Este libro trata de la transformación personal de Gregorio y Goya tras asistir el primero a una representación teatral en el Teatro de Rojas, de Toledo, cuando la protagonista, en su parlamento final, cruza su mirada con la del primero. Lo que sigue es una serie de evoluciones personales y grupales a lo largo de 80 capítulos en que se hace una comparación entre los mundos del teatro y del cine.
Espero que el lector disfrute de esta fantasía de un autor al que siempre le han preocupado los mundos del teatro, del cine, de la fantasía y de lo que es mucho más sencillo: la realidad. Sirva esta historia para reflexionar sobre lo que nos llega de esta, y lo que es realmente, en esta sociedad en que el que no miente se calla.
Al día siguiente regresó al Teatro de Rojas.
Lo hizo antes de la hora convenida.
Había intentado convencerse de que acudía por simple curiosidad, pero no consiguió engañarse. La verdad era mucho más sencilla: estaba nerviosa.
Nerviosa como una colegiala en su primer día de clase.
Nerviosa como un opositor antes de un examen.
Nerviosa como una mujer que iba a pronunciar por primera vez unas líneas sobre un escenario.
Andrés la esperaba junto a la entrada de artistas.
Goya sonrió.
Entraron.
A aquella hora el teatro parecía distinto. Menos solemne. Más humano. Los actores conversaban entre ellos, los técnicos preparaban focos y decorados, alguien probaba una pieza musical desde un rincón y una costurera perseguía a un joven actor con varios alfileres en la mano mientras este intentaba escapar.
Andrés señaló el escenario.
Priscila ya estaba allí.
Sostenía un libreto lleno de anotaciones y hablaba sola mientras recorría las tablas de un extremo a otro.
Al verlos llegar sonrió.
Andrés soltó una carcajada.
Priscila cerró el libreto.
Subieron al escenario.
Goya había estado allí la noche de la representación, pero desde una butaca. Desde arriba todo parecía diferente.
El patio de butacas se extendía ante ella como un océano de terciopelo rojo.
Vacío.
Y aun así intimidante.
Goya observó el lugar donde la Reina pronunciaba su gran parlamento.
Sintió un estremecimiento.
Allí había comenzado todo.
Le entregó un libreto.
Goya leyó.
Efectivamente eran dos frases.
Dos frases insignificantes.
Dos frases que, de pronto, parecieron muchísimo más largas de lo que habían parecido un momento antes.
Aquella respuesta la hizo sonreír.
Pasaron la siguiente hora ensayando entradas y salidas.
Dónde colocarse.
Cuándo hablar.
Hacia dónde mirar.
Cómo caminar sin obstaculizar a los demás actores.
Pequeñas cosas que jamás había advertido como espectadora.
Y que de repente parecían esenciales.
Cuando terminaron, Goya estaba agotada.
Los tres se echaron a reír.
Y mientras descendía del escenario, Goya comprendió algo que no había esperado.
Por primera vez desde su transformación había pasado varias horas sin pensar en Gregorio. No porque lo hubiera olvidado. No porque hubiera dejado de existir, sino porque, durante un rato, había estado demasiado ocupada intentando convertirse en otra persona. Y aquello, pensó mientras contemplaba las tablas iluminadas por los focos, era precisamente lo que hacían los actores todos los días. Convertirse en alguien distinto. Tal vez por eso se sintió tan cómoda allí.
Tal vez por eso, cuando Andrés le preguntó si regresaría al día siguiente, la respuesta salió de sus labios sin necesidad de pensarlo.
Y aquella vez no había ninguna duda en su voz.