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Jesús Ángel.

Una muchacha acaba siendo la reina más famosa del continente.

La balada de la Reina Elba

En un remoto lugar hay dos países, Colomina y Berenda, que están en guerra desde hace 125 años por culpa de una profecía que afirmaba que el Rey Loto unificaría ambos reinos bajo su mando. De pronto surge un rey casi adolescente que consigue lo imposible: forzar la paz...

Este es el índice provisional de este relato:

Índice:

1 Quebranto.
2 La Reina de la paz.
3 Un enlace de conveniencia.
4 La larga preparación.
5 La gran decepción.
6 La noche de bodas.
7 Impartiendo justicia.
8 El reino de Colomina.
9 La profecía de Simón.
10 El descubridor.
11 El golpe de estado: nace una nación.
12 Corenda.
13 Los misterios del este.
14 Reina del Nuevo Continente.
15 Donde no se ponía el Sol.




© 2017. Jesús Ángel. Prohibida a copia total o parcial de este texto sin permiso previo escrito del autor.


4 La larga preparación.

En el vano de la puerta abierta por los pajes, el embajador se inclinó hasta casi tocar el suelo con la cabeza:

—¡Majestad?

—Pasa, pasa, Amadeo. Di a tus compañeros que pasen también. Tenemos mucho que preparar y poco tiempo para hacerlo.

—Sí, Majestad, —dijo el joven entrando y  haciendo una seña a sus paisanos para que le siguieran.

—Oh, no estés con eso a cada rato. Tendremos que concretar muchas cosas, así que apea el tratamiento cuando no haya nadie más.

—Sí, señora.

—Camila. Llámame Camila. Nos vamos a ver mucho. Ya sé que eres respetuoso hasta la exageración, pero es poco práctico eso de tanta Majestad para arriba y para abajo. Bueno, te presento a mi hija, la Princesa Elba, en cuyo honor haremos todo este trabajo.

—A vuestros pies, Alteza, —dijo Amadeo tomando una mano de la princesa para besarla mientras le hacía una reverencia. —Es un honor conoceros, por fin, y trabajar en vuestros esponsales.

—Quita, quita, —dijo la princesa, poco acostumbrada a que los hombres le mostraran afecto y respeto a la vez.

—Como ordenéis. Os presento a Teoceo, gran amigo y compañero, y a Clodoveo, hombre de confianza del Rey, nuestro señor.

Ambos hombres besaron la mano de la princesa con igual reverencia.

—Bueno, —dijo la Reina, —ya que están hechas las presentaciones, vamos a ponernos a trabajar. Dime, Amadeo, ¿cuántos invitados vendrán por la parte del Rey de Colomina?

—Unos cuatrocientos, señora. Todos personas principales.

—Vaya, por Dios. ¡Tenéis una corte grande!

—Cosas de la guerra, señora. Muchos conquistaron honores en el campo de batalla. Desde que estamos en paz han disminuido mucho los nombramientos.

—Ah, ya veo. ¿No ha habido destituciones?

—Alguna ha habido, sí, pero los casos de traición no son frecuentes entre nosotros. Y sin guerra no hay fallecimientos entre los nobles, habitualmente.

—Bueno, 400. Nosotros tendremos algo menos. Pero eso suma muchos invitados. No sé si tendremos un salón lo suficientemente grande para todos ellos.

—Sugiero que se construya, señora.

—¿Un castillo tan grande para albergar a mil comensales?

—No, señora, no tiene que ser un castillo. Puede ser una empalizada de madera con columnas y techo. Nuestros ingenieros podrían hacerlo en una semana, si se dispone de suficientes obreros.

—Ejem.., lo consultaré a nuestros ingenieros.

Ellos le respondieron que sí se podría, aunque nunca se había hecho. Por eso ella pidió a Amadeo que hiciera venir a uno de los de su reino para ayudarlos.

Cada día venía un correo de Colomina con órdenes del Rey para los embajadores y para llevar novedades de vuelta. Por medio de él el ingeniero estuvo allí a los pocos días.

La Reina no comprendía que ese correo fuese necesario. Todos los días venía y se reunía con Amadeo durante horas, a veces con los otros dos también.

—¿No temes que te esté traicionando y esos tres sean espías?

—No.

—Dales tormento hasta que confiesen.

—No. No puedo hacerlo, por dos razones: la primera es que son mis huéspedes, y a los huéspedes del Rey Loto de Berenda nadie les puede hacer daño.

