Volver


Jesús Ángel. English Esperanto


El libro del año 2021.

La isla.

Desde 2016 publico en este sitio uno de mis libros en mis tres idiomas, español, inglés y Esperanto.

Aunque al principio publicaba uno cada mes, y por lo tanto lo llamé El libro del mes, al cabo de varios meses comprobé que el trabajo de traducción era más duro y largo de lo que había anticipado, y con objeto de no hacer esperar a mis lectores innecesariamente para leer el capítulo siguiente, decidí compartir sólo uno al año.

Cada uno de mis Libros del año se podrán leer de modo gratuito durante 12 meses, si bien durante las primeras semanas —puede que meses— de cada año el lector tendrá que ser paciente para ir leyendo a medida que yo lo vaya subiendo. Al acabarse el año ese libro vendrá substituido por otro, pero quedará en Amazon en español e inglés, si bien seguirá estando disponible en su totalidad en Esperanto en esta misma web.

Hasta ahora hemos leído juntos once de mis libros, por lo que este será el 12º que mis fieles lectores podrán leer. Espero que lo disfruten ustedes.

Se puede acceder de una versión a la otra pinchando en las banderas que acompañan a cada uno de los epígrafes mayores del texto.


A lo largo de 2021 vamos a leer La isla, que narra las vicisitudes de 11 personas, seis hombres y cinco mujeres, que naufragan y se refugian en una isla perdida, y cómo cambian las relaciones previas entre cada uno de ellos.

Iré publicando capítulo a capítulo la novela en mis tres idiomas: español, inglés y Esperanto, y a su terminación la dejaré para lectura gratuita en esta web hasta el 31 de diciembre de 2021, fecha en que dejará de estar disponible en los dos primeros de estos tres idiomas, aunque siempre estará disponible en Amazon.

La isla,
por Jesús Ángel de las Heras Jiménez

El índice es como sigue: English Esperanto

  1. ¿Quién realiza cruceros?
  2. El Espíritu del Océano.
  3. Vida social.
  4. Idilios.
  5. Desencuentros.
  6. La catástrofe.
  7. Los olvidados.
  8. El rescate.
  9. La náufraga.
  10. Los otros. No apto para menores de 18 años.
  11. La doma. No apto para menores de 18 años.
  12. El fin de la soledad
  13. La evolución de Celia. No apto para menores de 18 años.
  14. Duelo.
  15. La caza.
  16. La portuguesa y el inglés.
  17. Esponsales.
  18. Rutina insular.
  19. El barco.
  20. El hotel.
  21. La familia crece.
  22. El terremoto.
  23. Evocación.
  24. Arzuz:
    1. Francisco estuvo allí.
    2. Aruz se confiesa.
  25. Relevo.
  26. Tánatos…, y Eros.
  27. La despedida del patriarca.
  28. Bibliografía.

© 2020 Jesús Ángel. Prohibida la reproducción total o parcial de este texto sin la autorización previa y escrita del autor.
»

1 ¿Quién realiza cruceros? EnglishEsperanto

Es una pregunta que me hago con frecuencia. ¿Quién se apunta a un crucero El mar. para dar la vuelta alrededor del mundo? Recuerdo haber leído la excelente obra de Vicente Blasco Ibáñez La vuelta al mundo de un novelista, inspirada quizá por la de Julio Verne, La vuelta al mundo en ochenta días, y confieso que desde que las leí me picaba a mí el interés y la curiosidad por emularles, y dar la vuelta al mundo en barco. Por desgracia, luego me enteré de que es un viaje muy caro, dura mucho, y la mayor parte del tiempo el barco está en el mar, con escalas muy cortas en los lugares por los que pasa. Otro inconveniente, y no menor, fue que yo mismo hice un crucero por el Mediterráneo hace unos años, para comprobar si había errado mucho en mi libro Un proyecto singular, y aunque comprobé que no había sido así, no me gustó la desagradable sorpresa de que la compañía aquella exigía que les diéramos una propina de €10 diarios para pagar a los camareros. Según eso, para este viaje alrededor del mundo, cada pasajero habría de pagar €1800 además del precio oficial del crucero. Lo consideré una estafa, pues es la propia empresa la que tiene que pagar a sus trabajadores, no los usuarios. El aparente precio barato es falso, pues. Y que lo hagan todas las compañías, según me dijeron ellos, me lleva a desaconsejar a todo el mundo realizar crucero alguno. Además, si uno hace cuentas, ve que por una fracción del precio del crucero se pueden visitar todos los países del mundo sin excepción en avión y pernoctar en hoteles, y es más barato y más seguro, pues es muy poco probable que le ocurra a uno lo que les ocurrió a los personajes de este libro. Pero es cierto que, a pesar de todo, a los que nos gusta el mar y el hecho de viajar, estos problemas no nos impiden hacerlo de una forma que, aunque no es cara, es cómoda y aventurera a la vez.

En las páginas que siguen viviremos las peripecias de una serie de personas que se descubren en circunstancias extraor­di­na­rias. Cuatro de ellas son dos matrimonios con años de antigüedad. Como todos los matrimonios, tienen sus problemas, resueltos de forma más o menos civilizada. Tenemos a Cristóbal y a Sara, que pugnan por tener descendencia, pero que por alguna razón que se les resiste a comprender, no lo consiguen. Son jóvenes y están enamorados, pero ella no acaba de quedarse embarazada. Este viaje lo hacen para ver si hay más suerte, y consiguen traerse al bebé como recuerdo del viaje. Sara es licenciada en derecho, pero no ejerce, sino que es ama de casa desde que se casó. Su esposo, Cristóbal, es notario, aunque le gusta el aire libre y practica el alpinismo con tanta frecuencia como le es posible, para compensar lo sedentario de su profesión. De vez en cuando se pueden dar un lujo como este, de efectuar un crucero por todo el mundo, o ir de safari, o una experiencia fuera de lo común. Se llevan bien, nunca han discutido ni tienen malos rollos ocultos, lo cual los hace una pareja unida, convencional pero poco común.

Alba Agostinho es una profesora de música que vive en Coimbra, Portugal. Además de tocar la flauta en la sinfónica de su ciudad, es voluntaria para acompañar al bien morir a los ancianos de varias residencias que hay en la ciudad. Estuvo casada, pero su marido se portó mal con ella y se divorció. No tiene ganas de buscar pareja, pero sí de conocer gente y lugares, y por eso se apuntó a este viaje tan caro. Alba no es rubia, como Sara, sino pelirroja, de ojos azules y tez más pálida de lo normal, con uno setenta metros de altura y algunos kilos de más. Ella tiende a la melancolía y tristeza, pues esperaba más de la vida, aunque no ha dejado que las circunstancias se la amarguen. Es religiosa. lee mucho y la música es su pasión. Sus padres viven con su hermana, y son los que le han aconsejado que realice este crucero, en la esperanza de que encuentre a alguien que le alegre la vida. Tuvo un hijo que murió a los dos años, de muerte súbita. Es tímida por naturaleza, pero lo lleva bastante bien.

Wenceslao lleva tres años casado con Celia, una mujer culta y pasional que por eso mismo no está contenta con su matrimonio. Él es tranquilo, abierto, tierno y generoso, un poco gordito, pero de estatura superior a la media (uno setenta). Convenció a su esposa de la oportunidad de realizar este crucero para salvar su matrimonio. Viaja con ellos Delmira Padrón Reboso, la hermana menor de Celia, mucho más callada, pero tan alta como su cuñado. Acaba de terminar el Bachillerato y ha aprobado la prueba de acceso a la universidad con sobresaliente. Celia no es rubia como su hermana, sino que su pelo es muy negro y denso, liso y le llega hasta la cintura. Sus formas son duras, pero bellas. Es disléxica y asertiva, en lo que contrasta con su esposo. Él es agente de seguros, pero en su vida privada nunca dice una palabra más alta que otra. Ella es muy religiosa, aunque no tanto como Alba, si bien es de las que va a misa todos los días. Es profesora de dibujo en un instituto de secundaria, y sus relaciones con sus compañeros son polémicas y nada aburridas, pues siempre tiene algo que decir en todas las reuniones. Delmira es rubia trigueña, tan alta como su cuñado, con el que haría mucho mejor pareja, a pesar de la diferencia de edad.

Alberto es periodista que trabaja para un importante rotativo de París. Es muy soberbio y tiene que controlar su genio con mucha frecuencia. Tras una serie de años sometido a gran estrés por su trabajo, se decide a cruzar el mundo en barco para pulsar las opiniones de sus lectores, o de gente como sus lectores. Es hombre de acción y está convencido de que en este mundo los que mandan tienen gran responsabilidad sobre el bienestar de los que obedecen. Su novia Giselle no ha podido acompañarlo, pero espera su regreso para que le cuente sus experiencias, pues también es periodista.

Andrés Cevallos es un joven ingeniero recién titulado cuyos padres premian su éxito en los estudios con este crucero. Tímido por naturaleza y pequeño de estatura, teme al mar porque no sabe nadar, pero pretende quitarse ese miedo con este crucero por todo el mundo.

Dinah Peters realiza este crucero porque siempre quiso abrirse a otros horizontes. Recién divorciada, decide darse una alegría con el dinero que había ahorrado para comprarse una casa mayor que el piso donde vivía con el inútil de su marido. Ella es policía en Miami desde hace varios años. Es muy cálida y comprensiva, de raza negra, bantú, muy fuerte y dura, pero convencida de que se consigue mucho más con miel que con hiel.

Elsa es una niña pija de catorce años que acompaña a sus padres y a dos tías solteras que procuran no perderla de vista. Ella está muy excitada con este viaje, que realiza para celebrar la jubilación de sus padres. Ella acaba de terminar la Educación Secundaria Obligatoria. Es igual de alta que Andrés, diez años mayor que ella.

Eusebio es doctor en Cibernética, muy inmerso en su trabajo en una central nuclear. Decide ir a este crucero para ampliar sus horizontes, pues, tímido hasta la exageración, su vida social brilla por su ausencia.

Martine LeClerc es pintora y vive con su madre en Nantes, Francia. Realiza este crucero por consejo de su progenitora, pues nunca había salido de su ciudad, a sus 40 años, para ver mundo y para dejar de trabajar durante al menos los seis meses que dura el viaje.

Remigio es un vejete de setenta años que siempre había tenido la ilusión de darle la vuelta al mundo con su esposa, Merche. Pero a los dos meses de jubilarse él, cinco años atrás, su mujer desarrolla un cáncer y muere a las pocas semanas. Él se queda muy tocado, y no quiere realizar el viaje sin ella, pero sus hijos le convencen de que lo mejor que puede hacer en memoria de su esposa es hacer el viaje que habían proyectado hacer juntos. Es muy sociable y comprensivo, amable alto, de pelo blanco y escaso, que se preocupa de los demás, a los que inspira confianza con todo el mundo de modo natural. Por eso hace amistades con facilidad. Escucha mucho y habla lo justo para dirigir la conversación sin que el contertulio se sienta molesto.

William Webb es un inglés que no sabe más idioma que el suyo. Es tímido, bajito, delgado, con ojos azules y poca barba. Enfermero de profesión, se ha tomado un año sabático para conocer mundo, en lo que ha invertido casi todos sus ahorros.

Santiago es uno de los marineros de El Espíritu del Océano, que se ocupa sobre todo de las maniobras de amarre y desamarre, así como de la supervisión de diversas máquinas de abordo, pues no en vano es ingeniero naval, aunque prefiere trabajar con las manos. Lleva tres años prestando servicio en este buque, y a sus cincuenta años de edad se encuentra en un estado de salud francamente envidiable. Es algo, delgado y fuerte, seguro de sí mismo y muy observador. Divorciado, aún ama a su ex esposa, Elena, y echa de menos a sus hijos.

Ruth es millonaria. Sus padres no le hacen mucho caso, pero le dan todos los caprichos. Uno de ellos ha sido hacer dos carreras a la vez, para no aburrirse, que acaba de terminar. Acaba de sufrir una decepción amorosa y se ha alistado en este crucero para olvidarse de su amante y consolarse de su fracaso. Pensó que darle la vuelta al mundo podría recomponer su dolorido corazón.

Senén Gutiérrez Ruano es un joven de dieciocho años que estudia Hispánicas. Se ganó el crucero alrededor del mundo en un concurso en la televisión, pues su familia es modesta y nunca se podría permitir pagar lo que cuesta.

Sofía es directora de una sucursal bancaria. Aunque tiene grandes dotes de mando y mucha mano izquierda para tratar con sus compañeros y clientes, en su vida privada es un desastre, pues le asusta el compromiso y por eso nunca ha tenido novio. Tiene demasiado miedo a todo lo que se salga de la rutina. Por eso se ha apuntado a este crucero alrededor del mundo, para ver si consigue vencer esas limitaciones.

Podría seguir enumerando las características y curiosidades de los otros más de cuatro mil pasajeros y tripulantes de este crucero, pero sería tedioso para el lector, y además no añadiría gran cosa a los eventos que se van a describir a continuación, aunque ya sabemos que cuatro mil personas son cuatro mil historias diferentes. Así, pues, si el lector está preparado ya para darle la vuelta al mundo con nosotros a bordo de El Espíritu del Océano, o al menos a intentarlo, que se ponga cómodo en su sillón favorito, con una bebida a mano, y se sumerja en las páginas que siguen.


2 El Espíritu del Océano. EnglishEsperanto

Poco se imaginaban aquellos pobres los que les esperaba. Habían estado ahorrando durante años, algunos de ellos, para poder hacerse a la mar en un crucero de fábula que iba a ser la experiencia de su vida, algo que el barco. contar a sus nietos cuando pasaran muchos años. Otros eran gente rica que se aburría en su casa, y se embarcaba, unos para socializarse, otros para conocer gente, y no faltaban los que lo hacían por puro amor a la navegación. El Espíritu del Océano era un crucero de estos modernos que tienen diecisiete pisos, a cuyo frente estaba el Capitán Collins, con más de treinta años de profesión, cinco de ellos en este barco de crucero que había recorrido todos los mares del globo terrestre en las condiciones más diversas, saliendo siempre de todos los apuros del mar con seguridad y comodidad para sus pasajeros. Tiene aletas estabilizadoras y motores de compensación que lo mantenían siempre en el punto más cercano a la verticalidad, para que los señoritos y los menos ricos que habían ahorrado durante años tuvieran la experiencia más gratificante de sus vidas.

Las amistades que se hacían en el barco eran efímeras, pues duraban lo que el crucero, pero profundas, mucho más que en tierra, pues no en vano todos estaban en el mismo barco, literal y figuradamente. Y las vivencias en el crucero, por ser únicas, nunca se llegan a olvidar del todo. Aunque se esté a borde de una máquina que vale millones de euros, que tiene todos los avances tecnológicos del momento y se actualiza continuamente, uno no deja de asomarse a la borda y mirar al mar, y sentirse solo con la naturaleza, estudiando las nubes y las olas, sintiendo el viento y el fresco del amanecer o de la puesta de Sol, tan bella en el mar, y pensar que es afortunado por estar allí solo, frente a la naturaleza.

