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Portada de Fábrica de cuentos: Historias de historia.Jesús Ángel.

Fábrica de cuentos, 7º volumen: Cuentos históricos.

Los pueblos que desconocen la historia están condenados a repetirla,  decía Herodoto hace muchos años. Cual malos alumnos que no aprenden, añadiría yo. Nosotros no queremos olvidar lo que sucedió, con rencor o sin él, con nostalgia o sin ella, con vergüenza o sin ella, pero con una gran imaginación, que veréis en todos y cada uno de los cuentos de que consta esta selección antológica. Veréis cuadros, escenas, historias que ocurrieron en otras épocas del pasado de la humanidad. Es posible que el lector encuentre casos y cosas que podían haber ocurrido en nuestro siglo 21, pero eso se debe a que el hombre no ha cambiado tanto, desde la prehistoria, cuyo fin proponemos en uno de nuestros cuentos. 

Si ojeáis el índice, que figura a continuación, os veréis en el mundo de los romanos de su época más dorada, la de Octavio Augusto, de la mano de J. G. Ciruelos; para pasar a la Francia Revolucionaria de la mano de Hans Satori; y luego disfrutar de las apariencias americanas en una tierra de nadie, según nos cuenta Ricardo Corazón de León; mientras que yo os llevo al momento en que a un niño desocupado se le ocurrió inventar la historia, para que todos sepamos qué ocurrió antes de llegar nosotros a este mundo. XoElen Ruiz nos habla de un periodo muy negro de la historia de Europa y de la humanidad, si no el más negro; mienras que Jack Crane nos cuenta un aspecto muy negro de un tema del que se suele hablar con demasiada superficialidad, en la España Visigoda, que fue la primera que hubo; hasta que María Orgaz, por fin, nos habla de los sueños de sed histórica de un futuro doctor que suspira por conocer a su heroína, la única en toda la Antigüedad.


Como de costumbre, os pongo a continuación el cuento con el que contribuyo a esta antología. Espero que os guste.


Índice


Introducción
  1. Arminio y Varo, victoria y derrota, de Jorge Galileo Ciruelos Casabayó.
  2. Los hijos de la patria, de Hans Satori.
  3. Apariencias, de Ricardo Corazón de León.
    —Introducción.
    —Apariencias.
  4. El niño que inventó la historia, de Jesús Ángel.
  5. Luminarias, de XoElen Ruiz.
  6. Derecho de pernada, de Jack Crane.
  7. Viaje histórico, de María Orgaz Bueno.
    Nota bibliográfica.

Esperamos que disfrutéis con nuestras historias y os unáis a nosotros en nuestra próxima incursión en el mundo del cuento. Como de muestra basta un botón, os pongo mi cuento íntegramente. Espero que lo disfrutéis y sirva para que queráis leer los otros seis de que consta este libro.


El niño que inventó la historia

por Jesús Ángel


La verdad es que me es muy difícil escoger un período histórico para situar mi relato. Todos me parecen apetecibles, todos me fuerzan a realizar una rigurosa labor de investigación, porque sólo conozco esta parte de la historia que me ha tocado vivir: de la mitad del siglo anterior hasta la mitad de este, con suerte. Así, vista la historia de la humanidad con treinta siglos en perspectiva, se me aparece un todo muy heterogéneo: una aldea global de apenas una decena de años, un mundo roto en dos ocasiones durante el siglo en que nací, otro siglo de inventos, el anterior, de Ilustración en el anterior a este, el 18, que culminó con la Revolución Francesa, dicen que la cuna de las libertades, aunque los americanos lo discuten con su Revolución Americana que supuso su Guerra de la Independencia unos años antes, o los ingleses con su Carta Magna, elaborada unos siglos antes, en el 14, por la que los nobles aseguraban sus derechos frente a un monarca que ya no sabía ser absoluto..., sin olvidar el Imperio de Carlos I y V, o, más atrás en el tiempo, el que los romanos conquistaron y alrededor de lo que llamaron Mare Nostrum, o Alejandro, un poco antes que ellos. O bien el del Emperador de China, mucho más extenso, pero que estaba concentrado en tierras lejanas de las que no se tuvo noticia hasta la llegada del veneciano Marco Polo, que nos descubrió el país de Catái y la Ruta de la Seda. Sí, me habría gustado vivir en alguno de esos momentos históricos, pero si me dieran a elegir, yo elegiría el siglo que corre, el 21, o puede que el 22, en el que o bien estaremos otra vez en la prehistoria, o puede que, por fin, todas las máquinas trabajen para el hombre en un mundo ecológico en que no seamos tantos, pero nos dediquemos al pensamiento y a la difícil tarea de ser felices y pasarle el testigo a la generación siguiente.

