Actualizado el miércoles
8 de marzo de 2017
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Cuéntotelo.Jesús Ángel.

Oficial y bailarina.

Con este libro participé por segunda y última vez en el premio Planeta. Se trata de la historia de un manipulador nato que sobrevive en condiciones muy difíciles en que todo se le viene en su contra, que pugna por salir siempre a flote; y también es la historia de una muchacha suave y dulce que se adapta a su entorno siempre con la sonrisa en los labios, y que nos enseñará que nunca se ha de perder la esperanza.

Escrito 2012, al año siguiente lo publicó en papel  la editorial VegamediaPress, tras varias correcciones y ampliaciones, sin más exigencia que el precio de la versión digital no fuera inferior a la mitad del de la versión impresa que ellos publican.  Me esforcé bastante más de lo habitual, lo corregí una y otra vez, y le eché mucha inventiva. Se trata de dos protagonistas que no tienen aparentemente nada que ver entre sí: una bailarina tántrica de hace tres mil años que vivía en una de las regiones de lo que ahora es la Unión India; y un oficial de las SS, el teniente  Hans Peller, que dirige un campo de exterminio en el centro de Alemania al principio de la narración. A lo largo de ella vemos como van cambiando los paisajes y las personas, y también el carácter y los logros del protagonistas. Alternativamente Shayla, la protagonista, va consiguiendo todos los objetivos que se ha marcado en su vida, sobrepasándolos ampliamente, mientras la estrella de Hans Peller se va apagando, hasta que...

Puesto que esta historia es dual, en lugar de un fragmento, os brindo dos para vuestra apreciación, los capítulos 9 y 24 de los 40 que tiene:



Mi familia

Verónica hablaba apasionadamente con el oficial americano y me señalaba con el dedo, gesticulando vehementemente, como si quisiera comunicarle algo grave, a pesar de la diferencia idiomática. Junto a ella, estaba Ruth, que callaba y miraba al suelo, en actitud humilde, pero sin contradecir a su compañera. El oficial, que aún estaba a bordo de un jeep que conducía un soldado que esperaba pacientemente con el vehículo al ralentí, se había quitado la gorra y se rascaba la cabeza en franca actitud de meditar algo complicado, y tener que tomar una decisión importante.

Mis temores se vieron corroborados: el hombre le dijo algo al soldado, que apagó el motor del jeep y salió en mi dirección mientras su superior tranquilizaba a Verónica que estaba deshecha en lágrimas. Ruth, en cambio, reía abiertamente mirándome.

Lo que Hans Peller. llevabaMiré a mi alrededor. Podía salir corriendo y jugarme la vida a una carta, con la posibilidad de cuando tirasen sobre mí no me dieran por la distancia que ya hubiese recorrido. Pero reflexioné: no había ni un desnivel, ni un árbol tras el que me pudiera esconder y quitarle el arma a uno de aquellos chicos para morir matando. Y, además, con el jeep me alcanzarían enseguida y me cazarían como a un conejo.

Así que esperé a que aquel muchacho con el aplomo de un teniente del Tercer Reich. Quizá le consiguiera quitar la pistola que llevaba al cinto y suicidarme, muriendo como un honorable oficial del ejército del mejor país del mundo.
Pero mis planes se abortaron por las dos primeras palabras del chico:

“Mister Länder?1” Aquellas palabras me clavaron al suelo, atónito. “Captain Curtis dicía que usted venir ahora con yo”, dijo en un alemán atroz. El muchacho señaló a su jefe, y se dirigió hacia él. Al ver que yo no le seguía, disipó mis dudas con sus dos mejores palabras, volviéndose hacia mí y tendiéndome el brazo:

“Komm, Freund!2

Aquellas palabras fueron como dos besos que me despertaron del letargo profundo de toda mi vida anterior. Antes de que se arrepintiera de cualquiera de ellas, salí rápido detrás de él.

