Este año leemos la única novela que publiqué el anterior, para leerla gratuitamente hasta el 31 de diciembre de 2026, como venimos haciendo —una novela diferente cada año— desde hace diez. A partir de esa fecha solo se podrá conseguir en Amazon por un módico precio, tanto en formato digital como en rústica o incluso en tapa dura, tanto en español como en inglés. En Esperanto se podrá leer siempre gratis.
El libro del año seguirá publicándose, cada año uno diferente, en el futuro próximo.
Dedicado a todos los optimistas
irredentos, gente de izquierdas que vota
a la derecha, pensando que es la izquierda...
..., progresistas ingenuos que se creen que vivir
mejor es vivir socialista, cuando en realidad vivir
bien es llegar a fin de mes y ser feliz porque ves a
tus hijos crecer sin penurias, educarse y trabajar a gusto.
Y a Will Webb, que me enseñó Inglaterra.
Ahora tiene la oportunidad de enseñarnos
El País del Sur a todos nosotros.
En el mundo hay muchos Williams, que creen vivir en un país progresista, donde no te falta de nada si trabajas todos los días y tienes casa y alguien que te atienda, o por lo menos aprendes a atenderte tú solo.
Muchos de estos Guillermos miran a los Estados Unidos de América como la ideal de la sociedad avanzada, donde cada uno sabe lo que tiene que hacer, y tanto vales cuanto más tienes, y más tienes cuanto más trabajas.
Por desgracia para los yanquis e inmigrantes ilusos, esa medalla tan brillante tiene un reverso más obscuro: en EEUU eres feliz y estás a gusto si tienes un buen trabajo y salud de hierro. Si vas por la calle y te da un pasmo, te atenderán en el hospital más cercano en cuestión de segundos, sí, pero cuando te devuelvan sano y salvo a tu casa tendrás una deuda con el hospital y con la ambulancia que quizá no podrás pagar, a no ser que tengas mucho dinero en el banco. Y si te mueres, se te enterrará a cargo del ayuntamiento, que luego le cobrará la factura —quizá bastante inflada— a tu familia, si da con ella. Y en caso de que no sea así, tendrás esa deuda hasta que la pagues, por un modo u otro.
Ciertamente, es caro vivir en USA, y también morirte. En otros países, como España, si te pones malo, la Seguridad Social te cura, si eres afiliado. Si no, le intentará cobrar los gastos a tu aseguradora, y si esta falla, te tocará rascarte el bolsillo; y si no tienes dinero, se lo cobrarán a tu familia, y solo si ambos sois insolventes se hará cargo el estado, el ayuntamiento o la comunidad a autónoma, aunque eso supondría que ninguno de vosotros tiene ninguna propiedad a su nombre, porque en caso de que existiera, la embargarían para pagar una deuda que habría de ser del estado per se, ya que pagamos los impuestos más caros de Europa, si no del mundo.
Una vez aprendida la lección, claro, te pasarás a la seguridad social y te harás una póliza privada para tener lo que tenías antes, pero con una red de seguridad por si acaso la cosa pinta dura otra vez en el futuro.
A pesar de presumir de que tenemos el mejor sistema sanitario del mundo, tampoco en España estamos seguros del todo, pues la SS tiene una lista de espera tan larga, que igual te mueres antes de que te toque el turno de operarte. De ahí la conveniencia de tener una póliza sanitaria privada, si te lo puedes permitir. Si la sanidad pública española fuera tan fiable y perfecta como pretenden los políticos y adláteres, ellos la usarían, ¿no te parece? Y sin embargo los ministros de este Gobierno tan de izquierdas y progresista, así como sus allegados, se curaron el virus del COVID19 en clínicas u hospitales privados. ¿Eso no da qué pensar?
Algunos piensan que en el mundo socialista estas cosas no pasan. Bueno, ¿Cuba o Venezuela son países socialistas? ¿Lo eran la República Popular Alemana, o la Unión Soviética?
De las dos últimas no tengo referencias directas, pero estuve dos veces en Cuba, y tengo amigos cercanos que salieron huyendo de Venezuela. Un pariente cercano de uno de estos me contaba que su madre murió porque no había una medicina determinada, que aquí es de uso común. Allí habría tenido que comprarla con un dinero que no tenía. De Cuba, en cambio, tengo la experiencia directa de dos visitas que hice en el pasado a La perla del Caribe. Bástenos decir que durante mi estancia allí me hice una pequeña herida en una mano, y al pedir en una farmacia alcohol y algodón, me dijeron que para darme alguna de las dos cosas necesitaba receta médica. Tuve que curarme con kleenex y colonia, artículos de lujo que sí podía adquirir yo en una tienda especial para turistas...
Podría pensarse que eso se debe al perverso embargo estadounidense, pero en Cuba ciertamente hay materia prima para hacer gasa y alcohol para curar heridas. Yo, por mi parte, achaco esas carencias a la falta de iniciativa privada. Ni en Cuba ni en los demás paraísos proletarios mencionados, se ha querido —quizá no se ha podido— renunciar al dinero. Es, desde luego, el dinero una forma genial de intercambiar el esfuerzo personal: yo te doy una clase de inglés, por ejemplo, y tú, en lugar de darme una cesta de huevos, me das veinte euros, que a su vez yo le pago al del súper mercado a cambio de los diversos alimentos que necesito, y el dueño de ese comercio a su vez le da los 20 a su proveedor para que le entregue diversos artículos que quizá nada tienen que ver con la alimentación...
Pero la trampa que hace caer el sistema basado en el dinero está en que los que no producen nada se dedican a guardárselo, aumentando su peculio simplemente prestándolo: yo te presto los €20 que te hacen falta, pero dentro de unos meses tú me tienes que dar €30. Yo no he producido nada, sino que he confiado en ti, y tú me das más dinero. Y si no me lo das, como has puesto como garantía, por ejemplo, tu pluma estilográfica (o cualquier otro objeto que hayas ofrecido y yo estime de ese valor o superior), tu pluma es mía. Luego yo la venderé, quizá por €40 o más, con lo cual yo, que no he sido capaz de producir nada, me quedo con más dinero del que te presté. No digo que eso sea ilegal, ilegítimo o inmoral. Digo que es la causa del fin del sistema monetario: para que unos ganen, otros tienen que perder. Y acaban ganando más los que no producen nada. En el momento en que esto escribo me dice un amigo que hace dos años compró acciones por un céntimo cada una, y ahora han subido a 17€. Al haber comprado 36000 acciones, los 360€ que invirtió entonces se han convertido en 612000 euros. Pero para que él haya ganado tanto, alguien ha tenido que perderlos. De no existir el dinero, mi amigo no habría ganado ese dinero, y ninguna otra persona lo habría perdido, y el mundo sería más justo, a mi entender.
Si no existiera el dinero..., ¿sería posible una sociedad en que se aboliera por completo? ¿Eso sería bueno, o tendría más problemas que soluciones? ¿Yo te daría clases de inglés sin que tú me dieras nada, pero luego si necesito comer, alguien —no necesariamente tú— me daría de comer sin cobrar por ello? ¿El del súper mercado obtendría cosas de sus proveedores sin pagarles nada? ¿Los granjeros y resto de productores entregarían el fruto de sus esfuerzos a cambio de nada? Si necesito un coche para desplazarme a un sitio, ¿me lo facilitaría alguien sin cobrar dinero? ¿Qué movería a la gente a trabajar? ¿Habría políticos si no se pudieran subir el sueldo porque no habría dinero tampoco para ellos? ¿Trabajaríamos todos sin cobrar si se nos permitiera trabajar solo en lo que nos gusta?
Interesantes preguntas, ¿verdad? Bueno, quizá estimen ustedes que son preguntas idiotas. Pero, como dijo algún pensador, no hay preguntas irrelevantes, sino respuestas difíciles. Hoy en día se nos bombardea con que seamos solidarios, con que colaboremos con las ONGs —aunque luego se descubra que ya lo hace el Gobierno por nosotros—, que nos pongamos en el lugar de los demás, que consideremos que si las desgracias ajenas nos atenazaran a nosotros, etc. Es más, esa solidaridad y colaboración se nos impone por la fuerza, a veces por la de las armas, pues se nos obliga a pagar impuestos, de los que se detraen cantidades escandalosas para dárselas a la Cruz Roja, por ejemplo, en la que hay muchos voluntarios cuya solidaridad les lleva a trabajar gratis, dando lo que pueden de su esfuerzo y tiempo personales, pero a la vez hay directivos que ganan sueldos a cuyas cuantías jamás se equiparará el suyo, lector, o el mío.
Los escritores, por suerte para nosotros y nuestros lectores, podemos imaginarnos otras realidades, otros mundos, otras situaciones más amables con el individuo, y podemos describirlos de modo que tanto el lector como el propio autor podamos vivir ese mundo en el que estas cosas no pasan. Una sociedad donde la solidaridad no sea vicaria, ni impuesta, ni nos laven el cerebro con la misma. Un mundo donde la solidaridad y la generosidad, la empatía y el altruismo sean voluntarios, personales y generalizados, de modo que los que no los sientan se sientan impelidos a imitar lo que hace el común de la gente..., o incorporarse a otra sociedad.
Quizá piensen ustedes que eso es lo que se pretendió en la Unión Soviética. Sí, puede que ese haya sido el sueño de Lenin, pero los métodos y resultados no equipararon ni de lejos lo que se contempla en esta novela. No se puede torcer el alma humana. Somos lo más grande y lo más rastrero del universo, a la vez. Solo es cuestión de elección. Quizá lo más pobre sea lo más rico al mismo tiempo, y viceversa. Y lo óptimo y lo pésimo se confundan en la raya de la perspectiva de cada uno. Al juicio del lector entrego las letras que siguen, cuyo objeto principal es que pase un rato divertido o al menos entretenido, y si le hace pensar —positiva o negativamente— a lo que aquí se propone, le rogaría que me lo hiciera saber.
Casi cinco años había esperado Will para que le concedieran, por fin, la ansiada visa para ir a ver el país más inaccesible de Europa. Dicen que antes era casi una colonia de ingleses y yanquis, pero desde que había ganado las elecciones un tal Jaime Templado de las Horas, hacía varias décadas, las cosas habían empezado a cambiar allí. Ahora no se parecía nada a lo que había sido.
De tener el turismo como primera fuente de ingresos, pasó a cerrar las fronteras, admitiendo solo a unas pocas decenas de ellos al año, de modo que solo los que lo deseaban de verdad podían ir de vacaciones a conocer aquel extraño país. Ahora su economía no contaba con el turismo, sino que se basaba en la agricultura, la ganadería, y sobre todo la industria pesada e I+D. No obstante, quizá por eso el país despertaba la curiosidad del ciudadano medio del resto de Europa, y aquellos de sus amigos que habían conseguido pasar un tiempo allí decían que se habían vuelto con pena, deseando haberse quedado para siempre, aunque a última hora no se habían atrevido a planteárselo siquiera.
Eso le llenaba de intriga: si apenas le habían dado un visado para pasar hasta un mes allí, ¿cómo iban a poder quedarse? Suponía que el permiso de residencia costaría muchísimo de adquirir, y la nacionalidad, por lo tanto, sería algo imposible de obtener. La inmigración ilegal eran un cáncer en toda Europa..., menos en aquel país. Los que ingresaban sin papeles eran devueltos inmediatamente por el punto de entrada, y si salían huyendo, aquella gente tiraba a dar, aunque lo más normal era que todos ayudasen a la policía —pues en ese país cada ciudadano estaba autorizado por la ley para detener al autor de un delito y entregarlo a la policía en un plazo máximo de 24 horas—, y por eso los inmigrantes ilegales estarían enseguida a disposición de las fuerzas del orden, que los llevarían al lugar por donde habían entrado en el país y serían expulsados a la fuerza, tras registrarlos en una lista de personas non gratas, a las que no se les permitiría venir nunca, aunque tuviesen los papeles en regla.
Eso, ocioso es decirlo, estaba en contra de la política buenista y entreguista de la Unión Europea, pero el Gobierno les había dicho a aquella caterva de funcionarios de Bruselas que si no les gustaba, que los echaran de su preciosa unión de mercaderes, (a cuyos órganos de gobierno ya no iban a contribuir en absoluto), con lo que el favor sería mutuo. Porque no les iban a pagar ni un euro más tanto si se quedaban como si los echaban, y que mejor ayer que mañana. Por muchas amenazas que hicieron los franceses y alemanes, no se atrevieron a intervenir militarmente en el país, pues el Gobierno llamó a la movilización general, y eso en una península con siete cordilleras mayores y multitud de sierras era tan suicida como había sido la invasión de Napoleón; y no en vano Hitler no se atrevió a hacerlo, tras invadir media Europa. Finalmente el país fue abandonado a la buena de Dios.
Jeje, pero más que el país, quien fue abandonado a la buena de Dios fue el resto de Europa, porque aquel país podría haber dado de comer a todo el continente con su agricultura y ganadería, abandonadas durante décadas de pertenencia a la Unión. Desde que se emancipó el país, abrió vías de comercio con Sudamérica, China y Rusia, y a la postre también con Estados Unidos, países de los que importaba mucho más de lo que exportaba, en conjunto, mientras que exportaba artículos industriales y tecnológicos al sur, a diversos países africanos. Sí, aquel país con forma de piel de toro podía subsistir por su cuenta, toda vez que la transformación social había sido mucho más profunda que la industrial, ganadera y agrícola, como Will estaba a punto de comprobar sobre el terreno. Y cuando se derrumbó el euro, el escudo sureño ya había cotizado por encima de los 25 dólares americanos, y amenazaba con convertirse en la nueva divisa internacional, pues era la única en todo el mundo que no presentaba peligro de devaluación ni en convertirse en fiduciaria.
Desde que solicitó un visado de turista, hacía ahora cinco años, no mucho había pasado en su vida, fuera de perder un trabajo y conseguir otro al cabo de unos meses, o divorciarse de Olivia, una muchacha con muchas pretensiones a la que no satisfacía un perdedor, como había llamado ella a Will, con el que había perdido tres años sin expectativas ni de tener hijos ni de que su situación mejorara. Se habían casado al año de conocerse, y al segundo de matrimonio ella decidió divorciarse. Porque él no era tan lelo como ella pensaba, había visto venir la tragedia matrimonial y se había dedicado a esperar a que ella diera el paso. No la maltrataba, no, pero tampoco la divertía, ni la complacía. Cuando él volvía del trabajo, agotado, ella quería ir al cine o a bailar, y él se acostumbró a que fuera sola, de modo que cuando ella dejaba de hacerlo —al fracasar sus intentos de volverlo celoso— él la animaba a que siguiera haciéndolo, pues así todos contentos: él descansaba, y ella se divertía.
—¿No te da miedo que me enrolle con otro?
—Si te gusta... Pero aquí no me traigas ni enfermedades de transmisión sexual ni ninguna barriga.
—Te odio, Will.
—Je, yo en cambio te quiero. Y deseo que seas feliz.
Y así, cuando ella llegaba en muchas ocasiones él había cenado, visto su canal favorito de televisión, se había tumbado en la cama con un libro y se había quedado dormido.
Ella se desnudaba, se acostaba y apagaba la luz. A menudo le ponía una pierna por encima, y lo acariciaba. A veces conseguía que él se despertase y le hiciese el amor, pero siendo él de habitual cansado y predecible, casi todo el trabajo tenía que hacerlo ella. Y eso a la larga cansa. Y, poco a poco, el desinterés y la rutina la fueron alejando de él, hasta el punto de pedir el divorcio.
—Por lo menos quedamos como buenos amigos...
—Will —le dijo ella al borde de las lágrimas —eres un imbécil. ¿Dónde vas a encontrar una esposa ni la mitad de buena que yo?
—Cierto, Oli, en ningún lado. Fíjate si estoy seguro de ello, que no pienso buscarla.
Se divorciaron, y ella se fue, pues el contrato de alquiler estaba al nombre de él. Nada tenía ninguno de los dos, así que nada hubo que repartir, ni siquiera dinero. Ella volvió a trabajar de enfermera, y ya no volvieron a verse.
Quizá allá, en el Sur, haya algo para mí, se decía él mientras esperaba el visado. Pero tendría que ser muy valioso para perder la tranquilidad e independencia que tengo para dedicarme solo a mí, sin que nadie me arrastre a discusiones estúpidas que me aparten de lo que más me gusta, que es no hacer nada, pasear y leer, en ese orden.
Los fines de semana se iba al pub con los amigos, aunque no le quedaban muchos, porque todos iban cayendo en la misma trampa de las féminas de la que él se había escapado por los pelos con su saber no hacer. También le gustaba ir a los combates de boxeo de vez en cuando, con su lata de cerveza en la mano, y cuando no podía ir al estadio, los veía por televisión desde su casa. Pero si en algo le había cambiado el matrimonio había sido en el orden en que lo tenía todo. Antes de casarse, lo dejaba todo tirado por ahí y nunca encontraba lo que necesitaba en el tiempo de que disponía. Ahora cada cosa tenía su lugar y cada lugar albergaba una cosa. Ahora ponía sus cuatro o cinco latas de cerveza y tres sandwiches en la mesita antes de ver los combates, y cuando acababa, tiraba las latas, lavaba el plato, se tomaba su vaso de leche caliente, se cepillaba los dientes y se acostaba, que al día siguiente había que trabajar. Y si era sábado, el domingo se levantaba más tarde, iba a misa (pues era católico, y aunque no muy creyente, su difunta madre lo había acostumbrado a que no había domingo sin ir a la Casa del Señor), y luego se iba a dar un paseo por el parque. Solía ir al cine por la tarde, y a la hora de la siesta y después del cine pasaba horas enteras leyendo, que era su pasión oculta. Que su mujer no la compartiera había sido un paso decisivo para que él dejara de tener interés por ella. También estaba aprendiendo idiomas, aunque le costaba mucho. Ya dominaba el francés, y ahora le estaba metiendo mano al alemán y al español.
Mientras esperaba el visado se fue de vacaciones a diversos países de Europa, dos veces a Alemania, que era el que más le gustaba, pues le parecía que los alemanes eran más parecidos a los de su país que los del resto de Europa. Quizá el Sur no me guste tanto, se dijo cuando estaba en el Museo de Pérgamo, en Berlín.
Y por fin llegó el momento deseado, cuando el Ministerio de Asuntos Exteriores le envió una carta con su pasaporte debidamente sellado y visado para ir al País del Sur, como se le llamaba a la unión de de varios países que fueron independientes entre sí durante cientos de años, hasta hacía apenas unas décadas.
Había dejado Londres una mañana gris y brumosa. Eran las diez de la mañana y parecía que aún no había amanecido del todo.
Al llegar al aeropuerto de Málaga, varias horas más tarde, le pareció estar en otro planeta: el sol brillaba, y el cielo azul se veía entre las escasas nubes blancas que lo decoraban. Observó por la ventanilla cómo el suelo se acercaba, y de pronto apareció aquel cuadrilátero de asfalto con rayas blancas, por las que el avión se deslizó un breve tramo antes de tocarlo las ruedas, con un movimiento suave mil veces experimentado que le hizo perder velocidad poco a poco, hasta que se encontró detenido junto a la terminal, de modo que un pasillo móvil se encajó en la puerta para que los pasajeros pudieran salir ya a pie hasta el control de pasaportes.
Allí le esperaba un trámite muy rápido: no había cola para la Unión Europea y el resto del mundo, sino una sola que avanzaba rápidamente. Se detenía ante un único policía muy joven, vestido de verde, que le estampó la fecha de entrada en el país tras un breve diálogo:
—¿Se quedará usted mucho tiempo, señor?
—¿Eh? Ah, sí: tengo pensado quedarme un mes, puede que algo más.
—Esperó usted mucho tiempo para venir... Le pondré seis meses, señor. Sabe que se puede usted ir antes, ¿verdad? No olvide llevar siempre el pasaporte encima siempre, por si algún policía se lo pidiera por la calle. Pero son muy simpáticos. Tenga, señor.
Y le devolvió el pasaporte. A Will le parecía mentira: después de esperar 5 años para llegar allí, solo tuvo que bajarse del avión y mostrar su pasaporte a un policía que le acababa de informar de que podía permanecer en el país seis meses. Y no le habían pedido mostrar el dinero que pudiese llevar encima, o en la tarjeta de crédito, como habría sido el caso en Inglaterra a un extranjero.
Tomó un taxi, y le pidió que le llevara al Hotel Durán, cerca del puerto. A él le gustaba mucho el mar, y si lo pudiera ver desde su cuarto del hotel, sería muy feliz.
El taxista, muy amable, le ayudó a llevar las maletas al hotel, y allí se despidió.
—Hasta la vista, señor. Que tenga una feliz estancia en mi país.
—Espere, espere, hombre de Dios. Dígame usted: ¿qué le debo?
Aquel hombre le miró muy serio. Luego esbozó una sonrisa, como si la acabaran de contar un chiste ya conocido, y encogiéndose de hombros, le replicó con sorna:
—No se preocupe, amigo. Por ser la primera vez, invita la casa.
Luego sacó una tarjeta de visita y se la entregó a Will a la vez que le decía:
—Tenga usted. Si me necesita, deme un toque, y si estoy libre vendré a por usted. Y si no lo estoy, le enviaré a un compañero de confianza.
Se subió en su automóvil, y desapareció ante un atónito Will que por primera vez no sabía qué decir. Aún se llevaría más sorpresas. Allí había algo que no le habían contado en la agencia de viajes.
Cogió sus dos maletas y entró en el hotel. En la recepción lo saludó una joven más guapa que fea, de nariz griega, ojos marrones y melena rubia recogida en un moño. Vestía una especie de uniforme de color gris, camisa roja y corbata azul, con pantalones holgados. Ella se le quedó mirando, y con una sonrisa le saludó:
—Buenos días, señor...¿?
—Webb. William Webb, de Londres —dijo en su incipiente español.
—Ah, sí, le esperábamos, señor Webb. En teoría hasta medio día no le puedo dar la habitación, pero veré si hay alguna ya preparada...
—¿Sería posible que me dieran una desde la que se vea al mar? Me encanta el mar, y no me importa esperar, señorita...
—Martínez de la Fuente—dijo ella señalando la insignia con su nombre que llevaba en el pecho. —Pero me puede llamar usted Estrella. Es mi nombre.
—Muchas gracias, Estrella. ¿Hay alguna habitación que dé al mar?
—Mmmm, pues sí, ha tenido usted suerte. La 104. Justo sobre nosotros. Todo el que viene quiere ver el mar. ¿Es que en sus países no hay mar? —dijo con una sonrisa.
Ella le entregó la llave, y le informó de dónde estaban el bar y el restaurante, así como los folletos turísticos que le harían más productiva la visita a Málaga.
Una vez instalado en su habitación, abrió las cortinas que daban al balcón, y se sentó en una silla que había allí, y pudo contemplar el Mar Mediterráneo, del que tanto le habían hablado, había leído, y tanta historia le habían contado siempre, desde el colegio. El Mare Nostrum de los romanos, el centro de la civilización hacía dos mil años, tan alejado de su Inglaterra natal. La mañana era cálida, y de pronto pensó que no le importaría vivir allí, en un clima tan benigno. Al fin y al cabo también en Málaga habría que construir casas, ¿no?
Luego se volvió hacia la habitación, sobre la que se proyectaba su sombra: tenería unos 16 metros cuadrados, cuatro por cuatro, era muy luminosa, con una cama de matrimonio en el centro, y un generoso armario ropero. Junto a él había una mesa y una silla, y en el otro extremo de la habitación estaba un mueble tocador con tres cajones y un amplio espejo, frente al cual había un pequeño sillón, y en la tercera pared, frente a los pies de la cama, había un televisor encajado en la pared. Me vendrá bien para repasar mis conocimientos del idioma español, se dijo.
En el cuarto de baño había un espejo que ocupaba toda una pared. No acostumbraba a mirarse, pero al observar el espejo no pudo evitar hacerlo, y lo que vio no le desagradó del todo: más bien bajito —aunque no por ello tuvo nunca complejo en un país en que la media de altura en los hombres era de casi seis pies (1’80 metros)— a sus 5 pies y 3 pulgadas (1’60 metros), más bien delgado, con sus 9 piedras (57 kilos); rubio, tez muy blanca que se le enrojecía con el sol... Y con un gran sentido del humor.
Se duchó, se cambió de ropa y bajó a la cafetería. Desayunó otra vez, unas tostadas con mantequilla y mermelada, zumo de naranja y café con leche, al más puro estilo del lugar. Cuando salía del comedor, le sucedió algo extraño, de nuevo:
—Esto me lo apunta a la habitación, por favor.
—Muy bien, señor —le dijo el camarero con un poco de sorna. —Buenos días, señor.
Como viera que el hombre no se iba, el camarero le preguntó de nuevo:
—¿Desea algo más, señor?
—No le he dado el número de mi habitación.
—Oh, no es necesario, señor.
—Pero..., ¿lo sabe usted?
—Oh, no es necesario, señor. No hay problema. Buenos días, señor —dijo el camarero, un poco más serio.
Consternado, salió de la cafetería, y preguntó a la conserje:
—Oiga, Estrella..., no me han querido cobrar en la cafetería.
—Oh, no se preocupe, señor. Yo me ocupo.
—Menos mal. No entiendo nada, el taxista no me cobró nada, y ahora el barman tampoco.
—Quizá sea porque no hay máquina registradora, señor.
—¿Cómo es eso?
—No le cobraremos lo que tome usted en el hotel, señor. Está todo pagado, no se preocupe.
—Pero..., pero..., yo no pedí pensión completa, Estrella. Y ciertamente, no me la han cobrado.
—No se preocupe, señor. No se la cobraremos. Usted ha pagado solo el viaje en avión de ida y vuelta de Londres a Málaga, lo sé.
—Pero..., no me irán a cobrar ustedes la pensión completa cuando me vaya, ¿verdad?
—No le vamos a cobrar nada, señor.
—No lo entiendo. Y no me lo creo tampoco...
—Vaya, veo que no se lo han explicado a usted en su país. Suele pasar. Mire usted, yo salgo de trabajar a las ocho. Si está usted por aquí, le invitaré a tomarse algo en ese bar de ahí enfrente, que tiene una terraza muy chula, y se lo cuento todo. Diantre, no sé por qué no explican estas cosas en el país de origen. Luego la gente se agobia los primeros días aquí.
A las ocho en punto de la tarde estaba Will en la recepción del hotel. Había andado un poco por el centro, viendo las tiendas y las calles de la ciudad, volviendo a comer en el restaurante del hotel. No era ninguna maravilla, pero le había gustado la comida: lentejas de primer plato, y fritura de pescado de segundo. Fruta de postre, y un café para completar. Después se había ido a dar otro paseo por la ciudad. Le encantó la calle Larios, con su monumento, mirando el cual se tomó un helado, en una terraza. Luego estuvo en la Plaza Templado de las Horas, antiguamente llamada de la Constitución y rebautizada en honor del último Presidente del Antiguo Régimen y primero del Nuevo; luego pasó junto a una serie de bares típicos, en algunos de los cuales se prometió ir a comer en días sucesivos, y llegó a tiempo de ver La Catedral, un verdadero monumento arquitectónico, a la vez gótico, renacentista y barroco, debido al largo tiempo que ocupó su construcción.
En ese momento Estrella terminaba su turno, y estaba dando novedades a Andrés, el conserje del turno de noche.
—Espéreme usted en El Centollo, William. Me arreglo en un momento y estaré con usted en 20 minutos.
La tarde era agradable, y Will se tomó una cerveza con una tapa de sardinas adobadas mientras esperaba a Estrella, y la lección prometida sobre el País del Sur.
Dicen que las mujeres tardan una eternidad en vestirse y acicalarse para las citas con un hombre, pero Estrella terminó de hacer el cambio con el conserje de noche, Adrián, y tras cinco minutos menos de lo que había prometido se encontraba ante Will, tomándose una cerveza en El Centollo. Se había duchado, y aún tenía su cabellera húmeda cayendo en cascada sobre su espalda, casi descubierta bajo una camisa sin mangas de color rosa pálido; completando su atuendo con unos vaqueros holgados, aunque no tanto como el de los pantalones de su uniforme. En su conjunto parecía una muchacha atractiva, aunque no escandalosa.
—Bueno, Estrella, decías que me ibas a explicar esto de los no-cobros. Pero antes, no me llames William. William era mi padre. A mi me gusta más que me digas Will. —dijo él pasando al tuteo tácitamente.
—Muy bien, Will. Óyeme bien, por favor: mientras estés aquí nadie te va a cobrar nada, aunque te extrañe tanto.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Bueno..., digamos que aquí no creemos en el dinero.
—¡Estáis locos!
—Puede ser. Creo que por eso nos fuimos de Europa..., o nos echaron, no lo recuerdo.
—Entonces, ¿de qué vive la gente aquí?
—Ya lo vas viendo... No te comas la cabeza, Will: disfruta de tus vacaciones. Y cuando vuelvas a Inglaterra, no hables tan mal de nosotros como siempre habéis hecho los ingleses.
—Es que..., bueno, en Inglaterra no te dan carreras gratis en los taxis, ni comidas en los restaurantes ni tapas en los bares.
—Bueno, la próxima vez te toca a ti invitarme, Will. A comer estaría bien.
—Eh, ¿me estás proponiendo una cita, Estrella?
—Mejor: te voy a enseñar todo esto, si quieres. Aunque te puedes buscar otra guía, si no te caigo bien.
—Me caes de fábula, mujer.
—Pues entonces déjame que te presente mi país. Y puedes preguntar todo lo que quieras.
—Pues no sé, ya que te ofreces, dime, ¿cuánto cobras tú por ser recepcionista ocho horas todos los días?
—Ja, pues mira: nada.
—¿Cómo que nada? ¿Trabajas por amor al arte?
—Jaja, no sabía que fuera un arte, pero sí: yo he recibido mucho de mi gente, y por eso lo menos que puedo hacer es devolver el favor en la medida de mis posibilidades.
—¿Y cuánto tiempo llevas haciendo esto?
—Oh, no mucho. Un par de años.
—¿Y antes qué hacías?
—El doctorado.
—¿Qué? ¿Estudiaste en la universidad?
—Pues sí. Aquí, en Málaga, tenemos dos muy buenas.
—¿En qué te doctoraste?
—En Arte Visigodo. ¿Sabías que el arte alemán y el español están emparentados por los godos?
—Y una doctora en eso tan especial acaba de recepcionista en un hotel... ¿Cómo se explica?
—Bueno, hice las prácticas aquí, porque así tenía más fácil explicarle nuestra cultura a los extranjeros, y luego me gustó la experiencia, y me quedaré aquí hasta que me canse, y me dedique a otra cosa.
—Ah, ¿no es por el paro laboral?
—En este país no existe el paro, Will.
—¿Cómo? ¿Yo tendría trabajo todos los días del año aquí, de albañil?
—Ciertamente. Y nadie te discriminaría con el salario. Ganarías lo mismo que yo —rio Estrella. —Este es el único país del mundo con un salario estándar para todos los trabajadores. Antes lo llamábamos el salario mínimo vital: cero escudos.
—Bueno, trabajar por nada..., como que no, claro. Eso no.
—¿Tú en Inglaterra llegas siempre a fin de mes?
