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El Gran impostor,
de
Jesús Ángel de las Heras Jiménez

Presentación. English Esperanto

Este año leemos la única novela que publiqué el anterior, para leerla gratuitamente hasta el 31 de diciembre de 2026, como venimos haciendo —una novela diferente cada año— desde hace diez. A partir de esa fecha solo se podrá conseguir en Amazon por un módico precio, tanto en formato digital como en rústica o incluso en tapa dura, tanto en español como en inglés. En Esperanto se podrá leer siempre gratis.

El Gran Impostor. El libro del año seguirá publicándose, cada año uno diferente, en el futuro próximo.

El Índice es como figura a continuación: English Esperanto

Sumario:
    Dedicatoria.
    Prólogo.
  1. La larga espera.
  2. Choque cultural.
  3. Bienvenido al País del Sur.
  4. El turista.
  5. Aventura en Sevilla.
  6. Algunas preguntas impertinentes.
  7. La vuelta al País del Sur.
  8. De Madrid al Cielo.
  9. Extensión.
  10. En casa de la taxista.
  11. La llamada del deber.
  12. Malagueño saleroso.
  13. Albañil de nuevo.
  14. El discípulo.
  15. La ruptura.
  16. ¡Viva la revolución!
  17. Una habitación propia.
  18. El sueño de Jaime.
  19. Melissa.
  20. Epílogo.
    Sinopsis.
    Bibliografía.
© 2020 de Jesús Ángel de las Heras Jiménez. Ninguna parte de este texto se puede copiar sin permiso previo escrito del autor. 

Dedicatoria. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Dedicado a todos los optimistas
irredentos, gente de izquierdas que vota
a la derecha, pensando que es la izquierda...
..., progresistas ingenuos que se creen que vivir
mejor es vivir socialista, cuando en realidad vivir
bien es llegar a fin de mes y ser feliz porque ves a
tus hijos crecer sin penurias, educarse y trabajar a gusto.

Y a Will Webb, que me enseñó Inglaterra.
Ahora tiene la oportunidad de enseñarnos
El País del Sur a todos nosotros.
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. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

En el mundo hay muchos Williams, que creen vivir en un país progresista, donde no te falta de nada si trabajas todos los días y tienes casa y alguien que te atienda, o por lo menos aprendes a atenderte tú solo.

Muchos de estos Guillermos miran a los Estados Unidos de América como la ideal de la sociedad avanzada, donde cada uno sabe lo que tiene que hacer, y tanto vales cuanto más tienes, y más tienes cuanto más trabajas.

Por desgracia para los yanquis e inmigrantes ilusos, esa medalla tan brillante tiene un reverso más obscuro: en EEUU eres feliz y estás a gusto si tienes un buen trabajo y salud de hierro. Si vas por la calle y te da un pasmo, te atenderán en el hospital más cercano en cuestión de segundos, sí, pero cuando te devuelvan sano y salvo a tu casa tendrás una deuda con el hospital y con la ambulancia que quizá no podrás pagar, a no ser que tengas mucho dinero en el banco. Y si te mueres, se te enterrará a cargo del ayuntamiento, que luego le cobrará la factura —quizá bastante inflada— a tu familia, si da con ella. Y en caso de que no sea así, tendrás esa deuda hasta que la pagues, por un modo u otro.

Ciertamente, es caro vivir en USA, y también morirte. En otros países, como España, si te pones malo, la Seguridad Social te cura, si eres afiliado. Si no, le intentará cobrar los gastos a tu aseguradora, y si esta falla, te tocará rascarte el bolsillo; y si no tienes dinero, se lo cobrarán a tu familia, y solo si ambos sois insolventes se hará cargo el estado, el ayuntamiento o la comunidad a autónoma, aunque eso supondría que ninguno de vosotros tiene ninguna propiedad a su nombre, porque en caso de que existiera, la embargarían para pagar una deuda que habría de ser del estado per se, ya que pagamos los impuestos más caros de Europa, si no del mundo.

Una vez aprendida la lección, claro, te pasarás a la seguridad social y te harás una póliza privada para tener lo que tenías antes, pero con una red de seguridad por si acaso la cosa pinta dura otra vez en el futuro.

A pesar de presumir de que tenemos el mejor sistema sanitario del mundo, tampoco en España estamos seguros del todo, pues la SS tiene una lista de espera tan larga, que igual te mueres antes de que te toque el turno de operarte. De ahí la conveniencia de tener una póliza sanitaria privada, si te lo puedes permitir. Si la sanidad pública española fuera tan fiable y perfecta como pretenden los políticos y adláteres, ellos la usarían, ¿no te parece? Y sin embargo los ministros de este Gobierno tan de izquierdas y progresista, así como sus allegados, se curaron el virus del COVID19 en clínicas u hospitales privados. ¿Eso no da qué pensar?

Algunos piensan que en el mundo socialista estas cosas no pasan. Bueno, ¿Cuba o Venezuela son países socialistas? ¿Lo eran la República Popular Alemana, o la Unión Soviética?

De las dos últimas no tengo referencias directas, pero estuve dos veces en Cuba, y tengo amigos cercanos que salieron huyendo de Venezuela. Un pariente cercano de uno de estos me contaba que su madre murió porque no había una medicina determinada, que aquí es de uso común. Allí habría tenido que comprarla con un dinero que no tenía. De Cuba, en cambio, tengo la experiencia directa de dos visitas que hice en el pasado a La perla del Caribe. Bástenos decir que durante mi estancia allí me hice una pequeña herida en una mano, y al pedir en una farmacia alcohol y algodón, me dijeron que para darme alguna de las dos cosas necesitaba receta médica. Tuve que curarme con kleenex y colonia, artículos de lujo que sí podía adquirir yo en una tienda especial para turistas...

Podría pensarse que eso se debe al perverso embargo estadounidense, pero en Cuba ciertamente hay materia prima para hacer gasa y alcohol para curar heridas. Yo, por mi parte, achaco esas carencias a la falta de iniciativa privada. Ni en Cuba ni en los demás paraísos proletarios mencionados, se ha querido —quizá no se ha podido— renunciar al dinero. Es, desde luego, el dinero una forma genial de intercambiar el esfuerzo personal: yo te doy una clase de inglés, por ejemplo, y tú, en lugar de darme una cesta de huevos, me das veinte euros, que a su vez yo le pago al del súper mercado a cambio de los diversos alimentos que necesito, y el dueño de ese comercio a su vez le da los 20 a su proveedor para que le entregue diversos artículos que quizá nada tienen que ver con la alimentación...

Pero la trampa que hace caer el sistema basado en el dinero está en que los que no producen nada se dedican a guardárselo, aumentando su peculio simplemente prestándolo: yo te presto los €20 que te hacen falta, pero dentro de unos meses tú me tienes que dar €30. Yo no he producido nada, sino que he confiado en ti, y tú me das más dinero. Y si no me lo das, como has puesto como garantía, por ejemplo, tu pluma estilográfica (o cualquier otro objeto que hayas ofrecido y yo estime de ese valor o superior), tu pluma es mía. Luego yo la venderé, quizá por €40 o más, con lo cual yo, que no he sido capaz de producir nada, me quedo con más dinero del que te presté. No digo que eso sea ilegal, ilegítimo o inmoral. Digo que es la causa del fin del sistema monetario: para que unos ganen, otros tienen que perder. Y acaban ganando más los que no producen nada. En el momento en que esto escribo me dice un amigo que hace dos años compró acciones por un céntimo cada una, y ahora han subido a 17€. Al haber comprado 36000 acciones, los 360€ que invirtió entonces se han convertido en 612000 euros. Pero para que él haya ganado tanto, alguien ha tenido que perderlos. De no existir el dinero, mi amigo no habría ganado ese dinero, y ninguna otra persona lo habría perdido, y el mundo sería más justo, a mi entender.

Si no existiera el dinero..., ¿sería posible una sociedad en que se aboliera por completo? ¿Eso sería bueno, o tendría más problemas que soluciones? ¿Yo te daría clases de inglés sin que tú me dieras nada, pero luego si necesito comer, alguien —no necesariamente tú— me daría de comer sin cobrar por ello? ¿El del súper mercado obtendría cosas de sus proveedores sin pagarles nada? ¿Los granjeros y resto de productores entregarían el fruto de sus esfuerzos a cambio de nada? Si necesito un coche para desplazarme a un sitio, ¿me lo facilitaría alguien sin cobrar dinero? ¿Qué movería a la gente a trabajar? ¿Habría políticos si no se pudieran subir el sueldo porque no habría dinero tampoco para ellos? ¿Trabajaríamos todos sin cobrar si se nos permitiera trabajar solo en lo que nos gusta?

Interesantes preguntas, ¿verdad? Bueno, quizá estimen ustedes que son preguntas idiotas. Pero, como dijo algún pensador, no hay preguntas irrelevantes, sino respuestas difíciles. Hoy en día se nos bombardea con que seamos solidarios, con que colaboremos con las ONGs —aunque luego se descubra que ya lo hace el Gobierno por nosotros—, que nos pongamos en el lugar de los demás, que consideremos que si las desgracias ajenas nos atenazaran a nosotros, etc. Es más, esa solidaridad y colaboración se nos impone por la fuerza, a veces por la de las armas, pues se nos obliga a pagar impuestos, de los que se detraen cantidades escandalosas para dárselas a la Cruz Roja, por ejemplo, en la que hay muchos voluntarios cuya solidaridad les lleva a trabajar gratis, dando lo que pueden de su esfuerzo y tiempo personales, pero a la vez hay directivos que ganan sueldos a cuyas cuantías jamás se equiparará el suyo, lector, o el mío.

Los escritores, por suerte para nosotros y nuestros lectores, podemos imaginarnos otras realidades, otros mundos, otras situaciones más amables con el individuo, y podemos describirlos de modo que tanto el lector como el propio autor podamos vivir ese mundo en el que estas cosas no pasan. Una sociedad donde la solidaridad no sea vicaria, ni impuesta, ni nos laven el cerebro con la misma. Un mundo donde la solidaridad y la generosidad, la empatía y el altruismo sean voluntarios, personales y generalizados, de modo que los que no los sientan se sientan impelidos a imitar lo que hace el común de la gente..., o incorporarse a otra sociedad.

Quizá piensen ustedes que eso es lo que se pretendió en la Unión Soviética. Sí, puede que ese haya sido el sueño de Lenin, pero los métodos y resultados no equipararon ni de lejos lo que se contempla en esta novela. No se puede torcer el alma humana. Somos lo más grande y lo más rastrero del universo, a la vez. Solo es cuestión de elección. Quizá lo más pobre sea lo más rico al mismo tiempo, y viceversa. Y lo óptimo y lo pésimo se confundan en la raya de la perspectiva de cada uno. Al juicio del lector entrego las letras que siguen, cuyo objeto principal es que pase un rato divertido o al menos entretenido, y si le hace pensar —positiva o negativamente— a lo que aquí se propone, le rogaría que me lo hiciera saber.

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1 La larga espera. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Casi cinco años había esperado Will para que le concedieran, por fin, la ansiada visa para ir a ver el país más inaccesible de Europa. Dicen que antes era casi una colonia de ingleses y yanquis, pero desde que había ganado las elecciones un tal Jaime Templado de las Horas, hacía varias décadas, las cosas habían empezado a cambiar allí. Ahora no se parecía nada a lo que había sido.

De tener el turismo como primera fuente de ingresos, pasó a cerrar las fronteras, admitiendo solo a unas pocas decenas de ellos al año, de modo que solo los que lo deseaban de verdad podían ir de vacaciones a conocer aquel extraño país. Ahora su economía no contaba con el turismo, sino que se basaba en la agricultura, la ganadería, y sobre todo la industria pesada e I+D. No obstante, quizá por eso el país despertaba la curiosidad del ciudadano medio del resto de Europa, y aquellos de sus amigos que habían conseguido pasar un tiempo allí decían que se habían vuelto con pena, deseando haberse quedado para siempre, aunque a última hora no se habían atrevido a planteárselo siquiera.

Eso le llenaba de intriga: si apenas le habían dado un visado para pasar hasta un mes allí, ¿cómo iban a poder quedarse? Suponía que el permiso de residencia costaría muchísimo de adquirir, y la nacionalidad, por lo tanto, sería algo imposible de obtener. La inmigración ilegal eran un cáncer en toda Europa..., menos en aquel país. Los que ingresaban sin papeles eran devueltos inmediatamente por el punto de entrada, y si salían huyendo, aquella gente tiraba a dar, aunque lo más normal era que todos ayudasen a la policía —pues en ese país cada ciudadano estaba autorizado por la ley para detener al autor de un delito y entregarlo a la policía en un plazo máximo de 24 horas—, y por eso los inmigrantes ilegales estarían enseguida a disposición de las fuerzas del orden, que los llevarían al lugar por donde habían entrado en el país y serían expulsados a la fuerza, tras registrarlos en una lista de personas non gratas, a las que no se les permitiría venir nunca, aunque tuviesen los papeles en regla.

Eso, ocioso es decirlo, estaba en contra de la política buenista y entreguista de la Unión Europea, pero el Gobierno les había dicho a aquella caterva de funcionarios de Bruselas que si no les gustaba, que los echaran de su preciosa unión de mercaderes, (a cuyos órganos de gobierno ya no iban a contribuir en absoluto), con lo que el favor sería mutuo. Porque no les iban a pagar ni un euro más tanto si se quedaban como si los echaban, y que mejor ayer que mañana. Por muchas amenazas que hicieron los franceses y alemanes, no se atrevieron a intervenir militarmente en el país, pues el Gobierno llamó a la movilización general, y eso en una península con siete cordilleras mayores y multitud de sierras era tan suicida como había sido la invasión de Napoleón; y no en vano Hitler no se atrevió a hacerlo, tras invadir media Europa. Finalmente el país fue abandonado a la buena de Dios.

