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Jesús Ángel. English Esperanto


El libro del año.

La isla.

Desde 2016 publico en este sitio uno de mis libros en mis tres idiomas, español, inglés y Esperanto.

Aunque al principio publicaba uno cada mes, y por lo tanto lo llamé El libro del mes, al cabo de varios meses comprobé que el trabajo de traducción era más duro y largo de lo que había anticipado, y con objeto de no hacer esperar a mis lectores innecesariamente para leer el capítulo siguiente, decidí compartir sólo uno al año.

Cada uno de mis Libros del año se podrán leer de modo gratuito durante 12 meses, si bien durante las primeras semanas —puede que meses— de cada año el lector tendrá que ser paciente para ir leyendo a medida que yo lo vaya subiendo. Al acabarse el año ese libro vendrá substituido por otro, pero quedará en Amazon en español e inglés, si bien seguirá estando disponible en su totalidad en Esperanto en esta misma web.

Hasta ahora hemos leído juntos once de mis libros, por lo que este será el 12º que mis fieles lectores podrán leer. Espero que lo disfruten ustedes.

Se puede acceder de una versión a la otra pinchando en las banderas que acompañan a cada uno de los epígrafes mayores del texto.


A lo largo de 2021 vamos a leer La isla, que narra las vicisitudes de 11 personas, seis hombres y cinco mujeres, que naufragan y se refugian en una isla perdida, y cómo cambian las relaciones previas enre cada uno de ellos.

Iré publicando capítulo a capítulo la novela en mis tres idiomas: español, inglés y Esperanto, y a su terminación la dejaré para lectura gratuita en esta web hasta el 31 de diciembre de 2021, fecha en que dejará de estar disponible en los dos primeros de estos tres idiomas, aunque siempre estará disponible en Amazon.

La isla,
por Jesús Ángel de las Heras Jiménez

El índice es como sigue: English Esperanto

  1. ¿Quién realiza cruceros?
  2. El Espíritu del Océano.
  3. Vida social.
  4. Idilios.
  5. Desencuentros.
  6. El desastre.
  7. Los olvidados.
  8. El rescate.
  9. La náufraga.
  10. La Asamblea.
  11. La negociación.
  12. xfidy
  13. La batalla de la conquista.
  14. La doma de la arpía.
  15. El fin de la soledad.
  16. La evolución de Celia.
  17. Duelo.
  18. La caza.
  19. La portuguesa y el inglés.
  20. Esponsales.
  21. Rutina insular.
  22. El barco.
  23. El hotel.
  24. La familia crece.
  25. El terremoto.
  26. Evocación.
  27. Arzuz:
    1. Francisco estuvo allí.
    2. Aruz se confiesa.
  28. Relevo.
  29. Tánatos…, y Eros.
  30. La despedida del patriarca.
  31. Bibliografía.

© 2020 Jesús Ángel. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto sin la autorización previa y escrita del autor.

1 ¿Quién realiza cruceros? EnglishEsperanto

Es una pregunta que me hago con frecuencia. ¿Quién se apunta a un crucero El mar. para dar la vuelta alrededor del mundo? Recuerdo haber leído la excelente obra de Vicente Blasco Ibáñez La vuelta al mundo de un novelista, inspirada quizá por la de Julio Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, y confieso que desde que las leí me picaba a mí el interés y la curiosidad por emularles, y dar la vuelta al mundo en barco. Por desgracia, luego me enteré de que es un viaje muy caro, dura mucho, y la mayor parte del tiempo el barco está en el mar, con escalas muy cortas en los lugares por los que pasa. Otro inconveniente, y no menor, fue que yo mismo hice un crucero por el Mediterráneo hace unos años, para comprobar si había errado mucho en mi libro Un proyecto singular[1], y aunque comprobé que no había sido así, no me gustó la desagradable sorpresa de que la compañía aquella exigía que les diéramos una propina de €10 diarios para pagar a los camareros. Según eso, para este viaje alrededor del mundo, cada pasajero habría de pagar €1800 además del precio oficial del crucero. Lo consideré una estafa, pues es la propia empresa la que tiene que pagar a sus trabajadores, no los usuarios. El aparente precio barato es falso, pues. Y que lo hagan todas las compañías, según me dijeron ellos, me lleva a desaconsejar a todo el mundo realizar crucero alguno. Además, si uno hace cuentas, ve que por una fracción del precio del crucero se pueden visitar todos los países del mundo sin excepción en avión y pernoctar en hoteles, y es más barato y más seguro, pues es casi imposible que le ocurra a uno lo que les ocurrió a los personajes de este libro. Pero es cierto que, a pesar de todo, a los que nos gusta el mar y el hecho de viajar, estos problemas no nos impiden hacerlo de una forma que, aunque no es cara, es cómoda y aventurera a la vez.

En las páginas que siguen viviremos las peripecias de una serie de personas que se descubren en circunstancias extraor­di­na­rias. Cuatro de ellas son dos matrimonios con años de antigüedad. Como todos los matrimonios, tienen sus problemas, resueltos de forma más o menos civilizada. Tenemos a Cristóbal y a Sara, que pugnan por tener descendencia, pero que por alguna razón que se les resiste a comprender, no lo consiguen. Son jóvenes y están enamorados, pero ella no acaba de quedarse embarazada. Este viaje lo hacen para ver si hay más suerte, y consiguen traerse al bebé como recuerdo del viaje. Sara es licenciada en derecho, pero no ejerce, sino que es ama de casa desde que se casó. Su esposo, Cristóbal, es notario, aunque le gusta el aire libre y practica el alpinismo con tanta frecuencia como le es posible, para compensar lo sedentario de su profesión. De vez en cuando se pueden dar un lujo como este, de efectuar un crucero por todo el mundo, o ir de safari, o una experiencia fuera de lo común. Se llevan bien, nunca han discutido ni tienen malos rollos ocultos, lo cual los hace una pareja unida, convencional pero poco común.

Alba Agostinho es una profesora de música que vive en Coimbra, Portugal. Además de tocar la flauta en la sinfónica de su ciudad, es voluntaria para acompañar al bien morir a los ancianos de varias residencias que hay en la ciudad. Estuvo casada, pero su marido se portó mal con ella y se divorció. No tiene ganas de buscar pareja, pero sí de conocer gente y lugares, y por eso se apuntó a este viaje tan caro. Alba no es rubia, como Sara, sino pelirroja, de ojos azules y tez más pálida de lo normal, con uno setenta metros de altura y algunos kilos de más. Ella tiende a la melancolía y tristeza, pues esperaba más de la vida, aunque no ha dejado que las circunstancias se la amarguen. Es religiosa. lee mucho y la música es su pasión. Sus padres viven con su hermana, y son los que le han aconsejado que realice este crucero, en la esperanza de que encuentre a alguien que le alegre la vida. Tuvo un hijo que murió a los dos años, de muerte súbita. Es tímida por naturaleza, pero lo lleva bastante bien.