Al llegar a donde estaba el capitán, tuve que hacer un esfuerzo consciente para no cuadrarme, esperando expectante en la misma postura en que estaba la sonriente Ruth, pero sin los brazos en jarras.

“Ja, kapitan?3”, dije en mi idioma.

Por suerte el capitán Curtis sí que hablaba correctamente el alemán. Me dijo algo aún más sorprendente:

“Estas dos mujeres dicen que le conocen”.
“Así es, capitán”.
“Frau Verónika dice que es su mujer, y que Fraulein Ruth es su cuñada”.

Miré sorprendido a mi primera criada, con los ojos abiertos como platos, y luego a mi cuñada, que me guiñaba un ojo y me sonreía, convenciéndome definitivamente de que su cariño por mí era sincero.

“Herr Länder, no tema nada, hombre. Somos el ejército americano. Nosotros no odiamos a los judíos ni a sus amigos. Le respeto profundamente por haber sufrido prisión por haberse casado con una de ellos. Hablaré positivamente del caso a mis superiores”.

Reaccioné a medida que aquel hombre bonachón, de edad ya madura, me transmitía un sentimiento que nunca había visto en mis superiores.

“Sí, capitán. Es cierto”, dije mirando con agradecimiento a mi esposa. Me emocionó su gesto y por primera vez en mi vida noté que las lágrimas acudían a mis ojos.

Aquello le tocó aún más el corazón al capitán, que añadió:

“No sé cuando vendrá el coronel, así que supongo que soy yo la máxima autoridad aquí en este momento. Me cuidaré personalmente de que les faciliten a ustedes tres un pasaporte familiar para que puedan reiniciar sus vidas en territorio liberado”.
“Muchas gracias, mi capitán”, dije ya con dos gruesas lágrimas desbordándose por mis mejillas. Ruth estaba radiante. En cambio Verónica estaba asombrada al ver dos perlas de bondad surcar las mejillas del carnicero.
“También accederé a los ruegos de su esposa, toda vez que los archivos de Dresde fueron destruidos por el bombardeo de los ingleses. Por eso los voy a casar de nuevo según las leyes de mi país”. Aquello me dejó estupefacto.

“Anderson”, le dijo al soldado, “acérquese a aquel barracón y traiga usted a aquellas dos ancianas”.

El soldado corrió y cumplió su encargo, y luego tomó por escrito los nombres a los cinco:

Verónica Müller,
Ruth Müller
Klaus Länder
Selma Maher
Deborah Mundt.

Nos dio un salvoconducto a cada uno de los cinco y luego se preparó para oficiar la ceremonia:

“En el antiguo campamento de Legende, coordenadas 60º Norte y 15º Oeste, por la autoridad que me confiere el Presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, os pregunto:

Tú, Klaus Länder, ¿quieres a Verónica Müller como legítima esposa, prometiendo amarla, quererla y respetarla hasta que la muerte os separe?”

“Sí, quiero”, dije convencido, cogiendo por la mano a aquella mujer que era mi asidero a la vida.

“Tú, Verónica Müller, ¿quieres a este hombre, Klaus Länder, como tu legítimo esposo y prometes amarle, quererle y respetarle hasta que la muerte os separe?”

Ella me miró. Me sonrió por primera vez en su vida, dio un largo y profundo suspiro, y dijo:

“Sí, quiero”.

El capitán sonrió, y dijo:

“¿Alguien se opone a esta unión? Si así es, que hable ahora o que calle para siempre”.

Una de las dos ancianas se adelantó y me miró detenidamente. Con mucha concentración y seriedad de pronto estalló en grandes exclamaciones, fuera de sí:

“Mein Gott! Mein Gott! This is not possible! I can’t believe it! It’s him! There is justice on Earth, at long last! Thanks, my God!4

La mujer estaba hecha un charco de lágrimas, y yo sentía que si la tierra me tragaba en aquel momento, me haría un favor. Empecé a verlo todo negro, y un zumbido inundó de pronto mi mente y mi corazón. Me sentí morir.

