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Demonia Tonya.Jesús Ángel.

Historias de El Diablo


Disponible en Amazon por €0'99. En un futuro puede que haya una versión en papel, más cara.



Son veinte capítulos que forman una trama formada por las historias de varios personajes que figuran en casi trescientas páginas en que el Ser Maligno tiene un papel importante, o activo o contextual. Esta es una novela que iba a ser un libro de cuentos, del que conserva sólo el título: Historias del Diablo. Al revés que en otros libros sobre este tema, en este al diablo se le trata con respeto: nadie te obliga a firmar un contrato con él, pero si lo has hecho, has de cumplirlo. Y si te escapas es porque algún demonio, uno de esos seres  imperfectos a los que sólo les cabe en la cabeza una idea a la vez, mete la pata. Pero El Diablo es un ser importante a tener en cuenta, pues sin que nos demos cuenta, mora en nosotros. Se va cuando se lo pedimos, es cierto, pero somos tan torpes muchas veces, y tan interesados muchas más, que no se lo pedimos. Y esa es su ganancia. Sí, bastaría un acto final de contrición, pero el vicio, la desidia o la lascivia por el poder nos lo pueden impedir aún en la última ocasión en que podríamos, en el momento de la muerte. Y no son las oraciones a un dios serio y vacío lo que nos va a librar de eso, sino nuestras acciones, que han de rescatar primero al dios que todos llevamos dentro, donde siempre ha estado, en nuestro corazón.

En este libro me propongo hacer una reflexión sobre qué es lo que ha sido lo bueno y lo malo en nuestra tradición occidental, esperando que el lector saque sus propias conclusiones. En realidad la figura de El Diablo ha estado siempre presente en ella, pero desde hace unos años, un par de generaciones, ha sido el gran ausente de esta cultura de la que tanto presumimos. Quizá sí sea la más valiosa que el ser humano ha poseído jamás, pero creo que es un error olvidarnos de este valor de referencia, aunque muchos lo consideren negativo..., ¿o no lo es tanto? El Diablo no es un ser (virtual o no) al que temer, sino del que se pueden aprender muchas cosas, aunque sea por omisión.

A continuación os pongo el índice y luego una de las historias, esperando que os guste. Los números expresan el de la página en que se encuentra cada historia en la edición impresa.

Índice

Introducción..............................................5
1 La conquista de ZJ...............................11
2 La perversión de Tonya.......................24
3 El súcubo de Eusebio...........................47
4 La graduación de Lelo.........................74
5 Yo quiero ver a Dios..........................102
6 ¿Qué es el Cielo?...............................111
7 En el Infierno también lloran............114
8 Espérote en el cielo, corazón............118
9 La visita de Dios...............................130
10 Los demonios del Diablo................137
11 El cura malvado..............................148
12 La noche obscura de su alma..........165
13 El ángel de la muerte......................180
14 Su última cena.................................201
15 El íncubo.........................................213
16 El loco.............................................224
17 Blas.................................................233
18 En las calderas de Pedro Botero.....262
19 La bruja y el mago.........................267
20 El pulso al Diablo..........................283
Síntesis................................................292
Bibliografía.........................................294


3 El súcubo de Eusebio

Los súcubos son demonios, o quizá el propio Diablo, que adopta la forma de una muchacha muy agraciada para tentar a un recto varón. Esto fue lo que creyó él que le estaba pasando a Eusebio, conserje de instituto.

Hacía dos años que Eusebio había sacado las oposiciones y aún era soltero y sin compromiso. Lo mejor del mundo, se decía. Ahora tengo que aprovechar mientras dure, por si acaso de repente me levanto un día y me doy cuenta de que esto no era más que un sueño.

Pero el sueño se convirtió en una pesadilla el día en que Delia, una muchacha de primero de Bachillerato, le dijo muy seria, atemorizada:

—Eusebio, estoy embarazada.

—¡Diablos! ¿Eso cómo es posible?

—Tú sabrás.

—A saber con quién lo habrás hecho tú…

—Contigo.

—¿Y con quién más?

—Sabía que dirías eso. Con nadie más, Eusebio.

—¿Y eso cómo lo sé yo?

—Ay, Eusebio, me ofendes.

—Es que es muy fuerte.

—Sí, pero tú no vas a parir, ni te vas a enfrentar a mis padres, ni a mis amigos…, mi vida se va al garete. Y tú no me ayudas…

—Bueno, puedes abortar.

—No.

—¡Qué?

—Que no. Eso es un asesinato.