En esta actitud encontramos a una joven de 14 años, bastante alta para su edad, pero niña al fin y al cabo, observando cómo los marineros retiran los cabos de los norays, esos enormes clavos con la cabeza tan rara que están metidos dentro del cemento del muelle al que el crucero estaba atracado hasta ese momento.

Se volvió ella finalmente para ver al dueño de aquella voz tan suave, y a la vez tan varonil. Se trataba de un hombre apenas unos centímetros más alto que ella, pero totalmente adulto.

En efecto, el elegante crucero se alejaba del muelle, impulsado por las hélices laterales. Andrés le iba explicando a Elsa la maniobra:

El barco ya estaba en el centro del Estuario del Tajo, pues el crucero se iniciaba en Lisboa, y entonces notaron que el impulso cambiaba, y ahora era hacia adelante, incrementándose la velocidad poco a poco, y de modo silencioso abandonaba las aguas del río más largo de la Península Ibérica y se enfrentaba a las olas del Océano Atlántico, que de todas formas no conseguían mover el barco ni en sentido longitudinal (cabeceo) ni de lado (balanceo). Sí, Andrés era un experto en barcos, y a Elsa le parecía una conversación muy interesante.

Siguieron contemplando la costa durante un largo rato, hasta que se perdió hacia atrás, volviéndose una mancha azulada cada vez más obscura.

Pero Andrés no era el único que viajaba solo.

Al otro lado de Andrés, sin que este se percatara de ella, también observaba el desatraque y alejamiento de la costa una belleza de color.

En ese momento llamaron por los altavoces para el primer turno para cenar.

3 Vida social. EnglishEsperanto

Las mesas de aquel comedor eran redondas, y muy grandes, para quince comensales. Andrés fue de los primeros en llegar. Se sentó en la silla más cercana a la puerta. Así la vería llegar. Se quitó la chaqueta y la puso en el respaldo de una silla, y él se sentó en la de al lado. Cuando vino el camarero, pidió un vino blanco, y le indicó que esperaba a alguien.

Los demás pasajeros fueron llegando. A su lado se sentó un hombre de su edad, pero mucho más alto, que venía acompañado de su esposa. Se presentaron, y enseguida supo que se trataba de un agente de seguros que se había apuntado a este crucero con su esposa para realizar por fin su viaje de novios, tantas veces postergado. Llevaban casados tres años, y todavía no tenían hijos.

Andrés se abstuvo de preguntar las causas, en parte por prudencia, y también porque sabía que muchas parejas jóvenes se quieren dejar esa tarea para cuando ya han disfrutado un poco de la vida. Fueron llegando los demás compañeros de mesa.

Al otro lado de la silla reservada para Dinah se sentó una mujer de algo más de edad, una francesa llamada Martine. Viajaba para conocer mundo pues nunca había salido de su ciudad, Nantes, en Francia. A su lado se sentó Eusebio, un cordobés con muchas ganas de ligar y poca mundología.

Aquello era de una lógica aplastante. Se oyó una risa contenida: era Senén, el vecino de Eusebio.

Aquello dejó sin palabras a Senén, que asentía literalmente a cada palabra de la española. Finalmente, tras la pausa que semejante sentencia causó, él se atrevió a preguntarle a la francesa:

Ella sonrió con picardía.

Rieron todos de buena gana.

En ese momento llegó Dinah, cuando en realidad aún no habían terminado de hacer las presentaciones. Andrés, caballero solícito, le corrió la silla a su amiga para que se sentase con comodidad, tras lo cual se sentó él mismo a su lado.

Excepto ellos tres, Senén, Dinah y el propio Andrés, los demás en aquella mesa eran gente pudiente, lo cual se notaba en su forma de hablar y en los temas que trataban. Excepto ellos tres y Eusebio y Sofía, todos eran matrimonios. Los demás no son de especial relevancia en esta historia, excepto María, una inglesa anciana que vivía sola en su ático en el centro de Londres, y que, según decía, se apuntaba todos los años a un crucero porque odiaba vivir sola mucho tiempo. Esta anciana conectó desde el primer día con Adolfo, el camarero que atendía su mesa. Poco a poco fueron adquiriendo confianza por medio del diálogo tan superficial y anodino como qué deseaba para comer.

Y ella, coqueta, siempre le saludaba y le decía algo amable. Él siempre la servía a ella la primera, y luego a los demás de la mesa, que se veían beneficiados porque era la primera mesa que se servía.

También se hizo amiga de Senén, y le confió que había sobrevivido a sus hijos y a sus nietos, y que le quedaban dos bisnietos que estaban deseando que se muriera para heredar el dinero que le quedaba, que no era poco… Pero que ni por eso la acompañaban ni a los cruceros ni a estar con ella en su piso.

Pero normalmente las conversaciones no eran muy profundas, discurriendo más bien de dos en dos con interrupciones accidentales.

Ella miró intensamente a su plato, y se puso muy seria. Algo pasaba entre ellos, algo que no habían discutido todavía.

Idilios. EnglishEsperanto

Después de comer, Dinah se solía retirar a su camarote a descansar, y Andrés se iba a tomar café y a charlar con quien estuviera a tiro. Así fue como hizo amistad con Senén Gutiérrez, el chaval de 18 años que había ganado el crucero en un concurso de la televisión. Durante todo un año había respondido a 20 preguntas de difícil comprensión y respuesta cada semana, derrotando a sus más de cincuenta competidores. Lo más original de aquel programa era que el premio no era dinero, sino un viaje alrededor del mundo, del que tendría que dar cuenta cuando volviese en aquel mismo programa. Por eso él se sentía desubicado entre tanta gente de dinero él, cuyo padre era un modesto funcionario de Correos. Al año siguiente iba a empezar a estudiar en la universidad la carrera de Hispánicas, o puede que la de Periodismo, pues sentía que le llamaban las letras; quizá hiciera las dos, pues cuando algo te gusta, no es trabajo: es entretenimiento, vicio, hobby, vocación…, en una palabra: placer. Senén era de natural curioso, y por eso le hacía a Andrés preguntas sobre el barco, cómo funcionaba, sobre la navegación, etc.

Después de cenar Andrés se quedaba charlando con Dinah, la mujer que cada vez le entraba más en su intelecto y en su corazón. No creía que fuera amor, pero se sentía muy bien hablando con ella, de lo que fuera. Así se enteró de que no era exactamente estadounidense, excepto en el pasaporte, porque sus padres habían emigrado a Nueva York desde Duala, Camerún, cada uno por su cuenta. Se habían conocido poco después de llegar allí, cada uno con su familia, y se habían enamorado y tras casarse, nació ella. Por eso no era mestiza, sino que el color de su piel era casi como el de la noche, por lo cual era exótica hasta entre las personas de raza de color. Tenía el pelo muy rizado, pero muy abundante, y por eso parecía que llevara un casco puesto. Su rizado era natural, y nunca había considerado la posibilidad de alisárselo, porque sabía que iría perdiendo fuerza y propiedades, y al fin y al cabo, todas las mujeres tienen el pelo liso, al menos en comparación con ella.

Andrés y ella solían ir a la discoteca después de pasear por la cubierta y charlar como dos buenos amigos, a veces durante horas. Hasta que en una de esas noches de Luna llena, tomándolo de la mano, ella le permitió que la acompañara a su camarote, y le franqueó la entrada. Lo que allí sucedió no ha de contarlo un caballero, así que me excuso de contárselo a ustedes, ni siquiera en modo resumido. Imagínese el lector lo que quiera, y probablemente acertará. Sólo podemos confesar que ambos se sentían muy bien, Andrés se enteró de que el Cielo puede estar en la Tierra, y ella se dio cuenta de que no todos los hombres son como el cubano con el que se casó y perdió cuatro años de su vida, allá en Miami; y también que esas escenas se repitieron con relativa frecuencia, a veces en casa de uno, otras en la del otro… No obstante ambos eran gente discreta y nadie supo nunca de lo que pasaba entre ellos, pues ni sus miradas ni sus gestos los delataron, ni siquiera cuando por accidente no podían sentarse juntos en la mesa.

A la hora del café Senén coincidió más de una vez con Wenceslao y su esposa. La verdad es que le caían muy bien, sobre todo él, que le llevaba apenas unos años y sin embargo parecía que ya había triunfado en la vida.

En ese momento apareció la hermosa Delmira en el bar, y Senén le echó una mirada golosa.

Senén lo miró con desconfianza, pensando que era un farol de su amigo.

Pero Wenceslao le hizo un gesto a la chica, que se acercó a ellos.

Senén se sintió un poco corrido, tras las barbaridades que le había dicho al cuñado, que estaba a punto de soltar una carcajada.

Tras charlar un rato, Wenceslao dijo que se iba a buscar a su esposa, no fuera que se la fuera a quitar algún desaprensivo. Senén y Delmira se quedaron charlando un rato bastante largo. No la conocía porque ella estaba en el otro turno para comer, pues había hecho amistades a bordo desde el primer día, y quería darles espacio a su hermana y a su esposo, que tendrían que resolver sus problemas.

Senén no le preguntó por ese extremo, porque estaba más interesado en saber cosas de la hermana de Celia que de esta. Acababa de terminar el bachillerato, y por lo tanto tenía 18 años, como él. Sus padres la habían enviado con su hermana para que viera mundo, si bien le habían encargado que los dejara tranquilos, porque no en vano iban de viaje de novios.

En los días que siguieron se inició una bonita relación entre el plebeyo vencedor del concurso de ciencia y arte y la aristocrática del dinero, pues los padres de Delmira y Celia nadaban en la abundancia merced a negocios que nunca le aclararon a Senén, porque en realidad nunca sintió curiosidad por ellos. En resumen: Celia procedía de una familia con dinero, y Wenceslao era un agente de seguros de éxito que también tenía bastante dinero.

Al revés que su hermana, Delmira era tímida y escuchaba pacientemente lo que le tenían que decir. Pero Senén hablaba hasta por los codos, y sin embargo tenía la rara habilidad de no decir nada con tanto palabrerío, y a la vez sonsacarle cosas al contertulio. Así se enteró de que su hermana era profesora de dibujo en un instituto de La Coruña, y que se quejaba de que su marido siempre estaba trabajando. Claro, que gracias a eso había podido gastarse la millonada que valía el crucero para los dos, pues él no quería en modo alguno que sus suegros lo pagaran. Celia tenía 24 años y seis después de nacer ella, había venido al mundo Delmira. Esta tenía la piel mucho más blanca que Celia, y su pelo era rubio trigueño, en lugar del negro azabache que lucía la esposa de Wenceslao. Lo que tenía Delmira de sumisa y callada, lo tenía Celia de espontánea y decidida, casi dominante. En cambio Wenceslao era callado y cortés. Sí, habría hecho pareja mucho mejor con Delmira que con Celia…

Pero con quien sí que le apetecería a Senén que hiciera pareja ella era con él. Se convirtieron en habituales el uno del otro, y poco a poco, en íntimos. Algo que, como veremos tendría consecuencias bastante más tarde.

Dinah alternaba mucho en el bar. Siempre se tomaba su café justo antes de echarse su siesta en su camarote, y luego su merienda un par de horas más tarde. Su compañero de mesa, Senén, coincidía con ella a menudo en esos lugares. Tomaban café juntos, y ella le contaba cosas de Nueva York, una ciudad que Senén esperaba visitar algún día. Dinah era de natural coqueta, y pensaba que el muchacho, a pesar de su corta edad, estaba muy interesado en ella. Nunca había tenido un amante tan joven, y ahora parecía que le interesaba. Pero quería saber cuáles eran sus intenciones.

En ese momento Senén se puso en pie y le dijo en voz baja:

Ella siguió la mirada y vio a una rubia mucho más joven que ella.

Senén, para disculparse, dijo en voz aún más baja:

Y se despidió con un gesto.

Aquello sorprendió mucho a la yanqui, y la chasqueó bastante. Creía que tenía ascendiente sobre el joven, pero se dio cuenta de que este se había estado entreteniendo con ella en su espera para su joven dama, aparentemente tan joven como él. ¿Adónde iba ella con un chaval al que doblaba la edad?

Pero había otros peces que pescar en aquella pecera andante que surcaba los mares…

En un crucero se hacen amistades muy profundas, pero efímeras: muy pocas sobreviven al propio crucero. Además de las que hemos reseñado, hubo muchas más que no son de relevancia para esta historia. Algunas las iremos conociendo, otras hacen bien en caer en el despeñadero del olvido.

5 Desencuentros. EnglishEsperanto

Celia y Wenceslao solían pasear por cubierta después de las comidas para digerir el atracón, como decía ella.

Ella miraba a lo lejos, en el mar, mientras su marido se sinceraba con ella. Ella pensaba que no había sido buena idea casarse tan joven. Quizá con otro hombre, más adelante, podría haber alcanzado la felicidad. Pero era triste venir del trabajo y encontrarse la casa vacía, sin nadie que le diera la bienvenida, excepto los escasos días al año en que su marido no tenía que salir de viaje. ¿Se iría solo? A veces le rondaba el fantasma de los celos por la cabeza, especialmente cuando tenía que hacer noche por ahí. Luego le decía vaguedades. Pero no podía hacer ninguna acusación concreta. No, no tenía secretaria, y si la tenía, nunca la había mencionado.

Pero no lo tuvieron. Ni esa noche, ni en las noches sucesivas en que lo buscaron. Después de hacer el amor tenían una charla, como siempre. Ella solía hacer recriminaciones, ignorando deliberadamente que en un conflicto siempre hay dos partes a las que culpar. Aquel duraba ya demasiado. Y ella se sentía víctima de su educación religiosa, que no contemplaba el divorcio… Si bien también opinaba que el matrimonio no era lo que le habían vendido desde siempre, y que para estar con otro zoquete como su marido, prefería quedarse con este, pues al fin y al cabo ya lo conocía.

El pobre Wenceslao se encogió de hombros. Ya llevaban así meses. Esperaba que durante el crucero, una actividad única que no todo el mundo se podía permitir, darle la vuelta al mundo en 180 días, ella pudiera reflexionar y caer en que el matrimonio no es un invento para hacerse la vida imposible, sino para perfeccionar el amor. Él ya no estaba tan enamorado de su esposa como al principio, pero la seguía queriendo. Excepto en momentos como estos, claro, en que su egoísmo se superponía a cualquier otra consideración. A ella no le apetecía, pero no se preguntaba que qué le apetecía a él, qué necesitaba él. Qué deseaba él. No, él no le impondría su deseo a ella. Pero por esa regla de tres, él tampoco comprendía por qué ella le imponía el suyo a él, y además sistemáticamente.