—Bueno, si tengo cuidado, sí.
—Aquí yo no tengo cuidado alguno, y siempre llego a fin de mes.
—Pero..., ¿qué lujos te puedes dar?
—Me tomo los días libres que quiero, dentro de lo que yo estimo prudente, aunque vivo en el hotel por comodidad, podría vivir en un coqueto apartamento de un dormitorio, con todo lo que necesite para mi vida y mi ocio, y puedo viajar a cualquier sitio del país, y si me gusta más el extranjero, me apunto en la lista de espera. Todos los años mil de nosotros pueden salir fuera —diez mil si es a Hispanoamérica—, respetando las costumbres y usos locales de donde vamos, claro. Si no, nos quitan de la lista para siempre. Y estamos a punto de conseguir la libre circulación en toda la hispanosfera para mercancías y personas, lo cual nos sitúa en una situación mucho mejor que cuando éramos parte de La Europa de los Mercaderes, que es como llamamos aquí a la Unión Europea.
—Pero si vas a Inglaterra, por ejemplo, ¿cómo pagas las cosas?
—Se supone que un mes, en el caso de Inglaterra, con dos mil libras esterlinas me basta. Según el país, así me dan en la tarjeta de crédito. Pero si se me acaba el dinero antes, llamo al Consulado más cercano, y tras una explicación de por qué se me ha acabado antes de tiempo, me mandan un giro, o bien un funcionario va a buscarme y me deja en el aeropuerto para volver a casa, a juicio del cónsul.
—¿Fuiste a muchos países?
—A todos los escandinavos, Rusia y Alemania. Pero esa última no cuenta, porque era parte de mi educación universitaria. Para ir a Alemania no tuve que estar en ninguna lista de espera, pues me bastaba aprobar las asignaturas, en primero de carrera, y luego en quinto curso para volver más tiempo, y a lugares específicos.
—Todo esto me marea, Estrella. Si un inglés viviera aquí, podría aprovecharse de vosotros sin trabajar nunca, te lo aseguro. Dime, ¿tú por qué trabajas, si te lo dan todo sin pagar?
—Jo, veo que no sabes nada de nosotros, Will. Es cuestión de educación. Desde pequeños nos educan en los valores de la solidaridad, el altruismo, la generosidad, en la satisfacción de la deuda que tenemos con la sociedad: se nos regala el idioma, el pensamiento, la sociedad en que vivimos, nuestra historia, la libertad de hacer lo que queramos..., la felicidad, en suma, y nosotros a cambio debemos hacer lo que podamos, no más, por mantener el sistema. Y recibimos lo que necesitamos, no menos. Eso supone que no hay caprichos inútiles, pero sí ganas de agradar, de apoyar a los demás, y esa es nuestra mayor recompensa. Y todo eso vale —te lo puedo asegurar— más que un millón de libras al mes. Supongo que es lo que se entiende por empatía. Se nos educa en la solidaridad y la empatía. Por eso todos amamos este país, y lo defendemos día a día desde nuestro puesto de trabajo. Digamos que es la trinchera de cada uno.
Will permaneció en silencio unos minutos después de la larga explicación de Estrella, que aprovechó para dar un largo trago a su cerveza.
—Ya sé que todo esto es duro de asimilar, Will. No entiendo que no te lo hayan explicado en Inglaterra. ¿Tú por qué has venido a este país, pues?
—Por el sol, la alegría, el arte flamenco, las corridas de toros, no sé..., me habían hablado muy bien de esto.
—Bueno, no estemos tan serios. Te invito al cine, y luego si quieres comemos algo.
—¿Comemos? Ah, sí, me han dicho que aquí se puede cenar a medianoche tranquilamente.
—Aquí se come durante todo el día, Will, si sabes dónde ir.
Fueron a ver una película histórica algo antigua, de hacía apenas cinco años, en la que se rieron mucho con los disparates que hacían los antiguos, en el siglo 21.
Después fueron a cenar a una marisquería que había cerca del hotel, y finalmente Estrella se despidió, pues al día siguiente le tocaba estar de mañana.
Will se acostó rendido. Ya pensaré mañana en todo esto, se dijo.
Al día siguiente Will se levantó muy tarde. Las campanas de la catedral anunciaban el mediodía cuando abrió los ojos.
Tenía la mente confusa. ¿Qué había pasado anoche? Ah, sí, había pasado la tarde con la chica de la recepción. Extraño país, donde la empleada del hotel alterna con el cliente... Claro, que él ya no sabía si era cliente, huésped, invitado..., o las tres cosas, o ninguna de ellas. Estrella se había portado con él como una vieja amiga. Sí, habían sintonizado desde el principio.
Bajó a recepción, pero no estaba. Había otra mujer, de mayor edad, llamada Yolanda.
—Buenos días. ¿Y Estrella? ¿No ha venido hoy?
—Pues no, señor. Ha terminado su turno y se ha ido. Ahora me toca a mí, hasta las ocho de la tarde. ¿Qué se le ofrece?
—Oh, no, nada. Me había acostumbrado a verla a ella aquí, eso es todo. ¿Y sabe cuándo volverá?
—Hasta mañana no vendrá, señor. Aunque no le puedo decir a qué hora, porque quizá tenga que hacer alguna gestión y envíe sustituto hasta que llegue ella. Si le puedo servir yo en algo...
Aquello sí que le parecía raro...
—Perdone..., pero ¿es normal que la recepcionista vaya a hacer gestiones?
—¿Recepcionista? Se confunde usted, señor. Estrella no es una recepcionista más. Ella es la directora del hotel.
—Ah, pero ella me dijo..., no, es verdad, hablamos de que ella trabaja aquí, pero no dijimos en calidad de qué. Tiene usted razón. Entonces vendrá mañana, ¿no?
—Es probable, señor. Pero ¿no va usted a conocer la ciudad, o la provincia?
—Sí, me vendría bien. ¿Sabe usted dónde puedo alquilar un coche?
—¿Le pido un taxi?
—Oh, no, señora. Quiero conducir yo.
—Un coche sin conductor. ¿Alguna preferencia?
—Con que tenga 4 ruedas me conformo, Yolanda, gracias.
La mujer hizo un par de llamadas telefónicas, y diez minutos después tenía allí el coche.
—Pero no me dijo usted cuánto cuesta el coche por día.
—Jeje, gracioso que es usted. Ah, sí, Estrella ya me avisó..., no se preocupe, se lo apuntamos en su cuenta. No se preocupe, que lo podrá pagar antes de irse, Sr. Webb.
Claro, sí, la cuenta del hotel... Recordó Will aquella conversación tan extraña con Estrella.
Aquel coche era nuevo, con apenas cinco mil kilómetros. Era rojo, pequeño, de unos tres metros de largo, desconocido en Inglaterra. La marca era Kyria, y el modelo, Cordura. Según Yolanda, aquel coche era muy bueno, y sobre todo seguro. De fabricación nacional. Quizá no lo conociese porque no se solía exportar.
Aquel coche no era muy grande, pero le sobraba para lo que pretendía hacer. Su pequeño maletero podía albergar su maleta y alguna cosa más que se traería de recuerdo.
Tomó la llave que le ofreció Yolanda, y se introdujo en el vehículo. Pero aquel cacharro tenía el volante en el otro lado. Enseguida recordó que en este país se conducía por la derecha, al revés que en el suyo, así que el volante tenía que estar a la izquierda, para controlar mejor el tráfico. Intentaría conducir por la derecha...
Arrancó y salió a la carretera. Pensaba que aquel país estaba lleno de autopistas, pero no las vio por ningún lado. El tráfico era muy escaso, y la carretera que unía Málaga con Sevilla o con cualquier otro lugar tenía solo dos carriles: uno para ir y otro para volver. No vio ningún signo de limitación de velocidad, por lo que puso aquel cacharro a la máxima de que era capaz, que fueron cien kilómetros por hora. Pero se asustó un poco cuando se cruzó con un camión, y redujo la velocidad a unos prudentes 70, así que tardó un poco más en completar los 200 kilómetros que separaban ambas capitales: algo menos de 3 horas.
Le extrañó ver que podía aparcar junto a la Catedral, sin problemas. No vio carteles que se lo prohibieran, aunque la verdad es que había muy pocos coches. No dio con el mecanismo para bloquear las puertas, así que salió del coche para visitar la ciudad sin bloquearlas. Cuando volvió, al cabo de varias horas, vio que su coche seguía allí, sin que nadie se lo hubiera quitado, lo cual le extrañó mucho. En Inglaterra, se dijo, a los diez minutos se lo habrían llevado, a pesar de que allí hay muchos más coches per cápita.
Si, había sido una visita muy interesante. Había comido en un restaurante típico a base de pescaíto resién traío de Cadi, como el dijo el camarero. Luego se había visitado la famosa torre, la Giralda, a cuyos balcones superiores llegó no sin trabajo a través de la serie de rampas que conducen a ellos. Desde allí sacó varias fotos con su teléfono, para mandar a sus amigos, y que se murieran de envidia. Luego se dio un paseo hasta la Torre del Oro, así llamada porque se guardaba allí el que se traían los conquistadores de América desde el siglo 16, y luego el barrio de Triana, donde guardaban la Virgen de la Macarena —en realidad llamada María Santísima de la Esperanza Macarena Coronada— de Sevilla desde hacía varios siglos.
Volvió al coche después de merendar en una cafetería cercana, y tras repostar en una gasolinera, emprendió el camino de regreso. Pero, claro, se le hizo de noche en ruta. No estaba habituado a conducir tan tarde, y lo lógico habría sido parar en algún pueblo y dormir en ruta, en un hotel, pero se dijo que quería dormir en la bella ciudad de Málaga, y por eso continuó, pero lo hizo más despacio y con cien pares de ojos, como se decía en este país.
Hasta que sucedió la tragedia: vio de pronto dos luces que se le acercaban muy deprisa, y sus reflejos condicionados le jugaron una mala pasada: se ciñó a la izquierda por instinto, y el vehículo que venía de frente, un camión articulado, le tocó la bocina de modo insistente, por lo que él acabó fuera de la carretera, a medida que el camión se alejaba. Saltaron los seis air-bags de que disponía el vehículo, y tras comprobar que estaba bien, sin nada roto, salió del coche. Tenia dos ruedas reventadas, y el morro hecho un acordeón. Probó a arrancar, pero el motor estaba muerto.
¿Y ahora qué hago yo?, se dijo.
Buscó los papeles del coche, pero además de la lista de características y el contrato de alquiler, no encontró nada más. ¿Cómo era posible que el coche no estuviera asegurado? En lugar de un teléfono de la compañía aseguradora, encontró una tarjeta del hotel.
Desconsolado, llamó por teléfono a aquel número, y le contestó Adrián.
—Ah, es usted —le dijo el hombre, con voz sosegada. —Le esperaba mañana. Un momento, se pone la jefa.
Tras unos segundos de espera, oyó la voz familiar de la directora del hotel Durán:
—Hola, Will. Aquí Estrella. ¿Qué se le ofrece?
Will le resumió en breves palabras y voz contrita lo que le acababa de ocurrir.
—Ah, vale, no se preocupe. Lo importante es que a usted no le ha pasado nada. Mándeme la ubicación, y le enviaremos a alguien para traerle y recoger el vehículo.
Aquella gente era muy eficiente, pues treinta minutos después apareció una grúa, que se llevó el vehículo y al conductor hasta el siguiente pueblo, la Puebla de Cazalla. Allí le esperaba un taxi, que le llevó a Málaga.
El chófer era un joven muy majo, que sabía inglés y le dio conversación durante todo el camino.
—Hizo mal en conducir usted mismo, ¿sabe? Aquí se conduce diferente que en su país. Y para algo estamos los taxistas. Llámenos usted cuando necesite uno.
Tardaron algo más de una hora en llegar al hotel.
—Ya sé —le dijo Will al llegar —la carrera me la apuntan a mi cuenta del hotel.
El taxista sonrió. Le deseó buenas noches, y salió a hacer otro servicio.
—¿A la gente no le gusta conducir en este país? —preguntó a Estrella en cuanto llegó al hotel.
—Jeje, digamos que aquí cada uno hace lo suyo, que es lo que mejor se le da.
—Por cierto, lo del coche supongo que sí tendré que pagarlo, ¿no? Adiós a mis vacaciones...
—¿Por qué lo dices?
—Porque el coche no tenía seguro. Me lo tenían que haber dicho, pero también lo tenía que haber preguntado yo. Me dieron la llave y me dijeron Ahí está el coche, sin más. Y ahora tengo este problema.
—Esto no es Inglaterra, Will. No tienes que pagar nada.
—¿Qué? Pero los daños..., el coche ha quedado hecho un acordeón. No creo que lo puedan arreglar.
—Es igual. Ha sido un desagradable accidente. Lo que importa es que a ti no te ha pasado nada. De todos modos, deberías ir al hospital, para ver si tienes algún daño interno. A veces esas cosas no avisan hasta que es demasiado tarde.
—¿Hospital? No, yo me siento bien. Un poco mareado al principio, pero ya se me pasó.
—Si quieres, te acompañará un botones. Así nos quedamos más tranquilos.
Tanto le insistió, que tuvo que transigir. Supuso que aquella mujer no quería tener problemas porque se le muriera nadie en el hotel.
El botones, un chaval simpático llamado Manuel que hacía este trabajo solo los veranos, pues aún estaba en edad escolar, le contó algunas anécdotas del colegio al que todavía iba —pues tenía quince años—, que a Will le parecían increíbles, pero divertidas.
En el hospital le hicieron varias pruebas, entre ellas un escáner y un análisis de sangre, y otro de orina.
—Parece que todo está bien, señor —le dijo el doctor, un hombre de unos cincuenta años —pero hemos detectado un factor en su sangre que le puede dar problemas en el futuro. Su sangre, digamos, es demasiado espesa. Le aconsejo que se tome esta píldora que le receto una vez al día.
—Pero yo me siento muy bien, doctor. Nunca en mi vida he ido al médico. No he tenido ni un dolor de cabeza, ni de muelas, ni nada.
—Bueno, don Will, que no le haya pasado no significa que no le vaya a pasar. Si no se la toma, a lo mejor no le pasa nada en toda su vida, pero existe la posibilidad de que le dé a usted un infarto, una embolia o un ictus en el momento menos pensado. Si le hubiera dado al conducir, se habría matado usted, quizá llevándose a alguien por delante.
Aquello preocupó mucho a Will. Tanto, que tomó el frasco de pastillas que el galeno le ofrecía.
—Recuerde, señor: una vez al día. El efecto es inmediato, pero si deja de hacerlo, el efecto expira de modo inmediato también. No se confíe usted. Le recomiendo que se haga usted un análisis de sangre cada seis meses, para estar seguros de que está bien.
Preocupado, volvió al hotel. Ya no prestaba tanta atención a Manuel, que siguió hablando sin parar un rato, hasta que vio que el inglés no le hacía caso, sumido en sus pensamientos.
Al llegar al hotel, no vio a Estrella en la recepción. Allí seguía Adrián. Pasó por delante de él y se fue directo al comedor, donde se consoló con una sopa de cocido y un mero a la plancha, coronando la fiesta particular que se dio con un plátano con helados, que en su pueblo llamaban banana split, o sea plátano rajado, porque la verdad es que estaba cortado a lo largo.
Después subió a su habitación, y se cayó en un sueño pesado que le duró hasta el día siguiente, a las diez de la mañana. Se fue al balcón, desde el que se divisaba el puerto, y un poco más allá el mar.
En el muelle Uno entraba en ese momento un crucero, una nave enorme que alojaba a miles de pasajeros. No se le había ocurrido nunca hacer un crucero. Aquella gente estaría solo unas horas en la ciudad, pero no tuvo que esperar cinco años para entrar en el país, como él, aunque era cierto que solo unas horas. Luego le informarían que procedía de Cartagena, pues estaba haciendo un crucero por el Mediterráneo, y que antes de la ciudad murciana había tocado en Barcelona y Valencia, procedente de Niza.
Sí, el mar le gustaba, pero nunca había viajado en barco. Los cruceros eran muy caros, pero podría ahorrar lo suficiente para hacer uno en el futuro. También se preguntó que si los naturales del país podrían hacerlos. Estrella le había dicho que sí podían ir al extranjero de viaje, en vacaciones, pero no le dijo cómo.
De pronto sonó el teléfono. Era su amiga, la directora.
—¿Guillermo? Soy Estrella. ¿Cómo te encuentras?
—Ah, hola, Estrella. Muy bien. ¿Qué se te ofrece?
—Voy a tomarme un descanso de media hora. Si te viene bien, podemos charlar un rato.
—Ah, claro. Espera, bajo en un momento.
—Bien. En la cafetería del hotel te espero. ¿Qué te voy pidiendo?
—Je, siempre quise probar lo que aquí llaman un asiático, ¿es posible?
Cuando llegó a la cafetería la camarera le estaba trayendo el asiático, en realidad un cóctel de café, leche condensada, Licor 43, coñac y varios granos de café con una pizca de canela.
—Ah, hola —saludó ella.
—Me extraña que me hayas llamado.
—Es que quería saber cómo estaba el inquilino... No quiero que nos des un susto.
—Jeje, sí, supongo que alguna vez se te habrá muerto alguno en la habitación.
—No, a mí no, pero eso sí que ha ocurrido alguna vez.
—¿Y qué ocurre entonces?
—Es un rollo: vienen la policía, los peritos, el juez..., luego tenemos que localizar a la familia, y pedir instrucciones sobre qué hacer con el cadáver.
—Pensaba que de eso se ocupaban los policías.
—Bueno, aquí es distinto. El hotel es lo más parecido a la familia, a efectos oficiales.
—¿Y si no aparece la familia?
—Entonces el hotel se encarga de enterrarlo en el cementerio más cercano cuando el forense acaba con la autopsia. Pero ya te digo que no es algo muy frecuente.
—Bueno, sí, el hotel no parece muy grande.
—Ahora tenemos cinco huéspedes, aunque tenemos 20 habitaciones. No es temporada alta. Quizá por eso te han autorizado a ti venir tan pronto.
—¿Pronto? ¡He tardado cinco años!
—No te quejes, hay quien ha tardado más. No todo el que quiere puede venir. Algunos no lo consiguen nunca.
—Es difícil de creer. Este país vivía antes del turismo. Los turistas venían a millones.
—Sí, pero aquello fue una desgracia. Subieron los alquileres, subieron los precios de los hoteles, y hubo revuelta social: no era de recibo que los naturales no pudieran vivir porque había que sacarles la pasta a los que no eran del lugar. Y eso lo aprovecharon los que querían cambiar el régimen, como debes saber. Además, la pasta se la llevaban los fondos buitre, que eran todos extranjeros: casi todos yanquis, pero también ingleses y alemanes.
—¿Y no os montaron ninguna?
—Claro. Ellos eran los que estaban detrás de los manejos de la Unión Europea.
—Vaya, pues no es eso lo que se sabe ahí fuera. Lo que se sabe de este país es que antes era un destino turístico preferente, pero que un buen día cambió el gobierno y cerró la frontera. La Comunidad Europea los echó y le hizo el bloqueo económico y comercial, pero que Rusia y China acudieron con sendos acuerdos comerciales, y después Hispanoamérica, con lo cual la CE se vio burlada, compuesta y sin novio.
—Jeje, eso es parte de lo que ocurrió. Yo no había nacido, pero en el colegio nos enseñaron que estuvimos a punto de tener que rechazar una segunda invasión de los franceses —ya sabes, la primera fue la que montó el imbécil de Napoleón—, pero al final los gabachos no tuvieron cojones de venir por aquí. Los rusos y los chinos, pero sobre todo los sudamericanos, entablaron relaciones comerciales y relanzamos nuestra agricultura, ganadería, minería e industria, y pudimos pasar por completo de aquella Europa de los Burócratas, y en cuanto a los de abajo, los vecinos africanos, se calmaron cuando vieron que teníamos diez portaaviones nuevos y una flota de submarinos de número —en realidad doscientos—, con lo que ellos dedujeron que no podrían nunca pasar del estrecho.
—Vaya, sí que le echasteis cojones al asunto.
—Pero hubo más: en lugar de que se independizara Cataluña, como de vez en cuando amenazaban los pijos de aquel lugar, se nos unieron Portugal y Andorra, y en lugar de España, como insistían algunos, o Iberia, como querían otros, al final adoptamos el más risueño nombre de País del Sur, y en lugar de portugueses, españoles o andorranos, ahora somos todos sureños. Aunque algunos dicen que más bien deberíamos ser sudetes, que es la denominación oficiosa, en claro corte de mangas a los nazis.
—Los nazis..., pero vosotros ¿qué partidos políticos tenéis?
—Nosotros, o sea el pueblo sureño, ninguno. Nosotros votamos directamente a los diputados —o los desvotamos, según se porten— y luego ellos se afilian —o no— al partido político que quieren, sabiendo que favorecer a su partido a costa nuestra tiene cárcel.
—Eso está bien. Ojalá pasara eso en Inglaterra.
—Bueno, porque no queréis. El éxito de Templado de las Horas fue precisamente contar con el pueblo a la hora de cambiar la Constitución. Y se volvió a cambiar cinco años después, para resolver el problema pecuniario de todos.
—¿Cómo?
—Aboliendo el dinero.
—Jo, me sorprendes. Lo del nombre yo creía que era un eufemismo, pero veo que sí es verdad: El País del Sur. Y ahora lo del dinero.
—Bueno, en algún momento te habrán explicado que no es lo mismo Estado que País o que Nación. El problema que tuvimos antes, en el Antiguo Régimen, era que el dinero lo era todo. Y eso estaba arruinando al país y sobre todo a la nación, o sea a todos los ciudadanos. El problema no eran los capitalistas o los ladrones, sino el dinero mismo. Ahí estuvo el mérito de Templado: señaló el problema, y convenció a la gente que muerto el perro —o sea, el dinero— se acabó la rabia —o sea, la crisis, la pobreza y, sobre todo, la deuda—.
—Y el Estado, según dices...
—Prácticamente desapareció. Se ha quedado en funcionarios que sirven al pueblo y se han olvidado de llenarse los bolsillos de algo que no existe —de hecho nunca existió: el dinero no era otra cosa más que una convención cuya función era esclavizar a los de abajo para enriquecer a los de arriba, que acabaron siendo peones de las multinacionales.
—Pero sigue habiendo gobierno...
—Bueno, digamos que de los 18 que llegó a haber, solo queda uno, el que antes llamaban nacional, como si la nación hubiera tenido alguna vez que ver con él. Ahora la nación —o sea, todos los sureños— es la dueña del país —es decir, el lugar este que quieres ver tú—, y aquí se hace lo que el pueblo —o sea, todos nosotros— decide directa o indirectamente. Y el gobierno que intenta hacer otra cosa no dura ni 48 horas en el cargo.
—¿Lo depone en ejército?
—No hay ejército.
—¿Entonces?
—Bueno, hay técnicos que mantienen a punto las máquinas de guerra de que disponemos. Pero todos tenemos pistola y subfusil en casa, y si nos llama la Patria, nos echamos al monte (como decimos por aquí) dispuestos a defender cada palmo cuadrado de terreno. Pero nunca nos han tenido que llamar.
—¿Desde qué edad tenéis armas de fuego?
—Desde que demostramos que sabemos usarlas.
—Entonces un mozalbete de doce años podría tener un arma y matar a alguien.
—Ese mozalbete —dijo ella muy seria —tendría que demostrar algo más que tener buena puntería.
Will notó que ella estaba un poco tensa, pero así y todo, siguió con las dos preguntas que se le habían formado en la cabeza, la que se le acababa de ocurrir, y la que tenía rondándole desde que había hablado de la abolición del dinero:
—¿Qué más, pues?
—Su estabilidad emocional, sus valores, su equilibrio psicológico... Son una serie de pruebas muy importantes.
—¿Y las pasa todo el mundo?
—No todos, pero sí la gran mayoría. Por eso se podría decir que los sureños tenemos un ejército muy superior al de la mayoría de los países, y por supuesto de más efectivos que el resto de Europa junto.
—Pero si no practicáis...
—Sí que lo hacemos. Cada dos años pasamos un mes de maniobras terrestres, marítimas y aéreas. Además, tenemos varios satélites dando vueltas por ahí arriba, cuidándonos. En realidad si tuviéramos que echarnos al monte sería porque habríamos perdido la gran batalla, la que se da desde el espacio. Y como los demás países lo saben, estamos tranquilos.
—La guerra de las galaxias, que decía Reagan.
—Sí, pero aquel tío fue un farsante. La nuestra sí que es de verdad.
—Me extraña que los demás poderes del planeta no os los hayan derribado. Me refiero a los satélites.
—Lo ha intentado, pero no han podido. A esas distancias, se ven venir las armas desde lejos, y las contrarréplicas son muy efectivas. Ya les dejamos sin satélites una vez, hasta que se firmó La Paz de Moscú, que puso fin a la Guerra Espacial de hace 10 años. Ahora todos pueden tener satélites, pero no armas dando vueltas por ahí arriba. Además, saben que si nosotros caemos, ellos caen también.
—Joder, no me dirás que tenéis la bomba atómica.
—Jo, qué antiguo. Tenemos otras cosas más efectivas, Will. No necesitamos bombas atómicas. Mira: tenemos medios para hacer que exploten las que tienen ellos en sus bases, o que se les paren los reactores en cuanto alcancen cien metros sobre el suelo, de modo que exploten en su país, no en el nuestro. No controlo mucho esa tecnología, y no te la sabría explicar, pero he visto las pruebas en islotes abandonados en el otro lado del mundo, con misiles sin carga nuclear, claro. Ni la tenemos ni la queremos.
—Eh..., no sabía que teníais islotes en el Pacífico.
—Y no los tenemos. Pero, la verdad, tampoco pedimos permiso a los supuestos dueños de aquella zona. Al fin y al cabo los yanquis y los ingleses se los robaron a los españoles en el pasado, y ahora nosotros no reconocemos los derechos de nadie sobre aquella zona. La usamos cuando nos conviene, y si no están de acuerdo..., pues ajo y agua. Y si no, no haber robado.
—Pero..., no me has explicado eso de desvotar al gobierno que no cumple.
—Ah, sí. Pues igual que votamos a un gobierno, el pueblo puede forzar a los diputados a que le retiren la confianza y El Presidente convoque elecciones legislativas y ejecutivas, con lo cual cesan todos los ministros —que aquí no son más que cinco secretarios que ayudan al Presidente a hacer que se cumplan las leyes—. Igual suerte sufren los diputados y los jueces: si el pueblo les retira el voto, cesan en sus cargos, y se elige a otros, aunque eso es un proceso más rápido, porque en ambos casos se eligen por distritos. Pudiera ser que se cambie a un diputado, o a un grupo pequeño de ellos, o a todos, según se porten con nosotros, el pueblo. Ni el Gobierno ni el Presidente de la República, ni las Cortes pueden convocar Elecciones a Cortes Generales. Cada distrito las convoca por su cuenta cuando lo estima oportuno, o cada cuatro años. Y el diputado electo sabe que no está allí para defender sus ideas, sino el bienestar de su distrito.
—Entonces..., entones aquí nunca hay elecciones generales.
—Has dado en el clavo: cuando un distrito está satisfecho con un diputado, no lo quiere cambiar. Por eso para que uno nuevo se postule ha de reunir unas condiciones objetivamente mejores que el que está. Y si el diputado deja de ser útil a su distrito, se fuerza una elección solo en ese distrito, y se elige entre todos los que se presenten, aunque el que está en activo también tiene derecho a presentarse.
—¿Cuándo fue la última elección en este distrito, pues?
—Hace diez años. El diputado Juan Manuel Noriega López se porta, y la gente está contenta con él...
Aquella mujer sabía mucho más de lo que decía, o al menos así lo interpretó Will. Pero no le importaba contárselo, sin saber si él era un espía inglés o no. Pero por lo que ella decía, eso era de dominio público en aquel país. Cualquiera podría decírselo.
—Me es difícil de creer, Estrella. O sea, que aquí la política es algo secundario, y tú eres militar, en parte.
—Jeje, el sistema funciona solo, y sí, se podría decir que soy militar, aunque no lo parezca. Pero este es un gran país, Will, por el que vale la pena luchar. Vivimos bien, no tenemos problemas, no hay frustración ni envidia, que eran los dos males de España y Portugal, aparte de la casta política.
Volvía a sonreír, mientras se tomaba el café con leche y las galletas que formaban su merienda de las seis de la tarde. Curiosa gente, los sureños... Afables, cariñosos, pero por lo que veía, pobre del que les tocara las narices.
—¿Y cómo lo habéis conseguido? ¿Llegó un día Templado de las Horas con su gran idea y todo el mundo la adoptó?
A ella se le escapó una risotada que hizo que la gente que estaba en la cafetería los mirase a los dos.
Luego, más tranquila, dado que él no se reía en absoluto, continuó:
—No, hombre. Claro que hubo resistencia por parte de los que tenían dinero. Dentro y fuera del país. Pero los de abajo eran muchos más. El partido de Templado, llamado Renovación Ibérica, sacó mayoría absoluta en las últimas elecciones de aquel régimen partitocrático. Y lo primero que hizo el nuevo Gobierno fue convocar elecciones constituyentes: había que cambiar la constitución, y había que cambiarla ya, pero no de cualquier manera. Y en lugar de tomar la alemana como modelo, se tomó la yanqui de 1776 y la francesa de 1789, pero sobre todo la de Cádiz de 1812, y tras cinco referéndums que siguieron a otras tantas propuestas de Constitución, se acabó adoptando la actual, más completa que aquellas tres, y más adaptada a nuestra idiosincrasia.
—Claro. La 4ª República Española.
—Cierto. Algunos dicen que las dos primeras no lo eran, de modo que esta es la 2ª, pero bueno, a esta le decimos La Cuarta. Y El Presidente de la República sigue teniendo el mando directo del ejército virtual, o sea un ejército que no existe, o que no existirá hasta que la nación lo necesite, y entonces el Presidente se pondrá al frente del mismo, designando a los más capaces para dirigir la estrategia y parar a los que nos quieran hacer la puñeta. Durante la Guerra de las Galaxias, o sea de los satélites, el Presidente Asín nombró a los generales de Estado Mayor cuyo mayor acierto fue elegir a los ingenieros más capaces que diseñaron los algoritmos de evasión y ataque más impredictibles que nos dieron la victoria. Durante años los únicos satélites que siguieron dando vueltas ahí arriba fueron los nuestros, hasta que todos los países firmaron el Acuerdo de No Proliferación de Satélites Defensivos. Fruto de aquel acuerdo, solo hay diez satélites de guerra ahí arriba, todos nuestros, y de los trescientos civiles que hay tienen factura sureña en el 50%. Cada vez que sube uno, se le escanea cuidadosamente cuando aún no ha llegado a su órbita, y si sospechamos que no es lo que dicen, se le saca de órbita, y se le pone rumbo al Sol.
—Un pueblo curioso, sí. Pero cada uno tiene su escopeta en casa, por si acaso...
—Esa escopeta es la salvaguarda. En este país la soberanía es del pueblo, no del gobierno ni de los diputados.
—Ah, claro, sí, como en Inglaterra.
—Observo que siempre dices Inglaterra en lugar de Reino Unido.
