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Crónicas.Jesús Ángel.

El libro de las crónicas angélicas y las anécdotas diabólicas.

Son veinte cuentos cuyos personajes más importantes son ángeles o demonios. Escrito a lo largo de varios años, mientras estaba implicado de lleno en otros proyectos más ambiciosos, como La redención de Ecolgenia u Oficial y bailarina (de próxima aparición en papel), este libro consta de veinte cuentos de diversa longitud y carácter. Casi todos los cuentos son míos, excepto Escalera al Edén, que es de la joven escritora norteamericana Anne Lake; La apuesta, de Gema Gimeno Giménez, de Torrox, Málaga; y La balada de Elvis, del bostoniano Jack Crane afincado en Águilas, Murcia.
Este libro está siendo traducido al inglés
, y publicado en Amazon en ambas versiones, si bien en la inglesa faltan aún varios cuentos por traducir.

Todos los cuentos constan de una parte, excepto los siguientes:
  1. «Una historia mejicana», que trata del origen y posterior evolución de un espíritu. La alusión a Méjico se debe a que la acción está centrada en un pueblecito del estado de Oaxaca, San Pablo de Huitzo, y en su propia capital, Oaxaca, en el siglo 19.
  2. «Pluma de ángel» de la evolución de un hombre desde que consigue su primera pluma hasta que consigue la segunda. Está escrito en seis partes y es un cuento "cross border" (toca varios géneros a la vez, pues hay romance, situaciones bélicas y se retrata la aventura más insondable que hay, la aventura de escribir, desde dos vertientes diferentes).
  3. «Charlas con mi padre» es un cuento en seis partes que nos presenta el extraño diálogo del narrador con su padre muerto, que le permite recordar una parte de su pasado que le parecía extinta y que se prolonga a un futuro desconocido, al menos en parte.

Los otros cuentos de este libro son mucho más sencillos, como meras anécdotas de la magia o divinidad (según se quiera ver) en los hechos narrados. El hecho de figurar tres cuentos ajenos a mi pluma en este volumen abre la posibilidad a que otros autores amigos quieran contribuir con uno o varios cuentos sobre esta temática, o bien de ángeles o de demonios. A todos ellos invito a enriquecer este libro.

«El súcubo y Tomasa» como «La apuesta» fueron escritos el día ocho de marzo, el Día de la Mujer Trabajadora. Espero que al menos estos dos cuentos les gusten a las trabajadoras.


Contenido:
  1. Introducción.
  2. Los ángeles.
  3. La niñata.
  4. Segunda opinión.
  5. El ángel luminoso.
  6. Mal negocio.
  7. Pobrecillos.
  8. Su diablo particular.
  9. Ángel.
  10. El demonio de las ideas.
  11. Una carta angelical.
  12. La balada de Elvis.
  13. Un cuento inacabado.
  14. Una historia mejicana:
    1. La increíble historia de Aruel.
    2. Las dudas de Fulgencio.
    3. Jaque al rey.
    4. Las alas del ángel.
  15. La pesadilla.
  16. Miguel Ángel.
  17. La apuesta.
  18. Pluma de ángel:
    1. La elegancia de la calle del Muro.
    2. La redacción.
    3. El negocio de la muerte.
    4. La segunda cara.
    5. Desapego.
    6. Su segunda pluma.
  19. El súcubo y Tomasa.
  20. Charlas con mi padre:
    1. El encuentro.
    2. En concierto.
    3. Reflexión.
    4. Cese de hostilidades.
    5. La cuarta dimensión.
    6. Epílogo.
  21. Escalera al Edén.
  22. Diecinueve.
  23. Supervivientes.
  24. Nota bibliográfica.

Os presento, a modo de fragmento, uno de los cuentos presentes en esta antología. Espero que lo disfrutéis:

Diecinueve

Diecinueve años tenía aquel ángel cuando el de la Misericordia vino a por ella. Había nacido en una familia burguesa y había crecido con sus padres y hermanos con las pequeñas tragedias de la vida diaria que no llegaban a ninguna parte: que si un suspenso en matemáticas, que si se peleaba con uno de sus hermanos, o ellos con ella, y de las alegrías al llanto y viceversa, como todos los niños que ha habido en el mundo desde siempre. Hasta que de pronto apareció Muriel mientras ella dormía.