Wenceslao lleva tres años casado con Celia, una mujer culta y pasional que por eso mismo no está contenta con su matrimonio. Él es tranquilo, abierto, tierno y generoso, un poco gordito, pero de estatura superior a la media (uno setenta). Convenció a su esposa de la oportunidad de realizar este crucero para salvar su matrimonio. Viaja con ellos Delmira Padrón Reboso, la hermana menor de Celia, mucho más callada, pero tan alta como su cuñado. Acaba de terminar el Bachillerato y ha aprobado la prueba de acceso a la universidad con sobresaliente. Celia no es rubia como su hermana, sino que su pelo es muy negro y denso, liso y le llega hasta la cintura. Sus formas son duras, pero bellas. Es disléxica y asertiva, en lo que contrasta con su esposo. Él es agente de seguros, pero en su vida privada nunca dice una palabra más alta que otra. Ella es muy religiosa, aunque no tanto como Alba, si bien es de las que va a misa todos los días. Es profesora de dibujo en un instituto de secundaria, y sus relaciones con sus compañeros son polémicas y nada aburridas, pues siempre tiene algo que decir en todas las reuniones. Delmira es rubia trigueña, tan alta como su cuñado, con el que haría mucho mejor pareja, a pesar de la diferencia de edad.

Alberto es periodista que trabaja para un importante rotativo de París. Es muy soberbio y tiene que controlar su genio con mucha frecuencia. Tras una serie de años sometido a gran estrés por su trabajo, se decide a cruzar el mundo en barco para pulsar las opiniones de sus lectores, o de gente como sus lectores. Es hombre de acción y está convencido de que en este mundo los que mandan tienen gran responsabilidad sobre el bienestar de los que obedecen. Su novia Giselle no ha podido acompañarlo, pero espera su regreso para que le cuente sus experiencias, pues también es periodista.

Andrés Cevallos es un joven ingeniero recién titulado cuyos padres premian su éxito en los estudios con este crucero. Tímido por naturaleza y pequeño de estatura, teme al mar porque no sabe nadar, pero pretende quitarse ese miedo con este crucero por todo el mundo.

Dinah Peters realiza este crucero porque siempre quiso abrirse a otros horizontes. Recién divorciada, decide darse una alegría con el dinero que había ahorrado para comprarse una casa mayor que el piso donde vivía con el inútil de su marido. Ella es policía en Miami desde hace varios años. Es muy cálida y comprensiva, de raza negra, bantú, muy fuerte y dura, pero convencida de que se consigue mucho más con miel que con hiel.

Elsa es una niña pija de catorce años que acompaña a sus padres y a dos tías solteras que procuran no perderla de vista. Ella está muy excitada con este viaje, que realiza para celebrar la jubilación de sus padres. Ella acaba de terminar la Educación Secundaria Obligatoria. Es igual de alta que Andrés, diez años mayor que ella.

Eusebio es doctor en Cibernética, muy inmerso en su trabajo en una central nuclear. Decide ir a este crucero para ampliar sus horizontes, pues, tímido hasta la exageración, su vida social brilla por su ausencia.

Martine LeClerc es pintora y vive con su madre en Nantes, Francia. Realiza este crucero por consejo de su progenitora, pues nunca había salido de su ciudad, a sus 40 años, para ver mundo y para dejar de trabajar durante al menos los seis meses que dura el viaje.

Remigio es un vejete de setenta años que siempre había tenido la ilusión de darle la vuelta al mundo con su esposa, Merche. Pero a los dos meses de jubilarse él, cinco años atrás, su mujer desarrolla un cáncer y muere a las pocas semanas. Él se queda muy tocado, y no quiere realizar el viaje sin ella, pero sus hijos le convencen de que lo mejor que puede hacer en memoria de su esposa es hacer el viaje que habían proyectado hacer juntos. Es muy sociable y comprensivo, amable alto, de pelo blanco y escaso, que se preocupa de los demás, a los que inspira confianza con todo el mundo de modo natural. Por eso hace amistades con facilidad. Escucha mucho y habla lo justo para dirigir la conversación sin que el contertulio se sienta molesto.

William Webb es un inglés que no sabe más idioma que el suyo. Es tímido, bajito, delgado, con ojos azules y poca barba. Enfermero de profesión, se ha tomado un año sabático para conocer mundo, en lo que ha invertido casi todos sus ahorros.

Santiago es uno de los marineros de El Espíritu del Océano, que se ocupa sobre todo de las maniobras de amarre y desamarre, así como de la supervisión de diversas máquinas de abordo, pues no en vano es ingeniero naval, aunque prefiere trabajar con las manos. Lleva tres años prestando servicio en este buque, y a sus cincuenta años de edad se encuentra en un estado de salud francamente envidiable. Es algo, delgado y fuerte, seguro de sí mismo y muy observador. Divorciado, aún ama a su ex esposa, Elena, y echa de menos a sus hijos.

Ruth es millonaria. Sus padres no le hacen mucho caso, pero le dan todos los caprichos. Uno de ellos ha sido hacer dos carreras a la vez, para no aburrirse, que acaba de terminar. Acaba de sufrir una decepción amorosa y se ha alistado en este crucero para olvidarse de su amante y consolarse de su fracaso. Pensó que darle la vuelta al mundo podría recomponer su dolorido corazón.

Senén Gutiérrez Ruano es un joven de dieciocho años que estudia Económicas. Se ganó el crucero alrededor del mundo en un concurso en la televisión, pues su familia es modesta y nunca se podría permitir pagar lo que cuesta.

Sofía es directora de una sucursal bancaria. Aunque tiene grandes dotes de mando y mucha mano izquierda para tratar con sus compañeros y clientes, en su vida privada es un desastre, pues le asusta el compromiso y por eso nunca ha tenido novio. Tiene demasiado miedo a todo lo que se salga de la rutina. Por eso se ha apuntado a este crucero alrededor del mundo, para ver si consigue vencer esas limitaciones. Podría seguir enumerando las características y curiosidades de los otros más de cuatro mil pasajeros y tripulantes de este crucero, pero sería tedioso para el lector, y además no añadiría gran cosa a los eventos que se van a describir a continuación, aunque ya sabemos que cuatro mil personas son cuatro mil historias diferentes. Así, pues, si el lector está preparado ya para darle la vuelta al mundo con nosotros a bordo de El Espíritu del Océano, o al menos a intentarlo, que se ponga cómodo en su sillón favorito, con una bebida a mano, y se sumerja en las páginas que siguen.