—Es verdad. Pero..., ¿qué es el RU, sino Inglaterra y sus provincias?
—Je, si te oye un galés o escocés igual te agrede.
—Qué va. A estas alturas lo tienen muy asumido. Lo que me extraña es que aquí no pase igual, que no seáis todos españoles, en lugar de sureños. Al fin y al cabo España dominó todo el mundo, o casi, una vez, mientras que Portugal se ocupó de unos cuantos países, y las demás regiones de la Península Ibérica no se comieron ni un rosco.
—Jeje, nos hemos mezclado tanto en estos años, que todos hemos asumido la historia de España, de Portugal, de Andorra y de todos los demás lugares de la Península Ibérica. Todos somos sureños —sea cual haya sido nuestro origen—, y el regionalismo perdió la batalla hace más de cincuenta años, cuando se vio que se trataba solo de usarlo para que unos cuantos sinvergüenzas se enriquecieran a costa de la ingenuidad de los demás. Recuerda, además, que somos una sola nación, aunque antes viviésemos en tres estados diferentes. Lo éramos desde la época de los romanos, lo hemos sido durante más de dos mil años. Y lo seguiremos siendo, porque ahora estamos más unidos que nunca.
—Bueno, la cuestión política es difícil de creer..., pero la otra me es imposible.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—La abolición del dinero.
Ella sonrió. Se terminó su café, y mirándole fijamente a los ojos, le preguntó:
—A ver, dime, Will: ¿cuánto te cobrarían en UK por ese asiático que te estás tomando?
—Pues no sé..., allí no hay de esto. Pero por lo menos diez libras.
—¿Y con diez libras qué podrías comprar en tu país?
—Pues no sé. Me podrían dar una clase de idiomas, o comer en un restaurante no muy caro. O un bono para el metro de diez viajes...
—O sea, que diferentes cosas, diferentes precios.
—Sí.
—Aquí todo te cuesta lo mismo.
—¿Que es..?
—Lo que sepas y puedas hacer, ni más ni menos.
—Y a cambio recibes...
—Lo que necesites, ni más ni menos.
—¿Y quién decide eso, qué es lo que necesitas y qué es lo que puedes hacer?
—El mejor juez que existe: tú mismo.
—Je, yo puedo decidir que necesito todo, y que no puedo hacer nada.
—Si te vuelves tetrapléjico, entras en coma o te vuelves inútil por accidente, te cuidaremos los demás. Y eso lo sabemos todos.
—No me refiero a eso. Me refiero a los sinvergüenzas que se aprovechan de los demás, como esos políticos que teníais antes.
—Se enfrentarán al peor tribunal que conocerán en su vida. Y la condena no será mínima, no.
—¿Ah, sí? ¿Y quiénes forman parte de ese tribunal?
—Ellos mismos, los sinvergüenzas. Verás: al no haber dinero, no pueden atesorar el esfuerzo de los demás en una caja fuerte. Tendrán que usarlo en el momento y en el lugar determinados, y estarán a la vista de todos. Nadie le va a condenar, ni a meter en la cárcel, pero se sentirán desplazados, verán que su lugar no está aquí, y cuando no puedan soportar verse señalados en la mirada de los demás, cada uno de ellos se acabará yendo a otro país, o se reconvertirá en uno de más de nosotros.
—No sé, no sé, no me convence la idea… ¿Qué hay de aquella máxima de que por cada español que trabaja hay siete mirando?
—Jeje, eso que dices de los mirones, es un tópico de tiempos pasados. Si te quedas entre nosotros, igual descubres que eres el único que mira…
Hizo una pequeña pausa, y de pronto miró el reloj y se levantó, diciendo:
—Huy, tengo que volver al trabajo. Pero mira, te aconsejo que hagas una cosa: vete a dar una vuelta por el país, quédate el tiempo que quieras, y luego decides si estamos locos, o si te gustaría quedarte y ser uno más de nosotros.
—¿Me estás hablando de nacionalizarme?
—No serías el primero. Bueno, tengo que dejarte, adiós.
Y lo dejó con un palmo de narices. Alexia, la camarera, vino a llevarse las tazas y los platos que habían usado, y él salió a darse un paseo por el puerto.
Necesitaba asumir toda la información que le acababa de dar aquella mujer. Sí, le había costado un quinquenio venir a conocer este país, y ahora le parecía que no lo conocía en absoluto. Estrella le había hablado de cosas imposibles, de una utopía. Un mundo sin dinero, ¿dónde se había visto eso? Y sin embargo, la moneda, el escudo, existía. Había sido la divisa de Portugal, pero ahora era de todo el País del Sur, y valía 25 dólares yanquis. Pero no había visto ninguno desde que había llegado.
Alguien tendría que explicárselo antes de irse de este extraño país. Tan extraño que a él empezaba a gustarle...
El resto del día lo invirtió en pasear por el centro, luego fue al puerto, y se tomó un café viendo entrar y salir los barcos. Algún día, se dijo, tengo que ir en un crucero de esos.
Luego volvió dando un paseo. Estrella no estaba. Esa noche le tocaba el turno de noche a Yolanda, que le saludó con una sonrisa.
—Yolanda, —le dijo —mañana me voy de viaje. Quiero darle la vuelta a la Península.
—Muy bien, señor. Tomo nota.
—Quisiera que me informaras de los trenes o autobuses.
—En su habitación tiene usted un prontuario con toda esa información, señor. Pero si lo que desea usted es descubrir la Península Ibérica a su aire, yo le aconsejaría que alquilase usted un coche..., o bien —en ese momento se acordó del Kyria Cordura, y con una sonrisa añadió —mejor yo le recomendaría que la diera en taxi. Total, le va a costar a usted lo mismo que el coche sin conductor, e irá más distraído.
—Ah, sí, conozco a un taxista..., creo que tengo su tarjeta en mi habitación. Gracias, Yolanda, hasta luego. Buenas noches.
En cuanto llegó a su habitación buscó en el cajón de la mesita de noche, y allí estaba la tarjeta:
Le llamó, y tras una breve conversación, quedaron en que lo recogería al día siguiente a las diez de la mañana.
Como ya conocía Sevilla, esta vez el viaje fue por la costa, admirando la orilla del Mar Mediterráneo, con el que había soñado tantas veces en la lluviosa Albión. La conversación de Elías era interesante, y pronto cogieron confianza para contarse sus vidas.
—¿Qué, ya ha visto bien lo que Málaga ofrece al turista?
—Supongo que me he dejado cosas, pero ya las veré cuando vuelva.
—Ah, vale. ¿Qué ha visto?
—Hasta ahora me ha gustado lo que he visto. He estado en el Museo Picasso, en el Thyssen, y he visto también el Teatro Romano. Pero lo que más me han gustado ha sido las playas. Lástima que no haya podido ver una corrida de toros.
—Ah, no, no es la temporada. ¿Se va a quedar mucho tiempo, Will?
—En principio un mes, pero puede que me quede algo más.
Fueron con calma por la carretera que bordea la costa, atravesando Benalmádena, Fuengirola, Marbella, y pararon en Estepona para comer. Luego continuaron hasta Gibraltar, donde entraron a pie, y Will se encontró at home, o sea en su casa. Aquello ya no pertenecía a Gran Bretaña, pero el ayuntamiento de esa ciudad y el de la vecina La Línea de la Concepción se habían fundido en uno solo, y habían acordado mantener las tradiciones y raíces y peculiaridades de la Roca, y sus habitantes eran todos bilingües, siendo la mayoría de ellos de idioma inglés nativo, lo que había provocado la afluencia de gente de toda la Península Ibérica a la que había atraído la idea, y habían conformado una ciudad original y atípica, que era en realidad la segunda más poblada de la provincia, después de la capital, Cádiz.
—¿Cómo dejó esto de ser propiedad de Gran Bretaña, Elías? —preguntó Will al pasar por lo que había sido la cancela de entrada.
—La verdad es que no lo sé, Will. Solo sé que a poco de dejar la Comunidad Europea, los gibraltareños fueron invitados a unirse al País del Sur, y ellos, gente práctica, no encontraron ninguna razón para no aceptar la invitación, y sí muchos inconvenientes para negarse. Inglaterra ya no era lo que había sido, y la potencia militar del País del Sur era tal que para cuando llegaran los refuerzos de la metrópoli —si es que llegaban— ya no habría nada que hacer. Pero bueno, eso es historia pasada, supongo que mi abuelo algo exageraría cuando me lo contó.
Pasaron lo que quedaba del día en aquel recuerdo del Imperio Británico, y a la mañana siguiente siguieron ruta hacia Chiclana, donde se bañaron en la playa, y por la tarde visitaron San Fernando y pernoctaron en Cádiz, La tasita de plata, como la llaman los naturales de allí.
En cuanto llegaron, buscaron hotel y luego se fueron a la Plaza de Santo Cristo, donde había una freiduría, y se fue cada uno con su cucurucho de pescaíto frito a comérselo por los alrededores del puerto, admirando el centro de la ciudad.
A la mañana siguiente visitaron la catedral, el Barrio del Pópulo, el Teatro Romano y la Plaza de San Juan de Dios. Subieron a la Torre Tavira, desde donde se puede ver una buena panorámica de la ciudad, que en realidad es una península unida al continente por la carretera de San Fernando, que a su vez es una isla unida al continente por un brazo de arena. Por la tarde vieron el Castillo de Santa Catalina, y de vuelta al hotel, cenaron en el restaurante y se fueron a dormir, agotados por las emociones del día.
Al día siguiente fueron a ver la desembocadura del Río Guadalquivir, en Sanlúcar de Barrameda, y de allí, a través de una carretera comarcal por la que casi nunca hay tráfico, llegaron a Huelva. Antiguamente había que ir a Sevilla, y de allí a la capital colombina, pero desde hacía años se había decidido que el parque natural de Doñana era patrimonio de todos los sureños más que de la humanidad, y aunque seguía prohibido acampar allí, ya se podía cruzar en coche o en autobús para unir la capital más meridional de Europa con el antiguo Reino de Portugal, a través de Onuba, o sea Huelva. En esta ciudad pararon poco, apenas para comer, pues lo que vieron no les atrajo mucho, excepto las antiguas minas de Río Tinto, fundadas precisamente por los ingleses, que dotaron a la ciudad de un pequeño ferrocarril hasta el puerto. Lo que, sin embargo, fascinó a Will, es que está entre dos ríos, el Tinto y el Odiel. Y la inmensa estatua dedicada al Descubridor por antonomasia, Cristóbal Colón, que al igual que El Navegante —Fernando Magallanes—, era extranjero de origen, pero ambos se hicieron universales cuando fueron españoles.
Pasaron por varias playas, pero se detuvieron en la llamada de los Clérigos, que les gustó más que las otras que habían visto. Allí conocieron a Branca y Sada, dos muchachas locales muy simpáticas que tomaban el sol en bikini. Se tomaron unos refrescos con ellas, que casi enseguida se fueron a su casa.
—Lo malo de que no exista el dinero —le dijo Will a Elías— es que ya no podemos invitar a un par de chicas guapas como estas, así que es más difícil ligar...
—Jeje, Will, ya aprenderás a hacerlo al modo sureño. Acuérdate de aquella vieja canción..: Para hacer bien el amor, tienes que ir al Sur...
Tras unas risas, se fueron a comer a un chiringuito que había en la playa, O Lisboeta, y luego prosiguieron el viaje hacia el norte, hacia Lisboa, a donde llegaron cuatro horas más tarde, tras atravesar la Reserva Natural de Los Lagos de San Andrés.
—Este país está lleno de parques naturales —dijo Will cuando salían de aquella reserva.
—Así es. Tenemos una combinación muy propicia para ello: ríos, clima, acuíferos..., y una tierra muy fértil, aunque ocasionalmente no lo es en algunos puntos.
Cuando llegaron a Lisboa ya era de noche. Apenas tuvieron tiempo para encontrar un hotel y descansar.
A la mañana siguiente le esperaba una noticia inesperada a nuestro amigo inglés:
—Will, no puedo seguir llevándote. En teoría te tenía que haber dicho esto al salir de Andalucía, en Ayamonte, pero pensé que podría hacer el circuito contigo. Pero me han llamado de Málaga, y tengo que volver.
—Vaya. ¿Y ahora qué hago? ¿Me vuelvo contigo?
—Oh, no, no hace falta. Ya he buscado sustituto. Es una mujer, por cierto. Aiñoa das Cortes. Llegará en una hora. Cuando esté ella aquí yo volveré a mi casa. Ella conoce Lisboa como la palma de la mano, y te llevará al menos por toda la zona que antes era Portugal, quizá hasta el norte de Galicia.
—¿Y después? Pensaba recorrer la periferia, y acabar en Madrid, antes de volver a Málaga a coger el avión...
—No te preocupes, hombre. Supongo que al cambiar de región te pondrán otro taxi a tu disposición. Así conocerás más gente. Y si no, coges un tren y vuelves a Málaga, si te cansas de ver tanto País del Sur.
Aiñoa era una muchacha menuda, de piel tostada por el sol, pelo muy negro recogido en dos trenzas que llevaba arrolladas sobre la cabeza en varias vueltas, vivaracha, de charla fácil, y lo mejor era que dominaba perfectamente el inglés. Había vivido dos años en Londres, le dijo, porque su padre había sido cónsul en Birmingham.
Una vez hechas las presentaciones, Elías se despidió y se marchó en su berlina, no sin antes desearle a Will un viaje placentero y verle de nuevo en Málaga antes de marcharse.
—¿Y tú hace tiempo que eres taxista, Aiñoa?
—¿Yo? Unos años. ¿No te lo dije? Esta es la primera vez que salgo de Lisboa.
—Bueno, me gustaría que me enseñaras antes la ciudad. Tiene mucha historia, ¿no?
—Pues sí. Tanta como España, o más.
—Je, eres portuguesa, ya veo.
—No exactamente. Mi padre sí es lisboeta. Bueno, supongo que eso me hace a mí portuguesa de origen, también, aunque mi madre sí es de Ávila. Allí nací yo, viví, estudié y trabajé unos años, hasta que me dio por recorrer el país, y después de vivir una temporada en un sitio, me voy a otro. Ventajas de ser taxista —dijo guiñando un ojo.
—¿Y por qué dices eso de Portugal?
—Conozco la historia de los dos países. Y la del mío, claro, el País del Sur, donde nací. Soy licenciada en Geografía e Historia, aunque no llegué a hacer el doctorado, que tampoco he descartado todavía. En fin, soy joven, y aún puedo hacerlo, digo yo...
—¿Puedes volver a la universidad cuando quieras?
—Pues claro. Mucha gente lo hace después de haber estado trabajando unos años. No hay límite de edad para eso.
—¿Cualquiera puede hacerlo en cualquier momento?
—Si han pasado más de cinco desde que dejaste la universidad te hacen un examen de adaptación... Pero no sé, no creo que vuelva. A mis 30 años creo que ya tuve bastante de aquello. Pero no creas, a veces pienso que debería volver y estudiar otra cosa. Me has hecho tocar un punto sensible... —dijo quedándose pensativa unos segundos.
—¿Tan mal se pasa? Una de mis frustraciones es no haber podido ir a la universidad.
—Ah, pues hazte sureño y podrás ir a estudiar lo que quieras.
—¿Es que me puedo hacer sureño?
Ella sonrió antes de contestar:
—Claro que puedes. Ya te lo contaré antes de despedirnos, Will. Pero ahora dime: ¿qué quieres ver de Lisboa?
—Todo.
—Uf, entonces te tienes que quedar a vivir aquí.
—Pero entonces tendría que perderte como taxista, ¿no?
—Obvio.
—En ese caso, me lo vas explicando por el camino. De momento me voy a conformar con una visita guiada de un día. Eso lo puedes hacer, ¿no? Digamos..., bueno, veamos qué me puedes explicar en 24 horas, y si me quedo con ganas ya volveré en otra ocasión a ver con calma cada una de las cosas que me cuentes, más las que me recomiendes para una estancia corta en la ciudad. ¿Hace?
—Claro. Aquí los taxistas llevamos al cliente a donde nos dice, por cerca o lejos que esté —sonrió.— Y si me pides un tour urbano para empezar, lo empezamos cuando quieras. Ahora mismo, por ejemplo.
El coche estaba aparcado frente al hotel, así que se fueron caminando. Al final de la Vía Lusitana —durante décadas llamada Avenida de la Libertad—, torcieron hacia la izquierda, y pronto se vieron frente al largo obelisco sobre cuya punta se alzaba el Marqués de Pombal, héroe nacional de los portugueses, con la mano puesta sobre un león, símbolo del poder. La plaza en que se encuentra está dedicada al nombre del marqués, un importante estadista del siglo 18, embajador del rey Juan V, y acabó siendo primer ministro de su sucesor, José I, gobernando el Reino de Portugal durante 27 años en el siglo 18.
—Ahora —le dijo Aiñoa —mejor será que cojamos el taxi, porque te voy a llevar al mirador Portas do Sol, o sea Puertas del Sol, que es el que más me gusta de la ciudad.
Así lo hicieron, y mientras se tomaban un café desde una terraza situada en dicho mirador pudieron ver una panorámica del casco antiguo de la ciudad, el río Tajo Así llamado, le explicó, porque parece que corta la Península Ibérica en dos a lo largo de su trazado, desde la Sierra de Albarracín, en la provincia de Teruel, y tras recorrer más de mil kilómetros desemboca en Lisboa.
Después del café se acercaron andando al mirador de Santa Lucía, que es un poco más bonito que el anterior, aunque sus vistas no son tan bonitas. Luego se acercaron al barrio de Alfama y subieron y bajaron las cuestas que le son características, mientras Aiñoa le iba contando curiosidades sobre la historia de Portugal y sus dos uniones con España, la primera en tiempos de Felipe II y la segunda hacía menos de un siglo, que se consideraba definitiva, pues no había sido consecuencia de un enlace matrimonial entre reyes, sino algo votado por el pueblo, cuando se constituyó, junto con Andorra y España, como El País del Sur, algo nuevo, exótico y apasionante debido a la revolución social que hizo de todos un solo pueblo sobre el suelo de la península.
—Además —le dijo con un guiño —nuestra moneda nacional es el antiguo escudo portugués, que ahora vale 25$.
—Pero aquí no se usa el dinero.
—Sí, es verdad, pero Sur negocia con otros países, y para ello se usa el escudo, ya que no nos da la gana de usar el dólar, ni el yen, ni ninguna otra divisa. Lo toman o lo dejan.
—¿Y por qué no lo dejan?
—Bueno, nosotros podemos pasar de ellos más que ellos de nosotros, sobre todo porque el resto de Iberoamérica utiliza el escudo como moneda internacional. Aunque... —dudó un poco— creo que están considerando adoptar el mismo sistema monetario que nosotros.
—¿Tú crees que eso es posible?
—¿Por qué no? A cada país se le da lo que necesita, y proporciona lo que puede, igual que cada individuo de aquí. Sería una forma de acabar con las disputas internacionales, ¿no crees?
—Pero..., pero puede que algunos países se quieran aprovechar de los demás.
—No creo. Ya verás, si te quedas el tiempo suficiente, que eso no ocurre a escala individual. Lo que tendría que hacer Iberoamérica —dijo en tono doctoral— sería unirse en un solo País, como hemos hecho nosotros con España y Andorra, y entonces desaparecerían muchos de los problemas que tienen.
Fueron interesantes las visitas a la Iglesia de San Miguel y a la Catedral, llamada La Sé, erecta desde el siglo 12. Tras pasar por debajo del Arco Triunfal, entraron en la Plaza del Comercio, a orillas del Río Tajo, donde se ve la estatua del rey José I. Allí cogieron el tranvía 15 para ir al barrio de Belén. Como se les había hecho la hora de comer, lo hicieron en la Taberna dos Fenicios, que en un par de décadas se había convertido en algo muy típico de la ciudad. Su especialidad era comida tradicional portuguesa y —según se decía— fenicia. Allí tomaron unos anillos de oreja de buey, que según la camarera eran algo típico de la antigua Fenicia.
Después de comer se dieron un paseo por el barrio, y vieron el Monasterio de los Jerónimos, que se había desacralizado con el tiempo y ahora era un estupendo museo gótico donde había desde esculturas romanas hasta cuadros renacentistas. Luego pasearon por la orilla del río, del que están muy orgullosos los naturales de la ciudad, y donde se yergue el Monumento a los descubrimientos, de 52 metros de altura y que se construyó con motivo de los 500 años de la muerte de Enrique el Navegante, un rey de Portugal que, curiosamente, nunca puso el pie en un barco. Subieron al monumento, y desde allí vieron la ciudad desde otra perspectiva. Luego vieron la Torre de Belén, que era una fortaleza en el siglo 16 que se hizo para proteger la entrada al puerto.
Tras tomar el tranvía, volvieron a la Plaza del Comercio, donde tomaron un barco para ver el atardecer desde el centro del Río Tajo. Luego tomaron un taxi para volver a donde habían dejado el de Aiñoa, que lo llevó de nuevo al hotel, y se despidieron hasta las 8 del día siguiente, para ir a Badajoz e ir subiendo zigzagueando entre las capitales de los antiguos reinos de Castilla y Portugal hasta llegar a Galicia.
A la mañana siguiente abrieron el comedor a las seis, y allí estaba Will, duchado y con el equipaje hecho para abandonar la capital lusa. Tras el desayuno, salió del hotel, y quince minutos más tarde apareció Aiñoa con su flamante Candelaria Candela, un coche pequeño, de cuatro plazas, pero con amplio maletero y muy cómodo por la suspensión hidrolástica de que estaba dotado. Al cabo de dos horas y media llegaron a Badajoz, tras haber parado en Évora, Estremoz y Elvas.
—Podríamos ir a Olivenza, el antiguo Gibraltar portugués, que tiene 7 u 8 cosas dignas de verse, pero si quieres dar la vuelta a la península te va a faltar tiempo y tendrás que dejarte cosas en favor de otras más pintorescas, aunque si quieres, vamos.
—No, no, me fío de tu criterio, Aiñoa.
Visitaron Badajoz y Mérida, donde visitaron las ruinas romanas, con su famoso teatro, y luego fueron a Cáceres y Salamanca, para volver a Portugal para ver Coimbra, famosa por una canción ancestral que había oído Will en Inglaterra. Luego subieron a Oporto, Vigo, La Coruña —donde vieron la Torre de Hércules, supuesto fundador de la ciudad— y luego se detuvieron en uno de sus pueblecitos, Cariño, que Aiñoa le dijo que era el que era el más septentrional de toda la península.
Llevaban ya 15 días de vuelta al país, cuando Will se confesó que estaba saturado de ver tantas cosas, que no hemos reseñado por no saturar al lector tampoco.
—Aiñoa —le dijo al salir de Oviedo —llévame a Madrid, para descansar un par de días, y luego llévame de vuelta a Málaga, que ya estoy agotado.
—Ya me parecía a mí que era demasiado para verlo de una vez. Bueno, hemos visto la parte occidental del país. Cuando quieras ver la oriental, avísame. Será divertido.
En efecto, en el pasado llegó a haber una amplia red de autopistas que cruzaban la península en todas direcciones, pero el pueblo sureño perdió el gusto por los viajes por carretera, y a medida que se fueron estropeando, el Ministerio de Obras Públicas se dedicó a desmontarlas y utilizar el material para construir puertos y edificios allí donde hizo falta para restaurar pueblos, ya que al no necesitarse vivir en capitales de provincia porque se había adelgazado mucho la administración y gestión del estado, la gente podía trabajar desde su casa, o vivir cerca del trabajo, al relativizarse el concepto de propiedad, toda vez que se le daba a cada uno lo que necesitaba por el tiempo que le hiciese falta, para que desempeñase las labores de que fuese capaz. Y las mercancías se transportaban por tren, con lo cual las autopistas se volvieron redundantes.
Sí, era otro concepto de la vida y del trabajo que a Will ya le costaba menos esfuerzo asimilar. Se preguntaba, por tanto, si se iba a poder acostumbrar a su antigua vida en Inglaterra...
—Se me hace raro ver que la gente no tiene automóviles privados, al parecer.
—Algunos los tienen por su profesión, como los médicos o los fontaneros, por ejemplo. Pero es mucho más cómodo usar el taxi. Tenemos más taxis que ningún otro país según el número de habitantes.
—Claro. En Inglaterra sí que hay coches..., demasiados. Pero luego no podemos aparcar sin pagar.
—Ya ves que aquí aparco donde quiero... —sonrió ella. —Pero ¿sabes por qué la gente viaja tan poco ahora aquí?
—Eso me ha sorprendido, sí. No hay casi nadie en las carreteras sureñas.
—Porque hemos vuelto a vivir en los pueblos. Y tenemos de todo a dos o tres calles de nuestras casas. En un pueblo de diez mil habitantes puede haber cinco estafetas de correos, y diez súper mercados, que si hace falta te llevan la comida a casa por el mismo precio...
—Eso es bonito. Y además, se promueve la vida social.
—Pues la verdad es que sí. Hay muchos clubs en los pueblos, que en las ciudades brillan por su ausencia. En un pueblo se conoce todo el mundo, mientras que en la ciudad no se conoce ni al vecino de enfrente.
—Doy fe: donde yo vivo, en Londres, somos 40 vecinos, y solo conozco a dos o tres de coincidir con ellos en el ascensor.
,... Y allí un agujerito para verlo, dice todavía el dicho popular.
Llegaron a Madrid por Carretera de La Coruña. Durante el viaje hablaron poco. Pararon en León, donde vieron La catedral gótica Pulchra Leonina (en realidad llamada de Santa María de Regla); en Valladolid, donde se tomaron un café en la magnífica Plaza Mayor; y en Ávila, donde Aiñoa le contó cosas de su ciudad amurallada, patria de la Santa, Teresa, la fundadora de las Carmelitas Descalzas y doctora de la Iglesia Católica y grande en letras españolas, como atestiguan sus dos libros punteros, Las moradas y El libro de la vida. Se regalaron un chuletón típico de aquella ciudad en un restaurante llamado Candela, y tras tomarse un par de cafés a la vera del Río Adaja, siguieron camino hacia Madrid.
—¿Te trae recuerdos esta ciudad? —preguntó Will cuando iban a entrar otra vez en el coche para encaminarse a la capital del País del Sur.
—La verdad es que sí. Aquí crecí, aquí fui a la universidad, y cuando terminé me di una vuelta por el país, como esta que estamos dando, en compañía de unos amigos.
—¿Y cómo es que acabaste de taxista?
—Pues fue de carambola. Estuve dando clase en un colegio de segunda enseñanza, hasta que me cansé de repetir siempre lo mismo, y recordé que cuando le di la vuelta al País del Sur no hubo dos días iguales. Por eso me presenté a los exámenes para la licencia de taxista, y me dieron un utilitario eléctrico para hacer las prácticas, a los seis meses me lo cambiaron por uno como este, y hace un par de años me ampliaron la licencia para recorrer todo el país.
—¿Y serás taxista toda la vida?
—La verdad es que no lo sé. Llevo apenas tres años. Aquí la gente suele cambiar de trabajo de vez en cuando, hasta que encuentra el que le gusta más. No sé, quizá vuelva a la universidad y estudie otra cosa, pero de momento soy feliz yendo de un lado para otro. Es ameno, variado, se conoce gente, y sobre todo se trabaja sentado. Sí, yo creo que seré taxista el resto de mi vida útil.
—Y eso será..., ¿cuántos años?
—La verdad, no lo sé. Supongo que mientras pueda conducir. Quizá con el tiempo pierda algo de vista, o de reflejos..., no sé, a los taxistas nos hacen un control todos los años, ya sabes: psico-técnico, graduación de la vista, control de reflejos, y otras pruebas médicas que supongo que conoces, porque se las hacen a todo el mundo cuando se saca el permiso de conducir, y luego cada cuatro o cinco años. ¿En tu país no os las hacen?
—Claro, pero es cada diez años, hasta que nos jubilamos, y entonces nos las hacen cada dos. Pero a los taxistas allí se las hacen igual que a los demás.
—Jo, pues me parece poco prudente. Los taxistas y demás profesionales de la carretera estamos más expuestos que vosotros, que cogéis el coche solo cuando os hace falta u os da la gana, y aunque sea todos los días, solo un periodo corto de tiempo, mientras que nosotros estamos todo el tiempo detrás del volante...
—Es verdad. Y además siempre hay peligro en la carretera, ¿no?
—Cierto. Pero todos los trabajos siempre tienen algún inconveniente. Tú también te puedes caer en una obra y matarte, ¿no?
—La verdad es que no lo había pensado nunca... Sí, así es. Nunca me he planteado eso, a pesar de haber visto a compañeros que se han caído del andamio y han muerto...
—¿Lo ves? Jeje, yo tampoco lo considero. Sí que hay accidentes, y muchos pueden no ser culpa tuya, pero uno tiende a a pensar que eso nunca va a pasarle, porque la conducción y la suerte siempre han sido buenas. Pero gracias por recordármelo, lo tendré en cuenta, Will.
—Toma, y yo. Trabajamos en lo que nos gusta, pero hasta a nosotros nos puede dar un disgusto eso. Aunque a veces sí que he tenido algún susto. ¿Y tú?
—Cierto, alguno ha habido. Una vez me tuve que salir de la carretera para no tener un accidente. Pero eso es muy raro que ocurra, por suerte.
Charlando animadamente el viaje se les hizo corto, y así, a media tarde llegaron por fin a la antigua capital de España y actual de El País del Sur.
Según le explicó Aiñoa, en tiempos remotos al contemplar Madrid en el horizonte se veía un hongo encima de ella, formado por los gases de los automóviles y resto de la polución producida por tanta gente como vivía allí. Pero eso ya se había resuelto hacía décadas, pues no había tantos coches, ni tanta gente viviendo allí, debido a que —al igual que desde las demás capitales de provincia— la gente había vuelto al campo, y además la natalidad había descendido hasta que la población volvió a llegar a los 30 millones de seres humanos, aunque ahora se había estabilizado en esa cantidad, con poca fluctuación.
—Y esa fluctuación ¿a qué se debe? Porque el problema que tenemos nosotros con la inmigración parece que vosotros no lo tenéis.
—No, aquí la entrada en el país está muy controlada. Viene gente preparada, o no viene.
—Je, además de los turistas, como yo.
—Es verdad. ¿Sabes? Muchos turistas se quedan, otros se van, pero vuelven.
—Eso me han dicho, pero eso no casa bien con las pegas que ponéis para que vengamos a hacer turismo.
—Es que el turismo es un lujo. Nosotros hacemos mucho, pero interior. Los que han ido al exterior suelen volver bastante decepcionados, aunque también los hay que se quedan allí.
—¿Ves? Nosotros no os ponemos tantas pegas.
—Ni nosotros. A los que se van, en lugar de exigirles que devuelvan el dinero que ha costado su educación, el estado encima les da $10.000 para que se instalen, aunque si luego deciden volver, tienen que devolver lo que les quede.
—¿Y vuelven?
—Algunos. Pero nunca me he planteado irme. Ya tuve bastante con aquellos dos años en Londres. Aquí se está mejor, por o decir bien, y puedes trabajar en lo que quieras. Las leyes del mercado aquí no rigen. Porque no hay mercado, claro.
—¿Y si falta algo que se necesita?
