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Portada de Fábrica de cuentos: Los cuentos de terror.Jesús Delas.

Fábrica de cuentos, 6º volumen: ¡Tengo miedo!

El miedo es un sentimiento desagradable que ha acompañado al ser humano desde el principio de los tiempos. Dicen que es un sentimiento muy sano, puesto que nos ha obligado a desarrollar estrategias para sobrevivir. Cuando el ser primitivo oía el rugido del león, se subía a un árbol, o salía corriendo y se metía en un agujero, o bien se unía a otros semejantes a él y entre todos les clavaban sus lanzas al felino, que se tenía que ir o morir. Y si todo nos falla, dicen que el cuerpo segrega endorfinas a instancias del miedo tan grande que tenemos, de modo que tengamos un morir más dulce. La muerte, el dolor, la posible falta de alguien que queremos, o la posibilidad de que algo nos amenace nos causa miedo, y en las páginas de este libro conocemos historias que ilustran nuestros miedos y sus consecuencias.   



Esperamos que este volumen y los demás que hemos escrito y estamos escribiendo te hagan pasar momentos inolvidables.

Este es el el índice:


Índice


Introducción
  1. Crónica de mi muerte.
    1. Luz verde.
    2. La otra versión.
  2. Miedo.
  3. Tengo miedo del retorno al pasado
  4. Hasta que la muerte los separa.
  5. Miedo en la sangre
  6. Mi encantadora mujer.
  7. No le pidas al diablo.
  8. Insomnia.
  9. En el viejo armario

Hasta que la muerte los separa

por Jesús Ángel


Parecía que por fin se iban a casar los incasables. Silvia y Sergio eran dos personas retraídas, rencorosas, acomplejadas, de esas que pensaban que el mundo la tenía cogida con ellos, y el mundo los había hecho así. Por eso el mundo tendría que pagar por ello alguna vez. Porque ellos, claro, no tenían culpa de nada. Ni juntos ni por separado.

Y, sin embargo, al final habían conseguido lo inimaginable: conocerse, charlar, caerse bien, simpatizar, y después de tan sólo quince días, cuando ya se lo habían dicho todo, anunciaron a sus familias respectivas que se iban a casar.

Ellos no tenían muchos amigos, y sus familiares no llegaban a treinta, entre los dos. Sus madres, la de ella y la de él, no podían evitar las lágrimas, quizá porque era lo que se esperaba de ellas, quizá porque lo sentían de verdad. ¡Por fin se casaba su hijo! ¡Su hijita querida había conseguido formar una familia, a pesar de todo!

Y ellos dos allí arriba, sonrientes, sentados a la derecha del sacerdote, tres escalones más arriba que el resto de la gente. Porque era su día. El de los novios, y también el del cura, pues la ceremonia del matrimonio es la más festiva, la más agradable que se celebra en iglesia alguna, fuera de algún bautizo que por sus circunstancias especiales no supone ningún incordio por parte de ningún crío, sea el protagonista o uno de los invitados. Pero en las bodas todo el mundo está feliz: unos porque el evento les recuerda su propia boda, que se realizó hace un tiempo más o menos largo, y que a pesar de los pesares siguen honrando todavía; y otros porque ansían estar en el puesto de los novios algún día: de ahí el rito ese tan extraño de que la novia tira el ramo y la afortunada que lo coge al vuelo es la próxima en casarse, que por lo visto es un premio, privilegio o fortuna.

Y mientras tanto, allí arriba, junto al Padre Herminio..., ¿qué pasaba por la cabeza de los contrayentes mientras el cura leía el capítulo 13 de La epístola de Pablo a los Corintios, sobre el amor, aunque él dijera caridad, que es como llaman al amor los cristianos? Y ellos lo eran, aunque nunca hubieran pisado una iglesia.