—Tonterías. Eso no es persona aún. Es sólo un grupo de células.

—Da igual, no.

—No sé. ¿Y si no es mío?

—Eusebio, lo es. Lo sé. Pero si quieres, hacemos una prueba de ADN. Es tuyo.

—Vale, vale. A ver qué solución encontramos.

—Estoy muy asustada, Eusebio.

—Y yo.

Ella se puso a llorar, y él fue incapaz de consolarla. Cada uno de ellos era demasiado egoísta para ponerse en el lugar del otro: ella con el disgusto que le iba a dar a todos los que quería. Él con la expulsión del cuerpo de conserjes por haberse acostado con una alumna de su centro, y quizá con la cárcel por haberlo hecho con una menor de edad. No, eso no le iba a pasar a él, decidió. Tenía que pensar en algo, y rápido.

—Mira, —le dijo, —Delia, no le digas nada a nadie, que buscaré yo una solución. Si hace falta, me caso contigo antes de que se note. Ya iré yo a hablar con tus padres. Procura que no se note que estás rara. Cuantas menos preguntas, mejor.

—Sí, Eusebio. Tú eres mayor, sabrás qué hacer.

—Es que si abortaras…

—No.

—Bueno, buscaremos otra solución.

Y una mierda, pensó él. Esta tía me quiere joder la vida. Algo tendré que hacer para que eso no suceda.

Eusebio se sintió muy agobiado. Hacer el amor, o al menos tener sexo, le relajaba. Pero no quería ver a Delia. De pronto la odiaba. No sabía qué hacer, y le hacía daño pensar. Entonces recordó que hacía tiempo que no iba a Dalia’s, una casa de citas muy fina, y por eso muy cara. Solía ir una vez cada dos meses, pero la última vez no fue porque había empezado lo de Delia...

Había sido un poco tonto. Ella era la chica más bonita de su clase, y posiblemente de todo el instituto. Luego se enteraría por una conversación casual que había oído desde su puesto en la conserjería, entre dos compañeras de Delia, que se había tratado de una apuesta. Tres de ellas estaban en competición a ver quién se follaba a ese conserje tan macizorro que nos han puesto. Ahora se explicaba lo de tantas alusiones e insinuaciones de ellas tres. Al menos cinco más lo habían intentado, pero Delia había sido la más decidida: entró en la conserjería para que le hiciera él unas fotocopias, y cuando terminó de hacerlas y se volvió para dárselas, se la encontró con las bragas en la mano y la falda subida. Soy tuya, si quieres, le había dicho. Y él, caliente ya por los morritos y las señales de las otras, la tomó allí mismo, de pie, sin preparación alguna, sin condón, se dejó llevar por la pasión que le causaba esta morena de pelo largo y ojos marrones enormes que lo deseaba con los ojos, con las manos y con la boca. Parecía mentira que una niña de dieciséis años fuera tan experta. Después no la había vuelto a ver hasta que, un mes y medio después, le había soltado la bomba.

Delia y Dalia’s. Parecía una burla del destino. Sí, con Delia había quedado satisfecho. Mientras lo hacían, alguien aporreó la puerta, pero ella le había puesto el cerrojo por dentro sin que él se diera cuenta, y luego no se enteró de los golpes que daba la profesora de música, que le buscaba con urgencia para que le hiciera unas fotocopias. Pero aquella media hora había sido mágica…

Pues nada, se dijo, vamos a ver qué novedades hay. Tocó el timbre del local, y al momento abrió una mujer cincuentona, pero aún guapa.

—Hola, Remedios, —la saludó.

—¡Cuánto bueno por aquí! Hacía tiempo…, ya te echaba de menos.

—¿Tienes gente nueva?

—Sí, claro. Y Albania aún está. Pero te las pasaré a todas para que elijas, como siempre.

Lo condujo a una habitación y lo dejó solo. Dos minutos después apareció Albania, una chica negra de unos veinte años de edad. La siguieron siete más, pero la última lo sedujo con la mirada nada más verlo. Se trataba de una rubia de pelo corto, ojos azules y acento extranjero. Le dijo sólo una palabra mientras él le daba un beso en la mejilla y le tocaba el costado derecho como para apoyarse: Tonya.

Cuando salió, volvió a entrar Remedios.

—¿Cuál?, —preguntó.

—La última.

—Tonya. Sí, es nueva. La vas a estrenar tú. ¿Cuánto tiempo?

—Una hora…, ¿qué menos?

—Ya sabes que son €400.

Él se tentó el bolsillo y sacó ocho billetes de €50.