Por eso, por no poder elegir un momento his­tórico que me llene de verdad sin lamentar no haber escogido otro, me he decidido por el del propio principio de todo, y escribir sobre el hombre que inventó la historia cuando todavía era un niño, y me he creado un personaje que va a presentaros lo que yo he concebido como su principio, dado que aquel hombre fue tan modesto que olvidó dejar por escrito su propia biografía, cosa imperdonable para los fans de los escritores de ahora, pero que yo apruebo, porque lo más importante de un escritor es lo que escribe, no lo que haya hecho en su vida particular, que es únicamente cosa suya y de sus parientes, si es que los tenía y lo aguantaban a su lado.

Ugstuck era un niño retraído y enclenque, po­quita cosa física y socialmente. Hablaba sólo cuando le hablaban, y se movía sólo cuando le impelían a ello. Durante toda su infancia estuvo enfermo con mucha frecuencia, pero fue lo bastante persistente en todo lo que hacía, sobre todo en seguir vivo, pues en aquella época en que aún no había médicos, consiguió no morirse hasta muy avanzada edad.

Donde otros veían barro, él veía otras cosas. Cogía el lodo con las manos y lo ponía sobre piedras planas en filas, en hileras, formando figuras com­plicadas, y luego les ponía nombres: Esta es árbol, esta otra es agua, esta de aquí es un pájaro..., y así sucesivamente. Los demás se reían de él, porque se ocupaba de cosas que no se comían, que no podía cazar, o que no servían para nada. Y él se reía también, pero no se iba a jugar con los demás niños por eso.

Zihtel se fijó en él desde que era muy pequeño, quizá contaría el niño con cinco años de edad, quizá siete. El hombre era muy respetado en la tribu, y le fascinó la fijación de Ugstuck por realizar aquellos patrones regulares que hacía sobre las piedras. Luego el barro se secaba y el viento se lo llevaba, pero dejaba una huella sobre la piedra, y se podía ver el trazo que el niño había hecho con el barro. Por eso habló con los padres del niño y con el jefe, y entre los cuatro lo decidieron: Ugstuck sería su ayu­dante. Zihtel se dedicaba a pintar animales en la pared de la cueva. Era magia, según decía, porque pintarlos en la pared era lanzar la llamada para que el animal viniese a recuperar su alma, que era lo que Zihtel había fijado en las paredes de donde vivían todos.

—¿Qué es el alma?, —fue lo primero que le pre­guntó Ugstuck a su maestro.

—El alma es lo que hace que se pueda mover, lo que le anima. Si pintamos un animal, le robamos su al­ma, y si quiere recuperarla tendrá que venir aquí de una u otra manera. Pero nuestros cazadores le estarán esperando para matarlo y así nos lo podre­mos comer y hacernos abrigos con su piel.

—¿Y qué pasa si no viene?

—Vendrá, tarde o temprano. Es posible que pierda el camino, pero para eso están nuestros explorado­res, que averiguan dónde se encuentra, y luego, sabiendo que su cuerpo vendrá a donde su alma está, lo matan y lo traen entero o en trozos, para que nos los comamos.

—¿Y por qué vienen otros animales que no pintas, como el león, el oso, el lobo..?

—Ah, porque esos han sentido que el búfalo va a venir, y lo emboscan también. Pero nuestros guerreros les salen al paso, y los matan, y nos los comemos también.

–Pero sería mejor no atraerlos aquí, maestro. ¿Por qué no los buscamos sin fijar su alma en nuestras paredes?