Sergio siempre había sido un niño muy escuchimizado. Sus compañeros de colegio le habían maltratado siempre de palabra y de obra. Y allí estaban todos con sus familias, sus esposas, sus hijos, algunos eran todavía bebés.

Su padre le había reñido siempre, hasta el día anterior a la boda le había insultado porque no estaba de acuerdo con la disposición de los invitados en el banquete de boda. Pero, para variar,  Sergio sonrió, condescendiente. Al fin y al cabo, ¿qué más da dónde se sienta cada uno? El banquete no se iba a celebrar, de todas formas, aunque eso sólo lo sabían los novios..., todavía.

Silvia era hija única. Su padre esperaba un niño cuando ella nació. Nunca se cuidó de expresar su profunda decepción. Es muy difícil congraciarse con un padre que no te perdona que eres mujer y no hombre. Porque no hay nada que tú puedas hacer.

“Por fin me caso mañana, papá”, le había recordado el día anterior.

“Ya era hora de que hubiera un hombre en la familia”, le contestó. “Ahora lo que tienes que hacer es traer un nieto pronto. Pero que sea varón”.

Su madre había tenido culpa también, pues tras haberla dado a luz a ella se se había negado a tener relaciones sexuales con su marido. No quería pasar por los dolores de parto otra vez. La maternidad no era para ella, decía. En una de esas numerosas discusiones que tenían sus padres sin importarles si ella estaba delante o no, o de qué edad tenía, ellos se echaban todo eso en cara, y muchas miserias más.

“Mamá, ¿por qué no os divorciáis?”, le había preguntado cuando ya tuvo la edad para ello.

“¿Y a dónde voy yo a ir a mis años?”, le respondió. “Tu padre, en el fondo, es bueno. Ya me he adaptado a él”. Extraña y tóxica manera de adaptarse a él, pensó ella.

“Tu madre es especial”, le dijo su padre cuando le hizo la misma pregunta. “Tiene sus cosas”, añadió, “pero tiene buen corazón y hace bien de comer”.

Aquella era una boda atípica. La iglesia estaba tan llena como puede estarlo una iglesia pequeña de apenas doscientos asientos. Había muchos niños, incluso de pecho, pero ninguno lloraba. Ninguno gritaba pidiendo comida, y forzando a los padres a salir de allí. Todos dormían en los brazos de sus mamás, o en el cochecito que estas tenían junto a sí. Los cuatro o cinco ateos oficiales de la reunión habían entrado en la iglesia cuando lo hicieron los diez o doce fumadores que habían salido a fumarse el último pitillo, pues estaba próximo el momento en que los novios iban a pronunciar sus votos.

Primero se acercó Sergio al micrófono, para romper con la costumbre atávica de las damas primero, aunque su dama estaba de pie a su lado.

Este Sergio siempre será un tolili, pensó su padre cuando vio que él, y no ella, tomaba posesión del micrófono. El cura acababa de decir: «Ahora los novios dirán sus votos particulares el uno al otro antes de que yo les haga las preguntas canónicas para que estén unidos para siempre. Adelante, Sergio».

“Gracias, padre”, dijo este. “Pero le recuerdo que siempre es mucho tiempo. ¿No es hasta que la muerte nos separe?”

El prelado sonrió, asintiendo.

Sergio prosiguió, tras sacarse un pequeño papel del interior de su chaqueta:

“Pero sí esta vez, padre, padres y madres, familiares y amigos de ambos sexos, os diré que yo prometo amor eterno a Silvia. La muerte no podrá apartarnos, lo prometo”.

Este Sergio siempre dando la nota, pensó el padre de la novia. ¿Se puede ser más imbécil? Pobrecita de mi hija... Con todos los buenos partidos que hay por ahí ha tenido que cargar con este tarado.