—Bueno, cuando se señala una carencia, se hace una encuesta, y quizá aparezca alguna solución, y si no, es cuestión de esperar a que alguien proponga algo. Y si no se propone, si es una necesidad de solo una persona y no se le da la importancia suficiente, se abandona el proyecto, a no ser que el que lo propuso se encargue de llevarlo a la práctica y se vea su viabilidad. En ese caso se le dota de los medios y ayuda para llevar a cabo su proyecto. Todos los años se dotan los medios necesarios para los nuevos proyectos, la mayoría de los cuales fracasan, pero algunos, como la gasolina sintética barata, que es la que usa mi coche, han surgido gracias a la investigación de muchos proyectos fallidos.
—Entonces solo se harán las cosas que quiere todo el mundo..., las más interesantes siempre son obra de una minoría.
—Esa minoría tiene que vender su idea a la mayoría, en tu país por medio del dinero. Si la gente no la compra, no se hace. Pero no sufras: nosotros tenemos satélites artificiales porque se nos vendió muy bien la idea de que este país era goloso para otras potencias, y a no ser que nos pusiéramos las pilas, acabaríamos siendo vasallos de rusos, americanos, chinos o de cualquier otro sitio.
—Me dijo alguien que son satélites artificiales de guerra...
—Te dijeron bien. De guerra y espías. Nada se nos escapa. Y lo mejor es que los gobiernos de los demás países lo saben, sobre todo los yanquis y los rusos, a los cuales les informamos de vez en cuando, no solo de lo que nosotros tenemos, sino de lo que tienen ellos.
—Muy astuto. ¿Tenéis bases en la Luna?
—Y en Marte y en Venus. Pero no están tripuladas. Allí hay robots que hacen diversos trabajos, y nos traen material que nos hace falta. Por eso tenemos más oro y materias raras que nadie. Pero practicamos un sano ejercicio de vivir y dejar vivir. Lo que sí que están tripulados son cohetes que hemos enviado al espacio exterior, en misiones de solo ida.
—¿Cómo que de solo ida?
—Bueno, mira: se sabe que hay otros planetas habitados en la galaxia. Pero se sabe también que están tan lejos, que la vida del ser humano no es suficiente para completar el viaje. Nosotros hemos enviado a cien personas, cincuenta parejas fértiles, en cada nave, con la misión de ir a diferentes planetas. Al final de varias generaciones, o sea, cientos o quizá miles de años, los descendientes de los que partieron de aquí llegarán a planetas en que puedan vivir, y los poblarán si están deshabitados. Si no lo están, intentarán llegar a un acuerdo con los naturales de allí. Y si no hay acuerdo, seguirán con su peregrinar, hasta que se puedan establecer. Pero es un proyecto totalmente altruista: se ha invertido en dinero, tiempo y energía en que si alguna vez el hombre es tan idiota como para destruirse, que quede nuestro sello en alguna parte del universo, si alguna de esas expediciones tiene éxito.
—No parece que eso tenga incidencia en la vida del País del Sur ni en los demás.
—Es verdad. Ya te dije que era algo muy altruista. Es posible que alguna vez regresen los descendientes de alguno de los que se fueron, y quizá lo único que encuentren sea un planeta nuevo para repoblar... ¿Quién sabe?
—Pero..., todo esto no se sabe en mi país, y dudo que en los demás.
—Lo saben los gobiernos, pero no os lo han comunicado a los pueblos quizá por miedo, quizá porque no se lo acaben de creer. Pero nos da igual.
En ese momento entraban en la plaza llamada La Puerta del Sol, el centro neurálgico de la ciudad, y de España, pues allí estaba una señal en el suelo en que se podían leer dos palabras: kilómetro 0.
—Bueno, Will, ya estamos en la antigua capital de los Austrias, de los Borbones, de las dos —aunque algunos digan que son 4— repúblicas, y del actual País del Sur —dijo la taxista con dicción rimbombante. —¿Qué te apetece hacer?
—Bueno, se impone buscar alojamiento, ¿no?
—Claro. Pero ¿aquí, en el centro, en el extrarradio? ¿Zona de bares, de discotecas, deportiva?
—Veamos el centro histórico, me gusta más. Y ya que estamos aquí, lo mejor sería que nuestro hotel también lo estuviera, ¿no?
—No sé si encontraremos alojamiento..., veamos.
Pero sí lo encontraron. No era un hotel propiamente dicho. Se llamaba Hostal América, y tenía doscientos años de antigüedad, aunque había sido reformado cada 50.
Salieron a pasear en cuanto llegaron. Su hostal estaba a un tiro de piedra de la mítica Puerta del Sol, donde aún se erigía la estatua de bronce del oso y el madroño, símbolos de Madrid desde hacía muchos años. La gente solía sacarse fotos junto a ella, y algunos atrevidos se subían y posaban junto al oso, aunque aquello estaba prohibido, y nunca faltaban quienes se lo afeaban.
—¿Y la policía? ¿No tenéis?
—Claro que hay. Pero no mucha, la verdad. Y no siempre van de uniforme. Pero aquí la gente no roba porque no hay dinero. Ni estafa, ni engaña. Cada uno va a lo suyo, y si alguien se pone a tocar música en la vía pública, la gente se pone a bailar o hacer palmas. Eso y poder hacer la vida que les gusta es su única recompensa.
Se acostaron temprano, pues estaba Will cansado del viaje. Aiñoa, en cambio, salió a darse una vuelta, se metió en una discoteca, y triunfó aquella noche. Se trataba de un estudiante de Arqueología llamado Manolo, que tenía mucha labia y le gustaban las mujeres mayores. A ella al principio no le hizo mucha gracia enrollarse con un chaval que podía ser su hermanito pequeño, el que nunca tuvo, porque ella era hija única. Pero él le supo entrar, y a ella y a Will les vino bien que al día siguiente —pues no tenía clase porque era sábado— que los acompañase para mostrarle parte de los monumentos y les hablase de la historia de la capital.
—¿Sabes, Will? —le iba contando desde el asiento de atrás —la capital del País del Sur no es una ciudad, sino una villa. En la antigua España las poblaciones adquirían el rango de ciudad cuando algún rey les otorgaba la carta de ciudadanía a sus habitantes, pero Madrid empezó siendo una pequeña fortaleza llamada Mayrit en el año 865, o sea cuando los musulmanes eran los dueños de la península. Mayrit parece que proviene de una palabra más antigua del latín, Matrice, que significaba madre de las aguas debido a un arroyo caudaloso que ya no existe y que discurría por la antigua Calle de Segovia, que ahora se llama Calle de Alicia, porque así se llamó la última Reina que hubo en España y había nacido en Segovia. Por eso algunos dicen que la villa es muy anterior a los musulmanes, ya que la fundaron en realidad los romanos, aunque no le hicieron mucho caso. La capital de España fue Toledo desde la época de los visigodos, aunque luego el Emperador Felipe II la trasladó a Madrid, que entonces era un pequeño pueblo, para no tener tanta relación con el Cardenal Primado de España, y así suavizar discusiones y conflictos entre los poderes civil y religioso. En resumen, ningún rey se preocupó de nombrar ciudad a esta población, y luego se vio que era curioso que la más importante de las ciudades de la península fuera una mera villa. Y ahora eso se ve como una peculiaridad de nuestra capital.
—Pero tú no eres de aquí, ¿verdad Manolo?
—Oh, no, yo soy cordobés. ¿Conoces Córdoba?
—No, aún no.
Manolo miró a Aiñoa, que sonrió ante el chauvinismo de su chorbo circunstancial.
—Pues qué fallo. Dile a Aiñoa que te lleve. No te defraudará. Fue la capital de la España Musulmana, en sus tiempos la ciudad más culta del continente Europeo.
Manolo sabía mucho de arte y de historia. Les fue comentando el origen de cada barrio de la capital, y les acompañó a ver el Museo del Prado —la mayor pinacoteca del mundo, les dijo, a pesar del expolio que hizo Napoleón, aunque poco a poco luego Francia devolvió casi todos los cuadros que había robado su generalísimo—, y también el Museo de la Ciencia, el Museo de Cera —donde estaban representados todos los reyes, desde Alarico hasta Alicia, de España y Portugal, así como todos los presidentes de las tres repúblicas (las dos de España y la de Portugal), así como los premios Nóbel y otros literatos y científicos importantes de la península—, el Museo de la Comunicación, y un curioso Museo del Alma, donde se ejemplificaban conceptos filosóficos y religiosos de todas las épocas, desde la prehistoria hasta el momento actual.
—Ojalá tuviéramos una república en Inglaterra. Mi país es la única monarquía que queda en el mundo...
—Cierto. Pero esto podría ser una monarquía sin que hubiese ningún cambio importante en la vida de la gente. Al fin y al cabo los últimos reyes de España no pintaban nada. Igual que el de tu país. Allí quedan Duques, Condes, y el Rey da condecoraciones y otorga títulos a gente que tiene que observar una conducta ejemplar. Aquí la tenemos todos, se nos exija o no, porque nuestros valores son diferentes. No diría yo que son valores republicanos, sino humanos, o mejor, ciudadanos. Los sureños hemos pasado de pasar de la política a asumirla en nuestra vida diaria, y expresamos nuestras inquietudes de la vida pública a través de nuestros servidores, los diputados en Cortes y el Presidente de la República.
En la semana que pasaron en la capital del Sur —como se llamaba al País en breve—, Manolo los acompañó, aunque de noche solo acompañase a Aiñoa. Will les acompañaba a las discotecas, salas de baile, conciertos, obras de teatro o cine, pues la oferta cultural era amplia. Manolo les presentó a su círculo de amigos, y Will cayó muy bien, hasta tal punto que Luisa y Amelia se disputaban sus gracias, aunque finalmente fue la primera la que triunfó, y se inició una relación breve entre el inglés y la madrileña. Ella tenía una profesión curiosa que no existía en Inglaterra Despidiente: acompañaba a enfermos terminales para que tuvieran una muerte tranquila, cómoda si no feliz, pero digna, en cualquier caso. Esas cosas aún le daban yuyu a Will, así que no le preguntó mucho por su actividad, aunque intuía que quizá por eso ella era buena escuchadora, comprensiva, y nunca se posicionaba con vehemencia en ningún tema.
—Bueno, Will —le dijo el séptimo día Aiñoa —¿te quedas a vivir en Madrid, o te vuelves a tu tierra desde aquí? Lo digo porque en ambos casos tengo que volver a Oporto, dando por concluida mi misión contigo.
Will recapacitó antes de contestar.
—No lo había pensado. La verdad es que me he dejado llevar, Aiñoa.
—Sí, ya te veo. ¿Te has enamorado de Luisa?
—Bueno, no sé. Nos escribiremos, supongo. Pero tienes razón, se me va acabando el tiempo, y quiero volver a Málaga. ¿Podemos pasar por Córdoba?
—Aunque no queramos, tenemos que pasar por allí. Si quieres, paramos en Toledo, Ciudad Real, y Córdoba antes de llegar a Málaga..., aunque yo te recomendaría ver Granada, también, ya que te vas a volver a tu patria pronto.
—Bueno, mi vuelo sale en unos días...
—Lo puedes aplazar, si quieres. En el hotel te pueden hacer la gestión.
Y dicho y hecho. Llamó Will por teléfono a Estrella, que le dijo que no habría ningún problema, pero que podrían hacerlo cuando volvieran, cuando estuviera seguro de ello.
—Claro.
A medio día salieron para el Sur, y pararon en Toledo, ciudad imperial, donde vieron la Catedral Primada, el Alcázar y la Sinagoga de Santa Maria la Blanca, sin olvidar pasar por la Calle del Hombre de Palo. Allí les contaron la historia de Juanelo Turriano, el ingeniero al que estafó el Emperador Carlos I, porque tras elevar el agua del Tajo hasta el Alcázar, no obtuvo pago alguno ni de la ciudad ni de la corte, siendo su única recompensa el cambio de nombre de la antigua calle de la Lonja, donde pasó sus últimos días pidiendo limosna a través de un curioso autómata de madera de su invención, que al recibir una moneda en su mano, hacía un saludo al generoso inclinándose hacia adelante.
Se tomaron un café en la Plaza de Zocodover, mientras Aiñoa le contaba a Will alguna de las leyendas que sobre la ciudad nos dejó el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, y después prosiguieron camino hacia Ciudad Real, donde vieron la Puerta de Toledo y el Museo de don Quijote. Dos horas más tarde llegaron a la perla del Al-Ándalus, Córdoba la Bella, como dicen sus habitantes, y a la que sin embargo el poeta Manuel Machado llamó Cordoba callada en un célebre poema.
Siguiendo indicaciones de Manolo, enseguida fueron a ver la célebre Mezquita, donde las artes cristiana y musulmana se dieron la mano, la Calleja del Pañuelo, y el Alcázar. Como habían llegado cerca de las ocho de la tarde, decidieron pernoctar en la capital del Califato, aunque también les apeteció disfrutar de la noche cordobesa. Asistieron a un tablao flamenco que se celebró en la Tasca del Tío Manolo, una especie de restaurante y sala de fiestas a la vez.
Al día siguiente se levantaron tarde, y tras un viaje de un par de horas estuvieron en Málaga.
El viaje de Will tocaba a su fin. En la puerta del Hotel Durán Aiñoa le estrechó la mano a su cliente, y se despidió.
—Pero —le dijo Will —¿te vas ya? ¿No te apetece cenar conmigo e irte mañana? Estarás cansada para irte a Oporto...
Ella dudó un poco, pero accedió:
—Bueno, vale. Esta noche me quedaré en tu hotel, si hay habitación. Ya me voy mañana.
Tuvo suerte, y se quedó en la misma planta que Will. Tras asearse y dormir un poco, se encontraron en el vestíbulo del hotel. Fueron paseando hasta el restaurante El Rodaballo, en pleno puerto.
—¿Sabes, Aiñoa? Me sigue intrigando que tengáis tan pocos policías en este país, y sin embargo no he visto ningún incidente después de recorrer tantos kilómetros, y estar en tantos lugares de España y Portugal.
—Bueno, cuando no hay dinero por el medio, la gente se suele poner de acuerdo en todo lo demás, ya lo sabes. Igual pasará en tu país. Aunque aquí cuando uno ve a alguien cometer un delito, tiene derecho a detenerlo, a condición de que antes de 24 horas esté custodiado por la policía. Es una vieja ley española que conservamos al constituirnos en El País del Sur.
—Interesante: además de militares, todos sois policías. Así cualquiera —bromeó. Pero luego, ya más serio, siguió con sus precisiones: —Aunque, bueno, no todos los delitos son cuestión de dinero... ¿Qué pasa cuando la mujer le pone los cuernos al marido? ¿No hay crímenes pasionales?
—Jeje, los crímenes pasionales no abundan, no. Se nos educa desde la infancia en el amor. No es lo mismo el sexo que el amor. Por ejemplo, con Manolo tuve un par de roces de ese tipo en Madrid, pero ya es historia. Nos apetecía calmar la urgencia a los dos, y supongo que él ya se ha olvidado de mí también, y aunque dijo que me escribiría, dudo que lo haga. Yo, desde luego, no voy a hacerlo, si bien le contestaré si lo hace. Pero si me casara con él, o con otro, no dejaría de querer a mi marido porque tuviera un asuntillo con otro hombre, ni tampoco él me dejaría por otra. Y si me entero, o se entera él de algún devaneo mío, no pasaría nada. Al fin y al cabo aquí nadie es propiedad de nadie. Y si, pasados unos años, vemos que lo nuestro no era amor y estaremos mejor el uno sin el otro, nos separamos y ya está. Seguimos el aforismo sabio y popular de A Dios le pido que no me ponga los cuernos. Si me los pone, que no me entere. Y si me entero, que no me importe.
—Pensaba que aquí el matrimonio era sagrado, y la familia..., ¿cómo lleváis eso?
—Muchos sí que somos religiosos. La mayoría se casa, a menudo por la Iglesia Católica, y no son pocos los que siguen juntos toda la vida, yo diría que la mayoría. Pero muchas familias son monoparentales: aunque mis padres sí se casaron y todavía están juntos, muchas de mis amigas han crecido solo con su madre o su padre, que nunca se casaron. Muchas de nosotras deciden tener un hijo sin buscar pareja ni antes ni después, y lo crían ellas solas. Tengo amigas que lo han hecho, y a mi edad no es raro que ya tengan un niño de diez o doce años. Pero los matrimonios civiles caducan a los cinco años.
—¿Cómo que caducan?
—Sí, hombre. Los que no creen en el amor eterno, pero se quieren casar, formalizan un contrato ante el alcalde o el juez por el que se obligan a una serie de condiciones iguales que las del matrimonio, pero solo durante cinco años. Al cabo de esos años, si al menos uno de los dos no está de acuerdo en seguir, el matrimonio se extingue sin que el otro pueda exigir nada.
—¿Y qué pasa con los hijos? Y aunque no haya ninguno, puede nacer alguno después de la extinción del matrimonio...
—Pues bienvenido será. Yo misma nunca uso medios anticonceptivos. Quizá sea bendecida con el don de la maternidad sin buscarlo, aunque si —por ejemplo— tengo un hijo de Manolo, sí que se lo diría. Así como nosotras podemos elegir tenerlo o no, ellos tienen derecho a saberlo. Las madres solteras tienen mucha ayuda de la sociedad, desde niñeras de día mientras estén en el trabajo, hasta recoger a las criaturas en centros especiales o darlas en adopción condicionada a parejas que no pueden tener hijos. Incluso la madre puede dejar de trabajar hasta que su hijo tenga edad de ingresar en un colegio interno, donde no le faltará de nada, ni siquiera el régimen de visitas que se establezca, como mínimo pasar los fines de semana con su madre o padre.
—Ya veo... Pero dime, ¿qué es eso de adopción condicionada?
—Ah, claro, ese concepto no lo hay en Inglaterra. En tu país, cuando se da en adopción, no se le dice al niño hasta que es adulto, y la madre biológica no vuelve a ver a su hijo. Aquí no es así: la pareja adoptante proporciona una vida de familia al niño, pero la madre real puede visitarlo e incluso llevárselo alguna temporada, en vacaciones, o fines de semana... O sea, que el niño adoptado tiene en realidad dos madres, y es consciente de ello desde el principio. A menudo tiene dos padres también, aunque los hombres se suelen desentender de eso. Al fin y al cabo, tener o no tener al niño una vez encargado es decisión exclusiva de la madre, y el padre tiene derecho solo a saberlo. Pero la contrapartida es que una vez que se adopta al niño, los padres adoptivos se lo quedan para siempre, aunque la madre biológica cambie de parecer y lo quiera recuperar, pues se le causaría daños psicológicos y emocionales al niño, que es al que hay que proteger siempre. Solo en caso de maltrato el juez autorizaría el cambio de patria potestad
—Ajá. Supongo que en tu caso tú abortarías.
—No, el aborto entre nosotros no está prohibido, pero no conozco a ninguna mujer que lo haya hecho, aunque no haya buscado el niño. En fin, nuestra educación es otra, Will: aquí se nos apoya, se nos da todo lo que necesitamos, y si hay que estar diez años sin trabajar, solo cuidando a nuestro hijo, no pasa nada, pues al fin y al cabo eso es un trabajo para nuestra sociedad, ¿no crees? Pero si decidimos no tenerlo no significa que abortemos, sino que se lo entregamos al estado, y siempre habrá alguna pareja que no pueda tener niños que lo adopte, o si no el propio estado se encarga de su bienestar y educación como ciudadano hasta que se pueda emancipar.
Luego, con una sonrisa maliciosa, añadió:
—¿Quién sabe? A lo mejor Luisa te escribe dentro de unos meses y te dice que vas a ser padre...
—Espero que no. ¿Qué iba a ser del pobre crío, con un padre en Gran Bretaña, al que a lo mejor no dejan volver por aquí?
—Supongo que no usasteis preservativo.
—Según ella, aquí no usáis eso. Y si se usaran, según me dijo, ella tampoco lo permitiría. Es una mujer extraña.
—Extraña no, Will. Quizá te seleccionó para ser madre con tus genes, ¿quién sabe?
Aquello no tranquilizó mucho a Will. Se dijo que en este país la gente estaba loca, y cuanto antes se fuera, mejor.
Sin embargo, después procesó todo lo que la taxista le había dicho, y recordó que en Gran Bretaña el estado daba a ambos padres unos meses de permiso con sueldo, y si luego uno de los dos quería cuidar al niño, tenía que renunciar a su trabajo, y aunque recibieran 500 libras más al mes por cada hijo, eso era insuficiente. Le gustaba más lo que hacían en el país de los sin dinero…
Después de cenar, Aiñoa le planteó algo que no esperaba.
—Bueno, inglés, ya no soy tu taxista. Ya me puedes llevar a bailar. ¿O no te apetece? ¿Tienes el síndrome de Luisa todavía?
—¿Y por qué no? Al fin y al cabo he pasado más tiempo contigo que con cualquier otra mujer en varios años. ¿Conoces alguna discoteca, o nos vamos a la del hotel?
—La del hotel nos pilla más cerca, no? Sobre todo si bebemos algo y luego no hay taxi...
Estuvieron bailando varias horas. Bebieron bastante, y al día siguiente comprobaron que había sido un desperdicio haber tomado una habitación para Aiñoa.
Cuando Will abrió los ojos, se encontró cruzado en la cama, desnudo —aunque nunca dormía sin su pijama—, y sobre su hombro estaba la cabeza de una mujer. Una mujer morena, menuda, de piel más obscura que la de él, y al levantar su brazo derecho vio que la había tenido asida contra sí. Así se habían quedado dormido los dos, quizá porque ella hubiera amagado con irse y él la había retenido. Ella también estaba desnuda, cálida, y dura, pero a la vez suave. Aprovechando que ella aún dormía, él descubrió las sábanas y admiró el cuerpo que le había acompañado la mayor parte de las vacaciones.
¿Qué había ocurrido? No recordaba nada. Por ver si lo lograba, acercó su boca a la de ella, y la besó con suavidad.
Ella gimió entre sueños, y puso una pierna sobre las de él, y un brazo alrededor de su pecho, mientras abría la boca y le acariciaba con la lengua.
—Mmmm, mi inglés. Se ve que anoche no tuviste bastante.
—¿Anoche? —preguntó mientras le acariciaba la espalda y más abajo.
Se acariciaron mutuamente, y de pronto ella se sentó a horcajadas sobre él, totalmente despierta, y volvieron a hacer el amor. Ella le sonreía desde lo alto, y él le acariciaba el pecho.
—¿Esto es lo que ocurrió anoche? —preguntó entre movimientos, próximo a llegar al paroxismo.
—Varias veces, ¿no lo recuerdas? —dijo ella justo antes de dar el grito de su culmen.
Durante varios minutos ninguno de los dos dijo nada, atentos solo a su placer.
Después ella se tumbó a su lado, sin soltarle la mano.
—Mi inglés —dijo Aiñoa. —Voy a echarte de menos.
—No te vayas —respondió él. —Todavía no.
Ella abrió los ojos.
—¿Ya no te acuerdas de Luisa?
—¿Luisa? ¿Quién es Luisa?
—Aquella walkiria que te captó en Madrid. La que a lo mejor ahora espera un hijo tuyo, inglés.
Él sonrió, con picardía.
—Ahora puede que tenga dos sureñitos de dos mujeres distintas... ¿Aquí se permite la bigamia?
—No —dijo ella guiñando un ojo. —No seas tan antiguo, hombre. Si me quedo de ti, es mi elección tenerlo o no, aunque sí, creo que sí lo tendría, pero no es probable que esté de ti. Mas dime, Will: ¿por qué quieres que me quede?
—Me gustas mucho, Aiñoa. No sé cómo no me he dado cuenta durante este mes. Cuando te vi con Manolo me sentí un poco mal, a pesar de que nunca nos hicimos ninguna señal en este sentido...
—Está muy feo que me enrolle con un cliente, Will. Pero sí, me gustaste desde el principio. Me consolé con Manolo, supongo. Pero ya no eres mi cliente, así que ya puedo abusar de ti un poco.
—Pues quédate hasta que me vaya.
—No te puedo prometer tanto. Pero me quedaré hasta que salga el avión ese que quieres coger dentro de dos días. A condición de que me prometas no llorar cuando nos despidamos, en el aeropuerto.
Pero él no se quedó dos días, sino dos semanas más. Como Aiñoa le había dicho, la directora del hotel le arregló el cambio de vuelo para el mes siguiente.
Durante aquel tiempo, Will aprendió muchas cosas del País del Sur.
—Ya comuniqué a mi jefe que me quedo en Málaga un par de semanas más —le dijo a los pocos días de salir el avión que Will tendría que haber tomado.
—¿Cómo se lo ha tomado?
—¿Cómo se lo va a tomar? Me ha dicho que en unas horas vendrá alguien a llevarse el taxi. Supongo que lo asignarán a otro taxista, o si no lo dejarán en el aparcamiento de los taxis de repuesto.
—¿Ya no eres taxista?
—Sí lo soy, Will. Pero ahora estoy de vacaciones, aquí, contigo. Por cierto, es frío esto de estar en un hotel. Ya he hecho una gestión por teléfono para que nos den un apartamento pequeño aquí cerca. Si tú quieres, claro.
—No me había planteado quedarme tanto tiempo, pero sí, supongo que tienes razón.
Al día siguiente se trasladaron a un apartamento bastante coqueto a dos calles del hotel. Invirtieron varios días en comprar detalles para decorarlo a su gusto: cuadros, fotos de ellos dos y de los lugares que habían visitado y fotografiado, y algún que otro mueble que echaron en falta. Y un ordenador portátil para que Will siguiera en contacto con su empresa y amigos. De lo que dejaron los inquilinos anteriores solo conservaron un cuadro en que se mostraba, a tamaño natural, a una mujer desnuda. Según les dijo el inmobiliario, se trataba de la inquilina anterior, que se fue a trabajar al norte cuando dejó el apartamento. Era una foto inocente, a pesar de la desnudez.
—¿Tú dejarías una foto como esta para que la vieran los que viniesen a vivir aquí cuando nos vayamos, si es que nos vamos algún día?
—¿Yo? Bueno…, solo si salimos los dos juntos.
Will, más vergonzoso, dejó el tema con una sonrisa.
Una vez que ya habían recorrido medio País del Sur, se quedaron en aquel apartamento, expresándose su afecto mutuo varias veces al día, hasta que veinte después ella le dijo muy seria:
—Bueno, Will, no está bien que yo esté tanto tiempo sin trabajar. Solemos tomarnos un mes al año, pero no quiero agotarlo todo, así que mañana iré a las central de taxis de Málaga a ver si tienen alguna plaza.
—Vaya, ¿Y yo qué hago mientras tú trabajas?
—Pues puedes pasear, irte a la biblioteca a leer algo, dormir..., o incluso buscar trabajo.
—¿Puedo trabajar sin tener contrato?
—Ja, aquí nadie tiene contrato de trabajo, Will. Aquí todos trabajamos cuando queremos en lo que queremos y mientras queremos, ya lo has visto.
—Pero dices que tienes un mes de vacaciones...
—No me obliga la ley, Will. Me obligan mis valores, mis costumbres, lo aceptado socialmente..., aunque nadie me iba a criticar si hago novillos. Pero no está bien.
—Vale, de acuerdo, ya me buscaré alguna ocupación. Pero te echaré de menos, taxista.
Al día siguiente desayunaron juntos. Luego él la acompañó a las oficinas de su trabajo, y la esperó sentado en el asiento de la parada del autobús que había enfrente, leyendo un libro de bolsillo..
—¿Qué tal ha ido todo?
—Mañana empiezo. Me dan un Toyota Suspiro, un último modelo de cinco plazas, para transporte urbano e interurbano, a mi discreción.
—Jeje, por tu cara intuyo que has salido ganando con el cambio, ¿no?
—La verdad es que ya estaba un poco harta del Candela. Este es de mayor potencia, y se porta mejor en las curvas. Y su suspensión está mejor afinada.
—Bueno, pues ya me darás el paseo inaugural, ¿no?
—Ehhh, me dan el coche a las ocho de la mañana. Si me llamas a esa hora, serás el primero, e iré a buscarte a casa. Luego podemos ir a donde sea, pero te tengo que soltar e ir a buscarte más tarde. ¿De acuerdo? Yo te doy un toque cuando esté libre, y tú me llamas inmediatamente, para que no se cuele nadie.
Así lo hicieron el primer día. Will la llamó a las 8 en punto, y dos minutos más tarde estaba ella a la puerta con su flamante Toyota Suspiro.
Lo llevó a la Biblioteca Provincial de Málaga. Allí estuvo toda la mañana, leyendo algunos libros que siempre había querido leer, pues para su asombro allí había una buena selección de literatura inglesa en versión original, tanto clásica como moderna. Estuvo hojeando alguna de las tragedias de Shakespeare que había leído en el colegio, cuando dejaba de ser niño, y luego había echado un vistazo a algunos de los libros de Rowling y Anders, sus preferidos. Pero había muchos más libros en español y portugués, y por primera vez se sintió inferior por no poder comprender lo que aquellas letras le decían. Se prometió aprender ambos idiomas, ahora que tenía una sureña en casa, lo que se llamaba en su país, un diccionario durmiente.
Y se preguntó qué estaría haciendo en ese momento su sureña, con quién estaría hablando, a dónde le estaría llevando.
A la hora convenida, a mediodía, ella paraba para comer, y por lo tanto le dio un toque por teléfono, y él la llamó inmediatamente. Cinco minutos después ella estaba recogiéndolo a la entrada de la biblioteca, y seis minutos después se encontraban al otro extremo de la Málaga, comiendo en el Rincón de Juanete, uno de los restaurantes más famosos de la ciudad por su buen hacer.
—¿Qué tal tu primer día de trabajo?
—Normal. Bueno, normal del todo, no. Mi primer pasajero fue para ir al aeropuerto, al segundo me lo traje desde allí hasta su hotel, el Cinco Estrellas —no es que las tenga, es que se llama así—, y mi tercera pasajera tuvo la ocurrencia de dar a luz en el taxi. Luego tuve que llevarlo a la central para limpiarlo todo. Vaya un desastre, para un coche tan nuevo. Pero no se nota, ¿verdad?
—No, hiciste un buen trabajo.
Ella lo miró con cara de guasa.
—No, cariño, los taxistas no limpiamos. Eso lo hacen los limpiadores, con sus extraños aparatos.
—Je, conozco a más de un taxista de Londres que se vendría a gusto a vivir aquí. Allí lo tienen que hacer todo ellos, tanto si el taxi es suyo, como si no.
—Esa es la diferencia: aquí el taxi no es de nadie, y es de todos. Por eso unos los conducimos, y otros los cuidan.
Después de comer tomaron café en una terraza cercana, y luego ella lo acercó al puerto, su lugar preferido, y ella acudió a hacer otro servicio. Tardó bastante más de lo que le correspondía, pues hasta las diez de la noche no volvió a casa.
—¿Un día largo en la oficina? —le preguntó él al llegar ella. Había preparado la cena, y había puesto dos velas, para tener una cena romántica.
Ella le sonrió, cansada, y fue a la ducha, mientras él recalentaba la merluza que había preparado.