El Espíritu del Océano. EnglishEsperanto

Poco se imaginaban aquellos pobres los que les esperaba. Habían estado ahorrando durante años, algunos de ellos, para poder hacerse a la mar en un crucero de fábula que iba a ser la experiencia de su vida, algo que el barco. contar a sus nietos cuando pasaran muchos años. Otros eran gente rica que se aburría en su casa, y se embarcaba, unos para socializarse, otros para conocer gente, y no faltaban los que lo hacían por puro amor a la navegación. El Espíritu del Océano era un crucero de estos modernos que tienen diecisiete pisos, a cuyo frente estaba el Capitán Collins, con más de treinta años de profesión, cinco de ellos en este barco de crucero que había recorrido todos los mares del globo terrestre en las condiciones más diversas, saliendo siempre de todos los apuros del mar con seguridad y comodidad para sus pasajeros. Tiene aletas estabilizadoras y motores de compensación que lo mantenían siempre en el punto más cercano a la verticalidad, para que los señoritos y los menos ricos que habían ahorrado durante años tuvieran la experiencia más gratificante de sus vidas.

Las amistades que se hacían en el barco eran efímeras, pues duraban lo que el crucero, pero profundas, mucho más que en tierra, pues no en vano todos estaban en el mismo barco, literal y figuradamente. Y las vivencias en el crucero, por ser únicas, nunca se llegan a olvidar del todo. Aunque se esté a borde de una máquina que vale millones de euros, que tiene todos los avances tecnológicos del momento y se actualiza continuamente, uno no deja de asomarse a la borda y mirar al mar, y sentirse solo con la naturaleza, estudiando las nubes y las olas, sintiendo el viento y el fresco del amanecer o de la puesta de Sol, tan bella en el mar, y pensar que es afortunado por estar allí solo, frente a la naturaleza.

En esta actitud encontramos a una joven de 14 años, bastante alta para su edad, pero niña al fin y al cabo, observando cómo los marineros retiran los cabos de los norays, esos enormes clavos con la cabeza tan rara que están metidos dentro del cemento del muelle al que el crucero estaba atracado hasta ese momento.

Se volvió ella finalmente para ver al dueño de aquella voz tan suave, y a la vez tan varonil. Se trataba de un hombre apenas unos centímetros más alto que ella, pero totalmente adulto.

En efecto, el elegante crucero se alejaba del muelle, impulsado por las hélices laterales. Andrés le iba explicando a Elsa la maniobra:

El barco ya estaba en el centro del Estuario del Tajo, pues el crucero se iniciaba en Lisboa, y entonces notaron que el impulso cambiaba, y ahora era hacia adelante, incrementándose la velocidad poco a poco, y de modo silencioso abandonaba las aguas del río más largo de la Península Ibérica y se enfrentaba a las olas del Océano Atlántico, que de todas formas no conseguían mover el barco ni en sentido longitudinal (cabeceo) ni de lado (balanceo). Sí, Andrés era un experto en barcos, y a Elsa le parecía una conversación muy interesante.

Siguieron contemplando la costa durante un largo rato, hasta que se perdió hacia atrás, volviéndose una mancha azulada cada vez más obscura.

Pero Andrés no era el único que viajaba solo.

Al otro lado de Andrés, sin que este se percatara de ella, también observaba el desatraque y alejamiento de la costa una belleza de color.

En ese momento llamaron por los altavoces para el primer turno para cenar.


Vida social. EnglishEsperanto

Las mesas de aquel comedor eran redondas, y muy grandes, para quince comensales. Andrés fue de los primeros en llegar. Se sentó en la silla más cercana a la puerta. Así la vería llegar. Se quitó la chaqueta y la puso en el respaldo de una silla, y él se sentó en la de al lado. Cuando vino el camarero, pidió un vino blanco, y le indicó que esperaba a alguien.

Los demás pasajeros fueron llegando. A su lado se sentó un hombre de su edad, pero mucho más alto, que venía acompañado de su esposa. Se presentaron, y enseguida supo que se trataba de un agente de seguros que se había apuntado a este crucero con su esposa para realizar por fin su viaje de novios, tantas veces postergado. Llevaban casados tres años, y todavía no tenían hijos.

Andrés se abstuvo de preguntar las causas, en parte por prudencia, y también porque sabía que muchas parejas jóvenes se quieren dejar esa tarea para cuando ya han disfrutado un poco de la vida. Fueron llegando los demás compañeros de mesa.

Al otro lado de la silla reservada para Dinah se sentó una mujer de algo más de edad, una francesa llamada Martine. Viajaba para conocer mundo pues nunca había salido de su ciudad, Nantes, en Francia. A su lado se sentó Eusebio, un cordobés con muchas ganas de ligar y poca mundología.

Aquello era de una lógica aplastante. Se oyó una risa contenida: era Senén, el vecino de Eusebio.

En eso yo tengo mi propia opinión —intervino Celia. —Yo soy profesora de dibujo, y entiendo un poco de arte, y en realidad el arte es lo que hace un artista en particular. Sí, es posible que los artistas de un lugar se influyan unos a otros, pero no existe un arte francés o norteamericano, sino el arte de un francés o de un americano. Y la cultura es igual: la cultura es de cada uno de nosotros, aunque la cultura de un francés culto se parezca mucho a la de otro francés culto, y lo mismo pasará en España, Austria o cualquier otro país. Nos influimos los unos a los otros, pero lo que hacemos lo hace cada uno.

Aquello dejó sin palabras a Senén, que asentía literalmente a cada palabra de la española. Finalmente, tras la pausa que semejante sentencia causó, él se atrevió a preguntarle a la francesa:

Ella sonrió con picardía.

Rieron todos de buena gana.

En ese momento llegó Dinah, cuando en realidad aún no habían terminado de hacer las presentaciones. Andrés, caballero solícito, le corrió la silla a su amiga para que se sentase con comodidad, tras lo cual se sentó él mismo a su lado.

