Aún en estado de revisión, leemos el capítulo I para hacernos una idea.
En mi obra número 83 volvemos la mirada hacia las dos caras del drama, el teatro y el cine, a través de la experiencia, el descubrimiento y la visión de una nueva actriz, Goya Valdivieso Cortés, que aprende a vivir la verdad fragmentaria y acrónica de la cámara y de quienes la acompañan en ese descubrimiento, con sus ritmos, exigencias y disimulos.
El Goya de Goya es tanto la crónica de un rodaje y de la escena, como una reflexión sobre el arte dramático y la paciente construcción del artificio y de esa frontera incierta en la que lo vivido y lo fingido se confunden hasta volverese una misma verdad
Entre ensayos, focos, decorados, tables y cámaras, esta historia se adentra en la trastienda del espectáculo para mostrar que toda creación exie memoria, disciplina y riesgo, y que a vees basta una mirada,una pausa o apenas uan repetición para alterar el destino de una escena, de una obra y quizá de toda una vida.
Y también este libro es un tributo a la gran ciudad de Montevideo, desarrollado en 31 capítulos, a la Historia de América y a la Historia de España.
Montevideo le había parecido gris hasta que vio el río. Aquello era como una revelación…, pero después dejó de parecérselo. No era el color: era la luz.
Goya había salido aquella mañana sin saber muy bien adónde iba. Tenían ensayo por la tarde y función por la noche, pero el director les había concedido la mañana libre y ella llevaba demasiado tiempo recorriendo ciudades desde el interior de hoteles, teatros, estaciones y restaurantes como para desperdiciar unas horas sin obligaciones.
Habían llegado a Montevideo pocos días antes. De Uruguay sabía lo que cualquier español que hubiera atendido medianamente en la escuela: que era un país pequeño entre Argentina y Brasil, que Montevideo era su capital y que el Río de la Plata separaba —o unía, según se mirase— las costas uruguaya y argentina. También sabía que el río era enorme.
Pero una cosa era saberlo y otra verlo.
Gregorio se había reído.
Aquella mañana volvió a acercarse al agua. Había algo extraño en una ciudad que daba a un río sin que pudiera verse la otra orilla. El mar, al menos, tenía derecho a no terminar. De un río se esperaba otra cosa. Hasta en la Manga del Mar Menor, con ser tan grande, permitía ver la orilla de enfrente...
Caminó un buen rato sin prisa, mirando más que buscando. Eso era lo que más le gustaba de las ciudades desconocidas: durante los primeros días todo tenía importancia. Una esquina, una casa, un hombre esperando un autobús, un café al que seguramente nunca volvería. Después, si se permanecía bastante tiempo, las ciudades comenzaban a llenarse de lugares útiles y perdían parte de su misterio.
Montevideo todavía no había empezado a resultarle útil, y por eso le gustaba. Era virgen para ella, una belleza por descubrir, por explorar, por disfrutar.
Regresó hacia el centro y acabó en la plaza que había aprendido a llamar Independencia. Era difícil no mirar el edificio que se levantaba en uno de sus extremos y que parecía salido de otra ciudad o quizá de otro tiempo. El Palacio Salvo, le habían dicho.
Goya levantó la cabeza.
Siguió mirándolo.
Una señora que pasaba junto a ella volvió la cabeza.
Goya sonrió.
Hablar sola empezaba a convertirse en una costumbre desde que viajaba tanto.
Atravesó la plaza.
Había pasado varias veces por allí desde su llegada, pero aquella mañana se detuvo ante la antigua puerta que daba acceso hacia la Ciudad Vieja. Le habían explicado que perteneció a la Ciudadela y que aquella era prácticamente la única parte que había sobrevivido.
La tocó, sin saber por qué. Estaba fría. Pensó en toda la gente que habría atravesado aquel lugar cuando todavía era verdaderamente una puerta y al otro lado había una ciudad encerrada tras sus murallas. La mayor parte de esa gente ya estaba muerta, y ese pensamiento la sobrecogió. Pasó por debajo de la puerta dedicando un pensamiento a las almas de todas aquellas personas que la habían precedido desde tiempos remotos…, trescientos años, casi. Nunca habría podido imaginar cuántas veces volvería a hacerlo durante los meses siguientes.
Goya dejó el bolso sobre una butaca.
Andrés la miró con ese gesto que ella conocía ya lo bastante para saber que no estaba enfadado. Como en una foto, recordó de pronto la primera vez que lo había visto, allá en Toledo, España. No hacía tanto, y parecía hacía siglos. Fue al final del parlamento de la Reina Mitera, la protagonista de Reina, a pesar de todo.