—Ya veo..., —dijo poco convencida la Reina. —¿Y la otra razón?

—Es la más importante: confío en Tadeo de Colomina. He hablado con él en persona y le he estrechado la mano. Nunca me traicionaría, y nunca lo haré yo. Los pactos escritos se pueden romper, duran lo que el papel que los contiene, pero los que se basan en un apretón de manos entre dos reyes obligan por tu honor, y yo tengo honor, no soy un vulgar villano. Yo soy el Rey de Berenda. Loto de Berenda. Mi honor vale más que mi vida, que mi reino y que mi casa.

Camila no entendía estas cosas de hombres. El honor era un concepto que nunca había comprendido del todo. Pero ella entendía que una hacía lo que tenía que hacer, y no volvió a importunar a su marido con el tema.

Lo que le extrañó mucho fue que en una ocasión ella y su hija invitaron a los embajadores a una merienda en el campo, y el Rey envió a más soldados que de costumbre para protegerlos. Exactamente el doble. Pero no comentó nada a su esposo. Demasiado tenía él con las cosas del Reino sin que ella estuviera, como solía, allí para ayudarle y aconsejarle. Pero es que esta preparación de la boda la absorbía más de lo que pensaba.

Seguramente no quiere problemas con el vecino, ahora que hay paz,  reflexionó la soberana. La paz, ese bien tan escaso, pues durante la mayor parte de mi vida mi país estuvo en guerra con el vecino, hasta que apareció ese joven y extraño rey, que para cimentarla le exigía ahora a su hija... Aunque, pensó, un rey nunca sería una mala opción para una princesa. Y ese rey tendría la suerte de casarse con la única princesa de sangre real de todo el continente, dejando aparte a las princesas de las tribus salvajes que rodeaban su país por el norte, el sudeste y el Sur. Sólo Colomina, tuvo que reconocer, era un país tan civilizado como el suyo, o casi. El resto era selva, desierto y terreno desconocido. La verdad es que nunca habían enviado partidas de exploración a ningún lado, pues desde hacía más de cien años estaban demasiado ocupados en hacerse daño con el reino vecino.

Bueno, ahora que hay paz, concluyó, le pediré a mi marido que envíea la flota de expedición en ambas direcciones, norte y sur, para ver qué encuentran. Quizá sería una buena manera de ampliar el territorio sin tener que matar gente.

La princesa Elba estaba recibiendo un curso acelerado de cómo ser una buena reina. Sus profesores eran sus padres, pero también les preguntaba cosas sobre su nuevo reino a los embajadores de Colomina.

—En realidad, alteza, aquí sois una princesa, pero allí seréis la Reina. Aquí sois la hija del dueño, allí seréis a dueña de todo.

—Me halagáis, Amadeo. El dueño es el Rey, ese ser misterioso que conoceré el Día de mi Boda.

—Os encantará, señora, os lo aseguro. Todos quieren al Rey cuando lo conocen.

—Ojalá fuera tan simpático como vos, señor embajador. Supongo que a los embajadores os eligen entre los más simpáticos, ¿verdad?

—No exactamente, señora. Hay que ser diplomático: decir cosas duras de modo elegante, para que la otra persona no se enoje o se apene demasiado.

—Bueno, sí, claro. Eso también. ¿Y cómo es el Rey, mi marido?

—Señora, le preguntáis a su servidor más fiel desde antes de que accediera al Trono, además de ser su amigo personal desde que era pequeño. ¿Qué os podría decir del hombre más firme y sin embargo generoso que he conocido?

—¿Ah, sí? Me alegro de saberlo.

—Señora, ¿sabéis vos cómo acabó la guerra de los 125 años?

—Sí, claro: mi padre firmó la paz con vuestro Rey hace unos meses.

—¿De verdad creéis que hace unos meses que no hay combates?

—Bueno, no entiendo mucho de la guerra, pero creo que no hay desde hace años.

—Diez.

—¿Tantos? ¿Qué ocurrió hace diez años, Amadeo?

—Hubo una batalla, tras la cual se creó una Zona de Nadie que las dos partes han respetado desde entonces.

—Pero en esos años siempre temíamos un ataque de Colomina.

—No vino.

—No, es cierto. ¿Por qué? ¿Lo sabéis?

—Nuestro Rey decía que un día sin muertos en la batalla era una victoria. Además, estábamos reconstruyendo el país. Nuestro Rey demostró que hacían falta menos catapultas y más escuelas.