Sin embargo había quien lo tenía aún menos claro que ellos. Eusebio, por ejemplo, rondaba a Dinah sin descanso. Y ella coqueteaba con él, y charlaban en sus paseos por cubierta. Pero en cuanto aparecía Andrés, a ella se le iluminaba la cara, y el pobre Eusebio se hacía a un lado, pues comprendía que él sólo servía para amenizar los ratos en que el joven gaditano no estaba. Se prometía a sí mismo no volver a hacerlo, pero en realidad las demás mujeres del barco le evitaban aún más. ¿El problema sería él? Doctor en Cibernética, en realidad tenía poca conversación, aparte de sí mismo. Sí, ciertamente hablaba mucho de sí mismo. ¿Y qué sabía él de Dinah? Lo que esta le había contado a otros en su presencia. No, decididamente él no sabía tratar a las mujeres. Se veía soltero y sin compromiso per sécula seculórum… Un día creyó que su suerte había cambiado cuando conoció a Úrsula, una joven sueca muy agradable…, hasta que conoció a su marido, Hugh, un sujeto de casi dos metros de altura y cuadrado como un armario.

Lo que sí que se le daban bien eran el tenis de mesa y los jovencitos de ambos sexos que solían jugar en la cubierta C. Eusebio se proclamó campeón absoluto. Una inglesa, Rachel, quedó en segundo lugar, y solían jugar desde entonces todos los días. El problema es que la tal Rachel tenía 12 años. Los niños se le acercaban, y le contaban todo. La madre de René, un francés de ocho años, era viuda, pero cuando la conoció la encontró fea y desgarbada. No tengo remedio, se dijo, cuando aparece alguna posible, no dejo de encontrarle defectos. Pero es que Heléne además de fea, era un tanto desagradable, una persona de esas que le tiene miedo a todo, y que no se hace a sufrir, cuando le toca. Cuando la conoció le cayó un alud de palabras desde su boca poco diestra en el idioma español, sin que por eso se cortase a la hora de hablar. Él procuraba no darle mucha opción, y callaba, esperando que se fuera de una vez. Sí, también quedaba Sofía, junto a la cual se había procurado sentar más de una vez a la hora de la comida, pero la pobre era imbécil además de joven y guapa. Dios, ¿dónde estaba esa mujer que dicen que todos tenemos que encontrar y quedárnosla para siempre?

La verdad es que la pobre Sofía no era idiota, sino que tenía muy poca mano izquierda. A ella le gustaba Eusebio, en realidad. Pero no acertaba a expresarlo, ni directa ni indirectamente. Eusebio era Doctor en Cibernética, y trabajaba en una central nuclear. Estaba a cargo de los robots que realizaban trabajos en zonas que eran peligrosas para los seres humanos. De hecho él había diseñado robots que reparaban y recogían a los robots que realizaban el mantenimiento en zonas peligrosas. Pero eso no era el tema que más hacía disfrutar de la conversación a las chicas de su generación, ni de ninguna otra, en realidad.

Sofía era una empleada de banco. A los pocos años de entrar a trabajar había subido al puesto de directora de una sucursal, y luego la habían considerado para el de Supervisora Regional. El banco estaba tan satisfecho de sus servicios que le había regalado el crucero alrededor del mundo. Había tomado café con Eusebio en varias ocasiones, pero los silencios entre ellos habían sido frecuentes, largos y pesados.

—No. No es barato, pero me lo puedo permitir.

Ella pensó que lo correcto hubiera sido que él la fuera a buscar, pero no se atrevió a pedírselo, para que no pensara que era una fresca. Él también pensó que eso sería lo correcto, pero no se atrevió a proponerlo, por si acaso ella se negaba, o para que no pensase que era un fresco que se quería aprovechar.

Y era una pena, pues Sofía era una rubia alta, de 1’80, bien formada, con largas piernas, muy bonitas, como había comprobado un día en que la vio de lejos en la piscina. Por el color de su piel dedujo que ella solía ir a la playa, o al menos se bronceaba en casa. Se cuidaba mucho, tanto en su salud como en su aspecto, aunque si usaba maquillaje no se notaba mucho. A veces se pintaba un poco los ojos y se echaba algo de colorete en las mejillas, pero muy tenue, aparte de pintarse las uñas. Siempre que podía, iba con zapatos de esos que permiten verse la uñas de los pies, perfectamente pintadas. Su cabellera rubia, hasta los hombros, y sus mejillas tostadas eran un marco muy adecuado que realzaba sus ojos de color miel clara.

6 La catástrofe. EnglishEsperanto

Ya llevaban varias semanas de singladura, cuando el sonar detectó un bajo, es decir, una roca muy cerca de la superficie, a apenas diez metros. Eso no era frecuente, pero en el vasto océano a veces puede aparecer un volcán en su lecho, que poco a poco va elevando el fondo a medida que se va enfriando, sin más testigo que una columna de vapor que parece salida del propio mar, y que debido a la inmensa vastedad de las aguas queda sin anotar ni siquiera por el enjambre de satélites que ya van poblando el espacio circundante La Tierra. Allí, pues, entre Hawaii y Nueva Zelanda, la quilla de nuestro orgulloso navío crucero encontró una elevación marina bastante dura de roer, que debido a la enorme inercia del barco le hizo un desgarrón a lo largo de toda su longitud.

El rucero se hunde Arriba, el pasaje y la marinería estaban dedicados a sus quehaceres, los unos a pasárselo bien en sus salas de baile, de juego, de proyección cinematográfica, o simplemente jugando al ajedrez, los primeros; y los segundos a atender al pasaje y diversas labores de mantenimiento. Sólo los que estaban en esos momentos en la cubierta inferior notaron un estremecimiento y oyeron, algunos, un chirriar bastante feo. Y poco a poco notaron que el agua subía por dentro del barco. Corrieron a la cubierta inmediatamente superior y la cerraron de modo estanco, pero la presión del agua fue reventando los cierres, y el agua fue escalando los diecisiete pisos o cubiertas, uno por uno, y pronto el capitán supo que la suerte estaba echada.

Y ordenó abandonar el buque.

Paseaban Eusebio y Sofía por cubierta, justo al lado de un bote salvavidas cuando la bocina del barco, así como varias sirenas, iniciaron su concierto estridente, avisando con su ruido estremecedor de que había que abandonar el barco. Acababan de cenar y contemplaban, silenciosos, el atardecer cuando se vieron asaltados por el infernal ruido y los gritos subsiguientes.

En ese momento llegaron dos marineros, que descubrieron el bote y los instaron a subir, así como a otros 30 pasajeros que se congregaron allí en un instante. Inmediatamente los tripulantes procedieron a arriar (o sea, bajar) el bote por la borda mediante un mecanismo automático. Al llegar al agua, soltaron los cabos de sujeción (o sea, las cuerdas que ataban el bote al barco), y situándose uno de los marineros al timón, el otro distribuyó los remos y les recordó sucintamente cómo tenían que usarlos, según les habían explicado en los ejercicios de abandono del buque hacía tan solo unos días. Así consiguieron alejarse rápidamente de El Espíritu del Océano, cuya escora ( o sea, inclinación hacia un lado) ya empezaba a hacerse evidente, que por un efecto óptico extraño parecía amenazar con caérseles encima.

De forma ordenada todo el pasaje y la tripulación se dirigieron a los botes salvavidas, a la par que se enviaba solicitud de ayuda por todos los medios de comunicación posibles. Desde Hawaii y Nueva Zelanda se enviaron sendas escuadrillas de aviones anfibios y embarcaciones rápidas para proceder al rescate de los náufragos, llegando los primeros en cuestión de horas, mientras que las embarcaciones necesitaron días.

Pero no todos recibirían el ansiado rescate.

Senén estaba charlando con una muchacha más joven que él, que acaba de conocer, nuestra amiga Elsa. Viajaba con sus padres, que estaban en aquel momento en otro lugar. Estaban tomando un café en una de las cafeterías de la cubierta superior, cuando oyeron los toques de la bocina del barco. Hacía unos días que habían hecho el último simulacro de abandono del barco, por los que no les tocaba otro tan pronto. Salió de la cafetería, seguido de su nueva amiga, y vio gente que corría con el salvavidas puesto o poniéndoselo.

Elsa y él se miraron, con miedo.

Se dirigieron a la zona de los botes salvavidas, y vieron que algunos ya se descolgaban hacia el mar, otros estaban llenos y había gente que discutía para subirse, a pesar de que ya no cabían más, pues el máximo por bote era de 32 personas. Ellos dos se quedaron allí, plantados, con la espalda pegada a la mampara, o pared, mientras veían a la gente que corría, algunos sin control, pero tal cual habían visto en los simulacros. La idea de que esta vez sí era de verdad los mantenía clavados al suelo, allí, viendo a todos pasar y desaparecer.

Finalmente reaccionó Senén cuando oyó que alguien gritaba su nombre:

Se trataba de Celia, la joven esposa de Wenceslao, la mujer más decidida que había conocido, si bien superficialmente y solo a la hora de la comida. Dirigió la mirada hacia la voz, y la vio a bordo de un bote medio vacío.

Finalmente reaccionó. Tomó la mano de Elsa en la suya, y la arrastró tras de sí hacia donde estaba Celia. El bote había empezado a descender, por lo que ellos dos tuvieron que dar un salto e introducirse en la embarcación al lado de Celia y su marido. Este les tendió un chaleco salvavidas a cada uno.

Poco a poco el bote fue bajando hasta legar a la superficie del mar. Dos hombres llegaron tarde, cuando el bote ya estaba a mitad de camino hacia el mar, Ramiro y Alfonso, conocidos de Senén. Ni cortos ni perezosos, se agarraron a los cabos del bote que bajaba, y se fueron descolgando por el mismo, para subirse al mismo y escapar del naufragio. Ramiro se soltó, sin duda porque le quemaba la fricción del cabo, y cayó desde una altura de 30 metros. No volvió a salir a la superficie. Alfonso tuvo más suerte y aguantó hasta que estaba a sólo cinco metros del bote. Cayó al mar. El agua estaba muy fría, por lo que le alargaron un remo para que subiera a bordo. Lo ayudaron, y tuvo que desnudarse y usar una manta para recoger algo de calor, pero al caer se había golpeado con algo, quizá un chaleco salvavidas o cualquier otro objeto duro, y se había hecho una herida, de la que falleció horas después. ¿Qué hacer con el pobre Alfonso? Un cadáver en un lugar tan pequeño como aquel sólo podría suponer problemas y enfermedades, por lo que hicieron lo que se hace en estos casos: tras unas oraciones por el eterno descanso de su alma, lo dejaron caer al mar sin mayor ceremonia.

Senén se incorporó a los que remaban con todas sus fuerzas para alejarse del barco. Eran siete hombres y seis mujeres, contando a Elsa. Ellas también hicieron su parte con los remos. No obstante, los otros botes tenían su tripulación completa, y se alejaban cada vez más de ellos.

Poco a poco se alejaron del barco, hasta que perdieron de vista sus luces. No obstante, les dio la impresión de que no se hundía, sino que las luces, que habían visto oblicuas parecían que iban recuperando la horizontalidad. ¿Efecto óptico?

El bote en que viajaban Eusebio y Sofía había sido el primero en hacerse a la mar, y por lo tanto se pudieron hacer una idea antes que nadie de la magnitud de la desgracia. Todos callaban, observando, y el miedo se apoderó de ellos.

Aún se veían las luces del crucero a lo lejos cuando dejaron de remar, extenuados. Fue una imprudencia: otros dos botes cargados de gente asustada como ellos no habían dejado de remar, y los embistieron en la obscuridad. Aunque el choque en sí no fue muy fuerte, les hizo volcar, y pronto se vieron todos en el mar. Eusebio había salido despedido por el propio choque, y si no hubiera sido por el chaleco salvavidas, se habría ahogado. Sofía nunca se había visto en una situación tan peligrosa. Lo buscó con la mirada, pero era difícil encontrarlo, porque era una noche obscura, sin luna. Precisamente esa falta de visibilidad era la que había propiciado el accidente, pues aunque cada bote llevaba sus luces reglamentarias, habían dejado de funcionar por alguna razón desconocida. Pronto Sofía se vio en el agua, a medida que el bote se daba la vuelta, obligado por el caudal de agua que entraba por la brecha en su lado, precisamente. Nadó hacia afuera para no quedar capturada debajo del bote, que al terminar de dar la media vuelta, quedó a flote por la capa de aire que había quedado atrapada debajo. Otros no tuvieron tanta suerte, y aunque no les faltaba aire para respirar, no acertaron a salir de allí nadando, pues el chaleco salvavidas no les permitía sumergirse, y el pánico no les dejaba razonar lo suficiente para quitárselo. De repente Sofía notó una mano en su hombro, que la hizo darse la vuelta y encararse a una voz conocida:

Agarrándose a unas cuerdas que llevaba por los lados, consiguió subirse a la quilla del bote, y desde allí le tendió la mano a Sofía, y los dos se vieron pronto con una pierna a cada lado, como si estuvieran montando a caballo. Ella se tuvo que remangar la falda para conseguirlo. Al verlos, otros les imitaron.

De pronto oyeron golpes frenéticos que procedían del interior del bote, sin duda eran los que habían quedado atrapados en el interior. Pero no podían hacer nada por ellos, desgraciadamente. Y de pronto los golpes dejaron de oírse tan misteriosamente como habían comenzado.

Pasaron toda la noche cabalgando aquellas olas de varios metros de altura a caballo del bote salvavidas volcado, sin poder pegar ojo, pues podrían resbalarse y caerse de su improvisada montura, y ahogarse.

Más tarde vieron las luces de posición de otros botes que pasaron junto a ellos, a escasos metros de distancia. Les pidieron ayuda, pero los marineros les dijeron, sin detenerse que iban llenos y los abandonaron a su suerte.

Aquella noche fue muy dura. Cuando llegó el amanecer comprendieron lo que había pasado con aquellos golpes: alrededor del bote veían diez o doce aletas de tiburón dando vueltas lentamente. Los 22 desventurados que faltaban, tanto dentro del bote como cerca del mismo, habían sido pasto de aquellos depredadores, que seguían haciendo círculos alrededor del bote por si acaso les caía algo más.

Pero los tiburones no eran los únicos problemas que tenían aquellos pobres náufragos. Pronto el Sol subió y les envió sus rayos, cálidos al principio, y agobiantes más tarde. Había agua potable y víveres en el bote, pero para acceder a ellos tendrían que saltar al agua y meterse en el interior del bote, y entonces los tiburones darían cuenta de quien se atreviese a cometer semejante disparate. Aquellos tiburones no estaban dispuestos a renunciar a su presa. A lo largo del día varios de aquellos desgraciados se fueron quedando dormidos, y resbalaron por el casco hacia el mar, siendo víctima de aquellos carniceros casi sin despertarse. Eusebio tenía asida a Sofía con una mano, además de con un nudo que unía la camisa de ella con la de él por medio de la falda que se había quitado tras subirse a la quilla. La otra mano se la había atado a una protuberancia de la quilla, de modo que aunque ambos se durmieran o perdiesen el conocimiento, no caerían.