Notas.-
  1. ¿Señor Länder?
  2. Ven, amigo.
  3. Sí, capitán.
  4. ¡Dios mío! ¡Esto no es posible! ¡No puedo creerlo! ¡Es él! ¡Hay justicia en el mundo, después de tanto tiempo! ¡Gracias, Dios mío!


Capítulo 24: El amo Naya.

Shayla baila para Amarjit.Cuando ya estaba a punto de dar a luz a mi segundo hijo el amo Amarjit se puso muy enfermo. Perdió el apetito y dejó de comer. Purvaja conseguía que comiese casi a la fuerza al principio, pero pronto se vio incapaz de hacerlo. Naya venía todos los días y violentaba a su padre para que comiera algo y luego para que al menos bebiera.

A mi amo le gustaba que yo le contase historias. En la escuela de danza nos habían contado muchos cuentos infantiles y luego para adultos, pues además de enseñarnos a bailar nos enseñaban el arte de complacer, de narrar, de contar historias, y de hacer que la gente se sintiese bien con nosotros. Por eso cuando ya mi amo estaba tan débil que no le apetecía ni abrir los ojos, me llamaba para que le contara historias.

Un día le estaba contando una de ellas, cuando apareció Naya y nos interrumpió:

“Padre me dicen que hace tres días que no pruebas bocado”.

“Te han dicho bien, hijo”.

“Padre, has de comer para ponerte fuerte, aunque te tenga que obligar”.

“Hijo, ¿pretendes matarme por la violencia, cuando puedo morir plácidamente oyendo la melodiosa voz de Shayla? Hijo mío, no seas cruel. Desea para tu padre lo que deseas para ti. Si muero, tú pronto tendrás todo lo mío, sin más compromiso que cuidar de tu madre, Purvaja, de mi danzarina Shayla, que será tuya, y de los hijos que tengo de ella. Así que no me hagas hablar, hijo, y siéntate con nosotros, calla y aprende a bien morir”.

Naya se quedó sin saber qué decir.

“¿Ha bebido al menos?”, me preguntó a mí.

Pero antes de que yo pudiera responder, dijo Amarjit: “Hijo, ya he bebido todo lo que tenía que beber. Calla. Quiero oírla a ella”.

Naya salió de la habitación, consternado.

Volvió media hora después, con Purvaja. Los dos se sentaron en un sofá que había detrás de la puerta, entre esta y la cama donde yacía Amarjit. Yo estaba al otro lado de la cama, sentada en una silla, y teniendo la mano de mi amo, aunque en realidad era él quien me la tenía a mí...

“... y cuando las aguas bajaron, los campesinos volvieron de las montañas y pudieron trabajar sus tierras otra vez”.

“¿Ya está?”, preguntó Amarjit con un hilo de voz.

“Sí, amo”.

“Cuéntame otro cuento, anda, que me gusta tu voz”.

Miré a Naya y a Purvaja, que me asintieron con la cabeza. Casi a dúo.

La mujer valiente es uno de mis favoritos, amo. ¿Se lo he contado?”

“Tres veces, hija mía. Pero cuéntamelo otra vez, que me gusta mucho”.