—Ah, pequeño, —dijo Zihtel con un suspiro, —ya lo comprenderás mejor cuando seas mayor, cuando sientas el orgullo de ver que ese animal que nos estamos comiendo entre todos ha venido a tu llamada, y sin ti la tribu habría perecido de hambre.

Ugstuck no era un niño conflictivo, pero sí era muy curioso. Cuando su maestro acababa de pintar un animal, él le ponía uno o varios de sus signos con las pinturas que había hecho Zihtel. Él prefería el negro, aunque a veces usaba el rojo. Es el color de la sangre, decía, así nuestros guerreros seguro que acaban con él. Zihtel suspiraba pacientemente, pues su aprendiz ya iba aprendiendo a hacer la mezcla de colores adecuada para fijar las figuras a la pared, aunque los tonos que usaba para esos signos pequeños al final de su animal eran raros, se secaban y solían caerse.

Sin embargo Ugstuck ya había ideado signos para órdenes concretas. En la esquina inferior derecha empezó a poner un signo que significaba: Búfalo, escapa del león y ven aquí.

Los guerreros se quedaron atónitos cuando vie­ron que un búfalo corría alejándose de un león, que casi lo alcanzaba. Pero entonces llegó al río, y el búfalo se tiró al agua y no paró hasta que llegó al otro lado. El león se detuvo en cuando se le mojaron las patas, pues son animales muy pesados y se habría hundido y ahogado si hubiese seguido. Cuando el búfalo llegó al otro lado recibió quince lanzas a la vez en todo su cuerpo, con lo que murió instantánea­mente y se lo llevaron al poblado. Fue muy comen­tado que el búfalo había escapado del león para ve­nir a ver a los hombres y recuperar su alma.

Aquel día Zihtel y Ugstuck se miraron en silen­cio, y el mayor le sonrió  al pequeño con una sonrisa aprobatoria.

Aquella noche fueron a ver al Jefe, y el pintor le explicó qué era lo que pasaba. El Jefe se quedó asombrado, y le ordenó que pusiera un mensaje para el alma de cada uno de los animales que ellos necesi­taban. El problema era que Ugstuck no se sabía ni siquiera el nombre de todos los animales, así que Zihtel se los pintaba, y él se limitaba a decir después con sus limitados vocabulario y gramática: ¡Ven, tengo tu alma!

Quizá no fuera por eso, pero los animales no de­jaban de venir, dado que aquella era una zona de abundante caza y los compañeros de Ugstuck eran muy buenos utilizando las lanzas. El estatus del niño ya había cambiado mucho para cuando ya había lle­gado a la adolescencia. Le daban los mejores trozos de carne, y le confiaban sus secretos, como que les dijera a los animales el nombre del que los iba a cazar. Eso no siempre se cumplía, pero aquellos hombres eran muy supersticiosos, y atribuían a fallos propios que otro cazador se le adelantara en el uso de la lanza.

Ugstuck escribía en los cuadros que hace Zihtel para provocar el efecto llamada en los animales que querían comer. Aquella gente era muy supersticiosa, y cuando él les leía lo que había escrito en los dibujos, iban con mucho más brío ala lucha contra las fieras feroces y los animales comestibles.

Ugstuck quiso inventarse un animal un día, y pintó uno más pequeño y obscuro que los bisontes, y le puso los cuernos en la boca. Los demás se rieron de él, y él también se rio con ellos. Era un animal imposible. Pero le escribió en la parte inferior del vientre unos símbolos que significaba, según dijo a los demás: Ven a por tu alma. Te la estoy guardando.

Los guerreros se fueron a cazar al día siguiente con bastante preocupación, pues Zihtel no había tenido tiempo de pintar un búfalo o bisonte todavía, porque se había emborrachado la noche antes, y aún estaba durmiendo.

—Vamos de paseo, —le dijeron a Ugstuck, hoscos.

Pero sorprendieron a todos en el poblado horas después, cuando volvieron de la caza con varios animales más pequeños que el bisonte, más obscuros que este pero más claros que el búfalo, y con los cuernos en la boca.

—Se llama jabilla, —dijo Ugstock al ver lo que él había pintado, refiriéndose a los jabalíes que los guerreros traían colgados de los palos.