El hermano de Sergio, tres años mayor que él, y sin embargo más bajito, se llevó la mano a la boca para no reírse sonoramente ante semejante memez. Le vino bien el movimiento, pues así disimuló un bostezo repentino. La noche anterior se había ido de juerga y había dormido poco. El día antes no había dormido nada, porque era la despedida de soltero de su hermano. Entre él y varios amigos suyos  y de él habían financiado el alquiler de una prostituta, que salió de dentro de un enorme pastel que habían introducido entre cuatro o cinco de ellos en el local. Cuando Sergio iba a cortar la tarta vio como el primer piso, de los diez que tenía la misma, se elevaba, apareciendo la cabeza de una muchacha muy guapa que le guiñó un ojo y le dijo: ¡Sorpresa! Hola, Sergio.

Los amigos se hicieron cargo de los demás pisos, que en realidad eran sectores cilíndricos de orden creciente de radio, y eso permitió que saliese la chica, totalmente desnuda, de dentro del pastel.

Ella se dirigió a Sergio y lo rodeó con los brazos y le dio un beso con lengua.

“¿Nos sentamos?”, le dijo luego, mientras tiraba de su mano hacia una silla.

Sergio se sentó, pero ella no se sentó en otra silla, sino sobre él.

El homenajeado nunca había tenido a una chica encima. Ni acostado ni sentado. Estaba átono, sin saber qué hacer. Por eso no hizo nada.

“Anda, no seas antipático, Sergio”, dijo ella poniendo una de las manos de él sobre su seno. “Puedes pellizcarme un poco, si quieres”.

Le gustaba el tacto de aquella mujer. Tendría veinte años, cuatro menos que su novia. Sus amigos y su hermano no le quitaban el ojo de encima a él.

“Anda, Sergio, que es tuya. Que se vea que aprecias nuestro regalo”.

“¿Vuestro regalo?”

“Sí, hombre. Te la puedes tirar, si quieres” .

“Puedes no: ¡tienes que hacerlo!”, dijo otro de los amigos que estaba algo más borracho que los demás.

Sergio miró a la chica, que era la única mujer en la reunión. La interrogó con la mirada, y ella asintió con la cabeza, a la vez que se llevaba la mano de Sergio al sexo.

El de Sergio, por cierto, estaba más duro que en toda su vida. Tan duro, que le dolía.

“Anda, tonto, no te hagas de rogar”, dijo ella.

“¿Cómo te llamas?”, preguntó Sergio.

“¿Aquí hemos venido a follar, o a enamorar?”, dijo ella, ceñuda pero sin perder la sonrisa.

“¿Cómo te llamas?”, repitió Sergio.

“Yo me llamo como tú quieras, Sergio. Llámame como tú desees. Esta es tu noche”.

Pero Sergio quitó la mano del sexo de ella, y oprimiéndole ambos hombros con las dos, repitió muy serio:

“¿Cómo te llamas?”

“¡Ay, me haces daño! Me llamo Marisa”.

“Marisa...”, dijo él relajando su semblante. “Me gusta, Marisa.  Y me gustas tú”.

Ella recuperó la sonrisa al ver que él le soltaba los hombros.

“Gracias, Sergio...”

“¿Y has venido aquí a follar?”

“Todo lo que tú quieras. Tenemos toda la noche”.

“¿Tú eres puta? ¿Estos te han contratado?”

Sergio se estaba poniendo serio otra vez. Sus amigos, todos en silencio tomando copas, le habían la habían aleccionado para esta eventualidad:

“No, Sergio. Tú no me recuerdas, pero yo estudié contigo en primaria. Tú fuiste el único que no me pegó  aquel año. Tampoco fuimos amigos, porque tú no tenías amigos. Pero siempre te recordé. Al saber que te casabas por mi hermana, la novia del cuñado de tu hermano, le dije que quería hacer algo por ti. Y aquí estoy”.

“Y aquí estás”, repitió él, tranquilo, pensativo, “desnuda, sentada en mis rodillas...”

Ella le acarició el cuello y le besó.