—Aquí tienes.

—¿Qué quieres beber?

—Un vodka con tónica.

—Bien.

Al cabo de unos segundos apareció Tonya con la bebida.

—Su bebida, señor, —bromeó.

Él la tomó y le dio un beso en la boca, un pico. Luego tomó un poco de la bebida, y la dejó en la mesita.

—Ven, —le dijo.

La abrazó y le dio un beso en la boca, pero esta vez con lengua. Ella lo convirtió en un beso lascivo, de esos que no sabes si estás dando tú o te lo están dando. La tocó por todas partes mientras se besaban, pero lo que más le gustó fue su culo, redondo y fuerte.

—Deja que te vea, —le dijo subiéndole el vestido de seda negro de una pieza con que estaba tocada. —¿todo esto es tuyo?, —le dijo tocando sucesiva­mente cada una de sus tetas.

—Sí, no estoy operada. Es todo mío…, y tuyo durante esta hora.

Entonces Eusebio se desnudó y se acercó de nuevo a ella.

—O sea, que nos saltamos el masaje…

—¿Qué masaje?

—Esto es una casa de masajes, y yo soy tu masajista, aunque si quieres tendrás sólo tu final feliz.

—Pues vamos directamente a la felicidad, —dijo él tirando de ella hacia la camilla de los masajes.

—No, —dijo ella tajante. —Tienes que ducharte tú delante de mí.

—¿Por qué no me duchas tú?

—No hay problema.

Ella lo llevó hasta la pequeña ducha que había en una esquina y lo enjuagó por todas partes con la ducha de teléfono. Luego lo enjabonó por todas partes, de modo especial el sexo. Vio que era un jabón especial, antiséptico. Luego ella lo volvió a enjuagar y finalmente lo secó  y se duchó delante de él, para que viera que estaba limpia. Él le dio la toalla y tras secarse ella, se tomó un buche de elixir bucal antiséptico.

—Dame un poco, —pidió él.

Ella le ofreció la botella, pero él negó: —No, de tu boca.

Ella le sonrió con intención, y acercó su boca a la suya, y dejó que parte del del líquido pasara de su boca a la de él.

Aquella muchacha sabía hacer el amor. Se veía que tenía mucha práctica y mucho arte.

—¿Y tú eras novata?

—Hace poco que soy puta, pero llevo follando prácticamente toda mi vida, desde los dieciséis.

Al oír esa cifra, 16, Eusebio dio un bote y se le cambió la expresión. Estaba encima de ella, dentro de ella, con un brazo alrededor de ella y la otra mano alrededor de una de sus tetas. Ella se dio cuenta del parón, y dijo:

—Mátala.

—¿Qué?

—Que la mates.

—¿A quién?

—A la causa de ese problema que tanto te preocupa.

—Es una niña de dieciséis años. No puedo matarla.

—¿La dejaste preñada?

—Sí.

—Pues que aborte.

—No quiere. Es imbécil. Dice que es un crimen.

—El crimen es traer a alguien al mundo con lo que está cayendo…

—Tienes razón. Pero ¿qué puedo hacer?

—Si no la puedes convencer, hay otros medios.

—¿Cómo?

—Los accidentes ocurren.

Los accidentes ocurren. Aquella frase le había estado martilleando toda la semana. No había vuelto a ver a Delia, pero había vuelto a ver a Tonya quince días después. Había sido en la cola del supermercado.

—No sabía que vivías por aquí.

—Pues sí. Vivo ahí enfrente. Si quieres, te invito a un café.

—Pensaba que no podíais ver a los clientes fuera de Dalia’s.

Ella se rio sonoramente.

—Yo soy libre, muchacho. Y las demás también. Esa es la excusa que damos cuando no nos fiamos del cliente, pero tú eres buena gente. A ti si te puedo invitar a tomar café en mi casa.

—Ah, pues me siento honrado. Toma, te doy mi número de teléfono, —dijo Eusebio dándole una tarjeta de visita. —Llámame cuando quieras.

—Gracias, Eusebio. La guardaré. Pero si puedes, me viene bien esta tarde a las cuatro. ¿Te va bien?

—Claro. Hoy libro.