Excepto ellos tres, Senén, Dinah y el propio Andrés, los demás en aquella mesa eran gente pudiente, lo cual se notaba en su forma de hablar y en los temas que trataban. Excepto ellos tres y Eusebio y Sofía, todos eran matrimonios. Los demás no son de especial relevancia en esta historia, excepto María, una inglesa anciana que vivía sola en su ático en el centro de Londres, y que, según decía, se apuntaba todos los años a un crucero porque odiaba vivir sola mucho tiempo. Esta anciana conectó desde el primer día con Adolfo, el camarero que atendía su mesa. Poco a poco fueron adquiriendo confianza por medio del diálogo tan superficial y anodino como qué deseaba para comer.

Y ella, coqueta, siempre le saludaba y le decía algo amable. Él siempre la servía a ella la primera, y luego a los demás de la mesa, que se veían beneficiados porque era la primera mesa que se servía.

También se hizo amiga de Senén, y le confió que había sobrevivido a sus hijos y a sus nietos, y que le quedaban dos bisnietos que estaban deseando que se muriera para heredar el dinero que le quedaba, que no era poco… Pero que ni por eso la acompañaban ni a los cruceros ni a estar con ella en su piso.

Pero normalmente las conversaciones no eran muy profundas, discurriendo más bien de dos en dos con interrupciones accidentales.

Ella miró intensamente a su plato, y se puso muy seria. Algo pasaba entre ellos, algo que no habían discutido todavía.

Idilios. EnglishEsperanto

Después de comer, Dinah se solía retirar a su camarote a descansar, y Andrés se iba a tomar café y a charlar con quien estuviera a tiro. Así fue como hizo amistad con Senén Gutiérrez, el chaval de 18 años que había ganado el crucero en un concurso de la televisión. Durante todo un año había respondido a 20 preguntas de difícil comprensión y respuesta cada semana, derrotando a sus más de cincuenta competidores. Lo más original de aquel programa era que el premio no era dinero, sino un viaje alrededor del mundo, del que tendría que dar cuenta cuando volviese en aquel mismo programa. Por eso él se sentía desubicado entre tanta gente de dinero él, cuyo padre era un modesto funcionario de Correos. Al año siguiente iba a empezar a estudiar en la universidad la carrera de Hispánicas, o puede que la de Periodismo, pues sentía que le llamaban las letras; quizá hiciera las dos, pues cuando algo te gusta, no es trabajo: es entretenimiento, vicio, hobby, vocación…, en una palabra: placer. Senén era de natural curioso, y por eso le hacía a Andrés preguntas sobre el barco, cómo funcionaba, sobre la navegación, etc.

Después de cenar Andrés se quedaba charlando con Dinah, la mujer que cada vez le entraba más en su intelecto y en su corazón. No creía que fuera amor, pero se sentía muy bien hablando con ella, de lo que fuera. Así se enteró de que no era exactamente estadounidense, excepto en el pasaporte, porque sus padres habían emigrado a Nueva York desde Duala, Camerún, cada uno por su cuenta. Se habían conocido poco después de llegar allí, cada uno con su familia, y se habían enamorado y tras casarse, nació ella. Por eso no era mestiza, sino que el color de su piel era casi como el de la noche, por lo cual era exótica hasta entre las personas de raza de color Tenía el pelo muy rizado, pero muy abundante, y por eso parecía que llevara un casco puesto. Su rizado era natural, y nunca había considerado la posibilidad de alisárselo, porque sabía que iría perdiendo fuerza y propiedades, y al fin y al cabo, todas las mujeres tienen el pelo liso, al menos en comparación con ella.

Andrés y ella solían ir a la discoteca después de pasear por la cubierta y charlar como dos buenos amigos, a veces durante horas. Hasta que en una de esas noches de Luna llena, tomándolo de la mano, ella le permitió que la acompañara a su camarote, y le franqueó la entrada. Lo que allí sucedió no ha de contarlo un caballero, así que me excuso de contárselo a ustedes, ni siquiera en modo resumido. Imagínese el lector lo que quiera, y probablemente acertará. Sólo podemos confesar que ambos se sentían muy bien, Andrés se enteró de que el Cielo puede estar en la Tierra, y ella se dio cuenta de que no todos los hombres son como el cubano con el que se casó y perdió cuatro años de su vida, allá en Miami; y también que esas escenas se repitieron con relativa frecuencia, a veces en casa deuno, otras en la del otro… No obstante ambos eran gente discreta y nadie supo nunca de lo que pasaba entre ellos, pues ni sus miradas ni sus gestos los delataron, ni siquiera cuando por accidente no podían sentarse juntos en la mesa.

A la hora del café Senén coincidió más de una vez con Wenceslao y su esposa. La verdad es que le caían muy bien, sobre todo él, que le llevaba apenas unos años y sin embargo parecía que ya había triunfado en la vida.

En ese momento apareció la hermosa Delmira en el bar, y Senén le echó una mirada golosa.

Senén lo miró con desconfianza, pensando que era un farol de su amigo.

Pero Wenceslao le hizo un gesto a la chica, que se acercó a ellos.

Senén se sintió un poco corrido, tras las barbaridades que le había dicho al cuñado, que estaba a punto de soltar una carcajada.

Tras charlar un rato, Wenceslao dijo que se iba a buscar a su esposa, no fuera que se la fuera a quitar algún desaprensivo. Senén y Delmira se quedaron charlando un rato bastante largo. No la conocía porque ella estaba en el otro turno para comer, pues había hecho amistades a bordo desde el primer día, y quería darles espacio a su hermana y a su esposo, que tendrían que resolver sus problemas.

Senén no le preguntó por ese extremo, porque estaba más interesado en saber cosas de la hermana de Celia que de esta. Acababa de terminar el bachillerato, y por lo tanto tenía 18 años, como él. Sus padres la habían enviado con su hermana para que viera mundo, si bien le habían encargado que los dejara tranquilos, porque no en vano iban de viaje de novios.

En los días que siguieron se inició una bonita relación entre el plebeyo vencedor del concurso de ciencia y arte y la aristocrática del dinero, pues los padres de Delmira y Celia nadaban en la abundancia merced a negocios que nunca le aclararon a Senén, porque en realidad nunca sintió curiosidad por ellos. En resumen: Celia procedía de una familia con dinero, y Wenceslao era un agente de seguros de éxito que también tenía bastante dinero.

