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Jesús Ángel.

Los siete pecados capitales: avaricia.

Hace unos meses siete amigos quedamos en escribir cada uno un cuento sobre uno de los  pecados capitales, que nos repartimos entre los siete. A mí me correspondió el segundo Avaricia, y ni corto ni perezoso, me puse manos a la obra y produje uno que luego resultó muy corto, de apenas dos páginas. Como no era cosa de andar estirándolo, escribí otro, más largo, uno de cuyos framentos os pongo a continuación.


Avaricia

Avaricia¿Por qué Ramona había testado a su favor? Él era un hombre huraño, antipático, aunque siempre la había saludado con educación. Quizá había sido porque era la persona que más veces veía ella a lo largo del día en sus últimos años. Y lo que ella tomaba por timidez en realidad era misantropía, si no misoginia. Por eso ella lo miraba con simpatía suficiente para dejarle toda su fortuna.

En una ocasión soñó con ella. Pensaba mucho en Ramona desde que ella se había muerto, todo lo que la había ignorado en vida. En su sueño ella le sonreía con aquella bobalicona sonrisa con que le saludaba, en silencio, cuando se la encontraba en la entrada, o al subir o bajar de su casa. Pero esta vez le habló. Tenía una voz estridente, y no le gustó lo que oyó de ella: Sergio, no cometas el mismo error que yo. Y se fue. En el sueño él estaba en una casa parecida a la de Ramona, pero con muchas más habitaciones, todas con una ventana que daba a la calle. Pero en cada una había una potente lámpara que daba mucha luz. Él se vio apagando cada una de ellas en cada una de las habitaciones, una tras otra..., contó más de cien habitaciones. No podía consentir tanto gasto de luz en una casa deshabitada. Cuando por fin las apagó todas vio al fondo del pasillo, en la primera habitación que había apagado, un chorro de luz que salía por al puerta, como si fuera un foco que iluminaba el centro de un escenario en un teatro. ¿Cómo era posible? ¡El las había apagado todas! Y aquella había sido la primera. Pero no, no podía ser. Fue corriendo a aquella habitación, entró y se la encontró:

—¡Ramona!

Porque allí, balanceándose en su mecedora estaba su benefactora mirándole y sonriendo.

—¿Qué haces aquí, Ramona?—, insistió ante su silencio.

—Ay, Sergio, Sergio..., mi amor platónico. No cometas el mismo error de esta vieja miserable. Vive, y deja vivir.
Y en ese momento Ramona desapareció. A los pocos segundos, mientras él se quedaba procesando lo que ella le había dicho, desapareció la mecedora, en cuanto su movimiento se detuvo, y se apagó la luz. Y se esfumó la casa toda. Y se vio él en la casa de sus padres, velando el cadáver su madre. Esta abrió los ojos y le dijo:

—¡Hijo!, ya estás solo. No cometas los errores de tu padre. No cometas los errores de tu madre.
—Ni los míos—, dijo otra voz.

Se volvió y allí estaba otra vez Ramona.

Sergio se pellizcó, pero no sintió dolor alguno. Debía estar muerto. O dormido. De repente faltó el suelo a sus pies, y cayó como si se hubiera abierto una trampilla bajo el trozo de piso en que él estaba, porque seguía viendo allí arriba a Ramona y a su madre, que veían cómo él caía mientras la una se reía y la otra gritaba: ¡Corre, Sergio, corre!

Y se despertó llorando y diciendo ¡Mamá! ¿Dónde estás?

No recordaba haber llorado nunca desde que era pequeño. Aquel día su padre le había dado una paliza porque había cogido dos pesetas del cajón en que su madre guardaba el dinero de la comida, y se las había gastado en chucherías. Le había puesto el culo rojo como un tomate con los cintarazos que le había dado y el niño lloró mucho. Aquella noche, además, se acostó sin cenar para meditar lo malo que había sido: se había apropiado de lo que era de todos para darse un capricho a costa de dejar sin comer a la familia. Quizá algún día no podrían comer porque él se había comprado algo que no le hacía falta. El niño de diez años no comprendía por qué era tan importante lo que había hecho, pero nunca lo olvidó. De hecho aquello le marcó y le hizo guardar siempre dinero por si acaso mañana no tenía para comer. Años más tarde su padre aún se lo recordaba, y le decía que no se olvidara nunca de eso, y así podría vivir sin pedirle nada a nadie. El hecho en sí, la paliza de su padre y su causa los había olvidado, pero ahora, al llorar por las palabras de su madre y la mofa de Ramona lo recordó todo como si acabase de ocurrir otra vez.

Y ahora se veía con más dinero que nunca: nunca había tenido tanto junto, pero se dijo que si eso cambiaba sería porque fuese a más y no a menos: más dinero, no menos dinero. Porque el dinero, se dijo, no da la felicidad (¿eso qué cosa es?), pero sí que da tranquilidad. Por eso se había metido, goloso, en algunos negocios en bolsa que le había aconsejado el director de su banco, pero un fracaso temprano le hizo ver que era mejor poner su dinero en valores más seguros. Cuando el del banco le decían que eran “fondos garantizados” él le preguntó sin disimulo: ¿Eso significa que si pierdo el dinero en esta operación el banco me lo devuelve?

El director del banco supo que este no era un cliente normal, fácil de engañar por su avaricia, sino que ella misma le prevenía de eso precisamente. Por eso, porque su avaricia era tan grande, sólo le pudo ofrecer plazos fijos garantizados por el banco con su propio capital, pero eso ya lo hacía Sergio por su cuenta, moviendo su dinero a decenas de millones de banco en banco, obteniendo siempre un interés más ventajoso por su dinero nuevo, ese concepto tan estúpido inventado por los bancos, como si el dinero no fuera tan viejo como la humanidad.

Pero la vida del antiguo peluquero era miserable, muy miserable: no tenía amigos y salía a pasear, pero no gastaba nada. Pasear era el entretenimiento más barato, y observaba sin parar buscando la manera de obtener dinero. Compró diversos negocios, que revendió por más dinero cuando vio que había que invertir continuamente para no quedarse sin ellos: desde puestos de helados a cafeterías. Finalmente se mantuvo alejado de esas inversiones, pues eran muy arriesgadas, ya que su éxito dependía de las ganas de trabajar de los empleados, que si no estaban bien pagados no estaban motivados, así que se dedicó a prestar con usura. Cuando dejaron de pagarles tuvo que optar por pagar a matones que le cobraran, o retirarse de ese negocio con algunas pérdidas. Porque Sergio no era mala persona: era sólo avaricioso, agarrado como un motor gripado, e incapaz de hacer nada positivo por nadie, sólo por atesorar dinero. Comía apenas algo mejor que Ramona, pero, al revés que ella, que se limitaba a guardar el dinero por si acaso, a él le preocupaba mucho qué hacer con él y se metía en negocios de vez en cuando. Incluso compró un colegio en una ocasión, pero cuando los profesores le plantearon un aumento de sueldo, él les vendió el colegio, que ellos compraron en plan de cooperativa, y él se quedó descansando. Llegó a la conclusión de que había que comprar para vender, no para explotar, ni sanear, ni mejorar. Eso que lo hicieran los trabajadores, y si no, a la calle.

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