Eusebio comió un poco nervioso. Era la primera vez que una puta lo invitaba a su casa. ¿Sería por ser él su primer cliente? Ella le había dicho que él era buena gente, y ella también lo era. ¿Qué había querido decir con Los accidentes pasan? ¿De verdad le estaba proponiendo que asesinara a Delia? Era una niña de dieciséis años…, aunque no siempre lo sería. Podría tener que casarse para que sus padres no lo denunciaran y perdiese su empleo, y puede que su libertad también… ¡Dios!, ¿qué iba a hacer? La vida de Delia y su hijo en un lado de la balanza, la suya propia en el otro. ¿Qué podía hacer? Todo sería más fácil si aquella idiota quisiera abortar. Pero no, la muy imbécil no quería Se merecía todo lo que le viniera.

Y pensando así se encaminó a la casa de Tonya.

El timbre de su casa era de esos de varias campanas que daban una melodía conocida. Ella abrió enseguida, recibiéndole en bata. Estaba muy tapada, desde el cuello hasta casi el tobillo, pero estaba graciosa.

—Hola, pasa. Me acabo de duchar y no me ha dado tiempo para vestirme para ti.

—Hola, Tonya. Tranquila, estás en tu casa.

—Eh, que soy yo la que tengo que decir eso a ti…

—Es verdad, —rio él.

Pasaron a un recibidor coqueto, con un tresillo de cuero blanco y sillas violetas de patas metálicas flexibles. Había un pequeño televisor en un rincón, y un mueble lleno de libros de toda clase. Eusebio, que amaba los libros y la lectura con pasión, cogió uno al azar y lo ojeó:

La Sagrada Biblia, escrita por Dios.La sagrada Biblia, —dijo, divertido.

—¿Te extraña que una puta lea La Biblia?

—La verdad, sí.

—La reina de las putas está ahí. Se llamaba María Magdalena. Además, hay otras: Judith, que se folló a Holofernes antes de cortarle la cabeza, Salomé, Jezabel, y tantas otras…

—Sí, bueno, claro.

—Y hay muchos otros tipos poco edificantes. La Biblia es un libro muy divertido. Te lo recomiendo.

—No sé. Dicen que lo escribió Dios.

—Sí, seguro que se cogió una borrachera divina, y luego una pluma, y escribió eso. Un cachondo, Dios.

—¿Insinúas que es mentira?

—No, la verdad es que no sé si es verdad o no. Lo que digo es que la Biblia es divertida. Como cuando llegan a Jericó y tocan las trompetas y se caen las murallas. Y no dejan a ninguno vivo dentro de la ciudad.

—¿Eso es divertido?

—En fondo es gracioso que el Dios del No matarás les dijese que no dejasen nada vivo, ni hombre, ni mujer ni niño, ni anciano, ni animal siquiera.

—Oye, hablas como un demonio.

—A lo mejor lo soy, —dijo ella abriéndose un poco el escote.

Él desvió la mirada y reconoció el buen par de tetas que había disfrutado días atrás por €400 la hora.

—¿Las recuerdas?

Él sonrió.

—Sí. Me gustaría disfrutarlas otra vez, aunque quisiera antes discutir algo contigo.

—Tonto, todo a su tiempo, —dijo ella abriéndose la bata del todo, revelándose que no tenía nada debajo.

Sus senos generosos quedaron en libertad, contoneándose ligeramente. Ella le cogió las manos y se las puso sobre ellos.

—Disfruta, —le dijo.

—Oye, que no tengo tanto dinero encima.

—Hoy eres mi invitado.

—Al café…

—A todo. ¿No quieres?

Pero sí quiso. La terminó de desnudar y se hundió en ella. A pesar de haberlo hecho pocos días antes, esta vez se empleó más a fondo y ella se corrió tres veces, la última de ellas coincidiendo con la larga e intensa corrida de él.

Habían rodado el uno sobre el otro por el suelo de parquet y al acabar, se habían quedado ambos boca arriba, el uno al lado del otro, inmerso cada uno en su propio mundo.

La temperatura era agradable, unos veinticinco grados, y todo estaba en silencio.

—Me siento en la gloria.

—Quizá lo estés, Eusebio. O puede que esto es lo más cerca que estés de la gloria en tu vida.

—¿Quién sabe?

—Bueno, ¿cómo se te ocurrió enrollarte con una alumna de Primero de Bachillerato?

—No, no fui yo. Yo estaba ocupado haciendo fotocopias cuando de repente aquella chiquilla me miró con deseo preguntándome que si quería follármela.

—Y tú quisiste.

—Pues sí.

—Sin preservativo.

—No estaba yo para razonar mucho en aquel momento.

—Ni ahora, por lo que veo.

—Bueno, —se defendió él, —tú eres la profesional. yo soy un mero aficionado.

