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Portada de mi ópera prima.Jesús Ángel.

El amo de casa.

Escrita entre 2005 y 2008, es mi primera obra.  En realidad fueron siete  cuentos que escribí utilizando los mismos personajes. Al terminar el séptimo, comprendí que se podría unificar la historia y obtener una novela, en lugar de varios cuentos. Por eso reescribí los que tenía y les añadí otros siete que formaban un todo y cohesionaban los siete primeros entre sí.

Ambrosio, el protagonista, aprende pronto que su verdadera vocación es cuidarse de su casa y de los suyos, y va abriendo su corazón a una serie de mujeres que le abren el suyo hasta más allá de la muerte. Corrían los últimos años del siglo 20 cuando se inicia esta historia, que transcurre en Alicante, Barcelona, Estocolmo, Kenia, Seattle (EEUU), Las Palmas de Gran Canaria y Madrid, con una breve visita a Zuheros, Córdoba; que nos cuenta la transformación de Ambrosio, un muchacho corriente, del montón, en un ser extraordinario cuya mejor cualidad es darse cuenta de los valores mejores de la gente que lo rodea.

Esta novela es mi ópera prima, y por ello la que he escrito con más cariño e ilusión a lo largo de mis tres primeros años como escritor, ya iniciado el siglo XXI. A lo largo de doscientas cuarenta y cinco páginas disfrutaremos de la dulzura, comprensión y el desgarro que produce el amor de que es capaz el protagonista, que hace honor a su nombre. Muy sencilla de seguir y asimilar, cuenta con un índice de personajes al final, para seguir siempre el hilo de la narración, que está estructurada en siete capítulos que podrían ser historias independientes, y que sin embargo forman una unidad temática y argumental con los siete últimos, que no son independientes el uno del otro ni de los anteriores. Y, además, en la página 249 os encontraréis con la dulce sorpresa de la música de Amarela. Porque aunque este no sea un audiolibro, este libro tiene música. Y, además, es celestial. :-)


Este libro lo presentamos en la cafetería El Viejo Candela, de Murcia, el 20 de marzo de 2017.


Espero que disfrutes de esta historia séxtuple. Si así no ha sido, estudiaré encantado las críticas que tengas a bien enviarme. Si quieres estar al tanto de mis noticias puedes visitar mi blog de escritor o el de mi crítica literaria.

A continuación os presento el fragmento de las siete páginas del capítulo 2:

Una mujer eminente

Josefina era estudiante de arquitectura. Estudiaba en Barcelona. Venía a veces a Alicante, donde vivían sus padres. También vivía yo allí. Yo estudiaba Ciencias de la Educación. O sea, maestro de escuela. Nunca se me han dado bien los estudios. No es que los que vayamos para maestros seamos unos fracasados en los estudios. Pero se tarda menos en ser maestro que médico. O arquitecto. O licenciado. De niño quise ser cura, pero mi padre no me dejó. Menos mal, porque a mí lo que me gusta de verdad son las mujeres. O no sé si la mujer en general, porque todavía no le he dicho que no a ninguna. Menos mal que son menos lanzadas que nosotros... Bueno, hablemos de Josefina.

Josefina era una diosa de un metro ochenta, setenta kilos, melena hasta media espalda, rubia, con algo de genio, pero si se le sabía entrar, un dulce. Y una enamorada de la cosa del dibujo técnico, del cálculo de estructuras, y de muchas otras cosas que a mí me importaban un pimiento. La conocí un día que vino a la universidad a ver a mi amigo Antonio, que era pariente suyo. Creo que primo. Como en el caso de la del museo, me gustó desde que la vi, pero al revés que entonces, yo ya no era tan lelo, y había aprendido a llamar al pan, pan, y al vino, vino, cuando me apetecía llamárselo. Y a veces el pan venía. Así, pues, la entrevista fue diferente:

–Oye, ¿sabes cuál es la clase de Primero C?

–Está ahí enfrente. Al lado del bar. ¿A quién buscas?

–Busco a Antonio Bermúdez.

–Vaya, qué casualidad. Yo también le estoy esperando. Sale dentro de un cuarto de hora. Iba a proponerle que se viniera a ver una película, pero si le busca un monumento como tú, mejor me largo.

–¡Jo, ya estamos! ¿Y  a mí, no me invitas a ver tu película?