“Pero ya basta de cháchara”, dijo ella. Le dio un beso profundo, lascivo que duró varios minutos, mientras abría la bragueta del hombre.

Este la tiró al suelo y se bajó los pantalones, entrando en ella como un animal.

Los demás varones se dedicaron a contar el número de embates de Sergio sobre la muchacha en voz alta, muy alta, y todos al unísono. Pero el pobre no llegó al 30. En el 29, Sergio se corrió durante varios segundos, quizá un minuto, en el que su cuerpo vibró espasmódicamente en su embate final, con los ojos cerrados y apretando con ambas manos los senos de la mujer.

“¡Brindemos al a salud de Sergio, de Marisa y de lo que venga!”, dijo otro de los beodos.

Sergio estaba agotado, demasiado para reaccionar. La miró, y ella sonrió, negando con la cabeza.

Lentamente se recuperó, y sus amigos le ayudaron a ponerse en pie. Se sentó y se encaró con Rodolfo: “¿Qué has dicho?”

Pero ella se le acercó, y aún sentada en el suelo, se le abrazó a las rodillas y le dijo:

“Sergio, no hagas caso a ese cretino. ¿Crees que iba a venir a esto sin tomar precauciones?”

“¿Precauciones? ¿Qué precauciones?”

“Pastillas. Tomo la píldora anti-baby. Y si quieres, me tomaré la píldora del día después mañana delante de ti. Mira”, dijo mostrándole su bolso abierto, “tengo los dos frascos en el bolso. Siempre los llevo conmigo, por si acaso”.

“Pero..., uno de las dos sobra”.

“Sé que te gustan las cosas bien hechas. Me lo ha dicho tu hermano”.

“Venga, hermanito”, le dijo este, “no seas petardo. Si vas a hacer caso a todas las jilipolleces que vamos a decir esta noche, nos vas a cortar el rollo. Una despedida de soltero es para eso, para hacer y decir jilipolleces, y no pasa nada, hombre”.

Sergio lo miró, serio. Luego le sonrió, asió a Marisa por el pelo y tiró de ella hacia sí, besándola de nuevo.  

A lo largo de la noche la montó cinco veces más, aunque cada vez la cuenta de sus amigos alcanzaba un número progresivamente mayor, culminando en los 90 embates que le costó el último asalto. No le va a quedar mucho para la noche de bodas, pensó el futuro cuñado de Silvia.

Pero Sergio no se había creído el cuento de lo de su compañera de primaria. Contra lo que todos pensaban, él sí se acordaba de aquella niña pecosa y rubia. Esta era morena, aunque él era consciente de que el pelo se teñía,  las pecas se pueden perder con los años, y el cuerpo se transforma. Pero la cicatriz en la frente era difícil de quitar. Además, se llamaba Manolita, no Marisa. La cicatriz la tenía dentro de una ceja, y se la había dejado un golpe cuando era muy pequeñita. Le había producido una diminuta calva dentro de la ceja, algo demasiado pequeño para notarse a simple vista, pero él sabía la historia de aquella  cicatriz. Con disimulo había acariciado las cejas de Marisa, las dos. Ni rastro de esa pequeña calva. Nadie se molesta en tratar estéticamente eso. Además, es un signo de originalidad para el rostro. Durante años pensó en Manolita, a la que no volvió a ver. No, esta muchacha era una pobre puta que le habían pagado entre todos parar reírse a su costa. Pero no lo consiguieron porque su timidez y aparente misoginia no ocultaban la impotencia que no tenía. Aquella noche Sergio se resarció de toda una vida de castidad involuntaria.

Aunque Marisa se sabía el nombre de todos sus profesores de aquel año, hasta de los que él no recordaba, era evidente que su hermano, que iba al mismo colegio que él y  los conocía a todos, la habría aleccionado...