—Sí, —dijo ella, conciliadora. —Sé que tú estás limpio, no me pegarás nada. Ni yo a ti. Y no te preocupes: no te daré ningún hijo, porque tomo la píldora anticonceptiva. y si a pesar de todo, me quedo preñada, yo soy de las que abortan, Eusebio. Un hijo a mi me jodería la vida y el negocio.

—Chica lista. ¿Por qué no serán todas como tú?

—Bueno, hablemos de tu problema. Es algo muy concreto. Si te lo ayudo a resolverlo yo, ¿qué me darás?

—No sé. ¿Qué quieres tú?

—Si te lo digo, ¿prometes no reírte ni asustarte?

—No creo que nada de ti me asuste, Tonya.

—Bueno, antes de pedirte nada, voy a darte todo otra vez. Creo que ya puedes otra vez. Sea esta mi oferta de bienvenida a mi mundo, Eusebio.

Capturó la hombría de Eusebio y la manipuló unos minutos, hasta que estuvo lo suficientemente dura para metérsela en la boca y luego en otro sitio. Retozaron durante otra hora, y cuando él ya estaba otra vez satisfecho aunque cansado, le mostró sus cartas:

—Mira, Eusebio: este es el contrato que quiero que me firmes.

Le mostró las dos copias de un contrato en que había un texto en tinta azul sobre papel pergamino amarillo en el que se leía con claridad:


Por el presente contrato Eusebio Pérez se compromete a cederle su alma a la demonia Tonya Muschuck, que la recogerá en el momento de la muerte del primero, a cambio de ayudarle a resolverle su problema de forma completa y sin que tenga consecuencias adversas para él.


—Eso del alma son paparruchas.

—Bueno. Tú firma y te verás libre de tu problema.

—¿La matarás?

—Prometo ayudarte a librarte de ella. Primero te libro de tu problema y luego ya te pediré el alma, aunque nunca antes de que tú mueras.

Él la miró: estaba muy buena, pero un poco loca. Sin embargo, le acababa de hacer un regalo de €800. Pensó de pronto que más valía pájaro en mano que ciento volando. Vale, la dejaría que le ayudase a resolver el problema ahora, y luego ya vería qué pasaba con su alma cuando se muriera…, dentro de muchos años.

Cogió el bolígrafo para firmarlo, pero ella le retiró el papel.

—No, Eusebio, tienes que firmar con tu sangre.

—¿Con mi sangre? ¿Cómo?

—Así, —dijo ella sacando una pluma de esas que constan de un plumín de acero engarzado en un palo del tamaño de un lápiz y que se mojan en un tintero. Ella le pinchó con la pluma en una vena de la muñeca izquierda hasta que el plumín estuvo lleno de sangre. Entonces se la tendió y le dijo:

—Ya puedes firmar.

Él no lo dudó ni un instante. Cogió la pluma y firmó con trazo firme y decidido. Ambas copias.

—Bueno, pues ya está. De todas formas, tu problema es delicado y yo me he comprometido a ayudarte, pero la responsabilidad será tuya, aunque nunca te van a pillar. Esa es mi parte.

—Bien. Soy todo oídos.

—¿Conoces la Playa de los Desaparecidos?

—No.

—Lógico, no se le ha dado mucha publicidad. Ven, te llevaré a ella.

Se ducharon juntos, pero sin demorarse más que para enjabonarse la espalda el uno al otro. Pronto estuvieron correctamente vestidos y a bordo del Ferrari de Tonya rumbo a la costa. Tras tres cuartos de hora llegaron a una carretera sin asfaltar, y ocho kilómetros más tarde tomaron un camino más estrecho aún, que daba a un espacio ancho de forma circular, que podía considerarse aparcamiento.

—Aquí es.

Se bajaron ambos y se dirigieron a la playa, que estaba a apenas cincuenta metros del aparcamiento.

—¿Te acordarás de llegar aquí?

—No, es complicado.

—Espera, —dijo ella sacando su smartphone y realizando unas operaciones complicadas en él. Al instante se oyó un pitido en el de Eusebio.

—Te acabo de enviar la ubicación con un error de diez metros.

Él miró su teléfono y, efectivamente, vio un mapa del lugar exacto en el que se encontraban.

Esta botella lleva el mensaje de la muerte. ¿Lo descifraría Eusebio?Ella lo llevó a la orilla, y le aclaró:

—¿Ves aquella roca? A tres metros a su izquierda hay una corriente que te lleva mar adentro, pero por debajo de la superficie, a tres metros de ella en vertical.Te arrastra antes de que te des cuenta. Observa.