Jeje, pero más que el país, quien fue abandonado a la buena de Dios fue el resto de Europa, porque aquel país podría haber dado de comer a todo el continente con su agricultura y ganadería, abandonadas durante décadas de pertenencia a la Unión. Desde que se emancipó el país, abrió vías de comercio con Sudamérica, China y Rusia, y a la postre también con Estados Unidos, países de los que importaba mucho más de lo que exportaba, en conjunto, mientras que exportaba artículos industriales y tecnológicos al sur, a diversos países africanos. Sí, aquel país con forma de piel de toro podía subsistir por su cuenta, toda vez que la transformación social había sido mucho más profunda que la industrial, ganadera y agrícola, como Will estaba a punto de comprobar sobre el terreno. Y cuando se derrumbó el euro, el escudo sureño ya había cotizado por encima de los 25 dólares americanos, y amenazaba con convertirse en la nueva divisa internacional, pues era la única en todo el mundo que no presentaba peligro de devaluación ni en convertirse en fiduciaria.

Desde que solicitó un visado de turista, hacía ahora cinco años, no mucho había pasado en su vida, fuera de perder un trabajo y conseguir otro al cabo de unos meses, o divorciarse de Olivia, una muchacha con muchas pretensiones a la que no satisfacía un perdedor, como había llamado ella a Will, con el que había perdido tres años sin expectativas ni de tener hijos ni de que su situación mejorara. Se habían casado al año de conocerse, y al segundo de matrimonio ella decidió divorciarse. Porque él no era tan lelo como ella pensaba, había visto venir la tragedia matrimonial y se había dedicado a esperar a que ella diera el paso. No la maltrataba, no, pero tampoco la divertía, ni la complacía. Cuando él volvía del trabajo, agotado, ella quería ir al cine o a bailar, y él se acostumbró a que fuera sola, de modo que cuando ella dejaba de hacerlo —al fracasar sus intentos de volverlo celoso— él la animaba a que siguiera haciéndolo, pues así todos contentos: él descansaba, y ella se divertía.

Y así, cuando ella llegaba en muchas ocasiones él había cenado, visto su canal favorito de televisión, se había tumbado en la cama con un libro y se había quedado dormido. Ella se desnudaba, se acostaba y apagaba la luz. A menudo le ponía una pierna por encima, y lo acariciaba. A veces conseguía que él se despertase y le hiciese el amor, pero siendo él de habitual cansado y predecible, casi todo el trabajo tenía que hacerlo ella. Y eso a la larga cansa. Y, poco a poco, el desinterés y la rutina la fueron alejando de él, hasta el punto de pedir el divorcio.

Se divorciaron, y ella se fue, pues el contrato de alquiler estaba al nombre de él. Nada tenía ninguno de los dos, así que nada hubo que repartir, ni siquiera dinero. Ella volvió a trabajar de enfermera, y ya no volvieron a verse.

Quizá allá, en el Sur, haya algo para mí, se decía él mientras esperaba el visado. Pero tendría que ser muy valioso para perder la tranquilidad e independencia que tengo para dedicarme solo a mí, sin que nadie me arrastre a discusiones estúpidas que me aparten de lo que más me gusta, que es no hacer nada, pasear y leer, en ese orden.

Los fines de semana se iba al pub con los amigos, aunque no le quedaban muchos, porque todos iban cayendo en la misma trampa de las féminas de la que él se había escapado por los pelos con su saber no hacer. También le gustaba ir a los combates de boxeo de vez en cuando, con su lata de cerveza en la mano, y cuando no podía ir al estadio, los veía por televisión desde su casa. Pero si en algo le había cambiado el matrimonio había sido en el orden en que lo tenía todo. Antes de casarse, lo dejaba todo tirado por ahí y nunca encontraba lo que necesitaba en el tiempo de que disponía. Ahora cada cosa tenía su lugar y cada lugar albergaba una cosa. Ahora ponía sus cuatro o cinco latas de cerveza y tres sandwiches en la mesita antes de ver los combates, y cuando acababa, tiraba las latas, lavaba el plato, se tomaba su vaso de leche caliente, se cepillaba los dientes y se acostaba, que al día siguiente había que trabajar. Y si era sábado, el domingo se levantaba más tarde, iba a misa (pues era católico, y aunque no muy creyente, su difunta madre lo había acostumbrado a que no había domingo sin ir a la Casa del Señor), y luego se iba a dar un paseo por el parque. Solía ir al cine por la tarde, y a la hora de la siesta y después del cine pasaba horas enteras leyendo, que era su pasión oculta. Que su mujer no la compartiera había sido un paso decisivo para que él dejara de tener interés por ella. También estaba aprendiendo idiomas, aunque le costaba mucho. Ya dominaba el francés, y ahora le estaba metiendo mano al alemán y al español.

Mientras esperaba el visado se fue de vacaciones a diversos países de Europa, dos veces a Alemania, que era el que más le gustaba, pues le parecía que los alemanes eran más parecidos a los de su país que los del resto de Europa. Quizá el Sur no me guste tanto, se dijo cuando estaba en el Museo de Pérgamo, en Berlín.

Y por fin llegó el momento deseado, cuando el Ministerio de Asuntos Exteriores le envió una carta con su pasaporte debidamente sellado y visado para ir al País del Sur, como se le llamaba a la unión de de varios países que fueron independientes entre sí durante cientos de años, hasta hacía apenas unas décadas.

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2 Choque cultural. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Había dejado Londres una mañana gris y brumosa. Eran las diez de la mañana y parecía que aún no había amanecido del todo.

Al llegar al aeropuerto de Málaga, varias horas más tarde, le pareció estar en otro planeta: el sol brillaba, y el cielo azul se veía entre las escasas nubes blancas que lo decoraban. Observó por la ventanilla cómo el suelo se acercaba, y de pronto apareció aquel cuadrilátero de asfalto con rayas blancas, por las que el avión se deslizó un breve tramo antes de tocarlo las ruedas, con un movimiento suave mil veces experimentado que le hizo perder velocidad poco a poco, hasta que se encontró detenido junto a la terminal, de modo que un pasillo móvil se encajó en la puerta para que los pasajeros pudieran salir ya a pie hasta el control de pasaportes.

Allí le esperaba un trámite muy rápido: no había cola para la Unión Europea y el resto del mundo, sino una sola que avanzaba rápidamente. Se detenía ante un único policía muy joven, vestido de verde, que le estampó la fecha de entrada en el país tras un breve diálogo:

Y le devolvió el pasaporte. A Will le parecía mentira: después de esperar 5 años para llegar allí, solo tuvo que bajarse del avión y mostrar su pasaporte a un policía que le acababa de informar de que podía permanecer en el país seis meses. Y no le habían pedido mostrar el dinero que pudiese llevar encima, o en la tarjeta de crédito, como habría sido el caso en Inglaterra a un extranjero.

Tomó un taxi, y le pidió que le llevara al Hotel Durán, cerca del puerto. A él le gustaba mucho el mar, y si lo pudiera ver desde su cuarto del hotel, sería muy feliz.

El taxista, muy amable, le ayudó a llevar las maletas al hotel, y allí se despidió.

Aquel hombre le miró muy serio. Luego esbozó una sonrisa, como si la acabaran de contar un chiste ya conocido, y encogiéndose de hombros, le replicó con sorna:

Luego sacó una tarjeta de visita y se la entregó a Will a la vez que le decía:

Se subió en su automóvil, y desapareció ante un atónito Will que por primera vez no sabía qué decir. Aún se llevaría más sorpresas. Allí había algo que no le habían contado en la agencia de viajes.

Cogió sus dos maletas y entró en el hotel. En la recepción lo saludó una joven más guapa que fea, de nariz griega, ojos marrones y melena rubia recogida en un moño. Vestía una especie de uniforme de color gris, camisa roja y corbata azul, con pantalones holgados. Ella se le quedó mirando, y con una sonrisa le saludó:

Ella le entregó la llave, y le informó de dónde estaban el bar y el restaurante, así como los folletos turísticos que le harían más productiva la visita a Málaga.

Una vez instalado en su habitación, abrió las cortinas que daban al balcón, y se sentó en una silla que había allí, y pudo contemplar el Mar Mediterráneo, del que tanto le habían hablado, había leído, y tanta historia le habían contado siempre, desde el colegio. El Mare Nostrum de los romanos, el centro de la civilización hacía dos mil años, tan alejado de su Inglaterra natal. La mañana era cálida, y de pronto pensó que no le importaría vivir allí, en un clima tan benigno. Al fin y al cabo también en Málaga habría que construir casas, ¿no?

Luego se volvió hacia la habitación, sobre la que se proyectaba su sombra: tenería unos 16 metros cuadrados, cuatro por cuatro, era muy luminosa, con una cama de matrimonio en el centro, y un generoso armario ropero. Junto a él había una mesa y una silla, y en el otro extremo de la habitación estaba un mueble tocador con tres cajones y un amplio espejo, frente al cual había un pequeño sillón, y en la tercera pared, frente a los pies de la cama, había un televisor encajado en la pared. Me vendrá bien para repasar mis conocimientos del idioma español, se dijo.

En el cuarto de baño había un espejo que ocupaba toda una pared. No acostumbraba a mirarse, pero al observar el espejo no pudo evitar hacerlo, y lo que vio no le desagradó del todo: más bien bajito —aunque no por ello tuvo nunca complejo en un país en que la media de altura en los hombres era de casi seis pies (1’80 metros)— a sus 5 pies y 3 pulgadas (1’60 metros), más bien delgado, con sus 9 piedras (57 kilos); rubio, tez muy blanca que se le enrojecía con el sol... Y con un gran sentido del humor.

Se duchó, se cambió de ropa y bajó a la cafetería. Desayunó otra vez, unas tostadas con mantequilla y mermelada, zumo de naranja y café con leche, al más puro estilo del lugar. Cuando salía del comedor, le sucedió algo extraño, de nuevo:

Como viera que el hombre no se iba, el camarero le preguntó de nuevo:

Consternado, salió de la cafetería, y preguntó a la conserje:

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3 Bienvenido al País del Sur. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

A las ocho en punto de la tarde estaba Will en la recepción del hotel. Había andado un poco por el centro, viendo las tiendas y las calles de la ciudad, volviendo a comer en el restaurante del hotel. No era ninguna maravilla, pero le había gustado la comida: lentejas de primer plato, y fritura de pescado de segundo. Fruta de postre, y un café para completar. Después se había ido a dar otro paseo por la ciudad. Le encantó la calle Larios, con su monumento, mirando el cual se tomó un helado, en una terraza. Luego estuvo en la Plaza Templado de las Horas, antiguamente llamada de la Constitución y rebautizada en honor del último Presidente del Antiguo Régimen y primero del Nuevo; luego pasó junto a una serie de bares típicos, en algunos de los cuales se prometió ir a comer en días sucesivos, y llegó a tiempo de ver La Catedral, un verdadero monumento arquitectónico, a la vez gótico, renacentista y barroco, debido al largo tiempo que ocupó su construcción.

En ese momento Estrella terminaba su turno, y estaba dando novedades a Andrés, el conserje del turno de noche.

La tarde era agradable, y Will se tomó una cerveza con una tapa de sardinas adobadas mientras esperaba a Estrella, y la lección prometida sobre el País del Sur.

Dicen que las mujeres tardan una eternidad en vestirse y acicalarse para las citas con un hombre, pero Estrella terminó de hacer el cambio con el conserje de noche, Adrián, y tras cinco minutos menos de lo que había prometido se encontraba ante Will, tomándose una cerveza en El Centollo. Se había duchado, y aún tenía su cabellera húmeda cayendo en cascada sobre su espalda, casi descubierta bajo una camisa sin mangas de color rosa pálido; completando su atuendo con unos vaqueros holgados, aunque no tanto como el de los pantalones de su uniforme. En su conjunto parecía una muchacha atractiva, aunque no escandalosa.

Will permaneció en silencio unos minutos después de la larga explicación de Estrella, que aprovechó para dar un largo trago a su cerveza.

Fueron a ver una película histórica algo antigua, de hacía apenas cinco años, en la que se rieron mucho con los disparates que hacían los antiguos, en el siglo 21.

Después fueron a cenar a una marisquería que había cerca del hotel, y finalmente Estrella se despidió, pues al día siguiente le tocaba estar de mañana.

Will se acostó rendido. Ya pensaré mañana en todo esto, se dijo.

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4 El turista. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Al día siguiente Will se levantó muy tarde. Las campanas de la catedral anunciaban el mediodía cuando abrió los ojos.

Tenía la mente confusa. ¿Qué había pasado anoche? Ah, sí, había pasado la tarde con la chica de la recepción. Extraño país, donde la empleada del hotel alterna con el cliente... Claro, que él ya no sabía si era cliente, huésped, invitado..., o las tres cosas, o ninguna de ellas. Estrella se había portado con él como una vieja amiga. Sí, habían sintonizado desde el principio.

Bajó a recepción, pero no estaba. Había otra mujer, de mayor edad, llamada Yolanda.

Aquello sí que le parecía raro...

La mujer hizo un par de llamadas telefónicas, y diez minutos después tenía allí el coche.

Claro, sí, la cuenta del hotel... Recordó Will aquella conversación tan extraña con Estrella.

Aquel coche era nuevo, con apenas cinco mil kilómetros. Era rojo, pequeño, de unos tres metros de largo, desconocido en Inglaterra. La marca era Kyria, y el modelo, Cordura. Según Yolanda, aquel coche era muy bueno, y sobre todo seguro. De fabricación nacional. Quizá no lo conociese porque no se solía exportar.

