me temo que es una presunción vana desde ahora, —le dije devolviéndole el beso, pero no en la frente, sino en la boca.
—Impertinente hechicero, —me dijo divertida.
—No, sólo sincero, —contesté a la entrometida. —Mi vida tranquila has trastocado. Desde que apareciste a mi lado.
—No soy libre de hacerlo o no, hombre encantado, pues así me lo han mandado.
—Dime así qué quieres de mí.
—Nada, de momento, —fue su triste lamento.

Y ¡plop!, desapareció de repente, sin darme el beso en la frente.

—¡Pequeña!, —exigí desconsolado. —¡Ven aquí: las buenas noches no me has dado!

Pero caí dormido de pronto, y por la mañana me noté diferente. Supe por qué cuando me toqué la frente. Sí, allí estaba su beso, tan fresco como si fuese reciente, caliente, a labios de hada allí lo sentí, y sonreí.

¿Era un hada de verdad?

La busqué por doquier, y hasta arriba y debajo del somier. Pero nada, ella no estaba, aunque yo verla ansiaba.

Pero otra vez vino, aunque por qué no lo adivino. No estaba, y ¡plop!, allí la contemplaba.

—¡Pequeña! ¿Qué hiciste desde que te fuiste?

Me di cuenta esta vez de que sus ojos claros, bonitos, penetrantes, me atravesaban. Ojos indagadores y curiosos, pero que daban tranquilidad.

—No mucho. En el País de las Hadas no ocurre nunca nada interesante.
—Me dijiste que te ocuparías de mí, Pequeña.
—Sí.
—Pero no te veo en ningún lado, y te he buscado.
—¿Por eso te movías tanto? Siempre estoy contigo. Llámame y vendré.
—Te llamo y no te veo.
—Que no me veas no significa que no esté, —dijo desapareciendo de mi vista.
—¿Por qué no contestabas cuando yo te llamaba?, —le dije sin verla.
—Porque no me preguntabas, —oí desde el otro lado.
—¿Cómo me proteges?
—No te protejo. Me ocupo de ti.
—¿Y eso es bueno?
—Sí. O no. Depende. Pero no me gusta que lo pases mal.
—Eso no es pasarlo bien tampoco.
—Yo sí me lo paso bien, Facundo. Eres divertido.

Me alcé y salí de casa. Diez minutos más tarde dije:

—Me gusta esta parte del centro, la calle Pisuerga. Se cruza con la calle Valladolid. Y a ti, ¿te gusta, Pequeña?
—No sé.
—¿Por qué no sabes? Es una calle muy bonita.
—Sí, pero aquí murió un amigo mío.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿De qué?
—De infarto.
—¿No pudiste hacer nada?
—Pude hacer que una mujer oyese el grito que él no pudo dar y ella llamó a la ambulancia.

En ese momento compré el periódico.

—¿Cómo se llamaba tu amigo?
—José Fuentes.

El periódico publicaba la esquela de José Fuentes García. Mi hada verdad decía.

—¿Y por qué no le ayudaste más?
—No se dejaba.
—¿Qué tenía que haber hecho?
—Las preguntas correctas. No puedo contestar lo que no se me pregunta.
—¿Aunque sepas qué es lo que necesita?
—Así es.
—Tendré que aprender a hablarte...
—No puedo decir nada.

Me pregunté en ese momento si Pequeña no sería hija de mi imaginación.

—¿Cuándo naciste?
—No me acuerdo.
—¿Hace mucho?
—No sé.
—¿Has ayudado a muchos?
—Sí.
—¿Durante mucho tiempo?
—Hasta la muerte.
—¿Y yo cuándo me voy a morir?
—No sé.
—¿Dónde estás?
—Aquí, —dijo dejándose ver otra vez. —Delante de tus narices.
—¿Por qué no te veía?
—Porque sólo me puedes ver tú y ya sabes cómo soy. Además, cuando me ves no me puedo mover y tengo que estar en el mismo sitio, sin moverme, y eso es incómodo.
—¿Estás en varios sitios a la vez?
—Sí, —dijo desapareciendo otra vez.

Mal rollo esto de tener un hada a la que no puedes ver.

—¿Sólo contestas preguntas, o puedes hacer algo más por mí?
—Haré todo lo que me pidas, si puedo.
—Pues dame quinientos euros.
—Levanta aquella piedra, la que está a diez metros a tu derecha.