Ella se desnudó completamente y se metió en el agua con una botella vacía de vidrio con tapón de corcho en la mano. Pronto dejó de hacer pie y se dirigió al punto que le había señalado, pero cuando estaba a dos metros de la piedra, tiró la botella al punto que le había dicho. La botella flotó unos segundos, y de pronto se movió, alejándose de la costa, como si una mano invisible la hubiera tomado. Y un metro más allá se hundió en el mar. Desapareció y no la vieron más.

—Ya no se ve, —dijo él.

—Así es. Navega mar adentro, tres metros debajo de la superficie.

—¿Y eso cómo lo sabes tú?

—Lo sé, créeme. He estudiado oceanografía.

—Entonces ¿cuál es el plan?, —le preguntó cuando ella ya había salido del agua y yacía tendida cuan larga era sobre la arena. Envidiaba lo dura que era esta muchacha, que en aquella fría mañana osaba meterse en el agua y luego tumbarse al escaso sol del día. Pero estaba divina en todo el esplendor de su desnudez.

—Pues es muy fácil: tráete a tu Delia aquí. Báñate con ella. Quítale el bikini y tíralo a esa parte. Cuando ella vea que se hunde, irá a buscarlo. Y fin de la historia. Ya no tendrás problema.

—Pero…, eso es asesinato.

—Bueno, tú no sabías que ahí está esa corriente.

—Pero sí lo sé.

—¿Eso es lo que le vas a decir al juez, si te pillan?

—No, claro que no.

—Yo tampoco. Nadie más sabe que tú lo sabes.


Una semana más tarde Eusebio le dijo a Delia.

—Tenemos que hablar.

Ella asintió, y cuando ya todos se habían ido del instituto, ella salió del aseo de chicas y se fue a ver al conserje.

—Tú dirás.

—He pensado cómo podríamos resolverlo por las buenas, si tú quieres.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo?

—Iré a hablar con tus padres. Le pediré tu mano. Puedo reparar esto a la antigua usanza: cásate conmigo. Luego, dentro de uno o dos años, si no me soportas, te puedes divorciar. Pero el honor de la familia quedará a salvo.

Ella miró al suelo, sin saber qué decir.

—Es que casarme…

—Por la iglesia, si quieres.

—Pero yo no estoy preparada para casarme.

—Lo sé. Ni yo. Pero les taparemos la boca a todos los que nos pueden hacer daño. Tampoco estás preparada para ser madre y no quieres impedirlo, —tiró la última andanada para salvarle la vida a la muchacha. Pero ella fingió no haberle oído.

—Sí, se la taparemos, eso sí. ¿Me lo puedo pensar?

—Sí, claro. Pero sólo mientras nuestro hijo no te haga engordar y se te note.

Nuestro hijo, sonaba bonito. Ella cogió sus libros y se fue a su casa. Le gustaba como sonaba. Por el camino iba pensando, Nuestro hijo…, ¿qué nombre le pondremos?

Dos días después, al pasar por la conserjería, al entrar en el instituto, ella miró al conserje y asintió con la cabeza.

Cuando todo el mundo había salido del centro, Eusebio hizo la ronda habitual para ver si quedaba alguien dentro o ya podía cerrar el edificio y marcharse a su casa, al otro lado  del patio del instituto. Pero en el aseo de profesoras le esperaba una sorpresa.

—Sí, Eusebio.

—Sí ¿qué?

—Que me casaré contigo. Así nuestro hijo no será un hijo de puta.

—No hables así. No eres una puta.

—Me porté mal, y la consecuencia es este niño.

—Nadie quiso eso.

—Bueno, que sí, que vengas a hablar con mis padres

—¿Les has dicho algo?

—No. Tú eres el adulto. Tú lo harás.

—Ah, vale, pero antes quiero salir contigo, como todos los novios. Ya sabes: se sonríen, salen juntos, luego se gustan, y finalmente se lo dicen a todos, y él le pide su mano a sus padres. Nosotros ya sabemos que nos gustamos. Ahora tenemos que aprender a estar juntos. ¿Qué te parece si el domingo vamos a la playa?

—Vale. Pero ¿qué le digo yo a mis padres?

—Diles que te vas con unas amigas a pasar el día en el campo, en casa de una de ellas.

—Bien.

Aquel domingo Delia se fue al campo a pasar el día en casa de Elena, con Rosa y Silvia, sus mejores amigas. O al menos eso fue lo que le dijo a sus padres.

