Aún en estado de revisión, leemos el capítulo I para hacernos una idea.
En mi obra número 84 asistimos a la forma tan peculiar que tiene Tomás Ortiz Buendía de encarar la muerte. Durante toda su vida nunca pensó que algún día se terminaría, y cuando le llega el aviso se niega a asumirlo. Pero lo tiene que asumir de una forma inusitada.
A lo largo de esta historia asistiremos al encuentro de Tomás con una serie de personas y cosas que quizá nos haga pensar que la consciencia es algo tan íntimo que permanece oculta en datos y detalles que nos aíslan de ella, y sin embargo es lo más auténtico que tiene cada no de nosotros.
Aunque aún está en estado de revisión, pronto estará a la venta, y para que se puedan ustedes hacer una ide,a les añado un capítulo a continuación.
Tomás era una persona normal y corriente. Había hecho el bachillerato LOGSE, después un módulo de Administrativo y, por fin, había llegado a la modesta meta que se había propuesto en su vida: ganar un sueldo e independizarse de sus padres.
Trabajaba en una pequeña empresa dedicada a la exportación de manzanas. No era un empleo apasionante, pero tampoco podía decir que estuviera mal. Era uno de los dos administrativos de la empresa, cobraba todos los meses y podía vivir por su cuenta. A Tomás aquello le bastaba.
O, por lo menos, hasta entonces le había bastado.
Un buen día se quedó absorto mirando por la ventana de la oficina. En la calle había una niña discutiendo con un muchacho de aproximadamente su misma edad. Tendrían unos trece años. Al principio Tomás los contempló sin demasiado interés, pero poco a poco la discusión fue llamándole la atención.
El muchacho gritaba. La niña retrocedía. Tomás sintió inmediatamente antipatía por él. No sabía de qué estaban discutiendo, pero el chico parecía más fuerte y, sobre todo, parecía muy seguro de que podía imponerse a su compañera a base de gritos. Tomás pensó que, si él estuviera en el lugar de aquella niña, le daría un buen puñetazo y saldría corriendo antes de que el otro pudiera reaccionar.
Y entonces ocurrió.
De pronto dejó de contemplar la escena desde la ventana. Estaba abajo. No; no solo eso: estaba dentro de la niña.
Sintió su miedo. La rabia. La vergüenza que le producía que aquel idiota le estuviese chillando delante de todo el mundo.
Y sintió también un impulso que conocía muy bien: pégale.
El brazo salió disparado. El puño alcanzó al muchacho en la mandíbula y lo derribó al suelo. Durante una fracción de segundo la niña se quedó mirando, sorprendida de lo que acababa de hacer.
Después echó a correr.
Tomás volvió en sí sobresaltado.
Su jefe estaba delante de él.
Miró inmediatamente por la ventana.
La niña ya no estaba. El muchacho se incorporaba del suelo mientras se tocaba la cara.
Pero Tomás sabía que no se había limitado a contemplar aquello.
Había estado dentro de la niña.
O, al menos, eso era exactamente lo que había sentido.
Clara miró hacia la calle.
Cada uno volvió a lo suyo.
Clara dejó de pensar en el incidente casi inmediatamente.
Tomás no.
Su jefe tampoco pareció olvidarlo del todo. Durante unos instantes se quedó observando en silencio a su empleado más antiguo y movió la cabeza negativamente.
¿Qué le pasaba últimamente a aquel hombre?
Tomás intentó concentrarse en el trabajo, pero entre oficio y oficio volvía una y otra vez a lo que acababa de suceder.
Él no había pensado exactamente en darle un consejo a aquella niña.
Se había visto dentro de ella.
Había sentido su cuerpo. Su miedo, su rabia. Y había dado aquel puñetazo con todas sus fuerzas, como el que muchos años atrás hubiera querido darle a Roberto el Malasombra, que era como llamaban a uno de los abusones de su colegio.
¿Qué demonios le había ocurrido? Él había querido dar un puñetazo. Y el puñetazo se había dado. Ojalá, cuando era niño, alguien le hubiese ayudado a él de la misma manera.
Volvió a mirar hacia la calle. ¿Cómo se llamaría aquella niña? Se encogió de hombros y procuró olvidarlo. Pero no lo consiguió.
Continuó pensando en el asunto durante el resto de la jornada. Siguió pensando mientras volvía a casa, mientras comía, durante la siesta y después, cuando salió a dar el paseo que acostumbraba a dar todas las tardes.
Ya estaba pensando en regresar cuando volvió a verla. Sí era ella. Caminaba por el parque sin prisa.
Tomás no le dijo nada. Se limitó a observarla desde cierta distancia.
Y entonces se preguntó:
La respuesta apareció en su mente.
Tomás se quedó inmóvil: él no había oído ninguna voz. Simplemente lo sabía. Ella se llamaba Marisa, sus padres vivían en la casa situada frente al parque. Su madre la estaba llamando desde un balcón.
Tomás levantó la cabeza: una mujer hacía señas desde el tercer piso. Así que era cierto…
La niña se encaminó hacia el portal mientras Tomás no dejaba de mirarla. Y, sin saber cómo, volvió a suceder: a pesar de estar sentado en el banco del parque, él subía las escaleras de la casa de Marisa a la vez.