Levanté el pedrusco que me decía, y debajo encontré un billete de €500.

—¿Cómo sé que no es falso?
—Si te fías de mi palabra, te diré que es de verdad. Puedes comprar con él.
—Pensaba que las hadas no dabais dinero...
—¡Bah!, eso es de lo más sencillo que hay. Los humanos vais por ahí perdiéndolo todo. A veces tenemos que cambiar algún billete de sitio..., eso es todo.
—¿Este billete lo cambiaste de sitio?
—Sí.
—¿De dónde?
—Estaba en la calle de al lado, la calle Alagón, en medio de la calzada, y nadie lo veía. Lo he puesto debajo de esa piedra para que no lo viera otro antes que tú.
—¿Sabías que te iba a pedir dinero?
—No. Pero cabía la posibilidad. Es lo que siempre se pide. Me pregunto por qué, cuando vale tan poco.
—¿Cómo puede nadie perder €500?
—¡Uf! Y más cosas que valen más todavía: la vergüenza, la virginidad, la oportunidad, el tiempo...
—¿Qué más cosas puedes hacer por mí?—, dije, impaciente.
—Hacer que encuentres cosas, personas... En general puedo hacer todo, excepto tomar decisiones por ti.
—¿Responderás a todas mis preguntas?
—Sí.
—¿Con la verdad siempre?
—Si me lo pides...
—Te lo pido, Pequeña: contéstame siempre con la verdad. Sin excusas.
—Así lo haré...
—Probemos: ¿cuándo me voy a morir?
—Mañana.
—¿Eso es irrevocable?
—No.
—¿Por qué?
—Depende de lo que hagas hoy. Y de lo que hagas mañana Ahora mismo es casi mañana, pero puedes cambiar eso con tus actos.
—Ah, bien...

Me quedé pensando. Sé cuándo nací. Me gustaría saber cuándo desnaceré. Pero eso es algo mutable, según Pequeña. La muerte siempre me ha atraído. La mía y la de los demás. Es cuando se acaba todo, el fin de fiesta, The End, cuando se apaga la pantalla y se encienden las luces para que te vayas a tu casa. Solo que no hay luces ni casa tuya nunca más. Después de la muerte ya no puede uno hacer nada.

—No me voy a morir mañana, Pequeña... A no ser que sea un infarto. ¿Es eso?
—No.
—¿Me matarán?
—Sí.

Las preguntas que le hacía a mi hada de cabecera no eran las adecuadas. No sólo no me sacaban de dudas, sino que me metían más en ellas.

Aquel día ya no volví a hablar con Pequeña. Fui consciente de que ella estaría ya conmigo para siempre, o hasta el momento de mi muerte. La muy ladina no me habría dicho nada sobre mi muerte si yo no se lo hubiera preguntado. El arte de hablar con las hadas, deduje, consiste en saber qué preguntas tienes que hacerles, y hacérselas. Y jugar con sus respuestas.

Ese día comprendí que la vida es un juego, y hay que saber jugar. No se pueden quebrar las reglas del juego, pero sí que se pueden crear reglas nuevas a partir de las que ya hay. Superarlas, mejorarlas.

Mi hada había puesto dos reglas: preguntarle y pedirle. Ella siempre respondería.  Y yo había innovado con otra regla nueva: siempre con la verdad.

Mi muerte.

Al día siguiente fui al cajero a por dinero. Pero estaba roto: No funciona, decía el dichoso cartelito. Tuve que entrar en el banco para que me dieran dinero. Lo que vi no me gustó nada:

—¡Eh, tú! Bloquea la puerta, —me dijo un enmascarado que me apuntaba con una escopeta de caza.

Me di la vuelta con ganas de salir corriendo, pero recordé las reglas de mi hada, y le pregunté en un murmullo:

—Pequeña, ¿es mejor salir corriendo?
—No.

Bloqueé la puerta con el cerrojo y le di la vuelta al cartelito que colgaba para que en lugar de Abierto desde fuera se leyese Cerrado. Luego bajé la persiana.

—Bien hecho, —me dijo el embozado. —Ve allí y túmbate en el suelo, junto a esos, —me indicó con la punta del cañón de su arma.

Allí había diez personas tiradas en el suelo mientras otros dos enmascarados con sendos pañuelos recogían todo el dinero de la caja.