—¿Más escuelas..?

—Sí. El Rey quiere que todo el pueblo sea culto, que sepa leer, al menos, y sumar y restar.

—¿Y esa extravagancia a qué viene! Ya están los sacerdotes para leernos la Enseñanza Sagrada. La otra es cosa de nigromantes y brujos. Es mala.

—Nuestro Rey no piensa así, señora, ya lo veréis. Por eso prefiere casarse con una princesa como vos y no con una villana inculta.

Elba dudó un instante. ¿Aquello era un dardo a su autoestima, o un halago? Se lo tomaría como lo segundo..., sin descuidar el carácter sibilino de la frasecita...

—Oh, eso me halaga, señor embajador. Sí, sois diplomático, a fe mía. Pero creo que vuestro Rey está loco.

—Bueno, —rio Amadeo, —dentro de unas semanas se lo podréis decir en persona.

—Pues no os quepa la menor duda de que lo haré. Ya sólo falta que me digáis que hace ir a esas escuelas a las niñas también, además de a los mozos.

—Lo habéis adivinado, señora. El Rey dice que una mujer culta o al menos no iletrada podrá educar mejor a sus hijos hasta que tengan edad para ir al colegio.

—¿Edad? ¿A qué edad los hace ir?

—A los siete años, Alteza.

—¡Qué horror! Pobres niños, se quedan sin infancia. Recuerdo que hasta que no cumplí los diez años largos no se les ocurrió a mis padres ponerme un preceptor.

Amadeo sonrió, divertido. Ya no le extrañaba que los berendos hubiesen perdido la guerra cuando más fuertes se creían: eran brutos de impresión.

Ser divertido no debe estar reído con ser serio.—Bueno, alteza, aunque penséis que nuestro Rey está loco, ya veréis cómo no os aburrís con él. Es muy divertido. Tendríais que ver las conversaciones que tiene con los bufones de vez en cuando. Es imposible no reírse con ellos.

—¡Mi marido un bufón! Lo que me faltaba. Ya antes de saber eso no me quería casar con él. Ahora mucho menos.

—¿No os casaréis, señora?, —preguntó, muy asombrado, Amadeo.

—Oh, señor embajador, no temáis: lo haré porque es mi obligación y mi responsabilidad para con mi pueblo, pero no es mi voluntad.

—¿Os casaríais por amor?

—Por supuesto.

—Me temo que esa opción no está en el menú de ser princesa, señora mía. Vuestro oficio os exige ese sacrificio por vuestro pueblo y por vuestra dinastía. Termináis con una guerra cruel, sanguinaria e insensata que ha durado un siglo y cuarto por culpa de las insensateces de un viejo loco. ¿Cabe mayor honor que ese?

—¿Viejo loco Simón Bulvert?

—Dijo una gran sandez, al menos. Y vuestro bisabuelo, vuestro abuelo y vuestro padre, al que los suyos pusieron el sobrenombre de El Salvador y Unificador según aquel anciano, se lo creyeron, y el Rey Loto, un hombre afable y cariñoso, continuó una guerra para la que no estaba preparado en absoluto, señora. Porque vuestro padre es un hombre de paz, no de guerra. Pero por suerte vos terminaréis con un siglo y cuarto de muertes masivas con vuestro matrimonio. Un nuevo sol se levanta ahora sobre las dos naciones más avanzadas del continente.

—Os veo muy optimista, seor embajador. Y me halagáis mucho. Sí, amor por paz. No es un mal pago. El amor dura unos años, la paz quizá sea para siempre.

—Interesante discusión, —interrumpió la Reina. —Sí, la paz es preferible al amor. Aunque no es tu caso, hija mía. ¿O acaso amas a alguien?

—No, madre, no amo a nadie. Algunos chicos me gustan, pero no los amo.

—Una princesa no tiene que jugar con los de otra clase, pues todas ellas son inferiores a la suya. Eres una d e las personas más importantes del reino. Sólo hay un hombre a tu altura que pueda ser tu esposo. He de reconocer que es el Rey de Colomina.

—Pero, madre...

—Una princesa se ha de casar con un príncipe o con un rey. De otro modo el orden divino de la sociedad se altera y se destruye.

—¿Y los príncipes?