Aquello había ocurrido dos días antes. Sergio se había recuperado, pero el crápula de su hermano, supuesto respetable padre de familia, había seguido la juerga cuando él se había ido. Seguramente se habrían tirado todos a Marisa, o habrían hecho ir a más prostitutas. Y ahora estaba allí, con cara de bueno, teniéndole la mano a su esposa, junto al lado de su primogénito. Sí, el chaval de cinco años se había quedado dormido junto a su madre.

“Nuestro amor”, dijo Sergio tomando a su novia de la mano, “es especial. Es un amor de esos que va más allá del Universo, más allá del tiempo”.

Este Sergio está loco, dijo para sí su hermana. Siempre diciendo tonterías. ¡Anda, que mi cuñada va a ir arreglada con este petardo!

Como si le hubiera oído, Sergio le dedicó una sonrisa y un párrafo:

“Melisa, aún recuerdo cuando éramos pequeños. Mi primer recuerdo en la vida lo protagonizaste tú, cuando yo tenía cuatro años y tú cinco, y dijimos que cuando fuéramos grandes nos íbamos a casar, como papá y mamá...”

¡Idiota! ¡Pero qué imbécil que es!, pensó ella.

“Sí”, continuó él con mayor sonrisa aún al ver la zozobra y el rubor de ella, “ya sé que  es nuestro secreto. El secreto de dos niños de 4 y 5 años. Pero tenía que romper oficialmente mi compromiso contigo, cielo, para comprometerme para siempre con mi verdadero amor, Silvia. Pero no te preocupes, Melisa, tu hermano siempre te querrá a ti también. En esta y en todas las vidas que aún tengamos juntos”.

Sergio hizo una pausa en la que sonrió aún a su hermana. Luego miró a todos en general y continuó: “Pero esta boda no habría sido posible sin mi hermano, que se ha ocupado de todos los detalles, hasta de la despedida de soltero, que ha sido la mejor que un hermano puede desear. Gracias, Renato. Te debo mucho. Desde que puedo recordar, allí estuvo mi hermano mayor ayudándome, sirviéndome de guía...”, y puteándome, pensó, pero continuó sin pausa, “Y ahora aquí estoy yo, a punto de entrar en el gremio de los hombres casados. Renato, mi querido hermano mayor: espero que sigas sirviéndome de guía y de norte en este nuevo estado que hoy abrazo. Cuando yo haya madurado y sea mayor, me gustaría ser como tú”.

En este punto algunos de los asistentes tuvieron que hacer un esfuerzo para no aplaudir, pues no sería correcto hacerlo en la iglesia. Por eso, tras una breve pausa, mirando a la mujer que estaba junto a su hermano, prosiguió:

“¿Y qué puedo decir de Elmira, mi cuñada favorita? Gracias a ti pude disfrutar de las delicias de ser tío, de mis placeres avunculares hasta entonces desconocidos por mí. He querido a tus hijos como si fueran míos...”, y si no lo fueron, pensó, no fue porque ella no lo quisiese. “Y ese fino sentido del humor que tienes me abrió otro mundo diferente al que yo conocía. Gracias, Elmira, me ayudaste mucho. Desde que te conozco he crecido más de lo que parece”. También pensó en los desaires que le había hecho, y en los cortes y en los plantes, así como cuando lo quiso seducir, quizá por haberse peleado con su hermano, quizá por una absurda apuesta con las arpías de sus amigas. Y también recordó cuando lo acusó ante su hermano de haber querido acostarse con ella, y casi llegan a las manos. Por eso se había enfriado su relación con Renato hasta poco antes de la boda, cuando se avino a razones y comprendió que su hermano había sido siempre extremadamente tímido con las mujeres, y que su mujer era tan arpía como sus amigas, como se lo había demostrado reiteradas veces, en su trato y en las cosas que decía. Pero a pesar de todo nunca llegaron a reconciliarse del todo. Al fin y al cabo era mejor seguir mosqueado con tu hermano que reconocer ante otra persona que estás casado con una puta. Por eso sus padres nunca se enteraron de ese lío.

