Volver
Jesús Ángel

La ciudad que no sabía su nombre,
o
El Goya de Goya


Aún en estado de revisión, leemos el capítulo I para hacernos una idea.


Inés en el Monte que veo.

En mi obra número 83 volvemos la mirada hacia las dos caras del drama, el teatro y el cine, a través de la experiencia, el descubrimiento y la visión de una nueva actriz, Goya Valdivieso Cortés, que aprende a vivir la verdad fragmentaria y acrónica de la cámara y de quienes la acompañan en ese descubrimiento, con sus ritmos, exigencias y disimulos.

El Goya de Goya es tanto la crónica de un rodaje y de la escena, como una reflexión sobre el arte dramático y la paciente construcción del artificio y de esa frontera incierta en la que lo vivido y lo fingido se confunden hasta volverese una misma verdad

Entre ensayos, focos, decorados, tables y cámaras, esta historia se adentra en la trastienda del espectáculo para mostrar que toda creación exie memoria, disciplina y riesgo, y que a vees basta una mirada,una pausa o apenas uan repetición para alterar el destino de una escena, de una obra y quizá de toda una vida.

Y también este libro es un tributo a la gran ciudad de Montevideo, desarrollado en 31 capítulos, a la Historia de América y a la Historia de España.

    Este es el índice:
  1. El hombre de la última fila
  2. Antes de Montevideo
  3. Una ciudad encima de otra
  4. Todo cuesta algo
  5. Acción
  6. Las paredes
  7. ¿Cómo se llama esto?
  8. El principio
  9. Poblar
  10. La ciudad aprende a gobernarse
  11. Los que no salen en los mapas
  12. La casa del gobernador
  13. La ciudad de Arami
  14. Una buena elección
  15. Lo que no entra en las cuentas
  16. El nombre en la pantalla
  17. Buscar el siglo XVIII
  18. La misma conversación
  19. Aquí no hay primer plano
  20. La compañía sigue viaje
  21. Cuando manda el sol
  22. La calle que se mueve
  23. Lo que todavía no ha ocurrido
  24. La noche que no era de noche
  25. Lo que el micrófono oye
  26. Sin cortar
  27. El agua no repite
  28. La última oportunidad
  29. La última toma
  30. La película que no estaba allí
  31. El Goya de Goya

Capítulo I: El hombre de la última fila

Montevideo le había parecido gris hasta que vio el río. Aquello era como una revelación…, pero después dejó de parecérselo. No era el color: era la luz.

Goya había salido aquella mañana sin saber muy bien adónde iba. Tenían ensayo por la tarde y función por la noche, pero el director les había concedido la mañana libre y ella llevaba demasiado tiempo recorriendo ciudades desde el interior de hoteles, teatros, estaciones y restaurantes como para desperdiciar unas horas sin obligaciones.

Habían llegado a Montevideo pocos días antes. De Uruguay sabía lo que cualquier español que hubiera atendido medianamente en la escuela: que era un país pequeño entre Argentina y Brasil, que Montevideo era su capital y que el Río de la Plata separaba —o unía, según se mirase— las costas uruguaya y argentina. También sabía que el río era enorme.

Pero una cosa era saberlo y otra verlo.

Gregorio se había reído.

Aquella mañana volvió a acercarse al agua. Había algo extraño en una ciudad que daba a un río sin que pudiera verse la otra orilla. El mar, al menos, tenía derecho a no terminar. De un río se esperaba otra cosa. Hasta en la Manga del Mar Menor, con ser tan grande, permitía ver la orilla de enfrente...

Caminó un buen rato sin prisa, mirando más que buscando. Eso era lo que más le gustaba de las ciudades desconocidas: durante los primeros días todo tenía importancia. Una esquina, una casa, un hombre esperando un autobús, un café al que seguramente nunca volvería. Después, si se permanecía bastante tiempo, las ciudades comenzaban a llenarse de lugares útiles y perdían parte de su misterio.

Montevideo todavía no había empezado a resultarle útil, y por eso le gustaba. Era virgen para ella, una belleza por descubrir, por explorar, por disfrutar.

Regresó hacia el centro y acabó en la plaza que había aprendido a llamar Independencia. Era difícil no mirar el edificio que se levantaba en uno de sus extremos y que parecía salido de otra ciudad o quizá de otro tiempo. El Palacio Salvo, le habían dicho.

Goya levantó la cabeza.

Siguió mirándolo.

Una señora que pasaba junto a ella volvió la cabeza.

Goya sonrió.

Hablar sola empezaba a convertirse en una costumbre desde que viajaba tanto.

Atravesó la plaza.

Había pasado varias veces por allí desde su llegada, pero aquella mañana se detuvo ante la antigua puerta que daba acceso hacia la Ciudad Vieja. Le habían explicado que perteneció a la Ciudadela y que aquella era prácticamente la única parte que había sobrevivido.

La tocó, sin saber por qué. Estaba fría. Pensó en toda la gente que habría atravesado aquel lugar cuando todavía era verdaderamente una puerta y al otro lado había una ciudad encerrada tras sus murallas. La mayor parte de esa gente ya estaba muerta, y ese pensamiento la sobrecogió. Pasó por debajo de la puerta dedicando un pensamiento a las almas de todas aquellas personas que la habían precedido desde tiempos remotos…, trescientos años, casi. Nunca habría podido imaginar cuántas veces volvería a hacerlo durante los meses siguientes.


Espero que te haya gustado este fragmento. Si quiere leer el resto, pronto estará disponible en Amazon por €3 en kindle, y en rústica por €20'80.

Volver