Aquello era absurdo. ¿Cómo era posible? Pero lo imposible estaba pasando: estaba sentado en el banco, y a la vez entraba en una vivienda que no había visto jamás. Se dirigió a la cocina, donde una mujer estaba preparando la merienda. Aquella señora, la madre de Marisa, se llamaba Luisa, y su padre era Francisco.
Marisa se sentó a tomar café con leche y galletas.
Tomás recibió de golpe toda una serie de pensamientos que no eran suyos: las dos familias eran amigas. Marisa y Andrés se conocían desde pequeños. Habían discutido por una tontería del colegio y él había empezado a gritarle. Y decidió que ella no tenía por qué aguantar aquello. Y, de repente, sin saber por qué, le había dado un puñetazo, como había visto hacer en las películas, y después había salido corriendo porque sabía que Andrés podía hacerle mucho más daño del que ella podía hacerle a él.
De pronto Tomás volvió en sí. Alguien lo estaba zarandeando.
Abrió los ojos.
Un policía municipal estaba inclinado sobre él.
Tomás lo miró.
Se levantó.
El policía continuó observándolo con cierta preocupación. Tomás empezó a caminar, pero sabía que no estaba bien, que algo portentoso le pasaba, y no sabía si aquello era bueno, o todo lo contrario.
Porque ahora era capaz de describir perfectamente a la madre de Marisa: una mujer de unos cuarenta años, rubia, algo rellena, bajita, con algunas canas y una sonrisa bondadosa. Se llamaba Luisa. Y él nunca la había visto antes.
También sabía cómo era aquella cocina que nunca había visitado. Sabía dónde guardaban las galletas. Sabía que el padre de Marisa se llamaba Francisco. Y sabía por qué la niña había golpeado a Andrés. Se sabía toda la vida de la pequeña Marisa.
En los días siguientes Tomás se volvió todavía más taciturno de lo habitual. Él nunca había sido demasiado hablador, pero ahora apenas conversaba con Clara ni con su jefe, con quienes hasta entonces había formado una especie de pequeña familia laboral. Por el contrario, llevaba a cabo una profunda y larga conversación interior: pensaba mucho en su infancia, y en la de Marisa. Cuando esta tenía trece años, como Marisa, también había sufrido las bromas y abusos de otros chicos. Recordaba las regañinas de sus padres porque no estudiaba bastante, porque no hacía lo que le mandaban o porque no sabía defenderse. Pero aquello tenía poca importancia comparado con la pregunta que no conseguía quitarse de la cabeza:
¿Qué demonios me está pasando?
Parecía que él podía introducirse en la mente de otra persona. ¿O quizá solo en la de los niños? ¿O quizá solo en la de Marisa, por alguna extraña razón de afinidad?
Sí, tenía que comprobarlo. Volvió al parque, se sentó en el mismo banco y esperó a que apareciera el policía que lo había ayudado. Pasó algo más de media hora antes de que el pobre hombre apareciera.
En cuanto se fijó en él, supo que se llamaba Felipe, tenía cuarenta y dos años, de los que llevaba siete en la Policía Municipal. Antes había trabajado de albañil y de carpintero.
Tomás tragó saliva. ¿Cómo demonios podía saber todo aquello? Se concentró, y el parque desapareció.
Ahora se encontraba caminando y vestía un uniforme. Notaba el cinturón alrededor de la cintura. Vio entonces, a cierta distancia, un hombre sentado en un banco. Era él mismo, Tomás Ortiz Buendía. Y sintió de pronto una sensación de vértigo: estaba viendo su propio cuerpo desde fuera, mientras este permanecía inmóvil por completo.
Hizo que Felipe se acercara, le tomase una de las manos y la soltase: cayó con peso muerto. Le tomó el pulso y comprobó que el corazón latía, sí, pero lo hacía muy despacio. Aquello lo llenó de pavor. Su cuerpo no estaba muerto, pero casi. ¿Estaba en coma?
Se concentró en sí mismo, y volvió de pronto a su cuerpo.
Inspiró con fuerza. Abrió los ojos. Y vio que Felipe lo contemplaba.
El policía abrió mucho los ojos.
Estuvieron hablando durante bastante rato.
Y Tomás descubrió otra cosa: Felipe no le contaba siempre la verdad. Le dijo que estaba soltero. No era cierto: estaba divorciado y tenía un hijo. Pagaba una pensión modesta y él y su exmujer se turnaban para tener al niño los fines de semana. Pero la vida de Felipe era lo de menos. Tomás había descubierto algo mucho más importante: tenía un don, una facultad, una maldición… Quizá todo eso junto, y algo más. Pero ¿por qué? ¿Para qué? ¿Cómo le había sobrevenido ahora, cuando vio a la pequeña Marisa ser agredida de modo verbal?