—Pues sí. Aquí parece que a todo el mundo le ha dado por pedir un taxi. Y parece que tenía que ser el mío. No he parado desde que te dejé, honey.
—Vaya, lo siento. Estarás cansada, aunque cuando nos fuimos a ver el país conducías más.
—Sí, claro, pero parábamos, charlábamos..., en suma, eran vacaciones. Esto es trabajo. Pero no me quejo, es el primer día. A ver mañana qué hacemos. ¿Y tú, qué has hecho? ¿Más biblioteca?
—No, la verdad es que me he dado un largo paseo por Málaga. Me gusta esta ciudad. Me gusta el mar, me gusta el clima, y me gustas tú. Me gustaría quedarme para siempre. Lástima que en otros tres meses me tengo que ir. Por cierto, a buscar trabajo. No creo que mi jefe me acepte después de las vacaciones que he disfrutado sin que él me las haya dado...
Ella sonrió al oír ... y me gustas tú. Ya lo sabía, pero esas cosas da gusto oírlas de vez en cuando.
—Bueno, —continuó —Me fui al centro y estuve viendo edificios interesantes. También estaban restaurando una fachada, y vi a varios colegas míos trabajando allí. Pregunté que si hacía falta más personal y me dijeron que sí, pero añadieron cosas que no pude comprender. Aún no domino el español...
Ella asintió mientras tomaba un trozo de merluza. Sí, tendría que arreglar papeles para hacer eso...
—No es imposible. Pero tienes que darte de alta como albañil.
—Supongo que también tendría que pedir permiso de trabajo.
—Oh, no. Aquí nadie necesita permiso para trabajar. El trabajo es un derecho natural de la persona. Pero sí tienes que demostrar que sabes lo que haces. Es una irresponsabilidad dejarte subir a un andamio si te vas a caer porque tienes más buena voluntad que experiencia.
Él se la quedó mirando, hasta que comprendió que eso sería porque tampoco había sueldo.
—Entonces dime qué tengo que hacer.
—Pues tienes que ir a la Oficina de Empleo, y solicitar el examen de albañilería. Una vez que lo superes, te darán un certificado con el que puedes trabajar en la obra que te acepte. Pero pensaba que tú eras de los que comían sin trabajar, según me dijiste hace días...
—Es que..., tienes razón: yo no sé estar sin hacer nada, y estas semanas sin dar golpe son muchas para mí. Por eso quería volver a Inglaterra.
—¿Y ya no quieres?
—Si me dan trabajo, no. Y ese examen, ¿cómo es?
—Ellos te darán la dirección de un centro de capacitación, y allí te pondrán un maestro que te lo explicará todo. Pero antes tendrías que dominar mejor el idioma español, así que te sugiero que antes que nada te apuntes a clases para extranjeros. Aquí al lado hay un centro de enseñanza para mayores.
Se matriculó, mas el curso era intensivo, y por eso no se enteraba de mucho y lo dejó porque le daba vergüenza estar interrumpiendo todo el rato. Además, la profesora no sabía inglés. Había otro curso, elemental, pero no empezaría hasta unos meses más tarde. Además, le escribió su jefe, preguntándole que si le había ocurrido algo, y cuándo iba a poder volver, porque lo necesitaba.
Estuvo pensándolo varios días, sin decirle nada a Aiñoa. Siguieron haciendo el amor, como de costumbre, pues aunque ella llegaba derrotada muchos días del trabajo, tras una ducha parecía que estaba totalmente repuesta. Pero él se daba muchos paseos por Málaga, y le estaba pasando lo que le había adelantado Estrella, la directora del Hotel Durán: ver a todos trabajando y tú no te crea complejo de culpabilidad, y acabas trabajando en lo que sea. Se planteó dar clases de inglés, pero el problema sería doble: por un lado no sabía español para explicarle cosas a los alumnos, y por el otro lado nunca había dado clases, excepto como alumno, y no sabría ni por dónde empezar.
Por todo ello, tomó la decisión que menos le apetecía, pero que entendía que era la mejor, dadas sus circunstancias: volver a Inglaterra. Aquella noche se lo dijo a su chica.
—Aiñoa, lo he estado pensando estos días. No me ubico aquí. Todo esto me supera. No conozco el idioma, y solo puedo hablar con los que sabéis inglés. Así que he decidido irme a Inglaterra, y ya veré si puedo volver algún día.
Ella comprendía sus razones, pero no le sentó nada bien. Le ofreció enseñarle el idioma ella, pero tampoco era especialista en la enseñanza de idiomas, y sería un fracaso. Así que al día siguiente se fue al aeropuerto, cambió la fecha de su vuelo para el día siguiente, y por la mañana temprano ella lo llevó al aeropuerto y se despidieron como dos buenos amigos.
—Ahora me quitarán el apartamento, supongo —se quejó ella. —Ja, nunca nos hicimos la foto desnudos a tamaño natural para dejarla allí.
—Puedes hacértela tú, y así aquella pobre chica no se quedará sola…
Ella sonrió, y aunque no le dijo nada, él comprendió por la expresión de ella que sí que lo haría.
Tres horas más tarde llegaba él al aeropuerto de Gatwick. Tomó un taxi, y recordó a tiempo que allí sí que tenía que pagarlo. Por suerte tenía todo el dinero que se había llevado para sus vacaciones. Dios, acababa de llegar a su país, ¡y ya echaba de menos el del Sur!
Largas vacaciones, se dijo. No está mal: doce semanas de vacaciones, y ahora otra vez al duro trabajo de todos los días, hasta que al año siguiente el jefe le quisiera dar otros días, aunque le había dicho que lo tomaba en la plantilla con la condición de recuperar las vacaciones que le debía, o sea, tres años trabajando sin parar. Porque si se iba antes, ya no lo tomaría de nuevo.
Pero algo había cambiado en su alma. Ya no vivía por inercia, con días iguales y noches eternas. Ahora sabía que había al menos una mujer que le esperaba, aunque no sabía por cuánto tiempo.
Se apuntó a clases de español por la noche, con apenas tiempo para ir a casa, ducharse y plantarse en la Escuela de Idiomas. Invirtió los dos años siguientes en estudiar con mucha aplicación, y se sacó el título equivalente al C1 en español y el B2 en portugués. Aún siguió otro año más, y consiguió el C2 y el C1 respectivos. Y entonces ya se sintió preparado para volver al País del Sur.
A lo largo de varios meses ella le había estado escribiendo, apremiándolo a que volviera, pero le era imposible porque no le daban vacaciones. Hasta que dejó de hacerlo. La intentó llamar por teléfono, pero el que le había dado ya no funcionaba. Parecía que ella le había olvidado, o le había pasado algo. Con semejante profesión era posible que hubiera tenido un accidente.
Varios años después, Will fue a la Embajada del País del Sur, y consiguió información. Sí le podían hacer las pruebas de albañilería en Inglaterra, con vistas a irse a vivir al País del Sur. Todos los años había una cuota de inmigrantes cualificados que se aceptaban en el país, y él se apuntó en la lista. Y un año después, siete desde que había vuelto a Inglaterra, pudo volver a Málaga.
En el Centro del Taxi le dijeron que hacía dos años que se había vuelto a Oporto, y que no sabían nada de ella. Tomó el tren y fue a buscarla, pero allí le dijeron que ya no era taxista, y no sabían nada de ella. Fue a preguntar en la comisaría central de Oporto, y allí le dijeron que ahora vivía en Ávila, con su marido y sus dos hijos.
Aquello le supuso un golpe muy serio. Fue como si le hubieran dejado caer un cubo de agua fría sobre la cabeza. Él la había tenido presente siempre en su pensamiento, pero se ve que ella se había cansado de esperar al Ausente, que quizá nunca volvería. Claro: por eso había dejado de escribirle. Los policías le dieron la dirección, y él de modo automático se había subido a un autobús, y varias horas más tarde se vio en la terminal de autobuses de aquella antigua ciudad. Sin tener una idea muy clara, tomó una habitación en un hotel de las afueras, El Caminante, y tras cenar, se subió a su habitación y se tumbó en la cama. En la televisión estaban poniendo una película antigua, que siguió con interés, constatando con satisfacción que entendía casi todo lo que decían.
Tres días más tarde tomó otra decisión: se iría de allí. Volvería a Málaga la Bella, pero antes tenía que ver a Aiñoa. Llamó a un taxi, y se plantó en su casa.
Una vecina le dijo que no estaba. Que seguramente habría ido a buscar a sus hijos al colegio. El mayor tenía seis años, le dijo, y el menor tres.
Fantaseó con la idea de que el mayor fuera suyo. ¡Un hijo! Nunca se había planteado tener un hijo, pero ahora, si ya lo había tenido y estaba casi criado, la idea le atraía. Pero..., ¿por qué ella no se lo había dicho? Todo habría cambiado si hubiera sabido que tenía un hijo...
Mientras esperaba a que llegase del colegio con los dos niños, se preguntaba que con quién se habría casado. Si se lo hubiera dicho a él, quizá habría podido volver para casarse él con ella, y criar entre los dos a su hijo. ¿Por qué las sureñas no podían ser como todo el mundo?
Y entonces la vio llegar. Venía con uno en cada mano, andando los tres, y hablando ella con uno y con otro. Los veía felices. Se vio a sí mismo allí, teniendo de la mano al mayor, y enlazando la cintura de ella... En fin, soñar es gratis, se dijo.
—Hola, Aiñoa... —saludó, esperando su respuesta.
Ella no se lo esperaba, y al principio no lo reconoció.
—El inglés..., Sam?
—Will, soy William Webb, de Londres. ¿No te acuerdas? —le dijo en perfecto español.
—Veo que has hecho progresos en el idioma.
—E também aprendi português.
—Uau, você esteve ocupado. Você deixou uma namorada na Inglaterra?
—Cuando me fui de aquí dejé mi alma, mi corazón —dijo canturreando una antigua canción olvidada.
Ella se le quedó mirando, muy seria, hasta que uno de los niños le dijo:
—Mamá, ¿quién es este señor?
Ella pareció despertar de pronto, y mirándolo le dijo:
—Un amigo mío, hijo. Ven, vámonos a casa.
Ellos entraron en el edificio, pero Will los siguió.
Ella no dijo nada, a pesar de que sabía que los seguía. Entraron los tres en su apartamento, y Will se coló detrás de ellos.
—¿Podemos hablar?
—Espera, Will, que les ponga la merienda, y volveré aquí. Siéntate en el sofá. Como sabes ya español, ahí tienes revistas, o libros en la estantería. Tardaré un ratito.
De la estantería seleccionó un ejemplar de las Novelas ejemplares, de Miguel de Cervantes, y se entretuvo en ojear una que le llamó la atención, La española inglesa. Je, él había querido ser el español inglés en la vida de Aiñoa, pero parecía que llegaba tarde. Siete años tarde. O más. Una lágrima cayó en una página, que se apresuró a secar con su pañuelo, y parpadeó vivamente para que no se le escapara otra.
Diez minutos después apareció ella, y se sentó en un sillón, frente a él.
—¿A qué se debe tu visita, Will?
—Llevo años preguntándome qué ha sido de ti. No sabía si vivías o no. Y ahora te encuentro de ama de casa, felizmente casada, con dos niños.
Ella sonrió, con tristeza. Quizá ella también había pensado en un sueño imposible.
—Durante años pensé que vendrías a mí, pero supuse que me olvidarías, tarde o temprano, y me diste largas, o al menos eso me pareció.
—No te di largas. Pensaba que no podría volver. De hecho no me dieron vacaciones durante dos años, porque las había quemado allí, en Málaga, contigo. Pero..., bueno..., lo hecho, hecho está. ¿Estás bien con tu marido?
—Ja. No tengo marido.
—Pero los niños... ¿El mayor es mío?
—Ojalá. No, es de aquel loco cordobés de Madrid, no sé si te acordarás de él, Manolo.
—Lo recuerdo, sí, Manolo Rodríguez. El cordobés. Te lo pasaste bien aquella noche con él.
—Pues sí, para qué te voy a engañar. Demasiado bien. Y el fruto es mi pequeño Will.
—¿Will! Vaya, no me lo esperaba. Se ve que te dejé buen recuerdo.
—Mucho. Fantaseé con la idea de que vinieras a vivir conmigo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Habría sido obligarte. Y no quería eso. Si vinieses, sería libremente.
—Entonces ¿no te casaste?
—Me casé, pero tú no lo conociste. Me lo encontré dos años más tarde. Se llama Inocencio. Firmamos un contrato matrimonial de cinco años, y hace meses que caducó.
—¿Qué? ¿Cómo que caducó?
—Ya te dije que en este país el matrimonio no es para siempre, Will. Se firman cinco años. Luego se prorrogan quinquenio a quinquenio, y si no firman los dos, ambos quedan libres de nuevo, aunque se tienen que hacer cargo de la progenie, si la hay.
—¿Y qué pasó? ¿Por qué no se firmó la prórroga?
—La relación no tenía mucho futuro, Will. Él tenía sus prelaciones, y yo también, pero no coincidían. Por eso ninguno de los dos propuso renovarlo.
—O sea, que estás soltera de nuevo.
—Eso es.
—Bueno es saberlo.
Ella sonrió, divertida.
—Que esté soltera no significa que me quiera casar otra vez, Will. Y menos con uno que me abandonó por un trabajo en Inglaterra.
—No seas injusta, mujer. Me fui deseando quedarme. Y era por quedarme contigo más que por este país, que también me interesaba, la verdad sea dicha. Pero volver a verte era mi instigación para aprender tus dos idiomas, y volver para hacer el examen de albañilería, aunque ya no me hace falta.
—Ah, ya no te vas a quedar.
—No lo sé, Aiñoa. Pero no me hace falta porque lo hice en Londres. Y ya soy un albañil con derecho a trabajar en el País del Sur.
—Ah, enhorabuena. ¿Has pensado establecerte aquí?
—Eso pensaba, pero una de mis razones para ello acaba de evaporarse.
Ella lo miró con una sonrisa triste. Sí, habían coincidido en un momento importante de sus vidas, y luego se habían separado. Ella había dejado de escribirle cuando conoció a Inocencio, pero su fallo había sido no contárselo. Al principio porque pensaba que con Inocencio no iba a pasar nada, y luego las cosas se complicaron y sintió que era muy violento decirle a aquel hombre tan bueno que lo había dejado por otro..., si es que él la quería para algo, cosa que tampoco le dijo cuando tuvo la oportunidad, pero que ahora le era evidente que era obvio. Quizá demasiado obvio, tanto que él pensó que no había ni que decirlo. Y sin embargo ahora ella ya le había dicho demasiado.
De pronto ella fue consciente de que había perdido la oportunidad de contárselo todo a tiempo. Se arrepentía de no haber ido a verlo a Inglaterra para explicárselo todo.
Tras un silencio difícil, acertó a decir:
—¿Tienes dónde quedarte?
—Llevo tres días aquí. Estoy en el hotel El Caminante. No es muy lujoso..., y hasta hoy no me he atrevido a venir a verte. Sabía que tenías dos niños, y me imaginaba que estabas con tu marido. Quería verte antes de irme a Málaga, donde fui tan feliz.
—Lo fuimos, Will, lo fuimos. Yo también fui feliz contigo. Nunca olvidaré aquel apartamento tan coqueto que compartimos. Allí está mi desnudo, haciéndole compañía al de aquella rubia.
—Jaja, sabía que lo harías. Bueno, ya he visto que estás bien. Ya me puedo ir tranquilo. Larga y feliz vida te deseo, con tus dos hijos.
—Quédate conmigo esta noche, Will.
—¿Para qué?
—Estás en mi país. Has venido a verme. Déjame ejercer de anfitriona. Durante semanas te llevé en mi coche. Durante meses fui tuya, y tú fuiste mío. Déjame quererte un poco. Y luego puedes desaparecer de mi vida..., otra vez. Dame un buen recuerdo, actualízamelo. ¿Sabes? Yo también pienso en ti de vez en cuando. Quizá te he idealizado demasiado. Y supongo que tú a mí también... Bajemos el uno al otro del pedestal, Will, ¿sí?
—La verdad es que para estar en mi cuarto solo, machacándome la cabeza con todo lo que pudo ser y no fue..., sí, vale, gracias. Podemos ponernos al día, y luego cenar. Y si acaso, luego me voy.
Pero no se fue. Se contaron su vida, cosas sobre la gente que conocieron los dos. Él había tonteado también con otras chicas, pero no llegaba nunca a nada serio con ellas porque de pronto el recuerdo de su sureña se interponía, y dejaba de verlas. Sospechaba que eso iba a cambiar, aunque sí, sospechaba que su decepción le había devuelto la misoginia que había tenido antes de conocerla.
Ella también había conocido a otros chicos. Pero a los pocos meses se le notaba el vientre abultado, y perdió las ganas de alternar. Trabajó de taxista hasta el sexto mes de embarazo, en que tuvo que dejarlo por imposibilidad física. Luego se fue a un centro de preparación al parto de madres solteras. Le contó a Manolo lo que había ocurrido, y él vino para el nacimiento. Pero él vivía con otra mujer, así que su ayuda fue más bien testimonial. Cuando cortó con su novia volvió a Málaga a verla, pero ella ya estaba con Inocencio, al cual no le importaba que su esposa tuviera un hijo de otro hombre, lo que era bastante normal en esa sociedad. Manolo lo comprendió, claro, pero no está claro por qué desapareció de su vida y de la de su hijo. Podía haberlo buscado y exigido que cumpliera con sus obligaciones, pero decidió dejarlo estar, y contarle a su hijo que su padre era Inocencio.
—¿Recuerdas? —le dijo cuando le sirvió la cena: —merluza a la romana.
—Nuestra última cena, Aiñoa. Tú sabes mucho.
Ella sonrió.
—Ha sido casualidad. No suelo tener pescado, pero tenía estos filetes, y se me ocurrió que podíamos darnos un homenaje a los viejos tiempos. Junto con este Ribera del Duero. ¿Te sigue gustando?
—Me encanta.
Después de la cena, fregaron los platos entre los dos, y se tomaron una copa de licor sentados en el sofá. En un momento determinado ella le tomó una mano, y él la atrajo hacia sí, y pasó lo que ambos querían que pasara desde hacía horas.
A la mañana siguiente amanecieron otra vez igual que en su primera: él cruzado en diagonal en la cama, y ella con la cabeza sobre el pecho de él, ambos desnudos y enlazados.
Recordándolo, él acercó su boca a la de ella, que se despertó con el beso de amor de él. Como entonces, abrió la boca y le acarició la lengua con la suya, y volvieron a hacer el amor. Pero había un cambio importante: ahora era él quien llevaba la voz cantante. Fue él quien se subió encima de ella, y la invadió con la regularidad de un pistón, o casi, arrancándole un ¡ay! en cada embate, hasta que el ay se convirtió en un alarido, que él ensordinó con un beso, para que los niños no se despertaran.
—¡Los niños! —dijo ella de pronto.
—¿Qué les pasa a los niños?
—Que llegarán tarde al colegio.
Rápidamente se levantaron, se vistieron, y los levantó ella mientras él les preparaba el desayuno. Luego los llevaron al colegio, y después volvieron caminando. Se sentaron en un banco de un parque, y él dijo con una sonrisa bastante cínica:
—Estos problemas no los teníamos antes...
—No. Ya somos mayores. Ya tenemos hijos.
—Tenemos...
—Tienes razón, Will. Los tengo yo.
Él bajó la cabeza, asintiendo.
—¿Cuánto tiempo vas a quedarte?
—Me voy esta tarde, Aiñoa, como había pensado. No quiero alterar tu vida, ni la mía. Tú tienes responsabilidades..., por cierto, no me has dicho en qué trabajas.
—He vuelto a la enseñanza. Doy clase de Historia en un instituto, aquí cerca. Hoy no tenía clase por la mañana.
—¿Y cómo haces con los niños?
—Cuando yo no puedo estar con ellos viene una chica y me los cuida. Es una de mis alumnas del año pasado.
—¿Y le...? Ah, claro, aquí nadie paga nada.
—Así es. Ella quiere ser útil, y lo es cuidando niños en su tiempo libre. No solo los míos. También yo hacía eso cuando estudiaba en la universidad.
Will tomó el tren a Madrid, y decidió pasar allí unos días. Mientras iba viendo a través de la ventana cómo el paisaje se iba deslizando hacia atrás, notó lo diferente que era del paisaje inglés. Allí todo era más verde, aquí era de mayor tamaño. Verde también, pero la menor cantidad de lluvia se compensaba con creces por los canales de riego que aparecían aquí y allá. La agricultura era mucho más rica, y observaba hombres y máquinas laborando todavía, suponía que hasta el caer de la noche.
También vio una finca muy curiosa: entre cercados había varios ejemplares de toros bravos. No había visitado la Plaza de Toros de Málaga, porque le parecía un espectáculo cruel. Pero al ver a aquellos animales allí, sueltos, pastando a placer, que alzaban la cabeza y miraban al tren a su paso, recordó las granjas de vacas que había visto en su país de origen: todas encerradas en pocos metros, con una cinta que les traía comida por delante y otra por detrás se llevaba sus desechos. Aquella vida para ellas era miserable, condenadas al presidio por haber nacido. Además, se sacrificaban casi todos los machos, y se engordaba a las hembras, mientras que allí veía solo machos, aunque suponía que entre ellos había hembras. Sí, los sureños eran un pueblo peculiar. Otras costumbres, otros valores, otras tradiciones. Y ahora, otra forma de vida, única en el mundo.
Desde que había vuelto al País del Sur se había decantado por el transporte público. Le parecía una experiencia mucho más enriquecedora. Ahora no sólo podía hablar con el taxista, sino con las personas que compartían viaje con él. A su lado se había sentado un joven que aún estudiaba en la universidad, en Madrid. Era de su ramo: el muchacho aspiraba a ser arquitecto, cosa que conseguiría cuatro años después, le dijo. Delante de su asiento iban una madre y su hija adolescente, y en el de su derecha iban dos ancianos que dormitaban. En el resto del vagón iban personas dispersas, cada una sumida en sus propios pensamientos.
El muchacho no tenía mucha conversación, y se excusó al poco rato para seguir con su lectura. Una novela en que se hablaba de épocas pasadas. Se llamaba Crimen y castigo, del ruso Fédor Dostoievsky. Le podría haber dicho su visión del libro y del autor, pero no quiso distraerle de la lectura.
Él mismo era un gran lector. Pero sus lecturas habían sido en inglés. Ahora, si se quedaba en este país, suponía que sus lecturas serían en español y en portugués, idiomas que le iban gustando cada vez más. Recordó su historia con Aiñoa, la mujer que le había atraído aquí, pero de la cual —se asombró— podía prescindir totalmente. ¿Cómo se explicaría eso? Ya no era ella la muchacha despierta y ocurrente que le había llevado por la mitad de la Península Ibérica. La mujer real había expulsado de su mente a la Aiñoa ideal que se había construido y a la que había aiñoado durante siete años. Ahora comprendía por fin lo que significaba lo que ella le había explicado en una ocasión, el concepto de saudade: añorar lo que se fue y no volverá, pero hacerlo con agrado, sintiéndose agradecido porque ocurrió. Más vale, se dijo, vivirlo y perderlo que no haberlo vivido jamás.
Ahora decidió continuar su viaje alrededor de la mitad de el País que le faltaba, sí, pero no sería con ella. Quizá lo haría en el transporte público, ¿por qué no? Lo encontraba más divertido. Y gracias a los almacenes del estado, ya no tendría que llevar un gran equipaje, como el que trajo la primera vez. De hecho en este viaje había venido casi con lo puesto. Su pensamiento volvió a Aiñoa. No: ahora ella era un ama de casa trabajadora, con dos niños a su cargo, ninguno hijo de él, sino de dos hombres diferentes. La verdad es que seguía sin entender a las mujeres, pero ahora iba entendiendo mejor a los naturales de este país. Habían realizado la revolución que pretendieron los bolcheviques y los anarquistas en su día, pero sin disparar ni un solo tiro, sin matar a nadie, sin enemistarse los miembros de la misma familia. Y eso lo había proporcionado la visión de un hombre inolvidable: Jaime Templado de las Horas. Tiempo tendría de informarse mejor sobre el particular, pues hasta ahora solo se le habían dado informes sesgados e inconexos sobre este hombre y este País.
Cuando se cansó de mirar el paisaje, sacó su propia novela del bolsillo trasero de su pantalón. La había visto en un kiosko de la estación cuando se dirigía a su tren. Le hizo gracia que estuviera en portugués. ¡Qué bien!, se dijo, así podré practicar el idioma de Aiñoa. Se titulaba A jangada de pedra. La abrió e inició su lectura, que iniciaba con una frase de Alejo Carpentier: Todo futuro es fabuloso. Recordó que en español el título era La balsa de piedra, y pronto se sumió en la lectura, pues a cada frase se le hacía más interesante. Vio con agrado que su C1 en portugués le daba para comprender perfectamente lo que le contaba el Premio Nóbel, José Saramago, más de un siglo después de haberse muerto.
Una hora después llegaron a la Estación de Atocha, de Madrid, y abandonó la lectura con pena. Se despidió del muchacho, y le deseó mucha suerte en su futuro profesional, en el que podrían encontrarse, ya que él era albañil.
Cuando abandonaba el tren se percató de que entre aquel joven y él habían convertido aquel vagón en una improvisada sala de biblioteca, en que el rumor de las ruedas contra las vías y otros ruidos habían dejado de existir para ellos dos, el uno con las miserias de Roskolnikov, y el otro con las de Joana Carda, Pedro Orce, Joaquim Sassa, José Anaiço, María Guavaira, y las sociedades portuguesa, española, europea y yanqui de la época. En fin, seguía intrigado por dónde fluiría el genio del portugués a lo largo de aquella novela de más de trescientas páginas, y estaba ansioso por descubrirlo.
Antes de iniciar la lectura, pensaba pasar la velada en las tascas de Madrid, para conocer gente, charlar con los naturales, y ver algunos monumentos por la noche, pero en lugar de ello buscó una pensión cercana a la estación, y una vez instalado en su habitación, se tumbó en su cama y siguió con la lectura, que no terminó hasta haber acabado el libro, a las seis de la mañana. Miró el reloj, se encogió de hombros, y consciente de no haber cenado y de que quizá tampoco iba a desayunar, se desnudó y se metió entre las sábanas, y descansó hasta las dos de la tarde.
Cuando se despertó, se duchó, se vistió, y echó otro vistazo a su libro. Un gran hombre el tal Saramago, se dijo haciendo oscilar el volumen en su mano hacia arriba y hacia abajo. Leeré toda tu obra, amigo, se dijo, en versión original.
Salió de la pensión y se sentó en una mesa al aire libre de un restaurante, El Rescoldo, que había abierto hacía poco, suponía, porque cuando había visitado la capital, siete años atrás, no estaba. En su lugar, creía recordar, había una librería. Comió dos platos y postre, despacio, sin más compañía que sus propios pensamientos.
Entre ellos estuvo el de que no necesitaba a nadie para ser feliz. Bueno, quizá sí, quizá necesitaba amigos como José Saramago y muchos otros colegas de ese genio; pero no necesitaba a ninguna persona viviente. Lo de Aiñoa había estado bien, pero tras haber hecho el amor con ella había llegado a la conclusión de que se trataba de otra persona, de tantas otras —muchas— como había en su país y este otro que se proponía investigar, y quizá adoptar como suyo propio, pues intuía que hacían falta grandes dosis de generosidad, empatía y solidaridad, en una palabra, de ciudadanía, para vivir sin dinero. Su pueblo, el inglés, desde luego que no las tenía. Y no imaginaba que en ninguna otra nación del planeta semejante experimento podría tener éxito. No, hacía falta una idiosincrasia única para poder lograrlo. Y eso solo se podía encontrar en los pueblos del solar ibérico. Eran Europa, sí, pero de lejos. Muy de lejos. Eran el Norte y el Sur al mismo tiempo.
Al final de la comida decidió quedarse en Madrid un tiempo. Tras salir del restaurante se encaminó a la Biblioteca Nacional, y allí pidió un ejemplar de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Durante los cuatro días siguientes se dedicó a su lectura, parando solo para cenar e irse a la cama en su pensión. Sí, entre Saramago y Cervantes le convencieron de que aquel era un pueblo peculiar, que al unirse habían podido cuadrar el círculo.
Cuando terminó la lectura se planteó quedarse a vivir en Madrid, pero allí faltaba algo esencial para él: el mar. Y la proximidad y la alegría del sur del Sur. Y, puesto que lo que más conocía era Málaga, tomó el tren por la mañana y en algo menos de 3 horas estaba en su ciudad favorita. Atrás quedaban Londres, Lisboa, Ávila y Madrid. Ante él aparecía Málaga la bella, como decía la canción..., ah, no, era Malagueña salerosa. ¿Encontraría él allí a su malagueña salerosa? Pero..., ¿qué falta le hacía? Ahora él se hallaba en su búsqueda personal, la del santo grial de la esencia del País del Sur, y pensaba encontrarlo en aquella ciudad a la vera del mar, el azul profundo que siempre le había fascinado y del que había carecido toda su vida en Inglaterra y lo que conocía de España y Portugal.
Recordó que en Málaga solo conocía a Elías, el taxista, y a Estrella y Yolanda, las chicas del hotel Durán. Se alojó de nuevo allí, pero el recepcionista era Julián, un hombre algo mayor que acababa de iniciar su empleo en el hotel. Le informó de que la directora no volvería hasta el día siguiente, pero no era Estrella, sino Yolanda. Aquella hacía dos años que se había ido a trabajar al Norte.
Después de comer salió a buscar empleo. Se dijo que ya estaba bien de vacaciones, y que en un país en el que todos trabajaban era indecente que él se dedicara a la dolce vita.
Visitó varias obras, pero en ninguna faltaba ningún albañil. En una de ellas le dijeron que debería ir a la oficina de la Dirección de Obras Públicas, sita en la calle Sito Álvarez de Toledo, donde le informarían de posibles vacantes.
En efecto, allí le indicaron que en unos días, quizá una semana, se iniciaría la construcción de un bloque de viviendas de uno, dos y tres dormitorios, y dos manos más de experto albañil serían bien recibidas.
Dio un largo paseo por el puerto, su lugar preferido, y en un barco de pesca que iba a hacerse a la mar preguntó al patrón que si le permitía acompañarles para observar lo que hacían, y este le invitó cortésmente a subir a bordo.
Cuando volvieron, 4 horas más tarde, vio que el mar era maravilloso, pero también exigente, pues aquellos cuatro hombres no habían dejado de trabajar con dureza, excepto cuando el pequeño barco había salido hacia alta mar, y cuando habían echado ya las redes, si bien habían estado observando con fijeza los movimientos de las mismas, para saber cuándo tenían que izarlas a bordo de nuevo, y aquello a él mismo sí le había estresado, aunque aquellos hombres acostumbrados a su labor sonreían con la paz dibujada en el rostro, y bromeaban entre ellos, pero siempre atentos a las redes.
Cuando tocaron tierra de nuevo, les dio las gracias a aquellos hombres tan duros, y volvió a su hotel dando un paseo. Allí se encontró con Estrella, que estaba cenando en el restaurante del hotel cuando él llegó. A su invitación se sentó a su mesa.
—Vaya, pensaba que te habían secuestrado por ahí...