Al caer la tarde oyeron el sonido de un motor. Un avión de reconocimiento se acercó a ellos. Dio una pasada a pocos metros de altura y comprobó que quedaban cuatro personas sobre la quilla de aquel bote volcado. Eusebio se había quedado dormido, pero despertado por el motor, miró a su alrededor y vio que Sofía no estaba: se había deshecho el nudo de la falda, y de ella quedaba sólo esa prenda. Sintió ganas de llorar. De pronto oyó el sonido de disparos. La aeronave era un hidroavión, y se posó cerca de ellos. Los tiburones no estaban. El aparato se acercó a ellos, y cuando estaban a unos metros del bote, dos hombres se tiraron al mar y los rescataron. Cuando metieron a Eusebio en el avión, chocó con un bulto blando. Lo tocó con la mano, y oyó un gemido. Miró con más atención y respiró aliviado: era Sofía. Su preciosa tez tostada estaba ennegrecida y pelada en algunas partes. Su pelo estaba sucio y feo, pero saldría de esta. Se había soltado del nudo con el vaivén de las olas, pero por suerte en ese momento había llegado el avión y los buitres del mar se habían ido, asustados.

Mi esposa, sonrió Eusebio. Sí, me gusta como suena. A otros los unen hasta que la muerte los separe. Parece que la muerte nos ha unido a nosotros dos. A ver qué le parece a ella cuando despierte…

Según les explicaron después, hubo alguna colisión más además de la suya. En la confusión del abandono del barco, no acertaron a encender las luces de posición de todos los botes, en otros casos, como el suyo, no funcionaron; hubo gente que se tiró del barco, poseída por el terror. Los que cayeron de pie sufrieron un shock térmico, y murieron de golpe, o ahogados después, o de frío. Los que cayeron de cabeza perdieron el conocimiento, y los demás se rompieron como si fueran de cristal. Otros se cayeron de los botes, y cuando intentaron volver a subir no siempre se lo permitieron los que estaban dentro. El miedo es el peor enemigo en el mar.

En Hawaii los tuvieron en un hospital más de una semana. Los tomaron por matrimonio, y los pusieron en la misma habitación. Así pudieron ponerse al día, y Eusebio le contó a Sofía su teoría sobre lo de que desde que la muerte los unió, convenciéndola de que se casaran, convirtiéndose en lo que todos pensaban de ellos, que eran un matrimonio que había pasado por una experiencia muy traumática.

Sí, de las 4600 personas que viajaban en aquel barco se habían salvado casi todas, 4400. En eso había jugado un papel muy importante la pronta respuesta de las autoridades de Hawaii y de Nueva Zelanda, a pesar de estar tan lejos.

7 Los olvidados. EnglishEsperanto

Pero no todo iba a ser tan fácil. Recordemos que Andrés era un joven gaditano que acababa de terminar su carrera de ingeniería, y cuyos padres le habían regalado el crucero alrededor del mundo para celebrar su fin de estudios. Bastante enclenque, y curioso por naturaleza, al sonar la bocina de alarma del barco estaba tumbado en una hamaca de cubierta leyendo un libro. Se había puesto en pie para preguntar que qué ocurría a uno de los que venían de estampida hacia donde él estaba, pero con tan mala fortuna que la única respuesta fue un empujón que le hizo caer al suelo, y ser pisoteado por la muchedumbre que huía de un peligro que desconocían pero que oían fuerte y claro. El pobre Andrés perdió el conocimiento al golpearse con la hamaca de madera en que había estado sentado, pero las demás heridas que sufrió fueron superficiales. Tardó horas en volver en sí, desgraciadamente.


Balsa salvavidas Pero Andrés no era el único que dormía a bordo. En su camarote reposaba profundamente una mujer joven que pensaba el día anterior que tenía problemas. Se había tomado un somnífero, y ni un cañón la habría despertado aunque hubiese disparado junto a ella. Hacía diez horas que se lo había tomado, y aún dormía. Pero algo la despertó. Algo no estaba bien. Abrió los ojos, y vio las revistas que había dejado sobre la mesa en el suelo. Pero estaban apiladas de modo desordenado contra la pared, como si el camarote estuviese inclinado. ¿Cómo era eso posible? Ah, sí, ella estaba en un barco, y los barcos se mueven hacia los lados, incluso hacia adelante y hacia atrás. Pero no este barco. El Espíritu del Océano no era un barco cualquiera. Era un crucero de alta gama, con sus 17 pisos o cubiertas, como los llaman los marinos, y sus doscientos noventa y cuatro metros de largo, o de eslora, por treinta y dos de manga, o sea de anchura. Ese barco no se debería inclinar. Y, por supuesto, si se inclinase, sería para los dos lados alternativamente. Su sexto sentido le decía eso. Abrió los ojos con pesadez, pues aún estaba bajo los efectos del somnífero. Pero hubo algo que la desconcertó: no se oía nada. Eso le hizo abrir los ojos de par en par y salir de un salto de la litera. Se frotó los oídos, pero oyó solo el ruido de su mano contra los tímpanos. Buscó algo que ponerse encima, pues dormía desnuda, como la mayor parte de la gente que conocía. Con las prisas, agarró un chándal y se lo puso, guardando en los bolsillos un par de bragas y un sujetador de esos pequeños, para ponérselos después, si lo necesitaba. Ahora lo urgente era enterarse de lo que pasaba.

Le costó trabajo llegar a la puerta, pues la inclinación superaba con mucho los treinta grados. Con trabajo la abrió, se asomó al pasillo: nadie, no había nadie.

Su camarote estaba cerca del bar de primera clase. Se asomó, apoyándose en la pared, y no vio a nadie. Vio restos de botellas y vasos tirados por el suelo. ¿Adónde se habían ido todos? Se asomó a un ventanal de la izquierda, y lo que vio la dejó sin respiración: vio a lo lejos un montón de botes salvavidas llenos de gente. ¿Se habían ido todos del barco dejándola sola? Así que aquel ruido infernal no había sido un sueño. Soñó que oía una bocina muy fuerte, como la de esos camiones que se saludan, pero largo y tendido. Y precisamente a ella se le había ocurrido drogarse con el somnífero para calmarse y dormir con tranquilidad. Su vida había sido un desastre hasta ese día. Era una niña rica, de esas que tienen mucho dinero porque se lo dan sus padres sin que ella dé un palo al agua, pero que carecen de todo lo demás. Había roto con su amante hacía apenas unas semanas, y para consolarse se había apuntado a un crucero alrededor del mundo. Habían salido de Lisboa, habían recalado en las Islas Azores, habían pasado por el norte del Sur de América, cruzado el canal de Panamá, y subido hasta San Francisco, para bajar luego a Hawaii, donde había disfrutado tanto de la belleza de las islas, y ahora estaban, o deberían estar, cerca de la de Papeete… Pero por lo que veía ya no iban a llegar allí.

Los botes se alejaban. De hecho ya estaban lejos del barco, quizá a quinientos metros, puede que más. Se abrió paso hasta la cubierta, y tropezó con una cosa de color naranja. La miró con sorpresa, y descubrió un objeto de caucho que se debía haber caído de algún sitio que ella no veía. Pero le daba la impresión de que era un bote de esos hinchables como los que había visto en las películas, con su techo de caucho del mismo color, una baliza para señalar la posición, y quizá llevase algunos alimentos incluso.


Cuando Andrés se pudo poner en pie finalmente, se vio solo en un barco que tenía una escora o inclinación de unos 60º aproximadamente, con respecto a la vertical, y por lo tanto se vio empujado por la gravedad contra la borda, o barandilla de la cubierta, viendo el mar con sobrecogedora proximidad.


La muchacha llevó el pequeño bote salvavidas de caucho hasta la borda, o flanco del barco, de abajo, o sea, del lado más cercano al mar, con relativa facilidad. Pero vio que el mar quedaba lejos, y temió que se rompiera el bote si lo dejaba caer desde allí. Por eso lo arrastró por toda la cubierta cuesta arriba, pues la inclinación del barco ya empezaba a ser considerable, hasta el otro flanco del barco, la otra borda. Allí subió el bote como pudo hasta el pasamanos, y lo dejó caer por el flanco del barco. Por suerte no había ningún otro piso o cubierta abierto, pues las cubiertas de paseo estaban arriba, y en la que ella se encontraba era la más baja. Las demás estaban ocupadas por los camarotes y algún salón de recreo, pero sin apertura al exterior. Por eso el bote bajó rodando, como una canica por un pupitre. Ella se dejó caer, sentada, detrás del bote. Cuando llegó al mar, el exceso de calor provocado por la fricción de su ropa deportiva contra el casco del barco la protegió un poco del frío del agua del océano.

Una vez en el agua, localizó las botellitas de aire comprimido que llevan esos artilugios, y observó, aliviada, que se inflaba. Tenía también un par de remos, y se puso a remar frenéticamente. ¿Lograría alejarse del barco a tiempo?



En la cubierta inmediatamente inferior a la suya Andrés había visto a la joven lanzar al mar una especie de bote salvavidas de goma, de color naranja.


Desgraciadamente, cuando llegó al lugar en que había visto a aquella mujer, ya no estaba. La vio alejarse del barco remando. Le chilló, pero ella no le oyó, mientras él veía, impotente, cómo ella se alejaba del barco poco a poco. Él no sabía nadar, y por eso le dio miedo rodar por el flanco del barco como suponía que había hecho ella. Corrió a la cubierta inferior, pero cuando llego a donde ella había estado, vio cómo se alejaba ella remando y sin prestar atención a nada que no fuese alejarse del barco.

Andrés buscó con la mirada algo que flotase para amarrarse y no hundirse con el barco, pero no encontró nada. Las hamacas no le servían, aunque quizá se podría hacer una balsa con varias de ellas, si el barco tardaba lo suficiente en hundirse.

La perspectiva no era muy halagüeña: en una balsa mal hecha, sin medicamentos ni comida, ni agua…, ¿cuánto tiempo iba a poder durar en aquel mar, tan alejado de la civilización? En cuanto saliera el sol, al cabo de algunas horas, se deshidrataría, y tendría una muerte miserable. No, mejor quedarse en el barco. Hundirse con su navío, como si él fuera el capitán…

Pero el barco no se hundió. Se inclinó aún un poco más, luego hundió el morro o proa en el mar, a la vez que perdía inclinación lateral, y comenzó a deslizarse hacia abajo. Andrés se agarró como pudo a la borda, y cuando ya creía que había llegado su última hora, el barco chocó contra algo, perdiendo él su agarre y cayendo por la cubierta, rodando como si fuera un lápiz por un pupitre, hasta que fue a chocar con un grupo de salvavidas que amortiguaron algo su caída. Casi sin conocimiento, notó que la presión de su peso contra los salvavidas disminuía poco a poco, hasta que ya se pudo poner de pie. Lo que vio al mirar por la borda no lo comprendió al principio: ¡el barco se estaba poniendo horizontal otra vez! Andrés no lo podía saber, pero supuso lo que después se demostraría correcto: el barco había chocado contra un bajo marino y había perdido parte de la quilla, pero al embarcar la suficiente agua, había descendido hasta apoyarse en el fondo, de modo que al seguir embarcando más agua, esta se había ido distribuyendo uniformemente por el interior del barco, poniéndolo horizontal sobre el fondo de lo que luego se descubriría que era un volcán marino cuya cima era tan ancha que podía contener dos barcos como aquel.

Mientras, la muchacha seguía remando para alejarse del monstruo metálico que estaba siendo engullido por las aguas. Intentaba alcanzar a alguno de los botes salvavidas que le precedían, pero no podía, porque dos remos nunca igualarían a los 20 ó más de aquellos botes, que también se daban toda la prisa que podían. Remó y remó hasta que, agotada por el esfuerzo, se dejó ir hacia atrás dentro del bote y quedó profundamente dormida, a pesar del peligro que creía que corría. Era como si le diera igual todo ya, pues su cansancio le privaba de la visión, de la consciencia, e incluso de la vida.

Andrés pasó varias horas de auténtica angustia con un chaleco salvavidas puesto, hasta que se dijo que si se tenía que morir, que por lo menos fuera con la barriga llena, y se dirigió a uno de los comedores de pago que había en aquel crucero, el comedor Cristóbal Colón. Los platos preparados estaban un poco desordenados por la inclinación reciente del barco, pero se las ingenió para regalarse una lasaña y un generoso filete de ternera con patatas bravas, y de postre tarta de la abuela, café y un puro, a pesar de los carteles de Prohibido fumar. Luego fue a darse un paseo, quizá el último, por la cubierta. Allí, de nuevo tumbado en su hamaca, vio las rayas rojizas y amarillas del amanecer.

Había estado meditando toda la noche. ¿Por qué no se había hundido el barco? ¿Por qué se había inclinado primero hacia babor, o sea la izquierda según se miraba hacia la punta o proa, y luego se había enderezado un poco mientras se inclinaba hacia abajo por la punta hasta que se dio un golpe y luego se quedaba totalmente horizontal? ¿Qué dios marino se había apiadado de él? Pero, hombre de ciencia al fin y al cabo, pensó que era muy posible que el barco aquel tan alto, pues le calculaba un total de 60 metros, había descendido adentrándose en el mar hasta que a la mitad de su altura se había posado en el fondo del mar, o en una roca o promontorio que se elevase mucho sobre el mismo. En el segundo caso aún no estaba fuera de peligro, pues las olas o la corriente marina podría quitar al navío de su apoyo temporal y hacer que se cayera aún más, tragándoselo el mar y a él con el barco… Ya estaba mucho más tranquilo, tras meditar largamente sobre lo sucedido. ¿Sería mentira? Había calma absoluta, sin ningún ruido. No oía ni siquiera el rumor de los motores del barco. Todo era silencio. Se asomó a la borda, no vio ninguno de los botes en que se habían alejado el pasaje y la marinería. ¿Cómo era posible que lo hubieran dejado allí? Se sentía solo, miserable, abandonado, triste, pero de momento seguía vivo. Y eso era bastante, de momento.

Cuando la chica despertó sí que oía cosas: el chapoteo del mar contra su frágil embarcación, pero ya no se veía el barco. Al parecer una corriente marina la había alejado de él, o quizá el crucero se habría hundido finalmente, pero el remolino ocasionado no le había llegado con la suficiente fuerza como para llevarse su lancha neumática salvavidas con él. Buscó en una especie de cajón que tenía el bote, y efectivamente encontró algo de agua y algunos comestibles, pero no mucho. Quizá le diera para unos días. Si no encontraba un lugar con comestibles, moriría pronto.

