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Portada provisional.Jesús Ángel.

El ama de casa perfecta

Desde que puedo recordar oigo que el de ama de casa es un trabajo tan digno como otro cualquiera y que debería estar pagado por el Estado, pues es básico para criar buenos ciudadanos, y la verdad es que yo opino que ambas afirmaciones son ciertas. Lo malo es que miro a mi alrededor y no parece que mucha gente se lo crea, ni siquiera ellas, pues es cada vez más infrecuente enocntrarse a mujeres que trabajan sólo en su casa, en lo que antes se llamaba sus labores, aunque en realidad no son sólo de ellas, sino de todos los que viven con cada una de ellas.

Yo he querido romper una lanza en favor de las mujeres que, pudiendo o no elegirlo, son las amas de su casa, y trabajan full time (o sea, todo el día) en ella para beneficio de su familia. Por eso considero que es excesivo que el Estado les pague un sueldo, ya que no trabajan para nadie que no sean sus hijos y su marido, aunque es cierto que la educar a sus hijos mejor nadie (sea institutriz, cuidadora temporal o institución de enseñanza temprana) a la larga nos beneficie todos por conseguir de sus hijos que sean ciudadanos con una mejor preparación y educación.

Sara es una persona que tiene dos carreras, y que pudiendo elegir ejercer cualquiera de ellas, opta por ser ama de casa, y lo hace con todos los honores. Espero que disfrutéis asistiendo a las vicisitudes que le suceden, y quizá al final de la lectura consideréis interesante enviarme unas notas de complicidad o de crítica por los ratos que habéis pasado conmigo mientras esta historia se desarrolla ante vuestros ojos. No es un libro machista ni feminista, porque supera a ambas concepciones miopes de la vida. Ya me diréis vuestra opinión, espero. Mientras tanto os deseo feliz lectura.

    Sumario provisional:

  1. Origen.
  2. En la madre patria.
  3. Una charla con mamá.
  4. Rodolfo y sus cosas.

Origen

La 2 república Sara Hernández Soto nació con la Segunda República Española en Madrid, es decir el 14 de abril de 1931. Su padre era un ingeniero de caminos que aprovechó una buena oportunidad laboral en la República Argentina para construir carreteras y algún que otro ferrocarril cuando ella contaba apenas un añito y medio. El matrimonio estuvo allí varios años deseando volver a España, pero las condiciones laborales que disfrutaba el padre no iba a encontrarlas en la madre patria, a pesar de que todo estaba aún por hacer en un país que quería ser moderno, aquella república de trabajadores de todas clases. La verdad es que no era tran rica entonces, y los políticos estaban muy ocupados en perseguir sus diversas utopías e ideologías en lugar de resolver los problemas de la gente. Más o menos como ahora, pero más a lo bruto, porque tenían menos cultura y sensibilidad, y se creían omnipotentes y más listos que los demás españoles, tontos de ellos que encima eran beatos y papistas. Sin embargo los planes de los Hernández Soto para volver a la madre patria se vieron retrasados por el estallido de la Guerra Civil, que hizo que todos los españoles con dos dedos de frente que tuvieron la oportunidad se quitaran de en medio. A cerca de donde ella vivía, Córdoba, se fue a vivir uno de ellos, don Manuel de Falla, al que vio dirigir en una ocasión la Orquesta Sinfónica de Córdoba cuando ella tenía nueve años. Sus padres eran admiradores del maestro, al que ella no recordaba apenas, de mayor, aunque sí que presumía que su papá la llevó a ver al autor de El amor brujo y sobre todo de las Noches en los jardines de España, que tanto le dijeron de su patria en aquellos años de tan duro exilio para sus padres. Uno de los amigos de sus padres los presentaron al maestro, y luego le comentarían, años más tarde, a ella, que era un señor mayor muy afable de Cádiz, muy prudente y que tocaba bien el piano.

Ella creció oyendo que en otro lugar del mundo había un país que era el mejor de todos, origen de la civilización y de América como se conocía entonces, a la que había dado su lengua, cultura y religión. Evidentemente, su madre la había idealizado, pero fue en esos tiernos años cuando ella aprendió a amar a España, y se dijo que algún día retornaría al país que la vio nacer pero del que no sabía casi nada. Sus padres, al parecer, estaban enfermos de España, y la mencionaban todos los días. A ella le parecía que Argentina era un buen lugar para vivir, y allí tenía sus amigas, su casa, su maestra… Pero ella volvería a España, se dijo desde tan tierna edad.

La guerra acabó cuando la perdieron los republicanos, por lo que llegaron muchos otros españoles a Argentina huyendo del Régimen Dictatorial que impuso el General Franco. Su padre dijo que no volvería a España mientras mandase ese régimen fascista. Al parecer la guerra había desmoronado el mundo de sus padres.

Pero los niños a veces determinan que los padres tomen decisiones heroicas. Eso fue aquel día que ella, a sus diez añitos, en plena comida familiar, les dijo:
—Papá, ¿ya no querés vos que volvamos a España? Hase mucho que no me hablaste de ella.

Los esposos se miraron y se lo dijeron todo con una mirada.
—Es verdad, hija. Andrea, —dijo mirando a su esposa, —hace tiempo hablé con el nuevo agregado del consulado de España, y parece ser que no hay problema, a pesar de haberme afiliado al PSOE antes de venirnos aquí. Parece que hacen falta ingenieros, y ahora están abriendo un poco la mano.
—Sí, claro, —dijo ella con voz temblorosa. Mirando a su hija, convino: —nuestras manías son nuestras, pero no podemos robarle a nuestra hija lo que es suyo…, por herencia y por derecho.

Al día siguiente fue de fiesta para ellos: —¡Andrea! Nos han dado el pasaporte. Ya podemos volver.
—¿De verdad?
—Bueno, ahora sólo falta encontrar un buen trabajo…

Este libro aún está en fase de escritura, por lo que no será posible leerlo hasta dentro de unos meses.

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