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5 Aventura en Sevilla. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Aquel coche no era muy grande, pero le sobraba para lo que pretendía hacer. Su pequeño maletero podía albergar su maleta y alguna cosa más que se traería de recuerdo.

Tomó la llave que le ofreció Yolanda, y se introdujo en el vehículo. Pero aquel cacharro tenía el volante en el otro lado. Enseguida recordó que en este país se conducía por la derecha, al revés que en el suyo, así que el volante tenía que estar a la izquierda, para controlar mejor el tráfico. Intentaría conducir por la derecha...

Arrancó y salió a la carretera. Pensaba que aquel país estaba lleno de autopistas, pero no las vio por ningún lado. El tráfico era muy escaso, y la carretera que unía Málaga con Sevilla o con cualquier otro lugar tenía solo dos carriles: uno para ir y otro para volver. No vio ningún signo de limitación de velocidad, por lo que puso aquel cacharro a la máxima de que era capaz, que fueron cien kilómetros por hora. Pero se asustó un poco cuando se cruzó con un camión, y redujo la velocidad a unos prudentes 70, así que tardó un poco más en completar los 200 kilómetros que separaban ambas capitales: algo menos de 3 horas.

Le extrañó ver que podía aparcar junto a la Catedral, sin problemas. No vio carteles que se lo prohibieran, aunque la verdad es que había muy pocos coches. No dio con el mecanismo para bloquear las puertas, así que salió del coche para visitar la ciudad sin bloquearlas. Cuando volvió, al cabo de varias horas, vio que su coche seguía allí, sin que nadie se lo hubiera quitado, lo cual le extrañó mucho. En Inglaterra, se dijo, a los diez minutos se lo habrían llevado, a pesar de que allí hay muchos más coches per cápita.

Si, había sido una visita muy interesante. Había comido en un restaurante típico a base de pescaíto resién traío de Cadi, como el dijo el camarero. Luego se había visitado la famosa torre, la Giralda, a cuyos balcones superiores llegó no sin trabajo a través de la serie de rampas que conducen a ellos. Desde allí sacó varias fotos con su teléfono, para mandar a sus amigos, y que se murieran de envidia. Luego se dio un paseo hasta la Torre del Oro, así llamada porque se guardaba allí el que se traían los conquistadores de América desde el siglo 16, y luego el barrio de Triana, donde guardaban la Virgen de la Macarena —en realidad llamada María Santísima de la Esperanza Macarena Coronada— de Sevilla desde hacía varios siglos.

Volvió al coche después de merendar en una cafetería cercana, y tras repostar en una gasolinera, emprendió el camino de regreso. Pero, claro, se le hizo de noche en ruta. No estaba habituado a conducir tan tarde, y lo lógico habría sido parar en algún pueblo y dormir en ruta, en un hotel, pero se dijo que quería dormir en la bella ciudad de Málaga, y por eso continuó, pero lo hizo más despacio y con cien pares de ojos, como se decía en este país.

Hasta que sucedió la tragedia: vio de pronto dos luces que se le acercaban muy deprisa, y sus reflejos condicionados le jugaron una mala pasada: se ciñó a la izquierda por instinto, y el vehículo que venía de frente, un camión articulado, le tocó la bocina de modo insistente, por lo que él acabó fuera de la carretera, a medida que el camión se alejaba. Saltaron los seis air-bags de que disponía el vehículo, y tras comprobar que estaba bien, sin nada roto, salió del coche. Tenia dos ruedas reventadas, y el morro hecho un acordeón. Probó a arrancar, pero el motor estaba muerto.

¿Y ahora qué hago yo?, se dijo.

Buscó los papeles del coche, pero además de la lista de características y el contrato de alquiler, no encontró nada más. ¿Cómo era posible que el coche no estuviera asegurado? En lugar de un teléfono de la compañía aseguradora, encontró una tarjeta del hotel.

Desconsolado, llamó por teléfono a aquel número, y le contestó Adrián.

Tras unos segundos de espera, oyó la voz familiar de la directora del hotel Durán:

Will le resumió en breves palabras y voz contrita lo que le acababa de ocurrir.

Aquella gente era muy eficiente, pues treinta minutos después apareció una grúa, que se llevó el vehículo y al conductor hasta el siguiente pueblo, la Puebla de Cazalla. Allí le esperaba un taxi, que le llevó a Málaga.

El chófer era un joven muy majo, que sabía inglés y le dio conversación durante todo el camino.

Tardaron algo más de una hora en llegar al hotel.

El taxista sonrió. Le deseó buenas noches, y salió a hacer otro servicio.

Tanto le insistió, que tuvo que transigir. Supuso que aquella mujer no quería tener problemas porque se le muriera nadie en el hotel.

El botones, un chaval simpático llamado Manuel que hacía este trabajo solo los veranos, pues aún estaba en edad escolar, le contó algunas anécdotas del colegio al que todavía iba —pues tenía quince años—, que a Will le parecían increíbles, pero divertidas.

En el hospital le hicieron varias pruebas, entre ellas un escáner y un análisis de sangre, y otro de orina.

Aquello preocupó mucho a Will. Tanto, que tomó el frasco de pastillas que el galeno le ofrecía.

Preocupado, volvió al hotel. Ya no prestaba tanta atención a Manuel, que siguió hablando sin parar un rato, hasta que vio que el inglés no le hacía caso, sumido en sus pensamientos.

Al llegar al hotel, no vio a Estrella en la recepción. Allí seguía Adrián. Pasó por delante de él y se fue directo al comedor, donde se consoló con una sopa de cocido y un mero a la plancha, coronando la fiesta particular que se dio con un plátano con helados, que en su pueblo llamaban banana split, o sea plátano rajado, porque la verdad es que estaba cortado a lo largo.

Después subió a su habitación, y se cayó en un sueño pesado que le duró hasta el día siguiente, a las diez de la mañana. Se fue al balcón, desde el que se divisaba el puerto, y un poco más allá el mar.

En el muelle Uno entraba en ese momento un crucero, una nave enorme que alojaba a miles de pasajeros. No se le había ocurrido nunca hacer un crucero. Aquella gente estaría solo unas horas en la ciudad, pero no tuvo que esperar cinco años para entrar en el país, como él, aunque era cierto que solo unas horas. Luego le informarían que procedía de Cartagena, pues estaba haciendo un crucero por el Mediterráneo, y que antes de la ciudad murciana había tocado en Barcelona y Valencia, procedente de Niza.

Sí, el mar le gustaba, pero nunca había viajado en barco. Los cruceros eran muy caros, pero podría ahorrar lo suficiente para hacer uno en el futuro. También se preguntó que si los naturales del país podrían hacerlos. Estrella le había dicho que sí podían ir al extranjero de viaje, en vacaciones, pero no le dijo cómo.

De pronto sonó el teléfono. Era su amiga, la directora.

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6 Algunas preguntas impertinentes. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Cuando llegó a la cafetería la camarera le estaba trayendo el asiático, en realidad un cóctel de café, leche condensada, Licor 43, coñac y varios granos de café con una pizca de canela.

Will notó que ella estaba un poco tensa, pero así y todo, siguió con las dos preguntas que se le habían formado en la cabeza, la que se le acababa de ocurrir, y la que tenía rondándole desde que había hablado de la abolición del dinero:

Aquella mujer sabía mucho más de lo que decía, o al menos así lo interpretó Will. Pero no le importaba contárselo, sin saber si él era un espía inglés o no. Pero por lo que ella decía, eso era de dominio público en aquel país. Cualquiera podría decírselo.

Volvía a sonreír, mientras se tomaba el café con leche y las galletas que formaban su merienda de las seis de la tarde. Curiosa gente, los sureños... Afables, cariñosos, pero por lo que veía, pobre del que les tocara las narices.

A ella se le escapó una risotada que hizo que la gente que estaba en la cafetería los mirase a los dos.

Luego, más tranquila, dado que él no se reía en absoluto, continuó:

Ella sonrió. Se terminó su café, y mirándole fijamente a los ojos, le preguntó:

Hizo una pequeña pausa, y de pronto miró el reloj y se levantó, diciendo:

Y lo dejó con un palmo de narices. Alexia, la camarera, vino a llevarse las tazas y los platos que habían usado, y él salió a darse un paseo por el puerto.

Necesitaba asumir toda la información que le acababa de dar aquella mujer. Sí, le había costado un quinquenio venir a conocer este país, y ahora le parecía que no lo conocía en absoluto. Estrella le había hablado de cosas imposibles, de una utopía. Un mundo sin dinero, ¿dónde se había visto eso? Y sin embargo, la moneda, el escudo, existía. Había sido la divisa de Portugal, pero ahora era de todo el País del Sur, y valía 25 dólares yanquis. Pero no había visto ninguno desde que había llegado.

Alguien tendría que explicárselo antes de irse de este extraño país. Tan extraño que a él empezaba a gustarle...

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7 La vuelta al País del Sur. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

El resto del día lo invirtió en pasear por el centro, luego fue al puerto, y se tomó un café viendo entrar y salir los barcos. Algún día, se dijo, tengo que ir en un crucero de esos.

Luego volvió dando un paseo. Estrella no estaba. Esa noche le tocaba el turno de noche a Yolanda, que le saludó con una sonrisa.

En cuanto llegó a su habitación buscó en el cajón de la mesita de noche, y allí estaba la tarjeta:

Elías Corbacho,
taxista colegiado nº 15348
Tlf. 45665487913

Le llamó, y tras una breve conversación, quedaron en que lo recogería al día siguiente a las diez de la mañana.

Como ya conocía Sevilla, esta vez el viaje fue por la costa, admirando la orilla del Mar Mediterráneo, con el que había soñado tantas veces en la lluviosa Albión. La conversación de Elías era interesante, y pronto cogieron confianza para contarse sus vidas.

Fueron con calma por la carretera que bordea la costa, atravesando Benalmádena, Fuengirola, Marbella, y pararon en Estepona para comer. Luego continuaron hasta Gibraltar, donde entraron a pie, y Will se encontró at home, o sea en su casa. Aquello ya no pertenecía a Gran Bretaña, pero el ayuntamiento de esa ciudad y el de la vecina La Línea de la Concepción se habían fundido en uno solo, y habían acordado mantener las tradiciones y raíces y peculiaridades de la Roca, y sus habitantes eran todos bilingües, siendo la mayoría de ellos de idioma inglés nativo, lo que había provocado la afluencia de gente de toda la Península Ibérica a la que había atraído la idea, y habían conformado una ciudad original y atípica, que era en realidad la segunda más poblada de la provincia, después de la capital, Cádiz.

Pasaron lo que quedaba del día en aquel recuerdo del Imperio Británico, y a la mañana siguiente siguieron ruta hacia Chiclana, donde se bañaron en la playa, y por la tarde visitaron San Fernando y pernoctaron en Cádiz, La tasita de plata, como la llaman los naturales de allí.

En cuanto llegaron, buscaron hotel y luego se fueron a la Plaza de Santo Cristo, donde había una freiduría, y se fue cada uno con su cucurucho de pescaíto frito a comérselo por los alrededores del puerto, admirando el centro de la ciudad.

A la mañana siguiente visitaron la catedral, el Barrio del Pópulo, el Teatro Romano y la Plaza de San Juan de Dios. Subieron a la Torre Tavira, desde donde se puede ver una buena panorámica de la ciudad, que en realidad es una península unida al continente por la carretera de San Fernando, que a su vez es una isla unida al continente por un brazo de arena. Por la tarde vieron el Castillo de Santa Catalina, y de vuelta al hotel, cenaron en el restaurante y se fueron a dormir, agotados por las emociones del día.

Al día siguiente fueron a ver la desembocadura del Río Guadalquivir, en Sanlúcar de Barrameda, y de allí, a través de una carretera comarcal por la que casi nunca hay tráfico, llegaron a Huelva. Antiguamente había que ir a Sevilla, y de allí a la capital colombina, pero desde hacía años se había decidido que el parque natural de Doñana era patrimonio de todos los sureños más que de la humanidad, y aunque seguía prohibido acampar allí, ya se podía cruzar en coche o en autobús para unir la capital más meridional de Europa con el antiguo Reino de Portugal, a través de Onuba, o sea Huelva. En esta ciudad pararon poco, apenas para comer, pues lo que vieron no les atrajo mucho, excepto las antiguas minas de Río Tinto, fundadas precisamente por los ingleses, que dotaron a la ciudad de un pequeño ferrocarril hasta el puerto. Lo que, sin embargo, fascinó a Will, es que está entre dos ríos, el Tinto y el Odiel. Y la inmensa estatua dedicada al Descubridor por antonomasia, Cristóbal Colón, que al igual que El Navegante —Fernando Magallanes—, era extranjero de origen, pero ambos se hicieron universales cuando fueron españoles.

Pasaron por varias playas, pero se detuvieron en la llamada de los Clérigos, que les gustó más que las otras que habían visto. Allí conocieron a Branca y Sada, dos muchachas locales muy simpáticas que tomaban el sol en bikini. Se tomaron unos refrescos con ellas, que casi enseguida se fueron a su casa.

Tras unas risas, se fueron a comer a un chiringuito que había en la playa, O Lisboeta, y luego prosiguieron el viaje hacia el norte, hacia Lisboa, a donde llegaron cuatro horas más tarde, tras atravesar la Reserva Natural de Los Lagos de San Andrés.

Cuando llegaron a Lisboa ya era de noche. Apenas tuvieron tiempo para encontrar un hotel y descansar.