Al revés que su hermana, Delmira era tímida y escuchaba pacientemente lo que le tenían que decir. Pero Senén hablaba hasta por los codos, y sin embargo tenía la rara habilidad de no decir nada con tanto palabrerío, y a la vez sonsacarle cosas al contertulio. Así se enteró de que su hermana era profesora de dibujo en un instituto de La Coruña, y que se quejaba de que su marido siempre estaba trabajando. Claro, que gracias a eso había podido gastarse la millonada que valía el crucero para los dos, pues él no quería en modo alguno que sus suegros lo pagaran. Celia tenía 24 años y seis después de nacer ella, había venido al mundo Delmira. Esta tenía la piel mucho más blanca que Celia, y su pelo era rubio trigueño, en lugar del negro azabache que lucía la esposa de Wenceslao. Lo que tenía Delmira de sumisa y callada, lo tenía Celia de espontánea y decidida, casi dominante. En cambio Wenceslao era callado y cortés. Sí, habría hecho pareja mucho mejor con Delmira que con Celia…

Pero con quien sí que le apetecería a Senén que hiciera pareja ella era con él. Se convirtieron en habituales el uno del otro, y poco a poco, en íntimos. Algo que, como veremos tendría consecuencias bastante más tarde.

Dinah alternaba mucho en el bar. Siempre se tomaba su café justo antes de echarse su siesta en su camarote, y luego su merienda un par de horas más tarde. Su compañero de mesa, Senén, coincidía con ella a menudo en esos lugares. Tomaban café juntos, y ella le contaba cosas de Nueva York, una ciudad que Senén esperaba visitar algún día. Dinah era de natural coqueta, y pensaba que el muchacho, a pesar de su corta edad, estaba muy interesado en ella. Nunca había tenido un amante tan joven, y ahora parecía que le interesaba. Pero quería saber cuáles eran sus intenciones.

En ese momento Senén se puso en pie y le dijo en voz baja:

Ella siguió la mirada y vio a una rubia mucho más joven que ella.

Senén, para disculparse, dijo en voz aún más baja:

Y se despidió con un gesto.

Aquello sorprendió mucho a la yanqui, y la chasqueó bastante. Creía que tenía ascendiente sobre el joven, pero se dio cuenta de que este se había estado entreteniendo con ella en su espera para su joven dama, aparentemente tan joven como él. ¿Adónde iba ella con un chaval al que doblaba la edad?

Pero había otros peces que pescar en aquella pecera andante que surcaba los mares…

En un crucero se hacen amistades muy profundas, pero efímeras: muy pocas sobreviven al propio crucero. Además de las que hemos reseñado, hubo muchas más que no son de relevancia para esta historia. Algunas las iremos conociendo, otras hacen bien en caer en el despeñadero del olvido.

5 Desencuentros. EnglishEsperanto

Celia y Wenceslao solían pasear por cubierta después de las comidas para digerir el atracón, como decía ella.

Ella miraba a lo lejos, en el mar, mientras su marido se sinceraba con ella. Ella pensaba que no había sido buena idea casarse tan joven. Quizá con otro hombre, más adelante, podría haber alcanzado la felicidad. Pero era triste venir del trabajo y encontrarse la casa vacía, sin nadie que le diera la bienvenida, excepto los escasos días al año en que su marido no tenía que salir de viaje. ¿Se iría solo? A veces le rondaba el fantasma de los celos por la cabeza, especialmente cuando tenía que hacer noche por ahí. Luego le decía vaguedades. Pero no podía hacer ninguna acusación concreta. No, no tenía secretaria, y si la tenía, nunca la había mencionado.

Pero no lo tuvieron. Ni esa noche, ni en las noches sucesivas en que lo buscaron. Después de hacer el amor tenían una charla, como siempre. Ella solía hacer recriminaciones, ignorando deliberadamente que en un conflicto siempre hay dos partes a las que culpar. Aquel duraba ya demasiado. Y ella se sentía víctima de su educación religiosa, que no contemplaba el divorcio… Si bien también opinaba que el matrimonio no era lo que le habían vendido desde siempre, y que para estar con otro zoquete como su marido, prefería quedarse con este, pues al fin y al cabo ya lo conocía.

El pobre Wenceslao se encogió de hombros. Ya llevaban así meses. Esperaba que durante el crucero, una actividad única que no todo el mundo se podía permitir, darle la vuelta al mundo en 180 días, ella pudiera reflexionar y caer en que el matrimonio no es un invento para hacerse la vida imposible, sino para perfeccionar el amor. Él ya no estaba tan enamorado de su esposa como al principio, pero la seguía queriendo. Excepto en momentos como estos, claro, en que su egoísmo se superponía a cualquier otra consideración. A ella no le apetecía, pero no se preguntaba que qué le apetecía a él, qué necesitaba él. Qué deseaba él. No, él no le impondría su deseo a ella. Pero por esa regla de tres, él tampoco comprendía por qué ella le imponía el suyo a él, y además sistemáticamente.

Sin embargo había quien lo tenía aún menos claro que ellos. Eusebio, por ejemplo, rondaba a Dinah sin descanso. Y ella coqueteaba con él, y charlaban en sus paseos por cubierta. Pero en cuanto aparecía Andrés, a ella se le iluminaba la cara, y el pobre Eusebio se hacía a un lado, pues comprendía que él sólo servía para amenizar los ratos en que el joven gaditano no estaba. Se prometía a sí mismo no volver a hacerlo, pero en realidad las demás mujeres del barco le evitaban aún más. ¿El problema sería él? Doctor en Cibernética, en realidad tenía poca conversación, aparte de sí mismo. Sí, ciertamente hablaba mucho de sí mismo. ¿Y qué sabía él de Dinah? Lo que esta le había contado a otros en su presencia. No, decididamente él no sabía tratar a las mujeres. Se veía soltero y sin compromiso per sécula seculórum… Un día creyó que su suerte había cambiado cuando conoció a Úrsula, una joven sueca muy agradable…, hasta que conoció a su marido, Hugh, un sujeto de casi dos metros de altura y cuadrado como un armario.

Lo que sí que se le daban bien eran el tenis de mesa y los jovencitos de ambos sexos que solían jugar en la cubierta C. Eusebio se proclamó campeón absoluto. Una inglesa, Rachel, quedó en segundo lugar, y solían jugar desde entonces todos los días. El problema es que la tal Rachel tenía 12 años. Los niños se le acercaban, y le contaban todo. La madre de René, un francés de ocho años, era viuda, pero cuando la conoció la encontró fea y desgarbada. No tengo remedio, se dijo, cuando aparece alguna posible, no dejo de encontrarle defectos. Pero es que Heléne además de fea, era un tanto desagradable, una persona de esas que le tiene miedo a todo, y que no se hace a sufrir, cuando le toca. Cuando la conoció le cayó un alud de palabras desde su boca poco diestra en el idioma español, sin que por eso se cortase a la hora de hablar. Él procuraba no darle mucha opción, y callaba, esperando que se fuera de una vez. Sí, también quedaba Sofía, junto a la cual se había procurado sentar más de una vez a la hora de la comida, pero la pobre era imbécil además de joven y guapa. Dios, ¿dónde estaba esa mujer que dicen que todos tenemos que encontrar y quedárnosla para siempre?

