La versión de Tirolino.Volver

Jesús Ángel.


La versión de Tirolino, o El servidor de Roma.

Escrita entre 2009 y 2011, es mi segunda obra.  Publicada por la editorial MurciaLibro, es una novela histórica osada y entretenida que narra las aventuras de un camellero de los Reyes Magos, que de su mano nos va llevando por todos los estratos y la geografía del Imperio Romano en la época de la Dinastía Julia, que comienza con Octavio Augusto y termina con el Emperador Claudio, en cuya casa e intimidad consigue entrar Tirolino y por eso nos puede ir contando de primera mano cómo funcionaban en aquella época el Imperio y las provincias romanas.

El fragmento que os pongo a continuación no puede ser un capítulo entero, como en la descripción de mi primera obra, pues el cuento inicial es muy breve, y el capítulo central, La versión de Tirolino, que da nombre al libro, tiene 184 páginas, el tercero, Calenda, tiene 78, que es excesivo también, y el último, La relación de Claudia, destripa la novela, que merece la pena ir descubriendo poco a poco a medida que su potagonista, Tirolino, va creciendo cultural y humamente a lo largo de sus 278 páginas. Había pensado poneros aqui su Dramatis Personae, o sea lista de personajes, para que os hagáis una idea de esta importante novela histórica, que sin embargo no cansa, pero me he convencido de que también destripa la historia, así que sólo os diré que en total son veinte personajes los que se llevan el centro de la atención del lector, y por lo tanto es necesaria esta lista, que sitúo al final del libro por razones evidentes.  


La acción transcurre en Betsaida (Judea), Roma (Italia), Valeria, Segóbriga y Lucentum (Hispania).

Fragmento: El texto que os ofrezco a continuación son cinco páginas del capítulo principal del libro, que le da nombre y ocupa 184. Le he puesto un título de fortuna (entre paréntesis) por dos razones: porque creo que todo capítulo de una novela ha de llevar título para motivar más al lector en su lectura y además conseguirse así que el índice sea algo más que una serie de números y oriente mejor al lector; y porque al no existir esas cinco páginas como capítulo independiente, sino incardinadas en el capítulo más extenso (que iba a ser capítulo único, aunque desestimé hacerlo debido a problemas estructurales y argumentales que se verán al llegar al fnal del libro).

Espero que disfrutéis con la lectura, y que os decida a comprar el libro para solazaros este verano.


(Incidente en Betsaida, Israel)

—Ese hombre va a matar a un romano—, le dije a Demetrio en cuanto salí de la tienda de Lucius Laurentius.

Sin preguntarme cómo lo había averiguado, se llevó la mano a la espada, pero yo le previne con un gesto:

—Espera, Demetrio, sigámosle y veamos si hay más con él.

Le seguimos con disimulo, y entre dos tiendas vimos que un bereber había dejado inconsciente a un oficial romano, y nuestro perseguido ya tenia en su mano una gubia y se aprestaba a darle un golpe fatal. En ese momento la espada de Demetrio se clavó en su espalda, muriendo el bereber con un grito horrible, que asustó al otro. Yo me tiré encima de él, y cuando Demetrio iba a darle una estocada, le dije:

—Espera, tenemos que saber qué es lo que sabe, hay que hacerle hablar.

Demetrio se retiró unos pasos, yendo a auxiliar al oficial romano inconsciente, que volvió en sí poco a poco.

Yo miré al desventurado, y le dije:

—Si quieres vivir, dime algo que le interese al General Laurentius. De otro modo te dejaré con Demetrio.

El sicario sabía que no bromeábamos, así que cantó todo lo que sabía. En un latín chusquero y engañoso nos contó una historia de un grupo de rebeldes que planeaban dar un golpe contra el gobernador romano de la provincia, pero había cosas que se callaba. Se interrumpía a sí mismo y hablaba en su idioma, creyendo que yo no lo entendía. Se decía cosas como, “me van a matar”, o “¡a ti te lo voy a decir!” Por eso, cuando el general me pidió un informe, le dije que había confesado un plan para atentar contra el gobernador, pero que se le podía sacar algo más. Los romanos usualmente torturaban a los prisioneros en estos casos, pero yo creía que se podía hacer otra cosa más eficaz. Por eso le pedí tiempo y cuatro soldados romanos. Me los concedió, y procedimos a atarlo a una cruz, y la pusimos en pie.

—Dentro de unas horas volveremos— le dije, y si aún los pájaros no te han destrozado, si me dices lo que sabes, te bajaremos. Si no, substituiremos esas cuerdas por clavos, y nos olvidaremos de ti para siempre.

El pobre diablo empezó a aullar, jurando que ya me había dicho todo lo que sabía.

Media hora más tarde vino uno de los soldados que había dejado apostado a una distancia razonable de la cruz, de forma que pudiera oír lo que quería el crucificado. Me dijo que estaba dispuesto a hablar.