El Sol aparece sobre el Río Ganges.“En los años en que Varanasi1 no era aún vieja, hubo un campesino que vivía en una casita en las afueras de la ciudad con su esposa y su hija pequeña. Un buen día la esposa del campesino falleció: cuando él despertó vio que su esposa no le había preparado aún el desayuno. Preocupado, al volver de asearse en el río la zarandeó cariñosamente: Esposa, le dijo, levántate, perezosa. Pero ella no se despertó. le puso la oreja sobre su pecho, pero no oyó nada. La observó y vio que su respiración no subía y bajaba con la regularidad de la persona dormida, sino que permanecía inmóvil. Tomó una de las agujas que ella usaba para coser, la pinchó en la planta del pie, y vio que tampoco reaccionaba. Se ha muerto, se dijo con tristeza. ¿Qué va a ser de mi niña? ¿Qué va a ser de mí? Y tras despertar a su hija, le dijo: Ven, Yamir2, ven a decir adiós a mamá. La niña se levantó y aquel día no fue su mamá quien le ayudó a asearse, sino su padre. ¿Por qué, padre?, quiso saber la pequeña Yamir, ¿A dónde va mamá? Él le miró con cara triste y le contestó: Se va con Brahma, hija. Ha sido buena y el buen dios se la lleva con él a pasar una temporada en su casa. Ven, vamos a desayunar. Y el buen hombre le preparó a su hija unas gachas, que comieron con leche y miel. Después la llevó a la cama donde su madre parecía que dormía, y le lavó la cara y el cuerpo, le puso perfume, la vistió con el mejor de sus trajes y la peinó muy lentamente.

Mira, hija, tu madre está muy guapa. Dale un beso. Y Yamir se acercó a su madre y la besó en la cara. Adiós, mamá. Dale mi cariño al dios Brahma. El campesino se fue afuera y acercó el carro a la casa. Entró en la casa y le dijo: Hija, vamos a llevar a tu madre con el dios Brahma. Ella le preguntó: ¿En el carro, padre? Pero él le explicó que no, que sería por el río. Le explicó que en el río estaría un sacerdote que les ayudaría a hacer que su madre subiera al cielo por medio del fuego, y que lo que no se fuese al cielo tendría que irse con el dios por medio del río Ganges, que es sagrado, en una ceremonia que se llama Antiesti. El campesino y su hija cargaron el cuerpo de Denali3 en el carro y lo llevaron a las orillas del río sagrado. Allí el brahmán entonó varios cánticos y con ayuda de varios hombres hicieron una pira junto al carro, y pusieron sobre la misma el cuerpo de Denali. Todavía bajo la protección de la oración del brahmán, la pequeña Yamir prendió fuego a la pira funeraria a petición de su padre, y así el alma de su madre pudo abandonar su cuerpo e irse hacia el cielo con Brahma. Cuando se apagó el fuego, no quedaban más que cenizas. Entre el padre y la hija las recogieron con las manos y las fueron tirando al río, que se fue llevando lo que quedaba del cuerpo de Denali hacia la casa de Brahma, que estaba muy lejos de allí. Durante diez días nadie podía tocarlos a ellos dos, considerados impuros y por lo tanto intocables por haber tocado los restos mortales de una persona fallecida, que sin embargo tuvieron que hacer porque la amaban y tenían que ayudarla a llegar a la casa de Brahma, el dios de los dioses. Después se bañaron en el Río Sagrado y la vida siguió para ellos, pero sin Denali. Día a día siguieron con su vida y aprendieron a vivir juntos y a trabajar la tierra y vivir el uno con el otro hasta que un día, veinte años después, su padre se sintió enfermo y llamó a su hija: ¡Yamir!, le dijo, me siento mal. Trae el carro y ponlo en la puerta. Y él se arrastró como pudo hasta la puerta y su hija le ayudó a subir. Luego entró ella en la casa y se lavó, se perfumó y se vistió sus mejores galas, pues iba a la ceremonia más emocionante de su vida. Cuando llegaron al río, su padre esbozó una sonrisa triste, y dijo Daneli, espera, que voy contigo, y dejó de respirar.