–Hombre, chica, si te dejas, claro. Pero.., la verdad es que si buscas a Antonio, no me voy yo a meter por el medio.

–Claro, la relación entre primos debe ser respetada, ¿no?– Se burló ella.

–Bueno, lo mejor será que nos presentemos. Yo soy Ambrosio, el mejor amigo de Antonio. ¿Y tú?

–Yo soy Josefina. La prima de Antonio. Es que se ofreció a llevarme al centro esta tarde en coche.

–Ah, tú eres la de Barcelona, ¿no? Me ha hablado de ti, sí. Pues yo soy tu chófer. Siempre nos vamos juntos, y esta tarde no me apetecía escuchar el rollo de Didáctica, así que he hecho novillos. Podríamos tomarnos un cafecito hasta que salga Antonio. Luego él nos buscará en la cafetería, porque no creo que le apetezca volverse andando... :-) 

Esta vez yo ya era mayor. Sólo un año después, hay que ver lo que había crecido. Pero la del museo sí que me había ayudado a ello.

Josefina era una chica imponente, como ya he dicho. Además, recomendada por mi amigo Antonio. Cuando éste salió, ya habíamos hablado de varias cosas. Siendo yo un futuro maestro de escuela, de especialidad en humanas, me interesaba el arte y su parte práctica, que Josefina esperaba plasmar en los edificios que construiría en el futuro. Era una mujer a medio liberar, pero que esperaba vivir por y para su trabajo, y no como las mujeres españolas tradicionales, atadas al fogón y a la casa. A mí me parecía bien. Siempre me han encantado las mujeres independientes y ardientes.

Aquel día fuimos con Antonio al cine. Vimos una película de Ingmar e Ingrid Bergman. Estuvo chula, y después hicimos fórum. Josefina me impresionó por la certeza de su raciocinio, y la forma tan directa con que se hacía entender. Se me caía la baba escuchándola. Por lo visto a ella le gustaba que se me cayera, pues quedamos para otro día.

Y luego para otro.

Y para otro.

Antonio ya no venía con nosotros. La verdad es que estorbaba. Josefina era una chica muy espabilada, y muy activa. Sin saber cómo me encontré con mi brazo sobre sus hombros, y el suyo en mi cintura. Hablábamos y decíamos palabras muy cultas, muy sopesadas, sobre temas serios. Y entre dos sentencias lapidarias suyas, sin saber cómo ocurrió, pero seguramente con invitación de sus hermosos ojos, le estampé un beso en los labios. A ella eso no pareció importarle, sino todo lo contrario. Hasta me pareció que suspiró, aliviada. Quizá pensase que nunca me iba a decidir. Pero..., ¿por qué no se decidió ella, pues al fin y al cabo era mujer activa, echada para adelante, y feminista?

Pasaron dos años, y ella hacía tercero de arquitectura, y yo estaba acabando la carrera de magisterio. Al final de aquel curso me vi con mi título de maestro, y ella ya había pasado el ecuador de su carrera. Lo nuestro fue progresando... Ese verano lo pasamos juntos en la playa de San Juan, en Alicante, donde mis padres tenían un dúplex.

Eché los papeles en Barcelona, y al principio del curso siguiente me nombraron profesor interino en la Ciudad Condal. Al principio alquilamos un piso modesto en una calle casi escondida, la Calle Esperanto, y nos fuimos a vivir maritalmente, pero sin que se nos ocurriera a ninguno casarnos. No entraba en nuestros cálculos. Nos queríamos, sí, pero ambos teníamos las ideas muy claras, y sabíamos que una cosa tan maravillosa no duraría siempre. Y queríamos salir de esa contienda enteros y sin malos rollos. No concebía yo que pudiera existir mujer mejor, ni siquiera igual, que mi Josefina, y ella pensaba lo mismo de mí. Pero no éramos tan tontos para pensar que jamás nos íbamos a caer de la nube. Aunque, curiosamente, todavía no nos hemos caído. Pensar que podíamos caernos nos ha ayudado a estar pendientes el uno del otro, y a que hayamos durado juntos más que ninguna otra pareja que conozcamos. Claro, que también ha contribuido el que hayamos sabido acostumbrarnos a los cambios importantes que han ocurrido en nuestras vidas.