A las once llegaron a la Playa de los Desaparecidos en el viejo Ford Fiesta de Eusebio.

—¿Esta es la famosa cala secreta de que me hablabas?

—Esta es.

—Toda para nosotros solos.

—Esa es la sorpresa que te quería dar.

—Bueno, vamos a bañarnos.

—Espera. ¿No te apetece comer algo antes, cariño?

—Cariño. Eres el primero que me llama así. Me gusta.

—Eres un amor, —dijo él sacando los bocadillos. —Toma, de atún y queso. ¿Te gusta?

—Sí, claro.

Se comieron los bocadillos cogidos de la mano. ¡Qué romántico que es este hombre!, pensaba ella. ¡Pobrecita, pensaba él, dentro de un rato será historia!

Lo que le daba miedo a Eusebio era que él no sentía remordimiento alguno. ¿Sería él ya malo? ¿Y si Tonya fuera una diablesa de verdad? Los que se juntan con El Diablo, dicen, acaban siendo igual de malvados que él.

—¿Quieres una cerveza?

—Oh, no, no olvides que soy una menor.

—Vaya. ¿Hay algún policía por aquí cerca, —dijo abriendo una lata de Pilsen.

—No, pero no está bien.

—Ajá. Bueno, prueba esto, —dijo atrayéndola hacia sí y abriéndole la boca con la suya. Luego le hizo pasar un buche de cerveza de la suya a la de ella. —¿Te gusta mi cerveza?, —preguntó con una sonrisa malvada.

—Sabe raro.

—Pues ya sabes si te gusta o no la cerveza, en lugar de si está prohibido o no.

—Sí. Ahora eres un perversor de menores.

—Sí, soy la hostia. No sólo me follo a una menor y la dejo preñada, sino que además le doy cerveza.

A ella le dio una risa tonta que la tuvo riéndose de buena gana un rato.

—Bueno, ahora al agua, patos.

—Sí, pero antes quiero hacer algo como Dios manda, —dijo él quitándole la parte superior del bikini.

—Sí, claro, —dijo ella comprendiendo.

Ella se quitó la otra parte y él la acarició por todas partes, y antes de que ella se diera cuenta, él ya estaba dentro, haciéndole el amor por primera vez en su vida. Fue una experiencia totalmente diferente a lo que habían hecho en la fotocopiadora, donde follaron como animales. Esto era como lo hacían las personas civilizadas que se quieren.

Media hora después, él salió de ella mientras le daba el último beso. El beso de Judas, pensó.

Ella fue consciente de que estaba desnuda en público, y se puso el bikini rápidamente. ¿Y si viene alguien? Fue un pensamiento que le pudo.

—Ven, —le dijo por segunda vez. —Vamos a bañarnos ya, Eusebio. Quiero quitarme el sudor con el agua, no con la arena.

Él se dejó llevar al agua. Las olas eran pequeñas, el día era soleado y estaba tranquilo el mar. Algunas nubes decoraban el azul del cielo, pero no conseguían tapar el Astro Rey.

De pronto él se vio ya mayor, con varios hijos adultos y otros chiquillos pequeños, que serían sus nietos, y reía con una Delia de pelo blanco que le sonreía. Esto lo hemos hecho los dos, le decía ella. Y tú querías que abortara.

—¡Eh, despierta!, —le dijo tirándole agua desde un metro dentro del agua. —Ven. Está riquísima.

Él despertó de su visión, de sus sueños, de su pesadilla, y pensó en su carta de cese y la de citación para el el juzgado.

—Sí, ya voy. Espera.

Se zambulló en el agua y llegó a nado hasta donde estaba ella, a diez metros del punto M, el punto donde la muerte aguardaba a quien lo alcanzase.

—Te echo una carrera, —le dijo.

—¿Hasta dónde? ¿Hasta la roca esa?

—Sí, hasta la roca. Venga. El último en llegar se pone debajo.

—Aceptado.

Ella se zambulló por fin  y llegó hasta un metro del punto M.

—¡Espera!, —quiso avisarla a última hora.

—Mal perdedor. Te pondrás debajo tú, —dijo ella sin parar.

Pero él dejó de nadar. Aún hacía pie. Se paró allí, de pie, observando. Ella siguió nadando hacia la roca como si tal cosa. Eusebio pensó que Tonya le había tomado el pelo. Por desgracia, no había sido así: de repente se movió con mucha más rapidez en dirección perpendicular a la trayectoria previa, como si alguien estuviera tirando de ella.

—¡Eusebio!, —llamó ella. —¿Qué es esto?