—¿Puedo hacerte una pregunta?
—¡Cállate! Para preguntas estoy yo ahora, —dijo el atracador rascándose la entrepierna.
—Sí, señor.

Pero yo dije, muy bajito, como para mí, Pequeña, ¿puedes hacer que alguien llame por teléfono a uno de estos?

—Tienen el teléfono apagado.
—¿Y el teléfono del banco?
—El teléfono del banco lo han dejado descolgado. Pero el del director está en su sitio.
—Hazlo. Que le digan al jefe de estos que su mujer ha tenido un accidente.
—Está soltero.
—Pues su madre. Que está en la UVI.

En ese momento sonó el teléfono del despacho del director de la oficina.

Los atracadores se quedaron inmóviles. Luego uno de ellos apuntó al empleado más cercano y le dijo:

—¡Eh, tú! Contesta. Cuidadito con lo que dices. No olvides que tienes una bala a punto de darte el pasaporte.
—¿Diga?, —dijo el pobre hombre al teléfono, con la cara blanca como el papel.
—…
—Preguntan por Paco, —le dijo al de la escopeta.

El que estaba más alejado del teléfono se acercó, con paso lento e irregular. ¿Quién coño sabe que estoy aquí?, dijo con cara de muy pocos amigos.

—¡Dígame!—, ladró al teléfono.
—…
—Gracias—. Y colgó.

Luego se volvió a los otros dos y les dijo:

—Aligerando, que mi vieja está en la UVI.

Terminaron de llenar el saco y salieron del banco, quitándose el pañuelo a medida que salían y dejando las escopetas en la entrada.

Mala suerte para ellos: en ese momento pasaba un coche de la policía municipal por allí, y el conductor vio al último de ellos quitarse el pañuelo.

—¡Atraco a las nueve!—, gritó a su compañero mientras frenaba en seco.

Los atracadores se encontraron encañonados por los dos policías y se quedaron quietos, sin saber qué hacer. De pronto dejaron caer los sacos al suelo y se fueron corriendo.

—¡Alto o disparo!—, dijo uno de los dos agentes. Y disparó.

Al aire, dijo luego, pero le dio a una maceta que había en un primer piso, que saltó hecha añicos y el cactus que contenía cayó sobre Paco, que creyó que le habían dado en la cabeza, y se tiró al suelo. Los dos agentes esposaron a los otros dos, y luego fueron a por Paco. Al tiro acudió una patrulla de la Policía Nacional, y entre los cuatro se llevaron a los delincuentes a la comisaría más cercana, tras comprobar que en el banco todos estábamos bien.

Cuando salí de allí me acordé de que no había sacado el dinero, pero ya habían cerrado la oficina debido al susto de los empleados.

—Esta es mi prórroga, ¿verdad, Pequeña?
—Si.
—Si hubiera salido corriendo, estaría muerto, ¿verdad?
—Sí. Y los tres atracadores, y cuatro rehenes, porque la policía municipal habría cercado el banco y los negociadores lo habrían hecho fatal. O sea, ocho personas muertas, una de ellas tú. Por haber salido corriendo. El pánico nunca es bueno.

Dos calles más allá había otro cajero. Saqué cien euros y me fui a tomar un par de whiskys. Me los merecía. Los necesitaba.

—Y tú, pequeña, ¿has tomado whisky alguna vez?
—No, nunca.
—¿Quieres probarlo?
—No, yo no puedo beber.
—¿No siempre fuiste hada?
—Siempre lo fui. Las hadas no bebemos.
—¿Qué hay que hacer para ser hada?
—Portarse muy bien o muy mal.
—¿Cómo es eso?
—Puede ser un premio o un castigo. Depende de cómo seas tú.

Me lo pensé un rato... Si, eso de estar junto a un berzas como yo día y noche sin poder hablar hasta que te hable, y contestar siempre y acceder a sus deseos siempre puede ser un castigo, y muy serio. Para mí, al menos.

—No concibo que tus servicios puedan ser un premio para ti, Pequeña.
—Para mí lo es, Facundo. Siempre fui servicial, y me da mucho gusto saber que lo que hago le sirve bien a alguien.
—¿Por qué yo?
—¿Por qué no?
—¿Quién me eligió?
—Yo.
—¿Y por qué no elegiste a otro?
—Elegí a muchos antes que a ti, Facundo. Pero tú sí me hiciste caso.