Uno de ellos vino cuando acabó su carrera, y le ofrecieron un buen puesto en Estocolmo. Ella siempre había sido buena en idiomas, y a mí no se me daban mal tampoco. Pero..., ¿qué iba a hacer un triste maestro de escuela en Estocolmo? Ella había hecho una carrera brillante en Barcelona, y las empresas multinacionales bucean de vez en cuando en la universidad en busca de jóvenes talentos, a los que pagar poco y exigir mucho. Y a ella le propusieron ir a Estocolmo para ayudar a proyectar y dirigir la construcción de un rascacielos. Iba a ser una maravilla, y desde luego lo fue. La primera gran obra de mi Josefina. Cuando lo vi, me sentí Napoleón.

Contesto la pregunta mi de párrafo anterior: se imponía una separación de mi amada Josefina, pues un triste maestro de escuela español poco o nada iba a poder hacer en Estocolmo, como no fuera hacerle los recados a Josefina. Y limpiarle su casa. Y hacerle la comida. Y lavarle la ropa. Y estar pendiente de que nada le faltase. Y dicho y hecho. Sumé dos y dos, y me dieron cuatro, claro: me vi de nuevo con mis hermanitas en mi casa, preguntándome ¿por qué diablos estas dos van a tener cada una a un tío trabajando para ellas, a cambio de cuidarles la casa, y yo no? Bueno, le dije a Josefina que me despedía del magisterio español por ella, y que la cuidaría como a la niña de mis ojos, y que ella sólo tendría que poner el dinero para llenar la olla y algo más. A ella se le saltaron las lágrimas. Supongo que yo fui ese día el sueño de toda mujer feminista. Y ella lo era, y bastante. Pero además era una muchacha encantadora. Nunca lo hablamos, pero quizá pensase alguna vez que cuando nuestra relación se afianzara un poco, cuando adquiriera mayor calado, yo le iba a dar a elegir entre su trabajo o yo. Eso era un auténtico disparate. ¿Ella, una genio del ciencia y del arte, desaprovechada como ama de la casa de un triste maestro de escuela?

Reconozco que mi madre nunca lo entendió. Mi padre se avergonzó mucho, pero mi hermano Manolo me felicitó. Me dijo algo así como Jo, tío, vivir de las mujeres ha sido siempre mi sueño. Eres mi ídolo. O sea, que ninguno de los cinco me entendió. Pero me dio igual. Yo quería a Josefina, y con ella estaba dispuesto a irme hasta el fin del mundo. O por lo menos hasta Suecia. Pero después de Suecia nos fuimos a Kenia, a hacer otra cosa. Yo no le preguntaba mucho por su trabajo, a pesar de que le absorbía mucho. Pero consideraba que en casa se debería olvidar de eso, para que al día siguiente pudiera rendir al máximo.

Lo malo es que su trabajo le absorbía cada vez más. Y cada vez se iba más temprano y volvía más tarde. A veces yo iba a buscarla con el coche, pero otras veces me decía que no fuera a por ella, pues estaría reunida hasta tarde, y que ya vendría ella.

Luego vinieron las fiestas. Yo iba con ella al principio, pero no cuajaba bien yo en aquellas reuniones, de mujeres guapas y hombres panzudos y bordes queriéndoselas ligar.

–¿Y Vd. para qué empresa trabaja, joven?– me decía la esposa de alguno de aquellos ingenieros.

–Para ninguna, señora. Yo soy el compañero de Josefina Bermúdez.

Y las pobres señoras, tanto si eran europeas como si eran africanas –sobre todo si eran africanas– se quedaban mirándome con aire estupefacto, por no decir estúpido, no dando crédito a lo que oían.

–Sí, pero aparte de ser su compañero, ¿a qué se dedica Vd?

Y no entendían que les dijese que a lo mismo que ellas: a lavar la ropa, a hacer la compra, a cuidar de la casa. Eso, sobre todo en África, es cosa de la mujer, que no del hombre. Al final decidimos que yo no iría más a esas fiestas, pues no estábamos allí para educar a clases sociales completas de una sociedad atrasada y machista.

Luego nos fuimos a Brasil. Es un país maravilloso e infinito. Pero tampoco se entendía, en los círculos en que nos movíamos, la relación que tenía con Josefina. A mí me daba igual, porque la única persona que tenía que entenderla se acostaba conmigo todas las noches.