La verdad es que la pobre Sofía no era idiota, sino que tenía muy poca mano izquierda. A ella le gustaba Eusebio, en realidad. Pero no acertaba a expresarlo, ni directa ni indirectamente. Eusebio era Doctor en Cibernética, y trabajaba en una central nuclear. Estaba a cargo de los robots que realizaban trabajos en zonas que eran peligrosas para los seres humanos. De hecho él había diseñado robots que reparaban y recogían a los robots que realizaban el mantenimiento en zonas peligrosas. Pero eso no era el tema que más hacía disfrutar de la conversación a las chicas de su generación, ni de ninguna otra, en realidad.

Sofía era una empleada de banco. A los pocos años de entrar a trabajar había subido al puesto de directora de una sucursal, y luego la habían considerado para el de Supervisora Regional. El banco estaba tan satisfecho de sus servicios que le había regalado el crucero alrededor del mundo. Había tomado café con Eusebio en varias ocasiones, pero los silencios entre ellos habían sido frecuentes, largos y pesados.

Ella pensó que lo correcto hubiera sido que él la fuera a buscar, pero no se atrevió a pedírselo, para que no pensara que era una fresca. Él también pensó que eso sería lo correcto, pero no se atrevió a proponerlo, por si acaso ella se negaba, o para que no pensase que era un fresco que se quería aprovechar.

Y era una pena, pues Sofía era una rubia alta, de 1’80, bien formada, con largas piernas, muy bonitas, como había comprobado un día en que la vio de lejos en la piscina. Por el color de su piel dedujo que ella solía ir a la playa, o al menos se bronceaba en casa. Se cuidaba mucho, tanto en su salud como en su aspecto, aunque si usaba maquillaje no se notaba mucho. A veces se pintaba un poco los ojos y se echaba algo de colorete en las mejillas, pero muy tenue, aparte de pintarse las uñas. Siempre que podía, iba con zapatos de esos que permiten verse la uñas de los pies, perfectamente pintadas. Su cabellera rubia, hasta los hombros, y sus mejillas tostadas eran un marco muy adecuado que realzaba sus ojos de color miel clara.

5 La catástrofe. EnglishEsperanto

Ya llevaban varias semanas de singladura, cuando el sonar detectó un bajo, es decir, una roca muy cerca de la superficie, a apenas diez metros. Eso no era frecuente, pero en el vasto océano a veces puede aparecer un volcán en su lecho, que poco a poco va elevando el fondo a medida que se va enfriando, sin más testigo que una columna de vapor que parece salida del propio mar, y que debido a la inmensa vastedad de las aguas queda sin anotar ni siquiera por el enjambre de satélites que ya van poblando el espacio circundante La Tierra. Allí, pues, entre Hawai y Nueva Zelanda, la quilla de nuestro orgulloso navío crucero encontró una elevación marina bastante dura de roer, que debido a la enorme inercia del barco le hizo un desgarrón a lo largo de toda su longitud.

El rucero se hunde Arriba, el pasaje y la marinería estaban dedicados a sus quehaceres, los unos a pasárselo bien en sus salas de baile, de juego, de proyección cinematográfica, o simplemente jugando al ajedrez, los primeros; y los segundos a atender al pasaje y diversas labores de mantenimiento. Sólo los que estaban en esos momentos en la cubierta inferior notaron un estremecimiento y oyeron, algunos, un chirriar bastante feo. Y poco a poco notaron que el agua subía por dentro del barco. Corrieron a la cubierta inmediatamente superior y la cerraron de modo estanco, pero la presión del agua fue reventando los cierres, y el agua fue escalando los diecisiete pisos o cubiertas, uno por uno, y pronto el capitán supo que la suerte estaba echada.

Y ordenó abandonar el buque.

Paseaban Eusebio y Sofía por cubierta, justo al lado de un bote salvavidas cuando la bocina del barco, así como varias sirenas, iniciaron su concierto estridente, avisando con su ruido estremecedor de que había que abandonar el barco. Acababan de cenar y contemplaban, silenciosos, el atardecer cuando se vieron asaltados por el infernal ruido y los gritos subsiguientes.

En ese momento llegaron dos marineros, que descubrieron el bote y los instaron a subir, así como a otros 30 pasajeros que se congregaron allí en un instante. Inmediatamente los tripulantes procedieron a arriar (o sea, bajar) el bote por la borda mediante un mecanismo automático. Al llegar al agua, soltaron los cabos de sujeción (o sea, las cuerdas que ataban el bote al barco), y situándose uno de los marineros al timón, el otro distribuyó los remos y les recordó sucintamente cómo tenían que usarlos, según les habían explicado en los ejercicios de abandono del buque hacía tan solo unos días. Así consiguieron alejarse rápidamente de El Espíritu del Océano, cuya escora ( o sea, inclinación hacia un lado) ya empezaba a hacerse evidente, que por un efecto óptico extraño parecía amenazar con caérseles encima.

De forma ordenada todo el pasaje y la tripulación se dirigieron a los botes salvavidas, a la par que se enviaba solicitud de ayuda por todos los medios de comunicación posibles. Desde Hawai y Nueva Zelanda se enviaron sendas escuadrillas de aviones anfibios y embarcaciones rápidas para proceder al rescate de los náufragos, llegando los primeros en cuestión de horas, mientras que las embarcaciones necesitaron días.

Pero no todos recibirían el ansiado rescate.

Senén estaba charlando con una muchacha más joven que él, que acaba de conocer, nuestra amiga Elsa. Viajaba con sus padres, que estaban en aquel momento en otro lugar. Estaban tomando un café en una de las cafeterías de la cubierta superior, cuando oyeron los toques de la bocina del barco. Hacía unos días que habían hecho el último simulacro de abandono del barco, por los que no les tocaba otro tan pronto. Salió de la cafetería, seguido de su nueva amiga, y vio gente que corría con el salvavidas puesto o poniéndoselo.

Elsa y él se miraron, con miedo.

Se dirigieron a la zona de los botes salvavidas, y vieron que algunos ya se descolgaban hacia el mar, otros estaban llenos y había gente que discutía para subirse, a pesar de que ya no cabían más, pues el máximo por bote era de 32 personas. Ellos dos se quedaron allí, plantados, con la espalda pegada a la mampara, o pared, mientras veían a la gente que corría, algunos sin control, pero tal cual habían visto en los simulacros. La idea de que esta vez sí era de verdad los mantenía clavados al suelo, allí, viendo a todos pasar y desaparecer.