Era consciente de que ya podía conocer los pensamientos de otra persona. Y, si se concentraba, podía sentir lo que esa persona sentía, contemplar el mundo desde sus ojos y pensar con su mente. Pero las acciones que le hizo realizar al policía le habían hecho constatar que podía influir en otras personas con mucha facilidad. Y aquello le produjo aún mayor preocupación. Felipe no había reparado inicialmente en el hombre sentado en el banco, sino que había sido Tomás quien, desde dentro de la mente del policía, había llevado su mirada hasta su propio cuerpo. Él había hecho que Felipe se acercase, que le cogiera la mano, y lo había abandonado cuando le había parecido oportuno.
¿Hasta dónde llegaba aquel poder? ¿Cómo demonios lo había conseguido? En realidad, él no había conseguido nada. Aquello se le había caído encima. Don, maldición o lo que fuese.
De momento parecía poder controlarlo. Podía elegir entrar en Felipe o no hacerlo. Podía observar a una señora que pasaba junto al quiosco sin meterse en su cabeza. Podía pensar en su jefe sin que ocurriera nada.
O podía concentrarse.
Al día siguiente decidió realizar una prueba más seria: quería saber si la persona en cuya mente entraba podía resistirse.
Cuando llegó al trabajo pidió hablar con don Cosme.
Su jefe lo miró con aire condescendiente.
Entraron en el despacho. Don Cosme tomó asiento.
Tomás lo miró fijamente. Después, para desconcierto de su jefe, se tumbó cuan largo era en el sofá.
Don Cosme no dijo nada más: Tomás ya estaba dentro. La cantidad de información que recibió de golpe estuvo a punto de abrumarlo. Aquella empresa se encontraba al borde de la quiebra. Don Cosme pensaba despedir a Clara y, si aquello no bastaba, también al propio Tomás. Su esposa quería divorciarse, pues tenía un amante, y don Cosme sabía perfectamente quién era porque había contratado a un detective privado.
Tomás tuvo que contenerse. Aquello era como abrir un armario y que todos los cajones cayesen a la vez: recuerdos, miedos, rencores, problemas económicos, la sensación de haber fracasado…, el miedo a perder la empresa, el temor a quedarse solo.
Y entonces decidió hacer otra prueba.
Desde dentro de don Cosme, hizo que su jefe se levantara. Se acercó al sofá. Cogió de la mano el cuerpo inerte de Tomás.
Tomás regresó a sí mismo.
Abrió los ojos, se incorporó y respondió con suavidad:
Salió del despacho. Tomó un autobús, y durante el trayecto se dedicó a fisgar en las mentes de algunos viajeros.
Aquello acabó quitándole las ganas de continuar. Encontró cosas interesantes, pero otras eran muy tristes: había un hombre que maltrataba a su mujer. Otro había cometido un atraco. Una mujer estaba chantajeando a su jefe.
Tomás llegó a su domicilio medio horrorizado. Se hizo un bocadillo, se puso el pijama y se acostó, pero no consiguió dormir.
Pensó en don Cosme.
Y al momento volvió a encontrarse en la oficina.
Su jefe estaba leyendo unos documentos que no comprendía bien. Clara intentaba explicarle por qué su compañero había consignado determinados datos de aquella manera.
Cuando Clara salió, don Cosme tomó el teléfono y llamó a su esposa.
A ella le extrañó, pero aceptó divertida.
Quedaron en encontrarse directamente en el restaurante. Don Cosme le pidió puntualidad porque después tendría que volver al trabajo. A continuación llamó a Ernesto, su mejor amigo. El hombre que se acostaba con su mujer.
Ernesto aceptó. Lo que ocurrió después fue casi de manual: cuando Ernesto llegó al restaurante se sentó de espaldas a la puerta y pidió un aperitivo. Poco después entró Elena.
El hombre se volvió sobresaltado.
Desde una mesa cercana, un desconocido grababa discretamente la escena con su teléfono móvil.
Don Cosme no apareció, claro.
Unas horas después tendría en su poder la grabación de la comida de aquellos dos amantes que, al verse sorprendidos, habían fingido encontrarse casualmente mientras esperaban al amigo y al marido respectivamente.
Pero aquello no era lo único que preocupaba a don Cosme.
Tomás había descubierto algo mucho más importante en su mente: las cuentas de la empresa estaban mal hechas. No estaban al borde de la quiebra, pues el error estaba relacionado con el Ministerio de Hacienda y, una vez corregido, resultó que no era la empresa la que debía una fortuna al fisco, sino que este tenía que devolverle varios miles de euros. Don Cosme, naturalmente, atribuyó el descubrimiento a Tomás. Y Tomás aceptó las vacaciones pagadas que su jefe le ofreció en agradecimiento.
Aquello le hizo comprender con claridad que su vida no volvería a ser la misma. Ahora él podía entrar en la mente de los demás, conocer sus secretos, y conseguir que hicieran cosas que nunca habrían soñado realizar.
Y aquello podría utilizarlo para ayudar a la gente, aunque también para hacer daño.
Por primera vez desde que había descubierto su facultad, Tomás comprendió que la verdadera cuestión no era saber qué podía hacer, sino decidir qué estaba dispuesto a hacer.
Pasó la página.