—¿En el Sur? Imposible. Nunca he tenido más sensación de seguridad que en tu país, Estrella. Pero me habían dicho que ahora trabajabas en el norte...
—Cierto. Ahora trabajo en Irún. En lugar de un hotel, ahora dirijo un museo, el Museo Dorta, en honor de uno de nuestros pintores más famosos, muerto hace unos pocos años.
—Entonces..., ¿qué haces aquí?
—He venido de vacaciones, a ver a mis padres y a mi hermana. Por cierto, me alojo en el Durán. ¿Tú también?
—¿Dónde si no? Y me han dado una habitación con vistas al mar, como tú me diste entonces.
Ella se quedó tomándose un café mientras él cenaba. Hablaron de lo que había hecho cada uno, en un tono muy en general, en los siete años que hacía que no se veían. Ella tenía ya alguna cana, y él tenía un poco menos de pelo, y eso añadía algo más de misterio a su encuentro. Ni entonces ni ahora significaban nada el uno para el otro, excepto un poco de amistad y complicidad.
—¿Y qué te ha hecho regresar a este país, inglés? —le dijo ella entre plato y plato.
—Todo, sureña. La gente, el paisaje, el clima, pero sobre todo el mar.
—¿No hay mar en Inglaterra?
—Claro que hay mar allí. Pero no es este.
Aquello le arrancó una carcajada a la mujer.
—O sea, que te has enamorado del Mediterráneo.
—Eso creo, Estrella.
—Entonces ¿te quedas con nosotros?
—Esa es mi intención. La semana que viene empiezo a trabajar.
Y le explicó su búsqueda y la promesa de que pronto estaría trabajando en una obra a las afueras de Málaga.
—¿Te dio seguridad de que empezarías a trabajar ya?
—Bueno, allí necesitan gente...
Tras cenar, se fueron al hotel, no sin antes prometer ella que le ayudaría a encontrar apartamento allí cerca del puerto, para poder ver el mar cuando se levantara por la mañana.
Lo que consiguió al día siguiente con una llamada telefónica. Eso le confirmó lo que le dijeron en Inglaterra, que En España más vale tener amigos. Bueno, aquello no era exactamente España, sino el País del Sur. Pero quizá España había sido siempre el País del Sur, solo que nadie se había dado cuenta hasta que aquel genio de la política y de lo social, Jaime Templado de las Horas, diseñó el nuevo sistema y consiguió los pactos de adhesión con Portugal y Andorra, callando a los independentistas del Norte y del Este de una vez por todas.
Su apartamento era muy bonito, luminoso, pero parco en mobiliario. Tenía solo un dormitorio, pero estaba dotado de un gran ventanal que daba a un balcón donde cabía una pequeña mesa y un par de sillas, y desde allí podría desayunar viendo el puerto y a los pescadores que se afanasen en sus labores previas a hacerse a la mar.
¡La mar!, se dijo, ¡Cruel amante, la mar! A pesar de que le gustaba contemplarla, supo, cuando fue con los pescadores, que la mar no era para él. Era como esas hermosas mujeres que ves por la calle, y sin embargo eres consciente del trabajo que te daría vivir con ellas, y por eso mejor las dejas pasar.
Comió fuera, pero luego pasó por uno de los almacenes de comida y llenó un carrito y llenó la nevera de su apartamento.
Al día siguiente fue por la obra donde le habían dado trabajo, y el capataz le dijo que le habían intentado localizar, que la obra había comenzado antes de lo previsto.
Le dejó su nueva dirección. Sí, fue un fallo no haberle dejado la del hotel cuando fue a pedir trabajo, porque —mintió— todavía no había tomado habitación.
En los días que siguieron él se acostumbró a la forma de trabajar en el País, aunque ya le habían dado nociones en Inglaterra. Conoció a muchos compañeros, de ambos sexos, que trabajaban en aquella construcción, y pronto entabló amistad con una de las administrativas que había en la oficina. Se llamaba Raquel, y era muy graciosa. Algo más alta que él, le recordaba a Marisa, la madrileña, pero por la forma de ser se parecía más a Estrella.
Estrella..., había algo en la ex-directora del hotel que le atraía; quizá fuera su forma desenfadada de hablar, o en la forma en que se había acercado a él cuando la conoció. Sí, tendría que frecuentarla más.
Raquel era más joven, pero también más inexperta. Le gustaba hablar con ella, pero carecía de la profundidad de la ex-hotelera.
—Pues sí, hace tiempo que hice la tesis doctoral— le dijo Estrella cuando se volvieron a ver y le preguntó él sobre el particular. —Pero ya te lo dije la otra vez que viniste. Sobre el arte visigodo. ¿No lo recuerdas?
—Ah, sí, claro. Me he confundido. Era la taxista que me llevó desde Portugal al norte de España y de vuelta aquí la que no sabía si iba a hacer la tesis. La pobre se metió en dos hijos, y ya no pudo.
—Tonterías, si quiere puede hacerlo. Siempre hay gente o instituciones que le pueden cuidar los niños mientras ella trabaja en la universidad. O la ha hecho, o ha elegido no hacerlo. Pregúntale.
Así lo hizo camino de casa. No le gustaba tener teléfono móvil, y puesto que no lo necesitaba, nadie se lo proporcionó. Reflexionó que en Inglaterra todo el mundo tenía uno o dos, y así el gobierno —quizá el supragobierno, o el gobierno mundial en la sombra— podía saber en todo momento qué hacía, con quién estaba, y cómo neutralizarlo, si quería. Eso no pasaba en el País del Sur: allí cada cual hacía lo que quería, y trabajaba en paz en el trabajo que deseaba. Ni siquiera tenía teléfono fijo en casa. Cerca de su portal había un teléfono público, desde el que llamaba o le llamaban, si había quedado previamente con alguien. Aiñoa sí que tenía móvil, recuerdo de su trabajo de taxista, en que le era necesario.
Al salir del trabajo, antes de subir a casa, la llamó.
—Aiñoa, ¿cómo estás?
—Ah, hola, inglés. ¿Ya tienes trabajo?
—Pues sí. De albañil, jeje. ¿Y tú qué tal en el tuyo?
—Pues..., estoy de baja. Parece que tengo un embarazo de riesgo.
¡Cielos! Empezó a contar los meses..., ¿era posible que fuera suyo?
—Oye, que yo,.. ¿Tú estás bien?
—No, tonto, no es tuyo. Por los tiempos calculo que es de mi ex, Inocencio. Además, me han hecho una prueba de ADN y coincide al 90% con la de su hermano, mi segundo, Enrique.
—Vale, pues cuídate. A ver si me dan vacaciones aquí, y voy a hacerte una visita.
—¡Tonto! ¿Te crees que estás en Inglaterra? Aquí te puedes tomar las vacaciones que quieras. Pero no estaría bien que a los pocos días de empezar a trabajar te fueras de viaje. Espérate tres o cuatro meses antes de hacerme una visita corta. Lo pasaremos bien. Cuando dé a luz podría ser un buen momento, así me echas una mano.
Tras charlar de algunas cosas baladíes, se despidieron, y él subió a casa a ducharse, a cenar y luego al cine, pues había quedado con Raquel.
Al final de la noche ella lo invitó a su casa, a tomar una copa, pero no hubo nada, porque él estimó que no le convenía enrollarse con alguien del trabajo. Al día siguiente quedó con Estrella, fueron a ver otra película, y esta vez sí que fueron al hotel, a la habitación de ella, que tenía una cama de matrimonio, y ejecutaron lo que tenía que pasar.
Cuando se despertó, se duchó y luego bajó al comedor para desayunar. De Estrella no había ni rastro. Luego tuvo que correr, pues empezaba su trabajo en la obra.
Estaba en un equipo de diez albañiles, que se ocupaban de revestir la estructura que ya se había levantado con paredes y tabiques interiores. Los apartamentos de que iba a constar el edificio eran de una, dos y tres habitaciones. Era un edificio de diez pisos, y pensó que a él le gustaría vivir en uno de ellos, aunque estuviera algo alejado del mar. Pero desde allí se vería. Siempre había pensado que le gustaría vivir en un piso alto, pues allí el aire era más puro, o debería serlo.
A poco de comenzar a trabajar allí apareció Esteban, un muchacho de 20 años natural de Andorra, que había decidido dejar el antiguo territorio independiente por las tierras más cálidas del sur.
—Siempre he soñado con el mar —le dijo tras haber hecho algo de amistad con Will. —Y Málaga siempre me ha atraído por su historia, por su música, por su gente. Allí, en Andorra, tenía un colega malagueño que siempre estaba de cachondeo, y aquí me tienes, buscando a mi malagueña salerosa, como dice la canción, supongo que igual que tú.
Buscando a la malagueña salerosa que dice la canción, se dijo Will. No, la verdad es que él no la buscaba. ¿Debería hacerlo? ¿Y qué iba a hacer él con ella, con lo bien que se estaba solo? Además, después de la hispano-portuguesa…, la verdad es que no sabía si volver con Aiñoa —y sus tres niños, ninguno de los cuales era de él— buscarse a otra, o quedarse por allí, al pairo, a ver qué vientos corrían. Lo que tenía muy claro era que no volvería a Inglaterra. Esta tierra le había atrapado, y se quedaría aquí para siempre.
Y no solo por el clima y por la calidez de la gente, que también era por eso, claro, todo ayudaba; mas este sistema político que se habían dado los una vez andorranos, portugueses y españoles, era inusitado. Y lo mejor es que funcionaba. Allí se demostraba el error tan grande de Carlos Marx: no bastaba con que los trabajadores fueran dueños de los medios de producción, sino que había que ir más allá: si el capital era el mal, había que acabar con el mal, erradicar el capital de la faz de la Tierra, o al menos del solar que uno pisaba. Todo es de todos, y todos cuidan todo. Por eso aquella piel de toro era ahora el país más puntero del mundo, trabajando todos a una en pos de un bien común, acogiendo las ideas de los más capaces y llevándolas a sus últimas consecuencias. Por eso habían vencido en lo que llamaban La Guerra de las Galaxias en tono zumbón, y que era desconocida en el resto del mundo. Y sin embargo en El País del Sur todos estaban al tanto. Y, suponía, todos los que lo habían visitado en alguna ocasión, si se habían molestado en preguntar.
—Y dime, Esteban, ¿cómo llevas la búsqueda de esa, tu malagueña salerosa?
—Ahí estamos…
—¿Has conocido muchas?
—Bueno, aquí no salgo mucho. No tengo con quién. Conozco a Raquel, la de administración, pero no le he dicho nada…
—Ya, yo también pienso que no hay que mezclar el trabajo con la vida personal. Luego cortas con ella y la tienes que seguir viendo. Sabio es el consejo castizo, ya sabes: Donde tengas la olla, no metas la polla.
—No, hombre, no es eso. Es que yo con las mujeres…, bueno, lo que no quiero es meter la pata.
—Ja, me recuerdas a un amigo en Inglaterra, Patrick. Era como tú, muy tímido con las tías, y me dijo en una ocasión que estaba por los huesecillos de una tal Heather, una de mis amigas, a la que no se había dirigido nunca porque tenía miedo de hablar con ella y lo considerase un tonto. Así que yo, ni corto ni perezoso, los presenté. Le dije: Mira, Heather, te presento a Patrick. Sois de la misma edad y a él le gustas mucho. Y me quité de en medio.
—¿Y ellos que hicieron?
—Ella se quedó callada, y él se puso muy nervioso. No sé si dijeron algo, pero después mi amigo me dijo que no me iba a hablar más en su vida. Y así ha sido hasta ahora.
—Vaya, quisiste ayudarle y fue peor.
—Por eso, Esteban, no sé qué decirte. Si quieres, salimos esta tarde, después del trabajo, y nos damos una vuelta por ahí. Si conocemos chicas, fíjate lo que hago yo, y a lo mejor te sirve. Pero no meteré la pata de nuevo, no en ese sentido. Después he pensado que fui muy bruto, y la verdad es que Patrick me caía muy bien. Una pena.
Cuando sonó la sirena, a las seis de la tarde, los obreros terminaron el trabajo y se dirigieron a la salida. Al pasar por la administración les saludó Raquel, que sonrió de modo especial a Esteban, que no se dio por aludido porque iba mirando al suelo.
—Pues creo que le gustas a Raquel.
—Hombre, no seas burlón.
—Que sí, que te ha sonreído. Lo que pasa es que como vas por la vida mirando abajo, no te enteras de lo que pasa arriba.
—¿Y qué quieres que haga?
—Pues que cambies la tónica, hombre. Mira de frente, y mira arriba, como si te fueras a comer el mundo.
—Jeje, eso es fácil decirlo. Seguro que a mi edad también eras un tonto como yo.
—No, como tú no: más —dijo Will para animarlo—, pero he espabilado. Me casé en Inglaterra, y el día más feliz de mi vida fue cuando conseguí divorciarme. Y ahora ando picando de flor en flor, cuando puedo, y cuando no, me jodo, como todo el mundo.
—Joder con el experto. Bueno, mira, me voy a mi casa, me ducho y quedamos a las ocho. ¿Vale?
—Bien. Me parece un buen plan.
Mejor trajeados y sin el sudor y el polvo del trabajo parecían otras personas. Se fueron a un bar de copas y se tomaron un par de vermuts. Había gente de ambos sexos en pareja y desparejados, y Will se metió un poco con un par de ellas, que debían ser amigas. Entabló conversación con las chicas, que encontraron curioso su acento inglés.
—¿Eres inglés de verdad?
—¿Tanto se me nota? Pues sí, soy de Londres. ¿Lo conocéis?
—Espero visitarlo algún día. Me llamo Florinda, y esta es Sara.
—Encantado, Florinda, hola, Sara —dijo Will dando un par de besos a cada una.
Al dárselos les dio un breve abrazo, casi de cumplido. Después les presentó a su amigo.
—Y este es Esteban. Ha venido de Andorra, o sea que es casi un extranjero también.
—Hola —dijo el aludido.
—Encantada de conocerte, Esteban. Eres muy guapo.
El pobre Esteban se puso muy colorado.
—Eh… , yo…, yo…, bueno, gracias, Sara.
Y ya no dijo más. En cambio Will estuvo bromeando con las dos hasta que Sara dijo que se tenían que ir.
—Esteban, no puedes quedarte callado. A esa Sara la tenías en el bote —le dijo en cuanto las bellas se habían ido.
—Es que no sabía lo que tenía que hacer.
—¿Cómo que no? Ahí me tenías a mí contando tonterías sobre Inglaterra y sobre Málaga. Podías haber hecho lo mismo. ¿No viste que de vez en cuando le tocaba el brazo a Florinda cuando hablábamos?
—¿Y eso es importante?
—Ella no lo quitaba. Tampoco me tocaba la mano, que habría sido signo de que quería rollo. El lenguaje corporal es muy importante. Más que lo que dices, importa cómo lo dices, y qué haces mientras lo dices. No lo olvides. Yo me habría metido más a fondo si tú me hubieras seguido.
—Pero…, si me tiro a fondo igual me daba una torta.
—Hombre, hay que saber hasta dónde y cómo hay que meterse.
—Sí, ese es el problema, que no sé arrancar, así que luego es más difícil ralentizar, incluso parar.
—Ay, ay, Esteban. Así no vas a ligar nunca. ¿Qué más da que te den un par de hostias, si al final vas a acabar triunfando con una de ellas?
—¿A ti te han dado alguna?
—Aquí ninguna, pero en Inglaterra, muchas.
—Tampoco te has metido con ninguna…
—En la cama, con dos, desde que estoy aquí.
—¿Y cuánto tiempo llevas en el País?
—Estuve de vacaciones mes y medio hace años, pero ahora llevo apenas un par de semanas.
—¿Y en un par de semanas te has tirado a dos?
—No, hombre. A una. A la otra fue hace siete años, cuando estuve aquí de vacaciones.
—Joder, tío, eres mi héroe.
—Que no, hombre, que lo que tienes que hacer es tirarte al ruedo, como se dice por aquí. ¿No te gustan los toros?
—Sí, claro. Pero no es al ruedo al que me quiero tirar.
—Depende de lo que quieras, Esteban. Si buscas a una chica para casarte es distinto. Si la buscas para pasarlo bien, es más fácil.
—¿Y tú no buscas para casarte?
—No, con una ya tuve bastante. Olivia era encantadora, pero cuando se vio como esposa cambió de rumbo, se volvió exigente, y cuando nos separamos me quedé mucho mejor que había estado como casado.
—No crees en el matrimonio.
—Bueno, prefiero el shareware, ¿recuerdas lo que es?
—No…
—Es un concepto muy viejo, del siglo 20. El otro día leí algo sobre ello. ¿Te gusta leer?
—Leo muy poco. Lo justo.
—Ah, pues te pierdes uno de los mejores placeres de la vida. Bueno, mira, en una novela antigua salía un personaje al que en aquellos tiempos en que la informática comenzaba a hacerse popular le encantaba todo lo nuevo y cuando descubría un programa, lo probaba. Por lo que deduje, eso del shareware, que es un compuesto de dos palabras inglesas, share significa compartir, y ware en origen significa loza, pero que como sufijo viene ser algo así como material, o sea, que shareware significa algo que se comparte. La idea era que los posibles clientes probaran el programa y, si les gustaba, entonces le pagaban al que lo había hecho una cantidad que él había estipulado de antemano. Y si no les gustaba, se deshacían de él y tan amigos. Es decir, que el concepto consiste en probar antes de comprar.
—¿Y eso qué tiene que ver con las jais?
—Jais…, ah, con las tías. Bueno, pues hay que probarlas, no solo en el sexo, sino en la vida común. Si te gusta una muchacha, lo lógico es que te vayas a vivir con ella —si tienes propósitos formales, como decían los antiguos—, y si todo sale bien, le firmas un contrato quinquenal de esos que tan sabiamente se han diseñado aquí. Y si eres creyente y ella también, luego de prorrogarlos dos o tres veces —mejor cuatro— te casas con ella por la iglesia.
—Sí que corres tú. Todavía no he conocido a mi malagueña y ya me estás casando con ella…
—Bueno, esa es la teoría. En la práctica yo no me pienso casar otra vez.
—¿Y si tienes un hijo?
—Bueno, es su problema. Le echaría una mano, si la necesita, porque es ella la que decidió tenerlo, pues que se lo quede.
—Joder con los ingleses. ¡Qué apañados que sois!
—No, lo normal en Inglaterra es ser como tú: conoces a una mujer, te casas con ella y luego probáis a vivir los dos en amor y respeto. Solo que a mí me salió mal. Es como jugar a la lotería: te toca el premio gordo —el Cielo—, la pedrea, o el infierno, y si no te tocó el gordo, lo mejor es el reintegro.
—Bueno, no sé. Con tanto abrirme los ojos me parece que voy a desistir de casorios e incluso amoríos de momento.
—Di que sí, Esteban. Hay que pasárselo bien. Que a ellas también les gusta.
Se metieron en un restaurante, El Algarrobo, para cenar. Allí vieron a Florinda y a Sara, pero no les dijeron nada, porque estaban con dos chicos, y por lo visto se lo estaban pasando muy bien. Los cuatro se reían de vez en cuando.
—Cuidado con Sara —le dijo Will a su amigo —de vez en cuando te mira.
—Bueno, vale. Con no hacerle caso, tengo bastante.
—Pues no va a ser posible. Nos está saludando con la mano…
Will se acercó a la mesa, y Esteban vio cómo hablaba con Sara. Ella asintió con la cabeza y miró de nuevo a Esteban, que esta vez no pudo dejar de contestar a su saludo. Will le indicó con un gesto que se acercara.
—Mira, Esteban. Sara y Florinda están aquí. Estos son Zoilo y Calisto. Nos invitan a su mesa. ¿Te parece que cenemos con ellos?
Aquello parecía preparado, aunque era obvio que no. Esteban se sentó en el primer sitio que encontró, casualmente al lado de Sara. Will se sentó enfrente, junto a Florinda.
—¿Esta era vuestra prisa para iros antes?
—Es que habíamos quedado con estos dos —le dijo Sara casi al oído.
—Ah. ¿Y por qué nos habéis llamado a nosotros? Se supone que una cita doble es para estar solos vosotros cuatro, dos a dos.
—Es que estos son unos petardos. No dicen más que disparates. Os hemos llamado a ver si se cortan un poco. Espero que no te importe.
—No, claro, Sara. Me caes muy bien.
Will estaba contando alguna anécdota graciosa de Inglaterra, porque los otros tres reían mucho con las cosas que les contaba. Pero Sara no le dejaba participar a él de la algarabía general de la mesa:
—¿No echas de menos Andorra?
—Pues no, la verdad, no. Allí están mis padres y mis hermanos, pero a mí me ha atraído siempre esto del Sur. Y aquí estoy, en Málaga.
—Ah, igual que yo.
—¿No eres malagueña?
—No, la verdad es que nací en Santander, pero viví siempre en El Valle de Villaverde, un pueblo de mi provincia enclavado en otra, en Vizcaya. Hasta que decidí irme a ver mundo, y aterricé aquí.
—Ah, pensaba que eras de aquí...
—Pues no. Soy lo que antes se llamaba santanderina, pero ahora me dicen cántabra. Y tenemos un mar, el Cantábrico —rio.
Pues qué mala suerte, pensó Esteban. Para una que me hace caso, no es malagueña.
Aquellos dos chicos eran muy divertidos, Aitor y Alfonso. Pero cuando vieron que aquellos dos extranjeros se llevaban tan bien con sus supuestos ligues, se abrieron en cuanto acabaron de cenar:
—Bueno, chicos, este y yo nos vamos —dijo Alfonso. —Que os divirtáis.
Tomaron café, pero no hubo charla general, sino que Will se estaba empeñando a fondo con Florinda.
—Vaya, esos dos no nos hacen caso.
—Pues vámonos —le dijo Sara.
—¿Irnos? ¿Adónde? Yo he venido con este, que es el que conoce los sitios de aquí.
—Oh, no seas tonto. Una también conoce algo... Aquí cerca hay un sitio para bailar.
—¿Una discoteca?
—Mejor: un salón de baile. A mí me gustan más los bailes formales, con una orquesta de verdad, no con discos a un volumen insoportable. ¿Te vienes?
Ella ya se había puesto en pie, así que a él no le quedó más remedio que elegir entre ella y su amigo, y algo le decía que si se quedaba estorbaría, porque Will parecía que ya había logrado su objetivo...
—No despreciaría una oferta tan tentadora, señora —le dijo poniéndose en pie y tomando a la muchacha del brazo.
—Vale, Will, hasta mañana —le dijo.
Este lo miró como saliendo de un sueño, y le dijo, con una mirada de complicidad:
—Ah, vale, Esteban. Pasadlo bien.
Y se volvió a su Florinda y siguió hablando con ella.
En aquella sala de baile estaban tocando una música ligera bastante movida, por lo que la gente bailaba suelta. Ellos se incorporaron a la juerga general, pero sin apartarse mucho el uno del otro. Un rato después comenzaron a tocar un vals lento, y se abrazaron para seguir bailando. Ella se le pegó bastante, y él se excito un poco ante el contacto de la piel y la respiración femeninas.
A la mañana siguiente el sol en la cara despertó a nuestro amigo inglés. Acababa de amanecer. A su lado yacía aquella extraña mujer del Sur, durmiendo plácidamente. Y él se sentía el amo del mundo. ¡Había triunfado! No, no era malagueña, sino gaditana, de un poco más al oeste..., pero ¿qué más daba? La contempló a la luz del amanecer, con el maquillaje corrido, sin lápiz de labios porque —suponía— él se lo había quitado con los besos, y la observó fijamente. Era una mujer de unos 30 años, morena agitanada, de pelo muy lacio, piel muy oscura, más bien delgada, de la misma altura que él —recordaba de cuando habían bailado—, que al parecer tenía bastante más mundo que él. Y los ojos..., en ese momento los abrió y vio que eran de un color negro como la noche. no se le distinguía la pupila del resto del iris.
Ella le sonrió.
—Bienvenida al mundo de los vivos, Bella Durmiente —le dijo riendo.
Ella se acurrucó junto a él, y Will la abrazó y la besó. Y volvieron a hacer el amor.
Cuando acabaron, se tomaron un par de copas de vino de Jerez, y hablaron de sus vidas. Obviamos lo que se dijo de la de Will, pues ya la sabemos, si bien no así de la de Florinda...
—¿Y tú a qué te dedicas, inglés?
—Oh, mi vida es aburrida: soy un pobre albañil que acaba de aterrizar en tu país. ¿Y tú? ¿Cómo te ganas la vida?
Al momento él comprendió que acababa de meter la pata, una vez más.
—Jeje, que cómo me gano la vida —repitió despacio. —Bueno, supongo que te refieres a qué hago, en qué trabajo...
—Eso es, eso he querido decir, disculpa.
—Vale. Pues yo soy actriz. Trabajo ahora en un teatro pequeño, en una obra que lleva cinco años en cartel. No sé si la conoces. Se llama Tartessos...
—¿Tartessos? No, no he oído hablar nunca de ella. ¿De qué va?
—Es una reconstrucción histórica de la primera civilización conocida del País del Sur, un país que se extendía desde el tercio Sur de Portugal hasta Levante, englobando a todo lo que conocemos ahora por las provincias portuguesas de Beja y Faro, y las de Andalucía y Murcia, hace más de tres mil años.
—Ah, parece interesante. ¿Tú qué papel haces?
—Yo hago el de Laia, la hija de Gárgoris, el primero de sus reyes, que tuvo conmigo a Habidis como consecuencia de un encuentro sexual incestuoso.
—Ah, parece interesante, bastante aconvencional. ¿Eres la protagonista?
—Oh, no. Mi personaje es bastante marginal. Estoy en escena apenas diez minutos, de las tres horas que dura la representación.
—Ah, pues ya iré a verte. Seguro que lo haces bien.
—Bueno, soy una de los diez actores que quedan de los que estrenamos la obra, hace cinco años, de un total de 90. Imagínate, cinco días a la semana dos representaciones diez meses al año...
—Jo, vaya, eso son... ¡520 representaciones! Tu personaje ya habla por su cuenta, ¿no?
—No tantas. No olvides que paramos dos meses al año. Son solo 440 representaciones desde que subimos el telón por primera vez. Sí, es cierto, la representación ya sale sola, como quien dice, aunque cada vez que sube el telón alguno de nosotros está nervioso, por no decir todos. Es como si cada vez fuera la première, el estreno.
Will siempre había admirado a los actores, tanto de cine como de teatro. Dar vida a un personaje, sobre todo si era del pasado, cuando tu vida es tan diferente de la de ellos, tenía que ser difícil, muy difícil. Él no podría...
—Pero solo diez minutos..., ¿y qué haces el resto del tiempo?
—Bueno, hago de extra, confundida con los demás, cuando los personajes principales necesitan apoyo coral. Además, canto fuera de escena, junto con otros ocho actores. Pero, además, después de tanto tiempo ya nos sabemos todos los papeles, de modo que yo podría hacer el de cualquier otra actriz, incluyendo —claro está— el de la protagonista, si esta se encuentra indispuesta. De hecho en alguna ocasión he tenido que hacer dos papeles, en dos épocas diferentes, ya que aquel Reino se extendió más de mil años, que se sepa.
—¿Es tu primera obra?
—Sí, y si todo sigue así, puede ser también la última. Desde luego, si alguna vez la cambiamos, la voy a echar mucho de menos.
—¿Y eso de qué depende?
—De la gente que vaya a vernos. Cuando una obra tiene lleno de público muchos días seguidos, y se queda gente sin poder entrar porque no cabe, se monta en un teatro mayor, con más aforo, y si por el contrario el público es poco numeroso, se traslada a otro teatro más pequeño.
—¿Y eso os ha afectado a vosotros en el pasado?
—Estuvimos en el teatro Apolo, el principal de Málaga, pero duramos solo dos meses. Luego la gente empezó a dejar de venir, y fuimos perdiendo categoría hasta que nos hemos quedado en el Mercurio, que tiene apenas doscientos asientos. Si quieres, puedes venir a vernos alguna vez..., mientras duremos.
—¿Y cuando la gente deje de ir a veros, qué haréis?
—Otra obra, claro.
—Entonces tendréis que estar un tiempo preparándola, ¿no?
—Aquí no trabajamos así, Will. Eso que dices pasa cuando también fracasa la de reserva a los pocos días de estrenarla.
—Ah, qué precavidos...
—Es lo que se hace. Nosotros tenemos in péctore siempre una obra. Podríamos estrenar mañana Jimena, una obra sobre la leyenda de la esposa de Rodrigo Díaz de Vivar, apodado El Cid. Pero cada cierto tiempo adaptamos otra obra. Desde que hacemos Tartessos hemos preparado tres, por si nos fallan esta y la siguiente...
Pues sí, pensó Will, esta gente sí que es precavida.
El Sol entraba a raudales por la ventana, pero a ellos no parecía molestarles. Will apreció así mejor el cuerpo de aquella morena —quizá de la raza de los faraones—, que le contaba aquellas cosas tan curiosas de la cultura de la gente del Sur.
—Y dime..., ¿quién elige esas obras? ¿Las votáis entre todos los actores?
—Eso sería un lío. El director de la compañía y el escritor se ponen de acuerdo, y luego buscan a los actores que necesitan, y distribuyen los papeles. Si no te gusta el que te ha tocado, te vas y que busquen a otro. Pero eso no suele suceder.
—¿Escritor? ¿Es que representáis solo obras de autor propio?
—No, hombre. Llamamos escritor al adaptador. A veces representamos las obras tal cual las ha escrito el autor original, pero es frecuente que se adapten a las circunstancias especiales, como por ejemplo, si no se ha encontrado a nadie idóneo para un papel marginal, se puede añadir su actuación a la de otro personaje menor. Pero cuando no existe la obra para teatro, se puede adaptar de una novela o hecho histórico. Y esa es la labor del escritor, de acuerdo con el director, que son los dos motores de la obra teatral. Son los que más trabajan y los que menos conoce el público. Esta de ahora, Tartessos la elaboró Luciano López, nuestro escritor, a partir de textos de hace cinco mil años, mientras que Jimena procede de un poema, El cantar de mío Cid, mucho más moderno; y Los árboles mueren de pie, otra de las que tenemos de reserva, es de un autor teatral más reciente, Alejandro Casona, y por lo tanto la adaptación ha sido mucho menor.
—Pero supongo que cuando ya os habéis aprendido la obra y la estáis representando, el escritor ya no hace nada, ¿no?
—Jeje, tiene que velar porque ninguno de nosotros se ponga creativo e improvise demasiado, aunque a veces le parece apropiada alguna de esas improvisaciones fortuitas y la incorpora a la obra. Por eso tiene que asistir a todos los ensayos y representaciones desde la primera fila, integrándose con el público; pero —además— sigue escribiendo, aunque lo hace de una forma algo anárquica, y ahora dice que está terminando una obra que nos va a devolver al Apolo. Luciano dice que impactará y será famosa, pues habla de un tema tabú desde siempre, pero que lo descafeína lo suficiente para que el público lo disfrute. Se llama Tánatos.
—El dios de la Muerte.
—Ese.
—¿Y tú qué papel harías?