Esta chica me hacía pensar mucho...

—Hazte visible.
Obedeció mi hada al punto. Sí, ya podía decir que era mía, porque hacía todo lo que yo le decía.
—Abrázame.
—Pero…
—Cállate. Abrázame.

Ella se acercó a mí y abrió los brazos, los puso a cada uno de mis lados y los acercó entre sí como para estrecharme contra su pecho. Pero no me tocó ni con los brazos ni con su pecho. Se acabó abrazando a sí misma a través de mí.

—¿Qué pasa?
—Nada. Que yo soy de aire y el aire no te puede abrazar, porque estás dentro de él.
—Pero me besaste en la frente.
—Un beso es más que aire: es emoción e intención más que contacto.
—Y te besé en la boca.
—No. Fue una ilusión tuya. No quise desilusionarte, y te hice creer que mis labios eran sólidos. Pero me has pedido la verdad siempre, y te he tenido que decir que nosotras, las hadas, no somos sólidas.
—Vaya, la cruda realidad. Pero si eres aire, hazme aire, muchacha.

Se echó hacia atrás, y cogiendo carrerilla pasó a través de mí. Fue como notar el soplo de la brisa en mi rostro y en mi cuerpo. Un aire cálido, tanto como su beso. Me sentí mejor que antes.

—Gracias, —le dije. —Quiero que hagas esto de vez en cuando. Cuando tú creas que me hace falta.
—Eso no puedo hacerlo, Facundo.
—¿Por qué no?
—Porque yo no puedo tomar decisiones.
—Bien. Ya te diré cuando.
—Me alegro de que lo comprendas.
—Ahora.

Volvió a atravesarme rápidamente, sin tomar carrerilla. ¿Les han besado a ustedes todo el cuerpo al mismo tiempo? Eso es lo que sentí yo en ese momento.

—Pequeña, quiero que hagas esto todos los días cuando mi despertador suene. Quiero despertarme siempre con un beso total de hada. Pero dime una cosa: ¿por qué me besaste el otro día? No te lo había pedido.
—Besarte cuando duermes es una de mis obligaciones. Es una orden implícita, a no ser que la revoques tú, Facundo.
—Lo tendré en cuenta. ¿Moriré mañana?
—No.
—¿Ahora cuándo voy a morir?
—Dentro de cinco años.
—¿De qué?
—De cáncer de colon.

Dentro de un año voy a tener cincuenta y dos años. Los 56 es muy pronto para morir...

Llamé al médico y concerté una cita para hacerme una colonoscopia. Dos días más tarde me la hicieron y encontraron dos pólipos del tamaño de un garbanzo. Los analizaron y una semana después me informaron de que eran malignos. Tendría que repetir la colonoscopia cada año.

—Pequeña, te debo la vida otra vez…

Ella no contestó. No era extraño: no le había hecho ninguna pregunta.

—¿Es así, Pequeña, o no?
—Así es, Facundo.
—Y ahora, ¿cuándo voy a morirme?
—Dentro de siete años.
—¿Cómo?
—En un accidente de avión.
—¿Adónde va ese avión?
—Irá a Tel-Aviv.
—¿Por qué voy a allí?
—A ver a una amante que te vas a echar el año que viene.
—Mal rollo. Tachadas las judías de mi dieta. ¿Ahora cuándo me muero?
—Dentro de veinticinco años.
—¿De qué?
—Accidente de tráfico.
—¿Conduzco yo?
—Sí.

Me saqué del bolsillo dos cosas: mi licencia de conducir y el mechero. Con el segundo le pegué fuego a la primera. Luego saqué el móvil del bolsillo y llamé:

—Eulalio, ¿todavía me quieres comprar el C4?
—…
—Vale. Mira: te veo en casa mañana a las cuatro, después de comer. ¿Puedes?
—…
—Bien, hasta mañana.

Luego me senté en una terraza y me tomé un Vermouth con limón.

—Bueno, ¿y ahora cuándo me muero?
—Sin novia judía y sin conducir te quedan treinta años de vida, Facundo.
—Es bueno saberlo. Morir a los 81 no está mal. Sobre todo si lo sabes… Así que en el 2041 será mi óbito... Tengo tiempo para hacer cosas, viajar, conocer gente... Pero bueno, ¿de qué moriré a los 81?
—De viejo, Facundo. Te fallarán el corazón, el hígado, los riñones...
—¿Por qué otros viven más que yo?
—No beben tanto como tú, Facundo. No se preocupan de todo, como tú, y por eso no les sube la tensión... Ni comen lo que comes tú. Y no fuman.