Sin saber qué hacer, se puso a llorar amargamente. No tenía ni radio, ni teléfono, ni modo de comunicarse con nadie. Quizá no tuviese cobertura allí, en mitad del océano, pero quizá sí. No lo sabía. ¿Por qué no había cogido su teléfono móvil? Ella, una niña rica que se permitía todos los caprichos, se había dejado su iPhone de última generación en el cajón de la mesita de noche, junto a su cama. ¿Qué iba a ser de ella? Los de los botes aún podrían morir en compañía, pero ella iba a morir sola como un perro…

Andrés vio en ese momento una escalera, y junto a ella un cartel de prohibido el paso excepto al personal de a bordo. Y ni corto ni perezoso, subió. Le estorbaba el chaleco salvavidas, así que se lo quitó y lo dejó colgado de la barandilla de aquella escalera. Al llegar a la cubierta superior se encontró con la puerta del puesto de mando, el puente, o como se llamara, abierta. Allí no había nadie. Era una estancia amplia llena de aparatos electrónicos con muchas lucecitas que él no entendía. También había una rueda de timón, que suponía más de decoración que de otra cosa, pues los modernos buques usan botones y ruedecitas que activan servos para la dirección y otras maniobras. Pero sí sabía cómo funcionaba algo que lucía en aquel mar de aparatos: la radio. La identificó porque tenía un micrófono con un cable colgando, que estaba enchufado por el otro extremo al aparato. El micro tenía un botón.

Tomó el micrófono y lo pulsó.

Soltó el pulsador del micrófono, pero no oyó nada. Giró el botón del volumen de la radio, y siguió insistiendo. Entonces vio un pequeño botón en el panel de la radio que iba rotulado como «Inet mode». Dedujo que aquello sería para usar internet en lugar de la onda corta. Recordaba que sí que había internet a bordo, seguramente vía satélite. Lo pulsó, y volvió a repetir su alocución.

Al poco tiempo oyó una voz malhumorada.

Hubo una pausa muy larga. Al final de la misma, oyó otra voz:

Le costó un poco localizar el dichoso botoncito en el bosque de mandos que había allí, pero al final lo encontró, junto a un teclado con muchas teclas. Lo pulsó y se iluminó una pantalla que había junto al teclado. En el centro de la pantalla se veía la silueta de un barco, y debajo dos números separados por una coma: 8.42, -163.711.

Mientras, la joven náufraga solitaria oteó el horizonte, y entonces la vio. Hacia su izquierda el horizonte presentaba una sombra. ¿Era la costa? ¿Una isla? Bueno, me arriesgaré, se dijo, y cambió la dirección, o sea el rumbo, hacia ese punto tan prometedor.

Ahora remó con mucha más calma, pues sabía que tenía que economizar sus esfuerzos para no perder el conocimiento otra vez y ser arrastrada por la marea en otra dirección menos atractiva. Tardó veinte horas en llegar, pero lo logró, y cuando le quedaban unos metros para llegar a la orilla de una playa de arena fina negra, con algunas piedras aquí y allá, se tiró al agua, y sintió el placer de notar tierra firme bajo los pies, aunque estuviera pasada por agua. Con mucha alegría y poco cuidado arrastró la pequeña balsa hacia tierra, y al hacerlo una roca puntiaguda rasgó la parte inferior de su pequeño vehículo, pero tanta era su alegría, que no lo notó hasta que la puso en tierra firme, y comprobó que aún tenía agua dentro.

Pero tal era su alegría que no le dio la menor importancia. Al fin y al cabo ya estaba a salvo de la mar, ya no moriría ahogada, ni por insolación, ni de sed, ni comida por los tiburones… Aunque era cierto que no había visto ninguna aleta por allí, desde que el barco se hundió.

Exploró los alrededores, y pronto se dio cuenta de una cosa terrible: aquella playa no tenía salida. En la parte opuesta al mar, a treinta metros de la orilla, la pared estaba tan inclinada que habría necesitado un equipo de alpinismo para subirla, pues tenía una inclinación de unos 80º, y las otras tres la tenían parecida, o sea, a la derecha y a la izquierda de esa pared, había otras dos en perpendicular, casi, a ella, lo cual significaba que tendría que nadar para ir a las partes lejanas de la isla, que se veían desde allí porque la playa hacía un entrante en la tierra, y en ellas veía árboles, posiblemente frutales alguno de ellos, y también podría haber animales pequeños que podría cazar para comer.

8 El rescate. EnglishEsperanto

Andrés no se apartó de la radio durante un buen rato, hasta que descubrió que podía poner uno de los micrófonos con que el capitán se dirigía a todo el barco cerca del altavoz de la radio, y conectando ambos sistemas, ya podría estar en cualquier lugar del barco, y oír cualquier comunicación del capitán Torres o cualquier otra persona que llamase por aquel canal. Y eso le posibilitaba hacer lo que tendría que haber hecho desde el principio: una exploración por el barco para ver si había alguien más a bordo. Era poco probable que lo hubiera, porque de haber sido así, habría dado señales de vida. Pero quería estar seguro.

Se trataba de un barco bastante grande, de más de 290 metros de largo, por 32 de ancho, con 17 cubiertas y más de mil camarotes, y que alojaba a unos tres mil pasajeros, además de sus 1200 tripulantes. Más de cuatro mil personas que habían desaparecido mientras él estaba tumbado, inconsciente por el ataque de aquella turba enloquecida que huía de la muerte y que no lo había matado a él porque Dios no había querido…

Aunque los motores estaban parados, había luz eléctrica en todo el barco. Pero por si acaso sacó de un armario una linterna potente, y tras comprobar que funcionaba, se la llevó consigo, y revisó todas las cubiertas, una a una. Fue concienzudo. Primero llegó a otro de los comedores, uno que no conocía, y volvió a comer algo, y se tomó un café. Cuando iba a salir del mismo vio una acumulación de mesas en un lado del comedor, y una de ellas tenía una inclinación rara. Se acercó, y las separó, y entonces descubrió la razón: había una señora debajo. Apartó todas las mesas, y se acercó a ella. Le tomó el pulso: estaba muerta. Por lo visto se había dado un golpe fatal, o bien murió asfixiada, o puede que aplastada. No entendía mucho de esas cosas, pero dedujo que llevaba varias horas muerta. ¿Qué podía hacer? Recordó que en las muertes en el mar se tiraban los cadáveres por la borda. Por suerte no pesaba mucho. La tomó en brazos y la llevó como pudo hasta la cubierta exterior. Allí musitó una oración, y la dejó caer al mar. Siguió con la vista el amerizaje, tras el cual el cadáver dio una última vuelta, quedándose boca arriba, como si lo estuviera mirando. Luego, lentamente, se hundió, y pronto ya no se veía nada. Pobrecita. ¿Cómo se llamaba? Volvió al comedor, y junto al lugar donde la había encontrado había un bolso. Lo abrió y miró lo que contenía: un teléfono móvil, un monedero, y el pasaporte. Allí decía que se trataba de Frances Hughminton, de San Francisco, California, Estados Unidos. Por suerte se trataba de una de esas personas mayores que no ponen contraseña al teléfono ni al PIN porque luego se les olvidaría. No había cobertura allí, en mitad del océano, pero sí había internet. Entró en Whatsapp y vio sus contactos. Vio que había muchas conversaciones con una tal Berta. Al no tener apellido, supuso que se trataba de alguien cercano. Una pariente, quizá, o amiga íntima. Se echó el teléfono al bolsillo, viendo que aún tenía suficiente carga. Recogiendo su linterna, continuó su búsqueda por las demás cubiertas del barco. En la cubierta 12 oyó el ladrido de un perro, muy tenue. Fue abriendo los distintos camarotes, y del quinto de ellos salió un perro de la raza collie, que se le tiró encima y le lamió la cara. A él no le habían gustado nunca los perros, pero comprendió la alegría del animal. Entró en el camarote, y vio a otra señora atada a su litera, también muerta, sin causa aparente. No, no era víctima del naufragio, pero las personas de edad a veces mueren porque sí en los lugares más insospechados. Se planteó qué hacer con ella, pero llegó a la conclusión de que se encontraría con más cadáveres, y él no podía dedicarse a tirarlos a todos por la borda. Mejor sería dejar bien cerrado el camarote, y dejar una señal en la puerta para no volver allí, pues ya empezaba a descomponerse. Sin duda había muerto al menos un día antes del accidente.

El perro había desaparecido. Se había lanzado como un loco por todo el pasillo, y no lo vio durante un buen rato. Él siguió abriendo los demás camarotes, sin encontrar a nadie, aunque sí muchos efectos personales. La gente, como es lógico, se había ido con lo puesto.

Al volver a la escalera se encontró con el perro otra vez. Estaba sentado en el suelo, como si lo estuviera esperando. Al verlo se puso a mover la cola y se dirigió hacia él, saludando como saludan los perros, con un ladrido alegre. Él se encogió de hombros, y pulsó el botón del ascensor. El perro entró con él, y se pararon en la siguiente cubierta, la 11. Confiaba en que el perro le diese alguna señal si olía algo raro en alguno de los camarotes. Tenía un collar con su nombre, por suerte: Spike. Pincho o punta, lo máximo… Nombre curioso para un perro.

Ahora lamentaba no haber tomado los papeles del perro, pero, bueno, tampoco era tan necesario.

Encontró otros tres cadáveres en el barco, uno varios días anterior al naufragio. Y los otros dos se habían caído, o los habían tirado, por la escalera. Uno de ellos estaba cerca del ascensor, por lo que le fue fácil llevarlo hasta la cubierta principal y tirarlo al mar. En la enfermería encontró una silla de ruedas, con la que pudo llevar con facilidad al ascensor los otros cadáveres, de uno en uno, y deshacerse de ellos. En realidad no era necesario, pero lo encontró como una manera de hacer algo, de sentirse útil, quizá en sus últimas horas de vida. En otro comedor, el Pinzones, encontró otros siete cadáveres. Se encogió de hombros, y se limitó a tomar nota mental. Quizá dentro de poco él estaría como ellos, y todos en el fondo del mar… Tenía la esperanza de encontrar a alguien vivo, quizá un niño, o un anciano, o alguien que no se pudo ir a tiempo, pero la realidad es que todos se habían dado prisa y se habían quitado de en medio a tiempo, excepto él, al que había pisoteado la chusma aterrorizada que escapaba sin rumbo fijo, aunque sí es cierto que iban a los botes salvavidas, pero con ello, reflexionó, sólo aplazarían su muerte en alta mar, sin protección, expuestos a los elementos y al confinamiento apretados en un lugar muy pequeño, sin víveres para muchos días… No, mejor estaba él allí, en el barco. Siguió su ruta, y cuando llegó a la cubierta décima, vio algo que no le gustó nada: el barco debía estar mucho más destrozado que creía, pues desde la escalera por la que bajaba vio que el mar había la cubierta inmediatamente inferior a donde él se encontraba, y sobre la superficie vio las aletas dorsales de dos tiburones. Por lo visto podían entrar y salir. A veces veía tres, al rato quedaba sólo uno, o puede que ninguno, y luego volvía a ver algo de actividad. Habían acudido sin duda atraídos por las luces del interior del barco. En caso de que quedase alguien allí o en las cubiertas inferiores, los tiburones se habrían dado un buen festín.

Con calma y bastante aprensión volvió a subir la escalera, seguido por el fiel perro, Spike. No se atrevió a utilizar más el ascensor, pues cayó en la cuenta de que si se averiaba, o fallaba el suministro eléctrico, nadie iba a sacarlo de allí. ¿Cómo había sido tan tonto? No debería haberlo usado ni una sola vez, y dejar que aquellos cuerpos se pudrieran dentro del barco. Al fin y al cabo, ¿a él qué más le iba o le venía? Él no era más que un ingeniero recién titulado de viaje de crucero por el mundo, no un tripulante del barco, ni un voluntario de Protección Civil. Y de repente recordó que tenía una comunicación pendiente. Diablos, ¿cuánto tiempo había pasado? Horas, sin duda. Siguió subiendo hasta llegar al puente de mando. Llegó extenuado. Pero no parecía que le hubiesen llamado. ¿O sí le habían llamado? Se dio cuenta entonces que el micrófono que había dejado allí necesitaba que alguien pulsase el botón que tenía para que funcionase. Vaya un ingeniero que estaba hecho… Tomó el micrófono de la radio, y volvió a llamar:

Tras unos minutos eternos, se oyó una voz que chapurreaba el español como podía.

Horas más tarde oyó el motor de un avión que se había ido acercando poco a poco. Andrés salió y saludó. El avión devolvió el saludo moviendo las alas, que es la forma en que usualmente los aviones saludan. Aquel avión tenía una particularidad, y es que era hidroavión. Se posó en el mar cerca del barco, y Andrés fue invitado a bajarse del mismo por señas, para que lo recogieran desde el mar.

Je, bajarse. ¿Cómo se baja uno de un barco de 17 pisos? Eran unos 50 metros de altura. Si se tiraban él y el perro acabarían reventados. Pero bueno, al fin y al cabo él ya era ingeniero, y se las tenía que ingeniar para no perder la ocasión de irse de allí antes de que el barco se acabara desplomando al fondo del mar. Subió a la cubierta superior, donde habían estado los botes, y allí vio los cabos o cuerdas a los que habían estado amarrados, y que habían servido para descolgarlos. Junto a ellos vio una serie de botones, y fue probando, hasta que vio que los cabos de uno de los botes comenzaba a moverse. Pulsó el botón de nuevo cuando el extremo inferior estaba frente a él. Se puso un salvavidas, y le ajustó como pudo otro al perro. Luego unió ambos por una cuerda pequeña, y se amarró él al extremo del cabo. Luego pulsó otro botón del mando que accionaba el motor de bajada de los botes, y fue bajando poco a poco, con el perro a cuestas, hasta el mar. Al llegar a la superficie, mucho más fría de lo que él pensaba, se desató, mientras el hidroavión, un enano comparado al barco, se fue acercando lentamente a él. Dos hombres los ayudaron a subir al aparato, que giró y despegó rumbo a la civilización.

Por desgracia ninguno de los cinco que viajaban en aquel avión hablaba español, ni siquiera a nivel del chapurreo. Sin duda habían tardado tanto en entrar en contacto con él porque habían estado buscando un traductor… Sí, al final se había tenido que mojar, pero finalmente podía contar lo de aquel triste naufragio. Unas vacaciones verdaderamente pasadas por agua.

Durante el camino a Hawai recordó el teléfono de la señora que había tirado al mar, Frances Hugminton. Sacó el móvil y escribió a Berta un lacónico comunicado por Whatsapp: Sad news: Frances is dead (Noticias tristes: Frances ha muerto).

Berta respondió cuando él ya estaba en tierra. Poco le pudo aclarar, excepto que la pobre había sufrido poco. Berta era su hija.

En Pearl Harbour Andrés fue llevado a un campamento en que estaban casi todos los tripulantes y pasajeros de aquel crucero. Poco a poco fueron repatriados, llegando él sin más percance a Cádiz, la Tasita de Plata varios días después. Al final no había sido como lo había planeado eso de dar la vuelta al mundo, pues desde las antípodas lo habían llevado hasta Nueva Delhí, India, luego hasta Londres, y de allí hasta Madrid, y luego en AVE hasta Sevilla, y Cádiz.