—Me ha dicho que yo seré la musa de Tánatos, y que mi papel dura casi una hora, pues estaré dialogando sin que me vean los demás personajes con Tánatos, pues al fin y al cabo soy quien le inspira.
—O sea, la protagonista.
—En cierto sentido, aunque el verdadero protagonista es Sergio Méndez, el que impersonará a Tánatos.
El resto del domingo lo pasaron juntos, pero al hacerse de noche nuestro albañil se recogió en su casa para descansar, pues al día siguiente le esperaba una dura jornada laboral. En el futuro volvería a ver a Florinda alguna vez, pero en plan más de amistad de esas que se van haciendo lejanas, aunque sí que fue a verla actuar con frecuencia, con Esteban y algunos otros amigos de ambos sexos.
El lunes siguiente a la escena que acabamos de presenciar, estaban de nuevo en el tajo trabajando los dos amigos, poniendo ladrillos en el piso cuarto de aquel edificio tan grande en el que iba a haber ochenta apartamentos de diferentes tamaños. A él le daba un morbo especial subirse allá arriba cuando aún faltaban los ascensores y las escaleras.
—Bueno, ¿qué hubo con la tal Florinda, inglés?
—La verdad es que es una fiera en la cama. Pero también es una persona muy interesante. Es actriz y actúa en una obra en el teatro Mercurio. ¿Te vienes a verla esta tarde?
—Será interesante, sí, claro. Pero ¿intimaste mucho con ella? ¡A ver si te has enamorado!
—No, hombre. Hubo intimidad, sí, pero de esa pasajera. A ella supongo que no le interesa atarse, ni a mí tampoco. Es agradable y simpática, pero nada más. ¿Y tu Sara, qué tal?
—Bien. Ocho en total.
—¿Ocho? Vaya, ¡vaya con el novato! Me dejas sin palabras. ¿Y qué, te vas a casar con ella?
—No creo, tío, que me lleva diez años.
—No hagas el tonto. Aprovecha mientras puedas. Y si acaso ella se pone trascendente y quiere papeles, puerta.
—Hombre, tampoco es eso.
—Tampoco te vas a casar con la primera que llegue...
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Dos días más tarde salieron con otras dos chicas, de edades más acordes a las de ellos, de 40 y 20 años, madre e hija por casualidad, y el experto volvió a triunfar, aunque Esteban tuvo que estar previamente hablando hasta altas horas de la noche con la madre, Roberta, hasta que esta se lo llevó a su casa, mientras Will desfloraba a Mercedes, que sí que recibía la alternativa en aquella plaza, en el Hotel Plaza, por cierto.
Esteban siguió los sabios consejos de Will, y no la volvió a ver con propósitos eróticos. Sí que se la encontró unos meses después en casa de Will, cuando este ya se había estabilizado, pero el muchacho no recordaba a la madura, que sí que guardaba buen recuerdo del joven, mas ya no hubo nada porque, como le diría ella luego a Will, hay cosas que es mejor dejarlas como están. Una cosa es darle una alegría al cuerpo, y otra jugar con los sentimientos de los demás.
—Joder, Will, se ve que tengo mano para las maduras —le dijo al día siguiente de su triunfo con Roberta.
—Jo, pues qué suerte, Esteban. Esas no te van a dar tanto la lata. Igual se sienten madres y te miman. Yo que tú me dejaría.
—Esta es catedrática de historia contemporánea en la Universidad de Málaga, la más antigua, Will. Y la verdad es que su charla es muy instructiva. Me gusta. Y es malagueña y salerosa, a pesar de ser tan mayor.
Sin embargo, el que sí que la volvió a ver fue William. Fue un día por la tarde, al coincidir al salir del cine. Habían visto Lo que el viento se llevó, y se sentaron en una terraza a charlar de la película, de la sociedad yanqui de aquella época, el siglo 19, el racismo, las revoluciones Americana, Francesa y Sureña, cada una con su idiosincrasia exclusiva que la diferenciaba de las demás.
—Hay algo que no comprendo de vuestra revolución, Roberta, porque es indudable que cambiar de una monarquía parlamentaria a una república representativa como la vuestra sin sangre, como la que hicieron los franceses hace siglos, no se explica.
—Quizá deberías apuntarte en la asignatura que imparto yo en la universidad. Se llama Historia Contemporánea, y abarca desde el Reinado de la Reina Leonor, hace siglo y medio, hasta la actualidad, pasando por el reinado de la Reina Alicia, la nieta directa de Leonor.
—¿Quizá me puedes hacer un resumen?
—Uf, nos tendríamos que dejar por el camino a muchas de las causas que verdaderamente te interesan. Sí que fue una revolución, si consideramos el resultado final independiente de sus causas, pero en realidad fue una evolución que siguió un proceso que ideó un visionario que consiguió convencer a sus contemporáneos de modo que salieron del aletargamiento que les había sido característico en lo político desde la Edad Media.
Habían quedado para la semana siguiente. Ella le había prometido una charla más extensa sobre los temas que tanto le interesaba. La tarde aún era joven, acababan de tomarse un café en una terraza y el día era sábado, por lo que por la tarde él no tenía que ir a trabajar, y ella..., bueno, ella había dado su última clase el jueves, y hasta el martes no tendría que impartir otra.
—Supongo —insistió Will —que España no se acostó monárquica y se levantó al día siguiente republicana, como en 1931...
—No, claro. Primero hubo una cosa que estudiamos en historia como La ruptura.
—¿Eso que fue?
—Hubo una serie de huelgas, y mucha desazón social. Hubo quienes pedían cortarle la cabeza a la Reina Isabel III, y esta y su familia corrieron a la Embajada de Estados Unidos, que la acogió en calidad de refugiados políticos, mientras en España se proclamaba pomposamente la Tercera República.
—¿Y qué le pasó a la Reina?
—Nada. Los yanquis consiguieron sacar a la Familia Real del país y llevarla a Inglaterra, donde estuvo asilada varios años, mientras en España se reprodujeron algunos vicios de la Segunda República, aunque esta vez no hubo persecución religiosa. Incluso se rescataron las corridas de toros y las procesiones solemnes de Semana Santa en todas las capitales y pueblos de importancia. El pueblo había madurado lo suficiente para comprender que las tradiciones había que respetarlas, pero el país seguía en manos de los partidos, y los políticos populares eran más bien vulgares, por lo que finalmente los militares dieron un golpe de estado y restauraron la monarquía cuatro años después del golpe popular.
—España volvió a ser una monarquía.
—Sí. Una monarquía parlamentaria, como la de Inglaterra. Por primera vez cada distrito pudo por fin elegir a su diputado, fuese del partido que fuese. Pero el sistema seguía sin separar los poderes, porque los diputados seguían eligiendo al Presidente del Gobierno.
—..., y eso no fue bueno.
—Pues no, querido, porque se reprodujeron los vicios del antiguo régimen: hubo corrupción, aunque más disimulada, porque ahora los ciudadanos podían desvotar a los diputados corruptos. Pero los ministros maniobraban y compraban y vendían favores. En fin, un desastre.
—¿Cuánto tiempo duró el reinado de la Reina Isabel?
—Oh, no, no fue ella. Una condición que pusieron para restaurar la monarquía era que abdicase en su hija, de 16 años, la Reina Alicia. Esta no tenía mucho poder, pero el poco que le daba la constitución lo usó con sabiduría, y eso le cayó muy bien a los ciudadanos. La Reina Isabel fue la primera —y la última— Reina Emérita.
—No entiendo, si tan buena reina era, ¿por qué esto ahora es una república?
La tarde iba ensombreciéndose, primero con nubes que amenazaban lluvia, pero pasaron horas después, pero no se notó mucho porque el Sol se iba poniendo. Ellos dos, Will y Roberta aprovecharon para cenar, y entre bocado y bocado siguieron con la conversación.
—Así que le acabaron cortando la cabeza a la pobre Reina Alicia también...
—No, hombre, no. No fue una revolución sangrienta, como la Francesa del siglo 18 ni la inglesa del 17. Pero fue una revolución porque se cambió todo de pies a cabeza.
—¿Cómo fue posible eso?
—Se debió a un político desconocido que apareció en el Congreso de los diputados y que tenía las ideas muy claras. Se llamaba Jaime Templado de las Horas. Y convenció a los diputados de que las cosas no se cambiaban de la noche a la mañana, pero se podían cambiar con algo más de tiempo de forma mucho más radical, de modo que todos acabaran contentos. Y sin tener que asustar ni matar a nadie.
—¿De dónde salió ese hombre?
—Salió de una familia de clase media baja. Su padre era conserje de colegio, y su madre era puericultora. En su casa no sobraba el dinero, aunque siempre vivió en la vivienda del conserje, en el propio edificio del colegio. Respiró las desigualdades sociales, y se preguntó que cómo se podrían eliminar, o al menos soslayar, y ese fue su campo de investigación a lo largo de toda su vida. Con mucho sacrificio por parte de sus padres pudo estudiar en la Facultad de Educación, y se hizo maestro de escuela, una profesión un tanto denigrada en aquellos años, pese a haber sido, en realidad, la del Maestro de los Maestros, Jesús de Nazareth, aunque en aquella época no había colegios como los de ahora.
—Maestro de escuela... ¿Ejerció?
—Hizo oposiciones, y lo mandaron a un pueblo. En aquella época había mucha interacción por internet, y el que no se apesebraba con las plataformas de películas y redes sociales, podía aprender lo que quería, pues la cultura estaba allí para el que la quisiera adquirir, y él quiso. Se dio cuenta de que todo lo que le habían contado era mentira, y sobre todo desde que dio con una asociación un tanta extraña, llamada MCRC, o sea, Movimiento Ciudadano para la República Constitucional, se compró todos los libros que publicaban, y se los bebió casi de un trago, empezando uno cuando acababa otro, hasta que se leyó toda la obra de su fundador, Antonio García-Trevijano Forte, y la de su seguidores Dalmacio Negro Pavón, Álvaro Bañón, Fernando de las Heras López, y sobre todo Pedro Manuel González, que escribieron un total de 400 libros de teoría política entre los cinco. Aquello le abrió los ojos de golpe, y se hizo miembro del movimiento. Una de las cosas que más le llamaba la atención era que aquel grupo de gente no quería participar en política como partido porque decían —y lo peor de todo es que lo demostraban— que en aquel régimen corrupto todos se acababan corrompiendo porque se basaba en la corrupción, compra de votos, métodos alegales de presión y sobre todo cometer ilegalidades cuyas responsabilidades penales y políticas se tapaban unos a otros. Cuando estimó que ya estaba preparado, fundó un partido político: España Para Todos, EPT cuyos objetivos eran devolver la soberanía al pueblo mediante convocatoria de elecciones a Cortes Constituyentes, respeto a todas las ideas y sobre todo a las personas que las sustentaran, y garantías de los derechos básicos que se definirían en la nueva constitución, muchos de los cuales se recogían en la vigente entonces.
»Contra todo pronóstico, halló seguidores y patrocinadores en las redes sociales, y se pudo presentar a las siguientes elecciones, al superar todos los impedimentos que los políticos en el poder entonces pudieron ponerle. Decían que el EPT era la auténtica extrema derecha y que el país iría a la bancarrota si ese nuevo partido triunfaba en las elecciones. Pero el pueblo ya estaba harto de tanta historia, con los políticos de siempre prometiendo lo mismo para luego hacer lo contrario sin contar con nadie, de modo que el partido de Templado sacó 262 diputados de 350, con lo cual hubo movidas montadas por los partidos de la izquierda, a las que se sumaron los partidarios de los de derechas. La policía se vio rebasada y se destruyeron en una noche casi todas las sedes provinciales de EPT.
»Pero en cuanto tomó posesión Jaime Templado de las Horas el pueblo se dio cuenta de que en el mundo sí había, por suerte, al menos un político que cumplía lo que prometía: en lugar de 20 ministerios, como ya se había hecho una costumbre en todos los gobiernos previos, el Presidente Templado no creo ninguno. Solo nombró a cinco secretarios, con los que esperaba gobernar con eficacia, y vaya si lo consiguió. El Gobierno quedó constituido por él mismo como Presidente, y un Secretario General, que le mantendría al día de todos los asuntos importantes, y le presentaría a la firma lo que era más urgente, y además un Secretario de Hacienda, otro de Sanidad, otro de Instrucción Pública y otro de Defensa. Todos tenían sueldos de secretarios generales, no de ministros, y se eliminó desde el primer día el sueldo de ex-ministro, ex-presidente y ex-diputados, siendo la pensión de todos ellos según los mismos requisitos que las del resto de los españoles.
»El Secretario General despachaba con el Presidente dos veces por semana, y había un Consejo de Gobierno —es decir, el Presidente con todos los secretarios— cada viernes. Además, cada secretario tenía derecho a ser recibido a cualquier hora, y por los motivos que fuesen, sin cita previa por el Presidente del Gobierno. Otro revulsivo fue que escogió a los cinco secretarios entre las personas más capaces que encontró en el país, ninguna de las cuales era diputada. El Secretario General sustituiría al Presidente del Gobierno en caso de incapacidad o urgente necesidad.
—Pero eso no era un cambio esencial. Estaba bien maquillar las cosas..., pero ¿no era cierto que el sistema corrompía a los que tuviera poder?
—La verdad es que el Presidente Maestro, como pronto lo moteó el pueblo, no dejó tiempo para que eso sucediera: nada más llegar al poder aprobó el gobierno la instauración de una nueva moneda, el Escudo, con valor de 2 euros y dos divisores: el duro, de los que había veinte en cada escudo, y la peseta, de las que había cien en el escudo y cinco en el duro.
—Pero..., pero..., ¿y el euro?
—El euro seguía siendo de curso legal en España, pero el escudo era una nueva moneda fiduciaria y como tal válida solo dentro del país, puesto que no se propuso como usable fuera de las fronteras de España, ni siquiera en Portugal, que había usado una moneda con ese nombre en el pasado. Muchos portugueses nostálgicos pasaban la frontera para conseguir los escudos y las usaban en España.
—¿Y Europa no protestó?
—Evidente. Protestaron a todos los niveles, pero era una cuestión interna de España y por lo tanto Europa no tenía nada que decir.
—Y eso de fiduciaria qué significa?
—Que era cuestión de fe: el gobierno decía que un escudo eran dos euros, pero solo dentro de España, y aunque no existía ningún metal precioso, como el oro o la plata, que lo respaldara, sino solo la promesa del gobierno, algunos, sobre todo los que más euros tenían guardados, se opusieron. Pero las clases bajas salieron de la miseria porque el Gobierno instauró una renta universal básica de mil escudos por cada español. Si, además, trabajaba en algo, el salario mínimo interprofesional se instauró en otros mil euros más, además de la RUB. Además, desapareció la obligación de cotizar el IRPF y de hacer la Declaración de la Renta, que pasaba a ser algo —esta última— voluntario.
—Me hablas de ciencia ficción, Roberta. No creo que eso ocurriese. ¿De qué vivían entonces los diputados, el Gobierno..., y cómo se financiarían los hospitales, carreteras y escuelas públicos, que es lo que se dice siempre que se costea con los impuestos?
—Jeje, esa es la pega que ponen siempre los extranjeros. La sanidad la declaró un bien básico de uso común el Gobierno de Templado, así como la educación universitaria y el domicilio digno. Pero el dinero era fácil de conseguir: cuando hacía falta, se hacían más escudos y lo único que se gastaba era papel.
—Pero ese dinero no valía nada.
—Fuera de España, nada. Dentro de España, dos euros cada uno. Una vez que todo el pueblo lo asumió, no hubo problema alguno. Se hicieron muchas casas, se controló la inmigración, expulsando a todos los que no tenían papeles, aunque se solicitaron a diferentes países —sobre todo de Sudamérica— inmigrantes cualificados que les ayudaran a relanzar la economía del país, y se potenciaron la ganadería, la agricultura y la industria nacionales. Pero lo más astuto fue una inversión extraña que ahorró muchos miles de escudos...
—¿Descubrieron petróleo?
—Mejor: declararon internet como bien básico de primera necesidad, y la hicieron gratuita para cada español. Así todos podían estar en contacto con todos, y sobre todo el gobierno con cada uno de ellos. Aquello revolucionó la sociedad de tal modo que el gobierno podía saber la opinión de cada ciudadano. Solo tenía que preguntarles.
—¿Y les preguntaba?
—En muchas ocasiones. Había funcionarios cuya única misión era derivar el tráfico a las personas indicadas, e informaban a sus superiores en caso de duda. Como contrapartida, cada ciudadano tenía contacto inmediato con su diputado de distrito.
—¿Y de dónde sacaban a tantos funcionarios?
—De las comunidades autónomas, que adelgazaron mucho más de lo que parecía posible: les quitaron casi todas las competencias, y dejaron a diez diputados y tres consejeros, además del Presidente. Más que suficiente.
—Vaya, vaya..., pero eso no explica lo del dinero.
—Hubo mucho más, sí —dijo Roberta tomando el último trago de vino de la botella que habían terminado entre los dos.
Luego, entornando los ojos, con voz más suave y dulce, le suplicó:
—¿Y si dejamos el resto para otro día? Me caigo de sueño... Anda, acompáñame a casa.
William Webb se portó como un caballero: la acompañó a su casa, la ayudó a llegar a su dormitorio, la tumbó sobre su cama, la cubrió con una manta, y luego él mismo, también cansado, se dejó caer en un sofá cuan largo era.
A la mañana siguiente lo despertó la luz del sol, que entraba a raudales por la ventana.
¡Diablos!, se dijo mirando el reloj de pared, ¡llego tarde al trabajo!
Pero entonces recordó que era domingo. No tendría que ir al trabajo hasta el día siguiente.
Se destapó y entonces se dio cuenta de algo que le sorprendió: no estaba en el sofá, sino en la cama. A su lado, también desnuda, dormía aún Mercedes. ¿Qué prodigio era este? Él había acompañado a su madre la noche anterior, prácticamente la había llevado a la cama, y él se había acostado en el sofá, vestido y sin tapar. Y ahora se despertaba totalmente desnudo en una cama compartida con la hija de su cita de anoche, que también estaba totalmente desnuda, y que ademas le tenia cogido de la mano, aún durmiendo… Pero Mercedes había salido con el joven Esteban la noche anterior. ¿Qué había pasado?
Con sigilo, soltó su mano de la de la chica, y se levantó. Se vistió y se acercó al frigorífico.
Cuando ya había tostado un par de rebanadas de pan y les estaba poniendo mantequilla y mermelada, apareció Mercedes. Él puso otra taza de café en el microondas, y le ofreció la suya a la chica, que aparecía desnuda y somnolienta.
—¡Buenos días, Beautiful Mercedes! —, saludó.
—Ah, hola, inglés. ¿Qué hacías tumbado en mi sofá?
—Ah, estaba hecho polvo, después de pasar un rato agradable con tu madre.
—¿Tuvisteis sexo? No entiendo tu sofá…
—No. No nos acostamos juntos, ni antes ni después. Me lo pasé bien con su conversación. Es encantadora.
—Sí, como la flauta de los domadores de serpientes. Ten cuidado. Con su verborrea te hará hacer lo que ella quiera.
—Pues lo consiguió: es la primera vez que salgo con una mujer y no me acuesto con ella o la despido en la puerta.
—Jeje, no me digas que bloqueó tus deseos de conquista…
—Tu madre me interesa más por lo que tiene en el cerebro que más abajo, Mercedes. Ademas, estoy contigo.
Aquello intrigó a la chica.
—¿Eso qué significa?
—Que no puedo tener a dos mujeres a la vez, aunque sean madre e hija. Y aunque sean tan guapas como vosotras.
Mercedes se quedó mirando a aquel hombre como si no entendiese lo que decía.
—¿Te has enamorado de mí? —dijo tras un largo silencio.
—No es eso. Me gustas, me lo pasé bien contigo, y siento que puede haber algo más entre nosotros...
—Vale —Interrumpió ella. —Yo pensando cómo encontrarte, y de pronto apareces tumbado en mi sofá. Es increíble.
—¿Y tú, qué tal con Esteban?
—Es buena gente, pero parado y aunque tiene buena conversación, es muy niño. Yo prefiero a gente mayor, como tú, que dices cosas que me intrigan, y de quien puedo aprender mucho, en lugar de escuchar a alguien que solo sabe hablar de sí mismo, de cómo es y de su pueblo. Contigo puedo aprender hasta el idioma inglés —acabó con un guiño.
—Sin embargo, has pasado la noche con él...
—Entera. Hablando. De café en café hasta que le dio sueño y lo llevé a su casa.
—¿Lo llevaste? ¿Cómo?
—En taxi. Pareces tonto.
—Pero yo..., no soy la persona educada que imaginas, Mercedes. Nunca fui a la universidad. Quizá te ha seducido mi fachada y te has imaginado el resto.
—Puede ser, Will, pero hay algo en ti que me dice que eso no es exacto.
Terminaron de desayunar, y ella se le acercó y lo rodeó con los brazos.
—Anda, vamos a la cama otra vez, mi seductor.
—¿Eh? ¿Qué pasó anoche?
—Que te estabas enfriando, con el sudor del día en tu ropa. Te desnudé y te acosté en mi cama. ¿Hice mal?
—No, claro. ¿Y no hiciste nada más?
—¿Qué tenía que hacer. Estabas dormido como un tronco, y así no habría diversión, si es eso a lo que te refieres. Parece que aquí no somos tan básicos como en Inglaterra... —dijo apretándole el brazo.
—¿Y por qué me quieres llevar de nuevo a tu cama?
—Por eso, tonto, por la diversión.
Durante la siguiente hora y media tuvieron su diversión. Aún estaban en lo suyo cuando oyeron abrirse la puerta, y luego cerrarse con un poco de ruido.
—¡Mercedes! —oyeron la voz suave de Roberta —¿te has despertado?
—Estoy aquí, mamá, en el dormitorio.
Will miró a Mercedes con incredulidad. ¿Se trataba de una trampa? En fin, le seguiría la corriente.
Roberta se paró en el dintel de la puerta, sorprendida al ver a la pareja vistiendo el traje del amor, ella aún encima de él.
—Ah, vaya, no perdéis el tiempo. Ya veo, inglés, que te has venido a vivir con nosotras. Por eso no te has ido.
Will miró a Roberta, boquiabierto, y luego a Mercedes, que lo miraba, expectante.
¡Qué diablos!, se dijo. Y tomando ambas nalgas de Mercedes con las manos, aseveró:
—Pues claro. ¿Por qué no? Vivir contigo, Mercedes, y con tu madre, será toda una experiencia. Eres, Roberta, la mejor suegra que se puede encontrar.
Se levantaron de la cama, se ducharon y Mercedes lo acompañó a buscar sus pertenencias, realizando el traslado de una vez, pues no tenía tantas cosas: dos trajes de salir, dos de trabajo, varias mudas, y tres pares de zapatos.
Cuando regresaron a casa, se encontraron la comida preparada. Roberta quería, por lo visto celebrar el aumento de la familia.
—Eh, que estamos a prueba, no me he comprometo a nada...
—Ni nosotras tampoco. No te pedimos nada, Will. Pero queremos que te sientas como en tu casa, y que eres apreciado en esta.
En ese momento no pudo dejar de recordar, en un relámpago, a Olivia, y su vida con ella. Lo feliz que fue aquel primer día de casado. Y lo mal que acabó el matrimonio, cómo se había ido degradando poco a poco en tan poco tiempo. Por eso ahora, aunque Mercedes a sus pocos años tenía tan poderosas armas de mujer, él no se prometía mucho, fuera de buen sexo y extraer mucha información de su supuesta suegra.
Después de comer fue él quien fregó los platos, mientras las mujeres hacían sus cosas. Cuando se volvieron a reunir, en el comedor, ya estaba él viendo las noticias en la televisión.
—Ahora nos vamos a misa —le dijo Roberta.
—¿Eh? ¿A misa? Pensaba que aquí nadie iba a misa.
—Pues nosotras vamos juntas todos los domingos, y los demás días muchas veces vamos cada una por su cuenta. Tenemos mucho que agradecer al Buen Dios. ¿Te vienes?
—Yo..., bueno, desde que llegué al País no he ido. Prefiero quedarme a poner en orden mis cosas —dijo tocándose la sien.
—Ay, ay, Will —dijo Mercedes —no pienses tanto, que te amargas. Bien, luego nos vemos —terminó con un beso.
La madre y la hija se retocaron un poco ante el espejo de la entrada y se fueron a la Iglesia de los Desamparados, que era su parroquia, a dar gracias a Dios y a decir preces.
Will se quedó tumbado en el sofá, pensando en lo que había pasado en los últimos días, desde que había acompañado a su discípulo en el campo del ligoteo. Ahora parecía que Esteban era un mero recuerdo, y él se había precipitado en la vida de aquellas dos mujeres, cambiando la suya propia radicalmente. De hallar la felicidad en las soledad, había acabado de pronto en aquella casa con dos mujeres, abducido por el sexo de la hija y sobre todo por la mente y la personalidad de la madre. Esta había seducido a Esteban, pero —ahora comprendía al muchacho— este era como un perrito —por no decir una marioneta— en manos de ella. ¿Qué pensamientos albergaría sobre él?
En cuanto a los pensamientos de Mercedes sobre él, estaban claros: ignoraba aún el papel de su padre en la vida de ella, pero a él lo había elegido buscando protección, captándolo entre sus piernas y sus brazos, lo había absorbido con su boca ardiente, pero sobre todo con una sumisión de lo más dedicada. Y ahora ella se había ido con su madre a dar las gracias a Dios por su conquista.
Will se duchó, se tomó un café, se arregló y salió de la casa. No le habían dado llave, pero supuso que estarían de vuelta cuando él regresara.
Sí, era domingo, y él nunca había dejado de ir a misa los domingos. Pero desde que había llegado al País del Sur no había pisado una iglesia, excepto como visita turística. Había sentido admiración en la Catedral de Toledo y en la Iglesia de La Macarena de Sevilla, pero no había sentido la necesidad de ir a ver a Dios. No había sentido la necesidad ni la obligación de hacerlo, como en Inglaterra, donde no había domingo sin misa, porque le acercaba a la iglesia la necesidad y la obligación, no la devoción. Aquí sentía se sentía más religioso que allí, sentía más a Dios que en Inglaterra, pero sentí que el País del Sur era el Cielo, y en el Cielo no hay que ir a misa...
Salió de casa y deambuló por varias calles. Se sentó en un banco de piedra de la Plaza de los Patos, y vio el majestuoso desplazamiento de algunos cisnes, oyó el feo graznido de patos de pico estrecho, y observó el breve aleteo de las palomas que de vez en cuando cruzaban el aire de aquella plaza tan grande, buscando comida, mientras pensaba en lo afortunado que era, en el cariño que Dios le había mostrado al permitirle estar allí, en aquel país en el que el estrés y el agobio carecían de visado de entrada, y también al hacerle llegar a aquellas dos mujeres que entre ambas formaban la mujer perfecta cuya existencia había imaginado siempre. ¿O se trataba de una condena que el Alto le había impuesto en contrapartida a haberle permitido la entrada en El Paraíso? Aquellas dos mujeres todo le daban y nada le exigían, all menos de momento.
Vio a unos niños dando miguitas de pan a las palomas, que se acercaban aa ellos y los rodeaban, picoteando las que había en el suelo. Algunas, más valientes, se posaban en su brazo para comer directamente de la mano de ellos. Imaginó que él era paloma, y aquella niña era Mercedes. Le bastaría cerrar la mano para capturar el ave, y hacer con ella lo que quisiera..., matarla, comérsela, o al menos romperle las alas, para que no se fuera.
Las alas..., las alas que le habían salido al entrar en aquel paraíso. De pronto pensó que si hubiera estudiado cuando pudo, ahora sería arquitecto, como aquel joven que encontró en el tren, camino de Madrid, viniendo de Ávila, cuando fue a ver a Aiñoa. ¿Y por qué no? Podía ir a clases nocturnas para preparar el Examen de Ingreso en la Universidad, y si tenía perseverancia, en unos años podría él estar diseñando edificios, en lugar de poner ladrillos donde otros le dijeran. Así que decidió enterarse al día siguiente, lunes, de cómo asistir a dichas clases nocturnas. Sentía que allí sí podía. En Inglaterra se había conformado con la vida de peón de albañil, pues se decía que no valía para los estudios, que no servía para otra cosa. Pero en el País del Sur se sentía el amo del mundo. O por lo menos el amo de su vida, que era algo mucho más valioso.
Se levantó y echó a andar, preguntándose si encontraría algún bar abierto. Encontró dos. Entró en el más lejano, que tenía el curioso nombre de Bar Tajurgo. ¿El tajo del burgo?, bromeó consigo mismo mientras se tomaba un coñac.
Dio un largo paseo por el centro, se sentó en el puerto a ver los barcos, y cuando el sol se posaba en el horizonte, decidió volver a casa a paso lento, recreándose en la contemplación de los edificios, de las calles, de la gente, sintiendo que por fin él pertenecía a eso por derecho propio.
Salió de su ensoñación cuando se vio ante la casa de Roberta..., o sea, su casa desde aquel día. Declinó el ascensor y subió los 40 peldaños que separaban el apartamento de la calle, sumido aún en sus pensamientos, y a la vez contando los escalones de uno en uno. Era una costumbre que había copiado de un albañil mayor cuando comenzó él en la profesión. Te ayuda a concentrarte en lo que estés haciendo, le había dicho el bueno de Arnold. El número siempre te ancla a la realidad. Will ignoraba si eso era cierto, pero contando los pasos y los escalones evitaba tropezar y caerse.
—¡Will! ¡Has vuelto! —le saludó su suegra. —Pensábamos que te habíamos perdido.
—Fui a rezar yo también —contestó. —No solo vosotras habláis con Dios.
—Ah, ¿sí? ¿A qué iglesia fuiste?
—A esta —dijo tocándose el pecho a la altura del corazón.
Se le quedó mirando muy seria. ¿Le estaba tomando el pelo?
—Mamá —dijo Mercedes acercándose a Will desde atrás —William es un ser de luz.
Se volvió hacia ella y le sonrió:
—No lo creo, Mercedes, al menos no todavía. Pero desde que volví a Málaga siento que estoy en el Paraíso, y que Dios está en todas partes a las que voy. En Inglaterra tenía que ir a la iglesia para verle, pero aquí es Dios quien viene a verme, y se hace presente de modo continuo.
Las dos mujeres se le acercaron y el abrazaron a la vez. Él asió a cada una con un brazo, formando una piña. Esto es lo que siempre pensé que sería una familia de verdad, se dijo él, amor sin palabras, ternura espontánea.
Cuando Roberta pudo cortar, por fin, las lágrimas que la habían superado, se desasió y sonrió.
—Bueno, —dijo voy a ver qué cenamos.
—Te ayudo, mamá.
Y Will quedó solo allí, en medio del salón. Se sentó en el sofá, se cruzó de brazos y observó en silencio el televisor apagado un rato mientras pensaba en lo que acababa de ocurrir. Su vista bajó a la mesita que había ante él, en cuya repisa inferior se encontraban algunas revistas y dos o tres libros. Tomó el primero, pues le era muy familiar: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha: con una sonrisa lo hojeó un poco, recordando aquel hotelito en Madrid, en el que se lo había metido entre pecho y espalda en unos pocos días, y luego su vista captó, al devolver el libro a su sitio, otro mucho más delgado que le llamó la atención: Vida y sueños de Jaime Templado de las Horas. Durante un buen rato se sumergió en la lectura, viendo con mayor detalle las cosas que Roberta le había contado en el bar hacía unos días, cuando la voz de Mercedes le devolvió a la realidad:
—¡Guillermo! ¡La cena está puesta!