—Si hubieras tenido hermanos, se habrían casado con princesas, y si no las hay, con nobles de alta cuna de este país o del vecino, ahora que hay paz. Las demás mujeres sólo pueden servir a los príncipes, o a los reyes, de entretenimiento o mero disfrute animal.

—Pero, madre, tú te casaste por amor...

—MI padre era el Primer Ministro de tu abuelo. Yo había visto a tu padre pocas veces, en los bailes de la corte, o fugazmente por los pasillos, pero no habíamos hablado nunca. Pero tu padre no me eligió a mí, hija. Un buen día el Rey Clotaldo XIV, tu abuelo, llamó a mi padre y le dijo que había decidido que su hijo se tenía que casar conmigo.

—Fue un matrimonio concertado...

—Ojalá. Fue una orden del Rey. Y eso no se discute.

—¿Te arrepentiste de eso luego?

—Muchas veces. Cuando mi padre me lo dijo estuve noches sin dormir. Odié a tus abuelos, a los dos, pero  mi madre me hizo ver que las nobles no nos podemos casar por amor, y que el Rey me había nombrado princesa, o sea la noble más importante del reino, al haber pensado en mí. Y tu padre no estaba tan mal. Era guapo, fuerte, y muy alegre. Además, no lo veía mucho porque siempre estaba en la guerra. Pero no es posible estar un rato hablando con tu padre sin aprender a quererle. Aún es zalamero, simpático, cariñoso... —Aquí Elba se acordó de la escena en que su madre estaba de rodillas ante su rey, humillada totalmente delante de su hija... —Pero, madre, recuerdo que en el Salón del Trono...

—Hija, —le cortó la Reina, —eso fue un descuido imperdonable por mi parte que no volverá a repetirse. El Rey es mi Rey también, aunque yo sea la Reina. Yo soy la segunda persona de este Reino porque él es la Primera. Y tú, —dijo dándole un cachete cariñoso, —eres la Tercera. Que no se te olvide.

—Asi que te enamoraste..., ¿o sólo te encariñaste?

—El amor vino después. Del roce surge el cariño, y el cariño siempre va a más. Los que se casan por amor, por lo que he visto yo, tienen una gran pasión inicialmente, que luego se apaga y queda el cariño. Pero ese cariño puede ir a menos, iniciando el fin de la relación, aunque se suele mantener en un punto determinado, en que ni aumenta ni disminuye. Si, queda el rescoldo de la pasión, pero se puede buscar en otro sitio. Esa es la muerte del cariño, que se convierte en desprecio y finalmente quizá en odio.

—Pero, mamá, ¿el amor es malo?

—Para la  realeza, sí. Quieres a tu marido. Eso es más importarte a que lo ames. Sírvele, no te sirvas de él. Respétalo siempre en público y en privado. Y así serás una gran Reina.

 Amadeo escuchaba las razones de la Reina y de la princesa con la vista clavada en el suelo. Reparó de pronto Camila en ello, y le preguntó:

—¿Qué opina el señor Embajador de esto'

—Majestad, creo que nadie podría explicarlo mejor que vos. Sois sabia en el amor.

—Oh, no exageréis, Amadeo. Pero sí, quiero a mi marido como nunca imaginé. Aunque no fuera Rey lo querría igual, y seguramente pasaría más tiempo con él.

—He ahí la pesada carga de la corona, Majestad.

Ahora era la princesa Elba la que asistía a este diálogo y asimilaba estas razones tan nuevas para ella. Ya no se sentía un peón en la partida de ajedrez que su padre jugaba con el vecino, sino como la Princesa que tenía que ejercer su cargo. Por fin se le daba algo que hacer, pues desde que había nacido no había dejado de recibir: enseñanza, una vida regalada en la clase social más alta del mundo que conocía..., y ahora comprendía por qué sus paseos y sus diálogos con los cortesanos de ambos sexos habían estado tan controlados evidente y subrepticiamente.

Además de a su madre, preguntaba mucho al embajador, sobre todo sobre su rey. Las evasivas de Amadeo le hicieron preguntar a Teoceo y a Clodoveo. Este último era el más joven, y por eso pensaba que le podía sacar más información. Desgraciadamente no conocía personalmente al monarca, y si se le había incluido en la embajada era porque era un auténtico experto en protocolo. Cuando se hablaba de eso, los otros dos callaban, y le escuchaban en silencio, igual que la Reina, que le tenía en gran estima. Teoceo sí que lo conocía, pero siempre le decía que le preguntara a Amadeo, que lo conocía más. Hasta que ella, molesta, lo reprendió:

—¿Es que acaso os han prohibido hablar de vuestro Rey?