A la mañana siguiente le esperaba una noticia inesperada a nuestro amigo inglés:

Aiñoa era una muchacha menuda, de piel tostada por el sol, pelo muy negro recogido en dos trenzas que llevaba arrolladas sobre la cabeza en varias vueltas, vivaracha, de charla fácil, y lo mejor era que dominaba perfectamente el inglés. Había vivido dos años en Londres, le dijo, porque su padre había sido cónsul en Birmingham.

Una vez hechas las presentaciones, Elías se despidió y se marchó en su berlina, no sin antes desearle a Will un viaje placentero y verle de nuevo en Málaga antes de marcharse.

Ella sonrió antes de contestar:

El coche estaba aparcado frente al hotel, así que se fueron caminando. Al final de la Vía Lusitana —durante décadas llamada Avenida de la Libertad—, torcieron hacia la izquierda, y pronto se vieron frente al largo obelisco sobre cuya punta se alzaba el Marqués de Pombal, héroe nacional de los portugueses, con la mano puesta sobre un león, símbolo del poder. La plaza en que se encuentra está dedicada al nombre del marqués, un importante estadista del siglo 18, embajador del rey Juan V, y acabó siendo primer ministro de su sucesor, José I, gobernando el Reino de Portugal durante 27 años en el siglo 18.

Así lo hicieron, y mientras se tomaban un café desde una terraza situada en dicho mirador pudieron ver una panorámica del casco antiguo de la ciudad, el río Tajo Así llamado, le explicó, porque parece que corta la Península Ibérica en dos a lo largo de su trazado, desde la Sierra de Albarracín, en la provincia de Teruel, y tras recorrer más de mil kilómetros desemboca en Lisboa.

Después del café se acercaron andando al mirador de Santa Lucía, que es un poco más bonito que el anterior, aunque sus vistas no son tan bonitas. Luego se acercaron al barrio de Alfama y subieron y bajaron las cuestas que le son características, mientras Aiñoa le iba contando curiosidades sobre la historia de Portugal y sus dos uniones con España, la primera en tiempos de Felipe II y la segunda hacía menos de un siglo, que se consideraba definitiva, pues no había sido consecuencia de un enlace matrimonial entre reyes, sino algo votado por el pueblo, cuando se constituyó, junto con Andorra y España, como El País del Sur, algo nuevo, exótico y apasionante debido a la revolución social que hizo de todos un solo pueblo sobre el suelo de la península.

Fueron interesantes las visitas a la Iglesia de San Miguel y a la Catedral, llamada La Sé, erecta desde el siglo 12. Tras pasar por debajo del Arco Triunfal, entraron en la Plaza del Comercio, a orillas del Río Tajo, donde se ve la estatua del rey José I. Allí cogieron el tranvía 15 para ir al barrio de Belén. Como se les había hecho la hora de comer, lo hicieron en la Taberna dos Fenicios, que en un par de décadas se había convertido en algo muy típico de la ciudad. Su especialidad era comida tradicional portuguesa y —según se decía— fenicia. Allí tomaron unos anillos de oreja de buey, que según la camarera eran algo típico de la antigua Fenicia.

Después de comer se dieron un paseo por el barrio, y vieron el Monasterio de los Jerónimos, que se había desacralizado con el tiempo y ahora era un estupendo museo gótico donde había desde esculturas romanas hasta cuadros renacentistas. Luego pasearon por la orilla del río, del que están muy orgullosos los naturales de la ciudad, y donde se yergue el Monumento a los descubrimientos, de 52 metros de altura y que se construyó con motivo de los 500 años de la muerte de Enrique el Navegante, un rey de Portugal que, curiosamente, nunca puso el pie en un barco. Subieron al monumento, y desde allí vieron la ciudad desde otra perspectiva. Luego vieron la Torre de Belén, que era una fortaleza en el siglo 16 que se hizo para proteger la entrada al puerto.

Tras tomar el tranvía, volvieron a la Plaza del Comercio, donde tomaron un barco para ver el atardecer desde el centro del Río Tajo. Luego tomaron un taxi para volver a donde habían dejado el de Aiñoa, que lo llevó de nuevo al hotel, y se despidieron hasta las 8 del día siguiente, para ir a Badajoz e ir subiendo zigzagueando entre las capitales de los antiguos reinos de Castilla y Portugal hasta llegar a Galicia.

A la mañana siguiente abrieron el comedor a las seis, y allí estaba Will, duchado y con el equipaje hecho para abandonar la capital lusa. Tras el desayuno, salió del hotel, y quince minutos más tarde apareció Aiñoa con su flamante Candelaria Candela, un coche pequeño, de cuatro plazas, pero con amplio maletero y muy cómodo por la suspensión hidrolástica de que estaba dotado. Al cabo de dos horas y media llegaron a Badajoz, tras haber parado en Évora, Estremoz y Elvas.

Visitaron Badajoz y Mérida, donde visitaron las ruinas romanas, con su famoso teatro, y luego fueron a Cáceres y Salamanca, para volver a Portugal para ver Coimbra, famosa por una canción ancestral que había oído Will en Inglaterra. Luego subieron a Oporto, Vigo, La Coruña —donde vieron la Torre de Hércules, supuesto fundador de la ciudad— y luego se detuvieron en uno de sus pueblecitos, Cariño, que Aiñoa le dijo que era el que era el más septentrional de toda la península.

Llevaban ya 15 días de vuelta al país, cuando Will se confesó que estaba saturado de ver tantas cosas, que no hemos reseñado por no saturar al lector tampoco.

En efecto, en el pasado llegó a haber una amplia red de autopistas que cruzaban la península en todas direcciones, pero el pueblo sureño perdió el gusto por los viajes por carretera, y a medida que se fueron estropeando, el Ministerio de Obras Públicas se dedicó a desmontarlas y utilizar el material para construir puertos y edificios allí donde hizo falta para restaurar pueblos, ya que al no necesitarse vivir en capitales de provincia porque se había adelgazado mucho la administración y gestión del estado, la gente podía trabajar desde su casa, o vivir cerca del trabajo, al relativizarse el concepto de propiedad, toda vez que se le daba a cada uno lo que necesitaba por el tiempo que le hiciese falta, para que desempeñase las labores de que fuese capaz. Y las mercancías se transportaban por tren, con lo cual las autopistas se volvieron redundantes.

Sí, era otro concepto de la vida y del trabajo que a Will ya le costaba menos esfuerzo asimilar. Se preguntaba, por tanto, si se iba a poder acostumbrar a su antigua vida en Inglaterra...

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8 De Madrid al cielo... English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

,... Y allí un agujerito para verlo, dice todavía el dicho popular.

Llegaron a Madrid por Carretera de La Coruña. Durante el viaje hablaron poco. Pararon en León, donde vieron La catedral gótica Pulchra Leonina (en realidad llamada de Santa María de Regla); en Valladolid, donde se tomaron un café en la magnífica Plaza Mayor; y en Ávila, donde Aiñoa le contó cosas de su ciudad amurallada, patria de la Santa, Teresa, la fundadora de las Carmelitas Descalzas y doctora de la Iglesia Católica y grande en letras españolas, como atestiguan sus dos libros punteros, Las moradas y El libro de la vida. Se regalaron un chuletón típico de aquella ciudad en un restaurante llamado Candela, y tras tomarse un par de cafés a la vera del Río Adaja, siguieron camino hacia Madrid.

Charlando animadamente el viaje se les hizo corto, y así, a media tarde llegaron por fin a la antigua capital de España y actual de El País del Sur.

Según le explicó Aiñoa, en tiempos remotos al contemplar Madrid en el horizonte se veía un hongo encima de ella, formado por los gases de los automóviles y resto de la polución producida por tanta gente como vivía allí. Pero eso ya se había resuelto hacía décadas, pues no había tantos coches, ni tanta gente viviendo allí, debido a que —al igual que desde las demás capitales de provincia— la gente había vuelto al campo, y además la natalidad había descendido hasta que la población volvió a llegar a los 30 millones de seres humanos, aunque ahora se había estabilizado en esa cantidad, con poca fluctuación.

En ese momento entraban en la plaza llamada La Puerta del Sol, el centro neurálgico de la ciudad, y de España, pues allí estaba una señal en el suelo en que se podían leer dos palabras: kilómetro 0.

Pero sí lo encontraron. No era un hotel propiamente dicho. Se llamaba Hostal América, y tenía doscientos años de antigüedad, aunque había sido reformado cada 50.

Salieron a pasear en cuanto llegaron. Su hostal estaba a un tiro de piedra de la mítica Puerta del Sol, donde aún se erigía la estatua de bronce del oso y el madroño, símbolos de Madrid desde hacía muchos años. La gente solía sacarse fotos junto a ella, y algunos atrevidos se subían y posaban junto al oso, aunque aquello estaba prohibido, y nunca faltaban quienes se lo afeaban.

Se acostaron temprano, pues estaba Will cansado del viaje. Aiñoa, en cambio, salió a darse una vuelta, se metió en una discoteca, y triunfó aquella noche. Se trataba de un estudiante de Arqueología llamado Manolo, que tenía mucha labia y le gustaban las mujeres mayores. A ella al principio no le hizo mucha gracia enrollarse con un chaval que podía ser su hermanito pequeño, el que nunca tuvo, porque ella era hija única. Pero él le supo entrar, y a ella y a Will les vino bien que al día siguiente —pues no tenía clase porque era sábado— que los acompañase para mostrarle parte de los monumentos y les hablase de la historia de la capital.

Manolo miró a Aiñoa, que sonrió ante el chauvinismo de su chorbo circunstancial.

Manolo sabía mucho de arte y de historia. Les fue comentando el origen de cada barrio de la capital, y les acompañó a ver el Museo del Prado —la mayor pinacoteca del mundo, les dijo, a pesar del expolio que hizo Napoleón, aunque poco a poco luego Francia devolvió casi todos los cuadros que había robado su generalísimo—, y también el Museo de la Ciencia, el Museo de Cera —donde estaban representados todos los reyes, desde Alarico hasta Alicia, de España y Portugal, así como todos los presidentes de las tres repúblicas (las dos de España y la de Portugal), así como los premios Nóbel y otros literatos y científicos importantes de la península—, el Museo de la Comunicación, y un curioso Museo del Alma, donde se ejemplificaban conceptos filosóficos y religiosos de todas las épocas, desde la prehistoria hasta el momento actual.

En la semana que pasaron en la capital del Sur —como se llamaba al País en breve—, Manolo los acompañó, aunque de noche solo acompañase a Aiñoa. Will les acompañaba a las discotecas, salas de baile, conciertos, obras de teatro o cine, pues la oferta cultural era amplia. Manolo les presentó a su círculo de amigos, y Will cayó muy bien, hasta tal punto que Luisa y Amelia se disputaban sus gracias, aunque finalmente fue la primera la que triunfó, y se inició una relación breve entre el inglés y la madrileña. Ella tenía una profesión curiosa que no existía en Inglaterra Despidiente: acompañaba a enfermos terminales para que tuvieran una muerte tranquila, cómoda si no feliz, pero digna, en cualquier caso. Esas cosas aún le daban yuyu a Will, así que no le preguntó mucho por su actividad, aunque intuía que quizá por eso ella era buena escuchadora, comprensiva, y nunca se posicionaba con vehemencia en ningún tema.

Will recapacitó antes de contestar.

Y dicho y hecho. Llamó Will por teléfono a Estrella, que le dijo que no habría ningún problema, pero que podrían hacerlo cuando volvieran, cuando estuviera seguro de ello.

A medio día salieron para el Sur, y pararon en Toledo, ciudad imperial, donde vieron la Catedral Primada, el Alcázar y la Sinagoga de Santa Maria la Blanca, sin olvidar pasar por la Calle del Hombre de Palo. Allí les contaron la historia de Juanelo Turriano, el ingeniero al que estafó el Emperador Carlos I, porque tras elevar el agua del Tajo hasta el Alcázar, no obtuvo pago alguno ni de la ciudad ni de la corte, siendo su única recompensa el cambio de nombre de la antigua calle de la Lonja, donde pasó sus últimos días pidiendo limosna a través de un curioso autómata de madera de su invención, que al recibir una moneda en su mano, hacía un saludo al generoso inclinándose hacia adelante.

Se tomaron un café en la Plaza de Zocodover, mientras Aiñoa le contaba a Will alguna de las leyendas que sobre la ciudad nos dejó el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, y después prosiguieron camino hacia Ciudad Real, donde vieron la Puerta de Toledo y el Museo de don Quijote. Dos horas más tarde llegaron a la perla del Al-Ándalus, Córdoba la Bella, como dicen sus habitantes, y a la que sin embargo el poeta Manuel Machado llamó Cordoba callada en un célebre poema.

Siguiendo indicaciones de Manolo, enseguida fueron a ver la célebre Mezquita, donde las artes cristiana y musulmana se dieron la mano, la Calleja del Pañuelo, y el Alcázar. Como habían llegado cerca de las ocho de la tarde, decidieron pernoctar en la capital del Califato, aunque también les apeteció disfrutar de la noche cordobesa. Asistieron a un tablao flamenco que se celebró en la Tasca del Tío Manolo, una especie de restaurante y sala de fiestas a la vez.

Al día siguiente se levantaron tarde, y tras un viaje de un par de horas estuvieron en Málaga.

El viaje de Will tocaba a su fin. En la puerta del Hotel Durán Aiñoa le estrechó la mano a su cliente, y se despidió.

Ella dudó un poco, pero accedió:

Tuvo suerte, y se quedó en la misma planta que Will. Tras asearse y dormir un poco, se encontraron en el vestíbulo del hotel. Fueron paseando hasta el restaurante El Rodaballo, en pleno puerto.

Luego, con una sonrisa maliciosa, añadió:

Aquello no tranquilizó mucho a Will. Se dijo que en este país la gente estaba loca, y cuanto antes se fuera, mejor.