En Brasil estuvimos dos años. Al final le salió a Josefina una oferta de trabajo muy interesante en Seattle, Estados Unidos, y para allí nos fuimos. Eso coincidió cuando estaba embarazada de un mes, aunque todavía no lo sabíamos. Su estado no le impidió trabajar hasta casi el final del embarazo, y yo la cuidé con la solicitud de que es capaz un buen compañero y fiel amo de casa. No le faltaba de nada. La llevaba todos los días en coche a la oficina, le llevaba el almuerzo y comía con ella en su despacho, y luego me iba a mis quehaceres. Luego volvía para recogerla por la tarde. Ella se dejaba querer, y yo disfrutaba queriéndola.

Y por fin llegó nuestro querido Jimmy. Nos habíamos aclimatado bastante bien a Seattle, y quisimos ponerle un nombre típico americano, en honor de la tierra que nos había acogido tan bien y donde nos habían tratado tan bien, pues allí practica todo el mundo el arte de no meterse donde no le importa, y todo le parecía muy bien. No nos hubiéramos ido de allí nunca.

Pero..., a los tres años le hicieron una oferta de trabajo en Madrid, y eso suponía volver a la madre patria, según ella decía. A mí me importaba un comino eso de la madre y de la patria, pero si eso era importante para mi Josefina, para la cual de pronto era primordial educar a nuestro hijo en nuestra cultura y en nuestra lengua, yo no podía hacer otra cosa más que apoyarla.

Pensaba que al volver a casa ella se iba a tranquilizar un poco, pero me equivocaba. Las reuniones de trabajo seguían, y había días en que no venía a casa para nada. Otro más malicioso hubiera pensado que me la estaba pegando, pero yo sabía que nadie le iba a dar lo que yo le daba a Josefina. Y que ella lo sabía también. Pero, claro, pudiera ser que eso ya no fuera lo que ella quisiera. El hombre perfecto no existe, dicen, y si alguna lo encuentra, puede que le dé asco vivir con él. Es una idea que me vino no sé de dónde, seguramente lo leí en alguna parte, pero fue tomando cuerpo poco a poco.

Parecíamos felices, y la verdad es que yo me dedicaba a educar a nuestro Jimmy. Jugaba con él todos los días. No lo llevé a guarderías, pues ellas no pueden darle todo lo que un buen padre puede darle. No aparcaba al crío, sino que lo llevaba conmigo a todas partes. Y si no podía, no salíamos ninguno de los dos. La compra, por ejemplo, ya no iba a hacerla con tanta asiduidad ni con tanto tiempo. Siempre me había gustado a mí eso de comprar, pues no en vano en eso se basa nuestra cultura occidental. En el mercado me encantaba el regateo, y allí donde no se podía, procuraba ganar en calidad, si el precio era fijo. Pero con Jimmy a cuestas eso no se podía hacer. Por lo tanto, no eran pocos los días en que llamaba al supermercado para que me trajeran la compra a domicilio. Al fin y al cabo, no teníamos problemas de dinero.

Cuando llegaba Josefina, las conversaciones ya no se centraban tanto en su vida y milagros, sino en los de nuestro hijo: su primera sonrisa, su primera sílaba, si había llorado, si había cagado mal, si comía bien, si se peía a gusto, y un largo etcétera. Supongo que ella echaba en falta aquellos meses en que le daba pecho, actividad que tuvo que cortar debido a su trabajo. Pero yo me preparaba unos biberones de primera y lo llevaba con frecuencia al pediatra, no porque estuviera enfermo, sino para que le hiciera las revisiones periódicas y algunas más si yo, padre primerizo, le notaba algo fuera de lo común. Una de las cosas de no tener que depender de la seguridad social es que puedes pagarte la medicina preventiva.

Pero no todo era idílico en esta vida que había escogido yo conscientemente. Además del rechazo social de muchos que, en el fondo, me envidiaban a mí o la envidiaban a ella, había problemas de tipo práctico: yo no podía meter a una criada en casa para que me ayudase, pues ninguna vendría, o vendría con propósitos no siempre claros. Por eso pregunté en el supermercado de mi barrio a una de las cajeras más simpáticas, que si conocía a algún hombre que se dedicase a labores de limpieza o estuviese dispuesto a hacerlo. Ella me dijo que su novio, José (o Jose, como ella le llamaba), estaba en el paro, y que cogería el trabajo que fuera. Era un chico joven, fuerte, y dispuesto a aprender lo que fuese, pues no quería estar mano sobre mano. Yo le pedí el teléfono y le llamé aquella misma tarde:

–¿Oiga? ¿Es Vd. José, el novio de Mari Tere?