Priscila, sentada unas filas más atrás, levantó los ojos del texto.
Goya subió al escenario.
Aquella noche representaban El condenado por desconfiado. La compañía Canales llevaba siempre varias obras en repertorio, y en cada ciudad en que actuaban las representaban consecutivamente, para no perder aforo y dejar buen sabor de boca a los ciudadanos.
No era esta la obra en la que más tenía que hacer, aunque ya hacía mucho que había dejado de medir la importancia de un papel por el número de parlamentos. Celia tenía treinta. Los había contado alguna vez, al principio, cuando treinta líneas le parecían muchas.
Después había aprendido que podían ser demasiadas o ninguna.
Depende de lo que se hiciera con ellas.
Priscila se acercó.
Goya la miró.
Goya asintió.
Ya le había dicho algo parecido tiempo atrás. Priscila insistía mucho en escuchar. Al principio a Goya le parecía una obviedad. ¿Cómo iba a responder un actor si no escuchaba al otro?
Había tardado en comprender que muchos actores no escuchaban. Se limitaban a esperar a que acabara el parlamento del otro para intentar lucirse con el suyo. Y eso era un error, porque el mérito era conjunto, no de individualidades. Era la obra lo que importaba, no el personaje.
Ensayaron una hora. Después algo más.
Andrés detuvo dos veces una escena y ninguna por culpa de Goya.
A las seis les dejó marcharse a descansar. Eso les daba tres horas de asueto, pues la función comenzaba a las nueve.
Aquella noche había un hombre que estaba sentado casi al final. Un hombre muy importante. Goya no lo vio, entre tanta gente. Después recordaría muchas veces aquella circunstancia. El hombre que iba a cambiarle la existencia estuvo durante cerca de dos horas delante de ella, y ella ni siquiera supo que existía.
Había bastante público. No lleno, pero casi. Goya lo advirtió al salir por primera vez a escena. No veía rostros concretos desde las tablas, pero sí aquella masa oscura que respiraba al otro lado de la luz.
Y actuó.
Hacía tiempo que había desaparecido el miedo de los primeros meses. O, más exactamente, había cambiado de sitio. Ya no temía olvidar una frase o entrar cuando no debía. Ahora le daban miedo otras cosas: no estar a la altura, repetirse, hacer una función mecánica, decir exactamente lo mismo de la misma forma porque el día anterior había funcionado...
Priscila decía que una función que sabía de antemano cómo iba a salir estaba muerta.
Aquella noche no lo estuvo.
Hubo un instante, durante una escena con Lidora, en que Goya oyó una frase que llevaba decenas de funciones oyendo y, por alguna razón, le sonó distinta. Esperó, mas solo un instante. Y entonces respondió. No hizo nada especial, o al menos eso fue lo que creyó.
El hombre de la última fila se inclinó hacia delante.
Después de la función le anunciaron:
Goya se estaba quitando una horquilla.
Antonia permaneció en la puerta del camerino.
Goya dejó la horquilla sobre la mesa.
Antonia se miró en el espejo, sonrió con bastante cinismo, y sin abandonarlo del todo respondió:
Goya le sacó la lengua a través del espejo.
Eso le hizo prestar algo más de atención.
Terminó de limpiarse la cara, se puso la blusa y salió.
Priscila estaba también allí.
El hombre no era como Goya imaginaba que debía ser un director de cine, aunque, pensándolo mejor, tampoco tenía la menor idea de cómo debía serlo. ¿Existe un tipo de individuo que dirige películas?, se preguntaba mientras se acercaba.
Era un hombre de algo más de cincuenta años, quizá sesenta, corpulento, de cabello completamente blanco y gafas redondas. Llevaba una chaqueta clara y sostenía un sombrero entre las manos.
Andrés hizo las presentaciones.
El hombre le tendió la mano.
Goya sonrió.
Andrés intervino.
Goya miró a Andrés.
Fulgencio soltó una carcajada.
Goya miró la hora.
Ahora Goya lo miró con más atención.
Fueron a un café cercano los cuatro, pues Andrés y Priscila —la prima donna de la compañía— los acompañaron.
Eso tranquilizó a Goya, aunque no habría sabido decir por qué necesitaba estar tranquila.
Fulgencio esperó hasta que les sirvieron.
Fulgencio bebió un poco de café.
Goya esperó.
Andrés sonrió sin intervenir.
Goya miró a Priscila.
Fulgencio asintió.
Fulgencio apoyó los brazos sobre la mesa.