La corriente la arrastró hacia a abajo y luego...Su primera intención fue ir a buscarla, pero recordó la botella vacía que Tonya había tirado allí, y eso le hizo quedarse donde estaba, como clavado en aquel sitio, con el agua meciéndose a la altura de su pecho. Así vio que ella se desviaba a su izquierda y de repente desaparecía bajo el agua. Esperó quince minutos, pero no vio  que saliera por ningún lado.

Retrocedió hasta la playa, y tomó la ropa y el resto de pertenencias de la chica, metiendo los zapatos en los bolsillos, donde ya estaba su móvil. Volvió a donde había estado, a un metro del punto M, y desde allí le lanzó el lío con su ropa, bolso y todas sus pertenencias. Durante unos segundos el todo estuvo flotando, pero de repente salió impulsado hacia la izquierda, como si una mano invisible lo apartara de golpe, y luego se hundió rápidamente, como si tiraran de ello hacia abajo.

Eusebio volvió a la orilla, se tumbó sobre la arena y cerró los ojos. Se relajó. De repente vio dos ojos que le miraban. Se levantó de un salto y oyó un aullido: un perro lobo asilvestrado le contemplaba desde lo alto de la roca. Seguramente no había comido desde hacía muchos días. Él vio peligro en los ojos del perro, y de un salto se acercó al coche y lo abrió con la llave que llevaba colgada del cuello. Metió su toalla y su ropa dentro, cerró la puerta justo a tiempo de ver que el perro se había acercado junto al coche y había apoyado las patas en la puerta, mirándole con ojos de loco. El perro se puso a ladrarle de una forma que le dio mucho miedo. ¿Es este el Diablo?, pensó. ¿Viene ya a reclamar mi alma? ¡Pero qué idiota fui al no incluir muchos años de vida en el contrato!

—¡Mala suerte, amiguito!, —le dijo al perro sacando pecho y con risa burlona. Arrancó el  coche y se fue de allí como alma que se lleva El Diablo.

Al salir a la carretera principal se encontró con el perro otra vez. ¿Cómo había llegado allí? Ahora sí que se puso nervioso de verdad. El perro estaba en mitad de la carretera, como queriendo detenerlo. Pero él pisó el acelerador a fondo para pasarle por encima. El perro dio un salto hacia un lado y lo evitó, rompiendo a ladrar con furia. Él lo miró por el retrovisor y le hizo una peineta continuada con mucho regodeo.

Entonces oyó la desagradable bocina de un camión: al apartar la mirada de lo que tenía delante, su coche había invadido el carril contrario, y aunque el camión frenó con toda la energía de la que era capaz, el coche lo embistió a toda su velocidad. El parachoques del camión se deslizó por el capó del coche para ir a estrellarse contra el parabrisas y más allá, cortando en dos el air bag y el cuerpo de Eusebio antes de arrastrar el automóvil hacia atrás varios centenares de metros, hasta que el vehículo articulado consiguió detener sus treinta mil kilos de peso. Cuando el chófer se bajó del mismo y vio lo que había debajo de su camión, sacó su móvil y llamó al 112. Después se sentó en el suelo y comenzó a llorar como un niño pequeño al que se le ha roto el alma.

Doscientos metros más allá el perro salvaje se hizo más grande y perdió todo su pelo, hasta convertirse en una grácil y hermosa mujer, que con paso decidido se acercó hasta el coche.

Eusebio la oyó y volvió en sí.

—¿Eh? ¿Qué?

—Que salgas del coche ya. No tengo todo el día.

Sin saber cómo, Eusebio se encontró de pie junto a aquella mujer.

—¿Qué ha pasado, Tonya? ¿Lo has visto? Había un perro…

—Sí. Pero el perro ya no está. Mira lo que tienes en el bolsillo de atrás de tu pantalón.

Él se palpó en el lugar indicado y sacó un papel amarillo, y leyó: Por el presente contrato...

—¿Recuerdas?

—Sí, pero has hecho trampa. Yo quería una larga vida.

—¿Figura eso en el contrato?

—No.

—¿Qué figura?

—Que me ayudarás a deshacerme de mi problema…

—¿He cumplido?

—Sí. Pero no me ha servido de mucho.

—Ese no es mi problema. Ni ya el tuyo.

—Pero…, pero…

—Pero nada, Eusebio. Ya eres mío. Venga, dame la mano, que aunque tengamos toda la eternidad, no tenemos todo el día. El Jefe te espera. Le he hablado de ti...

Instantes después estaban en el Infierno.




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