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Las desventuras del Agente Bélmez Portada provisional

Por fin me he decidido a escribir una novela de policías y ladrones, asesinos, y otros tipos de malhechores. El protagonista no es ninguna lumbrera, sino una persona normal y corriente que va interpretando todo lo que ve en clave de buena fe, aunque no comprende todo lo que ve, ya que no es muy dado a pensar ni a discutir, pero es amigo de sus amigos, y obediente a sus superiores. Entra en la policía porque le gusta, aunque esa misma vocación le lleva a que estén a punto de echarlo varias veces, e incluso ir al truyo él mismo, aunque su buena estrella parece que le echa una mano de vez en cuando.

Este es el índice provisional:
  1. Origen.
  2. El curso.
  3. Bautismo de fuego.
  4. El camello.
  5. Doble rasero.
  6. La subinspector Rubio.
  7. Inspector por un día.
  8. El caso del secuestro de 1º A.
  9. Miel, no hiel.
  10. Lágrimas de madre.
  11. En la 9ª dimensión.
  12. El abogado atontado.
  13. La droga entintada.
  14. Los marcianos no son tan verdes.
  15. El inspector Bélmez.
  16. La enfermedad del día de hoy ¿tiene cura?

Bautismo de fuego

Tiroteo. Al día siguiente Tomás estaba de baja. Le había dado una especie de síndrome postraumático atípico cuando estaba en casa, y el médico le apartó del servicio quince días. Por eso le pusieron bajo la tutela de provisional de Rosario Rubio, una muchacha apenas dos años mayor que él, pero que llevaba ya cuatro en el cuerpo de policía.
—Venga, novato, —le había dicho nada más salir de la comisaría, —hoy conduces tú, que tengo que ver cómo funcionas.

Era una mujer muy divertida. Al decirle lo anterior había puesto cara de guasa. Era muy activa. En lugar de apostarse en un sitio, como Tomás, a ver qué pasaba, ella prefería vigilar con el coche en marcha. Por eso lo había puesto a él a conducir despacio, mientras ella iba mirando en todas direcciones. De pronto le tocó el brazo y le dijo.
—¡Para! Evento a las cinco.

Paco detuvo el coche y ella saló a la calle, pistola en mano. Paco se guardó las llaves del coche en el bolsillo y tiró detrás de ella, pero sin sacar su arma. Había tres individuos con gabardina que estaban hablando e intercambiando algo.
—¡Alto, policía!, —gritó Rosario.

Los tres salieron corriendo, cada uno en un dirección diferente. Paco salió tras el más joven, que era el que más corría. Por eso no se dio cuenta de que uno de los otros sacó una pistola y le disparó a su compañera. Su perseguido se metió en un callejón obscuro. Al entrar él corriendo, sintió un golpe en un hombro, que le dolió mucho y lo tiró al suelo. El tunante se había escondido en un portal con un palo, y al pasar Paco le había atacado. Medio atontado y tirado en el suelo cuan largo era, no notó que aquel individuo le quitó la pistola y le apuntó con ella a la vez que decía:
—¡Un madero menos! Y otra pipa para mi colección.

Paco se recuperó y mientras aquel miserable pulsaba el gatillo, le dio una patada en la entrepierna. Se puso en pie y le soltó un puñetazo en el centro de la cara, y luego lo aplastó contra la pared, poniéndole las esposas en las muñecas a la espalda. Luego recuperó su pistola y la devolvió a su lugar.
—¡Mamón!, —le dijo aquel desgraciado, —¡esto es violencia policial! Te voy a denunciar.
—Denuncia esto también, gilipollas, —le dijo dándole una patada en el culo. —O te callas, o te doy de hostias, asesino.

Se lo llevó a empujones hacia el coche patrulla. Pero lo que vio no le gustó nada: Rosario estaba en el suelo en un charco de sangre, y los dos malhechores estaban sobre ella, apuntándole aún. Paco sacó la pistola y le dio un culatazo al detenido, tirándolo al suelo. Luego sacó un cargador lleno de un bolsillo y substituyó el que por llevar vacío en su pistola había evitado que él también se estuviera desangrando.
—¡Alto, policía!, —les gritó apuntándoles.

Aquellos dos memos se volvieron y le apuntaron con sendas pistolas. Pero Paco pegó cuatro tiros en dos segundos, alcanzándoles con tres de ellos, dejándolos fuera de combate. Se acercó a su compañera, y le tranquilizó ver que respiraba, aunque estaba inconsciente. Cogió el arma de su compañera e intercambió los cargadores, pegando luego dos tiros al aire con el arma de ella, y otro con la suya propia, tras ponerle a Rosario su arma en la mano. En las casas de aquella calle se empezaron a encender luces cuando Paco ya informaba a la comisaría por radio:
—¡Atención, agente herido! Manden urgente ambulancia y ayuda policial. Dos muertos y un detenido. Aquí agente Bélmez.

Antes de que pasaran dos minutos estaba allí un coche patrulla y algo más tarde la ambulancia. Se encontraron a Rosario volviendo en sí con su arma en la mano con dos muertos ante sí, y a Paco sujetando a su detenido, que acababa de volver en sí también. En el coche patrulla de apoyo venían su compañera de academia Ramira Ledesma y su tutor, Ernesto López.
—Hola, Paco. Joder, no se te puede dejar solo: dos noches y dos detenciones, con ensalada de tiros incluida…
—Ha sido la jefa, que ha tenido un problema.
—¿Qué ha pasado?, —preguntó en ese momento Rosario.
—Pues que te has liado a tiros con estos mientras yo detenía a este. ¿Estás bien?