Finalmente reaccionó Senén cuando oyó que alguien gritaba su nombre: —¡Senén, aquí! Se trataba de Celia, la joven esposa de Wenceslao, la mujer más decidida que había conocido, si bien superficialmente y solo a la hora de la comida. Dirigió la mirada hacia la voz, y la vio a bordo de un bote medio vacío.

Finalmente reaccionó. Tomó la mano de Elsa en la suya, y la arrastró tras de sí hacia donde estaba Celia. El bote había empezado a descender, por lo que ellos dos tuvieron que dar un salto e introducirse en la embarcación al lado de Celia y su marido. Este les tendió un chaleco salvavidas a cada uno.

Poco a poco el bote fue bajando hasta legar a la superficie del mar. Dos hombres llegaron tarde, cuando el bote ya estaba a mitad de camino hacia el mar, Ramiro y Alfonso, conocidos de Senén. Ni cortos ni perezosos, se agarraron a los cabos del bote que bajaba, y se fueron descolgando por el mismo, para subirse al mismo y escapar del naufragio. Ramiro se soltó, sin duda porque le quemaba la fricción del cabo, y cayó desde una altura de 30 metros. No volvió a salir a la superficie. Alfonso tuvo más suerte y aguantó hasta que estaba a sólo cinco metros del bote. Cayó al mar. El agua estaba muy fría, por lo que le alargaron un remo para que subiera a bordo. Lo ayudaron, y tuvo que desnudarse y usar una manta para recoger algo de calor, pero al caer se había golpeado con algo, quizá un chaleco salvavidas o cualquier otro objeto duro, y se había hecho una herida, de la que falleció horas después. ¿Qué hacer con el pobre Alfonso? Un cadáver en un lugar tan pequeño como aquel sólo podría suponer problemas y enfermedades, por lo que hicieron lo que se hace en estos casos: tras unas oraciones por el eterno descanso de su alma, lo dejaron caer al mar sin mayor ceremonia.

Senén se incorporó a los que remaban con todas sus fuerzas para alejarse del barco. Eran siete hombres y seis mujeres, contando a Elsa. Ellas también hicieron su parte con los remos. No obstante, los otros botes tenían su tripulación completa, y se alejaban cada vez más de ellos.

Poco a poco se alejaron del barco, hasta que perdieron de vista sus luces. No obstante, les dio la impresión de que no se hundía, sino que las luces, que habían visto oblicuas parecían que iban recuperando la horizontalidad. ¿Efecto óptico?

El bote en que viajaban Eusebio y Sofía había sido el primero en hacerse a la mar, y por lo tanto se pudieron hacer una idea antes que nadie de la magnitud de la desgracia. Todos callaban, observando, y el miedo se apoderó de ellos.

Aún se veían las luces del crucero a lo lejos cuando dejaron de remar, extenuados. Fue una imprudencia: otros dos botes cargados de gente asustada como ellos no habían dejado de remar, y los embistieron en la obscuridad. Aunque el choque en sí no fue muy fuerte, les hizo volcar, y pronto se vieron todos en el mar. Eusebio había salido despedido por el propio choque, y si no hubiera sido por el chaleco salvavidas, se habría ahogado. Sofía nunca se había visto en una situación tan peligrosa. Lo buscó con la mirada, pero era difícil encontrarlo, porque era una noche obscura, sin luna. Precisamente esa falta de visibilidad era la que había propiciado el accidente, pues aunque cada bote llevaba sus luces reglamentarias, habían dejado de funcionar por alguna razón desconocida. Pronto Sofía se vio en el agua, a medida que el bote se daba la vuelta, obligado por el caudal de agua que entraba por la brecha en su lado, precisamente. Nadó hacia afuera para no quedar capturada debajo del bote, que al terminar de dar la media vuelta, quedó a flote por la capa de aire que había quedado atrapada debajo. Otros no tuvieron tanta suerte, y aunque no les faltaba aire para respirar, no acertaron a salir de allí nadando, pues el chaleco salvavidas no les permitía sumergirse, y el pánico no les dejaba razonar lo suficiente para quitárselo. De repente Sofía notó una mano en su hombro, que la hizo darse la vuelta y encararse a una voz conocida:

Agarrándose a unas cuerdas que llevaba por los lados, consiguió subirse a la quilla del bote, y desde allí le tendió la mano a Sofía, y los dos se vieron pronto con una pierna a cada lado, como si estuvieran montando a caballo. Ella se tuvo que remangar la falda para conseguirlo. Al verlos, otros les imitaron.

De pronto oyeron golpes frenéticos que procedían del interior del bote, sin duda eran los que habían quedado atrapados en el interior. Pero no podían hacer nada por ellos, desgraciadamente. Y de pronto los golpes dejaron de oírse tan misteriosamente como habían comenzado.

Pasaron toda la noche cabalgando aquellas olas de varios metros de altura a caballo del bote salvavidas volcado, sin poder pegar ojo, pues podrían resbalarse y caerse de su improvisada montura, y ahogarse.

Más tarde vieron las luces de posición de otros botes que pasaron junto a ellos, a escasos metros de distancia. Les pidieron ayuda, pero los marineros les dijeron, sin detenerse que iban llenos y los abandonaron a su suerte.

Aquella noche fue muy dura. Cuando llegó el amanecer comprendieron lo que había pasado con aquellos golpes: alrededor del bote veían diez o doce aletas de tiburón dando vueltas lentamente. Los 22 desventurados que faltaban, tanto dentro del bote como cerca del mismo, habían sido pasto de aquellos depredadores, que seguían haciendo círculos alrededor del bote por si acaso les caía algo más.

Pero los tiburones no eran los únicos problemas que tenían aquellos pobres náufragos. Pronto el Sol subió y les envió sus rayos, cálidos al principio, y agobiantes más tarde. Había agua potable y víveres en el bote, pero para acceder a ellos tendrían que saltar al agua y meterse en el interior del bote, y entonces los tiburones darían cuenta de quien se atreviese a cometer semejante disparate. Aquellos tiburones no estaban dispuestos a renunciar a su presa. A lo largo del día varios de aquellos desgraciados se fueron quedando dormidos, y resbalaron por el casco hacia el mar, siendo víctima de aquellos carniceros casi sin despertarse. Eusebio tenía asida a Sofía con una mano, además de con un nudo que unía la camisa de ella con la de él por medio de la falda que se había quitado tras subirse a la quilla. La otra mano se la había atado a una protuberancia de la quilla, de modo que aunque ambos se durmieran o perdiesen el conocimiento, no caerían.