Con el libro bajo el brazo se fue al cuarto de baño a lavarse las manos, y volvió a la cocina mostrándoselo a Roberta, mientras le decía:
—Suegra, tú y yo tenemos una conversación pendiente.
Lo dejaron para el día siguiente, pero al salir de casa temprano para ir al trabajo se acercó a su apartamento para ver si se había dejado algo, y se encontró una carta en el buzón, que le comunicaba algo que no esperaba:
Por la presente se le convoca a usted el día 17 a las 10:00 horas en la oficina del Inspector Social don Remigio Pérez Fernández.
Y añadía un teléfono y la dirección donde se le esperaba.
La carta estaba fechada el día 10, y ya había pasado una semana, o sea que tendría que ir esa misma mañana.
Llamó a Roberta por teléfono, y ella le aclaró que quizá se debiera a la regulación definitiva de su estancia en el País del Sur, seguramente algo protocolario, sin mayor importancia, pero que no podía dejar de acudir. Tendría que avisar a su jefe de que no iba a ir a trabajar por la mañana.
El Inspector Social era una persona afable, regordeta, bajita, que inspiraba confianza por su aspecto y por la forma de hablar.
—Ah, señor Webb, lleva usted viviendo entre nosotros más de seis meses. Ya es usted uno de nosotros.
—Así es, gracias, señor Inspector.
—No sé si lo sabrá usted, pero lo he llamado para regularizar su situación entre nosotros.
—Pues…, —dijo Will temiéndose lo peor —yo ya tengo trabajo, amigos…, me he construido una vida aquí, en este País que ya considero el mío.
—Ah, mucho me complace oír eso, amigo mío. Pero verá usted: nosotros, los sureños, vivimos en habitaciones individuales con derecho a comedor comunal, o bien en apartamentos individuales, si no vive solo, que no parece ser su caso. Parece que ha habido una irregularidad en el suyo, porque tiene un apartamento sin tener pareja conviviente. Por eso en realidad le toca a usted una habitación, porque está usted soltero, ¿verdad?
—Así es, Señor Pérez.
—Bueno, pues mire usted bien este catálogo que le entrego. Podrá usted elegir una habitación en el barrio que usted desee, o bien un apartamento. Tiene usted diez días para hacérmelo saber. He aquí mi número de teléfono. Le contestaré de siete de la mañana a dos de la tarde.
—Bueno..., la verdad es que hace unos días que me fui a vivir con una mujer..., estoy en su casa, calle de Andrés Segovia número 46, 3º A.
—Ah, amigo, eso no nos constaba...
El hombre pareció meditar unos minutos.
—Entonces ¿qué hacemos? —dijo Will al cabo.
—Lo mejor será que rellene usted este impreso —dijo sacándolo de un cajón —que tendrá que firmar la mujer que vive con usted...
—Son dos.
—¿Dos?
—Mi pareja vivía con su madre. Ahora yo vivo con las dos.
—¿No preferiría usted vivir solo con su pareja? Le podemos dar una habitación a su suegra.
—¡De ninguna manera! No las separaría por nada del mundo. Prefiero irme yo a una habitación y dejarlas a ellas juntas en su apartamento.
—Eso es digno de admiración, don William. Sea, pues. Le adjudicamos a usted una nueva dirección, aunque respetamos su derecho a una habitación individual de su elección, por si las cosas dejan de ir bien. ¿Le parece bien?
—¿Dejan de ir bien? Sí, tiene sentido. Ya estuve casado, en Inglaterra, y la cosa dejó de ir bien al año, y nos tuvimos que divorciar, aunque al principio no podría haberlo imaginado, porque estábamos muy enamorados.
—Entonces le asignaremos una habitación en una ínsula, como llamamos a los edificios de habitaciones, no apartamentos, aunque tienen un aseo cada una, y en la planta baja dispone de varios comedores enormes para los residentes.
—Pues sí, puede ser útil disponer de una madriguera... ¿Y podría usar la habitación aunque yo viva en otro lugar?
—Claro que sí. Pero si quiere usted pensarlo, tiene diez días para elegirla.
—¿Y si no lo hago?
—Entonces perderá usted la opción, y le tocarán otros tres meses de hotel si las cosas le dejan de ir bien.
—Bueno, vale, pues vamos a hacerlo ahora, porque si no me voy a arrepentir, o lo iré dejando por desidia...
—Tengo ahora mismo varias disponibles. ¿Prefiere usted el centro o el extrarradio?
—Me gusta más el centro histórico, sí.
—Hay una en la Plaza Templado de las Horas, antiguamente conocida como de la Constitución, en el 4º piso. ¿Le gustaría?
—Eh..., ¿hay ascensor?
—El edificio tiene 4 ascensores y dos montacargas, pues dispone de 400 habitaciones.
—¿Cuántos metros cuadrados tiene la habitación?
—Aquí dice —dijo señalando el plano —que son 16, además de baño, que tiene 6.
—Bueno, me lo quedo —dijo con una sonrisa.
El inspector cogió las llaves y tras entregárselas, le estrechó la mano.
—Acaba usted de hacerse responsable del lugar en que va a residir cuando le haga falta, en nuestro país. Ya es usted malagueño de pleno derecho. Isidro le acompañará.
Pulsó un botón y a los pocos segundos apareció un joven de alrededor de 20 años, que lo acompañó al mismo centro de la ciudad. Al llegar le explicó cómo funcionaba todo, y luego se marchó.
Una vez solo, se acercó al pequeño balcón que tenía a modo de ventana, y vio con desconsuelo que no se veía el mar, pero sí el casco antiguo. Al otro lado de la Plaza de la Concordia se veía otra ínsula, y a la izquierda la Iglesia de la Concepción, construida cien años antes sobre las ruinas de una conocida sala de fiestas que se había quemado hasta los cimientos, según leyenda popular por un rayo que le cayó cuando estaban celebrando una orgía a altas horas de las noche. A mano derecha había unas callejuelas que llevaban a la Catedral, cuyas campanas se oían a lo largo del día, aunque no se la veía desde allí. Lo que se veía era a la gente paseando por abajo, por la plaza. Había sitio en aquel balconcito para una mesa pequeña y un par de sillas, para tomarse algo mientras contemplaba el paisaje en los días de lluvia, o cuando necesitase pensar.
Sí, él pensó que se podía ir a allí a reflexionar cuando se sintiese agobiado por algo, o por cosas del trabajo, o por alguna de aquellas dos mujeres. Pero se sintió bien: por fin tenía una habitación propia, como había descrito en un libro hacía siglos Virginia Woolf.
Días más tarde le llegó su tarjeta de identidad del País del Sur, en la que figuraba su nueva dirección, el apartamento en que vivía con la madre y la hija.
—Eh, te han puesto Guillermo Red, en lugar de William Webb.
—Sí, le dije al inspector que era así como lo quiero. Si soy sureño, lo soy del todo. Hasta en el nombre.
—Jeje, si tenemos un hijo, se apellidará Red de la Torre.
—Vaya. Bueno, no está mal. ¿Vamos a tener un hijo?
—No, que yo sepa. Pero…, ¿te gustaría?
—A mí sí, —terció Roberta. —Ser abuela a los 40 es un lujo.
Guillermo las miró a las dos, y luego dijo directamente lo que pensaba:
—¿No creéis que vamos muy deprisa?
—Bueno —dijo Mercedes —eso podemos dejarlo en manos de Dios. Si viene y no lo queremos, lo podemos ceder al Estado. Aquí no hay problema.
—¿De verdad lo cederías? A un hijo mío yo no lo cedería nunca a nadie.
—Entonces nunca tendré que elegir entre tú y mi hijo, Guillermo —dijo ella dándole un abrazo.
Dos días después, cuando ya se había instalado de modo total con la hija y la madre y se había acostumbrado a tener de nuevo vida de familia, Guillermo tuvo por fin su charla pendiente con su suegra.
—Me dijiste que me ibas a explicar lo de la génesis y gestión de este modo de vida que tenéis en este país, Roberta.
—Claro. Veo que ya te has leído el libro que dejé a tu alcance, bajo la mesita del recibidor...
—Ah, sí, Vida y sueños de Jaime Templado de las Horas. Pero es un libro muy básico. No explica muchas cosas
—Pues pregunta. No sé si voy a saber satisfacer tu curiosidad, pero adelante.
—Dice allí que se leyó todos los libros publicados por el MCRC, pero eran 400 libros. ¿No es excesivo?
—Jaime era un gran lector, y en el antiguo régimen los maestros rurales tenían mucho tiempo libre..., pero tienes razón, parece que es excesivo, leerse cuatrocientos libros. Pero a ti te gusta la lectura, así que dime: ¿cuántos libros te lees al año?
—Bueno, no sé..., unos cincuenta.
—Eso es una media de uno a la semana. Eres un gran lector, Guillermo. Pues Jaime es posible que se leyera esos libros en 8 años, ¿no crees? A tu velocidad. Dóblasela, y quizá sí se los haya leído en cuatro años. No dice el libro en cuánto tiempo se los leyó. Pero ponle que quizá necesitó más tiempo para asimilarlos, para comprenderlos, releerlos, analizarlos y criticarlos. En una palabra: sintetizarlos. Luego elaboró sus propias ideas, su propia doctrina a la luz de lo que había leído a partir de unas ideas, las del fundador de ese movimiento cívico, el MCRC, y desarrollar las suyas propias que le incitaron a fundar un partido político para hacer que la sociedad contemporánea adoptase unas propuestas que les podrían resolver todos sus problemas de una vez por todas. ¿Es tan descabellado que un hombre dedique, digamos, diez años de su vida para resolver un problema social? Hay gente que ha dedicado toda una vida a resolver problemas menores...
—Bueno, sí, puede que tengas razón. Pero los políticos quieren el poder ante todo, y conservarlo cuanto más tiempo mejor...
—Hay también gente que hace cosas por los demás, que piensan que ser útil es lo que más vale en este mundo. Piensa en Mahatma Ghandi, Teresa de Calcuta, Peter Adler y tantos otros que se molestaron en hacer cosas por los demás. ¿Es imposible que eso existiera en el mundo de los políticos?
—Difícil de creer.
—Uno de los antecedentes de Templado dijo en una ocasión: yo no soy libre porque mis conciudadanos no son libres. Por eso quiero que sean libres, para ser libre yo también. Eso no se comprendía mucho en aquella época, en que la corrupción era elemento fundacional de la política, y por lo tanto los políticos eran de dos clases: los que se había demostrado que eran corruptos y los que todavía no.
—Bueno, hubo algunos antecedentes...
—Sí en toda Europa triunfaban partidos de derecha, a los que los demás temían y difamaban con la etiqueta de extrema, como si fueran el lobo que a todos iban a devorar. Luego, cuando por fin ganaron las elecciones, hicieron lo mismo que los demás, solo que de forma más disimulada y con mayor demagogia, convenciendo a muchos que todo se hacía por su bien. Desenmascararon a los oligarcas y los encarcelaron, sí, pero ellos mismos pasaron a ocupar su lugar, con cuentas secretas millonarias en países que ellos mismos se encargaron de convertir en santuarios a salvo de incautaciones por parte de gobiernos futuros..., hasta que apareció Templado y desactivó todo eso con una solución sencilla y efectiva.
—Ya, ya supongo cuál fue. Lo que no comprendo es cómo convenció a sus conciudadanos. Ni cómo no hubo revuelta social, o golpe de estado por parte de los poderes fácticos.
—Porque los desarmó de la noche a la mañana. En una sociedad en que no se creía ya en Dios, les convenció que el dinero tampoco era dios. Que Mammon (el dios del dinero) podía morir. Que, de hecho, nunca había nacido. Era una patraña inventada por los caraduras para vivir a costa de los que trabajaban.
—Tu libro dice que cuando llegó al poder le quitó los sueldos a los exministros y expresidentes. Y que no nombró nuevos ministros.
—Así se ganó el favor del pueblo. Se blindó a sí mismo, digamos: toda responsabilidad era del Presidente del Gobierno. Convenció a la Reina Alicia —nunca le impuso nada, al revés que los presidentes anteriores— para que convocase Cortes Constituyentes. Estas trabajaron durante más de una legislatura de las Cortes Legislativas, que al ver que se demoraban tanto en cumplir con su cometido pensaban que nunca iban a acabar con su cometido, hasta que en el periodo de cinco meses se sometieron las sucesivas modificaciones a otros tantos referenda, y así, de golpe, en menos de un año se disolvieron las Cortes Constituyentes y las Legislativas, y se procedió a elecciones legislativas y Presidenciales a la vez, ganando Jaime Templado de las Horas con el 80% de los votos, y el Congreso Legislativo se llenó de independientes, es decir, de diputados que no pertenecían a ningún partido político, si bien algunos se agruparon luego en tres de ellos: el EPT —el que fundó Jaime Templado—, el Social Demócrata, e Izquierda Democrática, que a pesar de su nombre era de derechas. Pero entre los tres tenían menos peso en el Congreso que el resto, pues la mayoría absoluta la formaban los sin cabeza, como los llamaban los partidos con desprecio. Pero se había conseguido que los diputados, tanto los de partido como los que no pertenecían a ninguno, se sensibilizaran con la ciudadanía y se sintieran responsables ante los ciudadanos, y no ante sus ideologías o partidos. Los Jefes de partido desaparecieron como tales, asumiendo meras labores administrativas como presidentes o secretarios.
—Pero eso no explica lo del dinero..., ese dios que decías.
—Esa fue la segunda fase de la revolución de Templado, Guillermo: primero creó una divisa nueva, el escudo, como te he dicho en otra conversación anterior. Para consumo exclusivamente interior. Cada uno valía dos euros. Poco a poco, fue comprando todos los euros que había en el mercado español. Muchos, sin embargo, no se fiaron y los conservaron en su banco o en casa. La presión fiscal decreció dramáticamente, eliminando la obligación de presentar la declaración de la renta, que pasó a ser voluntaria, como te dije, y el IRPF pasó de ser del 30% al 5% de media, siendo del 0% para los trabajadores que percibieran el salario mínimo interprofesional, que se fijó en 1000 escudos mensuales, o sea €2000. La vida había subido, sí, pero con ese dinero ya se podía vivir. Se hicieron un millón de viviendas sociales cada año durante los cinco del primer mandato del Presidente de la 4ª República Española, don Jaime Templado de las Horas. Se expulsó a todos los ocupas de las casas que habían usurpado durante tantos años, y se les dio una nueva de entre las que se habían hecho, al amparo de una nueva Ley de Vagos y Maleantes. A los cinco años ya no quedaba nadie sin casa o sin empleo, y lo que era más revolucionario, aunque no se les dio en propiedad, no se les cobró alquiler alguno. Por fin se hizo realidad lo que dijo en su día la Constitución de 1978, que todos los españoles tenían derecho a una vivienda digna: el Estado se la cedía durante el tiempo que les fuese necesario, sin más obligación que mantenerla en condiciones dignas.
—Todo eso parece muy bien, pero ¿de dónde sacaba el gobierno el dinero para hacer eso?
—De la Casa de la Moneda. Se imprimieron muchas monedas y billetes de 5, 10, 20, 50, 100, 200, 500, 1000 y hasta 10.000 escudos. Imagínate, Guillermo: ¡€20.000 en un solo billete! Aquello desbarató todas las prevenciones de los acumuladores de euros. Tenía el escudo, eso sí, el inconveniente de que no podía salir de España. Luego la República de Portugal se quiso sumar a eso porque no en vano el escudo había sido la divisa portuguesa durante muchos años en el pasado, y eso hizo que fuese la moneda de toda la Península Ibérica.
—Pero eso no explica la autarquía de que habla el libro...
—¿Cómo que no? El Gobierno promovió la agricultura y la ganadería, para enfado de Europa, así como la industria. Se empezaron a fabricar coches y se instalaron varias centrales nucleares. Sin que nadie se percibiera de ello, se fabricaron doscientos submarinos y cien barcos de guerra de distintos tipos, además de diez portaaviones con cien aviones cada uno. Se consiguió hacerlo bajo techo, de modo que otras potencias no se enteraron de ello. Ni siquiera los ibéricos fueron conscientes, pues cada uno iba a lo suyo, como de costumbre.
—Pero no todo consiste en la economía...
—Efectivamente. La Secretaría —que no Ministerio— de Hacienda fue perdiendo importancia en favor de la de Instrucción Pública, que instó maestros y profesores a que incidieran cada vez más en valores reinstaurados, como la solidaridad, la empatía, la generosidad, a la vez que se exageraban las consecuencias de la lucha por la vida y el comercio salvaje, de modo que un buen día, al principio del segundo mandato de Templado se ejecutó una ley de urgencia nacional, Llamada Ley de Nueva Economía, pero que pronto se conoció como La Ley del Sindinero, por la que se abolió el escudo —y el euro— en todo el territorio nacional, reservándolo para el comercio internacional entre estados, negándose a comercial en cualquier otra divisa.
—¿Y no protestó la gente?
—En realidad eso perjudicaba a los que habían acaparado el dinero. Fue como quitárselo de golpe. Muchos corrieron a Portugal con todo su capital, y se instalaron allí. Pero eso en lugar de ser una bendición para el gobierno de aquel país, supuso un problema: al haber tanto dinero, las cosas subieron de precio. En España, por el contrario, no se volvió al trueque, sino que se inauguró un sistema de libre circulación de mercancías y servicios, tal como la conoces tú hoy en día: yo doy clase en la Universidad de Málaga sin cobrar sueldo alguno, pero compro todo lo que necesito por 0 escudos, y trabajo en lo que puedo, sin límite de horario. En mi caso, en el antiguo régimen yo tendría que dar tres horas de clase a la semana, y el resto dedicarme a la investigación y atención de mis alumnos. Ahora trabajo mucho más, enseñando, investigando y atendiendo a mis alumnos en proyectos que tocan las tres cosas a la vez, durante bastante más tiempo a la semana, aunque cuando lo necesito paro unos días sin que el trabajo se quede sin hacer, porque hay más catedráticos que se hacen cargo. Y así en todas las profesiones.
—Eso no explica lo de los barcos, centrales nucleares y demás...
—¿Cómo que no? Al no circular el dinero, todos teníamos todo. El Estado también. Por eso los proyectos de rango estatal se vieron poblados por miles de voluntarios que trabajaron de sol a sol para ponerlos a punto. Por eso en cuestión de meses lanzamos diversos satélites artificiales, y nuestra tecnología superó en poco tiempo a la de los demás países, pues ya la actividad de los científicos no estaba frenada por la falta o no de dinero. Tenían todos los medios de que disponía el estado.
—Ah, ya, y de ahí lo que me contaste de La guerra de las galaxias...
—Bueno, más que de las Galaxias fue de la órbita terrestre: barrimos todos los satélites de guerra, tirándolos hacia el Sol en cuestión de minutos. Fue una operación planeada cuidadosamente y ejecutada antes de que las demás naciones de la Tierra tuvieran tiempo de reaccionar. Nos dieron un utlimátum, amenazando con borrarnos del mapa con sus armas nucleares.
—Ahora me vas a decir que teníais también un paraguas nuclear...
—Mejor que eso: cuando fueron a lanzar un par de misiles de advertencia, descubrieron que los motores no funcionaban. El avión presidencial de EUU perdió la fuerza motriz en pleno vuelo, y cuando estaban a punto de estrellarse misteriosamente la recuperó, a la vez que todas las centrales nucleares de Francia se apagaron de pronto durante un par de horas, recibiendo ambos presidentes un mensaje escueto: ¿Advertencia suficiente?
—Pero no solo Estados Unidos y Europa pintan algo en el mundo...
—Lo de Rusia y China fue más imponente: ambos países perdieron la energía eléctrica igual de misteriosamente durante más horas que Francia, coincidiendo el inicio con el de la caída del avión yanqui y el final del día siguiente.
—¿Y todo eso pasó en unos meses?
—Fue preparado durante años, pero sucedió en una semana. Hubo reuniones de alto nivel entre todas las potencias del mundo, en las que llegaron a la conclusión de que ya no pintaban tanto como antes.
—¿Y Portugal?
—Decretó de modo oficial la abolición del escudo y el euro también, y solicitaron la unificación de la Península Ibérica en un solo estado, que pasó a llamarse El País del Sur. Meses más tarde lo solicitó también el Principado de Andorra, y ahora está en estudio si se nos suma Hispanoamérica, y qué nombre tendrá el Estado resultante, si todos los países implicados lo solicitan y dan garantías de sumarse a este estado de cosas.
—¿Tú crees que se conseguirá?
—Tengo mis dudas. Pero es posible.
—El libro no aclara cuál fue el fin de Templado de las Horas...
—Después de tres mandatos se retiró de la política, volvió a su colegio, y se jubiló, sin que nadie haya conseguido dar con su paradero. Seguramente murió olvidado y desconocido, pues —se dice— se cambió el nombre, y se fue a otro lugar del País, se cree que a un pueblecito cerca de Oporto, aunque otros dicen que acabó sus días en Andorra.
—¿No tiene ningún biógrafo, alguien que se haya preocupado por saber qué fue de él?
—¿Para qué? Quiso pasar desapercibido, y se respetó su última voluntad...
Pero no todo era paradisíaco en El País del Sur. Desde hacía un tiempo Guillermo había ido dando cuerpo, poco a poco, a un sueño largamente acariciado desde que tuvo que ponerse a trabajar: le habría gustado ir a estudiar en la universidad. Ahora tenía la oportunidad de probar a ver si valía o no para los estudios, y se apuntó a unos cursos de capacitación para ver si lograba pasar el examen para mayores de 25 años en la Universidad Pablo Picasso.
Tenía 20 compañeros de clase, quince de ellos mujeres. Una de ellas, Melissa, hizo buenas migas con él desde el principio. Él ya tenía cincuenta años, y ella apenas contaba 25. Melissa había desistido de estudiar diez años antes, y había tenido diversos trabajos, pero cuando se dio cuenta de que la universidad de la vida enseñaba a palo limpio lo que se podía aprender de forma menos sangrante con los libros, decidió volver a tentar suerte en la universidad. Se trataba de una joven cordobesa algo menor de estatura que Guillermo, apenas 1'55 m., algo regordeta, con sus 60 kgs de peso, ojos claros, color ámbar, pelirroja clara, con el pelo muy corto, pero suave, casi sedoso. Su piel era más obscura de lo habitual, quizá porque en el pasado pasase mucho tiempo al aire libre. De modales suaves y voz melodiosa, su mirada atrajo la de Guillermo desde el principio, aunque en él despertó solo curiosidad, al revés que él en ella, que se sintió encandilada desde el principio por este inglés surgido de la nada.
Todo era normal: buenos compañeros de estudios, se pasaban los apuntes si alguna vez fallaba uno de ellos a clase, e incluso estudiaron juntos en alguna ocasión. Hasta que ella pretendió otra cosa...
—Ponen una película interesante en el Cine Albéniz esta noche —le dijo al salir de las clases. ¿Vamos?
—Será otro día —dijo él viéndola venir. —No he dicho nada en casa.
—Ah, nunca hablas de tu familia. ¿Vives con tu madre?
—Pues no. Vivo con mi novia y con su madre. La mía murió hace años en Inglaterra.
Ella lo miró con sorpresa.
—No sabía que tuvieras novia...
—Bueno, nunca habíamos hablado de cosas personales. Pero sí, tengo novia y es posible que estemos esperando un hijo, aunque no lo sabemos todavía.
—¿Y cómo es que vives con tu suegra también?
—Es una persona maravillosa. Nunca separaría a la madre de la hija.
—Sí que eres raro... En fin, ya veo que me va a tocar ir sola al cine.
—Si vas otro día, puedo acompañarte. A lo mejor mi novia se anima y viene también. Así te la presento.
—Bueno, mejor..., déjalo, déjalo, Guillermo. Espero que seáis muy felices —dijo sin poder evitar un rictus de desagrado.
—La verdad es que sí, que lo somos.
El curso siguió con normalidad, y al final vino el examen para el Acceso de Mayores de 25 años a la Universidad, y Guillermo lo superó con creces, mientras que Melissa suspendió. Eso le demostró a Guillermo que el objetivo principal de ella no era exactamente entrar en la universidad... Durante aquel año, después de descartarlo a él, ella salió con otros tres compañeros de estudios, sin llegar a cuajar con ninguno de ellos. Por lo visto la relación incipiente con Guillermo le había hecho subir sus expectativas, y los demás no daban la talla.
Se la volvió a encontrar en la universidad dos años después, cuando él ya estaba en segundo curso de Arquitectura y ella aún cursaba primero de Filosofía y Letras. Melissa ya tenía más experiencia con los hombres y él ya era padre de familia, pues su pequeño Andrés ya contaba con dos años de edad, y a la abuela Roberta se le caía la baba con su nieto; y la relación de su hija con su yerno era tan sólida que los sueños de Melissa se desvanecieron definitivamente.
—Aún eres joven —le dijo Guillermo. —A tus 27 años aún puedes dar con un buen hombre. Pero cualquiera no te conviene. Te puedo presentar a mi amigo Esteban, aunque hace tiempo que no lo veo y no sé si está con alguien. Pero podemos probar.
Mas no lo estaba. Sin embargo, el inocente Esteban había espabilado demasiado y se había convertido en un golfo de los que dicen que prefieren ir de flor en flor, y que si se casaba con una mujer tendría sólo a una, mientras que si no se casaba las tendría a todas menos a esa una..., ¡y con un poco de suerte, a esa una también la tendría!
Así y todo Guillermo los puso en contacto. Fue un día de noviembre, cuando en Málaga la lluvia empezaba un día sí y una semana no.
—Esteban, te presento a Melissa, una compañera de estudios amiga mía. Melissa, te presento a Esteban, un antiguo compañero de trabajo y amigo.
Se dieron los besos de rigor, y tras un tiempo prudencial Guillermo pretextó que tenía que hacer unas compras y se ausentó, dejándolos en buena compañía a los dos, según dijo.
Se podría decir que Esteban triunfó una vez más, pero en realidad fue Melissa quien se lo llevó a la cama aquel mismo día. Él sabía que una mujer que se va a la cama con un hombre en la primera cita no es de fiar, pero ella le hizo cosas que no se hacen en una primera cita, ni en la decimosexta, ni en ninguna posterior, y al final de la noche estaba tan agotado que no pudo ir al trabajo al día siguiente.
Mujer prudente, ella le dejó en paz dos días, pero al tercero fue a buscarlo a la salida del trabajo y se lo llevó a su habitación. Era viernes por la tarde, y él, sin darse cuenta apenas, una semana después se vio viviendo con ella en un apartamento bastante bonito y acogedor en las afueras de Málaga, desde cuyo salón-comedor se podía ver, a través de una amplia ventana, el bosque lejano en que acababa una gran extensión de césped. Más que bosque parecía una selva, pues era muy frondoso y constaba de encinas, alcornoques, alisos, álamos, chopos y pinos, y en su seno vivía variedad de especies animales: corzos, liebres, conejos, ardillas, y otras especies que el Gobierno se había preocupado de aclimatar a aquellos pagos, y que a veces veían adentrarse en el césped huyendo unos de otros, o buscando comida. Tenía aquel bosque varios caminos que lo cruzaban de norte a sur y de este a oeste, por los que les gustaba a ellos pasear, respirando el aire puro que desprendían aquellas catedrales vegetales, como a Melissa le gustaba decir, evocando los topes de los árboles con las torres de las catedrales.
Ellos también se llenaron de vida, y al poco tiempo Melissa se quedó embarazada, por lo que decidieron que ella dejase los estudios para dedicarse a los niños, de los que tuvieron cuatro. Retomaría la universidad cuando el más pequeño tuviese diez años. En ese tiempo comprendió que ella había venido al mundo para educar niños, y acabó doctorándose en Enseñanza Primaria, labor para la que la avalaban 14 años de práctica particular en su casa.
Fue tras el nacimiento de su primer hijo cuando Esteban decidió casarse con Melissa, que lo había abducido por medio del sexo, y con ello los había catapultado a los dos al reino del amor en tal grado que nunca habrían supuesto que se pudiera llegar a tener. Sí, Esteban de buen grado cambió a todas las demás por esta una, única e irrepetible, que hizo imposible que él echara de menos a las docenas de previas que había habido en su vida desde que Guillermo le apadrinara en su alternativa con Sara y luego con Roberta hacía unos años.
Cuando Esteban invitó a la boda a su amigo Guillermo, este cayó en la cuenta de que él y Mercedes tampoco se habían casado, aunque vivían como si lo hubieran hecho hacía décadas. Por ello lo hablaron y acordaron que la boda sería doble. El día fijado para la boda de Esteban y Melissa, Mercedes y Guillermo se casaron a la vez en una ceremonia muy sencilla y encantadora en el juzgado. Pero de allí los dos últimos se personaron en la Iglesia del Carmen y dijeron sus votos ante el sacerdote, don Roberto Ramírez de la Hoz, amigo personal de Roberta, que lloró como una niña, al ver que su hija había conseguido lo que ella no había logrado en ninguno de sus cinco matrimonios quinquenales: que un hombre le prometiera amarla, ayudarla y respetarla hasta que la muerte los separase. Esteban y Melissa, sin embargo, no se atrevieron a tanto, pero al menos oficiaron como padrinos de la ceremonia religiosa de sus amigos.
Al casarse sus padres, el pequeño Andrés ya contaba con 4 años de edad, aunque Alina, el segundo vástago de Melissa y Esteban, aún tardaría 12 meses en venir al mundo.
Cuando nació Andrés, Mercedes se dejó los estudios para educar a su hijo. No era obligatorio hacerlo, pero sí posible. La de ama de casa se consideraba en el País del Sur una profesión tan digna como cualquier otra, e incluso más útil que ninguna, puesto que nadie educaría tan bien a un niño como su propia madre. Cuando ya contaba cinco años, ella lo introdujo en el colegio, hasta que poco a poco se fue ausentando de las clases, dejando en manos de los maestros la tarea de la instrucción, que de la educación responden los padres, Guillermo y Mercedes en el caso de Andrés, durante toda su vida.
Con los años Andrés se hizo arquitecto, como su padre, y estuvo viviendo con ellos hasta que se casó, a la edad de 40 años, con una malagueña de ocho apellidos, es decir, de pura cepa. Guillermo y Mercedes tuvieron otros cuatro hijos, y vivieron una larga vida juntos, haciendo honor a su promesa, hasta que la muerte nos separe.
En este texto se ha intentado presentar otra cara de la sociedad española actual, la de cómo sería posible vivir en solidaridad, responsabilidad y empatía. Si el lector presenta serias objeciones a lo expuesto aquí, tiene la posibilidad de hacérmelas llegar a mi dirección.
Un inglés va de turismo al País del Sur y lo que ve le encanta. Nos cuenta poco a poco sus impresiones de cómo es el país y a la vez vemos la transformación del protagonista hasta que dicho país lo capta del todo.