—Oh, no, alteza. Bueno..., preguntad lo que queráis, que yo os lo he de contestar lo mejor que sepa..., si lo sé.

Pero por desgracia Teoceo lo conocía sólo de la caza y de la guerra, actividades que a ella no le atraían en absoluto. Que su futuro marido fuera experto tirador de ballesta, o que fuera un gran esgrimista no eran cosas que dijeran mucho de lo que le ineresaba saber....

—¿Hace mucho que lo conocéis?

—Sí, claro. El Principe Tadeo y yo participamos en muchas monterías juntos, desde hace muchos años. Pero más tiempo pasamos en la guerra.

—Caza y guerra. Cosas de hombres. Verter sangre para nada.

—No, señora, mejor verter las de los enemigos, animales o no, a verter la propia, o de los seres queridos. Además, la caza sirve para comernos las piezas cobradas. La guerra es para defender la patria que nos vio nacer.

—Sí, claro, supongo. Pero Berenda no os deseaba mal alguno.

—Quizá no, alteza. Pero los reyes de Berenda nos hicieron la guerra siempre para intentar anexionar nuestro país al vuestro.

—No creo.

—Sí, alteza. Y además está la Profecía de Simón: toda la tierra conocida quedaría bajo el domino de un solo rey llamado Loto. De ahí que vuestro padre, que es sabido que siempre quería paz, se vio obligado a seguir la guerra, hasta qaue mi Rey Tadeo la paró.

—¿La paró? ¿Él solo?

—Bueno, con su ejército.

—¿Y cómo lo hizo?

—Acababan de morir sus padres, y él era apenas un mozalbete. Aún era príncipe cuando tuvo que ponerse al frente de su ejército para parar el enorme ejército de Berenda, que invadía nuestro solar. Lo rodeó  y se batió durante varios días, hasta que lo hizo retroceder y persiguió al enemigo hasta varios kilómetros pasadas sus fronteras. Cuando juzgó prudente, creó una Zona de Nadie, y se retiró a nuestro país sin humillar al enemigo innecesariamente. Luego esperó diez años a que el Rey vecino le enviase una embajada de paz, pero al ver que no llegaba, pues el Rey de Berenda no quería declararse vencido, decidió enviarle él una embajada para sancionar la paz que él había creado al no atacar más a su enemigo, que se sabía inferior militarmente.

—¿Eso hizo mi futuro esposo?

—Es muy hábil, alteza, con las armas y con la palabra, pero sobre todo con el sentimiento de la gente. Ya lo veréis.

—O sea, que es un manipulador nato.

—No diría yo tanto, alteza. Pero sabe hacer que la gente que está a su alrededor se sienta a gusto.

—Me alegra oír eso.

—A vos os tratará como a una reina siempre, ya lo veréis.

—Claro que sí, —rio ella, —no le queda más remedio.

—Sé que tuvo que tuvo que convencer a vuestro padre de que lo mejor para sellar la paz era este desposorio.

—¿Mi padre no quería?

—No. En principio no lo veía necesario. Además, no quería incomodaros a vos ni a vuestra madre.

—Oh, pues fue un poco brusco con nosotras cuando nos lo dijo.

—Ellos dos tuvieron una larga conversación. No sólo hablaron del Tratado de Paz ni de vos. Yo era uno de los ayudas de cámara que les llevaban las comidas, y oí cómo el Rey Tadeo le recordaba al vuestro que ser Rey no es ser el padre de sus súbditos, sino su protector. Y los ha de proteger hasta de sí mismos. Le recordó el millón de muertos berendos que ha costado esta guerra insensata porque los reyes anteriores no tuvieron la suficiente cordura para buscar la negociación y el trabajo común entre ambas naciones en lugar de querer apoderarse la una de lo que es de la otra.

—Pero la Profecía...

—Mi Rey dice que o es una patraña, o se ha interpretado mal.

—Simón dejó escrito que tuvo una visión en que había un rey llamado Loto que mandaría en los dos países.

—Y se intentó hacer desaparecer a una nación entera para quitarle la tierra. Eso no sería mandar en las dos naciones.

—Ah, no se me había ocurrido nunca...