Los de las ambulancia se le llevaron tras ponerle un gotero. Tenía dos tiros en el cuerpo y había perdido sangre, pero no le habían dado en ningún órgano vital. La herida que sangraba tan escandalosamente estaba en una pierna, pues el chaleco anti balas había cumplido con su cometido satisfactoriamente, aunque los dos impactos en pleno plexo solar eran lo que la habían dejado inconsciente. Paco fue relevado del servicio en cuanto terminó de hacer el informe. Lo tenía que haber redactado Rosario, pero ella estaba en la ambulancia y no estaba para hacer ningún informe en ese momento. Paco no se fue a su casa, sino que se fue al hospital para acompañar a su compañera mientras avisaban a su marido, al que informó de lo que había pasado, y luego se fue a su casa, a descansar.

Al día siguiente fue a verla:
—¿Cómo te encuentras, jefa?
—Pues no sé si pegarte un tiro o darte un abrazo, novato.
—Je, me alegro de que estés de buen humor. Eso es que no es grave lo tuyo.
—Los dos sabemos que tu informe es mentira.
—¿Qué?
—A aquellos dos te los cargaste tú.
—Creía que te habían matado, jefa, y que yo era el siguiente.
—¿Y a qué vino lo de cambiar los cargadores y montar la escenita con las pistolas?
—Ejem.., jefa, yo no tengo ni puta idea de esto todavía, y tú te cargaste a aquellos tíos. Y si no cojo yo al otro, igual te lo cargas también.
—Claro, claro… Y a aquella distancia les di tres veces. No tengo tanta puntería.
—Jefa, tú me salvaste la vida después de dejarte tirada cuando perseguía a aquel merluzo. Mira, —dijo descubriéndose el hombro, —me dio con un tablón, el hijo de puta.
—Vale, vale, te salvé la vida, muchacho. Bien. Pero quiero salvártela también la próxima vez y todas las siguientes. Voy a pedirle al comisario que te asigne a mí como tutelado y luego como compañero. Ya sabes que cuando le salvas la vida a alguien te haces responsable de él…, o de ella. Pero como me vuelvas a cambiar el cargador, te lo comes.
—Vale, Jefa. Perdón.

Aquella noche Paco apenas había dormido. Acababa de matar a dos hombres, y casi lo mata a él el tercero. Tenía mucho que aprender. Eran tres idiotas que trapicheaban con drogas. Si se hubieran estado quietos les podían haber caído cinco años de cárcel, uno si tenían buen comportamiento. Y ahora estaban muertos. El tercer hombre o bien había tirado el material, o bien era cierto lo que decía, que era cliente, no vendedor, y por eso no se le hicieron cargos y salió libre. Al salir de la comisaría se encontró con Paco, que entraba.
—Me he quedado con tu cara, madero, —le dijo el malhechor.

Paco recordó los sabios consejos de Tomás, por lo que le dijo con la sonrisa más cínica que pudo:
—También te has quedado con el sabor de mi pistola, chorizo. La próxima vez puede que no te dé con la culata, sino con otra cosa.

A aquel chulo se le congeló la sonrisa.
—¿Me estás amenazando, madero?
—Sí. A ti y a toda tu parentela, mamarracho. Que no te vea por ahí sin testigos. La gente como tú sobra.

Paco no pudo dejar de sentir que había fracasado: por haber salido corriendo podían haber matado a su compañera, y todo por detener a un mierda que luego habían echado a la calle. Y además había tenido que matar a dos personas. Dicen que cuando matas a alguien por primera vez, te sientes muy mal, algunos hasta vomitan. Pero Paco no. Él ni se alegró ni se lamentó. Eso era lo que le preocupaba. Gajes del oficio, se había dicho.

—Manolo, —le dijo luego a su cuñado, —soy un monstruo. Con 20 años de edad y dos días en el cuerpo, y ya he matado a dos. Y no me remuerde la conciencia.
—Joder, Paco, sí que es todo un récord. Son cosas de las que no se puede presumir mucho, pero me lo han contado en comisaría. Así que no fue tu compañera quien los mató, ¿verdad? Pensaba que sí, y que tu trauma venía de verlos allí tirados…
—Los tiré yo. Nunca te voy a mentir a ti cuñado: me los cargué yo. Le cambié el cargador a mi compañera cuando estaba inconsciente. Me sentí culpable solo de haber salido corriendo detrás de aquel miserable, dejándola sola.
—Eso te honra, Paco. Y aprende la lección: hay que trabajar siempre en equipo. No sois uno y uno, sois una pareja, y os tenéis que guardar las espaldas el uno al otro. Mejor que los malos se escapen a que los buenos se mueran.
—Sí.
—Tómatelo como un éxito y un fracaso a la vez. Un éxito para la policía. Un fracaso para ti por dejar a tu compañera sola. Por cierto, creo que la han propuesto para una medalla al mérito policial. Desde lo del otro día ya no hay camellos por aquel barrio.


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