—Di—, le dije lacónicamente cuando estuve ante él.

—Domine, te lo contaré todo, pero bájame antes.

—Te quedas donde estás hasta que confirmemos lo que nos tengas que decir.

—El plan no es contra el gobernador, sino contra la esposa del gobernador. Raptarla, e ir dejando indicios de dónde está, de forma que cuando vengan los soldados a liberarla, caigan en una emboscada.

—Dame nombres.

El pobre diablo me dio nombres, tiempos y lugares. Y fuimos corroborando la existencia de todas esas personas.

Los romanos querían dejar al pobre hombre en la cruz, pero yo apelé a su sentido del honor: en su nombre, yo le había prometido que su vida se respetaría, y además, si lo matábamos, los demás se pondrían en alerta y no podríamos capturarles. Por eso, simplemente, lo bajamos de la cruz y lo dejamos marchar. Pero antes tuve una pequeña conversación con él:

—Ya sabes que los romanos te matarán la próxima vez que te capturen, porque yo no estaré en medio.

—Sí.

—También te matarán tus compañeros de complot, a no ser que te inventes algo creíble.

—Sí.

—Puedes decirles que cuando viste caer a tu compañero, saliste corriendo y no te pudimos ver la cara.

Me miró con aire suspicaz: ¿Por qué me dejas marchar? ¿Por qué me das esta salida?

—Bueno, si sigues mis indicaciones, llegarás a viejo. Si tus amigos saben que has cantado, eres hombre muerto. Si no nos obedeces, eres hombre muerto también. Tu vida futura depende de que sigas mis consejos. Te puedo conseguir el perdón de los romanos, si nos entregas a tus compañeros. Intentaré conseguir la palabra del general en esto. Pero aunque no la consiga, no creo que tengas muchas opciones.

Los soldados comprobaron los nombres de todos los que me había dicho el pobre hombre. Pero no detuvieron a ninguno.

Se trataba de veinte de nuestros exploradores locales. El enemigo se había infiltrado en nuestras filas.

Cuando los terroristas llevaron a la esposa del gobernador al lugar que conocíamos de antemano, y estaban redactando el ultimátum, se llevaron una sorpresa: cayeron dos patrullas sobre ellos, liberaron a la esposa, y cogieron prisioneros a todos los de la banda. Me llevaron con ellos por si había problemas de comunicación, y la sorpresa que me llevé yo fue minúscula: la supuesta esposa del gobernador romano no era otra que Fiammina, a la que había conocido en casa de Arnus. Naturalmente, los bandidos no la conocían en persona, ni a la esposa del gobernador tampoco. Supusieron que la que dormía en la cama de la esposa del gobernador era la gobernadora, y se la llevaron sedada, como habían planeado desde el principio. Ella era la que había corrido el peligro, si la cosa hubiera salido mal.

El propio gobernador me felicitó en persona por mi astucia y me ofreció su ayuda y su disposición a hacer por mí lo que yo le solicitase. Sabía que los romanos no me darían la libertad así como así, por lo que yo aproveché para pedirles a Fiammina. Que se me asignase a mí. El gobernador, con sonrisa cómplice y picaresca me dijo que lo intentaría, y al día siguiente, después de habérsela comprado a Arnus, me la envió al campamento.

Un esclavo que tiene una esclava, ¿dónde se habría visto eso? Bueno, yo me estaba adaptando al mundo de Roma bastante pronto. Ya me habían dado ropas de explorador local adjudicado al regimiento del General Laurentius, pero como tal no me permitían tener mujer conmigo. Pero, de todas formas, se me garantizó que estaría en lugar seguro y que cuando quisiera verla me la harían llegar de forma discreta, o me dejarían a mí ir a verla.

Cuando vio que en lugar de a casa de su amo se la retenía en el campamento se puso un poco nerviosa. Pero cuando vio que en la tienda entraba yo y no un oficial romano, se tranquilizó un poco.

Romana de la época de Tirolino.—¡Cómodo! No sabes cuánto me alegro de verte.

—Yo también, Fiammina. Pero he sido yo quien ha insistido en que te quedes.

—¿Cómo?

—Te he pedido como premio a mis servicios. Pero no sé si te podré conservar en el campamento, o cómo podré conservarte.

Ella sonrió, pero un poco intranquila.

—¿Ahora te pertenezco a ti?

—En teoría sí.

—¿Tengo que llamarte amo, pues?

—No. Llámame Cómodo.

Aquella noche la amé por segunda vez. Luego, al alba, salió del campamento, y estuve unos meses sin verla. Tampoco quería verla yo, pues si los espías bereberes sabían algo de mí y de lo que había pasado, podrían tomar represalias contra ella.



Espero que disfrutes de esta historia séxtuple. Si así no ha sido, estudiaré encantado las críticas que tengas a bien enviarme
a mi dirección,  o a mi blog.



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