9 La náufraga. EnglishEsperanto

Mientras Andrés viajaba hacia la civilización por el aire, la muchacha que lo pudo haber salvado se introducía de nuevo en su balsa de goma, pero se dio cuenta de que estaba rajada, y no podría llegar con ella a ningún sitio, pues se hundiría. Por suerte no había pasado mucho tiempo en la isla todavía, y pudo poner a salvo lo que le quedaba de alimentos y el kit de urgencia médica de que estaba dotada. Pensó en usar una bengala, pero ¿quién iba a ir a rescatarla? No se veía ningún avión. En aquella parte del mundo, el Pacífico Sur, no había muchos vuelos, o al menos ella no había visto ninguno. Y barcos…, quizá hubiese algún crucero que pasara por allí, pero la marea la podía haber sacado de la ruta que seguían, y en el mar es difícil ver una isla tan pequeña como aquella. Bueno, suponía que era pequeña, aunque allí a lo lejos veía verde, y por lo tanto comida. Aún le duraban las provisiones, pensadas quizá para varias personas, pero le calculaba que en cuestión de días se le agotarían, y no veía peces por aquella playa, y aunque los hubiera, no tenía modo de capturarlos, pues no era posible que se dejaran coger a mano. Tampoco tenía materiales para hacer fuego, pues aunque sí lo podría iniciar con una bengala, no tenía combustible para mantenerlo.

Una vez puesto en seco todo lo que podía aprovechar de la balsa, comestibles y medicinas, se sentó en el suelo, y se echó a llorar, desconsolada. Toda su vida había tenido de todo, le bastaba hablar con su administrador, y se le proporcionaba el menor de sus deseos. Estaba sola en el mundo, pero con varios millones de dólares en su cuenta bancaria, y quizá por ello nunca le había faltado compañía. Tenía amigos de verdad, y también mercenarios, que buscaban su interés. Los había sabido torear siempre, no había situación de la que no saliese airosa…, hasta ahora. En esta isla todos sus millones no valían nada. Los habría dado todos porque la rescataran, o al menos le dieran de comer decentemente.

Cuando se le acabaron las lágrimas, dejó de lamentarse. Miró en todas direcciones, y vio que estaba sola. Por desgracia nadie podía mirarla. Ni ella a nadie. A veces se había sentido sola en medio de mucha gente, pero esta soledad era de verdad. No se oía nada, excepto el suave ulular del viento al romper contra las irregularidades de sus acantilados. Y sintió frío, a pesar de la temperatura agradable que hacía y el sol que le picaba en la cara y en las manos. Sentía frío porque su ropa estaba mojada. Por eso decidió quitársela toda y ponerla a secar, extendida sobre la arena.

¿Y si me ve alguien?, pensó. Pero enseguida se dijo Ojalá me vea alguien y se acerque a ver quién es esta chica desnuda. Pero al poco rato de estar sin ropa sintió calor, por lo que se zambulló en el agua. Con un poco de aprensión, pues no sabía si aquellas aguas eran seguras o no. Se sumergió con los ojos abiertos y vio un banco de peces que se movía, indolente, a unos metros de ella. Por lo visto los había asustado. Tendría pesca por la noche si dispusiera de una linterna y de aperos de pesca. Tenía la primera, pero le faltaba lo segundo. Mala suerte, se dijo con rabia.

Nadó hasta cierta distancia de la costa, unos trescientos metros, y descubrió que podría rodear la gran roca que delimitaba la playa, y entrar en la zona verde de la isla. Pero, se dijo, no sé si habrá gente más allá. Y no quería que la tomaran por una loca que se pasea desnuda, al alcance de cualquier depredador de cuatro o de dos patas.

Nadó de nuevo hacia la playa, se tendió al sol cuan larga era, hasta que se secó del todo. Quería pasar calor, después del frío intenso que había tenido en la balsa y luego en la playa hasta que cayó en la cuenta de que la ropa le estorbaba. Esperó a que su ropa, el chándal y la interior, estuviese seca del todo, y luego metió todo junto con su calzado en una bolsa de plástico hermética que encontró en la balsa. También le cupieron las provisiones y las medicinas, y ató las tres bolsas a una boya de señalización pequeña que encontró en la balsa, y atando el otro extremo de la cuerda a su cintura, se metió en el mar con todo ello. Allí lo soltó, y al empezar a nadar notó el suave tirón de lo que remolcaba, hacia atrás. Con mucha calma fue nadando hasta remontar la roca divisoria entre la playa y la posible civilización, o al menos la posibilidad de una vida mínima en plan de Robinsona Crusoe. Sonreía, pensando que no todo estaba perdido. Notaba la caricia del agua contra su cuerpo desnudo. Nunca lo había hecho, nadar desnuda, y la sensación le gustó. Todos los días lo haré, se prometió, nadaré desnuda hasta que me rescaten, o mientras pueda hacerlo.

Ya no pensaba que iba a morir, ya no pensaba en que su vida de niña rica y caprichosa acababa de cambiar por una vida peor que la de las mendigas que había visto en su país. Lo que le preocupaba ahora era llegar con vida al otro lado del hambre. Tomó tierra de nuevo en otra playa de arena más clara. Recogió su carga, y se tumbó de nuevo en la playa, exhausta. En cuanto se secó, al cabo unos minutos, quizá media hora, sintió sueño. Temía quedarse dormida así, por lo que abrió la bolsa donde estaban los comestibles, y se regaló una comida más copiosa que las anteriores. Había hecho lo correcto al hacer sus necesidades en el agua, haciendo una pausa para ello en su natación, por lo que ahora se sentía cómoda y más tranquila. Abrió la bolsa de la ropa, y se la puso. Lamentaba no haber cogido al menos más ropa interior, pero se consoló, pensando que al menos tenía esa, y la podría lavar todos los días, pues agua no le faltaba. No había reparado antes, pero en aquella playa caía un hilo de agua a modo de cascada. La probó, y vio que era dulce. Se felicitó por ello. Allí podía establecer su residencia, si podía encontrar cerca cosas de comer. Una vez vestida, salió de aquella playa, que sí que tenía salida a lo verde, y vio con agrado que había muchos árboles frutales: peras, nueces, naranjas, plátanos… No, no se iba a morir de hambre. Y aquel hilo de agua procedía de una corriente mayor. Se desnudó de nuevo, y se zambulló en aquel riachuelo, quitándose toda la sal que llevaba encima. La muchacha fue feliz. Nunca había estado tan contenta.

Ahora sólo falta que alguien me encuentre, se dijo. Pero eso no iba a pasar… Se tumbó debajo de un manzano, y acariciada por la sombra del árbol y por una suave brisa, se quedó dormida. Horas después despertó, ya en noche cerrada. Miró a su alrededor. Nadie, por desgracia nadie la observaba, ni persona ni animal. Dios, ¿por qué le había pasado eso? Pero al punto se arrepintió. De los miles que iban en aquel barco, al parecer ella era la única superviviente, como Robinsón Crusoe. Je, pensó que el nombre de Robin no le iría mal. Era un nombre bonito de mujer. Y además, es el nombre de un pajarito1 muy bonito, muy abundante en Europa. Aunque todavía era de noche, se dedicó unas horas a explorar los alrededores. Tomó la linterna y se fue a ver qué encontraba. Notó pasos pequeños y débiles a su alrededor que se perdían en la distancia. Aquello la alegró también. Comida, se dijo, proteínas. Da igual que sean conejos o ratas. A todo se acostumbra una. Huyen de un animal más grande que ellos, bien. Salió de dudas enfocando, por casualidad, a un ardilla que salió corriendo despavorida.

Volvió a su playa, precavida, para enterrar sus pertenencias. No le constaba que no hubiera nativos en aquella isla, que le podían robar lo poco que tenía, o que la pudieran atacar a ella misma. Una vez enterrado su pequeño tesoro, siguió su exploración. No temía perderse, pues le bastaría recorrer la costa para acabar llegando a su playa, que llamó Playa Beta, pues la Alfa era la Playa Sin Salida, como también la llamó. Esta era su primera playa abierta.

Media hora más tarde salió de nuevo armada de la linterna y un cuchillo que había en la balsa y que tuvo la precaución de traer junto con las medicinas. También evitó encender la linterna, pues la Luna llena guiaba sus pasos, y no quería que nadie la localizara por la luz. Anduvo toda la noche, siguiendo la costa. Aquella isla era mucho mayor de lo que pensaba. De vez en cuando tomaba alguna fruta que encontraba, y ya con la barriga llena su pesar se redujo mucho. Le gustaría estar con alguno de sus semejantes, aunque pronto comprendió que estar sola no era tan malo. No tenías quien te hiciera reír, pero tampoco quien te hiciera llorar. Estaba bien.

Durante las semanas siguientes iba y venía de su campamento principal, la Playa Abierta, en excursiones que duraban cada vez más días, hasta que llegó a la conclusión de que en aquella isla no había nadie más que ella. Ahora tenía toda una isla para ella sola. Era lo que le faltaba en su vida de millonaria. Pero eso la entristecía. No tenía nadie que la ayudara. No tenía sirvientes, no tenía amigos, no tenía nadie que le hiciera caso, salvo las ardillas y otros animales que había encontrado al pasar, por suerte todos le huían, y nadie le hacía frente, lo cual hacía la caza mucho menos peligrosa. Había hecho fuego para asar un conejo que había tenido la suerte de derribar en plena carrera con una piedra, y una vez aturdido le había retorcido el pescuezo y lo había asado como había podido. Luego había salido de descubierta, durante horas.

Y de pronto se dio de boca con ellos.

Ellos la miraron tan sorprendidos como ella. La chica del chándal se encontró con dos hombres vestidos y varios más semivestidos, y un grupo de mujeres desnudas, una de las cuales estaba siendo violada en cuadropedia, como si fuera un acto ritual de tribu. Sin embargo, ellos no parecían nativos al uso, sino gente blanca, como ella, excepto una chica negra. Miró un poco más allá y halló la explicación: un bote salvavidas de El Espíritu del Océano yacía sobre la playa. ¿Cómo se habían embrutecido tanto? ¿Estos eran nativos que se habían comido a los náufragos? La mujer violada la miró también a ella, y la reconoció: era una mujer que había conocido en el barco. Pero el hombre que la poseía de esa forma tan brutal no era su marido. Este asistía a la escena, complacido, enlazando por la cintura a la chica negra. ¿Estaban todos locos? ¿O se había vuelto loca ella, por su soledad, y se imaginaba cosas?

Entonces uno de aquellos hombres, el más joven de los que estaban vestidos, dijo:

Aquello la puso blanca de ira. Se agachó en una fracción de segundo, y cogió del suelo lo primero que encontró: una piedra de unos dos kilos, y dijo con voz clara y fuerte:

Todos quedaron quietos, expectantes. Aquella loca estaba totalmente fuera de lugar: todas las mujeres presentes estaban desnudas, y ella estaba vestida desde el cuello hasta la planta de los pies. Las demás habían aceptado la situación, pero esta parecía haberse caído del cielo, o quizá del infierno, y no aceptaba nada. Parecía toda una arpía.

Ella seguía pensando: ¿de dónde habían salido aquellos lunáticos? ¿Eran nativos o náufragos que se habían embrutecido del todo? Lo mejor sería regresar a su playa cerrada, y olvidarse de esos locos. Entonces el más anciano de ellos, quizá el jefe, se acercó a ella con andar suave y una amplia sonrisa…

Luego, una vez que se vio entre ella y los demás, le dio la espalda a la recién llegada y se encaró con el grupo para decir:

Ellos se miraron, y negaron con la cabeza.

10 Los otros. EnglishEsperanto No apto para menores de 18 años.

El anciano se la llevó más lejos de los demás, y paseando a lo largo de la playa, le fue poniendo en antecedentes.

Ella lo miró con incredulidad, pero le dejó que le quitara la piedra, y él la dejó caer al suelo.

La explicación es muy sencilla, muchacha. Cuando nuestro barco naufragó, todo el que pudo se embarcó en un bote salvavidas. Algunos puede que no acudiesen a la llamada, aunque lo dudo, pero nosotros no esperamos a nadie, al revés. En cada bote cabían 32 personas, pero en el nuestro íbamos menos porque fuimos los últimos en llegar y el nuestro era el último bote que quedaba. Cuando ya habíamos iniciado la maniobra de bajar el bote al mar, apareció un pasajero rezagado, y más tarde otro más. Se tuvieron que descolgar por las cuerdas —o cabos, como dijo el marinero— por su cuenta. Pero no estaban hechos para la vida del mar y no sabían bajarse por una de aquellas cuerdas gruesas. Las manos se les despellejaron y cayeron al agua. Uno a considerable altura, y no volvió a subir a la superficie, y el otro más afortunado, cayó desde solo un par de metros de altura. A ese lo pudimos rescatar, pero murió de hipotermia pocas horas después y lo tuvimos que tirar al mar, tras rezar por el eterno descanso de su alma. Quedábamos siete hombres y seis mujeres en el bote, o sea, trece en total, mal número.

No obstante, ese era el menor de nuestros problemas. De momento no sabíamos cuántos llegaríamos vivos a tierra, ni en qué condiciones, si es que lográbamos desembarcar en algún sitio perdido en aquel océano. Pero acordamos remar por turnos para no agotarnos, y así mantuvimos la esperanza.

Bogando, o sea, remando, sin descanso en turnos de seis hicimos el viaje más soportable. No cambiamos de dirección, porque aunque teníamos brújula, no teníamos mapa, y nos daba igual una dirección que otra. Al principio lo que nos interesaba era alejarnos del crucero para que no nos atrapara su remolino y nos llevase a las profundidades del mar. Mantuvimos el rumbo hasta que uno de nosotros, no recuerdo quién, gritó de pronto:

Nos alegramos mucho, aunque no veíamos nada.

Pero no se veía bien. Santiago, que iba al timón, insistió:

Efectivamente, allí, a treinta grados a estribor, o sea la derecha del rumbo que llevaban, se veía una mancha obscura en el mar azul.

Ahora se pusieron todos a trabajar con los remos, los 13, y en cuestión de cuatro horas llegaban a una playa de arenas negras, separada del resto de la isla por un palmeral.

Uno por uno fuimos saliendo del bote muy cansados, se diría que borrachos por el vaivén de las olas y el cansancio de estar remando, y el pesimismo de creer que íbamos a morir. Pero acabábamos de salvar la vida, y eso era lo que importaba. Nos dejamos caer sobre la arena, a una buena distancia de las olas, y nos quedamos dormidos.