¿Qué puedo hacer por ti, hija mía?, le dijo el brahmán. Señor, le respondió ella, mi padre acaba de morir, y quiero que vaya a descansar con Brahma. El sacerdote la observó y le dio tristeza al ver a una joven tan bella, sin padre ni madre. Hija mía, le preguntó el hombre santo, ¿tienes marido? Ella le contestó: No, señor, no tengo ni marido, ni novio, ni hermano, ni tío, ni ya padre. No hay ningún hombre en mi vida. Él, temiéndose la respuesta, preguntó una vez más: ¿Y qué deseas hacer, hija mía? Ella, arrodillándose ante el brahmán, le dijo: Padre santo, mi padre necesita ir a la Casa de Brahma, y yo me voy con él para que no se pierda por el camino, pues es muy viejo y tiene poca vista. El sacerdote oró, y levantando a la muchacha, le dijo: Levanta, muchacha, pues yo soy el que debería rezarte a ti, pues tú eres santa. Y fue a buscar a varios hombres y entre todos hicieron una gran pira funeraria alrededor del carro donde estaban el padre y su hija. Con respeto, bajo los cánticos religiosos de aquellos hombres y el brahmán, ella misma prendió fuego a la pira, que pronto cubrió el cuerpo del padre y de la hija, cuyas almas se veían subir poco a poco, llama a llama, chispa a chispa, hacia el cielo. Cuando sólo quedaban las cenizas de las dos personas y el carro, aquellos hombres respetuosos las tomaron con las manos y las tiraron al Río Ganges, el Río Sagrado, con mimo y con respeto, y se sintieron orgullosos de ser intocables e impuros durante diez días, pues habían tocado las cenizas de una santa, la Santa Yamir, la santa de la Luna. Y sucedió que allá arriba, en la Casa de Brahma, el buen dios recibió a dos nuevos invitados, y dijo: Yamir me agrada el amor que sientes por tu padre. Para que podáis estar juntos para toda la vida, ya no os reencarnaréis más, viviréis aquí conmigo para siempre, y podréis hablar con Daneli en las vidas que le quedan hasta que venga a mi casa a vivir para siempre con vosotros y conmigo. Y esta es La historia de Yamir, la mujer valiente”.

Aun lado del Ganges no hay nada, al otro lado está la ciudad de Benarés o Varanasi, y las gaviotas se aceran a los botes de remos.Cuando terminé de relatar el cuento Purvaja se acercó a su esposo y lo besó. Estaba frío: había muerto oyendo su cuento favorito.

Al día siguiente toda la familia acompañó a Amarjit hasta su última morada. Tras los cánticos de los sacerdotes, se procedió a la quema del cadáver de mi amo. Mi ama, Purvaja, insistió, y nadie se pudo oponer a que ella acompañara a su marido a la Casa de Brahma como verdadera Mujer Valiente. Sentí un profundo respeto por aquella mujer cuando la vi prender fuego a la pira ella misma, desde dentro,y verla desaparecer de la vista tras una columna de humo mientras ella tenía la mano de su marido muerto. Lo más sobrecogedor de aquel sacrificio era su carácter voluntario, la prueba de amor de Purvaja, que iba más allá de la muerte.

Naya y sus hijos tiraron las cenizas de sus padres al Río Ganges, y me permitieron a mí ayudarles, pues ser madre de dos hijos del amo me convertían en parte de la familia.

"Ahora algunas cosas van a cambiar en esta casa", me dijo Naya en cuanto llegamos a la mansión familiar. "Ahora yo soy tu amo".




Notas.-
  1. Varanasi, también llamada Kashi, es el nombre antiguo de Benarés, estado de Uttar Pradesh, Unión India actual.
  2. Yamir significa Luna en Sánscrito.
  3. Denali significa, en el mismo idioma,  Aquella que es grande.
  4. Shayla, la protagonista, significa La hija de la colina.
  5. Amarjit, su amo, significa El que ha conquistado a los dioses.
  6. Purvaja, su esposa, significa La hermana mayor.
  7. Naya, primogénito de los anteiores, significa Capitán.


Espero que te hayan gustado estos dos fragmentos.  Si es así, puedes comprar este libro en la Librería de Los Soportales de la Catedral de Murcia a partir del 20 de diciembre de 2014. Espero que me hagas llegar tus impresiones sobre el mismo a mi email o a mi blog tanto si te ha gustado como sobre todo si no ha sido así. ¡Feliz lectura!


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