Tomé el paquete de Ducados y lo tiré en una papelera, junto con el encendedor.

—¿Y ahora?
—Ahora ya llegas a los noventa, Facundo. Pero estropeado.

Le pagué al camarero y me fui de allí.

—Vale, pequeña, esa fue la última copa de mi vida. Voy a pasar de todo, venga lo que me venga.
—Felicidades, centenario.
—¿Ya llego a los cien?
—Y los pasas.
—¿Cuánto me paso?
—Diez.
—Bueno, no está mal. ¿Estropeado?
—No, ya no.
—¿Cómo muero ahora?
—Te suicidas.
—¿Cómo?
—Te tiras desde la azotea de tu casa. De cabeza al suelo, como si fuera una piscina.
—¿Y por qué hago esa estupidez?
—Te ves solo. Tu mujer ha muerto. Luego todos tus hijos, uno a uno. Y de tus nietos te queda sólo el militar. Sigue vivo, pero tú no lo sabes.

Andrés.

—¿Cómo se llama el militar?
—Andrés, hijo de Rebeca, hija de Andrea. Está destinado en el campamento de la ONU en Chiapas, México. Pero tú no lo sabes porque es secreto militar. Oficialmente allí no hay cascos azules.
—Ajá. Pero no tengo ninguna hija que se llame Rebeca. Ni ningún nieto que se llame Andrés.
—Eso es lo que tú te crees. Pero sí, tienes a una hija que se llama Rebeca. En Barcelona.
—Barcelona...., Andrea..., me suena... ¿Quién es?
—Andrea Zambra Maldonado.
—Sí, me suena. ¿Quién es?
—Era camarera del hotel Majestic. Tuviste un rollo de una noche con ella hace 20 años.
—¿Y por qué no sé nada de ella?
—No le diste tu dirección. Te ha buscado, pero no te pudo localizar.
—¿Cuál es su teléfono'
—El 623 xxx xxx.

Lo anoté en mi agenda. Luego la llamé:

—¿Oiga?
—...
—¿Andrea?
—…
—Sí, soy Facundo López. He encontrado un teléfono en un libro y no sabía de quién era. Y te he reconocido por la voz después de tantos años...
—…
—Sí, increíble.
—…
—No te preocupes. ¿Vives en Barcelona? Bueno, mira, dentro de quince días puedo ir a verte. ¿Quieres que vaya?
—…
—Vaya, te has casado. Bueno, que venga tu marido también. Así nos conocemos todos. Y trae a nuestra hija también, Rebeca. Me muero por conocerla. Estará hecha una mujer. ¿Tenemos algún nieto?
—…
—¿Qué? ¡Vaya, qué bien! Vale..., pues ya me pondrás tú al día. Hasta pronto, Andrea. Te llamo yo.
Después de cortar la llamada tuve necesidad de mi Pequeña de nuevo.
—Dime, Pequeña: ¿Andrea me odia?
—No. Te odió mucho cuando no daba contigo. Creía que te ocultabas adrede. Pero esta llamada ha lavado tu honor y le ha devuelto su estima por ti.
—Ajá. Ahora recuerdo que me robaron el móvil a poco de volver de aquel viaje. Me dieron otro número porque no podía esperar y no tenía tantos amigos. Ella no lo era. Ella era un polvo nada más.
—…
—Te preguntarás que por qué me pregunto eso, ¿verdad?
—Claro.
—Bueno, cuando tienes un hijo con una mujer ya empieza a ser algo más que un polvo. Bastante más… Pero dime: ¿me odia ahora?
—No. De hecho se ha puesto muy contenta. Rebeca ya no es hija de ella sola. Ya no se siente madre soltera, sino que tiene un ex: tú.
—Ajá. Bueno, entonces ya puedo ir sin que le diga a su marido que me pegue, ¿verdad?
—No, no te pegarán. Te pedirán dinero, eso sí.
—Bueno, la niña ya no lo necesita. Ya es mayorcita. ¿Estudia?
—No. Está casada. Y ya sabes que tiene a tu nieto. De diez meses.
—Y será militar.
—Sí.
—Habrá que mandarlo a la Academia de Oficiales... ¿Eso cuesta mucho?
—Te lo puedes permitir, Facundo. Sobre todo si empiezas a ahorrar ya. De aquí a veinte años tendrás todo el dinero que le costarán los cinco años de carrera.
—Ah, claro. ¿Y qué le digo yo a mi esposa?
—La verdad. Siempre es lo mejor.
—¿Y si se divorcia?
—Ese es su problema.
—Y el mío.
—Vale, y el tuyo. Pero…, me callo.
—Sí, ya sé , me quieres preguntar algo, pero no puedes. ¿No?
—Sí, eso es.
—Adelante, pregunta.
—¿No crees que es mejor divorciarte que estar en tensión por si acaso Inés se entera?
—Sí, es verdad. Bueno, pues se lo diré. Pero la otra opción es no ir a ver a Andrea. Ha estado veinte años sin mí y puede estar otros veinte...
—Sí, claro.
—Te preguntas si eso me haría más feliz.
—Así es.
—La verdad es que no lo sé. Bueno, iré a verla, y luego te preguntaré, porque tú estarás a mi lado, ¿no?
—Siempre, Facundo. Mientras vivamos los dos.
—Vaya, eres la mujer más leal que he conocido. ¿Cómo es posible?