Yo me desperté antes que los otros, y me adentré en la zona verde que había unos metros más allá. Había palmeras, manzanos, perales, y más árboles frutales. Me parecía imposible que hubiera comida tan variada y tenerla al alcance de las manos. Encontré plátanos maduros, y también vi que había cocos en las palmeras. Utilicé mi cinturón para rodear una palmera y mi propia cintura, y subí hasta donde estaban los cocos, y tiré al suelo unos 20 ó 30, suficientes para todos. Luego deposité una mano de plátanos y un par de cocos al lado de cada uno de nosotros. Y a continuación empecé a desayunar, como si tal cosa, mirando el mar del que acabábamos de escapar. El mar acababa de dejar de ser el mal para nosotros.

Cuando se despertaron mis compañeros, se encontraron con los manjares que yo les había preparado para el desayuno. Yo les tomé un poco el pelo diciéndoles: —Bienvenido a la isla, señor, señora… Bébete el líquido de dentro del coco y cómete lo demás.

Los pobres estaban hechos polvo, y me miraron con cara agradecida. Les tuve que enseñar cómo abrir los cocos con las manos: se estrella uno contra otro, y el más débil se rompe. Luego se bebe uno el líquido de dentro y se come la pulpa, que está muy rica.

Movidos por lo que había hecho yo por ellos me quisieron nombrar el jefe de todos ellos, pero yo les propuse que se hiciera una asamblea, y que todo se decidiera por votación, aunque me tuve que someter a su elección como presidente. Yo no quería, pero supongo que ellos estaban aún más perdidos que yo. Yo acepté con la condición de que una de ellas fuera Vicepresidenta. Eligieron a la mayor de ellas, Martine, a la que casi doblo la edad.

Esta playa en que nos has encontrado la llamamos La Playa de la Salvación, o simplemente Salvación, porque fue lo primero que pisamos de esta isla. Nos organizamos enseguida porque no sabíamos si había tribus salvajes, o animales dañinos para nosotros, y necesitábamos saber qué hacer. Yo les propuse dividirnos para explorar la isla, para pescar, y para fabricar utensilios para cazar, si encontrábamos animales.

También les propuse que nos organizáramos en parejas. Yo ya estuve casado, y no quería liarme con otra mujer, lo cual nos dejaba en un soltero y seis parejas. Había dos matrimonios, así que había que emparejar solo a ocho personas. Se decidió que se haría por el método más antiguo que se conoce: los machos luchan por su hembra. Así, decidimos realizar una serie de combates de lucha libre entre los hombres para clasificarlos de más a menos capaz de defender a su hembra, y una vez establecido el orden, ellos elegirían libremente de entre las mujeres disponibles. El primero tendría cuatro para elegir, el segundo tres, y así. Pero Celia, esa que has visto a cuatro patas mientras que su hombre la tomaba, protestó porque no estaba de acuerdo en que dejaran fuera a las casadas. Ella quería reemparejarse con el más capaz, si él la elegía. Y la otra pareja dijo que no querían ser los raros del grupo, así que se avinieron, y en lugar de ocho, habría que emparejar a doce personas.

Senén dio sus ideas sobre la lucha, pero luego preguntó que si alguien más elegiría a Martine, y ante la negativa de todos los demás, pidió emparejarse con ella, si nadie se oponía. La única persona que tuvo sus reservas fue la propia Martine, que se preguntó —según me dijo después— si aquel muchacho de dieciocho años pretendía tener una mamá de 40, pero luego vio que si los demás se la habían cedido, no tenía ninguna lógica que luchara el pobre Senén para que los demás le dejaran igualmente a la más vieja del grupo, así que acabó aceptándolo.

Alba dijo que ella era religiosa, y que fornicar con un hombre que no fuese su marido era pecado, y tras una discusión algo acre de varios de nosotros con ella —Sara le dijo que si Dios le iba a proteger o a dar de comer mientras estuviéramos en la isla—, Bill explotó y dijo que la dejáramos en paz; que si alguien tenía que quedarse sin mujer, no le importaba ser él mismo, a condición de que no la obligaran a ella. Que él se haría cargo de ella sin tener sexo con ella, si a ella no le parecía bien. Por eso Senén propuso que se les emparejara a ellos dos sin lucha también, por lo que las dos parejas que se habían deshecho, los dos matrimonios, fueron substituidos en la práctica por ellos cuatro, que se sentaron algo alejados de los demás para ver las luchas. Pero tienes razón, ante la evidente injusticia de que ellas no eligieran a nadie, y a propuesta de Sara, si a una mujer no le gustase el que la había elegido, tenía derecho a desafiar a la afortunada elegida por el hombre que le gustase a la disconforme, y si la vencía en combate de lucha libre, en las mismas condiciones que los hombres, tendría derecho a ese hombre, dejándole el suyo a la vencida.

»Parecería justo que Celia se quedase con Santiago, el contramaestre del crucero, y el más preparado para la vida salvaje por su experiencia y preparación física, y que Sara recuperase a su marido, Cristóbal. Pero Sara, que en realidad estaba muy contenta con Santiago, tuvo que competir con Celia, a la que derrotó en cinco minutos.

Bueno, los combates entre los hombres no duraron mucho más. Primero Santiago venció a Cristóbal, pues a juicio del jurado —que formábamos todos los hombres que no combatíamos en la lucha que estábamos viendo cada vez— estimó que había luchado mejor. Los demás combates se hicieron de manera similar, fueron muy breves. Tras los tres primeros, quedó claro que Santiago era el ganador absoluto, tras vencer a Wenceslao, a Cristóbal y a Alberto, que a su vez venció a Wenceslao y a Cristóbal, que a su vez superó a Wenceslao.

Por ello Santiago fue el primero en elegir mujer. Ellas estaban excitadas, porque cada una de ellas quería ser la pareja del más fuerte: Celia, porque tenía un alto concepto de sí misma, Elsa porque era la más joven, Dinah, porque era la más exótica de la isla, ya que todos eran blancos, y ella era negra, Sara porque era la más guapa —según ella, claro. Por eso se pusieron todo lo coquetas que pudieron para ser elegidas por el ganador, pero en lugar de ir hacia ellas, Santiago llamó con un gesto a los hombres, incluso a Senén y a Bill, y les hizo una propuesta que las mujeres no alcanzaron a oír. Ellos estaban algo alejados de ellas, y cuchichearon un rato entre sí, hasta que finalmente les comunicaron a las mujeres que para poder elegir mejor tenían que desnudarse completamente. Inmediatamente. Porque, según dijo Santiago, tenían que evitar sorpresas desagradables.

Celia se negó, pues le parecía ultrajante. Pero entonces Elsa dijo algo extraño:

Y se desnudó con movimientos precisos y rápidos. Tenía los pechos muy pequeños, pero muy buena figura. No es extraño, pues apenas cuenta con catorce años de edad. Yo había propuesto dejarla a ella fuera de esto precisamente por eso, pero los demás protestaron, porque —según decían— en muchas culturas con catorce años se era ya mayor de edad, e incluso en la nuestra las chicas de 14 se pueden casar con permiso de su padre.

Dinah dijo que no estaban para remilgos, ya que con el tiempo las íbamos a ver a todas desnudas, y dicho y hecho: se desnudó en un santiamén. Dinah es la chica negra, y ya has visto que está muy bien dotada, y el color de su piel, un negro tan profundo, la hace muy exótica y atractiva, aunque se vio luego que los electores no estaban muy de acuerdo en eso. El rizado de su pelo, que parece un casco, la hace única, pero quizá eso acobarda un poco a nuestros hombres, o quizá es que sean más racistas de lo que parece…

»Sara esbozó una especie de danza del vientre sin música a medida que se desnudaba, y cuando ya lucía sus gracias junto a sus compañeras, Celia se vio obligada a corresponder, de mala gana. Todo en aquella mujer sabía a protesta, si bien acababa cediendo cuando veía que no tenía más remedio. Finalmente fue razonable, y dijo que no podía negarse por un mero capricho o cabezonería. Para compensar, aún transida de vergüenza y con un rubor evidente que le cubría casi todo el cuerpo, se dio la vuelta lentamente para que la vieran bien desde todos los ángulos, e hizo una reverencia final hacia los hombres.

Dedicado a quien me elija, dijo por fin cuando se integraba al grupo de mujeres desnudas, que ya estaban en fila, la una al lado de la otra, y todas mirando a Santiago.

Pero él, pasando de las demás, se acercó directamente a Sara, y agarrándola por el pelo la obligó a darle un beso en la boca, tras lo cual le dijo que se la quedaba porque la había ganado en buena lid. Quizá le daba morbo que fuera una de las dos mujeres casadas. Se la llevó tirando de su mano hacia donde estaban las dos parejas no beligerantes, sentándose él junto a Senén, el más joven y sin embargo más juicioso del grupo, a pesar de la tontería con que te saludó. Cristóbal y su esposa se dirigieron una mirada final que acabó en sonrisa por las dos partes: el mundo había cambiado para ellos y se imponían nuevas alianzas, como había explicado acertadamente Celia.

El campeón de los perdedores, Alberto, se acercó a la fila de mujeres y eligió a la más joven.

Agarró por el pelo a Elsa y la forzó a darle un beso con lengua antes de llevársela a donde estaban las otras parejas, sentándose junto a Martine para terminar de ver el evento.

El siguiente vencedor fue Cristóbal, que con una sonrisa muy traviesa se acercó a las dos mujeres que quedaban, dando la vuelta a su alrededor, y luego se paró ante cada una de ellas, mirándolas a placer, hasta que ellas perdieron la sonrisa, nerviosas. Les tocó el culo y el pecho a las dos, como si estuviera probando la mercancía antes de quedarse con lo que le pertenecía. Era humillante, y por eso lo hacía. Dinah sonreía con picardía, pero Celia estaba francamente indignada, y se contenía a duras penas. Pero finalmente fue ella la que recibió un fuerte azote en una nalga, mientras él le decía: Para mí la más revoltosa. Seguro que contigo no me voy a aburrir.

Y antes de que ella pudiera protestar, aprovechando que abría la boca con la intención de hacerlo, se la tapó con la suya, dándole un fuerte abrazo para inmovilizarla. Luego se la llevó a donde esperaban las otras tres parejas teniéndola aún por los hombros con su fuerte brazo, y la obligó a sentarse junto a los otros. Celia seguía mirándole con ira, pero era incapaz de decir nada.

En lugar de ello, miró a su marido con expresión colérica, y el pobre Wenceslao se limitó a devolverle el gesto con una amplia sonrisa. El hombre parecía aliviado, como si se acabase de quitar un peso de encima. Seguramente Celia lamentó en ese momento haber propuesto el cambio por el que se la ganara. Intuía que a su nueva pareja no la iba a poder manipular a su antojo, como a su marido.

Este había sido vencido más veces que los demás, y por eso tenía el último puesto. Sin embargo, ganó categoría con su amabilidad característica. Él podía quedarse con Dinah, o pasar de ella y quedarse soltero, como yo mismo. Quizá le hubiera gustado quedarse con otra, pero nunca lo ha manifestado, siendo tan cortés y elegante como es. Además, sería inútil, y al fin y al cabo eso sería injusto para la yanqui.

Dinah estaba un poco nerviosa. Aunque era el perdedor de todos los combatientes, sabía que él aún podía renunciar a tomarla como pareja. En ese caso, ¿qué le quedaría hacer, excepto pelearle a alguna de las otras su pareja? Y eso incluiría a las de los que no habían luchado. Había sido muy bonito lo que había dicho Senén, y le gustaba también Bill. En realidad le gustaban todos aquellos hombres. Ella no tenía un gusto especial, y la verdad es que no conocía a ninguno de ellos. Y en el barco no les había hecho caso a ninguno. Sólo a aquel gaditano tan gracioso, Andrés, del que no sabía nada, ni siquiera si se había salvado o no…

Pero la sacaron de sus cavilaciones la palabra, la sonrisa y la socarronería de Wenceslao:

Y aquella chica de ébano, negra brillante como el azabache, le dijo con la cara radiante de alegría: Sin duda, darling. ¿Qué remedio me queda?

Y aquella chica de ébano, negra brillante como el azabache, le dijo con la cara radiante de alegría:
Sin duda, darling. ¿Qué remedio me queda?

Wenceslao le dijo delante de todos nosotros que desde antes de empezar a luchar le había echado el ojo, incluso desde que la conoció en el crucero le había atraído, pero era fruta prohibida, al estar él casado con Celia; pero el destino había sido bueno con él y ahora la podía elegir, y que la habría elegido también si hubiera quedado el primero en la clasificación. ¡Y le pidió su mano allí, delante de todos nosotros!

Pero antes de que ella le contestase, se dirigió a donde estaban Cristóbal y Celia y le dijo al primero que su pareja tenía algo que le pertenecía a él, y le pidió permiso para recuperarlo. Al tocarse Wenceslao su anillo de matrimonio mientras le hablaba, Cristóbal comprendió que se refería a la alianza de matrimonio.

Ella miró con evidente cólera a uno y a otro. Y por fin, con desprecio, se quitó el anillo y lo tiró al suelo con rabia entre las piernas del hombre.

Wenceslao sonrió, y se agachó para recogerlo, mientras decía como para sí Genio y figura…

Le dio una bofetada a Celia, y le dijo:

La bofetada la había derribado y le había borrado de la cara la ira y el desprecio que había mantenido desde que Cristóbal la eligiera. Asustada, recogió el anillo, y se lo dio a su ex:

Wenceslao le obsequió una sonrisa amable y la miró con un poco de lástima. Cristóbal no es Wenceslao, me dije. Este dio la vuelta y se acercó a Dinah, que lo esperaba pacientemente.

Él se la agarró con suavidad, y le puso el anillo en el anular izquierdo.

Todos seguíamos este diálogo con curiosidad. Ella no se podía negar, y sin embargo este hombre tenía la elegancia de pedirle su mano… ¿Qué más podía desear? Además, no parecía un hombre violento, ni difícil de llevar. Por eso ella, tras unos momentos de sonrisa traviesa, añadió:

Y esta vez fue ella la que le dio un beso en la boca a su hombre. Sí, eran una pareja singular.

Luego fue ella la que tomó a él de la mano y lo guio hasta el lugar que juzgó adecuado para sentarse con los otros. El círculo ahora se había convertido en una fila que me observaba a mí, que había sido el árbitro.

Pero antes de que yo dijera nada, Bill por fin se atrevió a besar a la portuguesa en la boca y le dijo algo a Dinah, que lo tradujo para los demás:

Los demás me imitaron, uno a uno. La última en hacerlo fue Alba.

Y se quitó su jersey rojo de un solo movimiento hacia arriba. Después se deshizo de su falda color azul marino, dejándola caer al suelo. Se quitó tres botones de la blusa azul claro que llevaba y se la quitó hacia arriba, del mismo modo que había hecho con el jersey. A continuación se descalzó y se quitó la media derecha, y luego la izquierda. Era una mujer muy elegante. Sin pausa, aunque lentamente, se quitó el corchete de la espalda de su sujetador color rosa pálido, revelando unos pechos generosos pero turgentes. Luego se quitó las bragas, del mismo color que el sujetador, con tirones cortos y pausados, revelando un sexo con vello de color rojizo recortado a la manera brasileña. Con toda la audiencia cautiva ante ella, abrió los brazos hacia los hombres, y proclamó:

Y se sentó junto al inglés, en cuyo regazo se refugió en actitud muy femenina.