“¿Y qué decir de mi padre”, continuó Sergio, “ese amigo que a todos nos gustaría tener, y que además te ha dado la vida y cobijo durante la mayor parte de la vida?”, aunque tantas putadas me hizo, pensaba mientras hablaba, con su odioso lema de que la letra, con sangre entra. Más vale no abundar en el tema de mi padre, se dijo a sí mismo, para no acabar metiendo la pata... “Muchas gracias, papá”, acabó con la voz visiblemente emocionada.

“Finalmente”, prosiguió mirando a otra parte, “he de decir públicamente que mi madre es la persona más maravillosa que conozco. Madre no hay más que una: me tuviste dentro, madre, nueve largos meses. Me han dicho que te di un embarazo muy malo y que a pesar de ello nunca perdiste la sonrisa”. Ya sé que es mentira, pensó Sergio, y por eso pilles el significado real de mis palabras... “Siempre cariñosa, siempre obsequiosa... Madre, tú has hecho por mí más que nadie en toda mi vida”.

En ese momento Sergio hizo una pausa para abanicar a todos con la vista, desde las últimas filas de bancos hasta las primeras.

“Y mis amigos”, continuó, “mis amigos, esas personas tan mágicas que me acompañaron desde el jardín de infancia hasta la universidad. ¿Qué podría decir de ellos? Muchas gracias, amigos, por todos y cada uno de los ratos que me habéis dado. Me gustaría poder devolveros ahora mismo todo el cariño y los ratos que me habéis dado a lo largo de todos estos años”.

El carraspeo de Silvia le indicó, a modo de señal, que ahora tocaba cambiar de tercio.

“Pero no quiero monopolizar todo el tiempo y vuestra atención, amigos y parientes. Gracias, Fermín, Ana, Pablo, Sabina, y todos los demás. Quisiera ceder la palabra a ese ser maravilloso que el Destino me ha hecho conocer, Silvia, mi querida alma gemela”.

Nadie se percató de que Sergio no había pronunciado sus votos, sino que había realizado una extraña y larga arenga de agradecimiento. Pero ella sí que lo hizo:

“Quisiera, antes de que mi futuro marido pronuncie sus votos, y yo los míos, decir yo también unas palabras de agradecimiento a los seres que me dieron el ser, a los que me ayudaron a crecer, y  los que me dieron tanto cariño, tanta comprensión...”

¿Y esos quiénes serán?, pensaron a la vez sus padres, sus tíos, todos los que la conocían de algo y hasta ella misma. , pensó su padre, ese chico tiene que ser una buena influencia para la amargada de mi hija, que siempre fue un cardo, pinchando a todos y armando broncas por nada y por todo. Nunca la había visto agradecer nada a nadie..., y ahora, como por arte de magia, Silvia estaba agradecida a todos por todo.

“Quiero expresar en este día tan feliz”, dijo dándose cuenta de que ya todos los niños dormían, así como que algún que otro adulto... Uno de estos se levantó para salir de la iglesia, pero no consiguió abrir la puerta, y cayó al suelo, sin que nadie le hiciese caso, donde quedó tendido sin levantarse. Ella también lo vio, pero siguió como si no: “el más feliz de mi vida, que este será el día en el que todas las cuentas se pondrán a cero, todo será pagado y nadie deberá nada a nadie. Mamá”, dijo mirando a su progenitora directamente a los ojos. “Tú no quisiste tenerme en ningún momento. Siempre me trataste como la pariente pobre que vino a comerse tu hacienda en lugar de como a tu única hija”.

La pobre mujer escuchaba con la cabeza gacha, la mirada al frente y perdida, como si estuviera drogada.