—Ya has agotado tu vida, Isabel—, le dijo mientras le cortaba el hilo de plata. —Hora es ya de que vuelvas con nosotros.
—¡Pero yo no quiero dejar  a mis padres!—, protestó , —ni a mi hermano Facundo. ¿Qué será de él?
—Tu hermano aprenderá a vivir sin pelearse contigo.

Isabel miró al Ángel de la Misericordia con desconsuelo, pero mientras caía al suelo su hilo de plata recordó para qué había ido ella a aquella gente, y sonrió. También recordó quiénes eran de verdad sus padres y sus hermanos. Y supo que las peleas infantiles con sus hermanos carecían de sentido ahora. Y las discusiones con sus padres. Aquellos seres que dejaba en el mundo terrenal de hecho no tenían nada que ver con ella. Ya no. A muchos se los había encontrado en otras vidas. Con el que había sido su padre en esta se había casado en otro siglo y habían tenido seis hijos. Sólo que ella había sido el hombre aquella vez, y su padre reciente, su mujer. Cosas de la reencarnación, que no respeta el sexo ni el parentesco previos.

¿Y cuál era el objeto de este trasiego de vidas? Pero no había terminado de hacerse la pregunta aún cuando ya tenía la respuesta.

—Vamos, Isabel—, le dijo su ya compañero Muriel. —Tu juicio te espera.
—Sí, mi juicio—, dijo sonriendo. Apenas unos días antes le preocupaba que Dios le preguntase ante todo el mundo por sus masturbaciones solitarias, sus pequeños rencores, sus agresiones escolares, sus embustes, sus pequeños odios y transgresiones diminutas de la Ley de Dios. Y recordó que ninguna de ellas lo era. Pero el carisma que había derramado entre sus amigos y toda la gente que conocía había compensado con creces el poco daño que pudo haber hecho por error u omisión:

—El Juicio—, repitió,  —Sí, ya no me acordaba del Juicio Final.
—¿Cuántas veces te han hecho el Juicio Final, Isabel?
 —Seis, Muriel. Y con esta vez serán siete.

Se encontraría con Dios nuevamente, sí, y con Pedro, Pablo y varios arcángeles. ¿Qué les iba a decir? Ellos lo sabían todo de ella. Durante sus diecinueve años la habían visto a diario. Todas sus equivocaciones, una detrás de la otra. Y todos sus aciertos. No, no podía decirles nada, ni a favor ni en contra. No podía explicarles nada porque estaba todo claro. Ni cabía declararse culpable ni inocente. Ni sentirse mal por la pena que le correspondiese.

—Bueno—, dijo Yuliel, —parece que no lo has hecho mal del todo. ¿Quieres volver?
—Sí, claro. Me gustaría.

Ellos se miraron. Los cinco jueces intercambiaron miradas, y finalmente Pablo dijo el resumen de la sentencia:

—Amén.

Diez años habían pasado. Su hermano Facundo, que ya era un experto ingeniero técnico, se había casado con Inés, una de las mejores amigas de Isabel, en cuyo funeral la había conocido. Llevaban diez meses casados cuando vino al mundo el fruto de su amor.

—Si es niña le pondremos Isabel, Facundo, como tu hermana, que fue la que nos unió. Fue lo último que hizo la pobre.

Pero no le pudieron poner Isabel porque no fue niña, sino varón. Su nombre fue Isidro.

Por octava vez aquel espíritu se hizo carne. Y aunque durante un par de años aún veía a los espíritus celestes, esa facultad la fue perdiendo con el tiempo. Cuando ya supo hablar y contar lo que le pasaba, a los tres años, ya no recordaba que alguna vez los hubiese visto. Ni que tenía como misión ayudar a sus abuelos y a su hermano, ahora su padre, a tener un buen morir.

Murcia, a 4 de abril de 2014.



Espero que disfrutes de estos cuentos. Si así no ha sido, estudiaré encantado las críticas que tengas a bien enviarme a mi dirección,  o a mi blog.






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