Esencia de hada.

—Porque no soy una mujer, Facundo. Soy un hada.
—¿No has sido mujer nunca?
—No.
—Pensaba que las hadas primero erais mujeres, hasta que os castigaban u os premiaban a ser hadas. ¿Cómo te convertiste en hada?
—Yo nací hada. Pero tengo amigas que antes fueron mujeres, y algunas fueron hombres...
—¿Se puede cambiar de sexo al convertirse en hada?
—Sí.
—Vaya, eso no me lo esperaba. Supongo que o por premio o por castigo…, ¿verdad?
—Verdad.
—¿Yo podría ser hada alguna vez?
—Podrías, sí.
—¿Y qué tendría que hacer?
—Si de verdad quieres serlo, tendría que ser un premio. Y en ese caso puede que te impongan el sexo. O el tuyo, o el otro.
—¿Ah, sí? ¿Y si quiero ser hada femenina, o masculina, no podría elegirlo yo?
—Bueno…, en realidad eso no funciona así. Vosotros los humanos dais una importancia exagerada el sexo. No es para tanto. A nosotras nos da lo mismo.
—¿Cómo que os da lo mismo?
—Pues porque en realidad no tenemos sexo: si te asignan a un hombre, él te ve como mujer. Pero si te asignan a una mujer, ella te verá como hombre.
—¡Anda! ¿Y qué deferencia hay en ti?
—Ninguna. Si me hubieran adjudicado a Andrea, por ejemplo, ella me vería como si yo fuese un hombre...
—¿Y por qué yo te veo como una mujer?
—Porque tú eres hombre. Eres más varonil que yo. En cambio Andrea es más femenina que yo.
—Pues yo te veo más femenina que ninguna mujer que yo haya conocido, incluyendo a Andrea.
—Eso es porque tú me ves con los ojos de tu imaginación.
—¿Y cómo eres realmente?
—Invisible, Facundo. Soy de aire. Soy un concepto tuyo, una idea, algo que está a caballo entre tu mente y tu corazón. Yo existo porque tú quieres que exista. Y dejaré de existir en el momento en que tú desees que lo haga.
—Pero has dicho que estarás conmigo hasta la muerte. ¿No es eso? Explícamelo.
—Sí, eso he dicho. Pero no dije de quién era la muerte. Puede ser mi muerte o la tuya. No especifiqué.
—¡Pero estaba claro que sería mi muerte! Cincuenta y tantos años más según mis cálculos.
—Sí. Porque tú no quieres que yo desaparezca.
—Y sin embargo me has dicho que conoces a más hadas. Y me has contado muchas cosas de vosotras. ¿Eso cómo se explica? Yo no sabía todo eso.
—Facundo: yo soy hija de tu imaginación. Todo lo que te he dicho está en tu fantasía. Mientras no te falte ella, ahí estaré yo. Moriré contigo si tú me nutres con tu mente, tu imaginación y tus deseos.
—Pero yo no quiero que tú mueras cuando yo muera, Pequeña. Las hadas sois inmortales, o deberíais serlo. Cuando yo me vaya, quiero dejarte en herencia a alguien que se lo merezca.
—Querer es poder. Me darás eternidad, y yo te la daré a ti también, Facundo.
—¿Dónde estás cuando yo no hablo contigo, Pequeña?
—Aquí, Facundo. En tu corazón, en tu cerebro, en tu mente, en tu alma.