Cuando ya todos estuvimos desnudos, por fin tomé la palabra:

    1. Senén (18 años de edad) y Martine (40).
    2. Bill (40) y Alba (35).
    3. Santiago (50) y Sara (30).
    4. Alberto (40) y Elsa (14).
    5. Cristóbal (32) y Celia (24).
    6. Wenceslao (25) y Dinah (27).

Aquello cayó como una bomba entre todos. ¿Por qué esta mujer no acataba el resultado, como todos los demás?

Pero recuperé el control rápidamente e hice una pregunta importante:

Todas callaron, mirándose las unas a las otras. En realidad estaban conformes con el resultado obtenido, y si no lo estaba alguna, no parecía dispuesta a luchar para conseguirlo, para no indisponerse con quien le había elegido, en caso de no lograrlo. Yo estaba seguro de que ninguna de ellas habría elegido al que les tocó en suerte de haber estado en sus países respectivos…, pero en las circunstancias actuales, tenían que atenerse a los resultados. Senén y Alberto habían sido muy claros.

Ellos se miraron, y se encogieron de hombros. Excepto Senén, que lo resumió todo de una forma muy exacta:

Los presentes se volvieron hacia Cristóbal, que no se esperaba esta salida, y estaba tan sorprendido como los demás.

Aquella apostilla no gustó ni a Sara ni a Cristóbal. Ellos habían renunciado a su matrimonio en aras de una mejor comprensión de su nuevo lugar en la sociedad que se estaba creando, y no iban a volver a lo de antes por culpa de una loca que no sabía aceptar su nuevo destino. El matrimonio se miró con seriedad, y ambos se asintieron mutuamente.

Aquello enfadó aún más a Celia, que contestó con un lacónico Ya lo veremos.

Santiago no parecía muy contento con la manera en que se había desarrollado todo esto. Él se había esforzado en ser el mejor, y se le estaba a punto de robar la mujer por la que había luchado, la que él consideraba la mejor de todas. Pero tenía que honrar los acuerdos de la Asamblea. En cambio Cristóbal pensaba que no sería malo recuperar a su esposa, Sara, por lo que él saldría ganando: o se quedaría como estaba, o con la otra esposa del grupo. Je, le daba morbo que las únicas que iban a luchar eran sus dos esposas, la antigua y la nueva, aunque él se quedaría con la perdedora. En cambio al pobre Santiago, el campeón imbatido, le podía privar de su premio una mujer…, que podría ser la suya nueva, y en ese caso se le devolvería a la antigua, Sara, la mujer con la que se había casado hacía siete años. El combate de las casadas iba a comenzar.

11 La doma. EnglishEsperanto No apto para menores de 18 años.

Remigio hizo una pausa para refrescarse los pies. Estaba cansado de hablar.

Ella obedeció. Se quitó los zapatos, se remangó el pantalón, y se mojó los pies hasta casi la rodilla. Luego se sentó junto a aquel hombre mayor desnudo.

Nos acomodamos todos formando un círculo en la playa alrededor de aquellas dos mujeres que se iban a pelear por un hombre. Ellas dos estaban en el centro mirándose fijamente, con los brazos semi plegados y las manos hacia adelante, con las piernas ligeramente separadas, para aguantar la embestida de la adversaria. ¿Ganaría la bella Celia, de pelo largo y negro como la noche, sedoso y espeso, o la no menos bella, la rubia Sara, de pelo mucho más corto y ralo, algo más alta pero con menor peso que su contrincante?

Yo estaba encantado, y supongo que los demás hombres también, pues era la primera vez que veíamos a dos mujeres desnudas luchar por un hombre. Supongo que Santiago estaría aún más encantado que los demás, porque luchaban por él.

Las mujeres se lanzaron la una contra la otra con mucha furia. Tras sujetarse recíprocamente por un hombro y el pelo la rubia disparó con fuerza su pie derecho contra la entrepierna de Celia, a la que le sacó un aullido de dolor mientras se llevaba las manos allí y cerraba las piernas. Sara aprovechó esos segundos para situarse detrás de la morena gimiente y hacerla caer empujándola fuertemente por la espalda mientras le ponía la zancadilla. La caída fue brutal, tan repentina que golpeó el suelo con la cara, y antes de que se recuperara, la desafiada le agarró las muñecas y tiró de ellas hacia arriba mientras la empujaba contra el suelo con la rodilla derecha presionando sobre el centro del talle. Celia gritaba, pero no se rendía. Como sus ayes eran tremendos, de común acuerdo, las otras cuatro mujeres decidieron que no querían que Celia sufriera ningún daño severo, y dieron la victoria a Sara por inferioridad manifiesta de su contrincante.

Sara la soltó, se puso en pie y le dio una patada en las nalgas a la vencida, que quedó en el suelo, llorando. Yo me acerqué a Sara, y mientras esta mantenía un pie sobre las nalgas de Celia, yo le levanté la mano derecha y la proclamé vencedora de la lucha por inferioridad manifiesta de su contrincante. Luego ella se encaminó hacia su hombre pisando las nalgas de la perdedora al pasar, y tomándole a él la mano le dijo con una sonrisa:

De pronto se envaró, como si acabase de recordar algo importante, y le pidió a su pareja:

Se acercó a Cristóbal, y con una sonrisa le dijo algo que no se esperaba el hombre:

Él le sonrió. Tomó el anillo, y le dio un abrazo, el último que le daría. Después ella se dio la vuelta y se fue a los brazos de su nueva pareja, que había seguido el diálogo con evidente interés. Con aquella sencilla conversación aquel matrimonio se había disuelto. Cristóbal se puso el anillo de Sara en su dedo meñique, con lo que aceptaba de forma pública y fehaciente la disolución de su matrimonio con Sara, al igual que había hecho Wenceslao al reclamarle su anillo a Celia.

Mientras el círculo se iba deshaciendo, cada uno a un sitio diferente con su pareja, la derrotada quedó en el centro, humillada y sollozando de rabia. Finalmente se le acercó Cristóbal, que la puso en pie agarrándola por el pelo y tirando hacia arriba. Estaba muy serio, y no le importó empezar su relación con un gesto de crueldad. Desoyendo las barbaridades que ella le decía en ese momento, le capturó la mano derecha y le puso el anillo en el dedo anular. Por casualidad las dos mujeres tenían el mismo calibre en ese dedo. Luego le dijo de forma muy asertiva:

Ella tenía un aspecto deplorable: tenía una herida en la frente y un ojo amoratado y muy hinchado, el sexo dolorido y la voz temblorosa por la ira de la mala perdedora. O sea, que su cara daba miedo. Lo miró con desafío, y le dijo de mala gana:

Cristóbal le dio dos bofetadas con tanta fuerza, que la hicieron tambalearse.

La empujó hasta un árbol y la aplastó contra él, y la tomó desde atrás, a la vista de todos. Ella lloraba de rabia, pues nada podía hacer. El hombre la superaba en fuerza, y además la tenía cogida desde atrás.

Enseguida él llegó a su culmen, y se apretó aún más fuerte contra ella, aplastándola más contra el árbol.

Los demás mirábamos la escena a distancia con expresión variada. Yo estaba perplejo. Nunca había visto una violación, pero ni a mí ni a ninguna otra persona se nos ocurrió intervenir: eso era cosa de aquella pareja. Sara sonreía, satisfecha; se diría que se alegraba del sino de aquella insensata que la había desafiado sin saber con quién se metía. Le había querido robar su hombre, y ahora tenía un neanderthal que la estaba tratando como se merecía. Un salvaje al que ella misma, Sara, había domado durante siete años, pero esta jovencita, Celia, no tenía ni idea de cómo tratar, porque era un hombre muy espontáneo y exigente. Aquello era una batalla de egos en la que la arpía llevaba la peor parte. Le parecía divertido, sí.

Por el contrario, Elsa la miraba con pena, y Martine asistía a aquello con curiosidad, con una sonrisa que denunciaba algo de morbo. Se diría que a ella no le desagradaría que su hombre la atacara de esa forma tan salvaje. A pesar de lo que parecía, como supimos después, ella aún era virgen, y por lo tanto no tenía punto de referencia, pero aquello le humedecía el sexo, al parecer. Me pregunté si aquel muchacho tan joven iba a ser capaz de hacer algo similar, como parecía que su nueva hembra pedía con su expresión.

Yo estaba muy cerca de ellos dos, por lo que no pude evitar oír su diálogo:

Él mismo se rio a carcajadas de su propio juego de palabras, y esa risa se la contagió a Martine. Porque ambos sabían que no se había ganado el derecho a elegirla a ella mediante un combate, sino mediante una negociación.

Aquellas palabras la conquistaron en el otro sentido, en el más romántico de la palabra. Ella le tomó de la mano y se lo llevó a un lugar apartado, lejos de las miradas de los demás, y le preguntó mientras se tendía en el suelo.

Aquello le arrancó un grito agudo que él no se esperaba, pues nunca hubiera supuesto que una mujer de esa edad aún fuera virgen.

Cuando acabaron, Senén se dejó caer junto a ella, y le tomó la mano y se la besó. Yo no me esperaba que pasaran a mayores sin previo aviso así que me retiré discretamente. Ellos había sido los primeros en romper las hostilidades, tras Cristóbal, y los demás les imitaron. Yo, el único desparejado, me refugié en la playa, y me di un buen baño.

Pero oí voces, y volví al claro. Estaban todos sentados de nuevo en círculo, asistiendo a un nuevo espectáculo: Celia seguía brava con su nueva pareja, que no discutía, sino que actuaba. Ella se le había revuelto al terminar el primer coito, y lo había intentado arañar. Él le había dado cuatro bofetadas seguidas, y la había puesto en cuatro, atacándola siempre por detrás. Era un espectáculo extraño. Se diría que todos se habían puesto de parte de Cristóbal, al no recriminarle nada ninguno de ellos, ni de ellas, y convertir la vejación de la arpía en todo un espectáculo digno de admirarse.

Y entonces les sorprendió desde atrás una nueva voz femenina, la tuya. ¿Recuerdas? A mí me sorprendió oírte de pronto:

Nos volvimos todos a una, incluso los protagonistas del espectáculo. Los hombres te miraron con asombro, y las mujeres con desconfianza. Ante aquel grupo de mujeres desnudas se presentaba una tapada desde el cuello hasta los tobillos. Tú. ¿Recuerdas? Senén, el impulsivo, dijo una ordinariez:

Por eso amenazaste con una piedra al que intentase ponerte la mano encima. Y tuve que proclamar que tú quedabas bajo mi protección.

La chica enlazó al viejo por la cintura y se acurrucó contra él. Tenía algo de frío. No comprendía que él no lo tuviera. Juntos miraron al horizonte mientras oían el murmullo de las olas que rompían a sus pies.

Le sonrió. La sonrisa de Remigio era mágica, y daba confianza. Y le dio aún más confianza aún lo que le dijo a continuación:

¿Será adivino?, pensó. Lo miró largo rato sin comprender.

Ella lo miró en silencio un buen rato, con estupor. Su padre era mayor que él y sin embargo todavía se iba de putas.

Ella le sonrió, y le dijo:

Entonces ella le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso en la mejilla. Él se sintió orgulloso: no había luchado, y se había quedado con la más dulce.

Y allí, fuera de la vista de los demás, Ruth se desnudó por primera vez en su vida porque se lo había pedido un hombre. Era muy alta, 1’80 de altura, algo musculosa, bastante fuerte, de pelo negro muy corto y senos grandes. Con la parte superior del chándal hizo un hato dentro del que metió el resto de su ropa. Ya la guardaría en su cueva, y posteriormente en un zulo en la Cala Cerrada.

Remigio le explicó los términos del acuerdo comunal de todos ellos, que tenían una Asamblea que regía la pequeña sociedad que habían formado, y por qué las mujeres se habían desnudado primero, y luego los hombres. Por solidaridad con ellas y porque no tenían más ropa que la que llevaban puesta cuando naufragaron, y el clima tan agradable que tenían, la desnudez general debería durar todo el año, a juzgar por la latitud en la que se encontraban. En caso contrario, siempre podrían hacer fuego.

Aquel era un grupo muy diverso desde el principio, ciertamente. Los dos matrimonios se habían roto, y se habían formado siete de hecho en apenas unas horas. Porque aquellas parejas eran para siempre, según el acuerdo que habían adoptado desde el principio, para evitar problemas entre ellos, o al menos hasta que los rescataran, si eso sucedía. Había sido muy bonito el gesto de Senén, y también el de Bill, que se había apiadado de Alba, la portuguesa con problemas de conciencia. Pero este se había visto recompensado con el cambio posterior de ella. Cada una de las parejas iba a ser muy diferente de las demás, pero así es la vida en la sociedad, y así había sido desde el principio de los tiempos. Allí habían quedado ancladas aquellas catorce personas, sin esperanza de que nadie los rescatase nunca, pues no tenían medios de hacerse notar, al no tener radio, y en los días que habían estado allí no habían visto ni barco ni avión algunos.

Se acercó a él y le dio un beso en la boca, un pico.

Remigio se sorprendió mucho. Nunca pensó verse en una situación como esta. Se sintió culpable. Pero, bueno, pensó, ya veremos en qué para todo esto.

Se acercó a ella, y le acarició el flanco izquierdo, desde la cadera hasta el hombro, sin decirle nada. Veamos hasta qué punto es seria esta muchacha, se dijo. Le puso la mano en la espalda y la apretó contra sí. Le acercó la boca a la suya, y le dio un beso profundo, reposado, suave. Ella se dejó hacer. Al poco tiempo ella pasó a contraataque, y le metió la lengua todo lo que pudo.

Remigio deshizo el abrazo y se retiró hacia atrás, y le dijo con una sonrisa:


13 La evolución de Celia. EnglishEsperanto No apto para menores de 18 años.

Dicen que con el roce surge el cariño, y eso era lo que se veía en aquellas parejas, incluso en la de Cristóbal y Celia, que ahora se arrepentía de haber despreciado al, para ella, más macho de los isleños. Le daba igual que estuviera alguien delante o no, él tomaba lo que era suyo cuando le venía en gana. Y a ella ya no le molestaba. De hecho se humedecía cada vez, sólo con pensarlo, por lo que la violación ya no era posible. Su ira inicial se había convertido en amor. ¿Síndrome de Estocolmo? Es posible, aunque lo más seguro es que fuese un instinto aún mucho más primitivo, el instinto de la caverna, prehistórico, en que la mujer agradece la fuerza del macho que la defiende de los peligros de la vida diaria, ante los demás miembros de su tribu, y ante las inclemencias del tiempo y de la naturaleza.