Volver

Cuéntotelo.Jesús Delas.

Cuéntotelo.

Este libro lo escribí para mi hija, y se lo regalé cuando cunplió 24 años. Luego he pensado que sería una pena que no lo leyese nadie más, así que me decidí a publicarlo en Amazon, y quizá algún día vuelva a hacer una segunda edición en papel, ya que la primera, de dos ejemplares, está agotada. Son 28 cuentos variados. La portada la obtuve en uno de mis viajes a Las Islas Canarias, hace unos años.

Los cuentos son estos:

Contenido:
  1. Los tres deseos.
  2. El café.
  3. El microondas.
  4. La barca sin fondo.
  5. La nota.
  6. La rebeca.
  7. La majada a palos.
  8. Un hombre de orden.
  9. No hay paradoja.
  10. Ricky.
  11. Sahktabi.
  12. Sonrisa perversa.
  13. Tanausú.
  14. El trauma.
  15. Viaje interrupto.
  16. La saga del Padre Nuestro:
  1. Padre nuestro.
  2. Que estás en los cielos.
  3. Santificado sea tu nombre.
  4. Venga a nosotros tu reino.
  5. Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo.
  6. El pan nuestro de cada día.
  7. Dánosle hoy.
  8. Y perdona nuestras deudas
  9. Asi como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
  10. No nos dejes caer en la tentación,
  11. Mas líbranos del mal ahora y...
  12. En la hora de nuestra muerte.
  13. Amén:
1 La gente que quise.
2 Mi muerte.
3 Viaje a China.
4 Vuelta al colegio.

Os presento, a modo de fragmento, uno de los cuentos presentes en esta antología. Espero que lo disfrutéis:

Sonrisa perversa

El monstruo se acercaba. Clap, clap, se oían sus pisadas. Llegó a la puerta. Intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave. ¡Crank!, de un puñetazo le hizo un agujero, y quitó el cerrojo por la otra parte. Entró en la pieza. Pero no había nadie.

Ella le esperaba tres habitaciones más adentro. Desde allí oía todo el ruido que estaba haciendo. Los destrozos que iba realizando en la vivienda.

De repente tocaron al timbre de la puerta. Los ruidos del monstruo desaparecieron. Insistieron en la puerta. No se oía nada. Ella tuvo la tentación de salir a abrir, pero entonces la vería el monstruo. Así que se quedó quieta. La visita desistió, y se marchó.

Ella seguía en el despacho, encerrada. No pudo llamar por teléfono porque no tenía línea: el monstruo la había roto. Su móvil no lo tenía consigo. Ella estaba en una pieza sin ventana. Y entonces se volvió a oír al monstruo, que avanzaba de nuevo. ¡Chack!, otra puerta hecha trizas. Más cerca.

Por fin el monstruo llegó a su puerta. Sabía que ella estaba allí. Se preguntaba cómo lo sabía. Tendría algún sistema de navegación psicológica, supuso.

—Abre—, ordenó el monstruo.

Silencio.

—Que he dicho que abras.

Más silencio.

—Si no abres ahora mismo, va a ser peor para ti.

Más silencio todavía.

El monstruo le dio un enorme puñetazo a la puerta, pero estaba chapada con acero, y no la pudo romper. La dobló un poco, eso sí.

—Cuando entre no va a quedar de ti ni un pelo como no abras ahora mismo.

Ahora hubo silencio del bueno.

El monstruo le dio puñetazos a la puerta. Cuando se cansó de ello, porque le dolían las garras, le dio con la cabeza. Ahora ya había doblado la puerta tanto, que se veía el interior. "No está aquí", pensó el monstruo. "Pero la huelo. Está escondida".

Por fin, después de muchos cabezazos, el monstruo consiguió entrar, saltando por encima de la parte inferior de la puerta. Entró en la pieza.

A sus espaldas, detrás de un biombo, sonó una voz:

—Hola, monstruo.

Se volvió, sobresaltado.

—Ahora verás.

—No lo creo—, dijo ella con una cínica sonrisa, a la vez que sacaba una pistola de un cajón.

—¿Qué?

—Tú tienes dos gónadas, pero yo tengo ocho balas. Ponte de rodillas.

Obedeció el monstruo.

—Ahora ponte boca abajo, con las manos atrás—, ordenó ella sin soltar la pistola.

Cuando el monstruo hizo eso, ella le puso unas esposas de acero.

Le puso otro par de esposas, de mayor tamaño, en los tobillos.

—Ahora date la vuelta. Quietecito ahí, o te descerrajo dos tiros entre los ojos.

El monstruo gruñó y chilló, pero no se movió.

Ella fue a su dormitorio, y de allí sacó el móvil. Volvió a su despacho. Allí estaba el monstruo, loco de rabia.

Marcó el número de la policía.

—¿Oiga? ¿Es la policía? Les llamo desde la calle del Olmo, número 47. Vengan ustedes inmediatamente. Se me ha colado un loco peligroso en mi casa. Sí, les dejo la puerta abierta, pero vengan rápido.

Y, con una sonrisa perversa, se llevó un cigarrillo a los labios.

—Este vicio me va a matar un día de estos—, dijo mientras apretaba el gatillo de la pistola. De su punta salió una llama que encendió su cigarrillo. Luego, mirando al monstruo yacente, le dijo:

—Qué bueno, que todavía hay gente que se cree todo lo que ve.

Murcia, a 12 de septiembre de 2010



Espero que disfrutes de estos cuentos. Si así no ha sido, estudiaré encantado las críticas que tengas a bien enviarme a mi dirección,  o a mi blog. Si te ha gustado, puedes comprar el libro completo en Amazon  por €3'15.






Volver