Al caer la tarde oyeron el sonido de un motor. Un avión de reconocimiento se acercó a ellos. Dio una pasada a pocos metros de altura y comprobó que quedaban cuatro personas sobre la quilla de aquel bote volcado. Eusebio se había quedado dormido, pero despertado por el motor, miró a su alrededor y vio que Sofía no estaba: se había deshecho el nudo de la falda, y de ella quedaba sólo esa prenda. Sintió ganas de llorar. De pronto oyó el sonido de disparos. La aeronave era un hidroavión, y se posó cerca de ellos. Los tiburones no estaban. El aparato se acercó a ellos, y cuando estaban a unos metros del bote, dos hombres se tiraron al mar y los rescataron. Cuando metieron a Eusebio en el avión, chocó con un bulto blando. Lo tocó con la mano, y oyó un gemido. Miró con más atención y respiró aliviado: era Sofía. Su preciosa tez tostada estaba ennegrecida y pelada en algunas partes. Su pelo estaba sucio y feo, pero saldría de esta. Se había soltado del nudo con el vaivén de las olas, pero por suerte en ese momento había llegado el avión y los buitres del mar se habían ido, asustados. —Han tenido ustedes suerte —les dijo uno de aquellos hombres. —Con el bote volcado no habrían llegado ustedes hasta mañana en estos mares infestados de tiburones.

Mi esposa, sonrió Eusebio. Sí, me gusta como suena. A otros los unen hasta que la muerte los separe. Parece que la muerte nos ha unido a nosotros dos. A ver qué le parece a ella cuando despierte…

Según les explicaron después, hubo alguna colisión más además de la suya. En la confusión del abandono del barco, no acertaron a encender las luces de posición de todos los botes, en otros casos, como el suyo, no funcionaron; hubo gente que se tiró del barco, poseída por el terror. Los que cayeron de pie sufrieron un shock térmico, y murieron de golpe, o ahogados después, o de frío. Los que cayeron de cabeza perdieron el conocimiento, y los demás se rompieron como si fueran de cristal. Otros se cayeron de los botes, y cuando intentaron volver a subir no siempre se lo permitieron los que estaban dentro. El miedo es el peor enemigo en el mar.

En Hawaii los tuvieron en un hospital más de una semana. Los tomaron por matrimonio, y los pusieron en la misma habitación. Así pudieron ponerse al día, y Eusebio le contó a Sofía su teoría sobre lo de que desde que la muerte los unió, convenciéndola de que se casaran, convirtiéndose en lo que todos pensaban de ellos, que eran un matrimonio que había pasado por una experiencia muy traumática.

Sí, de las 4600 personas que viajaban en aquel barco se habían salvado casi todas, 4400. En eso había jugado un papel muy importante la pronta respuesta de las autoridades de Hawai y de Nueva Zelanda, a pesar de estar tan lejos.

5 Los olvidados. EnglishEsperanto



Bibliografía. English Esperanto

Se encontrará siempre la lista actualizada de mis obras en mi página web, Obra completa. No obstante, os recuerdo las narraciones que hemos compartido aquí:
  1. Un cuento infantil, o El soldado y la bruja: tiene dos partes, una para niños y la segunda para adultos. Escribí el cuento para celebrar el Día Internacional del Niño, el 2 de abril de 2012.
  2. El pecado del talibán: un creyente ferviente propicia una lapidación y luego lo lamenta el resto de su vida. No obstante, Dios es compasivo y puede corregir eso..., pero no sin costo.
  3. Amén: Fantasía sobre lo que ocurre después de la muerte.
  4. La psicóloga: el protagonista conoce a una mujer que nadie más puede ver, junto a un árbol en el parque. Cree que se ha vuelto loco, y por eso visita a la psicóloga mejor de de su ciudad, que le soprende de varias maneras. Escribí este cuento en febrero de 2015 en inglés, y luego lo traduje al español y al Esperanto. Si lo prefieres leer en alguno de esos idiomas puedes pulsar los enlaces correspondientes.
  5. Abuelo y nieto: se me ocurrió la idea central de este libro cuando nació mi nieto, y por eso se lo dedico a él. No obstante, no hay nada biográfico en este relato. Es un libro muy breve, de apenas cuarenta páginas en tamaño A5, y el argumento trata de la literatura como puente que une al abuelo y al nieto. En opinión de los lectores el cuento es divertido, y nadie se ha quejado del tiempo que le han dedicado a leerlo. Como mis otros relatos, se puede leer gratuitamente y sin resumir en su versión esperanta. La publiqué en esta web el 15 de agosto de 2016.
  6. El año que fui mujer: un anciano se convierte en mujer joven. Es mi primera novela escrita originalmente en inglés Ahora se puede leer en Esperanto. Publicada en versión digital en Amazon en inglés, y luego en español. Pero aquí se puede leer en Esperanto.
  7. La Cronista, o Los amos del tiempo: un maestro nacional jubilado decide dar la vuelta al mundo. En Chennai (también llamada Madrás), India, encuentra a una muchacha extraña: una viajera del tiempo que le explica su mundo. Durante más de 400 páginas compartimos las aventuras de Indalecio y Vanessa en el pasado y el futuro. hasta que finalmente asistimos a la transgresión de la materia, que da lugar a la trilogía: Transgresión, de la que este libro es el primer volumen, al que siguen Tricronía y Los desterrados, en que los protagonistas adoptan papeles menos importantes, y aparecen nuevos protagonistas, para nuestra diversión.
  8. El libro de las crónicas angélicas y las anécdotas diabólicas: 21 cuentos en que ángeles o demonios adoptan papeles de diversa imporancia. Tres de los cuentos son de mis compañeros Ann Lake, Gema Gimeno y Jack Crane. Este libro fue El Libro del año hasta el 31 de diciembre de 2018.
  9. La Federación: historia del futuro desde un punto de vista extraordinario. Traducido y publicado en 2019.
  10. Umú, la hetaira de ébano: una niña escapa de una realidad horrible para caer en otra algo menos horrible... Traducido y publicado en 2019.
  11. Cuando los marcianos conquistaron La Tierra: un hombre se despierta de un coma, y se encuentra con que en su ausencia su planeta patrio ha cambiado de amo... A lo largo de alrdedor de cien páginas se describe su nueva realidad, si bien este libro ofrece tres finales diferentes, para que el lector elija el que más le guste. :-) Terminado de publicar el 5 de mayo de 2020.
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