Goya se quedó mirándolo.
Priscila miró a Goya.
Esta la señaló.
Fulgencio se recostó.
Goya frunció el ceño.
El nombre le sonaba.
Goya asintió lentamente.
Priscila sonrió.
Fulgencio continuó.
Aquello sorprendió a Goya de una manera que ni ella misma entendió.
Quizá había supuesto, durante unos segundos, que si aquel hombre venía a buscarla después de una función sería para ofrecerle algo extraordinario.
Fulgencio debió de advertirlo.
Goya soltó una pequeña risa.
Goya conocía el nombre.
Eso sí le interesó.
Fulgencio miró hacia la calle antes de hablar.
Fulgencio continuó:
Goya escuchaba.
Goya dejó la taza.
Aquella frase le gustó.
Fulgencio la miró.
Esperó.
Goya perdió la paciencia antes que él.
Fulgencio sonrió.
Nadie habló durante unos segundos.
Goya repitió el título mentalmente.
Priscila soltó una carcajada.
Fulgencio también.
Fulgencio cambió de postura.
Goya no contestó.
Fulgencio volvió a sonreír.
Goya lo miró.
Priscila estaba divirtiéndose.
Andrés permanecía callado.
La expresión de Goya cambió.
Fulgencio no pareció sorprendido.
Goya miró a Andrés.
Goya negó con la cabeza.
Andrés intervino por primera vez desde hacía rato.
Goya se volvió hacia él.
Priscila preguntó:
Fulgencio abrió la cartera que había dejado junto a la silla.
Sacó un volumen encuadernado.
Lo puso sobre la mesa.
Goya leyó la portada.
LA CIUDAD QUE NO SABÍA SU NOMBRE
Debajo:
Guion de Fulgencio Morales del Monte.
Y, más abajo, escrito a mano:
INÉS
Goya no lo cogió inmediatamente.
No le gustó la respuesta.
Precisamente por eso le gustó Fulgencio un poco más.
Cogió el guion. Pesaba bastante.
Pasó las primeras hojas.
Había indicaciones que no entendía: EXT. INT. PRIMER PLANO. PLANO GENERAL. PANORÁMICA.
Goya siguió hojeando.
Encontró el nombre de Zabala muchas veces.
Después:
INÉS.
Unas líneas.
Otra página.
INÉS.
Goya levantó los ojos.
Fulgencio tardó un poco más en responder esta vez.
Goya dejó de pasar páginas.
Fulgencio sonrió.
Goya abrió mucho los ojos.
Priscila se echó a reír.
Goya cerró el guion.
Fulgencio se levantó.
Fulgencio cogió el sombrero.
Goya miró a Andrés.
Fulgencio estrechó la mano de los tres y se marchó.
Goya dejó pasar unos segundos.
Andrés sabía perfectamente que la pregunta era para él.
Goya miró a Priscila.
Guardó el libreto en el bolso.
Salieron juntos.
La noche de Montevideo estaba fresca. Andrés y Priscila se adelantaron hablando de la función. Goya caminó unos metros detrás. Al llegar cerca de la plaza Independencia levantó la vista. El Palacio Salvo estaba iluminado. La estatua de Artigas ocupaba el centro de aquel espacio enorme. Más allá quedaba la puerta por la que había pasado aquella mañana.
Se detuvo.
Durante el día le habían explicado que la ciudad antigua había estado detrás de aquella entrada; la ciudad nueva se extendía al otro lado.
Dos Montevideos. O quizá el mismo aprendiendo a ser otro.
Abrió el bolso. Sacó el guion. Volvió a leer el título bajo la luz de una farola. La ciudad que no sabía su nombre.
Después miró alrededor. Ahora la ciudad sí lo sabía. Montevideo. Lo decían los mapas, los hoteles, las señales, los autobuses, las entradas del teatro y las postales. Pero hubo un tiempo en que quizá no.
Guardó de nuevo el guion.
Echó a andar.
Al atravesar la plaza volvió a mirar una vez más hacia la puerta de la antigua Ciudadela.
A la mañana siguiente tenía que decirle a Fulgencio Morales del Monte si pensaba siquiera considerar la posibilidad de convertirse en actriz de cine.
Todavía no sabía qué iba a contestarle.
Pero cuando llegó al hotel, en vez de acostarse, se quitó los zapatos, se sentó en la cama y sacó el guion.
Lo abrió por la primera página.
Leyó:
PLANO GENERAL.
La bahía de Montevideo antes de que Montevideo sea una ciudad.
Goya frunció el ceño.
Después sonrió.
Pasó la página.