Sin embargo, después procesó todo lo que la taxista le había dicho, y recordó que en Gran Bretaña el estado daba a ambos padres unos meses de permiso con sueldo, y si luego uno de los dos quería cuidar al niño, tenía que renunciar a su trabajo, y aunque recibieran 500 libras más al mes por cada hijo, eso era insuficiente. Le gustaba más lo que hacían en el país de los sin dinero…

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9 Extensión. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Después de cenar, Aiñoa le planteó algo que no esperaba.

Estuvieron bailando varias horas. Bebieron bastante, y al día siguiente comprobaron que había sido un desperdicio haber tomado una habitación para Aiñoa.

Cuando Will abrió los ojos, se encontró cruzado en la cama, desnudo —aunque nunca dormía sin su pijama—, y sobre su hombro estaba la cabeza de una mujer. Una mujer morena, menuda, de piel más obscura que la de él, y al levantar su brazo derecho vio que la había tenido asida contra sí. Así se habían quedado dormido los dos, quizá porque ella hubiera amagado con irse y él la había retenido. Ella también estaba desnuda, cálida, y dura, pero a la vez suave. Aprovechando que ella aún dormía, él descubrió las sábanas y admiró el cuerpo que le había acompañado la mayor parte de las vacaciones.

¿Qué había ocurrido? No recordaba nada. Por ver si lo lograba, acercó su boca a la de ella, y la besó con suavidad.

Ella gimió entre sueños, y puso una pierna sobre las de él, y un brazo alrededor de su pecho, mientras abría la boca y le acariciaba con la lengua.

Se acariciaron mutuamente, y de pronto ella se sentó a horcajadas sobre él, totalmente despierta, y volvieron a hacer el amor. Ella le sonreía desde lo alto, y él le acariciaba el pecho.

Durante varios minutos ninguno de los dos dijo nada, atentos solo a su placer.

Después ella se tumbó a su lado, sin soltarle la mano.

Ella abrió los ojos.

Él sonrió, con picardía.

Pero él no se quedó dos días, sino dos semanas más. Como Aiñoa le había dicho, la directora del hotel le arregló el cambio de vuelo para el mes siguiente.

Durante aquel tiempo, Will aprendió muchas cosas del País del Sur.

Al día siguiente se trasladaron a un apartamento bastante coqueto a dos calles del hotel. Invirtieron varios días en comprar detalles para decorarlo a su gusto: cuadros, fotos de ellos dos y de los lugares que habían visitado y fotografiado, y algún que otro mueble que echaron en falta. Y un ordenador portátil para que Will siguiera en contacto con su empresa y amigos. De lo que dejaron los inquilinos anteriores solo conservaron un cuadro en que se mostraba, a tamaño natural, a una mujer desnuda. Según les dijo el inmobiliario, se trataba de la inquilina anterior, que se fue a trabajar al norte cuando dejó el apartamento. Era una foto inocente, a pesar de la desnudez.

Will, más vergonzoso, dejó el tema con una sonrisa.

Una vez que ya habían recorrido medio País del Sur, se quedaron en aquel apartamento, expresándose su afecto mutuo varias veces al día, hasta que veinte después ella le dijo muy seria:

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10 En casa de la taxista. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Al día siguiente desayunaron juntos. Luego él la acompañó a las oficinas de su trabajo, y la esperó sentado en el asiento de la parada del autobús que había enfrente, leyendo un libro de bolsillo..

Así lo hicieron el primer día. Will la llamó a las 8 en punto, y dos minutos más tarde estaba ella a la puerta con su flamante Toyota Suspiro.

Lo llevó a la Biblioteca Provincial de Málaga. Allí estuvo toda la mañana, leyendo algunos libros que siempre había querido leer, pues para su asombro allí había una buena selección de literatura inglesa en versión original, tanto clásica como moderna. Estuvo hojeando alguna de las tragedias de Shakespeare que había leído en el colegio, cuando dejaba de ser niño, y luego había echado un vistazo a algunos de los libros de Rowling y Anders, sus preferidos. Pero había muchos más libros en español y portugués, y por primera vez se sintió inferior por no poder comprender lo que aquellas letras le decían. Se prometió aprender ambos idiomas, ahora que tenía una sureña en casa, lo que se llamaba en su país, un diccionario durmiente.

Y se preguntó qué estaría haciendo en ese momento su sureña, con quién estaría hablando, a dónde le estaría llevando.

A la hora convenida, a mediodía, ella paraba para comer, y por lo tanto le dio un toque por teléfono, y él la llamó inmediatamente. Cinco minutos después ella estaba recogiéndolo a la entrada de la biblioteca, y seis minutos después se encontraban al otro extremo de la Málaga, comiendo en el Rincón de Juanete, uno de los restaurantes más famosos de la ciudad por su buen hacer.

Ella lo miró con cara de guasa.

Después de comer tomaron café en una terraza cercana, y luego ella lo acercó al puerto, su lugar preferido, y ella acudió a hacer otro servicio. Tardó bastante más de lo que le correspondía, pues hasta las diez de la noche no volvió a casa.

Ella le sonrió, cansada, y fue a la ducha, mientras él recalentaba la merluza que había preparado.

Ella sonrió al oír ... y me gustas tú. Ya lo sabía, pero esas cosas da gusto oírlas de vez en cuando.

Ella asintió mientras tomaba un trozo de merluza. Sí, tendría que arreglar papeles para hacer eso...

Él se la quedó mirando, hasta que comprendió que eso sería porque tampoco había sueldo.

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11 La llamada del deber. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Se matriculó, mas el curso era intensivo, y por eso no se enteraba de mucho y lo dejó porque le daba vergüenza estar interrumpiendo todo el rato. Además, la profesora no sabía inglés. Había otro curso, elemental, pero no empezaría hasta unos meses más tarde. Además, le escribió su jefe, preguntándole que si le había ocurrido algo, y cuándo iba a poder volver, porque lo necesitaba.

Estuvo pensándolo varios días, sin decirle nada a Aiñoa. Siguieron haciendo el amor, como de costumbre, pues aunque ella llegaba derrotada muchos días del trabajo, tras una ducha parecía que estaba totalmente repuesta. Pero él se daba muchos paseos por Málaga, y le estaba pasando lo que le había adelantado Estrella, la directora del Hotel Durán: ver a todos trabajando y tú no te crea complejo de culpabilidad, y acabas trabajando en lo que sea. Se planteó dar clases de inglés, pero el problema sería doble: por un lado no sabía español para explicarle cosas a los alumnos, y por el otro lado nunca había dado clases, excepto como alumno, y no sabría ni por dónde empezar.

Por todo ello, tomó la decisión que menos le apetecía, pero que entendía que era la mejor, dadas sus circunstancias: volver a Inglaterra. Aquella noche se lo dijo a su chica.

Ella comprendía sus razones, pero no le sentó nada bien. Le ofreció enseñarle el idioma ella, pero tampoco era especialista en la enseñanza de idiomas, y sería un fracaso. Así que al día siguiente se fue al aeropuerto, cambió la fecha de su vuelo para el día siguiente, y por la mañana temprano ella lo llevó al aeropuerto y se despidieron como dos buenos amigos.

Ella sonrió, y aunque no le dijo nada, él comprendió por la expresión de ella que sí que lo haría.

Tres horas más tarde llegaba él al aeropuerto de Gatwick. Tomó un taxi, y recordó a tiempo que allí sí que tenía que pagarlo. Por suerte tenía todo el dinero que se había llevado para sus vacaciones. Dios, acababa de llegar a su país, ¡y ya echaba de menos el del Sur!

Largas vacaciones, se dijo. No está mal: doce semanas de vacaciones, y ahora otra vez al duro trabajo de todos los días, hasta que al año siguiente el jefe le quisiera dar otros días, aunque le había dicho que lo tomaba en la plantilla con la condición de recuperar las vacaciones que le debía, o sea, tres años trabajando sin parar. Porque si se iba antes, ya no lo tomaría de nuevo.

Pero algo había cambiado en su alma. Ya no vivía por inercia, con días iguales y noches eternas. Ahora sabía que había al menos una mujer que le esperaba, aunque no sabía por cuánto tiempo.

Se apuntó a clases de español por la noche, con apenas tiempo para ir a casa, ducharse y plantarse en la Escuela de Idiomas. Invirtió los dos años siguientes en estudiar con mucha aplicación, y se sacó el título equivalente al C1 en español y el B2 en portugués. Aún siguió otro año más, y consiguió el C2 y el C1 respectivos. Y entonces ya se sintió preparado para volver al País del Sur.

A lo largo de varios meses ella le había estado escribiendo, apremiándolo a que volviera, pero le era imposible porque no le daban vacaciones. Hasta que dejó de hacerlo. La intentó llamar por teléfono, pero el que le había dado ya no funcionaba. Parecía que ella le había olvidado, o le había pasado algo. Con semejante profesión era posible que hubiera tenido un accidente.

Varios años después, Will fue a la Embajada del País del Sur, y consiguió información. Sí le podían hacer las pruebas de albañilería en Inglaterra, con vistas a irse a vivir al País del Sur. Todos los años había una cuota de inmigrantes cualificados que se aceptaban en el país, y él se apuntó en la lista. Y un año después, siete desde que había vuelto a Inglaterra, pudo volver a Málaga.

En el Centro del Taxi le dijeron que hacía dos años que se había vuelto a Oporto, y que no sabían nada de ella. Tomó el tren y fue a buscarla, pero allí le dijeron que ya no era taxista, y no sabían nada de ella. Fue a preguntar en la comisaría central de Oporto, y allí le dijeron que ahora vivía en Ávila, con su marido y sus dos hijos.

Aquello le supuso un golpe muy serio. Fue como si le hubieran dejado caer un cubo de agua fría sobre la cabeza. Él la había tenido presente siempre en su pensamiento, pero se ve que ella se había cansado de esperar al Ausente, que quizá nunca volvería. Claro: por eso había dejado de escribirle. Los policías le dieron la dirección, y él de modo automático se había subido a un autobús, y varias horas más tarde se vio en la terminal de autobuses de aquella antigua ciudad. Sin tener una idea muy clara, tomó una habitación en un hotel de las afueras, El Caminante, y tras cenar, se subió a su habitación y se tumbó en la cama. En la televisión estaban poniendo una película antigua, que siguió con interés, constatando con satisfacción que entendía casi todo lo que decían.

Tres días más tarde tomó otra decisión: se iría de allí. Volvería a Málaga la Bella, pero antes tenía que ver a Aiñoa. Llamó a un taxi, y se plantó en su casa.

Una vecina le dijo que no estaba. Que seguramente habría ido a buscar a sus hijos al colegio. El mayor tenía seis años, le dijo, y el menor tres.

Fantaseó con la idea de que el mayor fuera suyo. ¡Un hijo! Nunca se había planteado tener un hijo, pero ahora, si ya lo había tenido y estaba casi criado, la idea le atraía. Pero..., ¿por qué ella no se lo había dicho? Todo habría cambiado si hubiera sabido que tenía un hijo...

Mientras esperaba a que llegase del colegio con los dos niños, se preguntaba que con quién se habría casado. Si se lo hubiera dicho a él, quizá habría podido volver para casarse él con ella, y criar entre los dos a su hijo. ¿Por qué las sureñas no podían ser como todo el mundo?

Y entonces la vio llegar. Venía con uno en cada mano, andando los tres, y hablando ella con uno y con otro. Los veía felices. Se vio a sí mismo allí, teniendo de la mano al mayor, y enlazando la cintura de ella... En fin, soñar es gratis, se dijo.

Ella no se lo esperaba, y al principio no lo reconoció.

Ella se le quedó mirando, muy seria, hasta que uno de los niños le dijo:

Ella pareció despertar de pronto, y mirándolo le dijo:

Ellos entraron en el edificio, pero Will los siguió.

Ella no dijo nada, a pesar de que sabía que los seguía. Entraron los tres en su apartamento, y Will se coló detrás de ellos.

De la estantería seleccionó un ejemplar de las Novelas ejemplares, de Miguel de Cervantes, y se entretuvo en ojear una que le llamó la atención, La española inglesa. Je, él había querido ser el español inglés en la vida de Aiñoa, pero parecía que llegaba tarde. Siete años tarde. O más. Una lágrima cayó en una página, que se apresuró a secar con su pañuelo, y parpadeó vivamente para que no se le escapara otra.

Diez minutos después apareció ella, y se sentó en un sillón, frente a él.

Ella sonrió, con tristeza. Quizá ella también había pensado en un sueño imposible.

Ella sonrió, divertida.

Ella lo miró con una sonrisa triste. Sí, habían coincidido en un momento importante de sus vidas, y luego se habían separado. Ella había dejado de escribirle cuando conoció a Inocencio, pero su fallo había sido no contárselo. Al principio porque pensaba que con Inocencio no iba a pasar nada, y luego las cosas se complicaron y sintió que era muy violento decirle a aquel hombre tan bueno que lo había dejado por otro..., si es que él la quería para algo, cosa que tampoco le dijo cuando tuvo la oportunidad, pero que ahora le era evidente que era obvio. Quizá demasiado obvio, tanto que él pensó que no había ni que decirlo. Y sin embargo ahora ella ya le había dicho demasiado.

De pronto ella fue consciente de que había perdido la oportunidad de contárselo todo a tiempo. Se arrepentía de no haber ido a verlo a Inglaterra para explicárselo todo.

Tras un silencio difícil, acertó a decir:

Pero no se fue. Se contaron su vida, cosas sobre la gente que conocieron los dos. Él había tonteado también con otras chicas, pero no llegaba nunca a nada serio con ellas porque de pronto el recuerdo de su sureña se interponía, y dejaba de verlas. Sospechaba que eso iba a cambiar, aunque sí, sospechaba que su decepción le había devuelto la misoginia que había tenido antes de conocerla.