–Sí, dígame: ¿es Vd. el del trabajo?

–Claro. Pero es un trabajo especial. A lo mejor no le interesa, pero pago bien.

–Si paga bien, me interesa.

–¿Tiene Vd. experiencia en el trabajo doméstico?

–No mucha. Bueno, yo sé guisar, limpiar un poco, en fin, cosas de vivir solo en un piso de soltero.

–Bueno, mire, para aclarar términos: busco a un hombre que esté dispuesto a trabajar de chacha. El trabajo supone guisar todos los días, limpiar, planchar, fregar, y todas las cosas que hacen habitualmente las mujeres empleadas de hogar. Supongo que no estará Vd. muy al día, pero me vale si está Vd. dispuesto a aprender rápido.

–Bien. Se puede estudiar. ¿Cuanto pagan?

–En principio puedo ofrecerle ciento cincuenta mil pesetas y la seguridad social. A los seis meses de prueba, si todo ha ido bien, subiría a doscientas mil.

–¿Ciento cincuenta mil? ¿Cuándo puedo comenzar?

Esa misma tarde vino a verme, y discutimos sus obligaciones, pagas extras, y otras cosas que hay que negociar siempre con la  clase trabajadora. Por supuesto, aproveché la situación de Jose, que tenía permiso de conducir, y por lo tanto podía también ir a hacer alguna que otra gestión, en caso necesario. Tampoco se trataba de explotarle, claro, y dejé claro que los servicios especiales tendrían una prima especial. Por ejemplo, cuando Josefina viniese de alguno de sus viajes –pues ya no le acompañaba yo a todos–, si yo no podía ir a buscarla con el niño, iba Jose, convertido en nuestro chófer.

Cuando se lo presenté a Josefina se llevó una sorpresa, supongo que agradable. Yo había hablado con ella de meter a alguien que me ayudase con el trabajo de la casa, y ella había supuesto que se trataba de una mujer. Yo no tenía prejuicios sobre eso, pero me imaginé las posibles situaciones equívocas que se podían plantear, así que decidí desde el principio contratar a un fámulo en lugar de fámula. Acordamos ocho horas diarias, pero movibles si había necesidad, con prima aparte por el desplazamiento horario, claro.

Como tenía un encanto especial para los niños, enseguida se hizo con la amistad de Jimmy, y aprendió pronto a realizar las recetas que yo le iba enseñando, que me habían costado a mí muchas más horas perfeccionar. A mí siempre me había gustado comer bien, y desde que me hice amo de casa puse todo mi empeño en que mi mujer estuviera orgullosa de las cosas que yo le preparaba. Lo malo es que no siempre podía venir a comer conmigo. Pero, bueno, Jose aprendió pronto a realizar una cocina de emergencia para los días en que yo no me podía regalar el tiempo de preparar algo nuevo y exquisito para la  gente que yo más quería en el mundo. Con la bayeta también se hizo pronto, y el aspirador ya lo dominaba antes de entrar a nuestro servicio. En todas las casas se hace un zafarrancho general al menos una vez a la semana. Bien, nosotros hacíamos dos, martes y viernes, pero he de reconocer que desde que apareció Jose, hubiera bastado con uno al mes. En realidad mantener lo que se había hecho era relativamente sencillo, pero seguíamos haciendo lo gordo dos veces por semana. Como resultado, nos podríamos haber afeitado mirándonos en las baldosas de cualquier habitación.

Era Jose un joven presumiblemente rubio, pues estaba rapado, de un metro setenta, de modales suaves y muy risueño. Más bien fuerte, musculoso, sin llegar a ser excesivamente cachas, que había cursado hasta segundo de BUP en su ciudad natal de Huelva, y que había trabajado en varios oficios manuales, como agricultor y obrero de la construcción. Este no era su primera experiencia con el mundo de la limpieza, pues había sido basurero en Aracena, un pueblo de aquella provincia, y también había trabajado como eventual en el servicio de limpieza de un colegio en Bonares, otro pueblo de Huelva. Le encantaban los retos, y el trabajo que le proponía yo le hacía gracia y esperaba superar la prueba.

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