—Ni a vos ni a nadie. Bueno, sí, el primero fue a mi Rey: él vio que si esa profecía era cierta, tendrían que prevalecer ambas naciones. Por eso se preparó para la guerra, se hizo el mejor estratega que hemos conocido, y luego no machacó al ejército vencido, pues lo juzgó necesario para organizar Berenda, tan castigada pro la guerra. Es un hombre que respeta al enemigo.

—Mi padre habla muy bien de él, desde luego.

—Creo que en aquella conversación se hicieron muy amigos, sí. Si hubierais visto la emoción con que vuestro padre se lo presentó al ejército Berendo... Os presento al Rey Tadeo, dijo, mi amigo desde hoy, y por lo tanto su pueblo es amigo del nuestro. Casi se le saltan las lágrimas. Y vuestro ejército lo saludó con una salva en su honor. Luego el Rey Tadeo hizo lo mismo con vuestro padre. De hoy en adelante, dijo, El Rey Loto es mi amigo, y juntos construiremos las dos naciones más grandes que se hayan visto nunca en el mundo.

—¿Y de mujeres qué? ¿No tuvo ninguna novia o amante?

—Bueno, ya sabéis que el amor y la muerte van siempre juntos, casi cogidos de la mano, y él creció en una guerra larga y sin fin. Dice que de todas las amantes, la guerra es la más puta, si me perdonáis la expresión. Y sí, tuvo amantes. Unas murieron, otras le aburrieron, y a otras casó con nobles que querían medrar.

—Ah..., ¿diríais que él es un amante experto?, —preguntó Elba roja de vergüenza.

—Ninguna se quejó nunca. Pero no lo sé realmente, señora. Creo que prácticmanete cualquier mujer del reino, excepto la Reina, claro, estaría dispuesta a acostarse con el Principe Heredero aunque sólo fuera para poder decir luego que lo había hecho.

—¡Qué idiotas son!

—Puede ser, alteza. Pero su belleza es lo único que las puede acercar a alguien de la Casa Real. Incluso las nobles no están a la altura de un príncipe, o de una princesa, porque no han sido educadas lo suficientemente bien. Tienen muchas lagunas en su educación, si son nobles, y no tienen ninguna, si no lo son.

—Ah, ya veo.

—Vos podéis tener siempre al Rey para vos, excepto si se divierte con alguna sirvienta o cortesana alguna vez.

—¿Qué? ¡Ni hablar! Exijo fidelidad absoluta, ya que yo se la voy a  dar...

—¡Ay, señora! Cuanto antes lo comprendáis, tanto menos lo sufriréis. Vuestra misión es darle herederos, a ser posible varios. Si él se divierte con otras, aunque les haga bastardos, eso no debe interferir en vuestra vida. Vos seréis la Reina, y por ello dueña de vuestros actos. Vuestros hijos han de ser sin lugar a dudas del Rey, vuestro esposo.

—¿Y él, qué?, —dijo la princesa, hecha una furia.

—Los hijos de él también siguen siendo suyos, incuestionablemente, os sea fiel o no. Aunque es verdad que nunca tendrán derecho a nada, excepto los que además de él sean hijos de vos, señora. No digo que esté bien moralmente, o que sea justo, sino que esa es la naturaleza de las cosas.

Estas conversaciones se sucedieron a lo largo de aquel mes. La Reina, Teoceo y hasta el propio Rey Loto, tuvieron muchas de ellas con la Princesa Elba, pero cuando esta hablaba con Amadeo, este se zafaba de las cuestiones que más le interesaban a ella sobre el Rey de Colomina, aunque a pesar de ello se fue generando una complicidad y simpatía evidentes, hasta el punto de que en una ocasión se le escapó una frase que se le salió del corazón:

—¡Ojalá fueras tú el Rey de Colomina, Amadeo!

—¡Oh, líbreme el cielo de ello, alteza! No me queráis tan mal. Tendría muchos problemas que ahora mismo no tengo. No es lo mismo asesorar y ayudar que tomar decisiones que pueden suponer la vida o la muerte de muchas personas.

—La verdad es que nunca tuve muy claro lo de ser Rey. Y ahora ser Reina me asusta mucho.

—Tendréis a vuestro esposo para ayudaros. Aprenderéis enseguida, ya lo veréis.

  


Espero que disfrutes de esta historia. Si así no ha sido, estudiaré encantado las críticas que tengas a bien enviarme a mi dirección,  o a mi blog.




Creado el 14 de enero de 2017 a las 13:15


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