Ella también había conocido a otros chicos. Pero a los pocos meses se le notaba el vientre abultado, y perdió las ganas de alternar. Trabajó de taxista hasta el sexto mes de embarazo, en que tuvo que dejarlo por imposibilidad física. Luego se fue a un centro de preparación al parto de madres solteras. Le contó a Manolo lo que había ocurrido, y él vino para el nacimiento. Pero él vivía con otra mujer, así que su ayuda fue más bien testimonial. Cuando cortó con su novia volvió a Málaga a verla, pero ella ya estaba con Inocencio, al cual no le importaba que su esposa tuviera un hijo de otro hombre, lo que era bastante normal en esa sociedad. Manolo lo comprendió, claro, pero no está claro por qué desapareció de su vida y de la de su hijo. Podía haberlo buscado y exigido que cumpliera con sus obligaciones, pero decidió dejarlo estar, y contarle a su hijo que su padre era Inocencio.

Ella sonrió.

Después de la cena, fregaron los platos entre los dos, y se tomaron una copa de licor sentados en el sofá. En un momento determinado ella le tomó una mano, y él la atrajo hacia sí, y pasó lo que ambos querían que pasara desde hacía horas.

A la mañana siguiente amanecieron otra vez igual que en su primera: él cruzado en diagonal en la cama, y ella con la cabeza sobre el pecho de él, ambos desnudos y enlazados.

Recordándolo, él acercó su boca a la de ella, que se despertó con el beso de amor de él. Como entonces, abrió la boca y le acarició la lengua con la suya, y volvieron a hacer el amor. Pero había un cambio importante: ahora era él quien llevaba la voz cantante. Fue él quien se subió encima de ella, y la invadió con la regularidad de un pistón, o casi, arrancándole un ¡ay! en cada embate, hasta que el ay se convirtió en un alarido, que él ensordinó con un beso, para que los niños no se despertaran.

Rápidamente se levantaron, se vistieron, y los levantó ella mientras él les preparaba el desayuno. Luego los llevaron al colegio, y después volvieron caminando. Se sentaron en un banco de un parque, y él dijo con una sonrisa bastante cínica:

Él bajó la cabeza, asintiendo.

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12 Malagueño saleroso. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Will tomó el tren a Madrid, y decidió pasar allí unos días. Mientras iba viendo a través de la ventana cómo el paisaje se iba deslizando hacia atrás, notó lo diferente que era del paisaje inglés. Allí todo era más verde, aquí era de mayor tamaño. Verde también, pero la menor cantidad de lluvia se compensaba con creces por los canales de riego que aparecían aquí y allá. La agricultura era mucho más rica, y observaba hombres y máquinas laborando todavía, suponía que hasta el caer de la noche.

También vio una finca muy curiosa: entre cercados había varios ejemplares de toros bravos. No había visitado la Plaza de Toros de Málaga, porque le parecía un espectáculo cruel. Pero al ver a aquellos animales allí, sueltos, pastando a placer, que alzaban la cabeza y miraban al tren a su paso, recordó las granjas de vacas que había visto en su país de origen: todas encerradas en pocos metros, con una cinta que les traía comida por delante y otra por detrás se llevaba sus desechos. Aquella vida para ellas era miserable, condenadas al presidio por haber nacido. Además, se sacrificaban casi todos los machos, y se engordaba a las hembras, mientras que allí veía solo machos, aunque suponía que entre ellos había hembras. Sí, los sureños eran un pueblo peculiar. Otras costumbres, otros valores, otras tradiciones. Y ahora, otra forma de vida, única en el mundo.

Desde que había vuelto al País del Sur se había decantado por el transporte público. Le parecía una experiencia mucho más enriquecedora. Ahora no sólo podía hablar con el taxista, sino con las personas que compartían viaje con él. A su lado se había sentado un joven que aún estudiaba en la universidad, en Madrid. Era de su ramo: el muchacho aspiraba a ser arquitecto, cosa que conseguiría cuatro años después, le dijo. Delante de su asiento iban una madre y su hija adolescente, y en el de su derecha iban dos ancianos que dormitaban. En el resto del vagón iban personas dispersas, cada una sumida en sus propios pensamientos.

El muchacho no tenía mucha conversación, y se excusó al poco rato para seguir con su lectura. Una novela en que se hablaba de épocas pasadas. Se llamaba Crimen y castigo, del ruso Fédor Dostoievsky. Le podría haber dicho su visión del libro y del autor, pero no quiso distraerle de la lectura.

Él mismo era un gran lector. Pero sus lecturas habían sido en inglés. Ahora, si se quedaba en este país, suponía que sus lecturas serían en español y en portugués, idiomas que le iban gustando cada vez más. Recordó su historia con Aiñoa, la mujer que le había atraído aquí, pero de la cual —se asombró— podía prescindir totalmente. ¿Cómo se explicaría eso? Ya no era ella la muchacha despierta y ocurrente que le había llevado por la mitad de la Península Ibérica. La mujer real había expulsado de su mente a la Aiñoa ideal que se había construido y a la que había aiñoado durante siete años. Ahora comprendía por fin lo que significaba lo que ella le había explicado en una ocasión, el concepto de saudade: añorar lo que se fue y no volverá, pero hacerlo con agrado, sintiéndose agradecido porque ocurrió. Más vale, se dijo, vivirlo y perderlo que no haberlo vivido jamás.

Ahora decidió continuar su viaje alrededor de la mitad de el País que le faltaba, sí, pero no sería con ella. Quizá lo haría en el transporte público, ¿por qué no? Lo encontraba más divertido. Y gracias a los almacenes del estado, ya no tendría que llevar un gran equipaje, como el que trajo la primera vez. De hecho en este viaje había venido casi con lo puesto. Su pensamiento volvió a Aiñoa. No: ahora ella era un ama de casa trabajadora, con dos niños a su cargo, ninguno hijo de él, sino de dos hombres diferentes. La verdad es que seguía sin entender a las mujeres, pero ahora iba entendiendo mejor a los naturales de este país. Habían realizado la revolución que pretendieron los bolcheviques y los anarquistas en su día, pero sin disparar ni un solo tiro, sin matar a nadie, sin enemistarse los miembros de la misma familia. Y eso lo había proporcionado la visión de un hombre inolvidable: Jaime Templado de las Horas. Tiempo tendría de informarse mejor sobre el particular, pues hasta ahora solo se le habían dado informes sesgados e inconexos sobre este hombre y este País.

Cuando se cansó de mirar el paisaje, sacó su propia novela del bolsillo trasero de su pantalón. La había visto en un kiosko de la estación cuando se dirigía a su tren. Le hizo gracia que estuviera en portugués. ¡Qué bien!, se dijo, así podré practicar el idioma de Aiñoa. Se titulaba A jangada de pedra. La abrió e inició su lectura, que iniciaba con una frase de Alejo Carpentier: Todo futuro es fabuloso. Recordó que en español el título era La balsa de piedra, y pronto se sumió en la lectura, pues a cada frase se le hacía más interesante. Vio con agrado que su C1 en portugués le daba para comprender perfectamente lo que le contaba el Premio Nóbel, José Saramago, más de un siglo después de haberse muerto.

Una hora después llegaron a la Estación de Atocha, de Madrid, y abandonó la lectura con pena. Se despidió del muchacho, y le deseó mucha suerte en su futuro profesional, en el que podrían encontrarse, ya que él era albañil.

Cuando abandonaba el tren se percató de que entre aquel joven y él habían convertido aquel vagón en una improvisada sala de biblioteca, en que el rumor de las ruedas contra las vías y otros ruidos habían dejado de existir para ellos dos, el uno con las miserias de Roskolnikov, y el otro con las de Joana Carda, Pedro Orce, Joaquim Sassa, José Anaiço, María Guavaira, y las sociedades portuguesa, española, europea y yanqui de la época. En fin, seguía intrigado por dónde fluiría el genio del portugués a lo largo de aquella novela de más de trescientas páginas, y estaba ansioso por descubrirlo.

Antes de iniciar la lectura, pensaba pasar la velada en las tascas de Madrid, para conocer gente, charlar con los naturales, y ver algunos monumentos por la noche, pero en lugar de ello buscó una pensión cercana a la estación, y una vez instalado en su habitación, se tumbó en su cama y siguió con la lectura, que no terminó hasta haber acabado el libro, a las seis de la mañana. Miró el reloj, se encogió de hombros, y consciente de no haber cenado y de que quizá tampoco iba a desayunar, se desnudó y se metió entre las sábanas, y descansó hasta las dos de la tarde.

Cuando se despertó, se duchó, se vistió, y echó otro vistazo a su libro. Un gran hombre el tal Saramago, se dijo haciendo oscilar el volumen en su mano hacia arriba y hacia abajo. Leeré toda tu obra, amigo, se dijo, en versión original.

Salió de la pensión y se sentó en una mesa al aire libre de un restaurante, El Rescoldo, que había abierto hacía poco, suponía, porque cuando había visitado la capital, siete años atrás, no estaba. En su lugar, creía recordar, había una librería. Comió dos platos y postre, despacio, sin más compañía que sus propios pensamientos.

Entre ellos estuvo el de que no necesitaba a nadie para ser feliz. Bueno, quizá sí, quizá necesitaba amigos como José Saramago y muchos otros colegas de ese genio; pero no necesitaba a ninguna persona viviente. Lo de Aiñoa había estado bien, pero tras haber hecho el amor con ella había llegado a la conclusión de que se trataba de otra persona, de tantas otras —muchas— como había en su país y este otro que se proponía investigar, y quizá adoptar como suyo propio, pues intuía que hacían falta grandes dosis de generosidad, empatía y solidaridad, en una palabra, de ciudadanía, para vivir sin dinero. Su pueblo, el inglés, desde luego que no las tenía. Y no imaginaba que en ninguna otra nación del planeta semejante experimento podría tener éxito. No, hacía falta una idiosincrasia única para poder lograrlo. Y eso solo se podía encontrar en los pueblos del solar ibérico. Eran Europa, sí, pero de lejos. Muy de lejos. Eran el Norte y el Sur al mismo tiempo.

Al final de la comida decidió quedarse en Madrid un tiempo. Tras salir del restaurante se encaminó a la Biblioteca Nacional, y allí pidió un ejemplar de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Durante los cuatro días siguientes se dedicó a su lectura, parando solo para cenar e irse a la cama en su pensión. Sí, entre Saramago y Cervantes le convencieron de que aquel era un pueblo peculiar, que al unirse habían podido cuadrar el círculo.

Cuando terminó la lectura se planteó quedarse a vivir en Madrid, pero allí faltaba algo esencial para él: el mar. Y la proximidad y la alegría del sur del Sur. Y, puesto que lo que más conocía era Málaga, tomó el tren por la mañana y en algo menos de 3 horas estaba en su ciudad favorita. Atrás quedaban Londres, Lisboa, Ávila y Madrid. Ante él aparecía Málaga la bella, como decía la canción..., ah, no, era Malagueña salerosa. ¿Encontraría él allí a su malagueña salerosa? Pero..., ¿qué falta le hacía? Ahora él se hallaba en su búsqueda personal, la del santo grial de la esencia del País del Sur, y pensaba encontrarlo en aquella ciudad a la vera del mar, el azul profundo que siempre le había fascinado y del que había carecido toda su vida en Inglaterra y lo que conocía de España y Portugal.

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13 Albañil de nuevo. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Recordó que en Málaga solo conocía a Elías, el taxista, y a Estrella y Yolanda, las chicas del hotel Durán. Se alojó de nuevo allí, pero el recepcionista era Julián, un hombre algo mayor que acababa de iniciar su empleo en el hotel. Le informó de que la directora no volvería hasta el día siguiente, pero no era Estrella, sino Yolanda. Aquella hacía dos años que se había ido a trabajar al Norte.

Después de comer salió a buscar empleo. Se dijo que ya estaba bien de vacaciones, y que en un país en el que todos trabajaban era indecente que él se dedicara a la dolce vita.

Visitó varias obras, pero en ninguna faltaba ningún albañil. En una de ellas le dijeron que debería ir a la oficina de la Dirección de Obras Públicas, sita en la calle Sito Álvarez de Toledo, donde le informarían de posibles vacantes.

En efecto, allí le indicaron que en unos días, quizá una semana, se iniciaría la construcción de un bloque de viviendas de uno, dos y tres dormitorios, y dos manos más de experto albañil serían bien recibidas.

Dio un largo paseo por el puerto, su lugar preferido, y en un barco de pesca que iba a hacerse a la mar preguntó al patrón que si le permitía acompañarles para observar lo que hacían, y este le invitó cortésmente a subir a bordo. Cuando volvieron, 4 horas más tarde, vio que el mar era maravilloso, pero también exigente, pues aquellos cuatro hombres no habían dejado de trabajar con dureza, excepto cuando el pequeño barco había salido hacia alta mar, y cuando habían echado ya las redes, si bien habían estado observando con fijeza los movimientos de las mismas, para saber cuándo tenían que izarlas a bordo de nuevo, y aquello a él mismo sí le había estresado, aunque aquellos hombres acostumbrados a su labor sonreían con la paz dibujada en el rostro, y bromeaban entre ellos, pero siempre atentos a las redes.

Cuando tocaron tierra de nuevo, les dio las gracias a aquellos hombres tan duros, y volvió a su hotel dando un paseo. Allí se encontró con Estrella, que estaba cenando en el restaurante del hotel cuando él llegó. A su invitación se sentó a su mesa.