“Y tú, papá”, continuó Silvia, “tenías que haberte divorciado varias veces. ¿A qué venía seguir viviendo con una mujer que te odia, a la que tú desprecias? En muchas ocasiones me imaginé”, dijo quebrando su voz en un sollozo, “mi vida viviendo sola con mamá y yendo a verte de visita los fines de semana, como tantas de mis amigas hacían con su padre. Habría estado toda la semana con la ilusión de verte y dejar de verla a ella, pero sobre todo me habríais regalado los dos la falta de vuestras peleas inútiles y pueriles. Porque yo crecí en un hogar lleno de violencia verbal, y que en algunos momentos pensé que se traduciría en violencia física. Pero bueno, supongo que eso era lo que me tocaba. Y ahora llega el momento de saldar la deuda”.

Su padre la oía como una voz lejana, un hilo de voz apenas audible por encima de sus propios jadeos.

“Por suerte”, prosiguió “no tuve hermanos con los que compartir mi desgraciada infancia. Y digo por suerte porque probablemente habría sufrido alguna otra vileza por parte de ellos, o yo les habría gastado alguna gamberrada de esas que no se olvidan jamás”.

Aquí Silvia hizo una pausa, y mirando con rencor a la audiencia, prosiguió casi iracunda:

“¿Y qué puedo decir de vosotros, mis tíos? Senén, a los nueve años me violaste. Me dijiste que me matarías si alguna vez se lo decía a alguien. Bueno, capullo, mátame ahora, porque os lo estoy diciendo a todos, a mi familia y a mis amigos, degenerado. Y tú, Ágata, la alcahueta, sabías que tu marido me violaba y lo consentiste, protegiéndole a él en lugar de a mí, una niña indefensa. Y tú, Alberto, no me violaste, pero desde que puedo recordar, con apenas seis años de edad, tus largos dedos exploraron todos los secretos de mi cuerpo inocente de niña. Cuando llegabas cabreado no te importaba darme cachetes y nalgadas. Sí, yo crecí con desamor, odio y desaprensión de la gente que tendría que haberme dado cariño, amor, protección; recibiendo coces de los que tenían que haberme investido de otros valores mucho más positivos que el profundo resentimiento que me corroe”.

Hizo una pausa más larga, y luego siguió con una voz aún más densa, más ronca:

“¿Y qué diré de mis buenos amigos y amigas? ¿Los que me daban tres puntapiés por cada uno que yo conseguía darles, los que me recibieron en el colegio a pescozones porque era la nueva, que me llamaban la descarriada desde que aquella maestra desaprensiva, doña Encarna, de infausta memoria, me lo dijese aquella vez que le contesté? Sí, amigos, fuisteis muy crueles, y lo seguisteis siendo cuando por fin me vencisteis. Aquella niña de doce años rota y harta de luchar que se rindió, que en el colegio y en su casa recibía palos en lugar de besos, insultos y reprimendas en lugar de comprensión y consideración, empujones en lugar de abrazos, malos modos en lugar de cariño. Vosotros, cabrones, me habéis convertido en la bestia parda que soy”.

Ahora Sergio fue el que carraspeó. Ella reculó un poco.

“¿Ya?”, le preguntó.

“Casi”, contestó él.

El cura llevaba ya un rato largo sin dar crédito a lo que oía. Esto no eran votos, era otra cosa. Una cosa sacrílega que estaba ocurriendo en su iglesia. Tres veces intentó decir algo, pero no sabía qué el pobre, ni tampoco le obedecían ya las piernas. A él también le estaba dando sueño, a pesar de lo nervioso que se encontraba. Era un día raro. En todos sus años de sacerdote nunca vio nada igual. Parecía que todos se habían quedado dormidos. No se oía nada en toda la iglesia. Le dio la impresión de que aquella gente ni siquiera respiraba.