Se le veía feliz, pues la naturaleza parecía que le copiaba sus diseños. Se sintió pintor de diseño, valga la expresión, un ingeniero de la naturaleza. Luego se subió a una piedra y escribió con su escritura: Urku trajo el primer jabalí en el año 14 de Jardar, usando los nombres del guerrero que mató al primer jabalí y el del Jefe de la tribu, respectivamente, contando los años a partir de cuando Jardar tomó el mando de la tribu. Desde entonces escribía el nombre del guerrero que había matado a cada animal, creando así la primera lista de guerreros y cacerías de la historia, de hecho acababa de crear la historia, o consignación por escrito de los hechos de los hombres. Su pueblo ya no estaba en la prehistoria, y por lo tanto era el más avanzado de todo el mundo. Sin que ni él ni los demás se percataran de ello por­que no sabían lo que era el mundo ni si había otros seres humanos en él.

Cuando llenó la cueva con sus escritos, tuvo que moverse a otra cueva cercana. Zihtel le exigió que se llevara todos sus escritos consigo a la otra cueva, porque la suya era la de los bisontes, la de la caza mayor. Por eso Ugstuck, que no quería escribirlo todo otra vez, lo hizo en piedras planas que los niños le traían del río, de esas que se tiraban contra el agua para que rebotaran sobre la superficie antes de hundirse. Realizó primero la colección de frases referidas a los jabilleros, como él llamaba a los cazadores de jabalíes; y después a los bisonteros y por último a los bufaleros, que eran los que tenían más importancia entre los guerreros en su aldea. Zihtel le permitió utilizar sus pinturas, que no se borraban cuando se secaban, y Ugstuck, en agradecimiento, escribió en las paredes de su nueva cueva la historia de su protector y amigo, Zihtel, basándose en las anécdotas que él le había contado desde siempre: había nacido la primera epopeya, La historia del pintor mágico, aunque lógicamente no le puso título porque era el primer texto del mundo y no lo necesitaba para diferenciarlo de los demás textos porque estos todavía no existían.

Con el correr de los años decidió escribir también cómo había que cazar a cada bestia en particular, pues todas no admitían las mismas trampas ni procedimientos. Y cuando murió el Jefe Jardar, él contó en una piedra grande su vida, resu­mida, y las hazañas que había realizado a lo largo de su vida. También cantó los méritos de Azack, el nue­vo Jefe. Cada año, en lo sucesivo, escribía un resu­men de lo que su tribu había hecho en ese tiempo, inventando la historiografía sin saberlo.

Sin embargo Ugstuck no dejó ninguna noticia sobre sí mismo, ni cómo sintió la necesidad ni cómo se le ocurrió fijar lo que se oía y veía en letras.

Muchos años después, varios miles, dos niños jugaban al escondite. La niña vio un agujero pequeño y se escondió allí. Pero dentro estaba obscuro y no pudo salir. Se vio sola y se puso a llorar, porque le dio mucho miedo. Oía cosas que le asustaban mucho. Fuera, sus padres la buscaban con linternas.

—¡Paula! ¿Dónde estás?

 Su hermano los había llevado hasta donde la había visto por última vez. Ella se puso a gritar, y su padre y sus tíos se pusieron a mover las piedras sueltas, pero pesadas, que había allí, hasta que vieron que era una cueva grande que habían ocultado las piedras y arena que el río había ido trayendo durante muchos años. Al entrar con las linternas buscando a Paula descubrieron una pared llena de garabatos indescifrables y algún que otro dibujo de animales. Mientras estaban embobados mirándolo todo, apareció Paula:

—Papá, mira: al lado hay otra cueva con muchos dibujos y otras cosas raras.

Aún estudian los expertos del siglo 21 los hechos de la tribu de Ugstuck en aquellos tiempos en que la escritura era el invento más moderno del mundo.

Murcia, a 5 de diciembre de 2015.

Esta es la séptima vez que nos juntamos diversos autores para construir entre todos una antología temática de cuentos, nuestra Magna Antología Fábrica cuentos, cuyos volúmenes restantes son estos:

8. Ciencia ficción (abril de 2016).
9. Humor (septiembre de 2016).
10. Biografía (diciembre de 2016).




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