Ella se quedó tomándose un café mientras él cenaba. Hablaron de lo que había hecho cada uno, en un tono muy en general, en los siete años que hacía que no se veían. Ella tenía ya alguna cana, y él tenía un poco menos de pelo, y eso añadía algo más de misterio a su encuentro. Ni entonces ni ahora significaban nada el uno para el otro, excepto un poco de amistad y complicidad.

Aquello le arrancó una carcajada a la mujer.

Y le explicó su búsqueda y la promesa de que pronto estaría trabajando en una obra a las afueras de Málaga.

Tras cenar, se fueron al hotel, no sin antes prometer ella que le ayudaría a encontrar apartamento allí cerca del puerto, para poder ver el mar cuando se levantara por la mañana.

Lo que consiguió al día siguiente con una llamada telefónica. Eso le confirmó lo que le dijeron en Inglaterra, que En España más vale tener amigos. Bueno, aquello no era exactamente España, sino el País del Sur. Pero quizá España había sido siempre el País del Sur, solo que nadie se había dado cuenta hasta que aquel genio de la política y de lo social, Jaime Templado de las Horas, diseñó el nuevo sistema y consiguió los pactos de adhesión con Portugal y Andorra, callando a los independentistas del Norte y del Este de una vez por todas.

Su apartamento era muy bonito, luminoso, pero parco en mobiliario. Tenía solo un dormitorio, pero estaba dotado de un gran ventanal que daba a un balcón donde cabía una pequeña mesa y un par de sillas, y desde allí podría desayunar viendo el puerto y a los pescadores que se afanasen en sus labores previas a hacerse a la mar.

¡La mar!, se dijo, ¡Cruel amante, la mar! A pesar de que le gustaba contemplarla, supo, cuando fue con los pescadores, que la mar no era para él. Era como esas hermosas mujeres que ves por la calle, y sin embargo eres consciente del trabajo que te daría vivir con ellas, y por eso mejor las dejas pasar.

Comió fuera, pero luego pasó por uno de los almacenes de comida y llenó un carrito y llenó la nevera de su apartamento.

Al día siguiente fue por la obra donde le habían dado trabajo, y el capataz le dijo que le habían intentado localizar, que la obra había comenzado antes de lo previsto.

Le dejó su nueva dirección. Sí, fue un fallo no haberle dejado la del hotel cuando fue a pedir trabajo, porque —mintió— todavía no había tomado habitación.

En los días que siguieron él se acostumbró a la forma de trabajar en el País, aunque ya le habían dado nociones en Inglaterra. Conoció a muchos compañeros, de ambos sexos, que trabajaban en aquella construcción, y pronto entabló amistad con una de las administrativas que había en la oficina. Se llamaba Raquel, y era muy graciosa. Algo más alta que él, le recordaba a Marisa, la madrileña, pero por la forma de ser se parecía más a Estrella.

Estrella..., había algo en la ex-directora del hotel que le atraía; quizá fuera su forma desenfadada de hablar, o en la forma en que se había acercado a él cuando la conoció. Sí, tendría que frecuentarla más.

Raquel era más joven, pero también más inexperta. Le gustaba hablar con ella, pero carecía de la profundidad de la ex-hotelera.

Así lo hizo camino de casa. No le gustaba tener teléfono móvil, y puesto que no lo necesitaba, nadie se lo proporcionó. Reflexionó que en Inglaterra todo el mundo tenía uno o dos, y así el gobierno —quizá el supragobierno, o el gobierno mundial en la sombra— podía saber en todo momento qué hacía, con quién estaba, y cómo neutralizarlo, si quería. Eso no pasaba en el País del Sur: allí cada cual hacía lo que quería, y trabajaba en paz en el trabajo que deseaba. Ni siquiera tenía teléfono fijo en casa. Cerca de su portal había un teléfono público, desde el que llamaba o le llamaban, si había quedado previamente con alguien. Aiñoa sí que tenía móvil, recuerdo de su trabajo de taxista, en que le era necesario.

Al salir del trabajo, antes de subir a casa, la llamó.

¡Cielos! Empezó a contar los meses..., ¿era posible que fuera suyo?

Tras charlar de algunas cosas baladíes, se despidieron, y él subió a casa a ducharse, a cenar y luego al cine, pues había quedado con Raquel.

Al final de la noche ella lo invitó a su casa, a tomar una copa, pero no hubo nada, porque él estimó que no le convenía enrollarse con alguien del trabajo. Al día siguiente quedó con Estrella, fueron a ver otra película, y esta vez sí que fueron al hotel, a la habitación de ella, que tenía una cama de matrimonio, y ejecutaron lo que tenía que pasar.

Cuando se despertó, se duchó y luego bajó al comedor para desayunar. De Estrella no había ni rastro. Luego tuvo que correr, pues empezaba su trabajo en la obra.

Estaba en un equipo de diez albañiles, que se ocupaban de revestir la estructura que ya se había levantado con paredes y tabiques interiores. Los apartamentos de que iba a constar el edificio eran de una, dos y tres habitaciones. Era un edificio de diez pisos, y pensó que a él le gustaría vivir en uno de ellos, aunque estuviera algo alejado del mar. Pero desde allí se vería. Siempre había pensado que le gustaría vivir en un piso alto, pues allí el aire era más puro, o debería serlo.

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14 El discípulo. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

A poco de comenzar a trabajar allí apareció Esteban, un muchacho de 20 años natural de Andorra, que había decidido dejar el antiguo territorio independiente por las tierras más cálidas del sur.

Buscando a la malagueña salerosa que dice la canción, se dijo Will. No, la verdad es que él no la buscaba. ¿Debería hacerlo? ¿Y qué iba a hacer él con ella, con lo bien que se estaba solo? Además, después de la hispano-portuguesa…, la verdad es que no sabía si volver con Aiñoa —y sus tres niños, ninguno de los cuales era de él— buscarse a otra, o quedarse por allí, al pairo, a ver qué vientos corrían. Lo que tenía muy claro era que no volvería a Inglaterra. Esta tierra le había atrapado, y se quedaría aquí para siempre.

Y no solo por el clima y por la calidez de la gente, que también era por eso, claro, todo ayudaba; mas este sistema político que se habían dado los una vez andorranos, portugueses y españoles, era inusitado. Y lo mejor es que funcionaba. Allí se demostraba el error tan grande de Carlos Marx: no bastaba con que los trabajadores fueran dueños de los medios de producción, sino que había que ir más allá: si el capital era el mal, había que acabar con el mal, erradicar el capital de la faz de la Tierra, o al menos del solar que uno pisaba. Todo es de todos, y todos cuidan todo. Por eso aquella piel de toro era ahora el país más puntero del mundo, trabajando todos a una en pos de un bien común, acogiendo las ideas de los más capaces y llevándolas a sus últimas consecuencias. Por eso habían vencido en lo que llamaban La Guerra de las Galaxias en tono zumbón, y que era desconocida en el resto del mundo. Y sin embargo en El País del Sur todos estaban al tanto. Y, suponía, todos los que lo habían visitado en alguna ocasión, si se habían molestado en preguntar.

Cuando sonó la sirena, a las seis de la tarde, los obreros terminaron el trabajo y se dirigieron a la salida. Al pasar por la administración les saludó Raquel, que sonrió de modo especial a Esteban, que no se dio por aludido porque iba mirando al suelo.

Mejor trajeados y sin el sudor y el polvo del trabajo parecían otras personas. Se fueron a un bar de copas y se tomaron un par de vermuts. Había gente de ambos sexos en pareja y desparejados, y Will se metió un poco con un par de ellas, que debían ser amigas. Entabló conversación con las chicas, que encontraron curioso su acento inglés.

Al dárselos les dio un breve abrazo, casi de cumplido. Después les presentó a su amigo.

El pobre Esteban se puso muy colorado.

Y ya no dijo más. En cambio Will estuvo bromeando con las dos hasta que Sara dijo que se tenían que ir.

Se metieron en un restaurante, El Algarrobo, para cenar. Allí vieron a Florinda y a Sara, pero no les dijeron nada, porque estaban con dos chicos, y por lo visto se lo estaban pasando muy bien. Los cuatro se reían de vez en cuando.

Will se acercó a la mesa, y Esteban vio cómo hablaba con Sara. Ella asintió con la cabeza y miró de nuevo a Esteban, que esta vez no pudo dejar de contestar a su saludo. Will le indicó con un gesto que se acercara.

Aquello parecía preparado, aunque era obvio que no. Esteban se sentó en el primer sitio que encontró, casualmente al lado de Sara. Will se sentó enfrente, junto a Florinda.

Will estaba contando alguna anécdota graciosa de Inglaterra, porque los otros tres reían mucho con las cosas que les contaba. Pero Sara no le dejaba participar a él de la algarabía general de la mesa:

Pues qué mala suerte, pensó Esteban. Para una que me hace caso, no es malagueña.

Aquellos dos chicos eran muy divertidos, Aitor y Alfonso. Pero cuando vieron que aquellos dos extranjeros se llevaban tan bien con sus supuestos ligues, se abrieron en cuanto acabaron de cenar:

Tomaron café, pero no hubo charla general, sino que Will se estaba empeñando a fondo con Florinda.

Ella ya se había puesto en pie, así que a él no le quedó más remedio que elegir entre ella y su amigo, y algo le decía que si se quedaba estorbaría, porque Will parecía que ya había logrado su objetivo...

Este lo miró como saliendo de un sueño, y le dijo, con una mirada de complicidad:

Y se volvió a su Florinda y siguió hablando con ella.

En aquella sala de baile estaban tocando una música ligera bastante movida, por lo que la gente bailaba suelta. Ellos se incorporaron a la juerga general, pero sin apartarse mucho el uno del otro. Un rato después comenzaron a tocar un vals lento, y se abrazaron para seguir bailando. Ella se le pegó bastante, y él se excito un poco ante el contacto de la piel y la respiración femeninas.


A la mañana siguiente el sol en la cara despertó a nuestro amigo inglés. Acababa de amanecer. A su lado yacía aquella extraña mujer del Sur, durmiendo plácidamente. Y él se sentía el amo del mundo. ¡Había triunfado! No, no era malagueña, sino gaditana, de un poco más al oeste..., pero ¿qué más daba? La contempló a la luz del amanecer, con el maquillaje corrido, sin lápiz de labios porque —suponía— él se lo había quitado con los besos, y la observó fijamente. Era una mujer de unos 30 años, morena agitanada, de pelo muy lacio, piel muy oscura, más bien delgada, de la misma altura que él —recordaba de cuando habían bailado—, que al parecer tenía bastante más mundo que él. Y los ojos..., en ese momento los abrió y vio que eran de un color negro como la noche. no se le distinguía la pupila del resto del iris.

Ella le sonrió.

Ella se acurrucó junto a él, y Will la abrazó y la besó. Y volvieron a hacer el amor.

Cuando acabaron, se tomaron un par de copas de vino de Jerez, y hablaron de sus vidas. Obviamos lo que se dijo de la de Will, pues ya la sabemos, si bien no así de la de Florinda...

Al momento él comprendió que acababa de meter la pata, una vez más.

Will siempre había admirado a los actores, tanto de cine como de teatro. Dar vida a un personaje, sobre todo si era del pasado, cuando tu vida es tan diferente de la de ellos, tenía que ser difícil, muy difícil. Él no podría...

Pues sí, pensó Will, esta gente sí que es precavida.

El Sol entraba a raudales por la ventana, pero a ellos no parecía molestarles. Will apreció así mejor el cuerpo de aquella morena —quizá de la raza de los faraones—, que le contaba aquellas cosas tan curiosas de la cultura de la gente del Sur.

El resto del domingo lo pasaron juntos, pero al hacerse de noche nuestro albañil se recogió en su casa para descansar, pues al día siguiente le esperaba una dura jornada laboral. En el futuro volvería a ver a Florinda alguna vez, pero en plan más de amistad de esas que se van haciendo lejanas, aunque sí que fue a verla actuar con frecuencia, con Esteban y algunos otros amigos de ambos sexos.

El lunes siguiente a la escena que acabamos de presenciar, estaban de nuevo en el tajo trabajando los dos amigos, poniendo ladrillos en el piso cuarto de aquel edificio tan grande en el que iba a haber ochenta apartamentos de diferentes tamaños. A él le daba un morbo especial subirse allá arriba cuando aún faltaban los ascensores y las escaleras.

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Dos días más tarde salieron con otras dos chicas, de edades más acordes a las de ellos, de 40 y 20 años, madre e hija por casualidad, y el experto volvió a triunfar, aunque Esteban tuvo que estar previamente hablando hasta altas horas de la noche con la madre, Roberta, hasta que esta se lo llevó a su casa, mientras Will desfloraba a Mercedes, que sí que recibía la alternativa en aquella plaza, en el Hotel Plaza, por cierto.

Esteban siguió los sabios consejos de Will, y no la volvió a ver con propósitos eróticos. Sí que se la encontró unos meses después en casa de Will, cuando este ya se había estabilizado, pero el muchacho no recordaba a la madura, que sí que guardaba buen recuerdo del joven, mas ya no hubo nada porque, como le diría ella luego a Will, hay cosas que es mejor dejarlas como están. Una cosa es darle una alegría al cuerpo, y otra jugar con los sentimientos de los demás.

Sin embargo, el que sí que la volvió a ver fue William. Fue un día por la tarde, al coincidir al salir del cine. Habían visto Lo que el viento se llevó, y se sentaron en una terraza a charlar de la película, de la sociedad yanqui de aquella época, el siglo 19, el racismo, las revoluciones Americana, Francesa y Sureña, cada una con su idiosincrasia exclusiva que la diferenciaba de las demás.