Aquello me dejó asombrado, sin palabras. Yo ya no sabía si Pequeña existía o no. Si yo la había creado, o si ella ya existía. Pero había hecho cosas por mí que yo no podía haber hecho: la llamada a los atracadores, el teléfono de Andrea...

—Dime, Pequeña: ¿quién te asignó a mí?
—Hay un supervisor de todas las hadas. Vive en el País de las Hadas, y se llama Manitú. Pero en realidad a mí me has elegido tú. Soñaste conmigo. Me atrapaste, y yo me he dejado escoger como antes habían hecho dos de mis compañeras.
—¿Cómo dices? ¿Tuve otras hadas?
—Sí. Pero te dio miedo y despertaste las dos veces.
—¿Cuándo?
—Cuando tenías siete años viste a Marina, y te asustaste mucho. Y la asustaste mucho a ella. Se fue corriendo, la pobre, a refugiarse tras las alas de Manitú.
—¿Y la otra vez?
—Ya eras mayor. Estabas haciendo el servicio militar. Galina se te acercó, atraída por tu sueño fantástico, pero soñaste que te morías con ella, y despertaste chillando. Estabas de maniobras y tus gritos provocaron muchos tiros en la noche. Galina se asustó también, pero ella era muy fuerte porque tú eras un hombre. Y se fue a ver a Manitú, y él le asignó a otro de tus compañeros. Uno que era escritor.
—¡Emilio Solano! ¿Era él?
—Sí. Él no se asustó.
—Ha ganado varios premios literarios importantes... ¿Ella ha tenido algo que ver en eso?
—Sí.
—Pero bueno..., yo no les puse nombre.
—No. A Galina se lo puso Emilio. A Marina se lo puso Mariló, a la que fue asignada.
—Eh, espera un momento... Has dicho que os vemos según nuestro sexo. Mariló es mujer. ¿Cómo puede ser eso?
—¿No lo adivinas? Sí, ella, Mariló, es lesbiana. Lesbiana estricta, nada de bi sexual.
—Ah, claro. Bueno, tengo otra pregunta: ¿si eres hija de mi imaginación, cómo sabes cosas que yo no sé?
—Porque soy hada. Las hadas sabemos casi todo. Por eso te pude dar el teléfono de Andrea. Y te diré todo lo que quieras saber.
—Uf.., bueno, sólo hay una cosa que quiero saber, Pequeña... ¿Tienen alas las hadas?
Pequeña se hizo visible del todo, sólida y con colores vivos: su tez era rosa, como si le diera vergüenza que la viera, desde la cabeza hasta los pies. Sus ojos eran verdes, igual que su camiseta, su falda y sus zapatos, un verde claro muy bonito. Y desplegó dos alas enormes que le salían desde la cintura hasta más arriba de su cabeza, y otras dos más pequeñas, desde la cintura hasta la mitad del muslo, por detrás igualmente. Eran casi transparentes, pero de color amarillo con pintas negras. De pronto las agitó muy deprisa, tanto que sólo veía una especie de polvo que no cae nunca. Y despegó. Dio una vuelta a mi alrededor, y luego se posó delante de mí. Y vi cómo al parar de agitar las alas, el amarillo se tornaba transparente y luego desaparecían las alas en su espalda, como si se las enrollara dentro. Y sonreía mientras decía:
—Sí, Facundo. Las hadas tenemos alas. Pero es como si no las tuviéramos. Volamos con ellas, las hacemos visibles, o invisibles, como nosotras mismas.

Y diciendo esto fue perdiendo color hasta mostrar sólo una silueta indefinida, borrosa.

—¿Quieres saber algo más, Facundo?
—De momento creo que sé todo lo que quería saber, Pequeña. Ahora quiero dormir.
—Buenas noches, Facundo.

Al caer dormido noté que en mi frente se posaban dos mariposas. Eran los labios de mi hada particular, mi hada de cabecera, mi Pequeña. ¿No les parece a ustedes fantástico?

Puerto de Mazarrón,
16 de abril de 2015, 20:17

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