“Y usted, padre Herminio”, dijo ella volviéndose hacia el prelado, “¿qué se puede decir de usted? Desde la primera vez que vine a a confesarme no se cortó a la hora de acariciarme la espalda. Me daba miedo decírselo a mi madre, porque me habría reñido. Nunca supe qué hacer con usted. Me hizo pasar a la sacristía varias veces y abusó de mí con la excusa de ponerme penitencias por los graves pecados que según usted, cometía: desobedecer a mis padres, llegar tarde a casa, acusar en falso a mis compañeros del colegio. Todo era buena excusa para que me bajara las bragas y me diera una azotaina. A mí, una niña acosada por todos, que no encontraba consuelo ni siquiera en el hombre de Dios”.

El cura ya la oía lejana... En ese momento el bolígrafo que tenía Sergio en el bolsillo exterior de su traje de novio comenzó a emitir un suave pero persistente bip-bip. Conteniendo la respiración, Sergio extrajo de debajo del asiento de los novios dos botellas de oxígeno de esas que se venden en las farmacias, con un tubo de cada una. Le dio una a Silvia, y él se llevó el tubo de la suya a la boca.

Pero ella aún tuvo tiempo de añadir, antes de que el colgante que llevaba a modo de gargantilla, iniciase un pitido agudo:

“Gracias a todos, padres, tíos, amigos. Gracias a todos por hacerme la vida tan miserable. Yo me porto un poco mejor con todos vosotros, porque os doy una muerte dulce, muy dulce, que para mí la quisiera. Don Herminio: vaya usted con Dios. Yo le absuelvo a usted de todos mis pecados, y le ruego que guíe usted a su grey hasta las puertas del Palacio del Padre Celestial”.

Y ese fue el momento en que su gargantilla comenzó  gritar ese pitido agudo y persistente.

“¡Adiós”, dijo ella poniéndose el tubo de oxígeno en la boca.

“¡Adiós!”, dijo Sergio soltando el suyo por un segundo y volviendo a tomarlo.

En ese momento ella se desprendió de la larga cola del vestido de novia, se quitó el velo y el postizo de su traje, que se quedó en un discreto traje blanco sin tirantes y con falda hasta la mitad de la rodilla.

Entonces los dos entraron en la sacristía y abrieron las ventanas. Luego fueron a la puerta de la iglesia, y tras accionar una palanca oculta, abrieron las puertas de par en par, con lo que se estableció una corriente de aire apreciable que refrescó el ambiente tan recargado que había. Se dirigieron a su coche y metieron lo que sobraba del vestido de novia y el ramo de flores. Luego volvieron a entrar a la iglesia, pero se dirigieron al coro: entre los dos cargaron las dos botellas de gas que habían estado dejando caer sobre el ambiente monóxido de carbono desde el principio de la ceremonia merced a un mecanismo de relojería. Había ido cayendo desde arriba, pero al ser más pesado que el aire se había ido depositando en una capa de grosor creciente, empujando al oxígeno hacia arriba hasta que había ido sumergiendo en ella a todos, empezando por los más pequeños hasta los más altos. Por eso ellos dos habían estado de pie durante todo el tiempo. El cura había sido el último en morir porque estaba sentado tres escalones más alto que los demás. Habían muerto asfixiados.

Habían puesto las bombonas dentro de dos cajas que llevaban pegatinas de material eléctrico, y las habían metido en el maletero del coche. Después de devolverlas a la fábrica de la que las habían robado, tiraron las cajas a un contenedor de basura reciclable y se fueron de viaje de novios a Hawai. Se ve que les gustaron las islas, porque todavía no han vuelto de allí.

Puerto de Mazarrón,
a 28 de agosto de 2015.

Este es la sexta vez que nos juntamos diversos autores para construir entre todos una antología temática de cuentos, nuestra Magna Antología Fábrica cuentos, cuyos volúmenes restantes son estos:

7. Historia (diciembre de 2015).
8. Ciencia ficción (marzo de 2016).
9. Humor (junio de 2016).
10. Biografía (septiembre de 2016).

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