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15 La ruptura. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Habían quedado para la semana siguiente. Ella le había prometido una charla más extensa sobre los temas que tanto le interesaba. La tarde aún era joven, acababan de tomarse un café en una terraza y el día era sábado, por lo que por la tarde él no tenía que ir a trabajar, y ella..., bueno, ella había dado su última clase el jueves, y hasta el martes no tendría que impartir otra.

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16 ¡Que viva la revolución! English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

La tarde iba ensombreciéndose, primero con nubes que amenazaban lluvia, pero pasaron horas después, pero no se notó mucho porque el Sol se iba poniendo. Ellos dos, Will y Roberta aprovecharon para cenar, y entre bocado y bocado siguieron con la conversación.

Luego, entornando los ojos, con voz más suave y dulce, le suplicó:

William Webb se portó como un caballero: la acompañó a su casa, la ayudó a llegar a su dormitorio, la tumbó sobre su cama, la cubrió con una manta, y luego él mismo, también cansado, se dejó caer en un sofá cuan largo era.

A la mañana siguiente lo despertó la luz del sol, que entraba a raudales por la ventana.

¡Diablos!, se dijo mirando el reloj de pared, ¡llego tarde al trabajo!

Pero entonces recordó que era domingo. No tendría que ir al trabajo hasta el día siguiente.

Se destapó y entonces se dio cuenta de algo que le sorprendió: no estaba en el sofá, sino en la cama. A su lado, también desnuda, dormía aún Mercedes. ¿Qué prodigio era este? Él había acompañado a su madre la noche anterior, prácticamente la había llevado a la cama, y él se había acostado en el sofá, vestido y sin tapar. Y ahora se despertaba totalmente desnudo en una cama compartida con la hija de su cita de anoche, que también estaba totalmente desnuda, y que ademas le tenia cogido de la mano, aún durmiendo… Pero Mercedes había salido con el joven Esteban la noche anterior. ¿Qué había pasado?

Con sigilo, soltó su mano de la de la chica, y se levantó. Se vistió y se acercó al frigorífico.

Cuando ya había tostado un par de rebanadas de pan y les estaba poniendo mantequilla y mermelada, apareció Mercedes. Él puso otra taza de café en el microondas, y le ofreció la suya a la chica, que aparecía desnuda y somnolienta.

Mercedes se quedó mirando a aquel hombre como si no entendiese lo que decía.

Con el libro bajo el brazo se fue al cuarto de baño a lavarse las manos, y volvió a la cocina mostrándoselo a Roberta, mientras le decía:

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17 Una habitación propiaEnglish Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Lo dejaron para el día siguiente, pero al salir de casa temprano para ir al trabajo se acercó a su apartamento para ver si se había dejado algo, y se encontró una carta en el buzón, que le comunicaba algo que no esperaba:

Por la presente se le convoca a usted el día 17 a las 10:00 horas en la oficina del Inspector Social don Remigio Pérez Fernández.

Y añadía un teléfono y la dirección donde se le esperaba.

La carta estaba fechada el día 10, y ya había pasado una semana, o sea que tendría que ir esa misma mañana.

Llamó a Roberta por teléfono, y ella le aclaró que quizá se debiera a la regulación definitiva de su estancia en el País del Sur, seguramente algo protocolario, sin mayor importancia, pero que no podía dejar de acudir. Tendría que avisar a su jefe de que no iba a ir a trabajar por la mañana.

El Inspector Social era una persona afable, regordeta, bajita, que inspiraba confianza por su aspecto y por la forma de hablar.

El hombre pareció meditar unos minutos.

El inspector cogió las llaves y tras entregárselas, le estrechó la mano.

Pulsó un botón y a los pocos segundos apareció un joven de alrededor de 20 años, que lo acompañó al mismo centro de la ciudad. Al llegar le explicó cómo funcionaba todo, y luego se marchó.

Una vez solo, se acercó al pequeño balcón que tenía a modo de ventana, y vio con desconsuelo que no se veía el mar, pero sí el casco antiguo. Al otro lado de la Plaza de la Concordia se veía otra ínsula, y a la izquierda la Iglesia de la Concepción, construida cien años antes sobre las ruinas de una conocida sala de fiestas que se había quemado hasta los cimientos, según leyenda popular por un rayo que le cayó cuando estaban celebrando una orgía a altas horas de las noche. A mano derecha había unas callejuelas que llevaban a la Catedral, cuyas campanas se oían a lo largo del día, aunque no se la veía desde allí. Lo que se veía era a la gente paseando por abajo, por la plaza. Había sitio en aquel balconcito para una mesa pequeña y un par de sillas, para tomarse algo mientras contemplaba el paisaje en los días de lluvia, o cuando necesitase pensar.

Sí, él pensó que se podía ir a allí a reflexionar cuando se sintiese agobiado por algo, o por cosas del trabajo, o por alguna de aquellas dos mujeres. Pero se sintió bien: por fin tenía una habitación propia, como había descrito en un libro hacía siglos Virginia Woolf.

Días más tarde le llegó su tarjeta de identidad del País del Sur, en la que figuraba su nueva dirección, el apartamento en que vivía con la madre y la hija.

Guillermo las miró a las dos, y luego dijo directamente lo que pensaba:

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18 El sueño de Jaime. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Dos días después, cuando ya se había instalado de modo total con la hija y la madre y se había acostumbrado a tener de nuevo vida de familia, Guillermo tuvo por fin su charla pendiente con su suegra.

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19 Melissa. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Pero no todo era paradisíaco en El País del Sur. Desde hacía un tiempo Guillermo había ido dando cuerpo, poco a poco, a un sueño largamente acariciado desde que tuvo que ponerse a trabajar: le habría gustado ir a estudiar en la universidad. Ahora tenía la oportunidad de probar a ver si valía o no para los estudios, y se apuntó a unos cursos de capacitación para ver si lograba pasar el examen para mayores de 25 años en la Universidad Pablo Picasso.

Tenía 20 compañeros de clase, quince de ellos mujeres. Una de ellas, Melissa, hizo buenas migas con él desde el principio. Él ya tenía cincuenta años, y ella apenas contaba 25. Melissa había desistido de estudiar diez años antes, y había tenido diversos trabajos, pero cuando se dio cuenta de que la universidad de la vida enseñaba a palo limpio lo que se podía aprender de forma menos sangrante con los libros, decidió volver a tentar suerte en la universidad. Se trataba de una joven cordobesa algo menor de estatura que Guillermo, apenas 1'55 m., algo regordeta, con sus 60 kgs de peso, ojos claros, color ámbar, pelirroja clara, con el pelo muy corto, pero suave, casi sedoso. Su piel era más obscura de lo habitual, quizá porque en el pasado pasase mucho tiempo al aire libre. De modales suaves y voz melodiosa, su mirada atrajo la de Guillermo desde el principio, aunque en él despertó solo curiosidad, al revés que él en ella, que se sintió encandilada desde el principio por este inglés surgido de la nada.

Todo era normal: buenos compañeros de estudios, se pasaban los apuntes si alguna vez fallaba uno de ellos a clase, e incluso estudiaron juntos en alguna ocasión. Hasta que ella pretendió otra cosa...

El curso siguió con normalidad, y al final vino el examen para el Acceso de Mayores de 25 años a la Universidad, y Guillermo lo superó con creces, mientras que Melissa suspendió. Eso le demostró a Guillermo que el objetivo principal de ella no era exactamente entrar en la universidad... Durante aquel año, después de descartarlo a él, ella salió con otros tres compañeros de estudios, sin llegar a cuajar con ninguno de ellos. Por lo visto la relación incipiente con Guillermo le había hecho subir sus expectativas, y los demás no daban la talla.

Se la volvió a encontrar en la universidad dos años después, cuando él ya estaba en segundo curso de Arquitectura y ella aún cursaba primero de Filosofía y Letras. Melissa ya tenía más experiencia con los hombres y él ya era padre de familia, pues su pequeño Andrés ya contaba con dos años de edad, y a la abuela Roberta se le caía la baba con su nieto; y la relación de su hija con su yerno era tan sólida que los sueños de Melissa se desvanecieron definitivamente.

Mas no lo estaba. Sin embargo, el inocente Esteban había espabilado demasiado y se había convertido en un golfo de los que dicen que prefieren ir de flor en flor, y que si se casaba con una mujer tendría sólo a una, mientras que si no se casaba las tendría a todas menos a esa una..., ¡y con un poco de suerte, a esa una también la tendría!

Así y todo Guillermo los puso en contacto. Fue un día de noviembre, cuando en Málaga la lluvia empezaba un día sí y una semana no.

Se dieron los besos de rigor, y tras un tiempo prudencial Guillermo pretextó que tenía que hacer unas compras y se ausentó, dejándolos en buena compañía a los dos, según dijo.

Se podría decir que Esteban triunfó una vez más, pero en realidad fue Melissa quien se lo llevó a la cama aquel mismo día. Él sabía que una mujer que se va a la cama con un hombre en la primera cita no es de fiar, pero ella le hizo cosas que no se hacen en una primera cita, ni en la decimosexta, ni en ninguna posterior, y al final de la noche estaba tan agotado que no pudo ir al trabajo al día siguiente.

Mujer prudente, ella le dejó en paz dos días, pero al tercero fue a buscarlo a la salida del trabajo y se lo llevó a su habitación. Era viernes por la tarde, y él, sin darse cuenta apenas, una semana después se vio viviendo con ella en un apartamento bastante bonito y acogedor en las afueras de Málaga, desde cuyo salón-comedor se podía ver, a través de una amplia ventana, el bosque lejano en que acababa una gran extensión de césped. Más que bosque parecía una selva, pues era muy frondoso y constaba de encinas, alcornoques, alisos, álamos, chopos y pinos, y en su seno vivía variedad de especies animales: corzos, liebres, conejos, ardillas, y otras especies que el Gobierno se había preocupado de aclimatar a aquellos pagos, y que a veces veían adentrarse en el césped huyendo unos de otros, o buscando comida. Tenía aquel bosque varios caminos que lo cruzaban de norte a sur y de este a oeste, por los que les gustaba a ellos pasear, respirando el aire puro que desprendían aquellas catedrales vegetales, como a Melissa le gustaba decir, evocando los topes de los árboles con las torres de las catedrales.

Ellos también se llenaron de vida, y al poco tiempo Melissa se quedó embarazada, por lo que decidieron que ella dejase los estudios para dedicarse a los niños, de los que tuvieron cuatro. Retomaría la universidad cuando el más pequeño tuviese diez años. En ese tiempo comprendió que ella había venido al mundo para educar niños, y acabó doctorándose en Enseñanza Primaria, labor para la que la avalaban 14 años de práctica particular en su casa.

Fue tras el nacimiento de su primer hijo cuando Esteban decidió casarse con Melissa, que lo había abducido por medio del sexo, y con ello los había catapultado a los dos al reino del amor en tal grado que nunca habrían supuesto que se pudiera llegar a tener. Sí, Esteban de buen grado cambió a todas las demás por esta una, única e irrepetible, que hizo imposible que él echara de menos a las docenas de previas que había habido en su vida desde que Guillermo le apadrinara en su alternativa con Sara y luego con Roberta hacía unos años.

Cuando Esteban invitó a la boda a su amigo Guillermo, este cayó en la cuenta de que él y Mercedes tampoco se habían casado, aunque vivían como si lo hubieran hecho hacía décadas. Por ello lo hablaron y acordaron que la boda sería doble. El día fijado para la boda de Esteban y Melissa, Mercedes y Guillermo se casaron a la vez en una ceremonia muy sencilla y encantadora en el juzgado. Pero de allí los dos últimos se personaron en la Iglesia del Carmen y dijeron sus votos ante el sacerdote, don Roberto Ramírez de la Hoz, amigo personal de Roberta, que lloró como una niña, al ver que su hija había conseguido lo que ella no había logrado en ninguno de sus cinco matrimonios quinquenales: que un hombre le prometiera amarla, ayudarla y respetarla hasta que la muerte los separase. Esteban y Melissa, sin embargo, no se atrevieron a tanto, pero al menos oficiaron como padrinos de la ceremonia religiosa de sus amigos.

Al casarse sus padres, el pequeño Andrés ya contaba con 4 años de edad, aunque Alina, el segundo vástago de Melissa y Esteban, aún tardaría 12 meses en venir al mundo.

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Cuando nació Andrés, Mercedes se dejó los estudios para educar a su hijo. No era obligatorio hacerlo, pero sí posible. La de ama de casa se consideraba en el País del Sur una profesión tan digna como cualquier otra, e incluso más útil que ninguna, puesto que nadie educaría tan bien a un niño como su propia madre. Cuando ya contaba cinco años, ella lo introdujo en el colegio, hasta que poco a poco se fue ausentando de las clases, dejando en manos de los maestros la tarea de la instrucción, que de la educación responden los padres, Guillermo y Mercedes en el caso de Andrés, durante toda su vida.

Con los años Andrés se hizo arquitecto, como su padre, y estuvo viviendo con ellos hasta que se casó, a la edad de 40 años, con una malagueña de ocho apellidos, es decir, de pura cepa. Guillermo y Mercedes tuvieron otros cuatro hijos, y vivieron una larga vida juntos, haciendo honor a su promesa, hasta que la muerte nos separe.

En este texto se ha intentado presentar otra cara de la sociedad española actual, la de cómo sería posible vivir en solidaridad, responsabilidad y empatía. Si el lector presen­ta serias objeciones a lo expuesto aquí, tiene la posibilidad de hacérmelas llegar a mi dirección.

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Sinopsis. English Esperanto Capítulo anterior. Sekvan

Un inglés va de turismo al País del Sur y lo que ve le encanta. Nos cuenta poco a poco sus impresiones de cómo es el país y a la vez vemos la transformación del protagonista hasta que dicho país lo capta del todo.

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Bibliografía. English Esperanto Capítulo anterior. Indekso

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